La noviolencia como alternativa política (*)



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Por ello, la noviolencia como teoría no le importa entrar en un debate profundo sobre el conflicto de intereses, visiones y percepciones de la realidad, sobre las premisas de las que partir para cualquier análisis, sobre la articulación –en definitiva– de las creencias. Con ello quiere no caer en el dogmatismo, en el aislamiento o, incluso, en el autismo, sino contrastarse con otras teorías, con otras visiones, con otras percepciones.

Quiere también partir de una visión no restringida 46 de la realidad lo que permite –frente a una visión restringida–, pensar en el ser humano como capacitado y no limitado en su naturaleza, sino en todo caso confinado por las propias restricciones y fronteras sociales; y, por tanto, con competencia y suficiencia para promover «la persecución de los ideales más elevados y las mejores soluciones..., en cambio la visión restringida considera que lo mejor es enemigo de lo bueno, un vano intento de alcanzar lo inalcanzable que se juzga no sólo fútil sino a menudo contraproducente».

Teniendo en cuenta que toda construcción social implica luces y sombras, el precio que hay que pagar por esa gama de claroscuros no es baladí, sino que acaba por tensionar todos los resortes y estructuras de nuestra arquitectura político-social y, también, moral. Como nos señala Imanol Zubero, «las víctimas son la relativización más radical de nuestros proyectos y de nuestras estrategias». Cuando somos capaces de percibir esto, de conmovernos y sensibilizarnos con esto, estamos preparados para hacer el cálculo del sufrimiento que nuestras construcciones políticas y estratégicas tienen, ayudándonos a relativizar nuestro proyectos.47

Ahora, vuelven a recobrar su sentido último, una vez más, las preguntas que nos hacíamos al principio: qué tipo de paz queremos construir; por cuánto tiempo; con qué alcance y profundidad; y, a qué precio.

Pero también vuelven a recuperar su razón noviolenta todo lo que implique subvertir el binomio mandar-obedecer, cuando lo primero conduce y lo segundo secunda el mantenimiento de injusticias y violencias. Porque en el poder intrínseco de toda alternativa está también el alterar el orden social de una realidad infame mediante la rebeldía, la indocilidad, la desobediencia, la no cooperación y la objeción. La noviolencia pretende, también, por tanto, desvelar los mecanismos y las modalidades específicas y concretas en las que se traducen las nociones de disciplina, sobre todo cuando éstas acaban por domesticar metodológicamente a los seres humanos. Por esta razón, desde la noviolencia –como alternativa– muchas normas de comportamiento aceptadas y sacralizadas por el orden social-institucional son materia no sólo para la discusión, sino también para su alteración: ¿por qué cuando mato en una guerra, en nombre del estado, soy un héroe y, cuando lo hago en tiempos de paz soy un asesino? ¿es inevitable la existencia de los ejércitos para la defensa de un territorio?, ¿por qué algunas mujeres toleran la violencia cotidiana a la que las someten sus maridos? ¿por qué ciertos pueblos han apoyado mayoritariamente a dictadores como Hitler o Mussolini? o ¿la obediencia es siempre una virtud?

No es lugar ahora para hablar de la desobediencia civil –responsable y civilizada– frente a ciertas normas institucionalizadas que tuercen lo más profundo de nuestras convicciones éticas y/o morales; ni tampoco pretendo profundizar en los múltiples mecanismos que pueden hacernos conducir a la servidumbre voluntaria, pero justo en estos terrenos tan difíciles es donde la noviolencia como teoría quiere ofrecer respuestas a tales dilemas morales, no para dar por cerrados estos debates, sino para ubicarlos en otra lógica diferente a la que los factores ideológicos, psicológicos, culturales o económicos de la realidad social dominante los sitúa.

