La importancia de llamarse celoso



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Ensayo

SOBRE LOS CELOS

con un apéndice de fragmentos de Otelo de W.S.
Pietro Aretino dice que donde no hay celos no hay amor y Molière, sin llegar a tal extremo, concede que el celoso no ama más, pero el que no lo es ama menos. Aparte, ¿quién no es celoso en esta vida? Stendhal ya nos decía que quien no sabe celar no sabe amar y qué es el celo sino un impulso íntimo que promueve las buenas obras o un amor extremado y eficaz a la gloria de Dios y al bien de las almas que por extensión resulta un cuidado del aumento y bien de otras personas1. Claro, quien cela –en su primera acepción al menos- no hace otra cosa que procurar con particular cuidado el cumplimiento y observancia de las leyes, estatutos u otras obligaciones. En griego thelo o ethelo era precisamente querer, tener un propósito o bien desear por gusto o acto voluntario. Entonces el celo es un elemento necesario en el compromiso de cualquier acción a la que me obligue por un acto voluntario.
Con todo, algo no está claro. ¿Y si hablamos de celos en plural o de recelo? El panorama cambia mucho.
¿Qué son… celos?
Topamos entonces con otra acepción, ya no tan positiva: recelo que alguien siente de que cualquier afecto o bien que disfrute o pretenda, llegue a ser alcanzado por otro. En el celar o recelar ya hay como un… exceso de cuidado (atender con esmero al cuidado y observación de la persona amada, por tener celos de ella). Para Freud esta definición entraría en lo que él llama “celos normales”, a los cuales ubica en la fase de duelo o dolor por el objeto amado que se cree perdido. Los celos normales responden a una “afrenta narcisista”, o a un “sentimiento de hostilidad hacia los rivales que han sido preferidos”, o un “monto mayor o menor de autocrítica, que quiere hacer responsable al yo propio por la pérdida del amor”2. Son normales puesto que son acordes a la ratio y a las circunstancias afectivas, y están dominados por el yo conciente (y no en forma residual en él).
Pero qué pasa cuando los celos pueden perfectamente caratularse como sospecha, inquietud, recelo de que la persona amada haya mudado o mude su cariño poniéndolo en otra. Es decir, ¿qué pasa cuando siento celos de lo que todavía no perdí? ¿Qué pasa cuando me siento sumido en un estado de irremediable inquietud debido a un mal oculto e indescubrible? Otelo en la obra homónima de Shakespeare así lo expresa: “(…) una vez que se duda, el estado del alma queda fijo irrevocablemente”3.
El poseso del deseo de posesión
Descartes aventura una primera aproximación al tema:
Se desprecia a un hombre que está celoso de su mujer, porque es un testimonio de que no la ama de buena manera; y que tiene mala opinión de sí mismo o de ella: digo que no la ama de buena manera, pues, si tuviera verdadero amor por ella, no tendría ninguna tendencia de desconfiar. Pero no es a ella propiamente a quien ama, es tan sólo que el bien que imagina consiste en tener él solo su posesión; y no temería perder este bien si no juzgara que él es indigno de ella o bien que su mujer es fiel.4
Al fin alguien se arriesga a decir algo. El celo es ansia de posesión del otro. No aspiro al otro como un otro que me desborda, sino que lo abordo como un yo, trato de reducirlo a mi dominio (imperium): Nadie puede conocerte mejor que yo. Me perteneces. Hablemos entonces de la posesión, o mejor, del deseo de posesión:
In life as in the movies, the possessive lover’s enactment of dominant scenarios fails to obscure his need. (…) In attempting to enforce what should be automatic, the lover ensures that his show of strength becomes the emblem of his weakness. (…) When the lover tries to offset his feeling of ravishment (enslavement) by his power in domination, he travels in a futile, vicious circle.5
