La inseguridad y L



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Gráfico 1

Evolución de tasas de delitos (1991-2007)

Evolución Anual de tasas de Hechos Delictuosos registrados c/100.000 hab.





.500

.500

2.166 2.288


2.555

2.904

3.051

3.172
3.573

2.497
3.356 3.254

2.262

3.127 3.142 3.095


2.000

1.484

1.553
1.650 1.828

2.043
1.330

1.410

1.512
1.696

1.979 2.035 2.107

2.074
1.916 1.872 1.809

.500

994

1.000
1.018
1.058

1.155

508

567 562
579 627 642 676 697


500

255 319

281

369

389

423

440

467

548




0







o

A ño

A ño

A ño o

A ño

A ño

A ño

A ño

A ño

A ño

A ño

A ño

o

A ño

A ño A ño




1991

1992

1993

1994 1995

1996

1997

1998

1999

2000

2001

2002

2003

2004

2005

2006 2007

H ech o s Delictu o s o s Contra las personas Contra la propiedad

Fuente: Dirección Nacional de Política Criminal. Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación.



¿Cuál es el problema más grave en el país? ¿Y en segundo lugar? ¿Y en tercer lugar?


%



100

90

80

70

60

50

40

30

20

10

0

1985



Vale la pena detenerse un momento en las cifras y su percepción pú- blica. si el homicidio y los hechos de mayor violencia tienen índices en general bajos en el país, en los grandes centros urbanos las tasas de victimización son relevantes, ya que alcanzan a alrededor de un tercio de la población (en su mayoría se trata de delitos pequeños). ambos, diferenciados en las estadísticas y en cuanto a sus consecuencias, se acoplan a la hora de condicionar las sensibilidades frente al tema. así, los hechos más violentos, poco frecuentes, pero con una alta presen- cia mediática, se superponen a la cantidad de pequeños delitos que suceden en el entorno o se escuchan en las conversaciones cotidianas. Y de este modo, según nuestro trabajo sobre el sentimiento de inse- guridad lo muestra (Kessler, 2009) la eventualidad de la victimización que se vislumbra y se teme, como suele ser habitual en la experiencia

in1d98i7vidu1a98l,9en 1c9l9a1ve d1e99i3nce1r9ti9d5um1b9r9e7 co1n99r9espe20c0t1o a 2s0u03dese2n00l5ace 2o00a7 2009

las posibles consecuencias fatales para uno mismo, y no en función de

la baja Dpersoocbuapabciólnidad general de quDeelinecfueecnctivamente se produInzflcaaci.ónEsta conjunción entre una tasa de victimización general elevada y la incer- tidumbre frente a cada hecho es una primera pista para entender la extensión de la inquietud y su centralidad como problema público.

ahora bien ¿cuáles son las características centrales del delito en la argentina? los estudios de los últimos años han señalado un creciente protagonismo de jóvenes desde los años noventa. Una disminución de


la edad promedio de la población en proceso penal por delitos y en las cárceles ha dado lugar a debates aún no saldados (guemureman y Daroqui, 2002). para unos, esto es resultado de un mayor impacto de nuevas formas de marginalidad en las nuevas generaciones de secto- res pobres; para otros, sólo se trata de un mayor encarnizamiento de la policía y poder judicial contra jóvenes, en particular si son varones y de sectores populares y es posible que haya parte de verdad en am- bas explicaciones. En segundo lugar, a diferencia de otros países de la región, donde el protagonismo de grupos con alta cohesión y enclave territorial, como bandas, pandillas o maras, serían centrales, este no sería el caso de argentina. los estudios coinciden en que se trata en general de delito individual o de grupos poco organizados (Kessler,



2004; Míguez, 2008; tonkonoff, 1996).

