La noviolencia como alternativa política (*)



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Una vez que la decisión está tomada: la decisión de luchar, está también entonces la elección o los métodos para llevar a cabo esa lucha. Y esa elección está determinada por una combinación de factores, desde personales, contextuales, pasando por los registros y códigos culturales de los que desean luchar. Siendo las formas noviolentas uno de esos métodos en el siglo XX que han cambiado la imagen de las luchas de masas, de los conflictos, etc. Advirtiendo que su impacto es muy importante –cualitativamente– sobre el significado y consecuencias de los conflictos y sobre los propios presupuestos de las ciencias sociales. Igualmente, el éxito de muchos de estos movimientos sociales noviolentos implican que el poder político es, significativamente, «frágil porque depende de algunos grupos para reforzar sus fuentes de poder» –como dijera Sharp–; dado que la acción noviolenta corta los recursos y las fuentes en las que se fundamentan esas formas de poder.36

Además, esto implica un modelo plural del poder en el que un poder soberano está determinado por el grado de complicidad o de conformidad de los súbditos, de manera que hasta el régimen más opresivo está fundamentado en ese nivel de consentimiento; esta tendencia indica que las revueltas y revoluciones noviolentas son capaces de desintegrar esa trama o ese concierto, señalando que no sólo los actos armados son competentes en esta materia.37

Sin embargo, la cuestión es más compleja como señala Souad Dajani, que nos advierte que, el poder social está profundamente arraigado en relaciones sociales y patrones de comportamiento que están institucionalizados en cada tiempo y que penetran por toda la sociedad. El poder está localizado en las estructuras sociales en las que estos códigos y patrones existen y se reproducen. En algunas sociedades dadas, las precondiciones de la clase social son las manifestaciones más evidentes de esta distribución del poder. Y, aunque las clases sociales se entrecruzan con diferencias de género, étnicas, religiosas y otros elementos socioculturales de una sociedad determinada, aquéllas pueden marcar poderosamente esas estructuras de poder. La «obediencia» de la gente a los gobernantes, por lo tanto, no es un elemento tan de libre decisión personal que pueda ser reservada fácilmente de cara al futuro, sino una característica propia de la organización de una sociedad.38

Esto no significa que Dajani no reconozca que la acción noviolenta sea un poderoso y efectivo instrumento que venza formas de opresión, sin embargo, ella reconoce que hay procesos de marginación, dependencia e integración que necesitan ser tenidos en cuenta. Argumenta que una vez que los recursos del poder están reconocidos, en sus códigos y estructuras, éstos pueden ser desenmascarados, abriéndose vías para contrarrestar, eficazmente, este poder. Por esta línea, a su juicio, la oposición puede tener posibilidades para cambiar situaciones y estructuras.

Igualmente, Dajani considera la teoría de Sharp sobre la retirada del consenso (según la cual cuando la gente desobedece de manera sistemática un poder convencional no puede continuar ejerciéndose) como no del todo satisfactoria porque se equivoca en el análisis sobre las raíces estructurales del poder en una sociedad.

En todo caso, la cuestión sigue siendo ser capaces de analizar los factores y raíces de los movimientos sociales en su relación con el poder (convencional), los recursos y las fuentes que éste tiene y, especialmente, las relaciones entre todas las formas de poder existentes; como por ejemplo: desde que hay a menudo una asimetría de poder entre los movimientos noviolentos y sus oponentes, debiendo atinar en los términos estratégicos de cómo frustrar esta relación permitiendo destruir directamente muchas de esas estructuras de control; hasta pasando por entender dónde se localizan y cómo operan las diversas formas de poder; de manera que la noviolencia puede contribuir a valorar más convenientemente la viabilidad de los métodos de resistencia civil no armada.

Como ha señalado Sharp (así como otros autores que le siguen) al hablar de la teoría política noviolenta nos encontramos ante la necesidad de convertirla en una ciencia de la eficacia, alejada de la utopía, que explique los hechos empíricos mediante una visión general que conecte todos los acontecimientos políticos. Lo que fue el postulado central de la concepción maquiavélica de la política es, también, válido para Sharp: el político, el activista, analiza con rigor una cierta situación, pondera todas las hipótesis y tiene una inteligencia capaz de modificar sus estrategias según el viento de la fortuna. Por tanto para él, las acciones noviolentas son acciones de fuerza, soluciones prácticas a problemas concretos, basadas no en la mística, sino en la disciplina de la acción. Por tanto, reacciones emotivas o sentimientos religiosos, pueden tener el efecto contrario: bloqueando y ostaculizando la acción noviolenta. Para él, la acción noviolenta no requiere –como para Gandhi o Luther King– tratar de conquistar el corazón del adversario, o incluso «tener que amar al enemigo»; todo esto resulta para él –muy respetable–, pero ingenuo y contraproducente para la lucha, lo que no quita que en ésta siempre hay que considerar al contrario como un ser humano.

