La noviolencia como alternativa política (*)



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LA NOVIOLENCIA COMO ALTERNATIVA POLÍTICA (*)

Mario López Martínez

Subdirector del Instituto de Paz y Conflictos

Universidad de Granada (España)

[*] Este texto ha sido publicado en Fco. A. Muñoz (2001) La paz imperfecta. Granada, Editorial de la Universidad de Granada, pp. 181-251

El concepto de paz imperfecta que se nos propone desde este libro, entendido como una herramienta teórica que nos permite reconocer, desarrollar e inter relacionar todas las formas de construcción de paz que podemos edificar los humanos, resulta novedoso y muy atractivo. No sólo se trata de una herramienta sino que, considerar la paz como un proceso inacabado, con capacidad para desarrollarse de forma permanente, que se puede construir cotidianamente, que tiene un carácter «procesal», calificándolo como imperfecto, por lo que tiene de humano, de posibilidad y de opción, por su carácter abierto, imaginativo y deseable abre mejores y mayores posibilidades de investigación. Asimismo, al relacionar corresponsablemente el concepto que se maneja de imperfección con el de conflictividad de la especie humana permite comprender mucho mejor la condición biológica-cultural, la historia y la capacidad de la propia humanidad para construir la paz. Una paz «siempre» imperfecta que se aleja convenientemente de un utopismo maximalista y redentorista que podría ser potencialmente violento, pero también se distancia de un conformismo conservador que resultaría insoportable desde los valores de la justicia; se trataría, por tanto, –como se nos dice–, de ir cambiando la realidad a partir del conocimiento de las limitaciones humanas y de las realidades presentes, pero sin renunciar a plantear el futuro, aunque «desde objetivos más modestos».

Para la teoría política de la noviolencia estos planteamientos resultan de mucho interés por cuanto sitúan históricamente la atención de la construcción de la paz en la transformación y la regulación de los conflictos de una manera persistente y constante. Asimismo, nos permite desde la imperfección de la paz, rescatar los muchos actos cotidianos en los que los humanos toman decisiones de no dañar a los otros, o de actuar positivamente en la construcción de la convivencia. Igualmente, nos permite ofrecer –con un moderado optimismo– a tímidos, pesimistas y pusilánimes (pero también a perfeccionistas) la oportunidad de cambiar sus actitudes para que, con el uso de la noviolencia, pidiéndole menos perfección a la paz, puedan cambiar sus vidas de una manera más activa y no argumentar que aquélla es una meta inalcanzable. Y, además, con la concepción de una paz con el calificativo de imperfecta, como no acabada, como procesual, permite proyectar la potencialidad de la noviolencia como alternativa que favorece la construcción política, dada la capacidad constructiva y no destructiva de la noviolencia, puesto que ella permite corregir y rectificar errores sin haber causado daños irreparables –como la pérdida de vidas humanas–, permitiendo situar la política en sus orígenes: como un proceso de negociación permanente entre poderes, que ha de ser persuasiva y pacífica, puesto que a medida que la violencia se instala en ella acaba por matarla.
* * *
Un primer aspecto a resaltar cuando se habla de la noviolencia es escribirla como una sola palabra, como ya pusieron de manifiesto los escritos del pensador social italiano Aldo Capitini en su lucha contra la dictadura fascista de Mussolini.1 Con ello trataba de resaltar y consolidar la fuerza de un nuevo y específico concepto. Si bien la noviolencia sigue conservando el aspecto negativo de rechazo de la existencia y el uso de la violencia como instrumento político e incluso como institución social (por ejemplo, en su manifestación más cruenta, la guerra) así como de los desacertados servicios que de ella se hace en nuestras sociedades (banalización y exhibicionismo de aquélla; legalización y legitimación de la misma; negocio y empleo indiscriminado de armas; etc.); también, quiere rescatar los aspectos que permitan construir socialmente la paz, así como un modelo de desarrollo atento a aquellos aspectos que podrían deshumanizarnos.

Por tanto, no es simplemente decir no a la violencia, que podría acabar confundiéndose con soportar pasivamente el sufrimiento propio o ajeno de las injusticias y los abusos, sino que es una forma de tratar de superar la violencia, indagando y descubriendo medios cada vez más válidos que se opongan a las injusticias y a las iniquidades, sin tener que recurrir a los tradicionales métodos del uso de la fuerza bruta, apoyándose sobre unos principios éticos que permitan reconocer las acciones de paz y convivencia para potenciarlas y, a la par, consigan transformar el mundo en una sociedad más digna para la humanidad. Dicho de otro modo, la noviolencia no sólo debe denunciar y neutralizar todas las formas de violencia directa sino, también, todas las manifestaciones de la violencia estructural, porque con ello no sólo construye la paz mediante la justicia y la solidaridad, sino que ayuda también a prevenir futuras formas de violencia, ofreciendo asimismo argumentos y modelos de lucha (organizativas y de resistencia) a aquellas categorías sociales más marginadas y sacrificadas por los desequilibrios de poder y/o por los desajustes sistémicos.

