La mujer transgresora



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La mujer transgresora

Liliana Mitzrahi



Prólogo

EL SIGNIFICADO DE LA PROPIA VIDA

Este es un libro biográfico. De expresión personal. Intenta transmitir un modo de buscar el significado de la propia identidad femenina a través del cambio. No fue escrito desde un punto de vista técnico para expresar algunas convicciones asépticamente encontradas sobre el cambio y la mujer.


El centro emisor desde el cual trabajé no es el de mi profesión de psicóloga sino el de mi vida. Y esa vida incluye la condición de psicóloga, pero no agota las perspectivas desde las cuales intento expresarme. He escrito desde un cuerpo, no desde una ciencia.
Soy autora de este libro tanto como este libro es mi autor. Soy su madre v soy su hija. En él están las orientaciones fundantes que hoy definen mi vida. En tanto necesité escribirlo para constituirme soy producto de lo que aquí se dice y aún hoy me compromete como lectora.
Me he valido de la palabra escrita no para contar lo que ya sabía, sino para buscar lo que aún no sabía e intuía.
Este trabajo es el resultado de una experiencia solitaria e intransferible como es la de preguntarse ¿quién soy?. Al mismo tiempo, esa pregunta por la propia identidad siempre tiene como marco (si la vida de uno es afortunada) la presencia de interlocutores que enriquecen la búsqueda. Ellos no son la antítesis de esa soledad sino que la fundan, la habitan y la fortalecen. En ese sentido debo decir que este trabajo es también fruto de la convivencia.
En rigor, uno nunca está aislado. En todo caso se tiene alrededor interlocutores fecundos o estériles. Quiero enfatizar la importancia que ha tenido para mí contar con Santiago Kovadloff como interlocutor activamente comprometido en la elaboración de cada uno de estos ensayos. Es sobre todo a partir del trabajo reflexivo y crítico realizado con él, que el dolor surgido en los procesos de transformación por los que pasé comenzó a ser fecundo en imágenes y en palabras. Los significados comenzaron a multiplicarse. La calidad de mi soledad se enriqueció cuando pude convertir, con su ayuda, lo vivencial en tarea de reflexión.
Lo paradojal es también que este libro, y la búsqueda que él implica, nacen sobre todo ante la necesidad de reflexionar y comprender experiencias de desencuentro, de no interlocución y de separación. En tanto búsqueda del significado del desencuentro, se ha constituido en una renovada posibilidad de encuentro.
El libro está dividido en dos secciones: El cambio y La mujer. Las reiteraciones que probablemente tiene no nacen de un descuido formal. Son intencionales. Se insiste en lo mismo para que lo mismo sea más claro. Cuando estaba escribiendo tenía la necesidad de elaborar eso que ahora aparece reiterado.
También necesité escribir para apoderarme de un idioma que es el idioma del tiempo en que vivo. Este trabajo es testigo del nacimiento de mi conciencia social. En definitiva, son ensayos escritos contra el espíritu totalitario padecido como mujer y como ciudadana.
Otra paradoja: este libro que se quiere personal, que fue escrito para saber mejor quién soy, solamente se habrá consumado, no en la medida en que otros comprendan quién soy yo, sino en la medida en que puedan comprender mejor, a través de él, quiénes son ellos.
Su objetivo es que esas lectoras y lectores tengan un acercamiento renovado a sí mismos y no a mí. Entonces, mi búsqueda personal habrá tenido sentido en el orden autoral.
Ojalá este libro se convierta en un espejo donde se refleje la imagen de quien lo está leyendo.

PRIMERA PARTE: ACERCA DEL CAMBIO Y LA AMBIVALENCIA
INTRODUCCIÓN: el significado de la propia vida

"No importa lo que la historia ha hecho con el hombre, sino lo que el hombre hace con lo que la historia ha hecho de él."

SARTRE

La conciencia del cambio, en tanto abre el riesgo de la propia aventura, rompe muchas veces la certeza ilusoria de una vida axiomática que hasta entonces ha sido referente de identidad.