Personajes como Tolstoi, Henry David Thoreau o Etienne de la Boétie,48 entre otros muchos, han reflexionado sobre todo esto, señalando al pragmatismo, a la costumbre, a la comodidad o a la mistificación ideológica como manifestaciones complejas del ejercicio del poder, pero también de la voluntad de obedecer. La alternativa que representa la noviolencia, una vez más, pretende perturbarnos y agitarnos, conmocionando esos cimientos. Como observara Capitini «la cuestión fundamental no es tanto el conocimiento del método... sino tener el ánimo, estar abierto al espíritu de la noviolencia».49

Por ello, insistimos, la noviolencia no pretende tener todas las respuestas y todas las soluciones a los problemas, pero sí intenta ser –desde un proyecto constructivo que se autolimita libremente a no utilizar la violencia–, un lugar político para propiciar alternativas que apunten hacia reformas intelectuales y morales que prefieren utilizar la desobediencia civil en vez de recurrir al terrorismo, que elige fomentar la participación masiva de la gente en lugar de pactar acuerdos secretos y elitistas, o que quiere extender los goces y los derechos de la emancipación política al conjunto de la población.

En este contexto, cómo se presenta la relación entre democracia y noviolencia.50 Veamos, a Capitini le gustaba hablar –al referirse a la noviolencia– del «poder de todos», de «firmeza y humildad», de la «apertura de todo a todos», de la importancia de la «duda como fuente de diálogo». 51

Para él las democracias formales europeas debían abrirse a la omnicracia, que era una forma de socializar el poder, lo que permitiría ampliar la autonomía y la libertad de los individuos. Frente al poder centralizado y piramidal –de muchos sistemas políticos–, Capitini anteponía la presencia activa de una gran diversidad de contrapoderes autónomos, ramificados por toda la sociedad que –sin impedir la práctica política– debían reflejar la identidad de la diferencia. Él entendía una suerte de democracia alternativa, entendida como ejercicio cotidiano de un poder autónomo y horizontal que no presume forma alguna de dominio y que trasciende el marco conceptual restringido al sistema político-electoral y a la práctica específica del estado y de los partidos políticos, sin que con ello se pretenda subvalorarlos o sustituirlos en tanto que instrumentos fundamentales de la mecánica democrática.

Su poder de todos significaba la posibilidad no sólo de ensanchar por la base a las viejas democracias formales europeas, sino también la oportunidad de desarrollar una nueva política capaz de contrarrestar y modificar las tradiciones y predominantes formas del poder asimétrico y coercitivo, mediante un complejo equilibrio de poderes fruto de una acción noviolenta permanente, exigente y vigilante.

De igual manera, para mantener la capacidad intrínseca de toda alternativa a renovarse, la noviolencia debía traducirse, en la práctica, en un trabajo cotidiano de relaciones autogestivas y libertarias, sin que para ello se requiriera esperar el ilusorio advenimiento del paraíso terrenal. Por tanto, la noviolencia podría ser un canal a través del cual la democracia se fortalecía, adquiriendo una energía distinta que lograra a ésta desprender paulatinamente del uso (o abuso, según se mire) de la violencia.

7. FORMAS HISTÓRICAS DE LA NOVIOLENCIA EN EL SIGLO XX
Parece que la incorporación de la noviolencia como filosofía y modelo de vida al pensamiento político (y más concretamente al pensamiento pacifista) es muy antigua, «tan antigua como la montaña» –diría Gandhi–52. Metáfora aceptada por la mayor parte del pacifismo político por cuanto aquélla se había manifestado en las grandes religiones como el taoísmo (y su amor universal), el hinduísmo (y su concepto de ahimsa), el budismo (y su unidad y piedad de todos los seres vivientes), el cristianismo (y su amor a los enemigos)..., en el confucionismo, el jainismo, el bahá’ísmo, etc.; también había aparecido en algunas corrientes filosóficas como el cinismo, el estoicismo o la teosofía 53; o, fue puesta en práctica por muchas comunidades de la Tierra como forma esencial de vida.54

Sin embargo, entendida como un método de lucha o de acción colectiva, así como una alternativa clara a las formas más convencionales de poder y al ejercicio tradicional del mismo es relativamente reciente y se ha convertido en una opción –que podríamos denominar como revolucionaria– para facilitar los cambios sociales y mentales.

