La noviolencia como alternativa política (*)



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A Gandhi le gustaba señalar que esta búsqueda ha sido, siempre, para toda la humanidad una «fuente de inspiración» que ha hecho posible el desarrollo y la civilización. Ha sido, por así decirlo, un denominador común histórico en todas las culturas y las civilizaciones –por encima del espacio y del tiempo–, algo que caracteriza al ser humano y que le diferencia de los demás seres del Planeta. Un anhelo por conseguir ser más libres, más dignos, más justos..., cuyas prácticas han sido a veces –como diría también Gandhi–: «errores himalayos» y, en otras ocasiones historias de conquistas afortunadas y dichosas.

Pero, también, ¿a qué tipo de verdad se apela desde una noviolencia gandhiana?. El propio Gandhi acabaría por idear un nuevo concepto: la palabra satyagraha que significaba la búsqueda, la fuerza o la firmeza (agraha) de y en la verdad (satya). Que era tanto como decir buscar el método, las reglas y las razones para oponerse a las leyes injustas, para no apoyar políticas que condujeran a la violencia; asimismo, como instrumento para rastrear las soluciones para que las partes activas en un conflicto no se continuaran enfrentando. Se trataba, en fin, de indagar también, cómo convencer al adversario exponiéndose incluso a sus arbitrariedades, a su violencia y a su dureza, pero explorando todas las posibilidades y metodologías que nos ofreciera la desobediencia, la no-colaboración, la resistencia, etc. En definitiva, esta forma de investigación permanente –mediante la revolución pacífica–, implicaría completar la indagación y la búsqueda de una verdad relativa renunciando, precisamente, en ese difícil proceso a la utilización de la violencia. 23

Que la verdad, al menos en el sentido –muy primigenio– de correspondencia o de coherencia, la intentamos buscar todos parece claro, al menos eso pretenden historiadores, sociólogos, jueces, y un largo etcétera de profesionales y científicos. Que la verdad entendida como existencial la busquen también muchos otros, incluso los anteriormente citados, pudiera ser así. Pero la verdad entendida como síntesis unificadora de todas las anteriores, es decir, como la quería comprender y defender el pensamiento gandhiano, creo que resulta más difícil de consensuar, porque requiere y exige –entre otras cosas– de fuertes convicciones.

No obstante, al menos a juicio de Schreiter,24 también se puede hallar ésta síntesis unificadora en muchos procesos de reconstrucción en sociedades que han sufrido una gran cantidad de violencia, porque además de anteponer como premisa la búsqueda de la verdad, de la memoria, del pasado, lo que se ha denominado las Comisiones de la Verdad y la Reconciliación, en las que no se habla únicamente de la correspondencia entre lo sucedido y lo que se dice sobre ello (verdad de correspondencia); ni es sólo una verdad que ayuda a explicar sucesos complejos en los que ningún hecho concreto puede probar o refutar por sí solo un juicio (verdad coherencial), sino de un intento de ambas junto a una verdad existencial y, todas en conjunto permitan –sin entrar ahora en otras teorías filosóficas sobre la verdad– hacernos superar la violencia degenerativa y abyecta alcanzada en ciertos procesos políticos, la cual sea capaz de recompensar a las víctimas –más allá de reconocimientos económicos y sociales– y de rescatar de la vorágine del odio a los victimarios –para superar el y su pasado–. Y, es en ese trabajo en el que entra a jugar un papel más que notable la teoría política noviolenta al menos como la entendió Gandhi en lo que respecta a su idea de verdad o, mejor, de búsqueda (o fuerza) de la verdad.25

4.3. Renunciar a utilizar la violencia como método y romper su espiral.
Efectivamente una de las tesis fuertes de la noviolencia es la desaprobación de la violencia como arma política, como método de construcción social y como forma de resolución de los conflictos, esto ya lo sabíamos (y a continuación tendré oportunidad de retomar algunos de sus principales argumentos para articular esa condena), pero con ello no basta puesto que no se trata sólo de hacer juicios negativos de una realidad palpable sino de presentar propuestas alternativas y metodologías positivas para hacer política, superar conflictos y establecer marcos cada vez más amplios de convivencia y compatibilidad social (también a todo esto me referiré más adelante).26

En cuanto a la primera cuestión: la condena de la violencia, podría argumentarse que, en este punto, la noviolencia pretende denunciar el proceso de escalada histórica de la violencia, máxime teniendo en cuenta que las últimas formas de expresión directa de ésta han acabado poniendo en peligro la propia existencia de la humanidad (el potencial holocausto nuclear). Igualmente, la observación y el análisis del pasado indican que las múltiples respuestas brutales a la violencia, entendida en términos genéricos, no la ha hecho disminuir significativamente o incluso eliminar como institución social, sino que se ha empeñado en una escalada o espiral cada vez más compleja de neutralizar.