El ansia de dominación se trasluce en la muestra de la propia debilidad: puesto que te retuve siempre, no te tengo firmemente, podríamos decir tergiversando el rilkeano weil ich niemals dich anhielt, halt ich dich fest 6. Aferrarse a lo que se posee. El amor se exhibe como un trofeo codiciado, es la personificación de mi gloria y también la cosificación del otro, como parte anexa de mi entero dominio. El cuerpo de la amada es mi cuerpo, pero peor, porque no es cualquier cuerpo, es el cuerpo de mi deseo puesto a mi vista (y a la de todos). Es la forma de mi deseo, y lo más fatal es que mi deseo vaga descubierto, desfila por las calles llena de extraños. Igual, el mayor peligro no lo reportan los perfectos desconocidos, sino los íntimos. Ellos ponen en peligro nuestro lazo, interfieren siempre, rompen con nuestra preciosa soledad. El mal está adentro. El mayor miedo, como en los cuentos de Poe, el miedo al inesperable, al aparecido, el amante que yace sepultado en el pasado puede sobrevenir y arrasar con todo, el ex.
Barthes analiza esta pretensión de exclusividad: “Cuando amo, soy muy exclusivo, dice Freud (…) Ser celoso es algo propio. Rechazar los celos (ser perfecto) es pues trasgredir una ley.” Y nos brinda un ejemplo de esta faceta de los celos en la contemplación trágica de Werther mirando a Carlota (pastel) repartiéndose entre sus hermanos y reflexionando:
“(…) si no acepto la partición del ser amado niego su perfección, puesto que pertenece a la perfección del repartirse. (…) Así, sufro dos veces: por el reparto mismo, y por mi impotencia para soportar su nobleza.” 7
Para Freud, hay dos condiciones singulares en el amor: “el tercer perjudicado”, es decir, no solemos elegir como objeto amoroso a una mujer libre, sino a una sobre la que otro hombre pueda pretender derechos de propiedad, lo que presupone una segunda condición: el rasgo de liviandad que rebaje a la amada, pues “la mujer casta e insospechable nunca ejerce el atractivo que puede elevarla a objeto de amor”8, alguien con quien se pueda coquetear.9 Con todo, -esto no lo dice Freud- se busca una mujer liviana situada en una precisa encrucijada en que se demuestre que su integridad sexual existe y nos prefiere (por eso existe, porque nos elige). Esa aspiración agonal es lo que suscita la pasión y albergar celos supone la cima misma de ese sentimiento. El amado tiene pleno valor y el amante no escatima ocasión para vivenciar su intensísima sensación en actos de arrebato, lo que supone un máximo gasto psíquico, hasta consumir todo el interés. “(…); son las únicas personas a quienes pueden amar, y en todos los casos exaltan la autoexigencia de fidelidad, por más a menudo que en la realidad la infrinjan”10. De ahí la fantasía del rescate del ser amado. La amada corre un riesgo por su inclinación a la indecencia y el amante se empeña en preservarla del peligro cuidando celosamente de su virtud. Ahí se observa claramente la influencia negativa del super-ego que observa Kernberg y que remitiremos más adelante. 11
Pero volvamos al tema de la dominación. El círculo vicioso que nos refería E. Person se resume en dos puntos:
While domination may insure possession, it acts to destroy love in at least two different ways. First, in asserting his own superiority, the lover may undermine his beloved’s worth and ultimately destroy his ground for exalting and admiring her.12
y en segundo lugar “By trying to manipulate what cannot be manipulated, to force what cannot be forced, the lover inadvertedly corrupts the experience of love”13. Y luego cita a Sartre con la paradoja del sujeto amante: poseer al amado como un objeto y a la vez desear que siga siendo un sujeto libre.
La escenificación del miedo
Stendhal parece evocar al zelus, ese estado de furor en el apasionado, y carga tintas contra el deseo de posesión: “En tal estado [el de los celos] el furor nace fácilmente; no se acuerda ya de que en amor poseer no es nada, y gozar es todo; (…)”14. Entonces venimos diciendo que el celoso se envanece de su amada y, a su vez, teme por ella; es la exhibición de la fortaleza comandada por una debilidad oculta. El amado puede hallar valor en esta actitud, pero en ese caso lo que se admirara sería la bravura (exterior), no el valor al que remitiría (interior), nos hace ver Stendhal. De vuelta mostrando lo que no se es, y ahí arremete Yago en Otelo: “Los hombres debieran ser lo que parecen; ¡ojalá ninguno de ellos pareciese lo que no es!”. Es que se arrastra una sombra pesada: la honra, aquello que me conceden los demás. De ahí que el dolor de los celos no pueda ser socorrido por la vanidad y que el enemigo sea siempre oculto (oculto en uno mismo). Ahora el parlamento de Otelo:
