La modorra del monstruo



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La modorra del monstruo

cosas de la vida en la universidad pública1

Marcelo Percia




de Santillán

Vi a Kosteki caer

ensangrentado

caí, como él,
muerto por la jauría

policial.
Ni muertos, ni vivos;

ahora nos vemos

en la memoria

del puente que

cortamos,

haciendo memoria

como hacíamos pan:
contra el olvido que

nos pide paso.
Leónidas Lamborghini.

Comiqueos en La risa canalla (o la moral del bufón).

¡Soy así, como me ves!
Lo naturalizado se presenta como inexorable, como aquello que no se puede modificar ni evitar, eso que vence voluntades y deseos. Lo naturalizado se postula como malestar razonable en un mundo conveniente.

La modernidad es la naturalización de la civilización occidental: naturaliza la racionalidad como medida de lo humano y lo humano como medida del mundo. La naturalización de lo real como realidad apacible o destemplada y la naturalización de la naturaleza como vida dócil o agresiva. La modernidad como dominio lógico de la inocencia y malicia de las cosas, la racionalidad como ejercicio metódico de la sugestión y la premonición. Uno de los problemas de la naturalización es que impone una idea de justicia: establece que, si algo es natural, es necesariamente justo.2



Aquí yace lo vivo.
Lo establecido es el testimonio kitsch de la civilización: un cuerpo que flota, un barco hundido, un tesoro olvidado, en el océano inabarcable. Lo establecido complace y conforma. El vigor de lo inanimado sosiega la inquietud de lo viviente.

Nadie te conoce como yo.
Los hábitos abrevian la vida. Controlan la proliferación de posibilidades, reducen el vertiginoso vivir a un repertorio de vicisitudes como las que puede tener un juego de cartas solitario. Los hábitos crean ilusión de dominio y seguridad. No se poseen hábitos: a los hábitos se pertenece. Suele entenderse un hábito como conducta que se repite o acción automática que se reproduce sola; Pierre Bourdieu utiliza el término habitus para acentuar el poder productor (y no sólo reproductor) de una conducta: el habitus es una máquina de producción de las condiciones necesarias para que algo no cambie ni pueda transformarse en otra cosa. El habitus no sólo es la disposición a percibir o pensar de cierta manera, sino la producción de condiciones en las que no es posible pensar de otra manera. El habitus sustrae su violencia presentándose como espontaneidad sin historia.

Tu fiel compañera.
La costumbre es una mínima costura humana en la inmensidad: gota que horada la piedra, anticipación casi perfecta, alarde de método, precisión, conquista de lo esperado. El capricho de la costumbre es su cumplimiento.
Olivero Girondo, en el Manifiesto de Martín Fierro de 1924, escribe que “el artista se refriega los ojos a cada instante para arrancar las telarañas que tejen de continuo: el hábito y la costumbre”. La idea vuelve a aparecer en Espantapájaros (1932): “La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita, saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de viajar, tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de metamorfosear una silla en trasatlántico”. Y continúa enseguida: “¡Pero es tal la fuerza de la costumbre!... Insensiblemente uno se habitúa a vivir entre cadáveres desmenuzados y entre vidrios rotos…”.
Girondo advierte que la constancia aburre y sosiega el ímpetu de las horas. Piensa que para salir del plácido cautiverio de la costumbre se necesita coraje, capacidad de juego, ánimo para transformar cada uno de esos cadáveres desmenuzados en un cuerpo vivo y cada uno de esos vidrios rotos en una lente.

En esta Casa de Altos estudios.
Telarañas (1975) es una obra de Eduardo Pavlovsky. El Padre sale del ropero, lo sigue el Pibe, saludan al público imaginario, arrecian aplausos, gritos, ovaciones, la Madre maneja la banda de sonido, los socios del Club Deportivo Lanús forman una gran familia, el Pibe lee un discurso que provoca algarabía, el público pide que hable el Padre: ceremonia fascista de una muchedumbre que truena, el Padre y el Pibe marchan con paso de ganso. Una ruleta: el Pibe hace de croupier, “¡Hagan juego, señores! ¡No va más!”, el Padre estudia claves para ganar. La Madre, el Padre y el Pibe en la mesa: la Madre da de comer al Pibe en la boca, ¡Cómo le gusta el puré al nene!, discuten el Padre y la Madre sobre si al Pibe le gusta el puré, el Padre opina que el Pibe está en la etapa del puré, se insultan, el Pibe vomita sobre la mesa. El Pibe se mira en el espejo: hace globos con pompas de jabón, juega al caballito montado sobre la espalda del Padre que se pone en cuatro patas. El Pibe vestido de croupier en la ruleta con el Padre, la Madre, mientras hace la limpieza, dice: “¡Jugale al 17 que es el cumpleaños de mamá!”, pelean por las apuestas. El Pibe se mira en el espejo: sueña con acertar un número, levantar cabeza, no laburar más, veranear como millonario, comprar un auto, lucir orgulloso ante envidiosos y muertos de hambre. La Madre vestida de prostituta arrastra al Pibe a la cama: “¿Es la primera vez? Vení. No te pongas nervioso... ¡Qué no vas a poder! ¡Mirá cómo estás! ¡Conmigo todos pueden!”, el Padre le grita ¡Maricón!, afirma que en la tribuna de Lanús se hacen los machos. Los tres almorzando: violentan la puerta dos tipos armados, interrogan al Pibe, “Decime el nombre de todos tus amigos. ¡Nombre y apellido de todos!”, el Padre niega la situación, confunde al Pibe con un hincha de Bánfield, lo agarra del cuello: “¡Así que viniste a provocar!”, comienzan a pegarle, el Padre saca una navaja, le hace un tajo, uno de los tipos lo frena: “¡Eh, pare! ¡Que después no queremos líos!”.Traen a la Madre: buscan una libreta con nombres, revisan el ropero, encuentran pelucas de mujer, se disfrazan, el Pibe se viste de croupier, los tipos se ponen a jugar, reciben el llamado de un superior, se van amenazando. Cumpleaños del pibe: fiesta, torta con velitas, animación, circo, el Pibe indiferente. La Madre de espaldas casi desnuda: el Pibe vestido de domador, la golpea con un látigo. La Madre con el álbum de fotos de la familia: el casamiento, la abuela, el nacimiento del nene, la primera comunión, sexto grado, la fiesta de fin de año. En la cancha: el Pibe grita el gol equivocado, vuelven. Una soga de regalo para el Pibe: trae instrucciones para hacer una horca, la prueban: “El cuerpo del Pibe se bambolea por todo el cuarto. Se oyen gemidos y convulsiones. En uno de los vaivenes rompe el espejo, que queda en forma de telarañas”.
Tiempos en los que el antro familiar era la máxima situación de aprendizaje, la hinchada de fútbol una universidad de machos y un colectivo doctrinario, la sexualidad el máximo examen de un hombre y ganar en la ruleta una fórmula de salvación de clase. Telarañas pone en escena la fascinación violenta del cautiverio: la crueldad de toda posesión, aún la más amorosa. No interesa decir que la familia es trampa y espacio de captura, trama amorosa que teme la soledad, sino que vivir (no impedir la vida) es una práctica de destejido, desprendimiento, desapego.

