La mujer transgresora


LA CREACION DE SÍ MISMA; UN ESTILO DE VIDA



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LA CREACION DE SÍ MISMA; UN ESTILO DE VIDA
¿De qué se trata la creación de sí misma como un estilo de vida?
Quizás, de asumir el riesgo y la responsabilidad de jugar alternativas. Acceder a cambios. Sostener el proceso de transformación. Crear un devenir diferente en la propia temporalidad. Advertir que el espacio puede adquirir dimensiones distintas, que serán las que alcancen nuestra capacidad de arriesgarnos a ser libres. Se trata de las alternativas que cada una ayude a concertar en su propia vida y la responsabilidad con que las asuma.
La propuesta es ser militantes de una vida creativa, como tarea y como alternativa cotidianas. La mujer que convierte su propia vida en un proceso de creación de sí misma trasciende su soledad existencial. Va forjando sus propias armas de lucha. Recrea en una acción de amor sus vínculos más deslumbrantes. Rompe con las membranas que otros y ella misma tejieron para aislarla, y sentada frente a sí, se mira y se interroga.
Aquélla que se pierde y se reconquista. La qué va comprendiendo que se es tiempo".
La propuesta es: "Un modo de ser en el mundo". Convertirse en el propio artífice a través de la búsqueda. Esa búsqueda casi constante, por momentos rigurosa, cansadora, asombrosa, impregna de significados multiplicadores cada gesto de la vida.
Se trata de la "creación de ' uno mismo". Un ir haciéndose constantemente. Sólo así puedo pensar en el hombre y la mujer de hoy, como un "ser lanzado a la aventura de construirse". El ser proyecto. Aquél que deja de estar atrapado y a merced de las circunstancias para pasar a la escena de pensar críticamente en lo que se estaba atrapado y a merced: el ser crítico.


La previsibilidad y el asombro
Como creo que tienen que ver con el proceso de creación, quiero explorar y profundizar en dos instancias primeras y paradojales de la vida: la costumbre y la esperanza.
Nos debatimos incesantemente entre una y otra. La costumbre nos permite crear y establecer normas que gobiernen nuestra vida. El asombro nos permite reencontrarnos con nosotros mismos en el misterioso camino de la aventura. Si viviéramos en un estado de imprevisibilidad absoluta volveríamos a la barbarie. Si viviéramos en un estado de previsibilidad absoluta desapareceríamos como especie.
No somos solamente nuestras costumbres. Somos traicionados de día por los actos fallidos y por los lapsus, por la imaginación y el deseo, y de noche, por los sueños. Traiciones de nuestro propio ser que atenta contra la transparencia ilusoria de los significados.
Nos abrimos ante nuestra propia creatividad cuando alcanzamos la conciencia de que somos ambas instancias. Somos costumbre y somos esperanza. Nuestra propia creatividad se enriquece cuando podemos reflexionar críticamente sobre estas alternativas paradojales de la vida. Cuando dejamos de estar a merced de ellas y podemos mirarlas críticamente. Cuando logramos tejer una alianza tal entre la costumbre y la esperanza, la previsibilidad y el asombro, esa alianza nos permite construir nuestra identidad inserta en el proceso del tiempo.
El riesgo existe. Es un rasgo inevitable de la vida. Pero el riesgo no se corre solamente ante lo desconocido y lo imprevisible; estamos expuestos permanentemente a ese tipo de amenaza. El riesgo de lo imprevisible es parte constitutiva de la vida. El riesgo existe también cuando se está por caer o ya se está atrapado en manos de lo conocido solamente.
Riesgosa es toda posición humana que rompe con la bilateralidad de la existencia. Cuando se rompe ese equilibrio dinámico entre ambas instancias, sabemos que corremos riesgo.
Somos los únicos seres de la naturaleza que estamos llamados a sabernos como misterio. Sin duda, aceptarnos como misterio es una experiencia difícil de definir. Quisiera poder profundizar este concepto desde el ángulo de lo imprevisible.
Cuando la omnipotencia del individuo es muy alta, la conciencia de la existencia del azar es menor. Creemos que podemos tener todo bajo control. Cuando la conciencia de la imprevisibilidad es mayor, uno se siente y se sabe más expuesto a circunstancias azarosas. Nuestra propia sensibilidad nos permite reconocernos como seres abiertos al vaivén de vientos que no se pueden controlar. Ahí comienza a abrirse la dimensión en que uno debe saberse a sí mismo como misterio.
Esa conciencia que tiene que ver con la finitud no implica desdén por el conocimiento, pero sí conciencia de los límites del saber. Asumir la conciencia de los límites que nos impone nuestra condición humana es un aspecto fundante del proceso de creación de uno mismo. Convertirnos unilateralmente en seres esperanzados nos descalifica como sujetos de acción, como proyecto, como seres que se entienden a sí mismos como tarea.
Nos cerramos a la experiencia del error y del fracaso. Es obvio, creo, que entiendo la esperanza como un componente de la lucha y no como una excusa para evitar la tarea de trabajarse a sí mismo. Se trata de esperarnos trabajando y no de quedarnos esperándonos, como si creyéramos que el encuentro con nosotros mismos queda exclusivamente en manes del azar o de la naturaleza.
Esta aceptación de la esperanza es medular en mi propuesta de crear un vínculo laboral con uno mismo, con la propia identidad. Esta acepción de la esperanza tiene que ver con el compromiso activo en la creación de sí mismo. Compromiso que se renueva y se realimenta dialécticamente y nutre nuestra creatividad como estilo de vida. Caer' tanto en las garras de la esperanza, como en las de la costumbre exclusivamente nos hacen perder estabilidad.