Asimismo, para Sharp el ideal de perfección es conseguir los objetivos fundamentales de toda lucha: conquistar la voluntad del adversario y atraerlo hacia nuestros intereses. Si ello se consigue la acción ha estado bien conducida. Por ello, en su literatura política suele aparecer un conjunto de conceptos, métodos y dinámicas fácilmente asimilables a la estrategia militar o a la lucha armada: campañas, estrategias, tácticas, frentes, ataques, resistencia, disciplina, etc.; porque él es un convencido que para influir en un conflicto no basta con sólo comprenderlo «moralmente», sino que hace falta, especialmente, conducir la lucha en cada caso según principios, reglas y sistemas aprovechando las ventajas propias y dificultando las del contrario, optimizando los recursos propios, evitando el enfrentamiento directo, manteniendo la iniciativa, siendo flexibles, adaptables y previsores y, así, un largo etcétera. De forma que los insurgentes y opositores puedan elegir –por así decirlo– su propio «sistema de armamento» y de lucha noviolento que optimice las ventajas de estar en la oposición para convertirlo en apoyos populares mayores que las que podría tener un sistema de guerra de guerrillas. Demostrando que estas movilizaciones tienen un poder mayor que el de cualquier instrumento militar y posibilitando la incorporación de grupos desarmados en las dinámicas de un conflicto.39V) Métodos de intervención no-violenta: Intervención psicológica, Intervención física, Intervención social, Intervención económica e Intervención política.

No obstante, a pesar de que podrían parecer muy fríos estos tipos de planteamientos, sobre los métodos, las técnicas y las dinámicas de la lucha noviolenta, lo más interesante en Sharp sigue siendo su concepción pluralística del poder, sus análisis sobre los recursos que el poder convencional tiene y su noción sobre la retirada del consenso, entre otras. Por todo ello, no es de extrañar que se le haya denominado como el maquiavelo de la noviolencia.40

Pasando a otra cuestión, creo que puede tener un especial interés analizar cómo la noviolenta se ha constituido en una forma de lucha política alternativa –a la lucha armada– en algunos cambios sociales en los países del Tercer Mundo, muchos de los cuales han sufrido desde la permanente escasez de instituciones democráticas, pasando por el dominio económico de corporaciones multinacionales o de otras instituciones financieras que han actuado dentro de sus fronteras, hasta condiciones económicas desfavorables de todo tipo. Dicho de otro modo, la noviolencia como alternativa política no sólo ha sido posible en ciertas condiciones favorables (sistemas demo-liberales o contextos de liberación nacional para no ir más lejos), sino también se ha ido configurando como una alternativa –mucho más que razonable– a la lucha armada, especialmente porque ésta ha ido dejando profundas secuelas negativas que han acabado convenciendo –incluso a muchos escépticos– de los riesgos de no saber limitar la violencia y de no saber aprovechar todas las posibilidades que puede ofrecer una forma de lucha estratégica y táctica basada en la noviolencia.

En tal sentido, la resistencia noviolenta contra el colonialismo y el neocolonialismo es una original conquista en estos países, siendo aquélla una tendencia –parece que incuestionable– de exploración sistemática. Los hitos de estas insurrecciones han alcanzado desde monarquías, juntas militares, dictaduras comunistas, etc., ofreciendo un panorama transcultural de la noviolencia que se ha manifestado relativamente eficaz en contextos culturales y geográficos muy distintos. Incluso los regímenes que se creían más firmemente asentados han sucumbido ante el poder de esta fuerza. Si bien no todos los movimientos noviolentos en el Tercer Mundo han sido exitosos, como han sido los acontecimientos de El Salvador (1979-81), Burma (1987-88), China (1989) o Kenia (1989) –cada uno por razones diversas que ahora no vienen al caso explicar–, cuestión que no es privativa sólo de ellos sino que también se ha dado con igual o más frecuencia (me refiero al fracaso) en muchos otros movimientos soportados mediante guerrillas.

No obstante en un mundo sin ausencia de conflictos algunos de los cuales son a gran escala: crisis de la deuda, hambrunas, luchas étnicas, problemas medioambientales, etc., limitar la violencia directa puede ayudar significativamente a encontrar salidas a la seguridad de la sociedad global. Asimismo, el declive de la lucha armada si bien debe ser considerado como una tendencia reciente en términos comparativos con otras épocas como la guerra fría, no está claro que haya sido sustituido completamente por las formas de lucha noviolentas.

