La Metodología Cualitativa: su razón de ser y función



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La Investigación Cualitativa

(Síntesis Conceptual)
Miguel Martínez Miguélez

La vida personal, social e institucional, en el mundo actual, se ha vuelto cada vez más compleja en todas sus dimensiones. Esta realidad ha hecho más difíciles los procesos metodológicos para conocerla en profundidad, conocimiento que necesitamos, sin alternativa posible, para lograr el progreso de la sociedad en que vivimos. De aquí, ha ido naciendo, en los últimos 25 ó 30 años, una gran diversidad de métodos, estrategias, procedimientos, técnicas e instrumentos, sobre todo en las Ciencias Humanas, para abordar y enfrentar esta compleja realidad. Estos procesos metodológicos se conocen hoy día con el nombre general de Metodologías Cualitativas, y han sido divulgados en un alto número de publicaciones, que van desde unos 400 libros hasta más de 3500 publicaciones parciales (capítulos de libros y artículos de revistas). Estas orientaciones metodológicas tratan de ser sensibles a la complejidad de las realidades de la vida moderna y, al mismo tiempo, estar dotadas de procedimientos rigurosos, sistemáticos y críticos, es decir, poseer una alta respetabilidad científica.
1. Fundamentación Epistemológica

El gran físico Erwin Schrödinger, Premio Nobel por su descu­brimiento de la ecua­ción fundamental de la mecánica cuántica (base de la física moderna), considera que la ciencia actual nos ha conducido por un callejón sin salida y que la actitud científica ha de ser recons­truida, que la ciencia ha de reha­cerse de nuevo (1967)

El modelo de ciencia que se originó después del Rena­cimiento sirvió de base para el avance científico y tecno­lógi­co de los siglos posteriores. Sin embar­go, la explosión de los conocimientos, de las disciplinas, de las especiali­dades y de los enfoques que se ha dado en el siglo xx y la reflexión epistemológica encuentran ese modelo tradicional de ciencia no sólo insuficiente, sino, sobre todo, inhibi­dor de lo que podría ser un verdadero progreso, tanto particular como integrado, de las diferentes áreas del saber.

El problema principal que enfrenta actualmente la investigación en las ciencias sociales, y en general las ciencias humanas, y su metodología, tiene un fondo esencialmente epistemológico, pues gira en torno al concepto de “conocimiento” y de “ciencia” y la respetabilidad científica de sus productos: el conocimiento de la verdad y de las leyes de la naturaleza. De aquí, la aparición, sobre todo en la segunda parte del siglo xx, de las corrientes postmodernistas, las postestructuralistas, el construccionismo, el desconstruccionismo, la teoría crítica, el análisis del discurso, la desmetaforización del discurso y, en general, los planteamientos que formula la teoría del conocimiento.

Por ello, nuestro objetivo fundamental aquí será clarificar e ilustrar que el problema reside en el concepto restrictivo de “cientificidad” adoptado, especialmente en las ciencias humanas, que mutila la legitimidad y derecho a existir de una gran riqueza de la dotación más típicamente humana, como los procesos que se asientan en el uso de la libertad y de la creatividad. Esta gran riqueza de dotación exige en el investigador, por un lado, una gran sensibilidad en cuanto al uso de métodos, técnicas, estrategias y procedimientos para poder captarla, y, por el otro, un gran rigor, sistematicidad y criticidad, como criterios básicos de la cientificidad requerida por los niveles académicos.

Este espacio lo han ido tratando de ocupar, a lo largo de la segunda parte del siglo xx, las metodologías cualitativas (cada una en su propio campo y con su especificidad) para lograr conocimientos defendibles epistemológica y metodológicamente ante la comunidad científica internacional.

En el ámbito de la experiencia total humana, existe una “experiencia de verdad” (Gadamer, 1984), una vivencia con certeza inmediata, como la experiencia de la filosofía, del arte y de la misma historia, que son formas de experiencia en las que se expresa una verdad que no puede ser verificada con los medios de que dispone la metodología científica tradicional. En efecto, esta metodología usa, sobre todo, lo que Eccles (1985) llama el etiquetado verbal, propio del hemisferio izquierdo, mientras que la experiencia total requiere el uso de procesos gestálticos y estereognósicos, propios del hemisferio derecho.

Según la Neurociencia actual, nuestro sistema cognoscitivo y el afectivo no son dos sistemas totalmente separados, sino que forman un solo sistema, la estructura cognitivo-emotiva; por ello, es muy comprensible que se unan lo lógico y lo estético para darnos una vivencia total de la realidad experienciada. Esto, naturalmente, no desmiente el hecho de que predomine una vez uno y otra el otro, como constatamos en la vida y comportamiento cotidiano de las personas.

La fundamentación y posible salida exitosa de este problema nos la señala el mismo Aristóteles (1973) en su obra máxima, la Metafísica, donde nos advierte que “el ser no se da nunca a nadie en su totalidad, sino sólo según ciertos aspectos y categorías” (Metaf., libro iv). En efecto, toda realidad, y más las realidades humanas, son poliédricas (tienen muchas caras) y sólo captamos, en un momento dado, algunas de ellas. El inculto tiene una captación muy pobre; la persona culta una mucho más diversificada.

El problema radical que nos ocupa aquí reside en el hecho de que nuestro aparato conceptual clásico –que creemos riguroso, por su objetividad, determinismo, lógica formal y verificación– resulta corto, insuficiente e inadecuado para simbolizar o modelar realidades que se nos han ido imponiendo, sobre todo a lo largo del siglo xx, ya sea en el mundo subatómico de la física, como en el de las ciencias de la vida y en las ciencias humanas. Para representarlas adecuadamente necesitamos conceptos muy distintos a los actuales y mucho más interrelacionados, capaces de darnos explicaciones globales y unificadas.