Una articulación entre factores sociales y culturales explicaría el incremento del delito. al igual que en otras latitudes, una serie de estudios econométricos señala la concomitancia entre incremento del delito con el de la pobreza, el desempleo pero sobre todo de la des- igualdad5. los estudios cualitativos encuentra la conformación de una subcultura juvenil en la cual el sentido de cometer un delito ha cam- biado en relación a lo que había supuesto la criminología clásica. así, en nuestro propio trabajo sobre el tema (Kessler, 2004), los jóvenes entrevistados no consideran que cometer un delito sea una entrada definitiva al “mundo del delito”, sino que se trata de una experiencia más, para “probar” o porque se “necesitaba plata en ese momento”. Y en efecto, algo similar afirman los estudios longitudinales más so- fisticados, que señalan que sólo una parte ínfima de quienes cometen delitos de jóvenes entablarán en el futuro una carrera delincuente (Fa- rrington, 1992; sampson y laub, 1993). Mostrábamos cómo nuestros entrevistados alternaban entre distintos medios para conseguir ingre- sos: trabajo, pero también delitos, pedidos en la vía pública de forma amenazadora y el llamado “peaje”, la obstrucción de vías de entrada en el barrio y la exigencia de dinero para dejar pasar a los transeúntes. Y así, podían atravesar a lo largo del tiempo, sin grandes conflictos personales, las fronteras de lo legal y de lo ilegal.

para explicar esta situación se ha apelado, además de la situa- ción social, a la pérdida de eficacia del peso socializador de las ins- tituciones, en particular familia y escuela, de un modo similar a lo que las teorías del control social lo han explicado para otras latitudes. amén de ello, se han señalado factores socioculturales con un carácter más local. por ejemplo, ciertos trabajos señalan el desarrollo de una

5 para una revisión de los estudios econométricos sobre la relación entre delito, desigualdad y desempleo, ver Dammert (2000).

actitud rebelde, de una transformación en sectores marginales de la clásica cultura política “plebeya” ligada al peronismo y su dificultad de legitimar la desigualdad, como una de los factores que llevaban a justificar los robos hacia aquellos un poco más pudientes. otros se centran en la emergencia de una estética subcultural particular, en concreto la conformación de un género musical, la “cumbia villera”, que celebra las acciones ilegales y el enfrentamiento con la policía. por supuesto, nadie está suponiendo un rol causal a la música, pero el análisis de sus letras es un indicador de un cambio en la cultura popular juvenil (Miguez, 2008).

Finalmente, los estudios citados se centran en buenos aires y su conurbano pero hay trabajos en otras zonas del país que concuerdan en parte con los rasgos señalados así como también aportan otros propios de cada lugar. rossini (2003) en una pequeña ciudad de Entre ríos, a unos 500 km de buenos aires, encuentra bandas dedicadas al pequeño delito pero en estos casos con fuerte identidad territorial. En estudios de la ciudad de Córdoba, la segunda urbe del país, se analiza el peso de la policía en la generación de violencia local (bermúdez,

2007) y la existencia de ciertos códigos (no delatar, protegerse entre ellos) entre jóvenes que realizan delitos en forma individual (tedesco,



2007). Estudios en Mendoza, ciudad de 500 mil habitantes situada mil km al oeste de buenos aires, señalan también una presencia de bandas territoriales (gorri, 2008) y se barajan hipótesis del peso del aumento de la desigualdad en la región, producto de un importante crecimiento económico en paralelo al aumento de la marginalidad. otros trabajos de la misma ciudad han subrayado el fácil acceso a armas de fuego (appiolaza et al., 2008).
En resumen, desde hace alrededor de una década se registra un in- cremento del delito que en gran medida tiene rasgos compartidos: una preeminencia de un delito juvenil poco organizado por sobre la existencia de bandas y pandillas; cuya génesis se vincula a causas so- ciales y culturales, que puede alternar con el trabajo u otras formas de obtención de ingresos y que en los últimos años habría también desarrollado rasgos subculturales propios.
LAS tRAnSfoRMACioneS en LA RePReSentACn deL deLito para entender el impacto social del delito es necesario tomar en cuen- ta su representación en los medios. Esto impacta en la agenda de preocupaciones, orienta las acciones públicas y contribuye a las sensi- bilidades de la época. Y en efecto, en las últimas décadas se registran cambios en las formas de representación del delito, pudiendo diferen- ciarse tres fases (Kessler, 2009). la primera corresponde a la etapa

de la reinstauración democrática, entre 1984 y 1989. En ese período el tipo de delito más presente en los medios estaba encarnado en la llamada “mano de obra desocupada”, como se llamaba entonces a ex represores de la Dictadura Militar reciente que se dedicaban en demo- cracia a secuestros y otros delitos comunes, muchas veces con compli- cidad en las fuerzas policiales y los servicios de inteligencia. Esta fase termina con la hiperinflación de 1989 y se abre una nueva etapa en que cuestión social y delito aparecen fuertemente imbricados.