S. Zunes y L. Kurtz41 han explicado esta tendencia por tres razones fundamentales: el dramático incremento de los costes (de todo tipo) de la guerra de contrainsurgencia; un generalizado reconocimiento de que los métodos no armados pueden llegar a ser más efectivos; y, tercero, una preocupación creciente del impacto del militarismo en la sociedad post-revolucionaria, en la que los daños hacen más costoso los esfuerzos sobre el desarrollo, la democracia o la independencia.

Detengámonos un poco más sobre estos problemas comenzando por la primera cuestión planteada: los costes de toda lucha armada. Durante el período de la guerra fría se han desarrollado mitos y contra mitos sobre el poder bélico de los movimientos revolucionarios, rebeldes o subversivos; de hecho, casos como los de Argelia o Vietnam han querido confirmar –para algunos historiadores– la invencibilidad e imbatibilidad de los movimientos de este tipo sin detenerse suficientemente en otros efectos no menos importantes. Si bien es cierto que mediante la lucha armada consiguieron la victoria militar, no lo es menos las consecuencias y secuelas al enfrentarse a potencias con una altísima capacidad destructiva: muertos, heridos, desplazados, infraestructuras destruidas, zonas devastadas, etc., que acabarían hipotecando el futuro. Cuando se adopta esta forma de lucha (la armada), desde la noviolencia se plantea no sólo el rechazo ético sobre la utilización de la violencia, sino la oportunidad y la conveniencia de enfrentarse a ejércitos y potencias que pueden multiplicar su poder destructivo hasta cotas impensables tratando de parangonarse con sus métodos, así como las múltiples consecuencias que un enfrentamiento armado prolongado tiene sobre todos los actores del conflicto o, el juego pernicioso que puede hacerse a agentes comerciales e industriales que alimentan y se benefician de las violencias que sufren otros. Los muchos casos –en las últimas décadas– como Angola, Mozambique, Etiopía, Afganistán, etc., deberían de ser suficientemente aleccionadores en tal sentido. Asimismo, las denominadas guerras de baja intensidad 42 llevan aparejadas formas tan brutales de violencia respaldadas por servicios secretos de grandes potencias, por estados policiales y sistemas paramilitares que son formas de «guerra sucia» con múltiples efectos destructivos, tanto físicos como psicológicos (especialmente para los no implicados directamente en los conflictos), en una escalada que parece no tener fin ni aún cuando alguna de las partes implicadas decide frenar tal dinámica.

La segunda cuestión planteada en este debate –en gran medida como reflexión de lo anterior– está en el valor, la trascendencia y la eficacia que le damos a los métodos de lucha sin armas. Además de los efectos psicológicos de rechazo que tienen todos los gobiernos cuando reprimen movimientos no armados, cosa no tan clara cuando estos mismos movimientos usan métodos violentos, también están aquellas posibilidades que ofrecen metodologías de resistencia, protesta y desobediencia civil, por tanto sin uso de la violenta, en las que están dispuestas a participar mayor número de personas siempre que se garantice que se trata de una forma constructiva de oposición. Por tanto, mientras que la lucha armada contra un gobierno parece hacer justificar a éste el uso de la violencia contra los insurgentes, el caso contrario, una lucha noviolenta frente a un gobierno injusto acaba situando a éste en un terreno incómodo e, incluso, límite dado que ha de aprestarse a negociar o, por el contrario, ha de usar métodos violentos de castigo a su alcance pudiendo caer en lo que Smithey y Kurtz denominan «paradojas de la represión»43, las cuales acaban por situar a aquél fuera de juego frente a otros gobiernos o encontrarse con los efectos contrarios a los deseados: como una insurrección popular a gran escala. Por tanto, el uso gubernativo o paramilitar de la violencia contra demostraciones de noviolencia, desde la perspectiva de las «paradojas», abre un número importante de contradicciones y de incompatibilidades entre el grado de legitimidad y autoridad de un poder institucional y el uso que hace de la fuerza: rompiendo la unidad de bloque de ese poder (haciendo aparecer los desacuerdos internos entre las élites, los funcionarios del estado o los ciudadanos que les apoyan); y/o, transformando la percepción de la legitimidad (cuestionando los fundamentos del propio orden establecido y orientando su mirada hacia el programa alternativo que presenta la oposición noviolenta); que puede tener como consecuencia de todo ello un efecto diferente al pretendido.44