De la misma manera, el uso de la violencia lleva consigo un peligro añadido, la cuestión de sus límites, esto es, el riesgo de perecer cautivo de sus múltiples expresiones crueles, embrutecidas y deshumanizadas que han de ir ampliándose a medida que se pretende buscar una supuesta mayor efectividad y eficacia de su uso y, sobre todo, de sus resultados. Un riesgo que no sólo causa dolor a quienes reciben esa violencia sino que destruye interiormente a quien la utiliza; y, a pesar, de las formas tecnológicamente cada vez más sofisticadas que distancian físicamente a la víctima del victimario los efectos acaban siendo los mismos para uno y otro.

Asimismo, la teoría de la noviolencia, tampoco comparte algunos de los fundamentos de ciertas doctrinas como el materialismo histórico que atribuyen a infalibles usos, formas y organizaciones de la violencia una especial capacidad generadora y nutricia de propiciar o de apropiarse para sí todo cambio representativo o conquista humana significativa. Muy al contrario, aquella teoría sostiene que las importantes y sustanciales transformaciones sociales han sido posibles y los logros de éstas se han alcanzado muy a pesar de los múltiples impedimentos que la humanidad ha encontrado en todas las formas históricas de violencia.27

Así, también, la utilización de la violencia pone en contacto muy íntimo la relación entre los medios y los fines, entre el camino y la meta.28 Existe en tal sentido un peligro muy real no exento de controversia en toda lucha política, ideológica o social: unos fines o unos objetivos, un modelo o un ideal pueden estar llenos de bondades deseables y justas pero la forma de alcanzarlos, la metodología para llegar a ellos puede ser inadecuada. Esto es sobre lo que nos alerta la noviolencia: si el método para alcanzar mayores cotas de paz y libertad, así como los procedimientos para conseguir una sociedad más justa son, en uno y otro caso, la violencia lo que se produce es una creciente degradación de esos fines. Esta relación axiológica resulta inevitable y contextualiza la naturaleza, el alcance y el grado de legitimación de todo cambio social. Cuando una lucha por transformar injusticias acaba por no discernir esta relación, ni se plantea los inmensos peligros y posibles consecuencias que lleva consigo la utilización de la violencia, puede ésta acabar convirtiéndose en un fin en sí misma, dejando de ser un mero instrumento, reduciendo así la meta a una dimensión lejana que necesita más y más violencia para poder ser alcanzada. Añadiendo, a fortiori, otras muchas consecuencias nefandas derivadas de todo esto, como: la paulatina militarización de la vida social y política, el otorgamiento de mayor protagonismo a los sectores armados de una sociedad o, entre otras, el brote de soluciones cada vez más autoritarias. Precisamente porque considero estos últimos argumentos muy significativos me detendré a valorarlos más adelante en el punto dedicado a «La construcción de una alternativa»).

Al principio señalábamos que, no obstante, la noviolencia no se presentaba únicamente como una negación o una crítica de la violencia, sino también como una metodología alternativa y positiva del ejercicio de la política, de la superación de los conflictos y de marcos más amplios de convivencia. A algunas de estas cuestiones le dedicaremos más atención en el siguiente epígrafe, por el momento, detengámonos algo más en la cuestión de la metodología y de los fundamentos para usar la noviolencia como método. Se ha señalado cómo las espirales de las violencias han conducido a muchas sociedades a caer en un círculo vicioso del que es muy difícil salir.29 La apuesta de la noviolencia está por crear una nueva espiral, en este caso virtuosa, que permita no sólo romper con esos endurecidos resortes, sino transformar esas dinámicas cerradas y rígidas de las violencias, para proponer y demostrar que pueden existir más y mejores medios con los que abordar los conflictos.

Algunos de esos métodos de lucha están fundamentados no sólo –como señalara Sharp– en una constatación inmediata de su eficacia, o en una simple estrategia política, sino también, en comportamientos y actitudes de rebeldía constante, de presión moral, de confianza antropológica, de convicciones éticas, de dudas razonables, de diálogo franco, de persuasión permanente, etc., sin las cuales las meras tipologías de la lucha se agotarían fácilmente. De esta manera, las tácticas y los métodos de resistencia activa, dinámica, creativa y participativa; así como las formas de no-cooperación, de no-colaboración, de desobediencia civil, etc., quedan salvaguardadas no sólo por su renuncia al uso de la violencia sino también por su fundamentación ética y su coherencia axiológica.

