La noviolencia como alternativa política (*)



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Si doy por hecho la existencia de un modelo dominante que se construye epistemológicamente desde la violencia y que acaba generando violencias y, si admito que no podemos negar que existe también violencia en el mundo, por qué nos empeñamos en hablar de la paz y de la noviolencia como lo que caracterizan los valores humanos. Está claro que, a estas alturas cabe decir que buena parte de la historia de la ciencia ha sido y se ha hecho como resultado de una construcción social de la realidad fruto y resultado de una confrontación permanente, como un conflicto –no siempre bien resuelto– de inteligencias, intereses, saberes y poderes, de tendencias, corrientes, escuelas, etc.(de las que las religiones no han estado exentas); que, han pugnado por monopolizar la construcción de la realidad. Pues bien, desde hace ya unas décadas la Investigación para la Paz reclama la necesidad de compensar el enorme desequilibrio científico (historiográfico, epistemológico, ontológico y axiológico) entre la violencia y la paz, para que con ello se nos permita contemplar con toda su riqueza y complejidad la realidad humana. Llegados al punto de saturación de la violencia que ha sido el descubrimiento de la energía nuclear con fines bélicos, la investigación para la paz nos permite hacer balance de los errores cometidos en el pasado para poder rectificarlos y ser capaces de construir futuros diferentes, reconociendo nuestras imperfecciones como especie que no vive sola en el Planeta.

Igualmente, desde cuestiones más concretas, serviría para compensar ese desequilibrio el hecho de que los científicos sociales y experimentales reclamen –para sus debates– un mayor y mejor conocimiento de la noviolencia para que ésta, asimismo, comience a ocupar el puesto que se merece en los manuales de historia, filosofía, antropología, ciencias políticas, sociología, historia de la ciencia, teología, etc.; no olvidando que muchos de los grandes cambios humanos producidos en los últimos siglos se deben, también, a acciones noviolentas, desde las luchas emancipatorias de todo tipo, al combate contra todas las formas de abyección, o la práctica de formas de desobediencia, libertad y conciencia. Porque sin rastrear demasiado resulta fácil encontrar, en la historia, a humanistas y personas de ciencia que –en muchas ocasiones– para poderlo ser han tenido que desobedecer usando de su libertad, pero arriesgando sus vidas porque la ciencia no debía de conocer más limitaciones que las éticas.

Porque, que la paz y la noviolencia estén considerablemente marginadas de muchos razonamientos académicos y científicos, de discursos políticos, o de acciones económicas, entre otras; no significa que no sean parte de una realidad muy importante para completar el conocimiento y el proceso educativo de cualquier ser humano.

Desde la disciplina a la que pertenezco, me pregunto –en muchas ocasiones–, qué tipo de miopía podemos llegar a tener todos cuando en los manuales de Historia sólo aparecen figuras, entre otras muchas, como Hitler, Mao, Stalin, Marx o Bakunin y, sin embargo, no están Thoreau, Gandhi o King...; o, en los manuales de Politología ningún colega incorpora el amor, el afecto o el cariño como variables para explicar muchos comportamientos políticos y toma de decisiones. O en los manuales de economía no se distinguen qué tipos de políticas y decisiones económicas pueden conducir a provocar guerras y cuáles otras inducen a relaciones más equilibradas y equitativas, o cómo distinguir entre economías de oferta y economías de demanda.

Algunos de estos ejemplos deben inducirnos a pensar que la Investigación para la Paz además de ser un importantísimo instrumento de denuncia, es un acicate, un estímulo para investigar y transformar el mundo en un sentido positivo, creativo y alternativo. Y, dentro de este campo transdisciplinar, asimismo, tiene cabida la exploración, el conocimiento y la difusión de la Teoría de la Noviolencia que es, todavía, un espacio por descubrir en muchos sentidos y que nos permitirá nivelar esas descompensaciones historiográficas y epistemológicas. La noviolencia en particular, como la Investigación para la Paz, en general, se ofrece para todas aquellas personas –científicas o no– inquietas, comprometidas y resueltas que quieran estudiar y practicar a la vez las condiciones para conseguir un mundo más justo, pacífico y perdurable.5

3. CARACTERIZAR MEJOR LO HUMANO.


Quisiera comenzar partiendo de una premisa, a mi modo de ver, fundamental, desde una hipótesis de trabajo, a saber: La paz nos da conciencia de identidad humana.6 Para un irenólogo parece normal que así sea. Para un polemólogo, en cambio, la guerra explicaría muchos de los comportamientos humanos y, hasta es posible, que para cualquier observador ese tipo de violencia nos daría, también, una mayor conciencia de lo que significa lo humano.7

Lo importante no es sólo la «identidad humana» (identidad como garantía, aval, de lo que creemos o decimos que somos, como nuestro documento de identidad), sino el proceso de concienciación, el proceso cultural, histórico, político, educativo, etc., que significa hallar y tomar conciencia de lo que constituye y es lo humano.