Quien me roba la bolsa, me roba una porquería, una insignificancia, nada; fue mía, es de él y había sido esclava de otros mil; pero el que me hurta mi buen nombre, me arrebata una cosa que no le enriquece y me deja pobre de verdad.15
El celoso percibe el deseo del otro en su amada (en los dos sentidos) como un ataque a lo propio, una puesta en ridículo que suscitará más de una escena amorosa. Ahí Barthes con su observación siempre atinada: “Se trata de una disposición trágica [teatral] y no psicológica (…)”16. Hay entonces un miedo a explorar. Los celos son un muro de contención (mudez), no puede atravesarse un tal umbral parece decirnos el celoso, y simula arriesgar su nombradía, su honra, su objeto amado, todo. Pero el celoso no arriesga nada, simplemente teme perderlo todo. Se aprovecha la escena para la mera mostración de un vigor. Debe demostrarlo, hacerlo patente, para encubrir un fantasma. El verdadero rival está adentro, es la persona oculta que hay el propio personaje puesto en escena.
¿Y por qué un miedo? Stendhal dice que “los celos desean la muerte del objeto temido”, y, en cambio, “el hombre picado de amor propio está muy lejos de ello, quiere que su enemigo viva y, sobre todo, que sea testigo de su triunfo.”17 Es decir, que el celoso explora siempre una impotencia interna, de vuelta, el enemigo está inmerso en el yo mismo. ¿No nos enseña eso el Otelo de Shakespeare? W.H. Auden observa con inteligencia:
Si Otelo simplemente hubiera sentido celos de los sentimientos que imaginaba que Desdémona albergaba hacia Casio, hubiera sido suficientemente cuerdo, y culpable a lo sumo para desconfiar de su esposa. Pero Otelo no sólo siente celos de los sentimientos que podrían existir, sino exige pruebas de un acto que no podría haberse llevado a cabo (…)18
Es decir, el asombro paralizante para Otelo es la traición, o mejor dicho, el miedo latente de una conjura que ya existe en la propia alma, una desconfianza en el propio poder, un autoengaño. “Habría sido feliz (…) con tal de no haber sabido nada. ¡Oh! Ahora, ¡adiós para siempre a la tranquilidad del espíritu! ¡Adiós al contento!” manifiesta desde el paroxismo, y cuando la duda ya opera su efecto ponzoñoso: “Házmelo ver, o, a lo menos, pruébalo de tal suerte, que la prueba no deje ni gozne ni perno de que pueda colgarse una duda; (…)”. Ser amado para Otelo es ser aceptado como hermano y persona en la comunidad veneciana (Auden). El miedo reprimido que oculta con tanto celo es el miedo a descubrirse valorado meramente porque es útil a la ciudad. Es precisamente ese recelo el que motiva su credulidad frente a las sospechas que va cultivando en él Yago.
La imaginación al poder
Si para creer es preciso usar la imaginación, vamos atando los cabos. El celoso cultiva la imaginación de (y a partir de) un miedo latente (oculto); está sensibilizado a los mínimos detalles que den razón a su paranoia, cualquier cosa es sustento para un miedo irracional. “Bagatelas tan ligeras como el aire son para los celosos pruebas tan poderosas como las afirmaciones de la Sagrada Escritura.” (Parlamento de Yago). El celoso opera como un fóbico. En su tiempo libre utiliza el magín para martirizarse: imagina masoquistamente, y hasta el ínfimo detalle, el triunfo de aquel que corporiza su miedo –el rival-. Ahí está la puesta del yo mismo en escena, “como si los celos advinieran por ese simple pasaje del yo al él, de un discurso imaginario (saturado del otro) a un discurso del Otro” (Barthes). Ahí está también el verme en el otro y el consecuente rehusar a verme al depositar mi miedo en el otro (amada) y por el otro (rival).