No obstante, a pesar de que puede ser admitida una considerable eficacia ideológica de la noviolencia, bajo el prisma de las «paradojas de la represión», para dividir y concienciar a los que apoyan o se muestran indiferentes ante gobiernos tiránicos, injustos o ilegítimos; no es, sin embargo, una condición suficiente. Al contrario, la noviolencia como práctica política para ser ciertamente eficaz se fundamenta en no renunciar a ningún método de combate (salvo el uso de la violencia), lo que implica –además de tipologías y morfologías de acción, intervención y agitación contra ciertos statu quo– un denso tejido de redes de resistencia y apoyo, así como un alto grado de simpatía y complicidad dentro y fuera del escenario del conflicto, implicando por tanto a muchos actores (otros gobiernos, mass media, sociedad civil internacional, organismos internacionales, diplomacias paralelas, etc.) que pueden presionar, sancionar, consentir o fortalecer el curso y resultado de esos conflictos. Sin comprender esa complejidad política, de la que no es ajena los efectos positivos de la globalización, no hubieran tenido éxito procesos de lucha como la independencia de la India, el anti-apartheid o la primera intifada.

Por último, y en tercer lugar, en este debate está también la creciente preocupación por el impacto negativo del militarismo en todas aquellas sociedades «post-revolucionarias» (o si se prefiere post-cambio tras una dilatada lucha armada), en las que los daños físicos y psicológicos hacen más costoso el esfuerzo de construcción del desarme, el desarrollo, los derechos humanos y la democracia. Este no es un tema nuevo y, más allá de cómo se planteó en otras épocas de este siglo, y en lo que respecta a las luchas armadas del período de guerra fría vuelven a cuestionarse los efectos no deseados de toda lucha armada prolongada. En primer lugar resulta complicado para aquellos grupos acostumbrados a esta forma de vida militarizada adaptarse con facilidad a una vida cotidiana normalizada, las acomodaciones para un nuevo oficio, otros ritmos, otras disciplinas, etc., no son tan obvias. Asimismo, como ya apuntara Nehru para el caso de la India: los líderes militares y guerreros no siempre tienen la misma madera para ser buenos gobernantes, capaces de las mismas heroicidades y valentías en las etapas de reconstrucción de condiciones e instituciones de paz. De la misma manera, la lucha armada a menudo conduce a un ethos elitista, a un espíritu de vanguardia minoritaria, altamente preparada y resuelta que no está dispuesta a sacrificarse, sin embargo, en ambientes democráticos, tolerantes y pluralistas, constituyéndose en pequeños grupúsculos aislados y hasta enfrentados entre sí por el dominio o influencia de cotas de poder más o menos residual.

En segundo lugar, los grupos armados (sean del signo ideológico que sean) en una situación de no guerra se han acabado convirtiendo en grupos de presión muy activos contra los futuros gobiernos más o menos democráticos surgidos tras una contienda, siendo su principal baza el recurso o la amenaza a la vuelta a la lucha armada, pudiendo derivar parte de estas dinámicas en enfrentamientos intestinos entre grupos, en golpes de estado o, incluso, en situaciones de guerra civil (como fueron los casos de Angola y Camboya).

Y, en tercer lugar, el impacto del militarismo en las sociedades post-revolucionarias ha venido marcado por el grado de dependencia exterior de alguna «potencia amiga» o, por la incapacidad de zafarse de otro tipo de «benefactores» pertenecientes a las múltiples redes de comercio de armas, narcotráfico u otro tipo de negocios extralegales que crecieron o se alimentaron durante la situación de lucha armada, y que no están dispuestos a dejar sus privilegios adquiridos en favor de una situación general de reconstrucción o normalización democrática.

Este conjunto de factores, junto a otros de carácter geopolítico (como la caída de los sistemas comunistas de la Europa del Este), han hecho volcar –si bien puede ser coyunturalmente– en favor de la noviolencia la balanza en el uso de formas, metodologías y estrategias de lucha política que renuncian en la mayor parte de los casos a la utilización de la violencia como recurso sistemático.

Conviene, no obstante, ser prudente en esto: hablo de una tendencia no de una determinación. En este sentido, tampoco conviene olvidarse de ciertas ventajas que la globalización –paradójicamente– ha traído a muchos de estos movimientos de protesta y resistencia (desde Chiapas; pasando por la intifada; hasta las reivindicaciones anti-globalización de Seattle, Praga, etc.), los cuales –por diferentes motivos y motivaciones– han decidido limitar mucho el uso de la violencia (el mundo les observaba a través de las parabólicas y en directo) o estaban convencidos estratégicamente que se puede luchar eficazmente desde y con los propios recursos que el sistema pone al alcance de todos (adelantos tecnológicos, redes, etc.).