Cambio es transformación, metamorfosis. La evolución natural de cualquier individuo es una sucesión 'ininterrumpida de cambios, pequeños, grandes, cuya metabolización y asimilación es fundante del sentimiento de identidad.
Sin duda, cambiar es experimentar satisfacciones y sufrimientos. La magnitud de unos y otros depende de los niveles de compromiso con que involucren nuestro sentimiento global de identidad. El objetivo momentáneo de este trabajo exige soslayar los aspectos positivos del cambio para centrarnos en los que implican tensión, angustia y conflicto, que, de modo general, dificultan la aceptación del cambio.
Reaccionamos con angustia ante las situaciones nuevas y también con depresión, ya que todo cambio implica incertidumbre. Vivir es, también, pasar inevitablemente por una sucesión de pérdidas. El vaivén evolutivo del proceso de crecimiento significa la pérdida de vínculos, objetos, conductas, estilos. Todos ellos, si bien son sustituidos por otros a veces más evolucionados, no dejan, con su ausencia, de crear un fuerte impacto, desencadenando duelos que no siempre son bien elaborados.
Creo que las resistencias al cambio dependen en gran medida de la calidad de la elaboración así como de las características de la integración de estos duelos.
Más adelante desarrollaré el tema del dolor. Por el momento basta decir que el dolor es la verdadera reacción ante la pérdida. La angustia es una señal ante el peligro que dicha pérdida involucra para el sujeto. En tanto que la tristeza nace de la confrontación con la realidad que exige darse cuenta de dicha pérdida.
Cambio significa incursión en lo desconocido: comprometerse con hechos futuros que no son previsibles y enfrentar sus consecuencias. Esto, sin duda, crea ansiedad, depresión y también estimula la tendencia a conservar lo conocido, lo familiar, a través de la compulsión a la repetición como mecanismo de defensa a veces patológico ante lo nuevo.
Una primera evidencia de cambio es la conciencia de las conductas repetitivas. La conciencia crítica deja de percibir las conductas repetitivas como naturales para pasar a percibirlas como históricas.
El cambio es, en primera instancia, experiencia de la imposibilidad de seguir actuando según cánones habituales; y, en segunda instancia, conciencia crítica de los contenidos conflictivos de las conductas repetitivas. La conciencia crítica aparece fundada en la evidencia de la disfuncionalidad creadora de las conductas repetitivas. Estas dejan de ser espontáneas o automáticas para convertirse en problemáticas.
En estas conductas el tiempo es un tiempo estabilizado que adquiere valor mítico. Lo que estas conductas implican no se ve comprometido por el transcurso del tiempo, sino ratificado.
Mito es anticambio, legitimación de un ciclo de transformación que garantiza la continuidad de lo mismo. Más que a un comportamiento nuevo, la conciencia de cambio aparece originariamente vinculada a la problematización de "lo viejo" que aún tiene vigencia. Es a partir de esta situación básica, inicial, que empieza a perfilarse el concepto de cambio que involucra la noción de futuro.
En el proceso de transformación, algunos elementos tienen que mantenerse estables. No se trata, sin embargo, de una mera reiteración sino de una continuidad dinámica. Ella, por un lado, es la que resulta de la preservación del conjunto a través de la particular modalidad del cambio.

Los aspectos que tienden a mantener una continuidad de sentido en el proceso de cambio, reciben lo nuevo, lo metabolizan, lo asimilan y mantienen así la coherencia estructural de la identidad.