Esta nueva sensibilidad se revela también, a su manera, como ya señalamos, en diferentes orientaciones del pensamiento actual, como la teoría crítica, la condición postmoderna, la postestructuralista y la desconstruccionista, o la tendencia a la desmetaforización del discurso, a un uso mayor y más frecuente de la hermenéutica y de la dialéctica, e igualmente en varias orientaciones metodológicas, como las metodologías cualitativas, la etnometodología, el interaccionismo simbólico, la teoría de las representaciones sociales, el pensamiento sociocéntrico, etc., y vendría a significar el estado de la cultura después de las transfor­maciones que han afectado a las reglas del juego de la cien­cia, de la literatura y de las artes que han imperado durante la llamada “modernidad”, es decir, durante los tres últimos siglos.

Los autores de estos movimientos difieren en muchos aspectos, pero tienen también muchas cosas en común, como su ruptura con la jerarquía de los conoci­mientos y de los valores tradicionales, su bajo aprecio por lo que contribuye a la formación de un sentido universal, su desvalorización de lo que constituye un modelo, y su valoración, en cambio, del racionalismo crítico, de las diferentes lógicas, de la “verdad local”, de lo fragmentario, y su énfasis en la subjeti­vidad y en la experiencia estética.

En fin de cuentas, eso es lo que somos también cada uno de noso­tros mismos: un “todo físico-químico-biológi­co-psico­lógico-social-cultural-espiritual” que funcio­na maravillo­samente y que constituye nuestra vida y nuestro ser. Por es­to, el ser huma­no es la estructura dinámica o sis­tema integrado más complejo de todo cuanto existe en el uni­verso. Y cualquier área que nosotros cultivemos debiera tener en cuenta y ser respaldada por un paradigma que las integre a todas.

Estamos poco habituados todavía al pensamiento “sisté­mi­co-ecológico”. El pensar con esta categoría básica, cambia en gran me­dida nuestra apreciación y conceptualiza­ción de la realidad. Nuestra mente no sigue sólo una vía causal, lineal, unidi­reccional, sino, tam­bién, y, a veces, sobre todo, un enfoque modular, estructural, dialéctico, gestáltico, interdisci­plinario y estereognósico, donde todo afecta e inte­r­actúa con todo, donde cada elemento no sólo se de­fine por lo que es o repre­sen­ta en sí mismo, sino, y especialmen­te, por su red de re­la­ciones con todos los de­más.

La naturaleza es un todo polisistémico que se rebela cuando es reducido a sus elemen­tos. Y se rebela, precisamen­te, porque, así, reducido, pierde las cualidades emergentes del “todo” y la acción de éstas sobre cada una de las partes.

Este “todo polisistémico”, que consti­tuye la naturaleza global, nos obliga, incluso, a dar un paso más en esta direc­ción. Nos obliga a adoptar una metodo­logía inter y transdisciplinaria para poder captar la riqueza de la interacción entre los dife­rentes subsiste­mas que estudian las disciplinas particu­lares. No se trata simple­mente de sumar varias disciplinas, agru­pando sus esfuerzos para la solu­ción de un determinado problema, es decir, no se trata de usar una cierta multidis­ci­plinarie­dad, como se hace frecuente­mente. La inter y transdisci­plina­riedad exige respetar la interacción entre los objetos de estu­dio de las diferentes disciplinas y lograr la integra­ción de sus aportes respectivos en un todo coherente y lógico. Esto im­plica, para cada disciplina, la revisión, reformula­ción y redefi­nición de sus propias estructuras lógicas individua­les, ya que esas conclusio­nes particulares ni siquiera serían “verdad” en sentido pleno. Ejemplos de ello los tenemos a diario en todas las disciplinas, pero, quizá, una de las que más nos afecta personalmente es nuestra medicina actual, que, siendo básicamente biológica, ignora la etiología no-biológica de muchas enfermedades y su correspondiente terapéutica, igualmente no-biológica.

Pero, podríamos, incluso, ir más allá y afirmar que la mente humana, en su actividad normal y cotidiana, sigue las líneas matrices de este nuevo paradigma. En efecto, en toda elección, la mente estudia, analiza, compara, evalúa y pondera los pro y los contra, las ventajas y desventajas de cada opción o alternativa, y su decisión es tanto más sabia cuantos más hayan sido los ángulos y perspectivas bajo los cuales haya sido analizado el problema en cuestión. Por consiguiente, la investigación científica con el nuevo paradigma consistiría, básicamente, en llevar este proceso natural a un mayor nivel de rigurosidad, de sistematicidad y de criticidad. Esto es precisamente lo que tratan de hacer las metodologías que adoptan un enfoque hermenéutico, fenomenológico, etnográfico, etc., es decir, un enfoque cualitativo que es, en su esencia, estructural-sistémico.

El ser humano es superior a los animales, no por la riqueza de su información sensorial, ya que la mayoría de los animales po­seen una agudeza visual, auditiva, olfativa, etc. muy superior a la del hombre, sino por su capacidad de relacionar, inter­pre­tar y teorizar con esa información.

Bajo el punto de vista instrumental, existen hoy día más de 60 programas de computación para trabajar con “datos” cualitativos. Los más utilizados son el Atlas.ti, el Ethnograph y el Nud*ist; precisamente, el manejo del primero (de la Universidad de Berlín) ha constituido el objeto completo de estudio de varios de nuestros talleres a nivel de Postgrado. El Atlas.ti es precisamente el más indicado para llevar a cabo la tarea básica que enfrentan muchas investigaciones cualitativas, que tratan de integrar, en una red estructural compleja, las realidades poliédricas que nos presentan los procesos psicológicos, los sociales, los antropológicos, los sociopolíticos y otros. Estas tareas se vuelven casi imposibles de abordar con los procesos normales y simples de la reflexión humana corriente; por eso, la ciencia tradicional ha reducido casi siempre su trabajo a la relación de una o pocas variables: independientes y dependientes. En las realidades humanas cotidianas biopsicosociales entran normalmente en acción docenas de variables en una interacción recíproca y con muy variados tipos de relaciones. El Atlas.ti, con sus técnicas de categorización, estructuración y teorización, y con los operadores booleanos, semánticos y de proximidad, nos permitirá ir mucho más allá de estas grandes limitaciones. Por ello, ilustramos este programa en el Anexo de nuestra última obra (2006a).