Mientras estás ahí tranquilo…
Súbita comprensión de que el porvenir humano nos concierne. Percepción apabullada del sufrimiento social: empatía con los débiles y lastimados. La división social entre poseedores y desposeídos es una discordia que (hasta ahora) ningún ideal de justicia ha logrado resolver. La lucha de clases sueña con una sociedad sin oprimidos: la revolución social de todos los explotados que termina con las injustificadas divisiones humanas. La universidad, a veces, despierta en medio de esa pesadilla opresiva.
A propósito de la lucha de clases, Benjamin subraya que “es una lucha por las cosas ásperas y materiales sin las que no existen las finas y espirituales”.3 Entre nosotros, una contienda contra la grosería insuave de las jerarquías, evaluaciones, rentas, informes, para abrir paso al sutil aliento de lo colectivo que conversa, discute, escribe en las aulas. Entre las cosas ásperas y materiales y las finas y espirituales se advierte la cicatriz del poder. Foucault recuerda que no se lucha para alcanzar la justicia sino el poder. La figura que se adueña de los cuerpos universitarios es la del poder que califica, selecciona, autoriza y desaprueba; la lucha en la clase propicia, cada tanto, que la potencia de pensar con otros ocupe el lugar de sujeto en la universidad.

¡Abran paso…!
Toda muerte deja un puente cortado. En la lógica de una universidad pública cada vez que un joven muere en una calle se recuerda que tenía derecho a estar sentado en un aula, pero si esos jóvenes son asesinados por pelear por una causa justa, entonces la universidad siente impotencia y vergüenza en sus aulas.

Pensá en tu futuro.
Nicolás Casullo observaba “el minúsculo interés individual disfrazado de mis derechos y obligaciones”. Advertía una universidad rendida al mercado de las prácticas profesionales (sus ofertas y demandas temáticas) y otra en estado de alerta ante las luchas y padecimientos sociales.

Seguiré insistiendo aún cuando no estés.
La coacción de las costumbres académicas (la fuerza que obliga a repetirnos) nunca es evidente. Repetición como pertinaz memoria de lo que resiste al olvido. Repetición como desvarío de la diferencia que alucina la eterna quietud de lo mismo. Repetición como reiterada sujeción a un cautiverio. Repetición como figura que nos goza. Repetición que desborda toda representación. Repetición como tedio. Reverencia complaciente con el amo. Es tan fácil pensar una tontería, que conviene confiar ese riesgo a otro. El profesor se repite acostumbrado a que nadie le preste atención, el alumno repite por lo mismo. La figura que ocupa el lugar de sujeto es la repetición como automatismo de cuerpos adormecidos.

Estoy cuando no me llaman, me llaman cuando no estoy.
El deseo es un vidente ciego: ve no lo ausente, sino lo todavía no existente. Vive extraviado no entre objetos sino entre potencias. Deseo: inclinación del cuerpo hacia el pecado o la transgresión moral, apelativo freudiano de la libertad individual, anzuelo del capitalismo para que muerdan las potencias humanas, ímpetu que no cabe en un solo cuerpo. Se puede motivar, interesar, sorprender, dar ganas; pero no se puede dominar el deseo. En El Banquete se dice que el saber busca el sabor y la embriaguez de los cuerpos. Pretencioso y desmesurado convocar al deseo en la universidad, tal vez se trata de algo todavía menos modesto: llamar a estar presente.

Respondo con una mano en alto.
La clase masiva de alumnas y alumnos que cumplen con un requisito obligatorio no constituye un grupo numeroso, sino una audiencia cautiva. No es seguro que los que están en una clase estén presentes: estar presentes como darse a la presencia, a la proximidad del pensar, al estar en común; darse la oportunidad de pasar del estar ahí al estar ¡ay!, pasaje del adverbio de lugar a la interjección de la afectación, suspiro de lo que adviene. Hacerse presente no para cumplir con una convención o normativa. La presencia como precipitación, como desprendimiento húmedo y lluvioso. Hacerse presente como acontecimiento del estar en lo que se está.4 Dar el presente (o dar mi presente), dar mi tiempo ahora, mi vida aquí. Darse como demora en el instante. No se tiene el presente que se da, se lo da sin tenerlo: se da la disposición. No se trata de presenciar (se dice que un aula es un espacio presencial) ni de dejar constancia de que se estuvo ni de asentar una firma en una hoja de papel: la asistencia como dato numérico. El amor y la amistad tienen en común con el pensar en grupo, la complicidad: en la complicidad se tiene presente al otro, se cuenta no con lo que ha hecho, sino con lo que podría hacer, se tiene presente su posibilidad.

¡Soy lo que deseas!
Libre es quien habita el instante: ese momento preciso en el que la vida acontece sin más. Libre es quien no teme a la muerte ni al hambre, el que no vive cautivo de un amor, el que reside sereno en el tiempo que le toca, el que vive exceptuado de demandas y necesidades, el que se escabulle en el silencio y la soledad. No importa saber si uno tiene autoridad, autonomía y dominio sobre lo que quiere. La de la libertad es una construcción sofisticada para la dominación social de las potencias humanas. En Emilio o de la Educación (1762), escribe Rousseau: “No existe sujeción más perfecta que aquella que conserva la apariencia de libertad; de esa manera cautiva a la misma voluntad”.