Paradojalmente, "repetir conductas" constituye un aspecto integrador del proceso de cambio.
Cuando la referida estabilidad de los aspectos básicos no es dinámica, es decir, cuando no asegura su permanencia a través del proceso de cambio, esos aspectos tienden a convertirse en conductas que se valen de la repetición patológica para garantizar su subsistencia.
Con esto nos introducimos en el tema de la compulsión a la repetición en el proceso de cambio.
Esta compulsión a la repetición fue pensada como expresión de "inercia de la materia viva", como búsqueda de descarga de lo reprimido y también como mecanismo de control de hechos traumáticos.
En Recuerdo, Repetición y Elaboración, Freud dice que repetir es un modo de recordar: "La repetición de ciertos modelos de conducta en una parte de la personalidad permite que otra cambie".
La angustia-señal frente al cambio aparece unida al sentimiento de pérdida de la identidad. En los casos en que esto ocurre, se busca que nada se modifique. Se quiere evitar así el reconocimiento de una temporalidad discontinua, la diferencia entre pasado y futuro, y ello en virtud de la inestabilidad que se apodera del, sentido del presente.
Se explica entonces la paradoja de la frustración e intolerancia a cambios que signifiquen éxitos o progresos para el individuo. Cualquiera de estos movimientos es vivido por la sensibilidad patológica como una aproximación a la muerte. La vivencia de no-mutación impide el crecimiento y da lugar a la infertilidad afectiva, a la inercia psíquica o, dicho de otro modo, a una "muerte psicológica".
La influencia de la angustia estructura conductas repetitivas que tienden a evitar el contacto con la realidad externa.
Para que la transformación sea auténtica tiene que atravesar y asumir el proceso de identificación crítica con la propia enfermedad. O sea, el reconocimiento en nosotros mismos de aquello que rechazamos. Me refiero a la enfermedad que expresa nuestra pobreza, nuestra miseria, nuestros límites. Todo lo que de negativo involucra también nuestra condición humana.
El proceso de cambio requiere la aceptación de las propias fisuras. Son un componente de nuestra identidad. El individuo es libre y dueño de su transformación en tanto se empeña en liberarse de su dependencia. Para ello se vale de su conciencia crítica.
La transformación, como enseña Hegel, comienza como antítesis. Uno es uno mismo en tanto se transforma en un combatiente contra su dependencia sin olvidar que uno es también esa dependencia contra la que combate. Si no se entra en contacto con las imágenes y sentimientos referidos a la propia pobreza no se puede entrar en la instancia del cambio entendido como tarea.
El verdadero cambio pasa por el reconocimiento crítico de la propia enfermedad.
El cambio perdurable, fecundo, es aquel que es transformación del ser presuntamente estático en proyecto constantemente perfectible. El sufrimiento que el cambio acarrea se podría expresar del siguiente modo: es la experiencia de riesgo imprevisible.
Para cambiar se hace necesario un margen de tolerancia al riesgo y a la imprevisibilidad, poder tolerar un presente de perfiles no definidos, aprender a apoyarse en la confianza de llegar a conocer lo nuevo y en un sentimiento de no extravío en lo que la propia experiencia tiene de imponderable.
El dolor en la experiencia de cambio es ineludible. Pero la dimensión de significado que se le adjudica varía según la patología. Sin dolor no hay cambio; pero solamente con dolor, tampoco. Esto se altera de tono según la estructura de personalidad. Cuando no hay tolerancia al cambio, sea éste interno o externo, el sentimiento de identidad tiende a tambalear.
La tendencia o necesidad de evitar cambios puede alcanzar, en ocasiones, un alto grado de patología. Se llega, de este modo, a la compulsión a la repetición. El objetivo es conservar, a cualquier costo, los aspectos y modalidades de la realidad y de uno mismo que no se quieren exponer a transformación.
No se empieza a cambiar cuando se cambia de conducta, sino cuando cambia "la perspectiva de evaluación" de la conducta que se repite. Esto implica una ruptura en el estilo vincular del que repite con los motivos por los que repite.