En gran medida este trabajo de la noviolencia como liberación de las desigualdades económicas está sustentado en un ejercicio permanente de concienciación que pasa no sólo por tramas cada vez más sofisticadas de organización y coordinación de redes sociales o por formas de resistencia más efectivas, sino por comprender mejor la complejidad de las sociedades en las que vivimos y de utilizar inteligentemente todos y cada uno de los recursos y medios que éstas nos ofrecen desde un punto de vista tecnológico y mediático. Este aprovechamiento junto a la concienciación ha permitido, históricamente, transformaciones políticas, sociales, económicas y culturales en las sociedades contemporáneas: desde la construcción de la ciudadanía extendida a más y más capas sociales y de género, pasando por luchas de liberación colonial y nacional, o el combate contra los regímenes dictatoriales, entre otras. Pero no sólo se trata, desde la noviolencia, de sostener luchas y denuncias contra todas las formas de abyección sino, muy especialmente, de potenciar cambios esenciales y construir proyectos sostenibles y justos de vida en común. Es, pues, un intento de construcción en positivo que renuncia a toda forma de violencia para conseguirlo.

La cultura occidental ha elaborado intelectualmente, a lo largo de su historia, varias tradiciones morales para abordar y materializar la construcción de la paz. A saber, la tradición de bellum justum contra la guerra injusta, que podría ser entendida también como la limitación de orden moral y jurídico no sólo a los excesos cometidos en las guerras sino al uso de éstas con fines políticos, lo que con el paso del tiempo daría lugar a un derecho humanitario y al desarrollo del derecho internacional público en esta materia. La práctica del pacifismo sectarista, generalmente una postura de minorías descontentas, en muchas ocasiones de prácticas u orígenes religiosos (amish, doukhobors, mennonitas, quáqueros, etc.) que construían la paz desde sus pequeños espacios cerrados, con códigos a veces muy alejados del resto de la sociedad; de manera que así –apartados del mundo– sus repercusiones sobre éste eran necesariamente limitadas y, en ocasiones, escasas. Y, la tradición del pacifismo utópico, de base racionalista, un pacifismo perfeccionista de fundamentos internacionalistas y cosmopolitas que encontraba la cura del mundo de los conflictos y la discordia entre las naciones con la construcción de un orden político asentado en leyes universales justas, algunos de cuyos proyectos de paz fueron ideados por pensadores del peso de Enmanuel Kant, Jeremy Bentham, Saint-Pierre o Jean Jacques Rousseau, o cuyos ideales político-sociales emergieron de partes importantes de la sociedad civil como el pacifismo liberal burgués o el internacionalismo obrero.2

Efectivamente, la noviolencia se ha nutrido cultural e intelectualmente, de manera teórica y práctica –aunque no con la misma intensidad y profundidad–, de estas tres tradiciones morales: limitar la violencia y su fenomenología más extrema, la guerra; vivir en comunidades donde fuese posible la construcción de la paz y la convivencia armoniosa y «perfecta»; o, incluso, edificar modelos políticos y sociales que aspiraban a ser universales para establecer una paz planetaria. Sin embargo, la noviolencia como teoría y como práctica –a mi juicio– ha aspirado siempre a mucho más: no sólo a negar la eficacia de la violencia en la construcción de la paz, sino también a cuestionar algunas de las limitaciones prácticas e históricas a las que estas tres tradiciones han podido o pueden conducir; así como a dinamizar intelectualmente los límites de ciertas formas de pacifismo (absoluto o pragmático).

Bien es cierto que uno de los problemas más graves de nuestro tiempo es la guerra como construcción social y sobre ello incide la noviolencia, porque no es tanto, o sólo, una cuestión de ponerle límites (jurídicos o éticos) a las guerras, sino de evitar llegar a ellas negándose a utilizar cualquier forma de violencia para hacer política o rehusando conseguir cualquier tipo de objetivos por muy loables y justos que éstos puedan ser mediante medios violentos, vemos que en este punto las diferencias marcadas son muy grandes con otras formas de pacifismo (armado para más señas) que comprende las guerras justas como un mal menor, en este caso el problema no es tanto la guerra (que sin duda lo es), sino las condiciones como institución social que permiten llegar a provocarla. Por ello el afán permanente de la noviolencia ha sido convertirse en otra institución social (consolidada e interiorizada) que permita demostrar que históricamente puede ser más eficaz y culturalmente más evolucionada que la violencia para resolver o transformar conflictos. En este sentido, la noviolencia sería –a mi parecer– una forma de pacifismo radical (del latín radix que significa raíz), esto es, que pretende desvelar y desraizar la violencia (en todas sus formas), destruyendo sus orígenes y fundamentos ideológicos, sociales y culturales.