¿Qué destino le doy al significado del riesgo en mi vida?

Me parece importante conocer de nosotros mismos qué destino le damos al significado de riesgo en nuestra vida. Según donde lo coloquemos puede significar destrucción o construcción. El riesgo no vivido como traumático, como disolución o como ruptura, está asociado a la aventura, y tiene que ver con la libertad.



Riesgosa, para mí, es toda situación que comprometa el desarrollo de mi creatividad. Riesgo para otros es abrirse a lo nuevo. Podemos subestimar la imprevisibilidad del mundo en que nos movemos. Pero no podemos negarla.
Aceptar ese margen de riesgo que tiene vivir nos coloca frente a frente con nuestra propia indefensión como seres humanos.
La conciencia de nuestra condición humana es más dolorosa y más profunda. Somos en tránsito, en camino, lanzados hacia. Somos ante todo tarea.
Si nos tomamos como tarea podemos crearnos a nuestra propia imagen y semejanza. Parecernos a nosotros mismos. Nos descubrimos, nos fundamos, nos habitamos, nos nombramos por primera vez.


Los espejos
Entiendo por espejo todo aquello que refleje y devuelva mi imagen. Se modifica el vínculo con el espejo convencional, aquel de la previsibilidad, el de la ilusión de perfección burocrática de nosotros mismos. Dejamos de re-conocernos en una imagen estereotipada para volver a descubrir nuestros propios rasgos.
Descubro a través de mi mirada mi propia imagen eclipsada. Mi propia mirada usurpada por la caracterización rígida del otro.
El vínculo creativo con el espejo es aquel que nos permite verificar la transformación de aquellos contenidos previos que creíamos cristalizados y calcificados. Se modifica la mirada cuando nos podemos comenzar a ver como tarea y no como obra acabada. Me descubro como proceso. ¿Cómo describir el asombro en el encuentro con mi propia mirada a través del espejo?
La creación no es un proceso continuo y directo. Se entra en etapas más convencionales. Es un proceso en espiral, oscilante. Esa circularidad va transformando su tiempo interno. Cambia de ritmo. Los tiempos continuos son más amplios y más profundos. Los tiempos convencionales cambian de valor.
La vocación por la previsibilidad tiene como correlato, en el plano de la identidad, la presunción de creer que "se ha llegado", que ya se es. Si esto es así, la realidad es que alguien que culminó ha muerto.
Se nace y se muere más de una vez. La primera vez al menos a manos de la biología. Somos paridos por nuestra propia madre. Las otras veces somos paridos por nosotros mismos. Nos extraemos de nuestra propia interioridad y nos damos a luz como seres lanzados hacia fuera, hacia más allá. Cuando uno se abandona a sí mismo como proyecto muere a manos de unos mismo. Creo importante en el proceso de creación de sí como estilo de vida asumir nuestra capacidad de renacer tantas veces como necesitemos hacerlo.