Freud habla de estos celos como celos proyectados, es decir, aquellos en los que cae la pareja que vive en permanente lucha con las “tentaciones”. Los celos cumplen aquí la función de un “mecanismo inconciente para hallar alivio”, una especie de “absolución de su conciencia moral, proyectando a la otra parte, hacia quien es deudor de fidelidad, sus propias impulsiones a la infidelidad”.19 Cuando yo me observo en el otro, busco mi lugar en el otro, me niego a la introspección y, por ende, me desconozco (¡Mirá que no respondo de mí! ¡Y no sé de qué soy capaz! o Tenga cuidado, señor, que no me controlo). Estoy probando al otro, me instalo y observo su proceder, porque el yo mismo es una paraje inestable y tormentoso. Busco al otro, pero no como un yo verdadero -es decir, oscuro, irreductible-, sino como un debería yo, que no es otra cosa que un yo superfluo, llano, exterior. Me afirmo en la unidimensionalidad que apenas noto en el otro, y lo hago porque temo ver la bidimensionalidad propia. Los celos son el escándalo ante la constatación de la tridimensionalidad del otro, una dimensión que siempre me supera. Ese escándalo es producto de una negativa a mirar al otro, a verlo como un yo otro en lugar de como otro yo corregible. La inseguridad impulsa al celoso a proyectar en el otro y en forma inconciente las cualidades de un super-ego reprimido por la moralidad infantil y emergentes ahora en actitudes prohibitivas hacia la pareja.20
Prosigue Auden:
(…) los seres humanos (…) son neuróticos, es decir, menos libres de lo que imaginan, a causa de temores y deseos que no conocen personalmente pero que podrían y deberían conocer. 21
Otto Kernberg profundiza sobre la fantasía sexual en torno al tema convención y agresión, y observa en ella un efecto intensificador de la pasión, con efectos positivos así como devastadores. Los primeros suponen que la incertidumbre sobre la exclusividad en el amor de la esposa alimenta la idea de la vida como una eterna lucha de reconfirmación de la estabilidad, la intimidad y autonomía de la pareja, lo que enriquece al amor y a la comprensión mutua.
(…) the fantasy of sexual involvement with another person, within an overall highly satisfactory sexual relation with a marital partner, is the most common secret of the sexual fantasy life of couples, a normal channel by which sexual stimulation and temptation from external sources can be redirected to the sexual life of the couple itself.22
También Freud comenta respecto de las tentativas humanas para neutralizar la inevitable (sic) inclinación hacia la infidelidad.
La convención establece que las dos partes no han de echarse en cara estos pasitos en dirección a la infidelidad, y las más de las veces consigue que el encendido apetito por el objeto ajeno se satisfaga, mediante un cierto retroceso a la fidelidad, en el objeto propio.23
Se aprueban prácticas como el cortejo y el coqueteo como civilizadamente permitidas. Ahora, el celoso sería aquel que no tolera esta convención, pues no cree que sea posible detenerse o dar la vuelta en el camino una vez emprendido, aclara Kernberg.
Y entonces los efectos devastadores de la triangulación en el planteo de Kernberg estarían en la posible reactivación de miedos edípicos, traumas, inseguridad y celos en el cónyuge, los cuales pueden destruir a la pareja o resultar en conflictos maritales crónicos. La experiencia de los celos sólo bajo óptimas circunstancias puede promover un entendimiento profundo de la otra persona, incluso también sobre necesidades nunca antes asumidas como tales. Ahí está la hebra positiva del estudio nuestro: el celoso nos quiere decir algo con su teatralización, hay un miedo inconfeso que se manifiesta en su actitud y es un pedido a la amada de que lo ayude a superarlo. No conviene llevarle la contra, nos aconseja Freud, es mucho más hacedero presentarle los hechos desde una visión distinta.
Volviendo al tema de la proyección y la escenificación, Otto Weininger expresa que la base del amor es una culpa, puesto que no es más que una trascendentalización del amor a una cosa en particular, mientras que el verdadero amor sólo existe hacia Dios, el Mundo o un Valor infinito. Los celos serían, desde este planteo, una violencia sobre la voluntad libre del prójimo; “(…) el amor localiza en la amada el propio Yo del amante, y el hombre, por una falsa deducción (…) cree tener derecho en todo momento y en todo lugar a su Yo.”24 Ahí aparece la naturaleza de los celos: ellos son temor y en tanto tal denuncian un sentimiento de vergüenza (culpa cometida en el pasado), son la delación de que por el amor [mundano] se quiere obtener algo que no debería ser exigido por esa vía.