Asimismo, la noviolencia no se complace, tampoco, con caer en ciertas formas de sectarismo –en el sentido de sociedad cerrada– de algunos pacifismos que para sobrevivir han de aislarse social, cultural o económicamente. Ciertamente, en algunas ocasiones históricas y en algunas prácticas muy concretas, la noviolencia ha podido desarrollarse de una manera más o menos aislada, reducida a pequeños grupos, confesionales o no, pero no es su vocación. Muy al contrario, la noviolencia quiere ser una metodología para influir en el curso y en el resultado pacífico de un conflicto, por esto es lógico que aspire, sobre todo, a mezclarse con la violencia para denunciarla y transformarla. Por tanto, pretende ser una herramienta social al servicio –especialmente– de los más necesitados y marginados de las decisiones políticas, económicas y sociales; y, procura rescatar lo más positivo de todos los seres humanos para así transformar socialmente las injusticias y las sinrazones producidas por la violencia.

Con todo ello, se puede decir que aunque históricamente han existido etapas donde la lucha y la acción noviolentas han tenido un papel destacado (es decir, no aislado), ha sido no obstante en el siglo XX (como luego veremos) donde más y mejor se han desarrollado sus tipologías y metodologías, convirtiéndose en auténticas acciones de masas que le han hecho salir de restringidos círculos, minorías, o sociedades más o menos cerradas. En este sentido, no sólo es una cuestión de dimensión presencial en las transformaciones político-sociales sino también, y muy significativamente, conviene recordar que estamos en presencia de un nuevo marco cualitativo dado que la noviolencia en franco diálogo con las formas actuales de participación y democracia, las está ensanchando por la base y nutriéndolas de atrayentes debates, sobre todo por boca de los denominados nuevos movimientos sociales.

Tampoco le es ajena a la noviolencia la tercera tradición que podríamos denominar como el pacifismo de la paz planetaria, dimensión enormemente actualizada por nuevas formas de amenazas y retos –nucleares, globalizadores y ecológicos– que atraviesan todo tipo de fronteras (incluidas las éticas). Si bien, la noviolencia no tiene un modelo como tal de paz universal al menos en el sentido utópico del término, sí que participa de una serie de valores tales como: responsabilidad global, fraternidad mundial, amor universal, etc.; a los que contribuye no sólo ella sino, también, otras teorías más o menos emancipadoras. No obstante si el ideal, una paz universal, pudiera llegar a ser similar al planteado por otras formas de pacifismo o de utopismo emancipador, donde marca claramente las diferencias la noviolencia es en los métodos, esto es, en los medios a utilizar para alcanzar aquellos fines deseables, y es en este punto donde los medios se hacen fines en sí mismos, puesto que la noviolencia es sobre todo el rechazo del uso de toda forma de violencia para conseguir la paz, como dijera Gandhi «si se cuidan los medios el fin se cuida por sí mismo».

1. ¿QUÉ PAZ CONSTRUIR?


¿Es una reiteración decir: construyamos la paz desde la paz? o ¿construyamos la paz desde la noviolencia? ¿Se puede construir la paz desde la violencia, desde la guerra, desde la muerte y la destrucción?. ¿A qué paz nos referimos? Cuando a principios del siglo XX en las cancillerías, en los gobiernos, entre los publicistas, en los periódicos, se hablaba: «si quieres la paz prepárate para la guerra», ¿qué tipo de paz se pretendía aprestando a los jóvenes a morir en el altar de la patria, a los padres a ofrecer lo mejor de sus casas, a los comerciantes a sacrificar sus haciendas, a los obreros a intensificar sus esfuerzos de fabricación y producción, etc.?. En décadas posteriores, en el período de fascistización de Europa, el culto a la violencia, a la destrucción y a la muerte llenaba de orgullo a líderes y seguidores que presumían de sus nuevos valores, tales como: la xenofobia, el racismo, la superioridad de ciertas razas, el culto a la crueldad y la brutalidad en las relaciones sociales y políticas. La violencia seguía siendo la partera de la historia, la única capaz de regenerar y seleccionar a lo mejor del género humano, deshaciéndose de los elementos inservibles, inútiles e improductivos, una violencia que anunciaba la paz de los cementerios, la más terrible de todas las paces, la de los muertos que no se resisten a las injusticias, que no denuncian, que no hablan. También se construyeron otros tipos de paces, formalmente más civilizadas y racionales, aunque también construidas a «hierro y fuego» pero excesivamente ligadas a intereses nacionales y particulares incompatibles con un diálogo constructivo en el plano internacional, a las que se les puede dar muchos calificativos: paz de equilibrio, paz imperial, paz hegemónica, etc.3 o, posteriormente, la pax americana, para cada gusto, cada interés, cada imperio.