Tanto es así que el siglo XX (que ha sido considerado: el siglo más violento de la historia) no se puede entender sin la irrupción –de una manera muy clara en todos los órdenes– de la noviolencia en todas las grandes luchas emancipatorias: desde los movimientos de liberación de la mujer, pasando por la extensión de los derechos humanos a los sectores más desprotegidos y marginales, junto a las conquistas anticoloniales, la edificación de la conciencia ecológica o los esfuerzos por la construcción de sociedades más pacíficas y tolerantes, entre otros.

Después de conocer la lucha de Gandhi contra el Imperio británico, la liberación de los judíos en Berlín en 1943, las campañas por los derechos civiles de Luther King en 1956, los movimientos anti-guerra del Vietnam, las madres-abuelas de la Plaza de Mayo contra la Junta militar, el Poder del Pueblo en 1986 en Filipinas, el Poder de los Niños en la Sudáfrica del apartheid desde 1986, el movimiento de intifada en la Palestina ocupada desde diciembre de 1987, los movimientos democráticos en Beijing en 1989, la Solidarnosc en Polonia y el resto de movilizaciones de la Europa del Este contra la Guerra Fría, etc., –como señala Galtung– «escribir la historia de este siglo violento, y explorar sus políticas sin examinar también la noviolencia, es difamar a este siglo más allá de lo necesario»55

Esta universalidad de la noviolencia es testimonio de su extraordinaria compatibilidad, ductilidad y adaptabilidad a muchas exigencias políticas y sociales, al margen de las geografías, las culturas o los grupos que la utilicen. En tal sentido la noviolencia es un poder social entendido como capacidad para la acción y la interrelación entre los individuos y los grupos de una sociedad. Estas interconexiones y estas redes que generan poder político y social a quienes las utilizan, son posibles gracias a las potencialidades que tiene la noviolencia.

Pero, a renglón seguido hay que señalar que, aunque, la noviolencia ha jugado un papel notable, el conocimiento que se tiene de ésta es aún muy parcial e insatisfactorio. La elaboración historiográfica al respecto y la atención que se le ha prestado como teoría política son aún pobres, por lo que tratar de reconstruirla constituye –para el científico social– un auténtico puzzle, es decir, un sinfín de piezas que hay todavía que clasificar, ordenar y colocar para su construcción como proceso histórico.

El sentido metafórico de puzzle indica, por tanto, que tenemos bastantes fuentes, material y hechos para pensar que es posible abordar el montaje de una Historia de la noviolencia (esto al menos sería seguro en la época contemporánea), pero aún nos faltan datos para darle la continuidad espacial y temporal que intuimos que tiene, como asimismo, necesitamos más esfuerzo historiográfico tanto para descubrir la noviolencia dentro de los epifenómenos y procesos de la violencia, como un tratamiento más especializado para abordar las problemáticas específicas derivadas del estudio, análisis y alcance de la noviolencia en la historia (por ejemplo cómo preguntarle a las fuentes, cuáles utilizar, etc.).

No sólo se trata de la existencia de un déficit historiográfico, sino que también lo que se conoce sobre ella es –en gran medida– de la utilización de sus técnicas entre los nuevos movimientos sociales (ecologismo, feminismo y pacifismo). Sin embargo, suele ser confundida demasiado habitualmente con formas políticas y sociales que indican notables grados de pasividad, debilidad o reformismo. Esto es, existen un buen número de tópicos y falseamientos en torno al concepto, su historia, su significación, qué actores la han utilizado, cuáles son sus limitaciones, etc., todo ello directamente asociado al proceso de banalización o, simplemente, de ignorancia intencionada que la hegemonía de ciertas escuelas sociales y políticas de conocimiento la han asociado con aquellos términos de pasividad, debilidad o reformismo.