Las conductas repetitivas son fundamentalmente deudoras. Su objetivo es mantener vigente la condición hipotecada de la propia vida. No se repite solamente por mantener vigente la hipoteca contraída. También para poder descubrir que se la tiene.
La conciencia del cambio es, en parte, el proceso por el cual la persona hipotecada con su pasado puede reconocer sus crisis como emergentes de su identidad y no como antítesis de la misma. En parte, también esa conciencia es conciencia del futuro, es decir, de la dimensión reparatoria del cambio.
La hipoteca se contrae con los objetos que, para nuestra percepción, cumplen el papel de productores de nuestra identidad. Si homologamos tales objetos a un personaje interno al que podemos designar como otro, cabe decir: si el otro no me nombra, no sé quién soy yo. La conciencia de mi yo se transforma en el silencio del otro.
Hay pérdidas que arrastran consigo al que las padece. Otras no comprometen la identidad total. El pasaje o transición de una situación a otra en tanto significa una desestructuración de la identidad, requiere un tiempo de reestructuración. Esta transición o "tierra de nadie" es una instancia temporal de altas ansiedades e incertidumbres.
Freud formula su punto de vista acerca de la patología de la pérdida en "Duelo y Melancolía", mediante una frase ya proverbial: "la sombra del objeto perdido oscurece al yo" y compromete su identidad global.
Las características patológicas del duelo consisten en este "estar a merced" de la personalidad global del deudo. Ello equivale a decir que el objeto perdido se enquista y resta libido. Lo que este proceso reviste de anormal es lo que tiene de estancado. El desprendimiento del objeto padecido y perdido no se produce porque el temor a su pérdida es equivalente a un sentimiento de autodestrucción, en tanto el objeto perdido es referente de identidad.
Hay una inversión de roles en la dinámica relacional. Cuando esa dinámica tiene rasgos patológicos el sujeto vive la vida desde la acechanza que el objeto perdido ejerce sobre él. Un elemento importante a tener en cuenta en un diagnóstico-pronóstico sobre la capacidad de cambio de un sujeto, es su mayor o menor capacidad de aceptar y resolver pérdidas.
Cuando hablo de esta mayor o menor tendencia me refiero al enquistarse o no en el duelo. Así como es indispensable que el sujeto no rehuya su vínculo con lo perdido, lo es, igualmente, que no se cronifique en él.
El cambio aparece como la interrupción de una especie de "fascinación" entre el objeto perdido y el sujeto que, melancólicamente, se debe a él. Si hablamos de polarización simbiótica, el cambio representa distancia, ruptura entendida como discriminación creciente, crisis asumida. Para llegar a la situación de crisis es necesario que la simbiosis sea vivida como agobiante y reversible. Sólo así el cambio se recorta como una experiencia liberadora.
La temporalidad que está en juego en la concepción patológica del duelo es una concepción cíclica. Se tiende a negar la irreversibilidad del tiempo. Convierto la temporalidad en un espacio redundante. El tiempo no pasa. El objeto no se pierde y decreto que yo tampoco paso ni el tiempo pasa por mí.
A partir de pérdidas muy dolorosas se marca un cambio. Esta situación puede ser instrumentada en términos de inmovilidad. Se trata de una zona que se mantiene inmóvil en función de esa ausencia. Esta situación, cuyo rasgo distintivo es la inmovilidad, resulta del carácter intolerable que revisten las pérdidas sufridas. Su aceptación equivale, fatalmente, a la propia pérdida o pérdida de la propia identidad. Por ello es vivido como lo que no pasa. Y lo que sí pasa no es vivenciado como significativo.
Resulta evidente, como ya dijimos, que la identidad del sujeto que rechaza el cambio está hipotecada y enajenada en el objeto. Se está negando que se es tiempo. La alianza simbólica con el objeto decreta la atemporalidad de ambos: objeto y sujeto. Los riesgos acarreados por el transcurso del tiempo conforman el margen de profanación eventual que amenaza esa simbiosis.
El trabajo terapéutico con un paciente hipotecado en el objeto perdido será eficaz si modifica su vivencia de la temporalidad. Si logra que el paciente deje de experimentar el devenir como un hecho catastrófico. Si logra, en suma, que aprenda a reconocer que es en el devenir donde se preservan las cosas.