Conclusión
¿Cuál es el problema de tener celos? Ninguno si asumimos antes que “Los celos no provienen nunca de la realidad, puesto que si fueran verdad, no serían celos”25. Es decir, no hay razón en los celos, ellos provienen de un miedo irracional, de un furioso exceso de cuidado. El celo al buscar afirmar su posesión del ser amado, lo que hace es precisamente descalificarlo en su cualidad de sujeto, lo objetaliza y lo pone a disposición de lo que decida su miedo inventar. En este sentido el celoso aspira a tener conocimiento del otro como se tiene conocimiento científico sobre algo, sobre una cosa. Si se tienen celos de lo que se tiene, es porque el amante percibe que no lo tiene sin antes detentarlo26. Los únicos celos normales son de aquello que no se pudo lograr, aquello que se pierde. Los otros son fantasmas propios que buscan decir algo en forma indirecta (son la manifestación encubierta de un recelo o temor, una sospecha) y determinan un tipo de actitud.
Se dice que el celoso nada sabe, sospecha mucho, y le teme a todo. Entonces que no nos sorprenda que acabe realizando con su temor lo que más teme, pues -si no se detiene a tiempo- sobreviene casi siempre la profecía auto-cumplidora. Ya lo decía Lope de Vega con bella literatura:
Ámala, sirve y regala,