Igualmente, hoy, ya se han desarrollado mucho las “matemáticas de la complejidad” (con centenares de variables interactuantes e intervinientes durante los procesos con la cuarta dimensión “tiempo”), que, gracias a los ordenadores de alta velocidad para resolver problemas complejos, no-lineales, trabajan con “relaciones”, “formas” y “orden” y grafican diagramas y curvas para descubrir los patrones cualitativos sin ecuaciones ni fórmulas, sino con modelos atractores (tendencias) de alta complejidad. Se trata de unas “matemáticas más cualitativas que cuantitativas”. Lo sorprendente de esto es que nuestro hemisferio cerebral derecho trabaja en gran parte de la misma forma e, incluso, con una velocidad superior. En tiempos pasados, la orientación científica exigía que se cuantificara el objeto de estudio, que se matematizara, aunque no fuera mensurable; hoy es la Matemática la que ha tenido que respetar y adecuarse a la verdadera naturaleza del objeto, para captarlo como es, en su genuina y compleja naturaleza.
2. El enfoque cualitativo

El término “cualitativo”, ordinariamente, se usa bajo dos acep­ciones. Una, como cualidad: “fulano tiene una gran cualidad: es sincero”. Y otra, más integral y comprehensiva, como cuando nos referimos al “control de calidad”, donde la calidad representa la naturaleza y esencia completa, total, de un producto.

Cualidad y Calidad vienen del mismo término latino qualitas, y éste deriva de qualis (cuál, qué). De modo que a la pregunta por la naturaleza o esencia de un ser: ¿qué es?, ¿cómo es?, se da la respuesta señalando o describiendo su conjunto de cualidades o la calidad del mismo. En sentido propio, filosófico, según Aristóteles, “las acepciones de la cualidad pueden reducirse a dos, de las cuales una se aplica con mayor propiedad y rigor; en efecto, en primer lugar, cualidad es la diferencia o característica que distingue una sustancia o esencia de las otras” (Metafísica, Libro 5, Cap. 14: De la cualidad). Y en la Lógica hace ver que la forma sintética de la cualidad no puede reducirse a sus elementos sino que pertenece esencialmente al individuo y es la que hace que éste sea tal o cual (1973, p. 221).

Igualmente, el Diccionario de la Real Academia define la cualidad como la “manera de ser de una persona o cosa” (2ª acepción). Y el Diccionario que acompaña a la Enciclopedia Británica dice que la cualidad “es aquello que hace a un ser o cosa tal cual es” (1ª acepción, entre 11). Ambos diccionarios siguen el concepto aristotélico.

Es esta acepción, en sentido propio, filosófico, la que se usa en el concepto de “metodología cualitativa”. No se trata, por consiguiente, del estudio de cualidades separadas o separables; se trata del estudio de un todo integrado que forma o constituye una unidad de análisis y que hace que algo sea lo que es: una persona, una entidad étnica, social, empresarial, un producto determinado, etc.; aunque también se podría estudiar una cualidad específica, siempre que se tengan en cuenta los nexos y relaciones que tiene con el todo, los cuales contribuyen a darle su significación propia.

De esta manera, la investigación cualitativa trata de identificar la naturaleza profunda de las realidades, su estructura dinámica, aquella que da razón plena de su comportamiento y manifestaciones. De aquí, que lo cualitativo (que es el todo integrado) no se opone a lo cuantitativo (que es sólo un aspecto), sino que lo implica e integra, especialmente donde sea importante.
3. Lo esencial de toda investigación

Toda investigación, de cualquier enfoque que sea (cualitativo o cuantitativo), tiene dos centros básicos de actividad. Partiendo del hecho que el investigador desea alcanzar unos objetivos, –que, a veces, están orientados hacia la solución de un problema–, los dos centros fundamentales de actividad consisten en:

(1) recoger toda la información necesaria y suficiente para alcanzar esos objetivos, o solucionar ese problema, y

(2) estructurar esa información en un todo coherente y lógico, es decir, ideando una estructura lógica, un modelo o una teoría que integre esa información. Analógicamente, podríamos decir que todo pende o se apoya en dos pilares centrales, como penden o se apoyan todos los componentes de un puente colgante en sus dos pilares.

También, en forma esquemática y simple, toda investigación se parece un poco al proceso investigativo que realiza un comisario policial al encontrarse ante un crimen consumado, él debe:

(1) recoger toda la información que pudiera ilustrar lo acaecido, entrevistando a testigos, familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, etc., y

(2) estructurar esa información, integrándola en un todo coherente y lógico, por medio de una hipótesis plausible que dé sentido al todo: un crimen pasional, una venganza, un asalto, una bala perdida, etc.

Un aspecto de gran relevancia es el siguiente: estas dos tareas básicas de (1) recoger “datos” y (2) categorizarlos e in­terpre­tarlos, no se realizan siempre en tiempos sucesivos, sino que se entre­lazan continuamente. Es decir, que nuestra mente no respeta una se­cuencia temporal de estas ac­tividades. En efecto, el método básico de toda ciencia es la observación de los “datos” o “hechos” y la interpretación de su sig­nificado. Pero la obser­vación y la interpretación son in­separa­bles: resulta in­concebi­ble que una se obtenga en total aislamien­to de la otra. Toda ciencia trata de desa­rrollar técnicas especiales para efectuar observaciones sistemáticas y garantizar su interpre­tación. Sin embargo, sí hay una diferencia de grado: al principio de la inves­tigación hay un predominio de la recolec­ción de infor­ma­ción sobre la categoriza­ción e interpretación; después, a medi­da que se acerca hacia el final, gradualmen­te, el balance cam­bia hacia la categorización e interpretación, con poca reco­lección de información.
4. Conceptos Fundamentales

Marco Epistemológico


El enfoque cualitativo de investigación es, por su propia naturaleza, dialéctico y sistémico. Estos dos presupuestos, epistemológico y ontológico, conviene hacerlos explícitos, en todo proyecto o desarrollo de investigación, por medio de un breve “marco epistemológico”, para evitar los frecuentes malentendidos en los evaluadores de los mismos. Este “marco” se apoyaría básicamente en las ideas expuestas en obras anteriores nuestras (1997b, 1999a, 2006a). Una epistemología de fondo es absolutamente necesaria, ya que es la que le da sentido a la metodología y a las técnicas que se utilicen, como, igualmente, a las reglas de interpretación que se usen.