En efecto, a medida que el delito se incrementa en paralelo con la pobreza, la desigualdad y el desempleo, se llega a un consenso por el cual es considerado como una consecuencia de la degradación de la situación social. Esta segunda fase cubre toda la década de los noventa: los 10 años de gobierno de Carlos Menem y una profunda reforma neoliberal, también la crisis de 2001 y termina con la salida del gobierno de E. Duhalde en el o 2002. En este período se asis- te a una profunda transformación del delito en los medios. Deja de estar confinado a los diarios populares o a las páginas de policiales de los diarios de tirada nacional para llegar a las secciones políti- cas y aun a las portadas de aquellos considerados s importantes. para stella Martini (2002) en este período las letras de molde y las imágenes televisivas van construyendo la idea de un país peligroso donde el individuo no está seguro ni en el espacio público ni en el privado. leonor arfuch (1997) muestra una acumulación de casos ya en 1995 que irradian la figura del menor y en ciertos casos hasta del niño homicida como problema de criminalidad central. no se trata sólo del lugar; en este acelerado in crescendo se crean nuevas formas de representar el tema en los medios; en particular, el pasaje de “ca- sos a un colectivo mayor, las “olas de violencia que, según Damián Fernández pedemonte (2008), se construyen como una ampliación y distorsión de un conjunto de acontecimientos aislados.

pese a su centralidad, la relación entre delito y cuestión social no es lo único que sucede en los años noventa. temas de la agenda de la violencia y la seguridad actuales surgen a lo largo de la década. En primer lugar, cobra gran relevancia la lucha contra la violencia policial. El primer antecedente es el caso de ingeniero budge en el gran buenos aires que lleva en 1990 a juicio a funcionarios policiales involucrados en la muerte de tres jóvenes en 1987, instalando en el espacio público el tema del “gatillo fácil de las fuerzas de seguri- dad (gingold, 1997). En 1991, en torno a la muerte del joven Walter bulacio en una comisaría porteña, tal como muestra sofía tiscornia (2008), un grupo de activistas de derechos humanos inicia un movi- miento que logra en 1996 en la Ciudad de buenos aires la derogación de los edictos policiales, logrando limitar el poder de la policía en el

momento de su creciente empoderamiento por el incremento de la sensación de inseguridad.

la asociación entre delito, impunidad y poder será otra clave de la época. será una etapa de fuertes escándalos ligados a delitos que tendrán consecuencias políticos. Entre ellos, la caída de la dinastía política de los saadi en la provincia de Catamarca, en el noroeste del país luego de la movilización generada en torno del asesinato de la joven María soledad6 en 1990 en la que participaron personajes del poder político local, el fin del servicio militar obligatorio pos- terior al asesinato del conscripto Carrasco en 1994 o el crimen del periodista José luis Cabezas7 en 1997, que señaló la impunidad del poder económico asentado en los años noventa y por la complicidad policial en el hecho, reforzó las voces en pos de una reforma policial. Durante la sucesión de presidentes en la crisis posconvertibilidad entre fines del 2001 y principios de 2002, los asesinatos de los jóve- nes militantes piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío santillán en

2002 a manos de la policía causarán la mayor conmoción política y acelerarán la salida del poder de Eduardo Duhalde y la elección de néstor Kirchner.

Una vez comenzada la recuperación económica en 2003, la nueva fase que llega hasta el presente estará signada por la consolidación de la inseguridad como problema público central y sección fija en los medios. En 2004 algunas encuestas marcarían un hito simbólico: por primera vez la inseguridad ocupa el primer puesto entre los proble- mas nacionales, superando al desempleo8. En la televisión, varios no- ticieros nacionales abren sus emisiones con el “saldo de inseguridad” de la jornada; la cuestión alcanza ya casi a diario a todas las secciones de los diarios –policiales, política, sociedad– y a menudo ocupa la por- tada. En este nuevo período, las imágenes del delito se organizan en torno de dos ejes. El primero es cambiante: la repentina aparición, difusión y luego el rápido olvido de formas de delito novedosas, las ya señaladas “olas” constituidas en la década anterior. al principio fueron los robos en los taxis, luego los “secuestros express”, más tarde hombres araña que entraban por la noche en los edificios, el asalto

6 para un análisis en detalle del caso María soledad, véase lozano (2007).

