La mujer transgresora



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MUJERES MISTIFICADAS
Vivimos en una cultura que nos irifantiliza. Roles anacrónicos y estereotipados, mandatos ancestrales, tabúes y prejuicios donde la historia se detiene. Aislamiento, superficialidad y facilismo, nos condenan a querer ser como los otros. Esta fuerte tendencia a la identidad de rebaño que, sin embargo, es calificada como lo verdadero, se impone sobre la búsqueda de la conciencia de uno mismo.
Observo con frecuencia, en hombres y en mujeres, la amplitud y la profundidad de la obstinación para sostener roles sexuales tradicionales. Estos, finalmente, terminan constituyendo el núcleo dramático de la convivencia.
¿Estamos condenados a recorrer el mismo itinerario de nuestros ancestros? ¿Somos en tanto cumplimos con lo predeterminado?
A veces parecemos forasteros de nuestra propia contemporaneidad.
Vayamos al caso de la mujer. Glorificada por un lado, por otro es tradicionalmente definida por su secundariedad, por el determinismo biológico y por su ser incondicional para otros.
Las madres son sacralizadas. El hogar se convierte en una obsesión religiosa. Se hace un culto del hijo. Se ensalza al ama de casa. Y nos hacen creer que estamos cumpliendo una misión.
La mujer es convertida en una divinidad, sin tiempo ni espacio propios. "Inagotable imagen en el frontis de todos los templos", dice Camus. Esta edificación no encubre otra cosa que una profunda agresión. Pone de manifiesto el rechazo y la resistencia a considerarla como un ser humano completo. También es Camus quien dice:

"La misoginia me parecía vulgar y tonta de manera que siempre juzgué mejores que yo a casi todas las mujeres que conocí. Sin embargo, al colocarlas tan alto, lo más frecuente era que las utilizara en lugar de servirlas."

Las mujeres están mistificadas. Lo auténticamente femenino está mistificado, es decir, distorsionado, enmascarado, oculto.