¿Qué relación tiene todo esto específicamente con la mujer?
Me parece importante plantear la creatividad desde diferentes planos. Desde el terreno biológico sexual femenino, la mujer tiene hijos y no encara ese tener hijos como una tarea de creación, sino como un hecho natural, en tanto propio de la naturaleza. En tal caso, cría. Está preparada orgánicamente para tener hijos, entonces los tiene.
El tiempo de la creación consiste en transformar la legalidad biológica como un aspecto de la tarea de desarrollo y creación de nosotras mismas. Como un hecho que tiene que ver con la historia de la cultura. La que puede tener hijos no es una misma, esa que estamos creando y pariendo; la que puede tener hijos es la mujer biológicamente preparada para esa función. La mujer útero.
Si además de poder biológicamente tener hijos, ¿se prepara, se capacita creativamente, se despliega otro aspecto nuestro como proyecto? Para poder concebir a los hijos como otros, es necesario encararse a sí mismo como tarea. Para poder tolerar que luego el otro se encare a sí mismo como tarea. Para poder respetar el trabajo que el otro hace sobre sí mismo y su necesidad de privacidad. A través de los hijos se ejercita el don de la alteridad.
A partir del replanteo que la mujer haga del significado de su propia sexualidad van a ir apareciendo los diferentes niveles de su realización personal. Desde su relación con su propio cuerpo, el vínculo con los demás, con el hombre, con los hijos, consigo misma, con el tiempo, con la espiritualidad. Esa mujer se convierte, paso a paso, en un universo. en expansión. Se reconoce como resultante de su propio trabajo fecundo y no de su esterilidad.
Una de las cuestiones es que esa mujer vive presionada porque tiene (o cree tener) poco tiempo para ser lo que debe ser, es decir: encantadora. Transcurrida la juventud, la mujer parece que está destinada a pasar a un segundo plano, porque pierde (o cree perder) los atributos que la convierten en un ser interesante: la juventud y la belleza.
Si logramos definir –nosotras, las mujeres- el significado cultural de nuestra propia sexualidad, nacerán con seguridad las diferentes posibilidades de que la creación espiritual en la mujer sea expresión de un proceso de liberación.
Estoy haciendo un paralelo entre el proceso de creación y el proceso de liberación. l~Io se trata de que la creación por su proceso y sus contenidos tenga rasgos femeninos, o aluda a la femineidad, sino porque la creación traduce la capacidad de liberación femenina. Ambos, el proceso de creación y el proceso de liberación, son procesos de trabajo.
Si inscribimos nuestra sexualidad en un marco puramente biológico, sepamos que la idea es contribuir a la supervivencia de la especie humana por vías de la reproducción, pero no creamos que es a través de nuestros hijos que vamos a crecer como personas. La realización de la femineidad no se concreta en la tematización de la identidad femenina. No vamos a completar nuestro crecimiento como mujeres porque hablemos, leamos o escuchemos sobre el tema "identidad femenina".
Pero creo que sí creceremos como mujeres si entendemos que la célula inicial de la creación de nuestra identidad como mujeres es el conflicto. Si comprendemos la opresión cultural que padece nuestra propia imagen. Si luchamos por liberarnos de todos los prejuicios posibles, a través de una tarea creadora de nosotras mismas. Y una de esas tareas es a través de los hijos.
La mujer actúa histórica y culturalmente como soporte y como mediación. Sostiene, apoya, crea y mantiene una infraestructura que permite que los otros puedan ser. Creo que el planteo en relación con el tema de la creatividad en la mujer no puede estar o quedar disociado de los convencionalismos que padece. Ninguna de nosotras, mujeres, puede llevar adelante una tarea creadora si lo hace a espaldas del replanteo de los prejuicios que pesan sobre nuestra identidad como seres libres.
La mujer estuvo llamada a incitar al hombre a incursionar en la historia y escucha su propia vocación de no quedar atrapada en el espejo narcisístico del Edén. Transgrede mandos, rompe normas establecidas, despega.
Estoy intentando delinear algunos de los elementos que interfieren y nutren el proceso de creación de la identidad femenina. Me refiero a prejuicios culturales que la mujer no solamente padece (de afuera hacia adentro) sino que encarna, en la medida en que se vive a sí misma como nacida para ser segunda.
A partir de allí es importante remitirse críticamente a las concepciones religiosas que tienden a concebir la identidad femenina como un elemento del cual la mujer debe desprenderse e ignorar.
La mujer lucha contra todo aquello que se le ha inculcado como modelo estereotipado de fernineidad. El hombre lucha contra otros modelos también estereotipados. La especificidad de la lucha por la creación de sí misma es la calidad de su lucha contra los prejuicios en la conformación de su identidad.
Aquel hombre que subestima la identidad femenina queda ajeno a la comprensión de su propia identidad. La lucha contra la opresión involucra tanto a la mujer como al hombre.
La humanidad es la que se va a liberar, o nadie.