¿Cómo sé que no me vas a lastimar?
El barbijo, como toda máscara, es una muralla que rodea un vacío. En una cátedra los docentes toman exámenes con barbijos para exacerbar lo naturalizado. Barbijos no como ocurrencia, técnica o actividad entretenida, sino como golpe conceptual, puesta en escena de una idea dolida: el miedo al otro como condición de época (protección que cubre la boca y la nariz para evitar contagios). El contagio como degeneración del contacto. Barbijos que recuerdan que un examen es una circunstancia de evitación de lo otro extraño, desconocido, ignorado. Dos figuras que ocupan el lugar de sujeto en esa situación son la contaminación y el daño. El estar juntos o el ser en común (communitas) puede infectar y perjudicar. La proximidad es peligrosa, el prójimo una amenaza. La situación de examen se presenta como acechanza intensificada: el temor a no aprobar se agrava con la posible malicia del docente. No conviene pensar el mal como inclinación personal a gozar de la fragilidad ajena, sino como crueldad institucional que necesita arrinconar a alumnas y alumnos en la posición de debilidad: uno de los modos que el poder emplea para garantizarse seguridad y fortaleza académica. Los barbijos dicen: “¡Temo el contacto!”, “¡Me protejo de un infectado como vos!”.5

No quiero ver a nadie.
Masa y poder de Elías Canetti (1960) comienza así: “Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido. Desea saber quién es el que lo agarra; le quiere reconocer o, al menos, poder clasificar. El hombre siempre elude el contacto con lo extraño. De noche o a oscuras, el terror ante el contacto inesperado puede llegar a convertirse en pánico. (…) Todas las distancias que el hombre ha creado a su alrededor han surgido de ese temor a ser tocado. Uno se encierra en casas a las que nadie debe entrar y sólo dentro de ellas se siente medianamente seguro. (…) Esta aversión al contacto no nos abandona tampoco cuando nos mezclamos entre la gente. La manera de movernos en la calle, entre muchos hombres, en restaurantes, en ferrocarriles y autobuses, está dictada por ese temor. (…) La rapidez con la que nos disculpamos cuando entramos involuntariamente en contacto con alguien, la ansiedad con que se esperan esas disculpas, la reacción violenta… (…) todo este nudo de reacciones psíquicas en torno a ser tocado por lo extraño en su extrema inestabilidad e irritabilidad demuestra que se trata de algo muy profundo que nos mantiene en guardia y nos hace susceptibles de un proceso que jamás abandona al hombre una vez que ha establecido los límites de su persona”. Canetti sostiene que la situación de masa, en ocasiones, cura el miedo al contacto: cuando se pertenece a una muchedumbre el temor se transforma en deseo. La mediocridad es la tibia sensación de esconderse en la mayoría.

¡De aquí no me muevo!
Expedición y muralla son sueños de la civilización moderna: penetrar lo desconocido e impedir la invasión de lo extraño. La expedición como viaje, anhelo de lejanía, curiosidad, atracción de lo inaccesible, incertidumbre sobre si se podrá volver; la muralla como cierre de lo abierto, defensa contra el tiempo, resguardo en un continente. Reiteración y desvío se necesitan: la reiteración colecciona y fija las cosas, el desvío se desprende; la reiteración tiende a lo inmóvil, el desvío a la inquietud. La reiteración aferra más acá, el desvío suelta más allá.6

Conmigo no te va a pasar nada.
Se solicita, en un examen final que cada uno se ponga un barbijo: diez desconocidos con esas máscaras parecen pájaros raros o aves de rapiña. Los barbijos crean ilusión de inmunidad. Se tapa la cara el que tiene miedo, el que desconfía, el que se esconde. Los barbijos recuerdan que las situaciones de grupo siempre navegan entre los vientos suaves y tempestuosos de la exposición. Estar expuestos como decisión de salir de sí y como vivencia no querida de desamparo. La fantasía de inmunidad dice: “A mí no me va a tocar”. Sólo un dios, en su absoluta soledad, tiene el privilegio de la inmunidad.

La universidad soy yo.
La solemnidad es una falsa inmunidad, una retórica de la elevación, un ademán de clase superior: tener clase como distinción. La solemnidad como pompa de los elegidos; excelencia como superior calidad. La gravedad del claustro universitario conserva reglas de la vida en un convento. La solemnidad en los exámenes es una mueca del poder. La majestuosidad derrama admiradores. La solemnidad es la contractura de la razón; la jerarquía, su burocracia inútil.

¡Mirá cómo tiemblo!
Los barbijos dan risa. Risa no sólo como espontaneidad de los cuerpos que se distienden, risa como hendidura por la que asoman ideas sin clasificar.7 Si el poder define un puesto para cada cosa, la risa no hace caso de lo impuesto, suspende su obligatoriedad. La risa ríe del que se cree igual a sí mismo. La risa ríe de la ridícula artificialidad de lo naturalizado. Como los tomates al natural que dan risa en las góndolas de los supermercados. Ironía que, en tiempos del arte pop, puso a la vista Warhol con sus latas de sopas Campbell, bananas y coca colas. La naturalización es la teatralización colectiva de un mundo natural. La risa como convulsión que desacomoda, como cuerpo que estalla, contagia y se expande más allá de los límites que lo constriñen. La risa como pensamiento de la inadecuación, como alma activa. La risa como soberanía (Bataille). La risa como venganza de los sometidos. La risa porque sí: por el deseo de reír. La risa de la risa, la risa desprendida de cualquier objeto, la risa liberada de la crueldad y de la trampa que ríe de otro, la risa suelta de todo significado, la risa como espasmo de lo neutro. La risa como declinación de sí, como carcajada macedoniana ante la arrogancia de la identidad y sus lógicas autosuficientes. Macedonio Fernández como la risa del pensamiento: “Un botón, en seguida de extraviado, debéis pesquisarlo primero bajo la cama y solo más tarde sobre el ropero, pues emplea tiempo en esta ascensión”. La risa como forma de lucha en Nietzsche: “No con la cólera, sino con la risa se mata. ¡Adelante, matemos el espíritu de la pesadez!”. La seriedad como sirviente de la jerarquía académica. Toda cátedra guarda en su memoria el ideal de la elevación. La risa no puede disimular sus efectos igualadores.8 Se dice morir de risa o nos matamos de la risa: la risa hace hasta de la muerte un final alegre. Se dice: “Se ríen como locos”: he visto locos que se ríen nerviosos, desconfiados, por compromiso. La risa contagiosa de los velorios.