La mistificación, según Marx, "es un mecanismo de poder al servicio de un sistema de control de una clase social sobre otra case social".
Según Laing: "Una persona mistificada está confundida por definición, pero tal vez no se sienta así. En la medida en que ha sido mistificada es incapaz de advertir el conflicto auténtico".
Las escenografías, los vestuarios y maquillajes, que son necesarios para sostener la mistificación, están siempre, tarde o temprano, destinados a desmoronarse bajo el peso de sus propias mentiras y contradicciones. Se trata de una representación falsa de la mujer y de la femineidad. Me pregunto: ¿qué saben las mujeres de esta mistificación? ¿Pueden, en algún momento, reconocer ese enmascaramiento?
Muchas mujeres creen que son muy femeninas porque exaltan y llevan hasta la perfección su mansedumbre como si fuera una conducta amorosa. Veo a menudo a mujeres inteligentes y conscientes cumpliendo con tareas ridículas o envueltas en conflictos absurdos sin creerse en contradicción.
Para nuestra sociedad, que las mujeres sean objetos sexuales, decorativos, domésticos o funcionales no constituye un problema. Al contrario. Se supone que el consenso social es el lugar de la verdad. Si la mayoría de las mujeres son así y acatan los mandatos ancestrales, entonces éstos deben ser ciertos. En general, no hay conciencia ni de la opresión ni de la obsecuencia con una ideología que es auténticamente castradora.
Una mujer que asume el compromiso de su desarrollo como persona, inevitablemente se compromete con una ética de la lucidez. Ética que no es sino la resultante de la conciencia y el asombro que nos invaden cada vez que nos damos cuenta con qué facilidad nos embrutecemos. Si es que nos damos cuenta.
Esta ética de la lucidez, que intenta manifestar la rebelión, la oscura desesperación, se contrapone a una ética de la sumisión que se multiplica vertiginosamente en la obediencia mecánica a los modelos anacrónicos dictados por el consenso social.
Las mujeres (no todas, pero sí la mayoría) , entrampadas en el tejido social que sostiene este enmascaramiento, eluden la reflexión crítica acerca del sistema que las subordina. Pierden el horizonte social para ocuparse fundamentalmente de la singularidad de sus emociones.
Lo supuestamente femenino se resume en no aceptar )a realidad, crear un mundo imaginario mágico y vivir la vida del otro y a través de los otros: los hijos, el marido, los padres, infinitas telenovelas. El enmascaramiento de lo femenino y la mistificación logran su objetivo: usurpar la conciencia social activa de la condición de la mujer.
En la mistificación de lo femenino la evolución de la propia identidad queda cada vez más comprometida por la restricción. Está hipotecada. Así, las mujeres se enferman: se debilita el sentimiento de mismidad, también la autoestima y por lo tanto el yo. Se tejen arduas simbiosis con los propios padres, en la relación de pareja y sobre todo con los hijos. Por lo tanto, se distorsiona el significado de los vínculos, la concepción de la individualidad, la autonomía, la familia y el hogar.
El pensamiento se degrada al servicio de lo irracional. Se hacen interpretaciones falsas de la propia problemática. Interpretaciones sobre las cuales se construyen identidades imprecisas y precarias. La práctica clínica me ha permitido descubrir detrás de máscaras encantadoras personalidades ulceradas que viven escondidas en la penumbra de la propia ignorancia.
Cuanto menor es el conocimiento de uno mismo, más baja es la autoestima, mayor es la dependencia, la sumisión y la necesidad de parecerse al otro. Junto con esta idealización y subordinación al otro crecen sentimientos de envidia, celos, desconfianza e inseguridad que son cuidadosamente disimulados.
Los aspectos latentes de la personalidad no desarrollada generan procesos subterráneos autodestructivos. Estos se expresan indirectamente a . través de síntomas. No hay un registro consciente y racional de la protesta que significan. A veces, los síntomas equivalen a una cierta intuición de la opresión.
Cada síntoma es una confesión: depresión, frigidez, fatiga, sentimientos de profunda desvalorización, falta de iniciativa, conductas autodestructivas, restricción intelectual y creativa, sentimientos de vacuidad y de inexistencia, compromisos orgánicos de diferente índole, accidentes. Son incontables los casos de mujeres paradojalmente activas para sufrir y pasivas en cuanto a la transformación de ese sufrimiento. Nos deshumanizamos en la complicidad con el sostén de un sistema autoritario.
He pensado a menudo que cuando las mujeres se enferman intentan hacer un "homenaje a su dignidad". Muchas creen que están vencidas de antemano y no buscan los significados de su propia inmolación. No registran el aviso que les da su propio cuerpo. La amnesia, está demostrado, sale siempre muy cara.
La lucidez frente a la propia existencia es inevitable estremecimiento. La lucidez de las mujeres frente a su propia existencia pone en marcha procesos que; son reconocidos con inquietud como irreversibles. Se precipitan viejas fatigas y rencores. También el deseo de dar forma a las esperanzas en suspenso.

 
APUNTES SOBRE LA MATERNDAD


Las mujeres que aprenden a pensar con lucidez ya no esperan.

El amor a la madre es sagrado. Desde los tiempos más remotos la maternidad ha sido considerada casi un culto religioso. Se la ha glorificado y divinizado. En ese sentido su concepción social está mistificada, enmascarada, oculta, confusa. Tema saturado de tabúes, su cuestionamiento moviliza nuestra humana ambivalencia respecto del amor hacia los propios hijos. Ambivalencia que no se nombra y por lo tanto no se metaboliza y menos aún se digiere.