7 Véase un análisis de los casos Carrasco y Cabezas en peruzzotti y smulovitz (2002).

8 la sumatoria de hasta 3 respuestas a la pregunta: “¿Cuáles cree que son los principales problemas que hay en el país?” registra un 65% por la opción desempleo y un 71% por la opción delito. Fuente: Centro de Estudios nueva Mayoría. En 2003 los resultados fueron 70% y 57%, respectivamente, en una encuesta de research international “analogías. Monitor de opinión pública”. En los datos disponibles desde el año 2000 de esta misma fuente, la preocupación por el delito nunca superaba a la del desempleo.

teñido de sadismo contra ancianos desprotegidos y luego los ladrones en motos, entre otros. El segundo eje, a diferencia del primero, se mantiene estable: se consolida la imagen de la “nueva delincuencia” de la fase precedente9, que alcanza un grado de representación con un claro matiz estético en la figura de los “pibes chorros”, caracterizados en este caso con una serie de rasgos expresivos, por su forma de ves- tir y su música, la “cumbia villera”. por otro lado, ya no se trata sólo de un problema de las grandes ciudades, sino que empiezan a apare- cer notas sobre las formas de inseguridad, el temor y la indignación en ciudades intermedias y pequeñas, en particular en la provincia de buenos aires, donde se registran también por primera vez en su his- toria, grandes movilizaciones públicas, como por ejemplo en azul en

2007 y en olavarría en 2009.

El acontecimiento trágico más significativo del período, por su impacto mediático, conmoción social y consecuencias políticas, fue el secuestro y posterior asesinato del joven axel blumberg en 2004. En torno a la figura de su padre y la “Cruzada axel” se produjeron las mayores manifestaciones de los últimos años, protagonizadas por sec- tores en general poco movilizados. Una de sus consecuencias, muestra Mercedes Calzado (2008), es la utilización del clima de conmoción generalizada para lograr que se concretara rápidamente, casi sin de- liberación, la promulgación de los proyectos legislativos de endureci- miento penal presentados con anterioridad al caso.

En fin, una vez instalada la inseguridad como categoría general, otras cuestiones además del delito urbano pueden ser englobadas en ella. la polisemia del término lo hace maleable. Un primer ejemplo fue la tragedia de república de Cromañón, el incendio a fines de 2004 de un salón de música de buenos aires durante un concierto de rock en el que murieron casi 200 jóvenes. la conmoción fue enorme y se inaugura un período de mayores controles sobre “la seguridad de los lugares” y su presencia en los medios. sin embargo, aunque lo que sucedió en Cromañón fue terrible –con un gran impacto político: la destitución del jefe de gobierno de la ciudad de buenos aires–, la no repetición de hechos similares lo fue transformando en un caso único, que difícilmente se deja englobar dentro de alguna categoría general. En efecto, la inseguridad precisa de cierta repetición, como la que se verifica en los accidentes viales. así, las tradicionales muy altas ta-


9 En un relevamiento realizado sobre notas acerca de niños y adolescencia en

12 diarios nacionales, el 27,3% corresponde a delitos. En comparación con otros países, como brasil, Colombia y guatemala, la argentina es el único en que la violencia es el tema central en relación con la niñez y la adolescencia. En los otros países, el tópico s recurrente es la educación. Véase: periodismo social asociación Civil (2007).

sas nacionales10 llevaron a una eclosión de indignación general luego de la llamada “tragedia de santa Fe”. se trató del choque de un ca- mión cuyo conductor estaba ebrio contra un ómnibus, que provocó la muerte de estudiantes y una docente de una escuela media de buenos aires cuando volvían de realizar tareas solidarias en la provincia po- bre del Chaco, lo que intensificó las voces sobre el problema y reforzó la figura, existente desde hacía algunos años, de la inseguridad vial. tiempo después, en los noticieros nacionales, los accidentes cotidia- nos se sumaron al balance de la “inseguridad” de cada día.

En resumen, parecería que una vez que la inseguridad se instala como categoría descriptiva de la realidad y sección mediática coti- diana, puede ser ampliada e incorporar nuevas dimensiones. si, por un lado, se podría sostener que esto no hace más que contribuir a la sensación de vivir amenazados o de que se incrementa la “cultura del riesgo”, también es innegable que la inclusión de la seguridad de los lugares y de la cuestión vial contribuye a la preocupación pública por temas hasta entonces casi ausentes, lo que favorece la constitución de un espacio más plural de deliberación y de disputa en torno a la definición del problema.
eL CRiMen oRGAniZAdo Y SuS inteRRoGAnteS

Como se dijo, en los relatos mediáticos y académicos sobre el aumen- to del delito el eje ha estado puesto en la degradación social como causa y en el delito juvenil poco organizado como problema. por su- puesto que en gran medida ha sido así; pero no podría afirmarse que se han elucidado todas las mediaciones ni los factores explicativos que vinculan la cuestión social y el delito ni, sobre todo, el peso que las formas de criminalidad organizada, sin vinculación directa con la crisis social, han tenido en el incremento del problema. En efecto, si la discusión sobre el delito juvenil, desorganizado, fuente de insegu- ridad, está claramente presente en el espacio público, no es mucho lo que se ha investigado sobre el delito más organizado.