con celos no les des pena;

que no hay mujer que sea buena

si ve que piensan que es mala.

FIN

(Julián D’Alessandro)

Apéndice
Los celos de Otelo
OTELO de William Shakespeare
ACTO III – ESCENA III

(fragmento)


(...)

IAGO.- Mi noble señor...

OTELO.- ¿Qué dices, Iago?

IAGO.- ¿Es que conocía Miguel Cassio vuestro amor cuando hacías la corte a la señora?

OTELO.- Lo conoció desde el principio hasta el fin. ¿Por qué me preguntas eso?

IAGO.- Sólo por la satisfacción de mi pensamiento; no por nada más grave.

OTELO.- ¿Y cuál es tu pensamiento, Iago?

IAGO.- No creí que tuviera entonces conocimiento con ella.

OTELO.- ¡Oh, sí!, y a menudo nos ha servido de intermediario.

 IAGO.- ¿De veras?

OTELO.- «¡De veras!» Sí, de veras... ¿Percibes algo en esto? ¿No es él honrado?

IAGO.- ¿Honrado, señor?

OTELO.- «¡Honrado!» Sí, honrado.

IAGO.- Mi señor, por cosa así le tengo.

OTELO.- ¿Qué es lo que piensas?

IAGO.- ¿Pensar, señor?

OTELO-«¡Pensar, señor!» ¡Por el cielo, me sirve de eco, como si encerrara en su pensamiento algún monstruo demasiado horrible para mostrarse!... Tú quieres decir algo... Te oí decir ahora... que no te agradaba eso, cuando Cassio abandonó a mi mujer. ¿Qué es lo que no te agradaba? Y cuando te he dicho que estaba en mis secretos, durante el curso entero de mis amores, has exclamado: «¿De veras?» Y tus cejas se han contraído haciendo plegarse la frente en forma de bolsa, como si hubieras querido encerrar en tu cerebro alguna concepción horrible. Si me estimas, muéstrame tu pensamiento.

IAGO.- Señor, sabéis que os estimo.

OTELO.- Lo creo, y precisamente porque sé que estás lleno de afecto y de honradez y que pesas tus palabras antes de proferirlas es por lo que tus reticencias me asustan más; pues tales modos de conducirse son perfidias habituales en un bellaco desleal y mentiroso; pero en un hombre justo son revelaciones veladas que se escapan de un pecho incapaz de dominar su emoción.

IAGO.- Por lo que toca a Miguel Cassio, me atrevería a jurarlo, pienso que es un hombre honrado.

OTELO.- Y yo también.

IAGO.- Los hombres debieran ser lo que parecen; ¡ojalá ninguno de ellos pareciese lo que no es!

OTELO.- Cierto, los hombres debieran ser lo que parecen.

IAGO.- Por eso, pues, pienso que Cassio es un hombre honrado.

OTELO.- No, en eso hay aún más. Exprésame tus pensamientos tal como los rumias interiormente; y manifiesta los peores de ellos por lo que las palabras tienen de peor.

IAGO.- No, mi buen señor, perdonadme. Aunque comprometido a todo acto de leal obediencia, no estoy obligado a descubrir lo que todos los esclavos son libres de ocultar. ¿Revelar mis pensamientos? Pardiez, suponed que son viles y falsos -¿cuál es el palacio en que no se introducen alguna vez villanas cosas?-. ¿Quién tiene un corazón tan puro donde las sospechas odiosas no tengan sus audiencias y se sienten en sesión con las meditaciones permitidas?

OTELO.- Conspiras contra tu amigo, Iago, si, creyéndolo ultrajado, dejas su oído extraño a tus pensamientos.

IAGO.- Os suplico -aunque quizá soy mal inclinado en mis conjeturas (pues confieso que es una enfermedad de mi naturaleza sospechar el mal, y mis celos imaginan a menudo faltas que no existen)- que vuestra cordura, sin embargo, no conceda ninguna importancia a un hombre cuya imaginación se halla tan propensa a equivocarse, ni construya una armazón de inquietudes sobre el fundamento poco sólido de sus observaciones, imperfectas. No convendría a vuestro reposo, ni a vuestro bienestar, ni a mi fortaleza varonil, honradez y prudencia, permitir que conocierais mis pensamientos.

OTELO.- ¿Qué quieres decir?

IAGO.- Mi querido señor, en el hombre y en la mujer el buen nombre es la joya más inmediata a sus almas. Quien me roba la bolsa, me roba una porquería, una insignificancia, nada; fue mía, es de él y había sido esclava de otros mil; pero el que me hurta mi buen nombre, me arrebata una cosa que no le enriquece y me deja pobre en verdad.

OTELO.- ¡Por el cielo! ¡Conoceré tus pensamientos!

IAGO.- No podríais, aunque mi corazón estuviera en vuestra mano; con mayor razón mientras se halla bajo mi custodia.

OTELO.- ¡Ah!...

IAGO.- ¡Oh, mi señor, cuidado con los celos! Es el monstruo de ojos verdes, que se divierte con la vianda que le nutre. Vive feliz el cornudo que, cierto de su destino, detesta a su ofensor; pero, ¡oh, qué condenados minutos cuenta el que idolatra y, no obstante, duda; quien sospeche y, sin embargo, ama profundamente!