Me parece importante desarticular las convenciones y prejuicios que distorsionan los significados más profundos de la experiencia y de la institución maternidad. Es decir, se trata de revisar las condiciones sociales y culturales en que esta experiencia es definida.
Quizás no está de más (o sí) aclarar que no me opongo a la pareja ni a los hijos ni a la familia ni al hogar pero sí a los significados convencionales y encubridores con que se ha enmascarado socialmente lo femenino y por lo tanto lo masculino. Observo que en vez de que cada una de estas experiencias humanas se constituya en un avance en el aprendizaje de la alteridad, se convierten en vivencias destructivas de dependencia casi simbiótica y de infantilización deliberada con su consabida culpa.
La maternidad ha sido definida como la plenitud de lo femenino. Es decir, la forma de vida supuestamente más completa para una mujer. Observo a diario, dentro y fuera del consultorio, que la mayoría de las mujeres no tienen otra forma de crear y proyectarse hacia el futuro que gestando y criando hijos. Se confunde procrear con crear. Se ensalza el destino biológico. Se supone que el futuro de una mujer está determinado por su anatomía y que su personalidad está condicionada por su biología, en tanto mujer-madre. El sexo femenino impone una misión: tener hijos.
Así es que las mujeres quedan prendidas a una concepción convencional, tradicional y en algún modo ficticia de la maternidad. Parecería que la posesión de un útero les otorga a las mujeres una gloria que los hombres nunca llegarán a tener aunque consagren sus vidas a crear. Esta concepción acrítica, no reflexiva de la maternidad tradicional, se transfiere tal cual a la relación con los hijos, donde se reproduce y se recrea la dependencia, el sometimiento, la culpa y la falta de reconocimiento.
En lugar de que la maternidad se convierta en el aprendizaje del reconocimiento del otro, de la independencia y de la autonomía mutua, se convierte en una experiencia más de indiscriminación con toda la violencia que esta indiscriminación supone.
Se educa y se prepara a las mujeres rígidamente para un rol estereotipado y se disminuye cada vez más la conciencia hacia ese rol. La identidad femenina se puede convertir, peligrosamente, en una construcción estereotipada y también consensual, a la vez que máscara de la opresión en tanto subordina y soslaya otros aspectos de la personalidad que finalmente son anulados.
Muchas veces se confunde maternidad con feminidad adulta y se suplanta la identidad propia para elegir la continuidad de lo que las mujeres han hecho siempre. "Tengo que demostrarme que soy normal es decir, que soy como las otras mujeres. Todas ellas son madres, entonces debe ser lo más sano, lo normal, lo verdadero". Como siempre, el miedo es a elegir. El terror es a crecer. La culpa es por ser distinta. La libertad se asocia a soledad en tanto abandono y falta de amor.
Me parece que ya es hora de que las mujeres tomemos decisiones sobre nuestra educación y sobre nuestro porvenir. Se nos incita a través de la educación a ser esposas, madres y amas de casa. Así, en la mayoría de los casos la identidad femenina queda fagocitada y deglutida por la maternidad. Se supone que ser madre es una identidad prioritaria y unívoca, además de tener prestigio social. Una madre ama desinteresadamente e incondicionalmente. Es lo primero. Es todo. Es sagrada.
Para muchas mujeres que se definen a sí mismas como esposas y como madres este cuestionamiento no tiene lógica. También sé que para otras la percepción cada vez más transparente de lo enmascarado, se convierte en un acto de transgresión que es vivido como peligroso. Desmitificar es ver. Ver genera culpa. La culpa surge como resultante del enfrentamiento de los aspectos antagónicos que describen la ambivalencia. La culpa sirve para inmovilizar. Cerca. Demora. Detiene. Las mujeres en general (no todas) se reconocen mucho más a sí mismas en el vínculo, en tareas o en conflictos con sus hijos que desarrollando alguna actividad que refleje el compromiso consigo mismas. Los hechos que alejan a las mujeres de los gestos cotidianos de la maternidad siguen teniendo para las mujeres un carácter difuso, ambiguo, de imprecisa valoración.
Las madres muchas veces nos vemos condenadas a hacer negociaciones entre nuestros deseos de crecer y desarrollarnos como personas y nuestra culpa por no ser las mejores madres del mundo. En ese sentido creo que la concepción tradicional de la maternidad refleja las falencias de una concepción más lúcida y más auténtica del aprendizaje en la conquista de la libertad.
Intento con dificultad expresar cómo a través de un destino de reproducción biológica en la mujer, en una civilización patriarcal y a través de una educación esencialmente machista, estas variables se combinan para asegurar conductas que sostienen ideales y valores. Desde la maternidad, la tan valorada abnegación femenina, el narcisismo reproductor, la dependencia, la pasividad, la timidez, la insatisfacción sexual y la adoración del padre aseguran la descalificación, la secundariedad y el sometimiento de la mujer como sujeto.
El consenso social o "coro griego" no altera ni sobresalta su conciencia ante aquellas mujeres que optan por la estabilidad en la continuidad de modelos ancestrales que aseguran el statu quo. Se intenta mantener "lo mismo" como sinónimo de "lo verdadero", sin hacerlo pasar por un tamiz crítico que nos aproxime a nuestra contemporaneidad.