Las preguntas anteriormente formuladas me sugieren otras interrogantes, que resultan ineludibles, en un debate sobre la construcción de la paz (siempre imperfecta como se nos señala desde este libro) y la utilización de la noviolencia como instrumento para conseguirla. Algunas de ellas serían: ¿qué tipo de paz queremos construir?, ¿por cuánto tiempo?, ¿con qué alcance y profundidad?, ¿a qué precio?...Parece que un maduro concepto de la paz no puede seguir definiéndose, sólo, como pura ausencia de la guerra o como una mera aspiración de vivir en una sociedad buena y deseable; sino que la paz debería ser una propiedad de un sistema social en el que los actores cooperan o, cuando existe un conflicto lo conducen, lo transforman o lo resuelven en modo que no usen la violencia y sean constructivos. De cualquier modo, la paz no puede ser vista como estática, como un fin que se consigue a la vez y para todos, sino que es un proceso dinámico y permanente que requiere de continuos esfuerzos.

En consecuencia, muchas de estas preguntas se deben de contestar señalando la insoslayable relación entre: los principios que motivan la búsqueda y el deseo de paz; los instrumentos y metodologías para conseguirla; y, los fines que se pretenden con la misma. En gran medida, a este propósito dedicaremos las páginas de este capítulo, sin tratar de contestar directamente a cada una de ellas sino, más bien, aportando un muestrario de posibilidades para el debate –especialmente desde las indicaciones que nos hace la noviolencia como teoría– para profundizar en ésta como alternativa política y realidad histórica, porque aunque todos podemos coincidir en que queremos la paz, es sólo en el debate sobre todas estas cuestiones que planteo donde podemos resolver nuestras contradicciones y diferencias con otras personas y colectivos que también desean la paz pero a un precio, a un coste, a unos intereses, que puede ser que ya no coincidan con la filosofía y la teoría de la noviolencia, ni siquiera coincidan con muchos de los presupuestos de la Investigación para la Paz, porque no todos los tipos de vías para llegar a la paz pueden ser igual de válidas. Aquí, como en otras muchas cosas y órdenes de la vida, del conocimiento, de las ciencias, de la inteligencia, de los valores, etc., no todo vale, no todo está en el mismo pie de igualdad, no todo cuesta el mismo sacrificio, el mismo esfuerzo, ni ofrece el mismo grado de satisfacciones. En la vida, por mucho que lo aplacemos, siempre hay momentos, disyuntivas, cruces de caminos, puntos de inflexión, de carácter ético-moral, decisiones muy importantes que afectan a nuestra retícula de valores y que resultarán ineludibles, cuestiones que perturbarán nuestra conciencia, como: ¿cuál es nuestra posición ante las violencias que existen por todo el planeta?, ¿me resisto, o no, a colaborar con el mal funcionamiento de muchos gobiernos del mundo?, ¿soy objetor de conciencia al servicio militar, o no?, ¿qué puedo hacer y qué hago frente a la destrucción ecológica?, en definitiva ¿qué debo hacer y qué puedo hacer? Y así un largo etcétera que, insisto, más temprano que tarde nos inquietarán y perturbarán, teniendo que adoptar posiciones concretas desde fundamentos éticos, religiosos, políticos o ideológicos.
2. LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA REALIDAD: LO CENTRAL (DE LA VIOLENCIA) Y LO PERIFÉRICO (DE LA PAZ).
¿Por qué conocemos tan poco sobre la paz? A veces se ha señalado que es difícil de definir y de estudiar. En otras que es menos excitante que la guerra. También, entre otras, que no necesita de especial atención para reconocer que es una condición de las relaciones humanas. ¿Es la naturaleza humana pacífica o violenta? ¿Tenía razón Rousseau o Hobbes?