En cualquier caso, si la noviolencia desde una perspectiva geopolítica ha estado presente en las luchas político-sociales de la última década o, incluso de la etapa bipolar, no es sólo por su supuesta eficacia metodológica, sino porque quiere ser una alternativa real al pensamiento dominante que no admite que las guerras y las violencias del capitalismo (también de las formas imperialistas no sólo de éste sino también del imperialismo soviético) son parte intrínseca de la construcción social de éste. Es decir, dicho de otra manera, la fuerza más penetrante e inseparable de la noviolencia está en lo que tiene de pensamiento alternativo (no sólo como método de lucha por tanto), de intento de construir política, social e intelectualmente de manera diferente la realidad.

6. EL PODER INTRÍNSECO DE ESTA ALTERNATIVA.


Una vez más voy a recurrir a cuestiones básicas, de principios, o a referencias teóricas sobre la noviolencia para volver a remarcar en qué se fundamenta el poder real de esta doctrina como alternativa, antes de detenerme en desarrollar algunas de sus formas históricas en el siglo XX.45

Como hemos señalado más arriba, el verdadero poder de la noviolencia tiene su origen en no entrar en el juego o si se prefiere en las lógicas del engaño impuestas, ni aceptar las reglas –sin discusión– que se intentan imponer en toda lucha política de que todo vale para conseguir los fines que se pretenden o que no existen más alternativas que la violencia para transformar realidades y estructuras que generan violencias. O que vivimos en el mejor mundo de los posibles, o que las cuestiones políticas se reducen exclusivamente a gestionar mejor la realidad –aunque ésta sea intrínsecamente injusta–.

En todo caso, lo que hemos querido transmitir hasta ahora no es sólo que el poder político de la noviolencia está (ni puede estar solamente) en que coyunturalmente sea utilizado por más y más grupos y sociedades para sus conquistas políticas y sociales; o, en su eficacia, validez o utilidad para tales luchas; sino en la capacidad que tiene para transformar conductas y actitudes, para generar nuevas formas de hacer política, para aportar modelos de pensar y de plantearse los problemas, y sobre todo para construir socialmente. Incluso el poder político de la noviolencia en el siglo XX no puede ser sino heredero de muchas tradiciones y experiencias pasadas, pero también generador de nuevas exigencias normativas para con la política, la economía o los retos sociales.

Se trata de reconocer en la noviolencia (como alternativa) el poder intrínseco que tiene toda alternativa por el hecho de serlo o de quererlo ser. Por la capacidad que tiene de no sentirse vencida o rendida ante las adversidades, las contrariedades y los impedimentos. Igualmente por el talante y la predisposición a no sentirse acosada o tentada a la victimización y, en consecuencia, acabar encerrada en sus propias fronteras y sueños. Por estar dispuesta a renovarse permanentemente, a recoger de otras alternativas sus potencialidades y posibilidades concretas o remotas. O, por intentar superar sus propias limitaciones políticas.

Por ello, cualquier debate sobre las alternativas, no debe estar o ser ajeno a un juego de intereses –antes lo señalaba cuando me refería a lo central (la violencia) y lo periférico (la paz) en la construcción social de la realidad–. Conveniencias, al fin y al cabo, enfrentadas puesto que las definiciones de la realidad son capaces de modificar esa misma realidad. Es, también, por tanto, la alternativa: una opción dotada de virtud epistemológica. Que nos advierte: cambiemos de mirada, utilicemos otra lente para acercarnos a la realidad, otras herramientas, otro talante, incluso, otros saberes; y, así, construiremos la realidad de manera diferente, porque la realidad del mundo, no es lo que aparenta ser.

Está también claro que la noviolencia, como alternativa, pretende comenzar por romper el proceso de espontaneidad de la violencia como hecho natural, cuestionando su inevitabilidad, su ineludible e indubitable fatalidad (o enfermedad dirían algunos). Por tanto, una primera tarea consistirá en plantearse el descubrir y desalojar de nuestro interior ese mecanismo que nos lleva a concebir esa realidad como natural. Que es también una forma de subvertir las reglas, las certezas y las normas sobre las que se fundamentan ese orden social. Por ello, la noviolencia más allá de ser una mera metodología de lucha, es un proyecto de transformación de la realidad que va acompañado de un esfuerzo sistemático (aún en fase primigenia de construcción y elaboración) de análisis de la misma. Esto es así, puesto que, de lo contrario, no superaría la fase de activismo voluntarista que tienen otras luchas y resistencias.




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