La teoría del conocimiento o filosofía de la ciencia en que se apoya la metodología cualitativa, rechaza el “modelo especular” (positivista), que considera al sujeto conocedor como un espejo y esencialmente pasivo, al estilo de una cámara fotográfica. Acepta, en cambio, el “modelo dialéctico”, considerando que el conocimiento es el resultado de una dialéctica entre el sujeto (sus intereses, valores, creencias, etc.) y el objeto de estudio. No existirían, por consiguiente, conocimientos estrictamente “objetivos”.

El objeto, a su vez, especialmente en el área de las ciencias humanas, es visto y evaluado (opción o supuesto ontológico) por el alto nivel de complejidad estructural o sistémica, producida por el conjunto de variables bio-psico-sociales que lo constituyen. En general, se considera que toda realidad, desde el átomo hasta la galaxia (von Bertalanffy, 1981), está configurada por sistemas de muy alto nivel de complejidad, donde cada parte interactúa con todas las demás y con “el todo”, (p. 47).

Estas dos ideas conceptualizadoras (lo dialéctico y lo sistémico) cambiarán la mayoría de los conceptos metodológicos que se apliquen. En efecto, la mayoría de los evaluadores de proyectos o investigaciones cualitativos, suelen hacerlo desde el marco epistemológico del “modelo especular” (científico-positivista), razón por la cual la evaluación falla por la base.

El Marco Teórico-Referencial


En una investigación cualitativa este “marco” (así, entre comillas) no debe “enmarcar” (delimitar) la búsqueda del investigador, pues sólo es “referencial”, es decir, sólo tiene por finalidad exponer lo que se ha hecho hasta el momento para esclarecer el fenómeno objeto de la investigación. Debe referir las principales investigaciones sobre el área o áreas cercanas: autores, enfoques y métodos empleados, conclusiones e interpretaciones teóricas a que llegaron y otros elementos de importancia. En las ciencias humanas, es necesario dar mayor énfasis a lo más cercano (lo regional, lo nacional, lo íberoamericano), ya que comparte más nuestra cultura e idiosincrasia. Lo extranjero, especialmente si es anglosajón, podría distorsionar la comprensión de nuestra realidad. En cualquier caso, este “marco” es sólo “teórico-referencial”, es decir, fuente de información y nunca modelo teórico en el cual ubicar nuestra investigación. Servirá para contrastar, después (en la etapa de contrastación), nuestras conclusiones con las de esos autores y, así, entenderlas mejor, pero nunca para forzar e imponer una interpretación. Lamentablemente, todo esto es poco entendido en muchos medios académicos, incluso por algunos “metodólogos”.

La razón de este proceder es que la utilización de un marco teórico definido nos impone ya desde el principio todo un mundo teórico, conceptual e interpretativo que pudiera no ser el más adecuado para entender la realidad que estamos estudiando, sino, más bien, un filtro epistemológico que restringe el conjunto de interpretaciones posibles. Y su falta de lógica está en el hecho de que da en gran parte por resuelto lo que todavía no se ha estudiado.

De todos modos, esto no indica que no se pueda hacer una investigación partiendo ya de una teoría sólida (por ej. el psicoanálisis, el marxismo o cualquier otra) y aceptándola, inicialmente, como auténtico marco teórico. El inconveniente de esto está en que, al aceptar ese mundo teórico, conceptual e interpretativo, que pudiera ser, incluso, muy ajeno a nuestra realidad, nos estamos jugando el todo por el todo.

Piaget (1976) define este saber “local” que buscamos como “pensamiento sociocéntrico”, por oposición al pensamiento técnico y científico: “un saber elaborado para servir a las necesidades, los valores y los intereses del grupo”. En este sentido, coincide con el “conocimiento emancipatorio” de Habermas (1982), objeto de la “investigación-acción”, y que se opone al “conocimiento instrumental”, que es básicamente controlador y explotador.

Moscovici (1984), por su parte, acentúa todavía más esta postura fenomenológica, dándole el rango epistemológico de ciencia (frente y en oposición al conocimiento científico clásico), al considerar las “representaciones sociales” como una forma de conocimiento social específico, natural, de sentido común y práctico, que se constituye a partir de nuestras experiencias, saberes, modelos de pensamiento e información, que recibimos y transmitimos por la tradición, la educación y la comunicación social.

Por consiguiente, es altamente criticable e inaceptable la tendencia antifenomenológica que tienen algunos evaluadores de proyectos e investigaciones, incluso cualitativas, a forzar a los autores de los mismos para que “encuadren” o “enmarquen” sus proyectos o investigaciones en teorías ajenas o en modelos preconcebidos, o para que “definan” los procesos a estudiar con conceptos preestablecidos, traídos de otros contextos y tiempos. Si todo esto se pudiera hacer y respaldar lógicamente, no sería necesario realizar la investigación.

Toda investigación, de cualquier naturaleza que sea (cuantitativa o cualitativa), está constituida por dos etapas: “la recolección de la información necesaria y suficiente” y “la estructuración de esa información”. La primera parte de una investigación cualitativa propiamente dicha,, está guiada por varios conceptos cuya clarificación resumimos a continuación:
Los objetivos.

