La mujer transgresora



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Suicidio

Por ejemplo, el dolor como la instancia insoportable de la vivencia del cambio que conduce al suicidio. Nos podríamos preguntar qué intenta repararse mediante el suicidio, cuando la vivencia del cambio tiene una dimensión catastrófica. El suicidio ante el cambio estaría motivado por la imposibilidad de cambiar o por el temor a no poder controlar las consecuencias del cambio.


Acaso en el suicida la opción de cambio ya no existe, no puede pensar que "todavía" existen para él opciones. La realidad le marca límites que él entiende como la imposibilidad de realizar el cambio soñado o el cambio deseado.
Los límites que le marca la realidad, además de ser frustrantes, son una herida narcisística tal que decide su anulación.
En el suicida la impotencia y el dolor por sus límites son tan grandes que la posibilidad de cambio no existe como apertura sino como imposibilidad.
Si entendemos el suicidio como acto psicótico, lo que se desea matar es "lo otro" de uno, lo persecutorio; se mata lo asesino, lo tanático. Desde esta perspectiva el suicida no tolera la ambivalencia o contradicción dentro de sí.
Una de sus partes, de su contradicción, va adquiriendo tal relevancia que ensordece y mata. Triunfa Tánatos.
¿Quién es el perseguidor? ¿La necesidad de cambiar, la conciencia de la imposibilidad, el miedo al cambio? Quizás dependa de la patología personal. Hay quien se mata por impotencia y hay quien se mata por miedo a lo descontrolado que puede jugarse en la circunstancia de cambio. .
La situación de cambio es una situación de transformación que obliga a penetrar en lo nuevo y desconocido, con lo cual las posibilidades de control son menores. En esas circunstancias el sujeto se siente mucho más expuesto. Por otro lado, el cambio obliga a tomar conciencia de la dimensión humana de los límites y recursos individuales. La conciencia de las limitaciones implica "darse cuenta" de aquello a lo que no se podrá acceder.
En cambio, la conciencia de los recursos significa darse cuenta de con qué se cuenta.
En cualquiera de las modalidades patológicas en las que irrumpe el suicidio por razones de cambio, hay una respuesta narcisista omnipotente ante la necesidad de transigencia.
El sujeto que cambia tiene que transigir, tiene que aceptar que él no contiene todo lo que necesita.
La angustia que depara un cambio que es vivido como no deseado pero acuciante, le habla al yo de un estar a merced de la angustia, que rompe su vivencia de control; está a merced de algo que no controla.
Y el deseo afirmativamente planteado de una situación de cambio le muestra también al yo que se resiste a cambiar, que fuera de él hay algo que podría darle identidad y que él no contiene.
Un pre-requisito ante una situación de cambio es poder aceptar el "no puedo", no como expresión de impotencia, sino como aceptación y conciencia de limitación. Es lo que filosóficamente se llamaría "finitud".
Lo primero que tiene que aceptar una persona en proceso de cambio es que su identidad es dinámica y no estática.
Lo que da identidad no es ser una persona coherente que padece de contradicciones, sino alguien contradictorio por su condición humana que está buscando cierta coherencia en sus contradicciones.
Este es un proceso de herida narcisística muy grande porque significa que tenemos que vivir con ésos dos aspectos. Y los perseguidores que tiene es probable que los tenga siempre; en tal caso, el proceso terapéutico va a cambiarle el valor o el signo. El terapeuta ayuda a reubicar y re-dimensionar el significado atribuido a las partes.
Lo que se busca es un diálogo más coherente entre aspectos persecutorios y perseguidores, mostrándole al otro que para ser "uno" tiene que "enterarse" de sus dos partes. "Enterarse" para estar más entero, o sea más unido en sus antagonismos. El suicidio interrumpe ese diálogo. El suicidio extermina la condición dialógica de las partes en pugna.
En tanto el sujeto-paciente es dos, en un diálogo entre sus partes vitales arraigadas a la vida y sus partes tanáticas impulsadas por su instinto de muerte, el terapeuta es un tercero que intenta establecer una comunicación entre las dos partes, hasta que ese diálogo se establezca en el paciente con características coherentes y autónomas.
Este proceso dinámico de transformación que se determina en el crecimiento o evolución del sujeto va acompañado inevitablemente de sufrimiento. Ante esa situación de dolor, puede suceder que el sujeto dimensione su sufrimiento de tal modo que lo paralice, con lo cual el cambio queda evitado y postergado.
La experiencia patológica de cambio es vivida como una experiencia de "anomia". Lo que pierde el que cambia es la transparencia de la propia identidad, de ser alguien. La experiencia de cambiar lo desdibuja como protagonista, lo descentra.