¡No quiero lo mismo que tienen todos!
Lo público pone en cuestión la idea de excepcionalidad. La excelencia académica es una contraseña de elites. La universidad popular es sospechosa de escuela técnica o de taller de oficios. El prestigio dice: “¡Soy universitario!”. La idea de lo natural conserva el realce de lo puro, auténtico, sano. El privilegio de probar el mundo tal como era antes de la historia humana. La arrogancia de ser único.

No pertenezco a nadie.
No se trata de ser especial, sino de ser uno más en la espléndida soledad de la risa. Reírse de sí como fuga de una identidad que nos goza. ¡Creérsela!, pero creer en la potencia, no en la imagen de sí. Creer en la potencia impersonal, no en la máscara incrustada en el vacío. Intensidades aladas atraviesan desiertos sin dejar marcas.

Una sola mirada me alcanzaría para pulverizarte.
La elevación espera plegarias y alabanzas. Una cátedra parece una iglesia, un ejército, una monarquía. Tres fantasmas que -según Bion (1961) advirtió entre los ingleses de la postguerra- sirven para defender a los colectivos desencantados de no saber qué responder a la eterna pregunta de la esfinge Tebana: ¿Quién vive este único día?

¡Todo el poder a los soviets!
¿Cómo imaginar otros exámenes? ¿Conservamos esa expresión que alude a la indagación o prueba que verifica el aprovechamiento de los estudios? No se trata de emplear eufemismos: coloquios, conversaciones entre iguales, cierres pedagógicos, partidas conceptuales, citas de ideas, encuentros de rendidores, maratón de repeticiones, defensores de más de cuatro. El eufemismo es una cobardía de la palabra que envía a otra en su lugar, para evitar las consecuencias funestas de su presencia. La pregunta es siempre la misma ¿cómo llevar lo existente más allá de sus límites actuales? Imaginar es abismarse en la posibilidad. ¿Cómo propiciar en una evaluación universitaria espacios que celebren el pensar con otros? Un examen puede ser una reunión de náufragos que colaboran para salvarse o que compiten cada uno por su cuenta para vivir más que el otro y puede ser un encuentro entre varios que atienden ideas que no pertenecen a nadie. Puede ser alegría colectiva y pesadumbre de muchos que esperan su turno para destacarse o que no se note lo que no saben. Puede propiciar bandas paranoicas con rivalidades exacerbadas y puede ser ocasión de amistosos tumultos de ideas.
El único que se ríe de tus chistes.
La paradoja de una cátedra es que no se concibe como encuentro entre amigos y, a la vez, sólo se puede sostener en la amistad del pensar en común. Deleuze (1988) distingue amistad de fidelidad. La fidelidad exige el cumplimiento de un pacto, mientras la amistad se da sin condición de reciprocidad; la fidelidad impone una obligación, la amistad difunde un ánimo de cercanía. Dice que uno se hace amigo de alguien “cuando puede entenderse sin tener que explicarse”. La amistad no se rige por la correspondencia ni la justicia: porque la correspondencia tiene su lado igualitario como un lado calculador y especulativo y porque la justicia necesita tramarse también con quienes no son nuestros amigos. Tampoco Deleuze apela a la amistad del narcisismo, de la empatía, la solidaridad. El narcisismo dice: me amarás como me amo yo mismo o te amaré como me amo a mí, no nos vencerá la pluralidad; la empatía dice: si no sentís lo mismo que yo, trataré de sentir como vos: no nos vencerá la distancia. La solidaridad dice: nos salvamos todos o no se salva nadie, no nos vencerá el individualismo. La amistad no dice nada, su proximidad no reside en el narcisismo, la empatía, la solidaridad; sino en el encanto de la locura del otro. Una prueba podría ser que a los amigos se los acepta como son, no se los intenta cambiar como a los padres, las parejas, los hijos. Si la explicación es la justificación del poder en las aulas (y la última diplomacia de los amantes), Deleuze aprecia el entendimiento sin explicación en la amistad, dice: “…hay frases insignificantes, gestos que tienen tal encanto, tal delicadeza, que en el momento se exclama ‘es uno de los míos’ sin ningún sentido de propiedad”. Entre amigos, cada uno celebra hasta la más mínima potencia en el otro. La cuestión de la amistad lleva a la filosofía: Deleuze recuerda que un filósofo es un “amigo de la sabiduría”.
Sólo el elegido tiene la llave.
Deleuze, en Lógica del sentido (1969), a propósito de las ideas de Platón, distingue entre amigo de la filosofía y pretendiente de la filosofía, escribe: “En El Político se ofrece una primera definición: el político es el pastor de los hombres. Pero surgen todo tipo de rivales, el médico, el comerciante, el labrador, que dicen: ‘El pastor de los hombres soy yo’. En Fedro se trata de definir el delirio y, de manera más precisa, de distinguir el delirio bien fundado o el verdadero amor. También ahí surgen muchos pretendientes que dicen: ‘El inspirado, el amante, soy yo’. La finalidad de la división no es, pues, en modo alguno, dividir un género en especies, sino, más profundamente, seleccionar linajes: distinguir pretendientes, distinguir lo puro y lo impuro, lo auténtico y lo inauténtico. De ahí la metáfora constante que coteja la división con la prueba del oro. El platonismo es la Odisea filosófica; la dialéctica platónica no es una dialéctica de la contradicción ni de la contrariedad, sino una dialéctica de la rivalidad (amphisbetesis), una dialéctica de los rivales o de los pretendientes: la esencia de la división no aparece a lo ancho, en la determinación de las especies de un género, sino en profundidad, en la selección del linaje. Seleccionar las pretensiones, distinguir el verdadero pretendiente de los falsos”.9
El amigo del saber no es el que más sabe, el que más títulos tiene, el que más publicaciones autorizadas exhibe, el que más se sacrifica, el más reconocido por la sociedad o el más querido por colegas y estudiantes. La amistad no se mide en cantidad ni se decide por el adverbio de la superioridad. El amigo del saber disfruta leyendo, conversando, escribiendo, sin esperar nada ni pretender explicar ese encanto loco que siente pensando con otros. Supongamos que todos quieren ser psicoanalistas: ¿cómo saber qué aspirante es mejor? ¿Será quien más se acerca a la idea de psicoanálisis? ¿Y esa idea quién la representa? ¿Una escuela, una cátedra, una iglesia, un partido?10 Los concursos académicos evalúan pretendientes, los exámenes seleccionan aspirantes. Si la figura del pretendiente implica rivalidad (¿cuál de todos conquista, gana o merece más los favores del saber), en la figura de la amistad se juega el pensar sin linajes y distinciones de dominio11. El pretendiente, como el enamorado, quiere conquistar a su pretendida: ganársela como si fuera un botín. La amistad no acontece como ganancia de algo, se mueve en proximidad con el encanto: magia que potencia. La práctica de la amistad casi no es posible en la universidad, tampoco ganarse un lugar sólo con el encanto.
El veredicto es…
El tribunal de la tevé en el programa de los sueños escenifica la comedia de la justicia, los concursos académicos, las evaluaciones universitarias. Ridiculiza a la razón que elige un ganador. La elección del mejor como procedimiento argumental caprichoso apadrinado por famosos. La épica del pretendiente que roba, rescata, conquista o se hace merecedor de la distinción, queda reducida a un conjunto de simpatías de las que resultan que el mejor es quién más admira o se parece a los miembros del jurado. Si la idea de pretendiente conserva algo del pudor y el secreto del amor cortés, la del tribunal difunde las figuras paranoicas del sospechoso, el acusado, el perdedor, el excluido, el perdonado, el adulador, el premiado.12