Como señalaba mi premisa era que la paz nos ayuda a caracterizar mejor y a potenciar más lo que denominaríamos como humano. La historia de la Humanidad, que está cargada de actos pacíficos y violentos, de regulaciones de conflictos en un sentido o en otro..., nos ha enseñado que caracterizar lo humano no ha sido una tarea tan simple, tan sencilla y tan elemental..., señalar qué es «ser humano», puede ser visto como un problema: histórico, humanos han sido considerados los ciudadanos frente a los esclavos, los blancos frente a otras minorías, o los occidentales frente a los orientales, se puede decir que históricamente han sido muchos y muchas los excluidos como humanos. Como un problema jurídico, podríamos preguntarnos cuándo se empieza a ser persona, y cuándo se deja de serlo, la desnaturalización de algunos pueblos, como el judío en la época de los nazis llevó consigo, de facto, la pérdida de la identidad humana, lo que permitió hacer más fácil y, también, más horrible, cruel y monstruoso el exterminio concentracionario.8 Tampoco es fácil, aún, desde el punto de vista antropológico saber desde cuándo existe el sapiens sapiens como tal. Incluso se podría abordar desde una perspectiva ética, pensando no sólo en las generaciones presentes sino también en las futuras. Y así podríamos decir también de la economía entendida a escala humana. Y de otras muchas disciplinas: la medicina, la arquitectura, la ingeniería..., y un largo etcétera.

Aunque todavía cada uno de estos debates no están cerrados, la Investigación para la Paz nos llama la atención sobre los elementos comunes y las riquezas intrínsecas de lo significa pertenecer a la familia humana y, sobre todo y muy especialmente, sobre el proceso de concienciación para reforzar los vínculos de fraternidad: En primer lugar, la innegable compatibilidad humana a pesar de las diferencias étnicas y culturales, o de las diferencias en percepciones e intereses. En segundo lugar, también cabe destacar la propia capacidad evolutiva de la especie, su historia ha demostrado su habilidad para superar dificultades, para adaptarse, para ser creativa, y para desarrollar exponencialmente su inteligencia. Y, en tercer lugar, aún deberíamos sorprendernos que tras las múltiples y diversas culturas existen elementos semióticos, simbólicos y estéticos comunes, actividades como la música, la danza o el canto; o, elementos como el fuego, el agua, el aire o la tierra que son capaces de reconocernos en lo humano, de experimentar la riqueza de lo que significa ser humano.

Pero como no se trata sólo de identificar qué es lo humano, sino también, y muy importante, de tomar conciencia y de concienciar (conocimiento que el espíritu humano tiene de su propia existencia, de sus actos y de sus estados), aquí me permito señalar que me decanto más –a medida que voy conociendo la historia de la paz y la noviolencia, así como a sus protagonistas– por calificar a éstas como: las formas más evolucionada de conciencia humana.9

Hemos de subrayar lo de «conciencia», advirtiendo que sólo se trata de una hipótesis de trabajo a desarrollar y sobre la cual en las página siguientes iré mostrando caras y facetas de la misma que enlazan con los planteamiento iniciales de lo que es ser humano: en la búsqueda de preservar la compatibilidad, la capacidad evolutiva y los elementos transculturales de la especie humana. Entendiendo que aún no la he acabado de demostrar sino simplemente la he presentado como una hipótesis. Porque pienso que hay un salto cualitativo importante al renunciar conscientemente a la violencia para no incorporar más violencia al mundo;10 porque es una apuesta por regular y resolver los conflictos de forma pacífica y creativa; porque cuando se actúa desde la noviolencia se hace confiando en los seres humanos, en lo que tienen de humanos como yo, como tú, como aquél, en la seguridad y la confianza de que los demás son tan humanos como nosotros; y, por ser una forma consciente de intentar superar el odio y el rencor que presiden muchas relaciones por la violencia extrema.

4.- ALGUNAS DE LAS RAZONES DE LA NOVIOLENCIA.
La utilización del concepto de noviolencia se ha atribuido, durante mucho tiempo, a ingenuos de espíritu, a ángeles o mártires en medio de un mundo de violencia y de demonios; o, incluso, con él se ha calificado a reformistas sin grandes horizontes y sin capacidad para cambiar muchas cosas en este mundo. Nada más lejos de la realidad.