Por tanto, no se debe olvidar que, en esta lucha, no hay causas principales que el respeto a la vida humana de los demás; y que, por tanto, los intereses o la ideología de la lucha no están por encima de los hombres y mujeres, lo que está siempre por encima es ese respeto irrenunciable a la vida. Se trata, por tanto, de una renuncia a la violencia no sólo por una ética de la responsabilidad, que tiene en cuenta su conveniencia por cuestiones tácticas o estratégicas de las acciones u omisiones, que valora o se interroga sobre la oportunidad o la proporción en la utilización de la violencia o de otros métodos, que examina y valora una acción dentro de su contexto y consecuencias. No, no es sólo por esto, sino por una ética de la convicción, fundamentada por tanto en una ética sólida y firme, asentada en principios (deberes) incontrovertibles, que se aplica siempre al margen de las circunstancias y de las conveniencias, no entendida como un dogma sin más, sino como un proceso al que se llega no exento de contradicciones, errores e imperfecciones (como apuntaría Gandhi), pero que requiere por ello de personas muy activas y comprometidas, templadas y valientes que conozcan el alcance de esta opción ética.30

Pero, en la mayor parte de las ocasiones se presentan situaciones de conflictos entre deberes, ¿cómo resolver estas condiciones? ¿cómo exigir a los oprimidos como un deber moral que se comporten de forma no violenta? «Si la razón de la exigencia es que la violencia es intrínsecamente mala y que bajo ninguna condición puede ser utilizada, entonces el oprimido se encuentra bloqueado entre el deber moral incondicionado de defender la vida de los oprimidos, y el deber igualmente incondicionado de no hacer uso de la violencia: en cualquier caso su opción es inmoral

4.4. La noviolencia invita a pensar y construir la realidad de manera alternativa.


Seré en este punto breve puesto que tendré oportunidad de retomarlo en la parte final de este trabajo cuando me refiera al futuro de la noviolencia. Pensar y construir de una manera alternativa no resulta asequible a todos, liviano éticamente o fácil en su formulación. En muchas ocasiones –históricamente hablando– ha significado nadar contra corriente, sentirse aislados, y pensar de manera distinta a como piensa la generalidad.

Las personas que no son capaces de ver alternativas acaban en la angustia, la pasividad, el miedo, la indiferencia o la huida. La noviolencia requiere de personas –no ingenuas– sino resueltas, emprendedoras, inquietas, que se hagan interrogantes para crecer mental y espiritualmente. Personas que obedezcan la voz de su conciencia, gentes que ejerzan su capacidad de poder para cambiar las injusticias del mundo, que sean desobedientes frente a la abyección, objetores de conciencia respecto del mal..., que no crean y no respeten la denominada «obediencia debida», por el mero hecho de ser obediencia; y que sean capaces de aportar: además de un buen análisis de la realidad, alternativas a la misma.31

Pensar de forma alternativa significa, también, identificarse con una serie de valores que tratan de proteger lo que se denomina una cultura de la paz: la construcción de la paz y los derechos humanos; una defensa activa del medio ambiente; que piensan en modelos alternativos de defensa y seguridad frente a los convencionales; que practican y apoyan todas las formas de diplomacia popular noviolenta; que son solidarios y constructivos a través de todas las formas de ayuda humanitaria; que consumen y producen de manera lo más sustentable posible; que, en fin, tienen en cuenta la consonancia entre medios y fines.

Asimismo, en este sentido, la noviolencia es heredera de teorías, propuestas y fuentes, tanto occidentales (cristianismo primitivo, estoicismo, socialismo utópico, anarquismo pacifista, liberalismo radical, entre muchos otros), como orientales (jainismo, hinduismo, budismo, gandhismo, teosofismo, entre otros), así como prácticas históricas emancipatorias (como feminismos, pacifismos, democratismo, etc.) que permiten formas de pensar y construir las realidades de una manera más abierta y flexible, menos dogmática y más libre.

5. LA CONSTRUCCIÓN DE UNA ALTERNATIVA POLÍTICA.
Lo que Gandhi denominó con ironía como «fuerza bruta» ha tenido su máxima expresión en el siglo XX. De una parte el propio sentido de destrucción que ahora tiene esa fuerza bruta para aniquilar no sólo a los enemigos sino virtualmente toda la vida en el Planeta. Y, sin embargo, de otra, esa misma fuerza se ve impotente ante formas de resistencia masiva.