Incertidumbre

El proceso de transformación requiere una estructura yoica de cierta fuerza. Que pueda vivir la incertidumbre, no como aquello en lo que él consiste, sino como aquello que a él le pasa.


Que el sujeto pueda sentir que la incertidumbre que él vive no compromete la transparencia de su identidad, al punto de que ya no sepa quién es por estar viviendo un proceso de cambio.
Si el extravío es total, el sujeto se pierde y se diluye.
Creo que por eso el cambio es evitado y vivido con tanto miedo, con tanto extravío.
El cambio pasa inevitablemente por zonas de despersonalización y extrañamiento. Para que el proceso sea positivo, aquél que en el cambio debe perder un poco (o totalmente) su identidad nunca debe extraviarse del todo, porque de lo contrario no puede sentir que él es el que cambia, sino que él es lo cambiado, es él- sin sujeto.
Siempre hay una afirmación del sujeto en la experiencia de contradicción. Aquél que está invadido por el dolor, no lo puede nombrar; es el dolor el que habla en su discurso roto por el silencio del sujeto.
Cuando el dolor tiene características traumáticas, invade y enajena. Existen situaciones pre-suicidas donde el sujeto se expone al límite, Llega al borde. Por ejemplo: un sujeto que sabe que debe cambiar, en principio para sobrevivir, pero no puede ser autor y protagonista de su propio proceso de cambio; las circunstancias lo van llevando a una situación límite, donde o cambia o muere.
En la situación límite, como en el suicidio, el sujeto intenta expresar toda su desesperación y también su impotencia. Creo fundamental recalcar el valor de la conciencia crítica de las situaciones límites o conductas suicidas, porque contienen en sí el deseo y el proyecto de cambio, como también la carga tanática de encierro y repetición.
Agregar el intento elaborativo de la situación límite, asumir la responsabilidad de su propio proceso de transformación es asumir la propia temporalidad y la propia historia. Es reconocer el devenir y nuestro rol protagónico en él.


Conclusiones

La literatura contemporánea sostiene la ambivalencia. Kafka, en El proceso, define la imposibilidad de comprender realmente qué es lo que pasa.


Retrata la ambivalencia como situaciones que no resuelve jamás, plantea situaciones de antítesis muy ricas que son expresión de dualidad, de dificultad para tolerar la ambivalencia.
En Rojo y Negro de Sthendal, o en Werther de Goethe, o en Madame Bovary de Flaubert, siempre hay "disyuntivas drásticas". Los personajes oscilan entre la posibilidad de comprender y la vuelta a caer en la incomprensión.
Los cuentos de Julio Cortázar plantean las tensiones del contacto de la realidad diáfana y la realidad oscura. No resuelven la ambivalencia, la sostienen.
La poesía moderna ya no retrata diáfanos paisajes internos . y externos, sino climas de tensión que en sí mismos se consuman como literariamente válidos en la medida que se resuelva la tensión.
Entonces pienso que un elemento importante en el proceso de cambio es poder aceptar un equilibrio inestable; el diálogo de pares antinómicos, que en sí mismo crea tensión y configura la ambivalencia, la posibilidad de aceptar las tensiones como algo inherente a la condición humana.
Sin una apertura además a la conciencia histórica es muy difícil trabajar con la propia ambivalencia. Nadie es la patología del caso, uno es un ejemplo; la descripción solidaria y crítica de una conciencia que para ver lo que ocurre a sí misma se limita a analizarse a sí, sin tratar de ver en el medio cuáles son los ejemplos correlativos de lo que le pasa. Uno es la ilustración de situaciones socio-políticas y socioculturales.
En la medida en que uno siente que los conflictos que llama personales son socio-políticos y socio-históricos, puede comprender que es un individuo que expresa a través de sus conflictos a su comunidad y que esos conflictos no lo aíslan de la comunidad. Una de las mayores dificultades es ver que lo que le pasa a uno pasa además alrededor de uno.
Lo histórico es lo que le da a la patología una dimensión cultural. Uno es una manifestación intransferiblemente personal de conflictos colectivos. Los conflictos que enfrentamos, sin ser de todos, son de muchos.
El paciente no es visto así ni por sí mismo ni por aquél que intenta curarlo. La miopía que existe en ese sentido es el resultado de un proceso de atrofia muy pronunciado en la formación cultural.
La conciencia histórico-social no está estimulada. El miedo al cambio tiene que ver con la inconsciencia de la significación social de los conflictos personales y con la represión de esa conciencia.
Si pudiéramos entender que lo que padecemos es entre otras cosas propio de nuestro tiempo. podríamos instrumentar su condición social como uno de los elementos a tener en cuenta para poder cambiar. Pero si creemos que lo que nos pasa nos pasa a nosotros solos, el cambio implica riesgos de extinción. '
Sin conciencia cultural, la conciencia de la propia patología se vuelve precaria.
Cuando el individuo descubre la dimensión social de su conflicto, puede empezar a comprender su enfermedad desde una perspectiva que hasta entonces no había adoptado. La conciencia crítica de la propia enfermedad enriquece.
Si uno tiene que cambiar algo que es exclusivamente de uno, las posibilidades de elaboración social que uno tiene son mucho menores.
Una comunidad más receptiva con respecto a sus integrantes enfermos le da al integrante enfermo una posibilidad de cambio mucho más solidaria. La posibilidad reparatoria que cumple el medio es mucho mayor. El enfermo se cura en el lugar en que enfermó.