En las investigaciones cualitativas se fijan unos objetivos a lograr: algunos son más bien generales y otros específicos, pero todos deben ser relevantes para las personas interesadas en la investigación. A veces, es preferible fijar sólo objetivos generales, y determinar los específicos durante la marcha, para no buscar metas que quizá resulten triviales o imposibles. El ob­jetivo puede ser muy preciso, como, por ejemplo, clarificar tal o cual fenóme­no o área problemática, aun cuando sus problemas específi­cos o dificultades propias estén todavía muy enreda­dos y sólo se puedan plantear o formular expre­sa­mente cuando la inves­tigación esté más adelantada.

Estos objetivos determinarán, en parte, las estrategias y procedimientos metodológicos. No obstante, tampoco los objetivos serán intocables. También aquí, al buscar objetivos relevantes, se sigue el famoso principio de “Los tres príncipes de Serendip”: “si estás buscando una cosa buena y encuentras otra mejor, deja la primera por la segunda”.

La orientación metodológica cualitativa no suele partir del planteamiento de un problema específico, sino de un área problemática más amplia en la cual puede haber muchos problemas entrelazados que no se vislumbrarán hasta que no haya sido suficientemente avanzada la investigación. Por esto, en general, el partir de un problema cierra el posible horizonte que tienen las realidades complejas, como son las realidades humanas.

Esto, de ninguna manera quiere decir que, en un caso específico, no sea útil o conveniente partir de un problema concreto, si eso es particularmente lo que se desea investigar.

La generalización


Para llegar a la identificación de una estructura humana (psíquica o social) más o menos gene­ralizable, debemos localizar primero esa es­tructura en indivi­duos o situa­ciones particulares mediante el estudio y la cap­tación de lo que es esencial o universal, lo cual es signo de lo necesario. Lo universal no es aquello que se repite muchas veces, sino lo que pertenece al ser en que se halla por esen­cia y necesariamente. La captación de esa esencia depende más de la agudeza intelec­tual que del uso de técnicas.

Tanto Aristóteles como el mismo Bacon enten­dían por induc­ción, no tanto la inferencia de leyes univer­sales a par­tir de la observa­ción de muchos casos particu­la­res, sino un método mediante el cual llega­mos a un punto en el que po­demos intuir o perci­bir la esencia, la forma, o la verda­dera naturaleza de las co­sas, que encierra lo uni­ver­sal. El mismo Galileo consideraba que las leyes de la naturaleza, que son regulares y que tratamos de descubrir, pueden ser captadas sin necesidad de multiplicar las observaciones, sino que bastaba una buena observación realizada intensivamente para aprehenderlas, como se hace en las ciencias naturales con un solo experimento. Y Pia­get, estu­dian­do a fondo a sus propias hijas, estructuró leyes de vali­dez univer­sal que han sido consideradas entre los aportes más signifi­cativos de la psicología del siglo xx.

Por otra parte, es necesario tener muy en cuenta que una estructura individual o universal nunca podrá ser in­ducida del estudio de elementos aislados en muchas per­so­nas, del mismo modo que no podemos cono­cer la fisono­mía típica de una deter­minada raza humana estudiando de ma­ne­ra separada los ojos, la boca, la nariz, etc., sin ver nun­ca su red de relaciones en conjun­to. Por ese camino ni si­quiera reconoceríamos a nuestro mejor amigo. Es precisa­men­te esa “red de relaciones” la que hace que un rostro o una raza sean diferentes de los demás. Sería algo similar a lo que acontece con nuestra propia firma, donde los trazos, rasgos o partes cambian casi siempre, pero la estructura, forma o gestalt permanece la misma y, por eso, nos identifica.

Es muy lógico pensar que el grado de transferibilidad de una situación a otra es una función directa de la similitud que haya entre ambos contextos. Por ello, el esfuerzo mayor del investigador debe dirigirse hacia la identificación del patrón estructural que caracteriza a su objeto de estudio. En cambio, no es él quien debe estudiar el grado de similitud de su contexto con otros contextos o situaciones a los cuales puedan transferirse o aplicarse los resultados de su investigación. Ésa es tarea de quien vaya a hacer la transferencia o aplicación.

Ordinariamente, el enfoque cualitativo no tiene preten­siones de alta generalización de sus conclusiones, sino que, más bien, desea ofrecer resultados y sugerencias para instaurar cam­bios en una institución, en una empresa, en una escuela o en un grupo o comunidad particular; aunque, eviden­temente, al com­parar varias investigaciones, se irá logran­do un nivel más alto de generaliza­ciones.


Las Hipótesis.

Aunque la mente humana difícilmente trabaja con una ausencia total de hipótesis, en metodología cualitativa, tampoco se formula una hipótesis a verificar, ya que se está abierto a todas las hipótesis plausibles y se espera que la mejor emerja del estudio de los datos y se imponga por su fuerza convincente. Es muy difícil que el investigador tenga la mejor hipótesis a la vista: si fuera así, no haría falta hacer la investigación. Por ello, es necesaria una gran apertura hacia todas las hipótesis que se vayan revelando consistentes. Las hipótesis son, más bien, provisionales, y se van modificando durante el proceso, para no estrechar nuestra perspectiva y visión de la realidad. En general, no estamos tan interesados en verificar una hipótesis específica, cuanto en que la mejor se revele claramente. Pero también aquí, puede ser que un investigador esté interesado en “verificar” una determinada hipótesis, en cuyo caso es lógico que parta de ella.

Las variables y la unidad de análisis


¿Cuál sería, entonces, la unidad de análisis, es de­cir, el objeto específico de estudio de una investigación cualitativa? Sería la nueva realidad que emerge de la in­teracción de las partes constituyentes, sería la búsqueda de esa estructura con su fun­ción y significado. Esta reali­dad no está en los elemen­tos sino que aparece por las relaciones que se dan entre los elementos, así como surgen las propiedades del agua que no se dan ni en el oxígeno ni en el hidrógeno por separado, o las pro­piedades del signifi­cado al relacionar varias palabras en una estructura lingüís­ti­ca, o la vida por la interacción de va­rias entidades fisico­quí­mi­cas, etc.