LA MUJER: SU ASPIRACION AL SOMETIMIENTO

Lá identidad femenina está constituida socialmente sobre convenciones culturales, tradiciones normativas, mandatos ancestrales, que le dejan a la mujer poco margen para poder parecerse a sí misma, elegirse, recrearse, darse a luz.


Se ofrece y se exige aceptar un modelo armado culturalmente, al cual la mujer adhiere quedando ajena e ignorante de las raíces profundas de su mismidad. Ingenua cómplice, entrampada en pactos de no crecimiento. Acomodarse a ese modelo ofrece el beneficio de una cierta ilusión de seguridad. Se trata de escenas ficticias en las que las mujeres quedan cristalizadas en el tiempo.


El sometimiento sirve para sostener sistemas autoritarios
El sometimiento es un modo atávico, mecánico, nocrítico de responder a normas ancestrales. Normas que nos remiten a estructuras sociales, históricas, políticas y religiosas, que, en tanto sirven de referencia dan pertenencia. Y, en tanto dan pertenencia, otorgan identidad. Prótesis de identidad. implantada, enajenada en sus mismos orígenes, pero identidad al fin.
El sometimiento en la mujer es una pauta de educación interiorizada que la determina como ser oprimido. Todo lo que en ella aspira al sometimiento la convierte en sostenedora de un sistema que la secundariza y la denigra.
La mujer está condicionada por la cultura; por la educación y también por "la fuerza de la costumbre", a asumir responsablemente tareas que son consideradas como "parte de su naturaleza": el marido, los hijos, la casa, los ancianos de su familia, además de trabajar afuera para ayudar al sostén económico de todos ellos. Se la ubica marginalmente en la escena política y se ` restringe su crecimiento intelectual y creativo.
Creo que la cuestión es que la mujer logre sensibilizarse en lo que hace a profundizar su conciencia social de la opresión y el avasallamiento al que es sometida. Y en tanto no forje desde esa conciencia sus propias armas de lucha, su proceso de liberación se verá restringido.
La no-conciencia de la opresión convierte al sometimiento en protagonista de una vida estéril en procesos de cambio.
Entiendo la vocación por el sometimiento como una respuesta a señuelos ideológicos de seguridad y pertenencia que demoran los encuentros verdaderos. El miedo a perder consenso social, el temor a ser marginada, impulsan a la mujer a ser cómplice de sistemas autoritarios.
Se da la siguiente paradoja: la mujer está culturalmente condenada a la marginación. Marginación de la cual muchas veces no es consciente ni reconoce como tal. Está marginada y teme que se la excluya de la misma segregación a la que ya es sometida.
El significado que implica el sometimiento no es en general cuestionado por las mujeres. Mandatos ancestrales como la sumisión, el silencio y la obediencia, son parte insensible de la cotidianeidad femenina.
Buscar, recorrer, explorar la interioridad, significa un proceso auto-afirmativo de conocimiento de una misma que funda el compromiso y la responsabilidad hacia el propio renacimiento.
A veces, ser-una-misma es un riesgo, en tanto se cuestiona la transparencia ficticia de esas mismas estructuras ilusorias.