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Segunda parte
 
LA MUJER TRANSGRESORA

 
AUTOBIOGRAFÍA DE UNA BUSQUEDA



Como mujer de más de 40 años tengo la posibilidad de hacer una experiencia del tiempo que me enseña que soy tanto hija de mi historia como también producto de mi propia capacidad de transformar esa historia. He llegado a los 40 sintiendo que finalmente empiezo a parecerme a mí misma.
Soy de origen sefardí. Los sefardíes nos hemos preservado en un idioma que no conoce las transformaciones del tiempo: el ladino o español antiguo. Y preservamos en ese idioma enseñanzas éticas que han mantenido su valor a lo largo de la historia. Idioma atado a lo ancestral y cargado de mandatos atávicos.
Pertenecer a una familia de origen oriental creo que es lo que me impulsa a indagar y cuestionar el lugar de la mujer en la historia de la cultura y el sentido de la mujer ancestral que nos habita.
Soy además una mujer separada. Me divorcié cuando dolorosamente pude comprender que mi vida cotidiana estaba teñida de despersonalización. Mi vida matrimonial había dejado de ser rica. Ya no existía un proyecto de vida fértil y en verdad estaba compartiendo un espacio de desencuentro. La separación se convirtió en una posibilidad de reencuentro conmigo y ha enriquecido la búsqueda en la que estoy embarcada desde siempre.
De lo que el tiempo transformó en un espacio de desencuentro, traigo sin embargo tres frutos: mis dos hijos y la conciencia de que el significado que puedo atribuirle a alguien puede cambiar. Quiero decir con esto último que estos dos hijos que recibí de un hombre a quien amé me remiten hoy a un hombre a quien no amo. Insoluble unidad entre el pasado y el presente.
Este juego de mutaciones en los significados me ha permitido ver que la comprensión que uno ha podido alcanzar de los seres que lo rodean nunca es suficiente ni única. Es imposible terminar de encerrar al otro en una sola dimensión, en un sentido único. Como creo que sería estéril tratar de conocernos y comprendernos a nosotros mismos de una sola manera.
Es a través de la palabra que intento una síntesis de lo que siento que vive en mí como oriente y occidente.
La convicción de que soy hija de mi propio esfuerzo ha ido adquiriendo en el tiempo la forma de una doble relación con el lenguaje: la de la poesía y la del ensayo.
Si en esta oportunidad me he decidido a presentar estos textos bajo el nombre de ensayos, es porque creo que en ese nombre se resume el sentido de toda creación humana. Una simple aproximación a un sentido posible. Yo soy para mí misma una hipótesis, una realidad en elaboración, una síntesis provisoria. Soy mi propio esbozo.