SINTOMA Y PACTO
Síntoma es fisura, padecimiento, enfermedad. Es la expresión de un pacto. De una transacción realizada entre partes o aspectos de una misma estructura con características ambivalentes y no-dialógicas.
En tanto fisura, es herida. Se la vivencia como fracaso de la omnipotencia narcisística. Allí se genera el dolor.
Entender el síntoma como la primera antítesis de una temporalidad cronificada y encarnada en las conductas repetitivas nos permite concebir su presencia como una irrupción en el devenir. Pero padecido el síntoma implica todavía la continuidad de un eterno presente.
En cambio, cuando aparece como emergente del cual uno es consciente y con el que se puede identificar, no sólo involucra la ruptura de un presente reiterado, sino la apertura hacia una temporalidad venidera en la cual el síntoma se manifiesta como emergente de crecimiento.
Para poder asumir el cambio como experiencia no-catastrófica es necesario concebir el contacto con el síntoma como una tarea. De este modo el síntoma pasa a estar inscripto en una dimensión temporal es posible, ahora, trabajar día a día sobre él.
El síntoma no sólo habla de uno, sino que es uno mismo.
Expresión de necesidades. Campo de redefinición de alianzas. Por una parte, el pacto con el pasado que mantiene la ilusión de un futuro rígido, sin riesgos. Por otra parte, la presencia del síntoma aparece como desestructuradora de un presente cronificado. Es en la oscilación entre' estas dos dimensiones del tiempo en que se hace necesario elegir.
El sujeto se siente colocado entre dos realidades profundamente antitéticas: una identidad que ya está perdiendo y otra que aún no vislumbra y lo amenaza con su indeterminación.
Esto explica las ansiedades catastróficas que genera y potencia el síntoma: El temor o gran temor es que la contraparte de un presente cronificado sea un vacío cronificado.
El síntoma como campo de conocimiento de uno mismo es de enormes perspectivas. Pero en tanto fisura, en general se oculta. Escuchamos el dolor de nuestro síntoma, pero no entendemos ni registramos qué nos dice. Censuramos. El síntoma habla desde él. De nosotros hacia nosotros, no contra nosotros. Si se intenta ser consecuente con las necesidades encarnadas por el síntoma, se está intentando elaborar una curación, que parte de la idea de posibilitar un diálogo entre uno y el síntoma, este último como espejo de nuestra interioridad. Es el momento en que uno deja de ser escenario de sus conflictos para transformarse en protagonista. Y tiene que elegir hacerse cargo o no de aquello que le evidencia su síntoma.
Esto implica escuchar esa interioridad que toma la palabra y que uno aprende a contemplar como a un interlocutor integrado a sí mismo.
Síntoma es rebelión, insubordinación. Una rebelión no-instrumentada. En esta dualidad uno es el que obedece y es también el que se insubordina. Uno sabe qué es el bien y el otro no debe replantear sino aceptarlo y asumirlo.
Este es el pacto del que hablé antes. Se basa en la prescindibilidad de uno de los contratantes. Y es el acuerdo establecido entre dos aspectos de una sola persona y según el cual uno es el que fija los contenidos del acuerdo y el otro los obedece.
Hay uno que debe no-ser, para que los dos sean presuntamente felices. El sometido pone como condición ser reconocido como imprescindible por el sometedor, vale decir por el que fija las normas. Uno está dispuesto a regalar su identidad al otro a condición de que viva para él.
La conciencia gradual de infelicidad e insatisfacción expresada por el síntoma está en relación directa con el sometimiento que padece. La tarea comienza como conciencia de las motivaciones de ese sometimiento.
Es claro que el conflicto es entre dependencia e independencia. El síntoma, así, es la transacción entre lo que el sujeto acepta de sus aspectos no-dependientes y el nivel de dependencia tolerada.
El síntoma o los síntomas dramatizan muchas veces en el escenario del propio cuerpo esta dualidad sometedor- sometido.
Esta antinomia también se especializa transformándose en una patología vincular en la cual el drama incluye a dos personas distintas pero indiscriminadas en un pacto de no-crecimiento.
El síntoma es la evidencia de pactos contraídos. Expresa el disgusto por una incomodidad padecida. Es también el atisbo de una conciencia crítica de las conductas repetidas. Con el síntoma irrumpe la huella de una disidencia. Es un aspecto del yo que no puede aceptar sin dolor lo que está haciendo. Perturba el orden establecido que sin síntomas no resultaría cuestionable. Si se lo encara como algo que debe ser suprimido, se lo enajena respondiendo al mandato de subordinación ya descripto.
El cambio se constituye en el proceso por el cual el síntoma es reconocido como algo propio. Inherente a nuestra estructura, espejo de la propia interioridad que toma o al menos intenta tomar la palabra.
Así, la persona hipotecada con su pasado puede reconocer su crisis como un emergente de su identidad y no como la antítesis de ella.
En tanto pacto, el síntoma es un referente de la dependencia y también de la ambivalencia. El" no "y el "sí" están incluidos en un mismo gesto, a la vez liberador y encerrante. Muchas veces el síntoma es la expresión que a través del cuerpo asume la ambivalencia.
El pacto tiene una tradición cultural y evidencia elementos psicosociales de orígenes remotos. En todas aquellas mitologías que implican una negación de la ambivalencia uno puede reconocer el fenómeno del terror al cambio.
El propio cuerpo rememora las grandes disyuntivas de la cultura que todavía no sabe qué hacer con la ambivalencia. No tiene aún jerarquía epistemológica; o sea valor en el campo del conocimiento. Creo que las siguientes referencias mitológicas enriquecen el conocimiento acerca del proceso de transformación.
En los mitos griegos, como el de Sísifo o el de Pandora, es muy evidente la ambivalencia. El destino está asociado a una indeterminación esencial de los conflictos. Nuestra tradición judeo-cristiana ha intentado romper ese destino trágico por medio de sus cosmogonías, de los conceptos drásticos, rígidos, de las grandes negaciones de la ambivalencia.
Tal vez una de las imágenes más remotas a la que podemos remitir la situación que describimos acerca del síntoma como pacto proviene de la mitología griega y es la relación de Cronos con sus hijos. Cronos devoraba a sus propios hijos, dando forma a una circularidad filicida en la cual la paternidad era deglutida con cada hijo devorado.
Zeus, Plutón, Poseidón, hijos de Cronos, se salvan gracias a Cibeles, la madre, y derrocan al padre. Lo expulsan del Cielo y lo condenan a vivir exiliado en el Lacio. Rompiendo el círculo del eterno retorno afirman su identidad, negando la del padre Cronos, quien vivirá para derrocar a sus hijos desde el exilio.
La temporalidad entendida como devenir comienza a insinuarse en el mito de Cronos mediante la ruptura de la circularidad, cuando los tres hijos logran sobrevivir. Hablo de la temporalidad como modernamente la concebimos.
Este ejemplo y otros posibles intentan demostrar como la ruptura de la circularidad genera insubordinación.