La noviolencia puede ser definida como una metodología activa para influir en el curso y el resultado (positivo) de un conflicto, esto requiere del activista (Satyagrahi), que su trabajo sea activo, participativo y transformador..., ¿dónde?, en los lugares donde se presentan todas las formas conocidas de violencia. El activista, por así decirlo, debe meterse en el ojo del huracán de la violencia para transformar esa realidad y, también y sobre todo, para transformar a las personas que optan por regular los conflictos recurriendo a la violencia. ¿Cómo debe hacerlo? Conquistando y perturbando las conciencias, practicando con el ejemplo, demostrando su fortaleza de convicciones, mezclándose en la política con inteligencia, templanza y coraje.11

Para llegar a ese grado de compromiso se ha de entender, por tanto, a la noviolencia como un método para la acción frente a la pasividad, el miedo o la huída; como un deber y un convencimiento entendidos como imperativos y principios de valor ético; y, no sólo, en función de conveniencias, oportunidades o estrategias; y, como una exigencia de justicia, pero siempre dentro del respeto total de la persona y de la vida de los demás, renunciando a todas las formas de violencia.

Esto implica que el trabajo de la noviolencia es una forma de ejercicio del poder de carácter integrador, humanizador, pacífico, solidario y creativo.12 Que no tolera lo que resulta intolerable (los atropellos, las abyecciones, las violencias, etc.), que no le amedrenta llamar a las cosas por su nombre, que no le importa denunciar las injusticias, que actúa como una conciencia en alarma permanente frente a las barbaries y crueldades del mundo. Nada, por tanto, que tenga que ver con cosas o materias para pasivos, miedosos, satisfechos con todo, flojos de espíritu o laxos de compromiso.

¿Pero de qué tipo de poder habla la noviolencia? ¿A qué tipo de poder se refiere? Evidentemente no al del cañón de un fusil o al de un arma nuclear, no a un tipo de poder que destruye, que obtiene sumisión, subordinación, servidumbre, obediencia ciega, docilidad, etc., sino a un poder entendido como capacidad para la acción, especialmente de aquellos que supuestamente no tienen poder o, mejor, que no saben que lo tienen o que, simplemente, no lo utilizan. Porque poder es la facultad para hacer algo, es la influencia que uno tiene sobre alguna cosa o persona, es la fuerza, la capacidad y la eficacia para influir, motivar, repercutir en los demás.13

Por eso conviene recordar que existen muchas formas de poder (político, militar, económico, intelectual, ideológico, religioso, científico, académico, femenino, masculino, afectivo, comunicativo, de la experiencia o la edad y, así un largo etcétera), como ha señalado el politólogo Gene Sharp en su conceptualización pluralística del poder. Tantas formas de manifestarse que, en la mayor parte de las ocasiones, cuando nos referimos al poder tendemos a reducirlo tanto y a tan pocas cosas que ha acabado distorsionando las posibilidades conceptuales que ha tenido el mismo; hasta el peligro de reducirlo al ejercicio de los gobiernos, de los ejércitos, de los que utilizan la violencia y poco más. Afectando a cuestiones como cuál es la relación que la gente común tiene con el poder, siendo en muchas ocasiones la de miedo, prevención, alarma, intimidación, etc.; y no contemplan la posibilidad de ejercer ellos mismos sus capacidades y potencialidades, descubriendo cuáles son las que tienen y cómo ejercerlas lo mejor posible, es decir, renunciando de antemano al mucho o poco poder que tengan. Por tanto, adelantemos que aquí nos vamos a referir a una noción de poder como capacidad para la acción dejando de lado la capacidad para obtener sumisión, así como la capacidad circulatoria que el poder tiene.14

Entiendo que es importante recuperar todas las dimensiones semánticas que tiene el concepto de poder porque éste es un componente importantísimo en los conflictos. En este sentido, saber cuánta capacidad tenemos y con qué potencialidad contamos resulta esencial para aprovecharla positiva, creativa y activamente en la resolución eficaz y duradera de los conflictos o, al menos, en la transformación de los mismos. De alguna forma, el objetivo de la noviolencia es, precisamente, reequilibrar el poder entre las partes en conflicto, tratando de hacer aflorar la parte más positiva de poder que cada una ellas tiene, conciliando; y, en la medida de lo posible, convenciendo de la complementariedad y equilibrio de todas las formas de poder para evitar cualquier uso de la violencia por alguna de las partes. Así como convenciendo de que algunas formas y usos de poder pueden ser, si no se limitan convenientemente, potencialmente muy peligrosas y de consecuencias irreparables, especialmente en una situación de escalada de conflictos.15