Entre otras cuestiones, como dice Adrienne Rich, la maternidad como institución cumple con el objetivo de asegurar que el potencial humano reproductor esté bajo control. Exime a los varones de la paternidad en un sentido auténtico. Crea el peligroso cisma entre "vida privada y vida pública". Frena las elecciones humanas y sus potencialidades. Y ha impedido a la mujer, la mitad de la especie humana, tomar decisiones en lo que respecta a tener hijos, decisiones que afectan tan considerablemente sus vidas.
Sea lo que fuere lo que la mujer elija ante la realidad de un embarazo, dice Simone de Beauvoir, "su cuerpo registra cambios irreversibles, su mente nunca será la misma, su futuro como mujer ha sido marcado por el acontecimiento. Ser madre implica por lo menos ser una presencia continua durante nueve meses".
Sin embargo, a pesar de la sacralización y la divinización de la maternidad todo puede ser achacado a las madres: frustraciones, obstáculos, fracasos, miedos. He observado a diario, como terapeuta, que es más fácil y también más cómodo echarle la culpa a la madre que revisar adultamente y con sentido crítico cómo los distintos sistemas políticos, socioeconómicos e ideológicos nos condicionan y nos terminan. O sea que a pesar de todas las loas y respetos que se le dedican a la mamá, es un blanco contra: el cual se puede disparar sin demasiados reparos.
Betty Friedan, en "La mística de la femineidad", habla del problema de "la personalidad absorbida" en las mujeres. La educación tradicional, dirigida a consolidar roles sexuales, conduce a las mujeres desde la infancia a estar absorbidas por el desenvolvimiento de su "papel de mujer". Luego por la pareja, más tarde por la casa y por los hijos. La maternidad entonces se convierte en una carrera universitaria. Hay que saber psicología, psicoanálisis, conocer los estadios en el desarrollo de la inteligencia infantil, psicomotricidad, etc. Se investigan conductas, síntomas; gestos. Se establece el "culto al hijo" con quien se teje una ardua "placenta psicológica" que sirve para absorberlos emocionalmente a ambos, madres e hijos. Simbiosis que sume al vínculo en un arduo y deliberado infantilismo. El hijo se transforma en un doble a través del cual se satisfacen deseos y se concretan proyectos. Es un otro indiscriminado que supuestamente "me va a dar todo lo que no tengo". Se los utiliza para tapar agujeros y para ser y vivir a través del otro. Como las madres actualizan sus deseos a través de sus hijos se ven imposibilitadas de separar se de ellos. Este amor simbiótico, el mimo exagerado que ha sido la interpretación del amor maternal, no es suficiente (al contrario) para crear en los hijos conciencia social, firmeza de carácter y autonomía.
De este modo, el yo, el sentimiento de mismidad, la autoestima y la conciencia se debilitan. Se pierden las ambiciones o los intereses personales. Las mujeres se aíslan en la obsesión religiosa del hogar, en el culto a los hijos, en la sacralización de la familia y cambian individualidad por seguridad. Renuncian a actividades fuera del ámbito del hogar y la familia en beneficio de las fantasías y de la vida imaginaria. La realidad tiene así características cada vez más somnolientas. La imaginación sirve de recurso para evitar (en este caso) las pruebas de la realidad.
Me interesa enfatizar la progresiva deshumanización que se va estableciendo a través del debilitamiento y de la anulación del yo. La frustración de las capacidades individuales no puede no terminar en neurosis. Y ¿qué es la neurosis?: aquello que destruye la capacidad del sujeto de llegar a la realización de la propia existencia. Hace fracasar su vida cuando no consigue realizar todas las posibilidades de su ser.
Hay necesidades humanas que no tienen prestigio en la clínica médica y psicológica tradicional. Por ejemplo, se supone que el deseo de conocer, entender, la búsqueda de la verdad, el conocimiento y la sabiduría acerca del misterio cósmico, la necesidad de reflexionar y poder sostener una posición ideológica, etc., no tienen envergadura clínica. Se supone que en la mujer, la salud, por ejemplo, consiste en la consecución de una pareja, en la satisfacción sexual, la maternidad y la posesión de bienes materiales.
De este modo es muy fácil enfermar. Las aptitudes no desarrolladas están condenadas a convertirse en núcleo de enfermedad. En tanto atrofias, rebajan de esta manera al individuo. Muchas veces en nombre de la femineidad se alienta a las mujeres a eludir su desarrollo.
Parafraseando a Nancy Chodorov, me pregunto si es posible cambiar el orden de cosas tal como está dado y si se podrá modificar la estereotipia de la división de roles dentro de la cual el ejercicio de la maternidad es casi exclusividad de las mujeres.
Desde hace siglos la pareja heterosexual, el matrimonio y la procreación son correlativos y sinónimos. En nuestra sociedad las mujeres asumen la práctica de la maternidad invariablemente. Gestan los hijos, los dan a luz, ejercen la responsabilidad primordial de su cuidado, invierten en sus hijos mucho más tiempo que los padres de esos mismos hijos y establecen vínculos primarios que se sostienen en el transcurso del tiempo.
Las mujeres que se transforman en madres se convierten en guías y apoyo ético y nutricio de sus hijos y de sus maridos. Se espera de ellas que alimenten, cuiden, sostengan y apoyen la plenitud de sus maridos, la pujanza del crecimiento de sus hijos y la involución de la vejez de sus padres y suegros. Además de tener la casa limpia. A su vez las madres producen hijas mujeres que reproducen el deseo de ser madres y de dar continuidad a este estado de cosas.
Ser madre no es solamente tener un hijo, es alimentarlo, criarlo, sostenerlo, educarlo, socializarlo. La madre es el progenitor que básica y fundamentalmente se hace cargo. Creo que cuando se la sacraliza y se la diviniza se enmascara la agresión que contiene esta división estereotipada y anacrónica de funciones vitales.