La búsqueda y el encuentro
La búsqueda de sí misma en la mujer significa la transgresión de pautas ancestrales que son referentes de identidad. Esto implica la conmoción de las estructuras fundantes de la personalidad. En esta movilización la mujer pasa por sucesivas crisis. Crisis que, en tanto son leídas como expresión de fecundidad y se convierten en tarea de reflexión crítica, anuncian la apertura transformadora de la mujer.
No hay auténtica identidad sin crisis y sin rupturas. La búsqueda deberá multiplicarse. El encuentro será, a su vez, despedida. El renacimiento implicará un duelo.
La búsqueda de una misma requiere un tiempo y un espacio de diálogo consigo y con otras mujeres. En la escala de valores que se inculca a la mujer, el ser para otros tiene siempre prioridad sobre el derecho a la disponibilidad para sí.
Este recorrido, a la vez que individual e íntimo, es social y político. Saber que lo individual es político cambia nuestro lugar en el conocimiento de nosotras mismas. Se universaliza una conflictiva que en general es sentida y vivida como única.
Cada mujer es una metáfora singular de la problemática de su propio género.
El conocimiento y la comprensión crítica de las variables de distinta índole que influyen, condicionan y determinan el ser mujer enriquecen nuestra concepción del mundo y del lugar histórico que la mujer ocupa en él.
El sometimiento no-reflexivo a pautas atávicas implica quedar detenida en la negación. Ante la conciencia de la verdadera identidad enajenada, se trata de elegir.
El encuentro consigo es el resultado de una búsqueda que implica una concepción de la libertad, a través de la cual la mujer determina y construye su vida.
Buscar, recorrer, explorar, desencontrarse para seguir buscándose son modos de ser protagonistas de nuestra contemporaneidad. La mujer que asume su condición de sujeto crítico, abandona la retaguardia de la existencia y toma conciencia de su inserción en el tiempo.
Sin embargo, el encuentro es evitado. A veces, la búsqueda es pervertida. En tanto es reveladora de instancias dolorosas que expresan nuestra pequeñez como seres humanos. En tanto pone de manifiesto los límites, la orfandad, la mediocridad cotidiana.
Se demora el encuentro con aquello que es vivido como fisura o carencia. Y también con todo lo que hay de potencialidades no asumidas, talentos no desarrollados, deseos no resueltos, promesas incumplidas. Asumir la propia riqueza también asusta.
La búsqueda de sí misma supone el encuentro con la dependencia, ese aspecto casi constitutivo de la naturaleza femenina.
Las convenciones sociales hacen suponer que una mujer, para ser considerada femenina, debe ser sumisa, no-cuestionadora y dependiente. En síntesis, no reflexiva y crítica. Lo mejor es que no piense. Nadie necesita que lo haga. A veces, ni ella misma.
El recorrido crítico de la mismidad coloca forzosamente a la mujer en la posición de discriminar e inteligir. Lugar que amenaza la transparencia ficticia de algunas construcciones en las que las mujeres se entrampan para sostener su dependencia y su pasividad.
Muchas veces, "la ilusión de tener" gana sobre "el coraje de ser". La cultura remite permanentemente a la mujer hacia lugares sociales de enajenación. Todo indica que la mujer debe quedar lo más ajena posible a ella misma.
Para buscarse se requiere el coraje de perderse. Y perderse significa ir encontrándose, como proceso y como tarea. Y a veces ni siquiera saber qué hacer con lo que se encuentra. El mayor miedo es muchas veces en relación a ser ella.
En general, la mujer elige quedar ajena, divorciada, escindida de sí. Se disocia como modo de sostener su lugar social. El divorcio social, la transgresión de pautas culturales convencionales que pueden significar una segregación dentro de la marginación a la que ya es confinada, es vivido como apocalíptico. Esta vivencia tiene que ver con el sentimiento de pérdida de identidad, de carencia de un lugar social reconocido.
Crecer es un riesgo. Postergarse también.
Evitar el encuentro consigo es una restricción que congela y empobrece. Se trate de evitar lo desamparado o lo fecundo, es siempre una restricción. El reconocimiento multiplica los significados de lo que se va encontrando en el proceso de búsqueda. Se forjan las condiciones y los instrumentos que permitan salir de la dependencia. Se realizan síntesis provisorias acerca de sí misma que son la base de una identidad en proceso de cambio. El equilibrio es inestable. La mujer se convierte así en transformadora de su propia historia. Comienza a ser dueña de su tiempo y de su espacio.
Evitar hacer consciente el conflicto que implica la condición de dependiente en la mujer es un modo de escotomizar un aspecto fundamental de la identidad femenina.
Muchas veces, el cuerpo se convierte en escenario de resolución fallida y dolorosa de una dependencia que no puede ser metabolizada crítica y reflexivamente. Se estructuran verdaderos cuadros orgánicos, que expresan una interioridad en conflicto y que pugna por expresarse.
La depresión, enfermedad de este siglo, es muchas veces la expresión de la tristeza por la pérdida del deseo de forjarse como persona.
Otro modo, socialmente aceptado pero parcialmente exitoso, de resolver la dependencia es crear estructuras gestantes para el crecimiento de los otros. No de una misma. Se ayuda a dar a luz al marido, a los hijos, y de ese modo se desvía el compromiso con el propio crecimiento. Se deposita en los otros las expectativas que la mujer no se atreve a asumir como protagonista. Se ratifica como ser para otros . Se instala en "vínculos vicariantes": un modo de ser a través de los otros. Queda cristalizada pero tiene consenso social.
El sometimiento es un modo de detener el tiempo. En ese estilo de vida la finitud no existe.
"Si tengo coraje, me dejaré seguir perdida. Pero tengo miedo de lo nuevo y tengo miedo de vivir lo que no entiendo. Quiero tener siempre la garantía de por lo menos estar pensando que entiendo.