Quizá dicho de otra forma, se piensa muy a menudo que renunciar a utilización la violencia es un signo de debilidad y fragilidad. Siendo considerados los grupos que actúan desde la violencia –alcancen o no el poder que anhelan–, como más fuertes y eficaces; precisamente porque, posiblemente, sólo se valora su capacidad destructivas, sin tener en cuenta otras variables no menos importantes, como: tiempo, medios, profundización, convicciones, etc., para poder valorar la real eficiencia del método de lucha utilizado.

De otro lado –como ya hemos tenido ocasión de reseñar–, la noviolencia ha implicado, siempre, un nivel de concienciación política muy alto, un compromiso moral y ético también muy fuerte, y una renuncia muy clara al uso de la violencia para facilitar el entendimiento y la negociación. Estando considerada por quienes la utilizan como un arma de los fuertes de convicción que persiguen cambios muy significativos –no sólo en las estructuras–, sino también en las mentalidades y en las conciencias.

Gandhi la denominó como el camino o la «búsqueda de la verdad». Luther King dijo de ella que era la «fuerza de amar». El obispo brasileño Helder Cámara la llamó «presión moral liberadora». El discípulo europeo de Gandhi, el italiano Lanza del Vasto habló de ella como una «manera activa de combatir el mal». El escritor ruso León Tolstoi señaló que nos encontrábamos ante una fuerza «más subversiva que los fusiles». El político italiano Aldo Capitini se refirió a ella como «una forma de rebeldía permanente». El jurista Bobbio la ha definido como la «voluntad consciente de los hombres que han renunciado al empleo de la violencia para resolver los conflictos» (Norberto Bobbio); etc.56

La noviolencia no sólo ha sido un método (cada vez más sofisticado) de lucha para transformar los conflictos, denunciar los niveles existentes de violencia o abordar cambios representativos en las sociedades. Sino que, también, está intentando renovar –dentro del campo de investigación para la paz– a otras disciplinas de conocimiento, tales como: la historia (incorporando a la Historia general la Historia de la paz y de la noviolencia como corriente historiográfica), la teoría política (acuñando nuevos conceptos y factores a su análisis), la sociología (potenciando la teoría de conflictos y la solución por vías pacíficas), la antropología (rescatando las experiencias y comportamientos sociales de las sociedades primitivas), la religión (con el diálogo inter religioso), la filosofía ética (con la denominada ética del cuidado), la economía (a escala humana, del desarrollo, de la calidad de vida, etc.), el feminismo (reforzando especialmente el de la diferencia) y también las llamadas ciencias experimentales (con las aportaciones sobre ética, ciencia y tecnología).57

Esto implica, en definitiva, una manera de abordar la construcción del conocimiento (y por extensión de lo social) desde otras metodologías y perspectivas diferentes a las hegemónicas fundamentadas en una supuesta neutralidad. Se trata, también, en cierto modo de un intento de vuelta al humanismo en gran medida perdido, que permita entre científicos, ciudadanos y responsables políticos nuevas formas de entendimiento, cooperación y compromiso.

Asimismo, se pone un mayor énfasis en un nuevo modelo antropológico, basado en una mayor confianza en los seres humanos. También en una concepción renovada del conflicto, que se aprecia más abierto y alternativo. Igualmente, se incorpora el concepto de justicia: se debe investigar para paliar las desigualdades, pensando en los que sufren, en los marginados del desarrollo social. Como consecuencia de todo ello, la ciencia no debe estar al margen de un programa de cultura de la paz que permita reinventar la solidaridad, poner freno a la violencia y saber vivir con los conflictos.