LA SEGUNDA CREACION DE LA MUJER

LA MUJER ANCESTRAL Y LA MUJER TRANSGRESORA
En una sociedad como la nuestra, donde la inestabilidad es tan honda, es importante tener conciencia de hasta qué punto la mujer es requerida para estar constantemente redefiniendo su identidad, su función y su sentido en este mundo.
Esta inestabilidad compromete las estructuras primarias de la identidad. El' proceso de creación de la mujer es un movimiento dialéctico entre ella, la sociedad y la cultura.
Así como todavía encarna valores culturales como la sumisión y la mansedumbre, la mujer tiende a actuar, cada vez con más fuerza, su par antinómico: la ruptura y la transgresión. Mientras en ella el sometimiento se convierte en fuerza crítica, la ruptura aparece cada vez más como parte de su naturaleza.
En mitos como los de Cibeles y Eva, la mujer aparece creando, a través de la transgresión, espacios de ruptura que dan preeminencia al conocimiento. Me interesa enfatizar el valor de transformación que la mujer es capaz de lograr con sus conductas y con sus respuestas.
En la tradición griega, en la judeocristiana, son innumerables las mujeres que han desarrollado su personalidad, sin por eso dejar de ser fieles a los ideales de su comunidad. Aunque de hecho algunas veces han concitado el odio de los sectores más conservadores de la sociedad.
La mujer, de una u otra manera, aparece como transgresora, en tanto hay un orden que ella rompe. Eva, Lilith, Cibeles, Juana de Arco, Catalina de Rusia, George Sand. Este orden que la mujer transgrede se expresará también en otro nivel, que es el matrimonio, al cual culturalmente aparece predestinada. La Edad Media es un excelente ejemplo de tiempo histórico en el cual la mujer está destinada-condenada al matrimonio. No se la concibe fuera de él. Sea cual fuere la clase social a la que pertenezca: una mujer no casada no tiene solvencia frente a la vida.
Este, entre otros, es un valor consagrado por la cultura y que aún hoy tiene vigencia.


La transgresión y el proceso creador
El tema de la transgresión alude a la ruptura de un orden establecido, que es sentido como estéril para la propia personalidad. En la transgresión, el gesto de despegue define la ruptura. Ruptura que a su vez se convertirá en la fundación de un orden nuevo. El campo vital de la mujer comienza a enriquecerse cuando traslada al terreno de su desarrollo espiritual experiencias de libertad creadora. La mujer transgresora es la creadora de un tiempo y un espacio históricos diferentes en su vida.
Comienza a establecerse un correlato entre lo que puede hacer en el campo de su vida personal y en el ámbito de su vida profesional y artística.
Freud define la creación como una de las fases de mayor movilización del aparato psíquico. Junto con el duelo y el sueño considera que estos tres procesos implican una profunda conmoción interna.
El proceso creador auténtico es integrador. Ayuda a elaborar y resolver la disociación entre la vida personal y la pasión creadora. Se trata de buscar coherencia y no desmentir en la propia práctica cotidiana el amor por la libertad. La intensificación de la vida intelectual de la mujer trae aparejada la intensificación de su vida extra creativa y extra intelectual. Esto, a su vez, trae aparejadas modificaciones en su vida cotidiana.
La creación no puede ser vista como la posibilidad de implementar zonas de trabajo que constituyan un desahogo para la mujer, respecto del ahogo que significa su vida cotidiana. La creación no puede ser un sucedáneo de la libertad. La creación debe ser el corolario de la libertad. Si bien es cierto que la mujer alcanza la libertad creadora, la alcanza contra todo lo que en ella aspira al sometimiento. Y no sólo contra los que tratan de someterla desde afuera.
Ionesco dice: "La creación supone una libertad total. Se trata de un proceso diferente al conceptual". Nosotras, las mujeres, como sujetos de creación de nosotras mismas, reflejamos, quebramos, multiplicamos los fantasmas de nuestra individualidad. Este proceso de creación se realimenta a través de una lectura crítica y exhaustiva de la resonancia social que nuestra conducta promueve en los otros.
La mujer que lucha por su libertad, no comienza a luchar por su libertad ahora. La historia está plagada de evidencias que la femineidad ha realizado para lograr la independencia. Quiero poner el acento en la lucha que la mujer despliega para conquistarse a sí misma en términos de proyecto.
Lo que define a la mujer como creadora, es el enorme esfuerzo que realiza por autorreconocerse, por recrearse en la lucha para alcanzar su identidad.