SIMULACION Y CRISIS

Los cambios pueden ser propuestos desde un "como si". En consecuencia, el desarrollo e instrumentación de los rasgos maduros de la personalidad quedan excluidos del pseudo proyecto de transformación.


El cambio ficticio se basa en la negación maníaca de la enfermedad. Se presume que la enfermedad no implica un empobrecimiento. No es un límite ni una restricción, sino un espejismo, una supuesta irrealidad que, como tal, no merece tenerse en cuenta.
El pseudo-cambio está asociado a la intolerancia, a la frustración y encubre una omnipotencia patológica. Tiene que ver con la resolución externa, retórica, de la propia ambivalencia; con la creación de una imagen; con el enmascaramiento y no con un verdadero proceso crítico.
El cambio ficticio tiende a crear estereotipos que sostienen la identificación del yo mediante una imagen que se pretende sin fisuras y sin contradicciones. Se menosprecia el conflicto porque se lo teme. Por eso, a través de diferentes mecanismos se intenta soslayarlo.
La negación hace de la propia incertidumbre un problema resuelto, se distorsiona tan radicalmente la percepción de la enfermedad que ésta pasa a convertirse en mera fantasía. La mera fantasía -a su vez- gana fuerza de realidad.
Verdaderamente se elude el proceso, lo cual agota la espera y la esperanza del cambio. El cambio ficticio contiene una dosis de deterioro, a veces imperceptible; el sujeto toma los síntomas como emergente de otra realidad.
Desde el punto de vista descriptivo, se puede decir que aquel que adopta una conducta de pseudo-cambio se da por satisfecho en el momento en que recibe del entorno la ratificación de la eficacia de su disfraz. Ha logrado ser verosímil, se cree en él. Ha burlado la verdad con la apariencia: ha hecho por lo tanto una verdad de la apariencia.
Hablo del simulador, psicopatológicamente entendido. Este tiene alguna conciencia de su trampa y lo sabe también a través de sus síntomas que desmienten en buena medida la infalibilidad de su disfraz. El simulador no puede correr el riesgo de ser espontáneo. Todo lo abrupto, lo repentino, entraña para él un riesgo. Ese riesgo es el de la irrupción de una contradicción que desmienta de modo incontrolable la validez de su conducta fingida. Por eso, entre las experiencias a las que más expuesto se halla el simulador figura la de soñar.
El sueño es uno de los "ámbitos" donde el inconsciente puede hablar, es decir: donde más bajas son las resistencias a su despliegue. Toma entonces la palabra. A través de su parábola de imágenes habla el oprimido, es decir, la dimensión conflictiva de la personalidad.
Sin embargo, la solvencia del simulador no sólo está amenazada por las contradicciones inconscientes que lo acechan. El simulador se ve también acosado por su deseo, no menos contradictorio y conflictivo, de dejar de ser quien es. Es decir, deseo de sustraerse al pseudo-cambio en favor del cambio auténtico.
El no sólo es el que lo niega; es, asimismo, el que sabe que niega. Y si rechaza la ayuda de quienes pretenden que abandone la simulación, también la busca. Es, en suma, ambivalente. Pide que se lo ayude a sacarse el disfraz y a la vez que se lo legitime. Siente que está encerrado en su máscara y, al mismo tiempo, quiere desnudar su expresión.
La angustia y el fracaso del pseudo-cambio se potencian. Consienten en reconocer las estrecheces del recurso empleado. La pobreza "de" y "en" la simulación.
La crisis del pseudo-cambio es el proceso que va desde el deterioro inicial de la mordaza o disfraz hasta su ruptura o desenmascaramiento. Es coetánea del mismo triunfo de la simulación. Paradójicamente se desencadena con él y, sin embargo, no se pone de manifiesto hasta que la simulación se deteriora. Es la expresión de ese deterioro.