Vivimos una etapa histórica de gran ambigüedad respecto a las actitudes que adoptamos en relación a la violencia: simultáneamente la condenamos y condonamos, la denunciamos y la empleamos, resultando una considerable contradicción de nuestro comportamiento y nuestro tiempo. Si nuestro deber tendría que haber sido desarrollar el hastío hacia la guerra y la violencia y conocer sus posibilidades destructivas, parece que no haya sido éste un programa cultural y educativo coherente en el siglo XX.32 El dilema para aquellos que se retraen de la violencia es si existe una alternativa. ¿Es posible abordar, en serio, la lucha con otras armas y además no causar tanta destrucción?. En tal sentido, el físico indio D. S. Kothari ha declarado que dos grandes acontecimientos han marcado el siglo XX: el desarrollo de la bomba atómica y la denominada Marcha de la Sal de Gandhi, en el juicio de que ambos son símbolos de dos formas muy diferentes de fuerza y de lucha pero, sobre todo, de construir el mundo.

Es en este punto donde se plantea una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo, a saber, si la lucha noviolenta proporciona una alternativa al militarismo y al pacifismo (absoluto), como Gandhi reclamaba. Especialmente para aquellos que no quieren darse por vencidos, el combate contra el miedo a que las fuerzas destructivas prevalezcan les permite a través de la lucha noviolenta la posibilidad de resistirse sin usar la violencia. Incluso, la moral carga de razones a aquellos que se abstienen de utilizar la violencia de aquellos que no lo hacen (especialmente si se trata de las armas atómicas), poniendo en tela de juicio cualquiera que sea su eficacia. Mientras se están gastando muchos billones de dólares anualmente preparándonos para conflictos violentos, desarrollando armas e infraestructuras, en entrenamientos, investigación y evaluación de la fuerza bruta, apenas hemos comenzado a explorar las implicaciones de la acción directa noviolenta. Sólo un puñado de estudiantes y de unos pocos miles de activistas en todo el mundo han conseguido pensar seriamente sobre todo esto, lo que es estadísticamente muy poco en comparación con la investigación militar, de laboratorios, bases y arsenales. Y, todavía, con recursos bastante convencionales, los movimientos denominados del Poder del Pueblo (concepto surgido en los acontecimientos de Filipinas de 1985) han sacudido los cimientos del orden moderno fundamentado en el poder de la violencia.33

La noviolencia es un fenómeno complejo y multifacético que atraviesa una gama de posibilidades que van desde las formas de vida hasta una aproximación utilitaria de la lucha. El enfoque que aquí utilizamos es el de intentar reconocer que la noviolencia puede llegar a ser una forma alternativa (a la violencia) para propiciar cambios sociales. Cambios que podrían identificarse –en los últimos tiempos– con el denominado poder en movimiento (o nuevos movimientos sociales –a pesar de la disparidad de contextos y metas–) que se conecta no sólo a la organización social de una emergente aldea global y de las tecnologías de la comunicación, sino también sobre algunas historias compartidas, formas de autoconciencia, fertilización cruzada y, claramente, una infraestructura institucional embrionaria. En todo esto es donde puede ayudar mucho la noviolencia a ser una alternativa metodológica y política.

Antes de continuar conviene hacer algunas advertencias, sin las cuales parecería que la noviolencia es una nueva panacea política capaz de arreglar todos los viejos y nuevos males del mundo. Y, claramente no lo es, como tampoco lo es –evidentemente– la violencia (que para muchos sectores tanto predicamento tiene). La noviolencia es, aún, una teoría en fase de construcción y experimentación incapaz de dar respuesta y soluciones a todo. Tanto como teoría del conocimiento, como forma de experimentación social es muy joven, a pesar de que pudieran encontrarse muchos precedentes históricos anteriores al siglo XX. Sin embargo, algunas de sus premisas –que bien se pueden rastrear a través de la historia de la humanidad– ya resultan bien interesantes como tal alternativa metodológica: no incorporar más violencia al mundo, perturbar intelectualmente y buscar denodadamente opciones pacíficas a la solución de los conflictos.

Hechas estas salvedades conviene señalar que, la mayor parte de los teóricos sobre la noviolencia consideran que la utilización de la acción directa sin armas debe estar fundamentada en profundas convicciones de carácter ético, religioso o ideológico (o en todas a la vez) acerca de la rectitud de la noviolencia como filosofía política (Gandhi, Aldo Capitini, Danilo Dolci, Luther King, Lanza del Vasto, Giuliano Pontara, etc.). Este, como se sabe, es ya un viejo debate en filosofía: sobre la conveniencia de separar o unir ética y política. Y, si bien es cierto que la mayor parte de los teóricos apuestan –dentro de la noviolencia– por la unión de una y otra, no se puede afirmar que exista un consenso generalizado. Otros, en cambio, teniendo a la cabeza a Gene Sharp (y seguidos por Jean Marie Müller –con algunos matices–, Charles C. Walker, Theodor Ebert, Michael Randle, Anders Boserup, etc.) consideran que deberían primar las razones prácticas; y, por tanto, la noviolencia sería juzgada como la más efectiva herramienta para favorecer cambios sociales, al menos en determinados contextos; y, en consecuencia, cuando nos referimos a ella es para hablar, fundamentalmente, de una técnica de lucha.