No sería, por consiguiente, nada lógico estudiar las varia­bles aisladamente, definiéndolas primero y tratando, lue­go, de encontrarlas. Es necesario comprender primero o, al menos, al mismo tiempo, el sistema de relaciones en el cual las varia­bles o propiedades se encuentran insertas, encla­vadas o encajadas y del cual reciben su propio sen­tido. Tam­bién se consideraría improcedente definir las varia­bles opera­cional­mente, ya que los actos de las per­sonas, en sí, des­contex­tualiza­dos, no tendrían significado alguno o po­drían tener muchos significados. El signi­fica­do preciso lo tienen las “ac­ciones humanas”, las cuales re­quieren, para su in­terpre­tación, ir más allá de los actos físicos, ubicándolas en sus contextos específicos. El acto en sí no es algo huma­no; lo que lo hace humano es la inten­ción que lo anima, el signifi­cado que tiene para el actor, el propósito que alberga, la meta que persi­gue; en una pala­bra, la función que desem­pe­ña en la estructura de su per­sonalidad y en el grupo hu­mano en que vive.
Las Categorías.

El enfoque cualitativo se apoya en la convicción de que las tradiciones, roles, valores y normas del ambiente en que se vive se van internalizando poco a poco y generan regula­ri­dades que pueden explicar la conducta individual y grupal en forma adecuada. En efecto, los miembros de un grupo étnico, cultural o situacional com­parten una estruc­tura lógi­ca o de razonamiento que, por lo general, no es explícita, pero que se manifiesta en diferentes aspectos de su vida.

No hay, por lo tanto, categorías previas a la investigación, (ni variables, o dimensiones, o indicadores) preconcebidos, ya sea que se consideren independientes o dependientes. Si el investigador las tiene en su mente, es porque las ha tomado de otras investigaciones, de otras muestras, realizadas por otros investigadores en otros lugares y en otros tiempos, ya que no existen categorías trascendentes. Las verdaderas categorías que conceptualizarán nuestra realidad deben emerger del estudio de la información que se recoja, al realizar el proceso de “categorización”, y durante los procesos de “contrastación” y de “teorización”, es decir, cuando se analicen-relacionen-comparen-y-contrasten las catego­rías. No obstante, se podría partir de un grupo de categorías preestablecidas, con tal de que se utilicen con mucha cautela y como algo provisional hasta que no se confirmen, y no se deje uno llevar por la tendencia (cosa muy fácil y natural) de rotular la nueva realidad con viejos nombres.
5. Criterios Generales para la Acción

Como dice el Premio Nobel de Física, P. Bridgman, “no existe un método científico como tal (...); el rasgo distintivo más fértil de proceder del científico ha sido el utilizar su mente de la mejor forma posible y sin freno algu­no” (en: Patton, 1990, p. 140).



El trabajo de campo de la investigación cualitativa ca­mina guiado por algunos criterios que conviene poner ade­cua­da­mente de relieve, ya que lo distinguen notablemente de otras clases de investigación.

1. El primero se refiere al lugar donde el investigador debe ir a buscar la información o los “datos” que ne­cesita. El crite­rio bási­co para este punto es de carác­ter general, pero, como no siempre resulta evidente, es necesario en­fatizarlo clara­mente: la informa­ción hay que bus­carla donde está. Como muchas veces esto altera los planes metodológicos prees­tablecidos, habrá que tomar con­cien­cia de que primero está la fidelidad a la información que a los planes a seguir. En esta línea de traba­jo, es fácil comprender que el investigador a menudo tiene que tomar deci­siones en cuanto a dónde ir, qué datos recoger, con quién hablar, etc. Al contrario de lo que ocurre en las investi­gacio­nes con diseños estruc­turados, aquí la información que se acumula y las estruc­turas emer­gentes se usan para reorien­tar el enfoque y la recolección de nueva infor­mación; es decir, que las conje­tu­ras iniciales se van convirtiendo en hipótesis fir­mes; estas hipótesis comienzan, luego, a ser el centro de la bús­queda de nueva información, estrechando el foco de interés y reo­rien­tan­do las hipótesis. De esa forma, se van perfilando posi­bles estruc­turas explicativas y conclusiones teóri­cas. Como, al mis­mo tiempo, se buscan y contrastan sistemática­mente los ca­sos negati­vos (situacio­nes y fenómenos que parecen con­trade­cir u oponerse a las hipótesis y conclusio­nes), las es­tructuras teóricas emer­gen­tes no sólo son genera­das en el campo sino que también son “verificadas” (William­son, 1­981). Todo esto no anula la sistemati­cidad de la investi­gación; al revés, exige un orden sistemático altamente fiel a la rea­lidad que emerge del proceso de investiga­ción.

2. El segundo criterio advierte que la obser­vación no debe deformar, distorsionar o perturbar la verdadera reali­dad del fenómeno que estudia. Tampoco debe descontex­tualizar los datos aislándolos de su contorno natural. Todo esto exige que la infor­mación sea recogida en la forma más completa posible (detalles, matices y aspectos peculiares sobre lengua­je, vesti­dos, costum­bres, rutinas, etc.) y que el estudio sea orientado ecológicamente, en el sentido en que Barker (1968) entiende este término. Por esto, los investigadores cualitativos no definen sus varia­bles a priori ni, mucho menos, se limitan a variables preconce­bidas, como hacen los investigadores experimenta­les, sino que adoptan como estilo una cierta ingenuidad que les permita ver cada aspecto del fenómeno como si fuera nuevo y no familiar y, por lo tanto, potencialmente significati­vo. De hecho, los datos menos comprensibles resultan luego ser los más sig­nificativos. Además, el hecho de que el investi­gador cualitativo no entra al estudio de campo con un pro­blema completa­mente planteado o formulado, o con un grupo explícito de hipóte­sis por verificar, lo pone en la situación de no saber qué datos serán en fin de cuentas importantes y cuáles no lo se­rán.