Quedar bien no cuesta nada.
Actitudes individuales de mirar a los ojos, preguntar el nombre o interesarse por las circunstancias de aprendizaje de alumnas y alumnos son posiciones amables. La amabilidad es un afecto conveniente, pero puede (también) ser una actitud dulce y complaciente con lo establecido. No se trata de poner en escena un tratame bien en los exámenes: el lado humano del docente sensible. Una erótica pedagógica lavada que, por recato, transforma las pasiones relatadas entre Alcibíades y Sócrates en cordialidades técnicas.
Te voy a decir cómo es la cosa.
La explicación sirve para partir hacia lo inexplicable. Lo inexplicable como coartada del que no se molesta en abismarse en lo que ignora y lo inexplicable como movimiento incesante del saber. No se va del no saber al saber, sino del saber hacia el no saber. Jacques Ranciere (1987) a partir de la aventura del pedagogo francés Joseph Jacotot, critica los principios de la mayéutica socrática, a la vez que denuncia la explicación pedagógica como construcción de una relación de sometimiento:“la lógica explicativa es una lógica social, una forma en la cual el orden no igualitario se representa y se reproduce”. El maestro ignorante ha quedado desplazado por el maestro arrogante: la tevé muestra cómo actuar y pensar. El maestro arrogante es un conductor famoso que exhibe su persona como prueba de éxito. El maestro arrogante es el sentido común que enseña cómo se debe ser: igual que el modelo o no existir. Así, una cátedra no es un espacio crítico, sino prescriptivo: no interroga eso que nos piensa, instruye qué conviene que nos piense.

¿Quién te creíste que sos?
Luce patético hacer de pastor en la facultad: recitar salmos y letanías que sobreactúan la pasión. Todos saben que la vida no es fácil, no tienes que enseñarle nada a nadie. No te enojes con los que (no) se ponen de rodillas, no les grites a los indiferentes, como diría Leonard Cohen: “Di lo que sabes, lo que te parece importante y hazte a un lado”.

Sólo para los amigos.
Uno de los sentidos dormidos en la palabra estudiar (además de las vigilias del aprender, comprender, observar, trabajar, ejercitar con esfuerzo) es dedicarse, que alude a consagrarse a algo o a alguien y, también, a obsequiarse: la posibilidad de darse para otros y para sí. No es lo mismo dedicarse a estudiar que dedicarse el estudiar.

¡Andá a reclamarle a Magoya!
La figura del poder, que goza luciendo jerarquías y ostentando dogmas, a veces presenta el añadido de la impunidad. Impunidad que significa ausencia de un tercero a quien apelar: el evaluado queda al arbitrio del evaluador. La arbitrariedad, sin embargo, no es un defecto personal de los que hacen mal uso del poder, sino una condición de la situación. El examen en grupo, podría favorecer un ejercicio de la autoridad mediado por testigos (tanto otros docentes como diferentes alumnas y alumnos) que actuarían como terceros impugnadores de cualquier relación de encierro entre evaluadores y evaluados. Podría solicitarse (incluso) la participación de veedores no afectados por la circunstancia de ser ellos mismos examinados13. El problema no es la autoridad sino la constitución de un absoluto sin la existencia de otro a quien apelar. Apelación no como auxilio que confía la cuestión a otro superior, sino como recurso que invoca la presencia de un testigo que pueda entrar y salir de la situación. Se trata de evitar lo que Fernando Ulloa (1995) piensa a propósito de la tortura y las psicosis, como encerrona en la que alguien vive en el terror de estar a merced de un Amo. El abuso no es una eventualidad, sino producción ineludible de una institución jerárquica.

Hay tres maneras de hacer las cosas: bien, mal y como yo las hago”.14


A veces la mafia habla con más claridad y precisión a como lo hacen los poderes académicos: la mafia dice “sólo son negocios” o “no hay nada personal”, lo poderes académicos aseguran que se guían por respeto al saber, a la excelencia y la lealtad con las ideas.

Les das la mano y se toman el codo.
La docencia no se lleva bien con la amistad. La docencia enseña, persuade, instruye, adoctrina, y luego controla la recepción de lo dado. La amistad piensa en voz alta lo que no entiende, habla de lo que se le escapa, su relato (agujereado e incompleto) invita al otro a transitar lagunas, vacíos, ausencias. La amistad no evalúa al otro, disfruta de su complicidad. Las amistades en las aulas no son masivas, suceden como proximidades mínimas, secretas, a veces no son advertidas o se las confunde con excentricidades o rarezas pasajeras.

Soy los que todos piensan
Invocar a las alumnas y alumnos como fieles de una comunidad a la que asisten callados, dóciles y buenos, para nutrirse de conocimientos, forma parte de la moral pedagógica. Propuestas inspiradas en la obra de Paulo Freire intentaron recuperar las experiencias de los oprimidos como camino de acceso al conocimiento. Pensaban la educación como proceso de emancipación en el que cada cual aprendía a representar sus vivencias. Suponían que las comunidades, privadas del conocimiento por el capitalismo, poseían referencias de vida no contaminadas, que esperan palabras capaces de restituir su potencia activa. Sin embargo, en los tiempos de la saturación mediática, la vivencia no es vivencia ni la experiencia es el relato de esa vivencia. La espontaneidad es un conjunto de automatismos generados por el sentido común. El sentido común es el techo de la libertad. Discutir el sentido común supone cuestionar la naturalización de una época.