SOLOS DE NOSOTROS


¿Pero la soledad no es también ella una puerta? ¿En el silencio del aislamiento no se revela una visión inesperada? ¿El trato consigo mismo no puede tornarse misteriosamente en trato con el misterio?

BUBER
Introducción


A veces, al soportar el propio desamparo, descubro el lugar preciso del enigma. Una clave importante para sostener el proceso de crecimiento. El sentimiento de orfandad es inevitable. La dependencia, la necesidad de sostén, de comprensión, la resonancia sensible del otro con el propio sufrimiento, el miedo a la soledad y otros dolores son propios de nuestro género humano.
Estas características generalmente nos determinan para establecer vínculos infantiles, dependientes, muchas veces simbióticos, en los que contraemos pactos de no crecimiento. Sufrimos inevitablemente en todas aquellas situaciones en las que nuestra autonomía está amenazada.
La cultura en que vivimos, los cánones sociales, los mandatos familiares y otras convenciones educativas por el estilo nos enseñan el horror a la soledad. Así, desde esa perspectiva, la soledad se convierte en vacío, aislamiento, abandono o deterioro. Se cree que la soledad es fundamentalmente carencia. Nadie nos induce a explorarla, conocerla, dialogar con ella, transformarla en un espacio de encuentro fecundo con uno mismo.
Miedos ancestrales nos ayudan a pegotearnos e incrustarnos en los otros, renunciando las más de las veces a nuestra autonomía.
Cualquier cosa con tal de no estar solos. Concedemos, intentamos conciliar, negamos realidades que son obvias y dolorosas, buscamos cuanta forma de autoengaño sepamos conseguir con tal de no quedarnos o de que no nos dejen solos. La soledad se ha convertido entonces en un malentendido con la vida.


Esa vivencia de orfandad
Así, dentro de este planteo prejuicioso es donde llego a soslayarme como sujeto. No me tomo como proyecto. No me lanzo a la aventura de construirme. Pierdo la dimensión del proceso y del significado que implica la realización de mis deseos. No asumo con la vida el compromiso de ser hija de mi propio esfuerzo. Navego en una dependencia infantil que siempre me conduce al mismo puerto: mi propio extravío.
¿Qué hago con esa vivencia de orfandad que implica la propia soledad? Puede ser que ponga en marcha la experiencia de integrarme, acercarme un poco más a mí misma para enterarme quién soy y cómo soy. O bien puedo postergar mi propia búsqueda e iniciar la búsqueda de algún otro que calme mi ansiedad frente al vacío.
Sé por experiencia que quien no está capacitado para vivir armónicamente consigo, no está capacitado para vivir con otro. La soledad, como logro de mi propia madurez, ratifica la confianza en mi autonomía. Es solamente a partir del compromiso que asumo en la convivencia conmigo desde donde puedo elegir convivir con otro. Descubro la alteridad. En la medida en que sé quién soy, puedo darme cuenta de quién es el otro. Cuando me encuentro conmigo descubro al otro como ser diferente y discrepante con quien puedo elegir estar o no.
El proceso de transformación del vínculo con la soledad, en tanto modifica los significados originarios que culturalmente se le adjudican, es en primera instancia una transgresión. Convertir la soledad en un encuentro consigo mismo es una propuesta transgresora en tanto implica la ruptura con los mandatos de enajenación que fuimos recibiendo a través de la educación y a lo largo de nuestra historia. La transgresión ha iniciado su proceso ascendente cuando vamos comprendiendo que nadie se libera de una vez y para siempre. Llego a la conclusión de que no se alcanza ni la verdad ni el conocimierto en términos estáticos y definitivos, sino procesales.