Hay cierto consenso en que comparado con otros países de la re- gión, como brasil, Colombia o México, parece factible afirmar que el peso del narcotráfico es menor. a pesar que un informe de naciones Unidas señala a argentina como el país de américa latina con mayor consumo de cocaína per cápita (burzaco, 2008), no habría operando, al menos no en forma visible, importantes carteles de droga o gru- pos de narcotraficantes. tampoco, salvo casos excepcionales, habría

10 según el registro de Estadísticas Vitales del Ministerio de salud de la nación habría estabilidad de las tasas de muertes por accidentes de autos desde 1980 hasta el 2006: entre 9 y 11 cada 100 mil habitantes.



violencia producto de este tipo de delito. K. Derghougassian realiza en 2008 un pormenorizado informe sobre distintos tipos de crimen organizado del cual se extraen las siguientes conclusiones: argentina es considerado un país de tránsito de drogas, por ejemplo, de cocaí- na producida en bolivia, perú y Colombia hacia Europa. pero su pro- ducción local de drogas es mínima, aunque si posee una importante industria de sustancias químicas que se utilizan en la producción de cocaína, entre ellos la efedrina. segundo, hay un movimiento interno de trata de mujeres, en su mayoría mujeres pobres engañadas y secues- tradas, para la prostitución. se denuncia un promedio de 500 mujeres desaparecidas por año, casos en general sin resolver y vinculados a la trata. En tercer lugar, hay un importante tráfico de armas livianas en el Cono sur, en general para la delincuencia aunque para terrorismo (Fleitas, 2006). En cuarto lugar, se ha desarrollado un mercado de robo y posterior venta de vehículos y piezas robadas, que según datos de

2009 estaría conociendo un incremento. otros delitos, sobre los que no se tienen datos, también parecen ser de importancia, como delitos y fraudes económicos por internet y distintas formas de piratería, fal- sificación de mercaderías y contrabando de productos tecnológicos.

Una segunda línea de trabajos sobre crimen organizado esta- blece una relación de complicidad entre el delito y el poder político y policial, sobre todo en la provincia de buenos aires (sain, 2002,

2008). se señala la protección policial durante las últimas décadas a bandas de distintos tipos de delitos, que a su vez colaborarían eco- nómicamente con el poder político. En efecto, la relación de la poli- a con distintos tipos de delitos ha sido claramente determinada en ciertos casos y sobre todo las políticas de reforma policial llevados a cabo han logrado un saneamiento de la fuerza en años anteriores. isla (2002, 2007) por su parte analiza como la policía de la provincia de buenos aires durante la última dictadura militar destruyó bandas de delito organizado de vieja data y comenzó a realizar sus tareas, en particular el tráfico de drogas y el robo de mercaderías de valor a camiones transportadores de los mismos, lo que se ha llamado “los piratas del asfalto”.
En resumen, en contraposición con la fuerte presencia de las formas de delito juvenil en los medios y las preocupaciones, hay pocos estu- dios que puedan dar un diagnóstico cabal sobre el delito organizado. Es una tarea pendiente determinar por un lado, las formas de organi- zación y de penetración de estas formas de delito, su peso económico, así como su impacto en la violencia delictiva. Con todo, los estudios existentes nos permiten tener un primer panorama sobre los distintos mercados ilegales en los que el crimen organizado opera.

LA PReoCuPACn PoR eL deLito Y LA inSeGuRidAd

El gráfico 2 muestra el paulatino incremento de la preocupación por el delito. ahora bien, la preocupación por el delito no implica supo- ner una sociedad atemorizada, pero que la cuestión es considerada como un tema de importancia para gran parte de la sociedad. según nuestros datos para la Ciudad de buenos aires en el 2007, en ninguna categoría de edad desciende del 70% de entrevistados que lo estiman un problema importante.






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