Son, evidentemente, un conjunto de cuestiones que no pretendo resolver aquí. Más bien considero que algunas de estas preguntas no están bien formuladas desde algunas disciplinas. Cuando hablamos de paz y de guerra hablamos, singularmente, de construcciones culturales, por tanto hablamos de humanos modelados por la cultura (la enseñanza, el aprendizaje, la inteligencia, el saber) esto es, como seres con capacidad para aprender –en sus contextos culturales– a comportarse pacífica o violentamente, en consecuencia hablamos de cultura como opuesto a instintos o a genes. ¿Están en las condiciones innatas de ser humano el ser violento, guerrero, destructivo, etc., por naturaleza, por nacimiento, de manera condicionada? ¿Es ésta una condición inseparable, ineludible, necesaria para ser humano? Dicho de otro modo, a modo de imagen, el ser humano nace dentro de un terreno acotado, esto es, su propia naturaleza (sus capacidades como especie); pero, la potenciación, la construcción o la restricción o limitación de esas capacidades es sólo responsabilidad suya y de la sociedad que se establece. Por tanto, el ser humano podrá nacer con aptitudes para amar o para odiar, pero es cosa suya con qué capacidad quiere construirse a sí mismo y convivir con los demás.

Por eso considero que, desde el campo de algunas ciencias se ha llegado a afirmar –con bastante ligereza– que los seres humanos son violentos y perversos por naturaleza, pero ni la biología, ni la genética, ni la etología, ni la antropología cultural han dado respuestas satisfactorias a este respecto, sólo hipótesis y conjeturas. O, si se prefiere, aún no sabemos lo suficiente para hacer juicios certeros y precisos que resulten incontestables.

No obstante, la imprecisión con la que todavía hoy nos movemos en este terreno –a pesar del desarrollo científico y tecnológico–, se ha ido conformando un discurso dominante sobre la construcción social y natural de la realidad que curiosamente se ha fundamentado más en dogmas, fundamentos y creencias pseudocientíficas (a veces incluso religiosas y teológicas), que en presupuestos epistemológicos universalmente contrastados. En gran medida, esos dogmas siguen partiendo de la supuesta violencia innata en la naturaleza humana, siendo la violencia uno de los ejes centrales de explicación y demostración de muchos comportamientos y actitudes.

Sin embargo, Leslie Sponsel desde posiciones más prudentes enfatiza –al estudiar la naturaleza humana y ciertas sociedades «primitivas»– algunas posibles características –de las que recogemos cuatro– en su relación con los conceptos que antes señalábamos y que coinciden con un cierto consenso general dentro de la Investigación para la Paz, que como tal se opone a esa estigmatización de la naturaleza humana: a) que el conflicto es inevitable y omnipresente, pero la violencia no; b) que la naturaleza humana tiene potenciales psicobiológicos para ser pacíficos/noviolentos o violentos/belicosos; c) que la noviolencia y la paz aparecen de forma predominante en muchas sociedades prehistóricas y preestatales; y, d) que la guerra no es una condición cultural universal.4

Dando un salto a nuestro mundo contemporáneo y, al campo de la ciencias sociales y experimentales, muchas de sus materias y disciplinas académicas se han enfocado para legitimar un modelo antropológico que podríamos caracterizar de dominante, hecho a imagen y semejante de un patrón, de un arquetipo histórico-cultural que vendría a coincidir, grosso modo, con el hombre blanco, occidental, heterosexual, machista, de pensamiento dicotómico, judeo-cristiano, urbanita, nacionalista excluyente, etc., que ha demostrado –como modelo– estar caracterizado por comportamientos demasiado destructivos y violentos y, que ha despreciado históricamente a otros pueblos, etnias, colores y géneros a los que ha caracterizado de marginados o marginales, despreciando las experiencias que han aportado y descalificando los saberes que han acumulado para su supervivencia en sus propios contextos culturales.

Cabe también señalar que, ni siempre fue dominante, ni único, ni todos los que sean blancos, heterosexuales, y algunos otros etcéteras se han sentido identificados por este modelo, sería por mi parte un disparate señalarlo así, sólo digo que se trataba de un modelo que se ha constituido en una atmósfera cultural que ha acabado por impregnarlo casi todo.

Sin querer exagerar, desde una cierta literatura científica hasta los más modernos métodos de transmisión y divulgación del conocimiento como el cine, la televisión o la publicidad, continúan –con todas las excepciones que se quieran– reproduciendo acriticamente este modelo. Asimismo, muchos de los procesos educativos y de socialización continúan formando a las personas según ese modelo. Sólo una reflexión profunda, mucho más que estas simples líneas, nos dará la talla real de lo que estoy diciendo, matizando, negando o corroborando lo que he expuesto (no obstante al tratar los efectos que puede tener la violencia me detendré algo más en esta cuestión)




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