Por tanto, como hemos podido definir, el poder es un potencial o una capacidad que puede o no ser utilizada, cuestión ésta muy importante para todas las manifestaciones de poder, tanto para el que puede apretar el botón nuclear o no hacerlo, como para el que no está dispuesto a obedecer una ley que va contra su conciencia. Lo positivo que diferencia al noviolento de los demás es que al utilizar su potencial y capacidad de poder, de antemano, renuncia a utilizarlo con violencia –aunque tenga capacidad y oportunidad para ello–, lo que no le hace más previsible en su comportamiento, pero sí más diáfano en la resolución pacífica de un conflicto.

Si como señala Boulding, poder es la «capacidad para conseguir lo que queremos»16, esta afirmación debe ir seguida de un conjunto de reflexiones –a algunas de las cuales me he referido antes y que ahora recuerdo someramente–, tales como: ¿qué precio hemos puesto a lo que queremos conseguir? ¿por encima de personas y cosas? ¿en cuánto tiempo lo queremos conseguir? ¿y cuánto tiempo lo podremos mantener?, etc.

Como hemos señalado más arriba, el poder puede ser entendido como la capacidad de incidir e influenciar en otros, pero no sólo pertenece esa capacidad a quien la ejerce, sino también a quienes se dejan o a quienes reconocen esa potestad. Cuestión muy importante que, en cualquier momento puede desequilibrar o romper la ecuación, sin incógnita explícita pero sí implícita, entre mandar y obedecer, entre gobierno y ciudadanos, entre líderes y seguidores, etc. Esto nos indica que el poder, entendido como capacidad, no debe ser interpretado como positivo o negativo, sino sólo en la manera en que se ejerce, se utiliza, se aprovecha. Nada hay en la definición de poder en el que aparezca el término violencia, si ésta se usa en el ejercicio del poder es una posibilidad tan auténtica y real como no hacerlo.

El por qué obedece la gente o desobedece, cuándo consentimos y por cuánto tiempo, hasta dónde cooperar o decidir boicotear decisiones, cuándo se pone en marcha la conciencia moral frente a la abyección, cuándo la objeción ante las injusticias, qué es y en qué consiste la obligación política, etc., son tan sólo algunas de las muchas cuestiones que las teorías sobre el poder (entre ellas la noviolenta) pretenden responder de una u otra forma a, en definitiva, la ecuación que antes he mencionado. No voy, sin embargo, a entrar a responder a cada una de estas cuestiones, sino más bien a exponer a continuación algunos de los componentes o principios sobre los que se fundamenta parte de la teoría noviolenta, especialmente el importante componente que tiene de ética práctica (o de razón noviolenta, como a mi me gusta llamarle).

Algunos de esos principios –como veremos de inmediato– ayudan a las personas a enfrentarse con dilemas morales, nos permiten reflexionar sobre cuáles deben ser nuestros comportamientos y nuestras responsabilidades, y nos mantienen alerta sobre qué podemos hacer y, sobre todo, qué debemos hacer ante nuestra capacidad y potencialidad de uso del poder. Veamos, por el momento, sólo cuatro: recuperar la palabra y el diálogo; búsqueda de la verdad; renunciar al uso de la violencia; y, pensar y construir la realidad social de forma alternativa.

4.1. Recuperar la palabra y el diálogo como dones.
La Historia de la violencia ha sido, en gran medida, la historia de la negación de la palabra y del diálogo, de la privación de la palabra a muchos grupos que han tenido que permanecer forzadamente en el silencio: mujeres, marginados, pobres, perseguidos, enfermos... La arqueología del genocidio permite reconocer cómo una de las primeras etapas para el ejercicio del exterminio ha sido callar y silenciar a los que van a ser exterminados.17

Han existido, igualmente, muchos pueblos que por carecer de estado o encontrarse dominados por otros se les ha privado del uso de la palabra. Lo más importante que puede tener un ser humano para expresar su identidad, su dignidad y su libertad es, precisamente, la palabra. Y, no sólo han sido algunos pueblos víctimas, sino también otros grupos humanos –igualmente víctimas– se les ha negado: como el caso de los desaparecidos, hasta la propia existencia, sintiendo sus familiares que esos sacrificados han querido ser reducidos al olvido.18 Por ello, robar o arrebatar la palabra es apropiarse y apoderarse también de la memoria histórica, por eso las dictaduras optan claramente por la censura, por la mordaza, por perseguir y castigar la libre expresión, por negar la existencia de la oposición y la discrepancia..., las dictaduras son sobre todo la muerte de la palabra, porque el ejercicio sistemático de la violencia tiene como fin último aniquilar la palabra, que es tanto como decir matar la política.