Por otra parte, como puede verse, lejos de identificarse con la debilidad, la apatía o el miedo frente a la violencia, el ejercicio de la noviolencia implica intervenir de una manera activa e imaginativa en los conflictos, envolverse y mezclarse con la violencia para contrarrestarla, y presentar alternativas pacíficas para resolver dificultades y controversias. Así, para los noviolentos (o para aquellos que quieran practicarla, por tanto, esto también sirve para los científicos, los intelectuales, los estudiantes, los trabajadores en general, etc.), se trata de una parte, de una decisión ética y racional, en la que los grupos o los individuos renuncian expresamente a la violencia, porque están convencidos de ello o porque en su análisis de las ventajas y desventajas llegan a la conclusión de que la noviolencia acarreará más beneficios para evitar una escalada negativa del conflicto.

En el caso de la primera opción –si recordamos– se trata de una ética de la convicción (gandhiana) asentada sobre fuertes certezas, seguridades y deberes.58 En el segundo caso, estamos hablando de una opción racional y pragmática que podría verse torcida si cambian las circunstancias de partida. Adoptada la decisión (como dijera el francés, Jean Marie Müller,59 mientras exista la más mínima posibilidad de noviolencia hay que rechazar el uso de la violencia), la acción noviolenta debe estar siempre orientada a la optimización de todos los medios disponibles y vinculada a formas creativas y sugestivas de movilización de recursos, en cuyo amplísimo abanico de posibilidades están muchos tipos de tipologías y morfologías de la protesta.

Por tanto, la posibilidad real y la potencialidad política de estas formas de acción colectiva dan un fuerte protagonismo a sectores y grupos sociales generalmente marginados de la actividad pública y de las formas tradicionales de poder, marginados no por voluntad sino por la decisión de otros que han considerado poco relevantes colectivos de mujeres, indígenas, harijans, ecologistas, pacifistas, etc. Pero, tampoco conviene olvidar que la noviolencia ha estado animando y reforzando las acciones de los ciudadanos de clase media en las luchas urbanas o en la consolidación de la ciudadanía, lo que hay que traducir como una clara extensión de la base social de las democracias representativas que han ganado en dinamismo, activismo y debate interno.

Se ha sugerido, no sin razón, que la noviolencia ha generado nuevas formas de poder popular. No se trata sin embargo, de un arma hecha para los cobardes o para los débiles, sino para los fuertes. 60 Por tanto, la misma requiere de demostraciones de fuerza diferentes a las tradicionales. Unas formas de poder positivo con capacidad de obtener de los otros el comportamiento deseable, de transformar la voluntad de los adversarios sin necesidad de recurrir a la violencia, aunque sí a muchas formas de presión y fuerza. Las cuales debiera dar sus resultados por la persistencia de las acciones; el valor del número de gentes que en ellas intervienen; o, a la espectacularidad de aquéllas.

Tanto porque son actos fundamentados en comportamientos éticos y racionales, así como porque requieren de una importante disciplina y autocontrol, la noviolencia suele ser un proceso individual y colectivo muy interiorizado, al que se llega tras un largo debate interno y social, y no por un transcurso espontáneo, más o menos natural (aunque pueda haber acciones de masas con este tipo de comportamiento noviolento, pero no tienen más trascedencia si detrás no tienen empresarios o líderes del movimiento).

Un debate interno que supone notables periodos de formación, aprendizaje y experimentación. Un tipo de entrenamiento para las acciones a los que suele ayudar muchísimo la figura de líderes más o menos carismáticos que hacen el papel de facilitadores o influenciadores del movimiento. En algunos casos, incluso han sido personas con una fuerte personalidad, de muy fuertes conviccione, con una trayectoria muy peculiar como han sido los casos de Gandhi o Luther King. En otros, se puede hablar más bien de grupos, sindicatos, comunas o partidos, más o menos grandes e influyentes, que han hecho este papel de nexo o unión.61