Sólo los mejores vendrán a mí.
¿Qué está ocurriendo en las universidades públicas, en los claustros de enseñanza que habitamos, en el mundo que cincela y ronronea en nuestras pesadillas pedagógicas? La evaluación ocupa el lugar del monstruo: vivimos sujetados por el terror de quedarnos afuera. La voz del amo que nos goza dice: “¡No hay lugar para todos! ¡Estamos decidiendo quién se queda!”. El rostro deformado que causa estupor social es el de la evaluación. La selección recuerda que sobreviven los más aptos. La premura y la urgencia de los exámenes son nerviosismos productores de sometimiento. ¿Cómo pasar de la nota al hacer notar el problema en el que estamos metidos? ¿Cómo practicar una sutil operación de sustracción: separarse de sí, deslizarse a hurtadillas fuera de lo establecido: huir, sin que nadie lo note, del encierro?

Te muestro mis logros.
Un fantasma aristocrático sobrevuela el cotidiano de la universidad pública a través de sus formas de selección, a veces desplazado por un lenguaje con resonancias empresariales: como el uso de la palabra staff para nombrar una reunión del estamento más alto al mando del titular. Otros términos que se difunden son: incentivos (estímulos económicos para premiar a los que investigan), referato (evaluación para la publicación de trabajos en revistas a través de un comité científico o cuerpo de revisores que actúan como referís o árbitros que cuidan la aplicación del reglamento como si se tratara de competencias deportivas), informes académicos (rendiciones de cuentas ante tribunales invisibles), categorizaciones (escalafón o escala de prestigio académico), concursos (oposición entre pretendientes ante un jurado que decide quién tiene más méritos), rankings (clasificaciones de mayor a menor que establecen quién vale más), interinos (designación de docentes no concursados que sirven por un tiempo sin tener derecho a la estabilidad laboral), ad honórem (trabajo de ayudantes que no reciben pago), bibliométricas (técnicas que cuantifican publicaciones y sus impactos a través de un índice de citación). Vocabulario de una universidad que piensa la racionalidad como economía de los procedimientos: la cátedra sin cultura ni política, el aula sin el bar, el artículo científico sin la belleza del ensayo, el formulario sin la astucia de la argumentación, el número de páginas y las veces que alguien es citado sin su apasionamiento, el sistema integral de gestión y evaluación sin los debates de la reforma del 18, sin la noche de los bastones largos, sin las luchas y padecimientos sociales. La modernización de la universidad como proyecto no intelectual.

Te amo sin que me pertenezcas.
Una cátedra se podría proponer (pero no puede) como una comunidad de lecturas. No se trata de instruir qué es lo que cada uno debe leer y cómo debe entenderlo. La expresión policía intelectual no es posible porque si algo todavía es lo intelectual es el deseo de pensar fuera de los encierros; pero cabe la expresión uniformidad académica porque la academia tiende a convertirse en una máquina de homogenización. Una comunidad de lecturas se previene contra el riesgo de consolidar un canon o un sentido común. Sabemos que es posible licenciarse dominando un repertorio de fórmulas.15 Una comunidad de lecturas se parece a una comunidad de amantes. Juan Carlos Onetti, en una conversación en la que Mario Vargas Llosa explicaba que para él escribir era una disciplina y una fidelidad que lo obligaba a trabajar una cantidad de horas diarias, respondió: “Mirá Mario, vos tenés una relación conyugal con la literatura, mientras yo tengo la relación de un amante”. Una cátedra parece condenada a tener una relación conyugal con las ideas. Conyugal no tanto porque la academia nos unce por el cuello, nos domina, nos obliga a obedecer o se convierte en carga que presiona; conyugal como deslizamiento hacia una administración que transforma la pasión en mera habilidad de convivencia. La propuesta de una comunidad de lecturas requiere la invención de espacios no cautivados por garantías posesivas. Los amantes saben que habrán de separarse: Onetti vive pendiente del momento en que la literatura lo abandone o en que él no pueda seguir escribiendo. Inminencia de la separación antes que consolidación de una unión.

Ni te molestes en salir de tu casa.
Rafael Argullol (2009) sugiere que la necesidad de muchos profesores de desertar de las universidades podría tener relación con “el desinterés intelectual de los estudiantes y la progresiva asfixia burocrática de la vida universitaria”. Describe el estado de abatimiento y desgaste de quienes ven perdidos los ideales de la ilustración universitaria. Relata el sentimiento de fracaso y ofuscación ante el desinterés reinante respecto del trabajo intelectual. Las aulas se transforman en audiencias y las alumnas y los alumnos en público.16 Tanto la idea de audiencia como la de público indican la consumación de una separación y la realización de un aislamiento. Asistimos a la escisión entre el saber y la vida, entre el pensamiento y su producción colectiva. Una imagen: asisten a clase, no abuchean ni reprueban lo que escuchan con insultos y groserías, no admiran ni adulan o aplauden, son un número obligado de desconcertados, aburridos, impávidos. Pero si los estudiantes viven dominados por las fórmulas, los profesores por los formularios. Fórmula y formulario dictan las normas de convivencia universitaria.17