Pues bien, la noviolencia nos invita a recuperar la fuerza de la palabra y el diálogo en las relaciones humanas, nos invita a rescatar sus virtudes y potencialidades. Recuperar la palabra es recobrar la capacidad de hablar y escuchar, porque donde mandan las armas y la violencia queda silenciada la palabra, que es tanto como negar la existencia del otro, como no reconocer que existen diversidad de discursos, de perspectivas y de identidades.

Asimismo, el diálogo es retomado con fuerza por la noviolencia porque considera que es importante por varias razones: porque nadie tiene la verdad en exclusividad, sino que ésta es un proceso trabajoso pero reconfortante al que no se llega solo sino en compañía de los demás a través de ensayos y errores; porque significa una apuesta por la convivencia pacífica y no forzada; porque sólo en el diálogo se pueden revelar las argumentaciones intolerantes, irreflexivas e irracionales; asimismo, durante la interlocución es posible discernir entre lo significa obedecer a nuestra conciencia y lo que es sólo mandamientos, anatemas y dogmas impuesto desde fuera; en cualquier caso el diálogo sirve para revelar –desde las inteligencias– que la realidad no es un bloque cerrado sino algo más modesto, si se quiere una realidad cargada de hipótesis (sin caer en un relativismo absoluto).19

Recuperar, por tanto, el don de la palabra y todas las virtudes del diálogo es, en consecuencia, una de las primeras razones y fundamentos de la teoría de la noviolencia.

4.2. La búsqueda de la verdad.


El término verdad puede ser controvertido, polémico y hasta inquietante. Algunos me dirían que –a la vista de las luchas por imponer verdades religiosas, políticas, ideológicas o económicas– resultaría un término bastante peligroso y, hasta poco afortunado. Nada que objetar, al contrario quiero señalar que al existir o interpretar que existen muchas verdades, al intentar o querer imponer una de ellas llevaría grandes dosis de violencia, esto ha sido así a lo largo de la historia y si no ponemos remedio a ello no creo que cambien mucho las cosas. Otros me indicarían que si hay verdad o verdades es porque existe la mentira o las mentiras. ¿Y, entonces, de qué dependería, quizá de lo que entiendan las mayorías sobre qué es verdad y qué es mentira? ¿Quizá lo que califiquen o clasifiquen los gobiernos como verdad o mentira?. ¿Qué verdad? ¿La de los tribunales, la de los poderosos, la de los hombres o la de las mujeres, la de los pobres quizá? ¿Se trata de una verdad convencional, de una simple conformidad?

La búsqueda de la verdad ha sido un antiguo proyecto ampliamente compartido por la humanidad, asimismo, la verdad aliada con la convicción, siempre ha sido una fuente de inspiración e impulso que ha hecho posible el progreso y la civilización –como nos señala Felipe Fernández Armesto–20, pero es también un concepto ambivalente que en manos de dogmáticos o nihilistas puede ser, aliada a la violencia, altamente peligroso.

Si indagamos en lo común, en filosofía, como en economía o historia, una formulación tradicional sería que la verdad es la adecuación entre el pensamiento y la realidad.21 La Teoría Política de la Noviolencia añade a este tipo de verdad como «correspondencia», también otro tipo de búsqueda de la verdad, entendida como «verdad existencial», aquella que da sentido, que ilumina, que colma la existencia humana. Evidentemente, una búsqueda inalcanzable, permanente, constante..., pero que llena de sentido valores humanos tan importantes como: la dignidad, la libertad, la justicia, el amor, la solidaridad, la igualdad..., todos ellos ideales a alcanzar, anhelos imborrables e indelebles de los seres humanos.

Pero, aquí, que no tengo intención –ni es objeto– de entrar en las distintas teorías sobre la verdad, debemos el término buscar o experimentar 22 con la verdad a uno de los líderes más significados sobre la noviolencia: Gandhi, el cual señala cuál es su intención última: «esta verdad no sólo implica veracidad de palabra, sino también de pensamiento, y no sólo la verdad relativa de nuestra concepción, sino la Verdad Absoluta, el Principio Eterno, es decir, Dios». Por tanto, traducir al lenguaje occidental buena parte de su concepción espiritual y oriental –de muchos de sus conceptos– es una tarea arriesgada y difícil en la medida que se puede partir de lógicas y parámetros distintos.




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