Bien, en uno y otro caso, resultan importantes para marcar una cierta dirección u orientación ante los muchos periodos de dudas y vacilaciones en toda lucha. Pero, al contrario que la violencia, no vale sólo su capacidad mimética, sino un aprendizaje y un entrenamiento previo que, históricamente considerado, nunca ha resultado infranqueable allí donde se ha pretendido utilizar. Precisamente su difusión, a lo largo de la época contemporánea, ha estado en gran parte orientada y conducida por las mismas conquistas democráticas. Democracia y noviolencia se han retroalimentado permanentemente, una entendida como sistema y prácticas, la otra como metodología para alcanzar mayores cotas de aquélla.

En cuanto a su historia más reciente, mucho de los cambios políticos y sociales de nuestro siglo se han alimentado de las doctrinas de la noviolencia. Siendo el siglo XX el del despertar de la noviolencia, porque no ha existido hecho medianamente destacable de cambio y transformación social y política (decisivo para la humanidad) en el que no haya estado presente. Bien sea en la lucha por la emancipación colonial, en la pugna contra los regímenes dictatoriales y totalitarios, en la apuesta por la expansión de los derechos y libertades democráticas, o en la adopción de nuevos paradigmas y políticas alternativas a las dominantes. Varias han sido las áreas o campos muy interconectados que han tenido como elemento común el hilo conductor de la noviolencia como instrumento de soberanía de la voluntad humana. Veamos –de forma resumida– tres de ellos.

7.1. La lucha contra la dominación colonial.
El propio origen de la independencia de las Trece Colonias a fines del siglo XVIII tiene comienzos y desarrollos ligados a formas de resistencia y desobediencia civil.62 Pero, sin duda, el caso más paradigmático –en este sentido– ha sido el de la comunidad indiana. En primer lugar en Sudáfrica (1906-1914) y, posteriormente, durante el largo proceso por la independencia del dominio británico (1915-1947). Si bien todo la historiografía asegura que el protagonista más destacado fue el Mahatma Gandhi, no cabe tampoco duda que la respuesta masiva a sus llamamientos implicaba toda una urdimbre política en torno a fuerza de la noviolencia y todas sus técnicas en un país especialmente complejo por su variedad de castas, lenguas, culturas, religiones y etnias.

Las formas de desobediencia civil organizada y de no-colaboración específica en grado de masas marcaría ejemplarmente para el futuro las enormes posibilidades de la política de la noviolencia en este campo de la emancipación. Si bien parece que en otros procesos de descolonización la noviolencia convivió con acciones violentas o grupos guerrilleros revolucionarios, no es menos cierto que en cualquiera de los casos que se ilustre el uso de sus técnicas fueron una condición sine qua non para culminar con éxito los procesos emprendidos.

Tanto en África, como en Asia, durante las décadas de los 60 y 70, los movimientos populares y nacionales, emprendidos como emancipatorios y descolonizadores se fundamentaron en morfologías de la protesta entre la lucha noviolenta (boicot, no-colaboración y desobediencia) y la lucha armada (guerra de guerrillas, terrorismo, etc.). Si bien la interpretación historiográfica producto, en gran medida, de la hegemonía y liderazgo que muchos partidos únicos y frentes de liberación (de ideología marxista o populista), o de las metrópolis que quisieron reforzar el papel de la violencia antiimperialista, dejaron fuera de sus análisis a la noviolencia. Desdibujando en gran medida el origen y el fundamento teórico sobre el que se basaba la naturaleza de la resistencia y la desobediencia a las autoridades coloniales. Desde la India (1947), hasta Timor Oriental (1999), pasando por otros muchos procesos de descolonización y emancipación nacional, casi toda lucha de liberación nacional ha bebido de las fuentes doctrinales de la noviolencia sobre la concepción pluralística del poder, sus fuentes y recursos, las paradojas de la represión o la pérdida del consenso, entre otras.63




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