Soy la marca, lo que queda.
Voces selectas dicen que alumnas y alumnos llegan a la universidad sin saber leer ni escribir. Las minorías rectoras confirman, así, su merecido lugar superior. Muchas lecturas admite la universidad. Lecturas rápidas, fáciles, sencillas, superficiales. Lecturas que llevan tiempo, que incomodan, que resisten la simplificación. Lecturas que convulsionan: “No es posible leer a Hamlet sin revolcarse en el suelo” (Lacan). Lecturas populares y masivas. Lecturas para pocos y especialistas. Lecturas trituradas como papilla. Lecturas que reconocen y disfrutan escrituras bellas y cuidadas. Lecturas urgidas en estado de peligro: “Frente a una lectura mecánica y sin inteligencia, una lectura con miedo” (Ezequiel Martínez Estrada). Lecturas complacientes que acatan y obedecen. Lecturas seguidoras de cada línea al pie de la letra. Lecturas pendientes de captar qué van a preguntar en el examen. Lecturas encantadas con lo que se les impone: “La gran obra del poder consiste en hacerse amar” (Pierre Legendre). Lecturas del docente que prohíbe, reprime, tacha, corrige. Lecturas cautivas de las normativas que permiten anticipar la fórmula del censor. Lecturas emancipadoras y precavidas que se resisten a lo que la autoridad impone como pensamiento correcto. Lecturas que se dejan llevar por pensamientos que las asaltan: “Lecturas que hacen que el lector levante la cabeza” (Barthes). Lecturas en las que todo está a la vista como evidencia de lo dicho. Lecturas que descifran secretos y se deleitan con suspensos. Lecturas que sospechan mentiras, trampas y engaños. Lecturas que hurgan claves ocultas. Lecturas entre líneas que reconstruye lo que el autor escondió con sutiles disfraces: “El arte del escritor perseguido consiste en decir su verdad entre líneas” (Leo Strauss)18. Lecturas atentas a los huecos, a lo que falta, al detalle insignificante, a lo que se dice sin decirse en lo que se dice. Lecturas freudianas que siguen la asociación libre para traspasar los cerrojos de la censura. Lecturas que hacen pensar en lo que nos pasa cuando leemos.

Los cambios no se avisan.
No se puede conducir un proceso formal de aprendizaje en un aula universitaria sin normas y sin autoridad. Los reglamentos, para usar palabras de Foucault, gozan con vigilar y castigar y se justifican alegando que están para hacer justicia. La obligación es prueba de existencia universitaria: si una lectura no se impone no cuenta, si una actividad no se fuerza no existe. Se suele llamar a las alumnas y los alumnos que cumplen las normas regulares y a los que no, libres. Incluso quedar libre es signo de catástrofe o marca de desamparo. No conviene confundir la trampa (como contravención disimulada de la norma) con la astucia. Mientras la trampa se propone sortear la regla sin cuestionarla, la astucia intenta evitar que la norma cuestionada anule la potencia de la disidencia. En ese sentido, la proposición “Sostener el semblante de autoridad, para habilitar la potencia del deseo”, se propone más del lado de la astucia que de la trampa. Es un modo de tratar que la norma no se vuelva más importante que la ocasión de pensar juntos.

Se hacen los mansos, pero si te descuidás te dan el zarpazo.
Recordemos que una reglamentación vigente es ley para todos. Se trata de sostener la regla, pero sin poner nuestra pasión en ella. Reservándonos la posibilidad de habilitar, con la norma, otros lugares de potencia. Así, mientras se pueda y las ganas nos lo permitan o hasta que tengamos fuerza suficiente para el cuestionamiento institucional y colectivo de reglas que no compartimos.19

No está dicha la última palabra.
Alguna vez la universidad tuvo un sentido libertario y emancipador. Libertario como voz de la disidencia pensada y de la crítica que desea desencadenar tormentas colectivas, antes que la reacción abúlica de un colgado al que no le interesa nada o le da lo mismo cualquier cosa. Libertario que no se define por tener libertad: a la libertad no se la tiene, acontece (si acontece) como instantánea conexión de lo vivo. Emancipación no es salir de la minoría de edad a través de la ilustración como pensaba Kant, sino probar ir más allá del límite de lo humano.

San Andrés de Giles.
No haría falta evaluar a las alumnas y alumnos en la universidad, alcanzaría con la confianza y la buena fe: cada estudiante cursaría una materia el tiempo que necesite para saber todo lo que precisa saber y terminaría al finalizar ese proceso apasionante. Así, con cada asignatura, hasta que un día el estudioso se presentaría para recibir su título habilitante. La objeción: la enseñanza no puede descansar en ingenuidades tales como la confianza o la buena fe: ¿cómo estar seguros de que no se trata de un estafador? Sin instituidos curriculares nadie sabría qué y cuánto necesita, sin obligaciones y controles nadie leería libros, trabajaría un concepto, escribiría ideas. Sin evaluaciones nunca se premiaría a los mejores, se llamaría la atención a los mediocres y se castigaría a los peores.

La vida no tiene dueños.
No es lo mismo esperar acatamiento que respeto. “Si querés aprobar, deciles lo que quieren oír”. Docilidad y complacencia con el evaluador son consejos de conveniencia. Acatar las órdenes de la autoridad o adivinar los deseos del poder son reflejos automatizados tras años de vida institucional. Obedecer y cumplir con los requerimientos de la autoridad son conductas imprescindibles para no quedar afuera del adentro social. El acatamiento puede ser ciego, servil, apático, hipócrita; se acata por miedo, por odio, por desinterés, por amor. En el territorio universitario (al igual que en los perímetros escolares) el conjunto de las normativas dominantes inclinan las relaciones del lado de la obediencia o de la desobediencia, de la aprobación o de la falta. El respeto, si no queda reducido a un gesto piadoso con los mayores o de cuidado ante la autoridad institucional, podría ser proximidad receptiva con lo que no se entiende. Respeto: hospitalidad con lo no conocido, deferencia con la diferencia, estima por lo extraño. El entusiasmo por las ideas, el deseo de pensar de otro modo, la fogosa inconformidad con lo existente, todo eso no pide acatamiento ni repetición, sino respeto. Como el derecho que tienen a vivir especies en peligro de extinción.

No te dejes estafar.
Cuando se solicita a alumnas y alumnos una evaluación sobre el curso que acaba de terminar, hay quienes responden como si aprobaran o rechazaran un espectáculo: “la cursada me gustó mucho”, “estuvo entretenida aunque a veces se me hizo larga”, “las clases fueron dinámicas y divertidas”. Como si se pusieran en posición de clientes ante una mercancía, juzgan una cátedra como lo harían con un producto que satisfizo o no las expectativas. La experiencia del consumidor infecta las relaciones intelectuales. El capitalismo difunde sus modos en todas partes. No es inverosímil el enunciado que declara la intención de comprar un título o a un profesor.

Estoy ahí, siempre estaré ahí.
La clase es una puesta en escena, pero no un espectáculo. El pensamiento, aún cuando urge dar respuesta a algo o se siente atenazado por rivalidades, puede respirar belleza. Belleza no como qué lindo momento me hiciste pasar, sino como atracción y encanto de lo extraño, de lo que no podemos poseer. Belleza como aspiración de lo inalcanzable. Las hermosas mujeres que bailan en la televisión no son esa belleza, son la espectacularidad de lo que se compra, se intercambia, se conquista como propiedad. Una belleza que no pertenece a nadie, de pronto señalada al vuelo, ese es el sentido que tiene un aula.