3. Como tercer criterio se hace énfasis en que es sumamente con­veniente que los procedimientos utilizados permitan reali­zar las observaciones repetidas veces: para ello, habrá que tratar de gra­bar las entrevistas, filmar las escenas (si es posi­ble), tomar foto­grafías, hacer anotaciones pormenorizadas de las cir­cunstancias y situa­ciones, conservar todos los docu­mentos y hacer, incluso, varias copias de los prin­cipales, etc.

4. En cuarto lugar, conviene señalar que, aunque la in­ves­tigación cualitativa usa muchos tipos de información, la que más busca es aquella que mayor relación tenga y más ayude a des­cubrir las estructuras significativas que dan razón de la con­ducta de los sujetos en estudio.

5. En quinto lugar, es necesario distinguir o contrastar la mo­dalidad de cómo otros investigadores recogen los datos sobre un tópico particular, es decir, a través de instru­mentos espe­cialmente dise­ñados para sus fines, y cómo lo hace el investigador cualitativo en su propio campo, generalmente sumer­giéndose en el medio que quie­re comprender, de tal manera que, brevemente, pudiera definirse su trabajo de campo como la tarea de “vivir su propia vida dentro de otra cul­tura” (Wolcott, 1975, p. 121).

6. Finalmente, conviene señalar otro criterio más de apre­cia­ción, que viene a responder a una objeción fre­cuen­te: es un hecho que el observador interactúa con el medio observa­do y, así, afecta la realidad observada dis­minuyendo su apre­ciación “objetiva”. Pero, ¿qué concepto tenemos sobre lo que consti­tuye la objetividad científica? El in­vestigador cualitativo no tiene miedo de ser parte de la situación que estu­dia, de que su presen­cia parezca “con­tami­nar” los datos, ya que considera im­posible recoger datos “absolutos” o “neutrales”; pero trata de tenerlo todo en cuenta, de evaluarlo todo, como el físico que tiene en cuenta la tem­peratura del termómetro que usa. Él sabe que es uno de los actores de la escena; pero el modelo científico que sigue no es el de las ciencias naturales clásicas, sino el de la física moderna, que tiene en cuenta la relatividad general de Einstein y el princi­pio de incertidumbre de Heisenberg, en los cuales el efecto distur­bador de la ob­servación sobre lo que es obser­vado se integra en la investi­gación y en la teoría que de ella se genera.

Estos seis criterios sobre el sistema de un adecuado acopio y manejo de los datos cualitativos asegura un alto nivel de validez y provee también la base para una cierta forma de confiabilidad o replicabilidad de la investigación.
6. Métodos Cualitativos

Como la metodología es, por definición, el camino a seguir para alcanzar conocimientos seguros y confiables y, en el caso de que éstos sean demostrables, también ciencia, la elección de una determinada metodología implica la aceptación de un concepto de “conocimiento” y de “ciencia”, es decir, una opción epistemológica (teoría del conocimiento) previa; pero esta opción va acompañada, a su vez, por otra opción, la opción ontológica (teoría sobre la naturaleza de la realidad). La metodología cualitativa está muy consciente de estas dos opciones.

El método cualitativo específico que se vaya a emplear depende de la naturaleza de la estructura a estudiar. La metodología cualitativo-sistémica dispone de una serie de métodos, cada uno de los cuales es más sensible y adecuado que otro para la investigación de una determinada realidad. A continuación, ilustramos la idea central que los caracteriza y diferencia. (Ver los detalles de 12 métodos en Martínez, 2006a, aquí agrupados por su idea central).

Métodos Hermenéuticos. En sentido amplio, éstos son los métodos que usa, consciente o inconscientemente, todo investigador y en todo momento, ya que la mente humana es, por su propia naturaleza, interpretativa, es decir, hermenéutica: trata de observar algo y buscarle significado. En sentido estricto, se aconseja utilizar las reglas y procedimientos de estos métodos cuando la información recogida (los datos) necesiten una continua hermenéutica, como sería el caso, por ejemplo, del estudio del crimen organizado, de la dinámica del narcotráfico, de los sujetos paranoicos, etc., donde la información que se nos ofrece puede tratar expresamente de desorientar o engañar. Sin embargo, estos métodos tienen un área de aplicación mucho más amplia: son adecuados y aconsejables siempre que los datos o las partes de un todo se presten a diferentes interpretaciones.

Métodos Fenomenológicos. Estos métodos son los más indicados cuando no hay razones para dudar de la bondad y veracidad de la información y el investigador no ha vivido ni le es nada fácil formarse ideas y conceptos adecuados sobre el fenómeno que estudia por estar muy alejado de su propia vida, como, por ejemplo, el mundo axiológico de los drogadictos o de los homosexuales, las vivencias de las personas en situaciones de vida extremas, la ruptura de una relación amorosa cuando no se ha vivido, una experiencia cumbre (Maslow, 1970), etc.

Métodos Etnográficos. Son los de mayor preferencia para entrar a conocer un grupo étnico, racial, de ghetto o institucional (tribu, raza, nación, región, cárcel, hospital, empresa, escuela, y hasta un aula escolar, etc.) que forman un todo muy sui géneris y donde los conceptos de las realidades que se estudian adquieren significados especiales: las reglas, normas, modos de vida y sanciones son muy propias del grupo como tal. Por esto, esos grupos piden ser vistos y estudiados globalmente, ya que cada cosa se relaciona con todas las demás y adquiere su significado por esa relación. De ahí que la explicación exige también esa visión global.