No sé entregarme a la desorientación.

¿Cómo se explica que mi mayor miedo sea ser?"
"La pasión según G. H".
Clarice Lispector

LAS MUJERES, ¿SOMOS DEMOCRATICAS?
Sí. En tanto luchamos por forjar nuestra propia identidad. En tanto nos asumimos como creadoras de nuestra propia transformación histórica. Porque combatimos por establecer un diálogo basado en el respeto y no en la explotación. Porque entendemos que el reconocimiento del otro es el más alto grado al que se puede aspirar humana y políticamente.
Exploro la subjetividad femenina. Puedo convertirme en injusta si no tengo en cuenta que éste no es un planteo universal. Centenares de miles de mujeres, que luchan a diario por su subsistencia, no tienen ni tiempo ni espacio interno para este tipo de cuestiones. No se preguntan si son democráticas o no, están sometidas a la lucha diaria para ganar la comida de sus hijos. En la lucha por sobrevivir, no hay identidad sexual. No hay ni hombres ni mujeres. Sólo seres humanos amenazados por la desesperación.
Durante siglos las mujeres hemos vivido y seguimos viviendo sometidas a mandatos atávicos que han servido para confinarnos en planos de secundariedad y desvalorización. Mandatos ancestrales como el silencio, la obediencia, la sumisión, la dependencia, todo lo que signifique como resultado la postergación del propio desarrollo, la enajenación. Mandatos que nos convirtieron en seres de retaguardia. Que hemos interiorizado y gobiernan nuestras vidas, no muy democráticamente que digamos, e inciden profundamente en nuestra identidad cívica.
Sé además que por haber padecido, en estos últimos años, este largo y perverso proceso de la historia argentina, hemos internalizado el fascismo que padecimos. Somos el fascismo que sufrimos. Entonces. el cuestionamiento es acerca de la democracia de afuera y de adentro. De una forma de gobierno y de un estilo de vida. De un sistema de pensamiento, de un modo de relacionarnos con el adentro y el afuera.
Las mujeres tenemos que "rehabilitarnos" de los determinantes culturales que nos predestinan como "seres para otros". Creo que parte de nuestra responsabilidad social, en este momento, es redefinir nuestro lugar en el mundo y en cada ámbito en el que participamos, sea el hogar, los hijos, el trabajo, el estudio, la pareja, la calle, el mercado, la creación. Re-ubicarnos, es poder crear nuevos espacios de desarrollo.
La mujer, entre otras cosas, responde a mandatos que la someten quedando ajena a sí misma, desconoce sus derechos y resulta sobrecargada de obligaciones. En tanto sustenta su propia identidad en la figura del hombre, cultiva la dependencia, siendo cómplice activa de un sistema arcaico que la oprime.
Como mujeres que todavía podemos elegir pautas cualitativas de vida, creo que parta de nuestra responsabilidad cultural e histórica es construir una democracia sensible a las condiciones de vida de otras mujeres que todavía no tienen espacio para este tipo de lucha. Parte del proceso de crecimiento que las mujeres debemos hacer consiste en sensibilizarnos con respecto a otras mujeres que no pueden acceder a su problemática femenina, porque no se saben a sí mismas. Porque no cuentan con los recursos mínimos para poder pensarse. Porque no tienen la mínima información que les permita cuidar y decidir sobre sus cuerpos. Porque tienen que sostener sus hogares, criar a sus hijos y a sus ancianos, porque son esclavas de doble jornada. Porque ni se acuerdan de sí mismas.