Llegan a la cita los que saben perderse.
Deleuze relata que ensayaba muchas veces cada clase: repetía las ideas en su cabeza para llegar al encuentro con los estudiantes impregnado de lo que se proponía pensar. No se preparaba para anticipar o prevenir lo que iba a pasar, sino para estar listo y disponible para unos pocos segundos de inspiración.

No hay mensaje.
Dos jóvenes muertos en el puente cortado.

Bibliografía.


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1 El escenario suele ser la facultad de psicología de la universidad de buenos aires, un espacio sospechado, a veces injustamente, de profesionalista porque muchos de sus docentes no viven sólo de su salario como profesores.


2 A propósito de la frase de Protágoras “Medida de todas las cosas es el hombre, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son”, Heidegger propone no leer el fragmento con las claves del pensamiento moderno: se podría pensar lo humano como límite, como borde y frontera que nos arroja y nos protege de lo ilimitado.


3 Benjamin, Tesis IV. Sobre el concepto de la historia.

4 Transformar la prueba óntica de la espacialidad del Dasein, ser ahí de Heidegger en un estar ¡ay! como grito ontológico de la afectación en un espacio colectivo.

5 Respecto de las intenciones malignas, es común que en la puerta del aula se inquiera al que acaba de rendir: “¿Qué te tomaron?” para obtener información sobre qué le preguntaron o cómo tuvo que someterse. También para verificar su estado tras la expugnación (qué le quitaron o quedó de su territorio, de sus defensas, fortalezas, fachadas, después del asalto del examinador). “¿Qué te tomaron?” indaga el que espera a que lo llamen para anticipar qué le puede pasar.


6 Deleuze y Guattari (1980) imaginan un espacio liso y otro estriado, uno para el devenir nómade y otro para el devenir sedentario.

7 La cultura universitaria puede definirse como máquina de clasificar. La clasificación es pariente cercana de la calificación. Un chiste: visita el zoológico de la ciudad para distinguir clases de animales. Anota: el mono se parece al hombre, la jirafa se parece al hombre, la cebra se parece al hombre, la tortuga se parece al hombre. Así hasta nombrar todas las especies. Conclusión: todas las criaturas raras guardan un parecido con los humanos. Foucault apoyándose en un texto de Borges supo decir que el pensamiento comienza cuando puede reírse de las clasificaciones.



8 La palabra latina cathedra deriva de un término griego que designa a una silla elevada que por extensión alude al asiento alto, plataforma superior o púlpito desde donde el maestro da lección o predica a sus discípulos.

9 La cuestión de la selección de los pretendientes aparece con la democracia ateniense (en sistemas dominados por una autoridad imperial no hay selección, el poder se elije a sí mismo y nadie atreve a pretender ese lugar).

10 Es conocida la ironía de Macedonio Fernández sobre el absurdo de la selección, decía que era más fácil ser presidente de la república que vender cigarrillos, porque muchos se proponen abrir cigarrerías, pero muy pocos ser presidentes.

11 Uno de los problemas reside en el armado de una cátedra a partir de un profesor titular, máxima posición de mérito, propiedad, herencia.

12 Deleuze (1988) recuerda que Kant instala la idea de “tribunal de la razón”: las facultades (el entendimiento, la imaginación, el conocimiento, la moral) son medidas por el principio de la razón que no se guía ni se deja condicionar por los oscuros designios de un dios, un rey, un emperador, sino por un sistema de juicios que llamaba “método crítico”.

13 Del mismo modo debería pensarse la necesidad de publicar todos los exámenes escritos.

14 Robert De Niro en Casino (1995) de Martín Scorsese.

15 Leen lo que hay que leer, dicen lo que hay que decir, escriben lo que hay que escribir, cuesta creer que el gusto de cada uno siempre coincida con lo que hay que leer, escribir, decir.

16 La idea de público aparece por primera vez en la obra de Tarde, en 1898 escribe en “Le public et la foule”: “La psicología de las masas ha sido establecida; ahora debe establecerse la psicología de los públicos, concebida en este nuevo sentido, como una colectividad puramente espiritual, como una diseminación de individuos físicamente separados cuya cohesión es meramente mental”.

17 Sufrimos el mal de los corredores, la maldición de Fangio, ese piloto que fue cinco veces campeón mundial de fórmula uno: la categoría reina del automovilismo, la de máxima velocidad de competición, la de vehículos para una persona sola; entre nosotros, fórmula uno remite a la unanimidad, a la habilidad para pilotear materias, a la rapidez para responder lo que se espera para alcanzar el éxito.


18 Leo Strauss (1952) recuerda que hasta el siglo XVIII muchos filósofos no expresaban sus ideas porque temían la muerte o el exilio (la sombra del destino de Sócrates); por eso escribían escondiendo lo que pensaban y dejando pistas diseminadas para futuros lectores. Strauss estudia el hermetismo como defensa en tres autores judíos: Maimónides, Iehudá Haleví y Spinoza. Una cosa es la escritura que se cierra para sortear el castigo y otra cosa es la escritura críptica como exclusividad y poder de una elite.

19 Escribe Handke (2000): “Nunca más he vuelto a encontrarme con hombres menos poseídos por lo que llevaban entre manos que aquellos catedráticos y profesores de Universidad; cualquier empleado de banco, sí, cualquiera, contando los billetes, unos billetes que además no eran suyos, cualquier obrero que estuviera asfaltando una calle, en el espacio caliente que había entre el sol, arriba, y el hervor del alquitrán, abajo, daban la impresión de estar más en lo que hacían. Parecían dignatarios rellenos de serrín a quienes ni la admiración (la que tiene el buen profesor por aquello que constituye el tema de sus explicaciones), ni el entusiasmo, ni el afecto, ni actitud interrogativa alguna, ni la veneración, ni la ira, ni la indignación, ni la conciencia de estar ignorando algo les hacía jamás temblar la voz, que más bien se limitaban a ir soltando una cantinela, a ir cumpliendo con distintos expedientes, a ir escandiendo frases -y no en el tono cavernoso de Homero, sino en el de alguien que está anticipando el examen-, todo lo más, de vez en cuando, con el contrapunto de un chiste sin gracia o de una alusión maliciosa dedicada a los introducidos en la materia”.






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