Las mujeres y la soledad
Para que la soledad, entendida como una instancia de la propia creación, prepondere sobre la soledad aterrorizante y descalificatoria creo que es necesario trabajar críticamente algunas vivencias. En. el caso de las mujeres estas vivencias suelen tomar la forma de ciertos giros verbales, como por ejemplo: estoy sola porque estoy abandonada, porque soy mala.
El mensaje paterno-ancestral que recibo con respecto a mi propia soledad es que en soledad me desnaturalizo. Represento algo que debe ser ocultado. En el horror a la soledad soy hija de los mandatos atávicos que creen definir la verdad consagrada.
El mandato materno-ancestral me dice: el éxito solamente se evalúa en tanto responde a una identidad con consenso social. La única posibilidad de ser uno es ser el otro. De este modo nos llevamos por delante la tarea, el proceso y el infinito tiempo de construcción de uno mismo. Para salir del conflicto que me plantea el saber quién soy, peligrosamente puedo hacer un "como si" para llenar el vacío de identidad.
Si no puedo ser lo que puedo ser, si no acepto ser eso que realmente soy, quedo atrapada en un sueño: el de imaginar que soy lo que deseo, en vez de ser lo que puedo.
Una mujer sola rompe un orden establecido, transgrede pautas ideológicas y valores tradicionales. En la sociedad en que vivimos, una mujer sola es una mujer castrada. Supuestamente ha fracasado. No ha podido consumar su femineidad. En la intemperie, expuesta al deterioro de la indefensión, no termina de ser mujer y se ve obligada a ser hombre.
La soledad aparece así como un tiempo y un espacio poblado de fantasmas que amenazan arrastrarla a un destino de dolor y de vacío afectivo.
Las mujeres tendemos a sustentar nuestra identidad en la presunta identidad masculina. Creemos ser en tanto tenemos un varón al lado. Su presencia nos otorga identidad. Nos enajenamos así del proceso de creación de nosotras mismas. Este fenómeno no involucra sólo a la mujer, sino también al hombre. Al igual que nosotras, el varón tiende a sustentar su identidad en la presunta identidad femenina. En definitiva, la prueba supuesta de que uno existe sobreviene cuando se tiene otro al lado. Solamente puedo ser junto a otro que ratifica con su presencia mi existencia. Esta es la presunción generalizada que afecta tanto a varones como a mujeres.
El matiz valorativo, sin embargo, tiende a evidenciar que vivimos en una sociedad machista: una mujer es en tanto hay un varón que la elige. Un varón en cambio es el que elige a una mujer antes que ser el elegido por ella.
Sola, dentro de este planteo prejuicioso me convierto en una mujer en estado de inclemencia. La presencia de un varón a mi lado me permite recuperar la imagen convencional que necesito para seguir circulando socialmente sin sentir vergüenza. No estoy sola, soy digna.
La ilusión de seguridad y protección que muchas veces las mujeres nos creamos y creemos cuando tenemos un hombre al lado, ficciones infantiles en las que tan frecuentemente caemos, usurpan la conciencia de quienes somos.
Dentro de este planteo convencional no necesito interrogarme, estoy acompañada. No importa por quién, no estoy sola. Cuento con el elemento indispensable que una cultura me impone para ser aceptada y no quedar marginada. Si rompo con estos valores consagrados puedo convertirme en sospechosa e indecente. Paso a ser un desorden de la naturaleza. Muero socialmente. Me condeno al ostracismo dentro de mi propia casa. Quedo confinada a criar a mis hijos. Así es como me extravío como tarea y como proceso. Pierdo la noción de que soy tiempo. La perspectiva histórica de mi lugar en la sociedad. Mi propio miedo a la marginación, a la soledad fantasmagórica de la falta de hombre me hace perder la trascendencia de mis circunstancias.
No puedo no interpretar mi vida en su dimensión psicológica y social. Me obligo a replantearme la escala de jerarquías con la que estoy viviendo. No puedo negar mi inserción en un tiempo que me determina, me condiciona, me premia y me sanciona.



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