Hay que señalar que buena parte de la realidad histórica reciente, parece que dé la razón a los segundos. La mayor parte de las últimas agitaciones (de la caída del Muro, de los movimientos antidictatoriales, o de algunos movimientos sociales, etc.) no suscriben o no comparten necesariamente los postulados éticos gandhianos, según los cuales una de las metas es la conversión del oponente a través de la apelación moral. Asimismo, en muchos de estos grandes acontecimientos, este hecho quedaría corroborado porque aunque el corazón de los movimientos puede estar formado por un puñado de activistas con principios religiosos y/o morales, los cuales mantienen o inician la lucha entre las masas movilizadas, entre éstas la mayor parte usan la noviolencia por su eficacia más que por sus convicciones éticas sobre la misma.

Finalmente, el uso de métodos no armados de insurrección –si prosperan en el derrocamiento de un régimen–, no significa necesariamente que un gobierno democrático o antimilitarista los tendrá en cuenta. Aún más, uno de los aspectos más problemáticos de la práctica de la noviolencia es que, en muchas ocasiones, no se puede cumplir completamente su teoría. Después de cada caso, las transformaciones que han podido ocurrir han contribuido a crear nuevos problemas e, incluso, a veces nuevos dictadores (p.e. el Irán de Jomeini).

No obstante, hay todavía mucho por saber en todo esto. Cuando se habla del poder en movimiento,34 este ha sido analizado desde tres perspectivas: las oportunidades políticas, la movilización de estructuras y la formulación de procesos. Pero ninguno de estos enfoques analíticos por separado es capaz de describir la complejidad en los cambios estructurales producidos por los movimientos sociales. Algo similar ha sucedido con la literatura sobre la noviolencia, con los estudios gandhianos y, desde ellos, quienes han seguido las ventajas pragmáticas de Gene Sharp intentando desarrollar un sistemático, histórico y analítico examen de las estrategias noviolentas con una visión positiva para hacerlas más efectivas. Y, no sólo porque los estudios sobre noviolencia están, a menudo, íntimamente unidos a los análisis y aspectos aplicados a los movimientos sociales, sino también porque al haber sido escritos por activistas de la noviolencia, con un gran voluntarismo, han caído en que –como nos señala Pagnucco– «el único prerrequisito para el cambio social es la correcta utilización de la acción noviolenta»,35 y esto no siempre ha sido así y difícilmente puede ser así, dado que los cambios sociales son una compleja mezcla de esos tres análisis arriba citados y no de la simple voluntad de actores más o menos convencidos de sus metodologías.

Con ello conseguimos rescatar a los estudios sobre noviolencia de un viejo e ingenuo optimismo, usando para ello métodos comparativos que exploren los diferentes movimientos noviolentos en sus variados contextos en un esfuerzo por identificar el impacto de las condiciones estructurales. Y si bien la literatura sobre los movimientos sociales ha explorado los procesos amplios de cambio social y la organización de los mismos; sin embargo, esta misma literatura aún no ha aplicado esos mismos conocimientos al estudio de la explosión de los movimientos noviolentos de las últimas décadas. Convendrá, por tanto, para el futuro seguir indagando en esta línea de estudio que puede ser muy interesante. Dado que, a nuestro juicio, pocos han sido los esfuerzos sistemáticos que han explorado y entendido los patrones, las normas y las temáticas de los movimientos noviolentos, en el espacio y en el tiempo, identificando la difusión de éstos, evaluando las condiciones bajo las que tienen éxito o, por el contrario, fracasan, atendiendo a situarlos dentro de fenómenos sociales más amplios.

Asimismo, no se puede predecir con fiabilidad cómo de manera individual o en grupos se responde a las injusticias, la opresión, la violencia o la pobreza. Claramente la respuesta elegida por mucha gente es consentir, conformarse o padecer la opresión, encontrando vías a su supervivencia entre los límites establecidos por el orden social impuesto sobre ellos. Otros huyen de ciertas condiciones intolerables, de manera que existen millones de refugiados que nos recuerdan con su presencia que, las injusticias, están por todas partes. Todavía hay otros que, por el contrario, están dispuestos a luchar.




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