Nuestro aporte y nuestro compromiso tiene que ser, entre otros, ayudar a concientizarnos socialmente, para modificar condiciones de vida que poco tienen que ver con la democracia. Se trata de revertir el lugar de la mujer en esta sociedad.
Entre todas y para todas, la responsabilidad de concientizarse abarca a todas las mujeres, más allá de la clase social o económica a la que pertenecen. Es una cuestión ética.
Sensibilizarnos y concientizarnos profundamente acerca de cuál es el lugar y el rol al que la mujer es llamada hoy significa reflexionar y revisar críticamente los valores y prioridades con los que hemos vivido y nos manejamos todavía.
¿Qué privilegiamos las mujeres en nuestra vida? ¿Y por qué?
La tarea clínica con mujeres me permite ver a diario cómo los vínculos autoritarios y tiránicos a los que somos sometidas y a los que nos sometemos se reproducen en el vínculo con una misma y con los otros. Y nos impide seguir avanzando, para mantenernos desvalorizadas y relegadas en planos subalternos.
Creo que parte del "ser democráticas" se encarna en la lucha contra los propios aspectos totalitarios, que, entre otras cosas nos impide ver la reales condiciones v de vida en que nos movemos las mujeres. La anestesia social es también parte de ese autoritarismo que se ha entronizado en nosotros y empobrece la conciencia cívica de nuestros derechos y obligaciones como ciudadanas. Este estilo interno de gobierno nos sirve para mantener una continuidad histórica a la que no podemos incorporarnos como protagonistas transformadoras. Defensas para no asumir una madurez que ya tenemos.
Todo lo que en la mujer aspira al sometimiento se convierte en conductas antidemocráticas para adentro y para afuera. El no-cuestionamiento de las pautas atávicas a las que todavía obedecemos nos cristaliza como personas y nos resta contemporaneidad.
La dependencia, ese rasgo tan peculiarmente femenino, y tan bien alimentado por los sistemas totalitarios, parece ser ya una condición de la identidad femenina. Creo que las mujeres debemos desenmascarar aquellas estructuras que alimentan y re-alimentan estructuras ancestrales de sometimiento y cuestionar nuestra propia complicidad más los beneficios secundarios que creemos ganar con ciertas actitudes.
Creo profundamente en la mujer que, al transgredir pautas atávicas, crea campos de conocimiento y de apertura para sí y para otros. Creo en la mujer que lucha por ganar la paridad con el hombre. Creo que la mujer democrática es la que puede responder autocríticamente. La que corre el riesgo de asumir su propia libertad. La que al transgredir produce verdaderas transformaciones y sustenta los procesos de cambio que desencadena. La que abandona el lugar de la pasividad ingenua por el de la inteligencia valiente.
Creo que los próximos gobiernos deben crear condiciones de vida y de trabajo que permitan que las mujeres accedan en primera instancia a su problemática femenina, saliendo de la indiscriminada problemática de la subsistencia. Organizar programas de educación permanente que ayuden a acceder a la mujer a información y formación acerca de sí misma, de su cuerpo, del cuidado de sus hijos, de sus derechos laborales.
Se trata de crear las mejores condiciones que ayuden a generar y sostener una democracia tan esperada.
¿Las mujeres somos democráticas? Sí, en tanto sepamos luchar, conquistar y defender la libertad y la verdad como valores fundamentales de nuestra identidad.



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