La denuncia y los prejuicios
El proceso creador tiene, entre otros objetivos, la denuncia. La mujer en su condición de transgresora es emisaria de verdades que percibe y han sido enmascaradas por la cultura. Al denunciarlas pone en marcha el difícil y doloroso proceso de cambio a través del cual desmitifica escenas cristalizadas, normas rígidas y arbitrarias, valores estereotipados. Descubre trampas. Desarticula ficciones.
La capacidad de denuncia de la mujer que asume su desarrollo es el coágulo liberador que tiende a la verdad como objetivo último. A través de su proceso de crecimiento y liberación la mujer denuncia, entre otras cosas, el notable paralelo que existe entre los prejuicios raciales y los prejuicios con respecto a la mujer.
Las mujeres son tratadas de una manera no muy diferente de como se trata aún hoy a los negros en muchas partes del mundo. En una sociedad patriarcal, las mujeres siempre fueron consideradas "ciudadanos de segunda clase".
Voy a enumerar algunos de estos prejuicios o mitos:

"Las mujeres tienen un, cerebro más pequeño que los hombres".


"Son menos inteligentes".
"Son más emotivas e inestables".
"En las urgencias sólo saben desmayarse". "Son débiles y enfermizas".
"Tienen escasa capacidad de descubrimiento y menos sentido común".

"No se les puede confiar el manejo de la economía y fuera de la casa sólo pueden ser útiles en los trabajos más rutinarios y vulgares".



Estos prejuicios recibieron el golpe más duro durante la Primera Guerra Mundial.