El Método de Investigación-Acción. Es el único indicado cuando el investigador no sólo quiere conocer una determinada realidad o un problema específico de un grupo, sino que desea también resolverlo. En este caso, los sujetos investigados participan como coinvestigadores en todas las fases del proceso: planteamiento del problema, recolección de la información, interpretación de la misma, planeación y ejecución de la acción concreta para la solución del problema, evaluación posterior sobre lo realizado, etc. El fin principal de estas investigaciones no es algo exógeno a las mismas, sino que está orientado hacia la concientización, desarrollo y emancipación de los grupos estudiados y hacia la solución de sus problemas.

Recolección de la información: Los instrumentos, al igual que los procedimientos y estrategias a utilizar, los dicta el método escogido, aunque, básicamente, se centran alrededor de la observación participativa y la entrevista semi-estructurada. Hay que describir los que se vayan a utilizar y justificarlos. Sin embargo, la metodología cualitativa entiende el método y todo el arsenal de medios instrumentales como algo flexible, que se utiliza mientras resulta efectivo, pero que se cambia de acuerdo al dictamen, imprevisto, de la marcha de la investigación y de las circunstancias.

La Muestra a estudiar: Cada uno de los métodos cualitativos (que exponemos detalladamente en otras obras nuestras: 1996b, 1998, 2006a, y artículos en nuestra Página Web) tiene su forma propia de entender la muestra que nos ofrecerá la información necesaria para realizar la investigación. Pero, en general, la opción ontológica asumida por todos ellos (que es estructural-sistémica) nos exige una muestra que no podrá estar constituida por elementos aleatorios descontextualizados (como es, la mayoría de las veces, la información recogida a través de cuestionarios preconcebidos), sino por “un todo” sistémico con vida propia, como es una persona, una institución, una etnia o grupo social, etc. Por ello, se impone la profundidad sobre la extensión y la muestra se reduce en su amplitud numérica, y se explicitan los criterios conceptuales para su escogencia, según su relevancia para los objetivos de la investigación. Sin embargo, conviene escogerla de forma que estén representadas de la mejor manera posible las variables de sexo, edad, nivel socioeconómico, profesión, etc., según el caso, ya que su información puede ser diferente y hasta contrastante.

La elección de la muestra es de primera importancia, no por lo que representa en sí, sino por la filosofía de la ciencia y los su­puestos que implica. De su correcta comprensión depende el sig­nificado de toda la investigación. La elección de la muestra dependerá de lo que pensamos hacer con ella y de lo que creemos que se puede hacer con ella. Generalmente, la cien­cia busca leyes, conclusiones legaliformes o regulari­dades, es decir, conocimientos que sean universales o que se puedan generalizar a grupos de casos, perso­nas, pobla­ciones o situa­ciones.

A todos nos consta que diferentes personas en diver­sas posiciones refieren como “los hechos” su versión sobre la misma realidad, y que también varían esa misma infor­mación cuando hablan con personas diferentes. Más aún, la misma información puede cambiar continuamente cuando se cambia de grupo infor­mante, y varios documentos sobre el mismo tópico pueden llegar a ser contradictorios.

La credibilidad de la información puede variar mucho: los informantes pueden mentir, omitir datos relevantes o tener una visión distorsionada de las cosas. Será necesario con­tras­tarla, corroborarla o cruzarla con la de otros, reco­gerla en tiempos diferen­tes, usar técnicas de triangu­la­ción (combinación de dife­rentes métodos y fuentes de datos), etc.; con­vie­ne, por lo tanto, que la mues­tra de infor­man­tes represente en la mejor forma posible los grupos, orien­taciones o posiciones de la po­blación estu­diada, como estrategia para corre­gir distor­sio­nes percepti­vas y prejui­cios y porque toda realidad humana es poliédrica, tiene muchas caras. Como ya recordamos, Aristóteles decía que “el ser no se da nunca a nadie en su totalidad, sino sólo según ciertos aspectos y categorías” (Metafísica, Lib. iv).

Los tipos de muestras son, básicamente, dos: la mues­tra estadística o probabilista y la muestra intencional o basada en criterios. Conviene señalar que toda muestra, también la es­tadística, es siempre intencional o se basa en criterios, aun­que diferentes.

En la muestra estadística se extrae, de una población o universo bien definidos, un subgrupo, usando como crite­rio la condición de que todo miembro tenga exactamente la mis­ma probabilidad de ser elegido. Igualmente, se procura que los estra­tos so­ciales y socioeconómicos, la raza, el sexo y demás grupos naturales queden proporcionalmente respeta­dos. Sin embargo, de acuerdo al interés del investi­gador, la muestra puede ser trans­versal, longitudinal, de cohorte, de panel, etc.

En la investigación cualitativa, la muestra estadísti­ca se considera inapropiada en los siguientes casos: cuando no han sido identificadas todavía las características de la pobla­ción más am­plia, cuando los grupos no están bien deli­mita­dos, cuando no se busca la generalización como objetivo importan­te, cuando las características a estudiar están distri­buidas en forma desigual entre los grupos, cuando sólo algu­nas caracte­rísticas de la pobla­ción son relevantes para el problema en estudio, cuando el inves­tigador no tiene acceso a toda la población.

En la muestra intencional se elige una serie de crite­rios que se consideran necesarios o alta­mente convenientes para tener una unidad de análisis con las mayores ventajas para los fines que persigue la inves­tigación. Por ello, se suelen eliminar los casos atípicos o muy peculiares y cali­brar muy bien la influen­cia de todo lo que tiene carácter excepcional; sin embargo, se procu­ra que la muestra repre­sente lo mejor posible los subgrupos natu­rales, como se indicó para la mues­tra estadística, y que se complementen y equilibren recíproca­mente. Es decir, se trata de buscar una muestra que sea com­prehensiva y que tenga, a su vez, en cuenta los casos negati­vos o deviantes, pero ha­ciendo énfa­sis en los casos más representativos y paradig­máticos y explotando a los informan­tes clave (personas con conoci­mientos especia­les, estatus y buena capacidad de in­forma­ción). En conclusión, el investigador tratará de imitar al buen fotógra­fo, que busca los mejo­res ángulos para capturar la mayor riqueza de la realidad que tiene delante.





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