La simulación siempre fracasa porque paralelamente a su desarrollo y consolidación se producen el desarrollo y acentuación de la crisis. El triunfo maníaco del simulador se erige como ocultamiento de un mundo de vivencias altamente conflictivo por lo que tiene de persecutorio; si bien es circunstancialmente derrotado, no es de ningún modo definitivamente vencido.


Con el estallido de la crisis el oprimido pasa a serlo menos. Si aún no tiene derecho a la palabra, ya tiene derecho a la violencia, a expresar su disconformidad. El opresor aún no ha sido desbordado por el oprimido pero ya no puede ignorar el peligro que lo acosa.
La crisis se desencadena en el momento en que los mecanismos represivos ya no pueden cumplir con eficacia su función. La crisis del pseudo-cambio se podría definir como el proceso de disfuncionalidad de los mecanismos disociativos típicos del simulador. La crisis es el deterioro de una disociación, la evidencia de su inoperancia.
Con la crisis puede nacer la conciencia del proceso. Primero, bajo la forma de padecimiento del cambio. Luego, como gradual instrumentación del mismo en favor del conocimiento y comprensión del propio proceso. La crisis puede ser definida en términos de temporalidad como la irrupción incontenible del devenir en la vida del simulador. Mientras éste simula con eficacia, en su percepción tiene lugar la derrota del sentimiento de cambio.
Cuando entra en crisis, el tiempo, como movilidad, lo rebasa. Ya no puede instalarse en su vivencia de continuidad sin fisuras. Pertenece ahora a un tiempo en conflicto, no a un tiempo igual a sí mismo, homogéneo.
La conciencia, en primera instancia, corresponde al dolor que siente el que pseudo cambia cuando fracasa como simulador. Es el dolor de no encajar, de no poder identificarse con las propuestas que le formula la vivencia de transformación. La conciencia de cambio no aflora, entonces, en forma de conceptualización sino como vivencia dolorosa. Como dramatización corporal de la discontinuidad entre la identidad que uno presume que es suya y los aspectos que niegan esa presunción.
La disconformidad empieza por expresarse a través del dolor. El objetivo de la simulación era negar toda posibilidad a esta disconformidad. El triunfo del pseudo-cambio es el triunfo de una temporalidad circular que permanentemente vuelve sobre sí misma tras sufrir quiebras a las que rápidamente se sobrepone subestimando su valor.
La crisis irrumpe cuando esa temporalidad circular ya no puede seguir operando sin disfuncionalidad constante.
El dolor evidencia su realidad también a través del síntoma. La conciencia podrá luego develar el significado del síntoma. Se producirá así la irrupción consciente de la temporalidad. La conciencia del proceso. Una ráfaga de temporalidad entrará por la ventana del círculo eterno y donde no había otro movimiento que el circular comenzará a tener vigencia el tiempo lineal.
Si la, conciencia, en primera instancia, es dolor, en la situación terapéutica ese dolor se transforma en palabra. Nacen los significados y con ellos se modifica el sentido de opresión de la experiencia de cambio. Su complejidad reviste ahora otra calidad porque se pasa a saber de qué se está hablando cuando se habla de crisis. El destino ulterior de toda crisis se halla íntimamente asociado al repertorio de recursos de que dispone el que la vive.
El verdadero cambio se asocia a la aceptación de los límites persónales. Esta aceptación sólo sobreviene con la ruptura del sentimiento de omnipotencia que es típico del simulador. De hecho, en la simulación se intenta insuflar al yo la dimensión de un paradigma. Transformarlo 'en un arquetipo. Ello sólo es posible cuando se exageran las posibilidades de homologación entre el sujeto y ese arquetipo.




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