Solidaridad con la propia crisis
La mujer aspira a ser libre. Anhela poder elegirse como dueña de sí misma. Quiero enfocar a aquellas mujeres que, estimuladas por su propio crecimiento; se toman a sí mismas como sujetos de creación. Y reaprenden a establecer consigo un verdadero vínculo de amor.
Este proceso implica esfuerzo y tolerancia al dolor y a la frustración. Simultáneamente, se van formulando planteos que cuestionan el sentido y el significado de este reaprendizaje.
¿Dónde dejo, o dónde quedan, mis aspiraciones más ancestrales, que a pesar del tiempo, siento que siguen vigentes?
He aquí la contradicción. Por ahora, mi única respuesta posible es aprender a hacerse cargo de una misma como proyecto. Esto significa asumir la responsabilidad de saberse lanzada, proyectada a la aventura de ser. Convertir la contradicción en tarea. Aprender a ser solidaria con la propia crisis. EI proceso creador de la mujer comienza siendo aquella experiencia en que la mujer se solidariza con su dolor, con sus conflictos, como expresión de su fecundidad creadora.
La mujer que asume su proceso de creación y establece un vínculo solidario con la tensión conflictiva de su crecimiento ahonda laboralmente aquellos rasgos que su crisis pone en evidencia. Aprende a leer estos aspectos de su personalidad como líderes del proceso de cambio en el que está empeñada. Esta nueva lectura de sí misma enriquece la búsqueda consecuente de su libertad.
Entiende el dolor como un aspecto integrador de su proceso de crecimiento y no como el resultado de la pérdida del bien. Se aprende a equiparar dolor y creación y no dolor y castigo.. Entiendo la pérdida del bien previo como los valores del padre, del hermano, del marido, de la comunidad- en términos de la cual su rol está comprometido y preestablecido.
La mujer ancestral y la mujer transgresora
Voy a referirme a la mujer ancestral y a su par antinómico, la mujer transgresora, como aspectos constitutivos de la personalidad femenina. Los trataré en forma disociada para facilitar su comprensión. Además, estos aspectos suelen estar disociados y escindidos. El crecimiento de la mujer consiste, entre otras cosas, en aprender a establecer un diálogo tal consigo misma, que permita integrar estas facetas antagónicas de su propia personalidad.
El proceso creador de la mujer no implica extirpar su sometimiento al prejuicio ancestral, sino trabajarlo para reubicarlo. Esta reubicación de los prejuicios atávicos y del personaje ancestral que tenemos todas las mujeres me parece un aspecto fundante del segundo nacimiento de la mujer.
La reubicación del personaje ancestral que nos habita se produce cuando en el proceso de búsqueda de la propia identidad una ha podido instalarse solidariamente con el propio conflicto. Esto implica el esforzado proceso de aprender a escucharse y aprender a ser tolerantes con el propio dolor.
El constante trabajo de concientización reflexiva y crítica acerca de sí misma, en primera instancia permite ubicar, conocer las diferentes formas en que el personaje ancestral se expresa en cada una de nosotras. Recién al establecer un "vínculo dialógico" con estos aspectos de nuestra personalidad, podremos reubicarlos.
La mujer ancestral que nos habita responde a los mandatos históricos que ha recibido, muchos de los cuales tienen el valor de verdades consagradas universalmente. Lo ancestral, lo atávico, tiene en cada mujer características singulares que comprometen su historia individual. En tal caso, lo ancestral resume todo aquello que no acepta las transformaciones del tiempo y es, en ese sentido, que atenta contra el crecimiento y la creación.
La solidaridad hacia el propio conflicto nos permite reordenar, dentro de una escala de incidencia nueva, los mandatos ancestrales. En esa nueva escala, estos aspectos juegan un papel, pero no escriben el argumento. La mujer ancestral tiende a dominar nuestros aspectos transgresores que aspiran al crecimiento. Lo importante es saber que ella es una parte de la historia y no toda la historia.
Durante el período de conquista de la libertad la mujer dialoga específicamente con este personaje. Es en ese momento que alcanza un lugar de relevancia en este proceso. En la medida que su libertad se consolida, comienza otro dialogo con aquellos que van apareciendo en el transcurso de esta experiencia libertaria.
Aprender a escuchar a la mujer ancestral es parte del conocimiento de nosotras mismas. Conocimiento que necesitamos para conquistar nuestra identidad. Escuchar sus quejas, sus verdades, sus mandatos, sus miedos, sus deseos, su esperanza. Es un personaje que está y está convencido de que tiene que ser esto que es y que no puede ser otra cosa. Nace para ocupar todo el espacio y no una parte. Es un personaje totalizador. Cree definir con su palabra la verdad en lo que dice. No es hipotética, es caracterizadora. Su ubicación en el mundo es a partir de la certeza de que entre su palabra y el universo hay una absoluta consonancia. "El mundo es como yo digo". Este personaje tiene como finalidad ocupar la totalidad del espacio ocupable.
Por eso su reubicación es indispensable en el proceso de nuestra segunda creación.
La transgresora le dice a la ancestral: Yo, sin vos, no puedo vivir, pero con vos así, tampoco. Te ruego que te desplaces. Le busca un lugar diferente. La reubica entre otras interlocutoras de su mundo interno. Nuestra tarea será el esfuerzo constante por evitar que recupere el monopolio constante del verbo y de la realidad.
Cuando hablo de la mujer ancestral y de la mujer transgresora, es como si estuviera hablando de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. O sea de dos aspectos antagónicos y paradojales de una misma. Se trata de nosotras y nuestro doble.
La mujer transgresora realiza un esfuerzo constante por superar el acoso de sus propios aspectos ancestrales y por alcanzar nuevamente el control y el gobierno de su ser autónomo. Un elemento importante en la constitución de la identidad pasa por admitir que la dinámica interna está en constante renovación. Su ser no está hecho de una vez para siempre. La mujer transgresora que sostiene su vocación de libertad comprende que se es ante todo "tarea".
Como dije al comienzo de este ensayo, la mujer que aspira a conquistar su verdadera identidad lucha contra todo lo que en ella aspira al sometimiento. Vuestra crisis de crecimiento oscila entre estos aspectos ancestrales y de sometimiento y aquellos gestos liberadores, que tienden a alcanzar la independencia.
La mujer ancestral está detenida en el tiempo. Su identidad ha quedado cristalizada. Es alguien que está ya definida, destinada, condenada desde antes de nacer. No necesita forjar su ser, sino ratificarlo. Intenta desarrollarse en un molde gestado previamente.
La mujer transgresora es el resultado de la ancestral en crisis. Se ha arrancado la mordaza y denuncia lo que la ancestral no se atreve a decir. La transgresora denuncia, la ancestral encubre. La transgresora pone en crisis valores consagrados que la ayudan a vivir, la ancestral suscribe pactos perversos al servicio de que todo siga como está. La ancestral teme, vive con miedo, se detiene. La transgresora se atreve y avanza. La ancestral es una mujer que ya es. La transgresora es una mujer que trata de ser. Tratar de ser es una forma de ser que incluye el devenir 'como parte integradora de nuestro crecimiento.
Dentro del campo de la mujer ancestral, tiene vigencia la mujer satisfecha, la que dice que está conforme, aquélla que presume que no tiene conflictos, la que dice que vive como quiere y que quiere lo que vive. No sabe si elige o la eligen. No sabe si auténticamente quiere o si' está obligada a querer lo que le pasa.
Existe otro nivel de satisfacción en el sentido maduro, y es la convicción de saberse combatiente del propio destino. La satisfacción de celebrar cada victoria en el trayecto de lucha. Quiero diferenciar un poco esto de las satisfacciones. Una es la que responde a lo que el ancestro propone. La satisfacción de sentir que nuestros antepasados nos miran sonriendo, con orgullo, y descansan en paz. Hablo entonces de la satisfacción que surge por haber sido consecuente con lo estipulado de antemano. Esto, a veces, se llama alegría. No es la alegría del sujeto presente, sino la alegría del otro, del sujeto pasado, muchas veces es la alegría que uno cree que debería sentir.
Otra es la alegría de ir logrando aquello que esperamos de nosotras mismas. Es la alegría de la reparación, del proceso creativo, de lo verdadero. La alegría que nace cuando logramos ser consecuentes con nosotros mismos. Esto define el vínculo de respeto consigo mismo.
Aquella mujer de la que hablamos, la ancestral condicionada por el vasallaje, convive con la que puja por darse a luz. En esta convivencia, son muchos los actos de sabotaje que intentan detener el crecimiento y que provienen de aquellos aspectos más infantiles y serviles de nosotras mismas.
Los mitos y prejuicios acerca de la mujer han ganado venerabilidad a través de los años que llevan vigentes y finalmente son aceptados como verdades consagradas hasta por las mismas mujeres.
Crearnos a nosotras mismas es trascendernos. La creación es el acto más profundo de reparación, del mismo modo que la culpa es uno de sus obstáculos mayores.
El diálogo creativo con la mujer ancestral convierte al proceso de segunda creación de la mujer en una de las crisis de identidad más conmocionantes por la que atraviesa la personalidad femenina.
La denuncia de la propia servidumbre no es un camino fácil. Una advertencia útil es saber que el mayor obstáculo para el proceso de crecimiento está en una misma.
Se trata de ayudar a concientizarnos socialmente acerca dé cómo la mujer queda encerrada en un estereotipo cultural de femineidad. Sin olvidar que ésta es también una lucha contra la propia ideología. Una lucha contra aquello a que nos condenan los cánones a los que seguimos sometidas. Se trata de mantener un sostenido esfuerzo para reubicar el viejo modelo de identidad de nuestras madres y abuelas.
Rousseau agudamente anota:
"Los esclavos pierden todo con las cadenas, hasta el deseo de escapar de ellas, acaban cobrando cariño a la servidumbre como los compañeros de Ulises a su embrutecimiento."
Del diálogo solidario con una misma es que aprendemos a instalarnos en el carácter provisorio del tiempo presente. Se trata de aprender, aprender y aprender. Comenzar a admitirnos a nosotras mismas como una mujer posible. Sobrellevar con hondura y madurez la crisis que significa descubrir que ser real es ser probable. Ser, aproximadamente.
La que sí sabe quién es, de una vez y para siempre, es la mujer ancestral, ya que tiene una identidad que heredó y no forjó.
El despegue, la ruptura, la transgresión, conducen a un encuentro más integrador consigo. Se pone en marcha un proceso que se opone al encierro, al silencio, a la inercia. Nos reacomodamos en relación al entorno y reconocemos los personajes que nos habitan y que habitamos.
La mujer como creadora cotidiana de su propia identidad es un verdadero agente de cambio. La dinámica de este proceso de cambio no significa ni decapitar ni extirpar lo atávico sino reconocerlo y reubicarlo dentro de nuestro proyecto dé vida. Es del desarrollo reflexivo de la conciencia crítica sobre lo ancestral de donde surge la fuerza transgresora capaz de transformar nuestra historia.
La libertad consiste en no extirparse la historia sino en redefinirla. "Uno es lo que hace con lo que uno es" (Jean Paul Sartre).



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