OTELO.- ¡Oh suplicio!

IAGO.- Pobreza y contento es riqueza, y riqueza abundante; pero riquezas infinitas componen una pobreza estéril como el invierno para el que teme siempre ser pobre... ¡Cielo clemente, libra de los celos a las almas de toda mi casta!

OTELO.- ¡Qué! ¿Qué es eso? ¿Crees que habría de llevar una vida de celos, cambiando siempre de sospechas a cada fase de la luna? No, una vez que se duda, el estado del alma queda fijo irrevocablemente. Cámbiame por un macho cabrío el día en que entregue mi alma a sospechas vagas y en el aire, semejantes a las que sugiere tu insinuación. No me convertiré en celoso porque se me diga que mi mujer es bella, que come con gracia, gusta de la compañía, es desenvuelta de frase, canta, toca y baila con primor. Donde hay virtud, estas cualidades son más virtuosas. Ni la insignificancia de mis propios méritos me hará concebir el menor temor o duda sobre su infidelidad, pues ella tenía ojos y me eligió. No, Iago, será menester que vea, antes de dudar; cuando dude, he de adquirir la prueba; y adquirida que sea, no hay sino lo siguiente..., dar en el acto un adiós al amor y a los celos.

IAGO.- Me alegro de eso, pues ahora tendré una razón para mostraros más francamente la estima y obediencia que os profeso. Por tanto, obligado como estoy, recibir este aviso... No hablo aún de pruebas. Vigilad a vuestra esposa, observadla bien con Cassio. Haced uso de vuestros ojos así..., sin celos ni confianza. No quisiera que vuestra franca y noble naturaleza fuese engañada por su misma generosidad. Vigiladla. Conozco bien el carácter de nuestro país: en Venecia las mujeres dejan ver al cielo las tretas que no se atreven a mostrar a sus maridos. Toda su conciencia estriba, no en no hacer, sino en tener oculto.

OTELO.- ¿Eso me cuentas?

IAGO.- Engañó a su padre, casándose con vos; y cuando parecía estremecerse y tener miedo a vuestras miradas, fue entonces cuando las apetecía más.

OTELO.- Así fue, en efecto.

IAGO.- Sacad entonces la conclusión. La que tan joven pudo disimular hasta el punto de tener los ojos de su padre tan estrechamente cerrados como la madera de roble, tan cerrados que él lo tomó por cosa de magia... Pero soy muy de censurar; os pido humildemente perdón por este exceso de cariño.

OTELO.- Te quedo por siempre obligado.

IAGO.- Veo que esto ha confundido un poco vuestro ánimo.

OTELO.- Ni una jota, ni una jota.

IAGO.- Por mi fe, que lo temo; creedme. Espero consideréis que lo que os digo dimana de mi afecto por vos...; pero veo que os habéis emocionado; debo rogaros que no deis a mis palabras una conclusión más grave ni una extensión más larga que la de una sospecha.

OTELO.- Es lo que haré.

IAGO.- De otro modo, señor, mis palabras obtendrán resultados terribles, a los cuales no tienden mis pensamientos. Cassio es mi digno amigo... Mi señor, veo que estáis turbado.

OTELO.- No, no tan turbado... No creo que Desdémona no sea honrada.

IAGO.- ¡Que viva así mucho tiempo, y otro tanto vos para creerla tal!

OTELO.- Y, sin embargo, cuando la naturaleza se desvía de sí...

IAGO.- Sí, al está el mal. Así -para hablaros claramente-, digamos que no haber aceptado tantos partidos como se le proponían con hombres de su país, de su color, de su condición, a lo que vemos tiende siempre la naturaleza, ¡hum!, esto denota un gusto muy corrompido, una grosera desarmonía de inclinaciones, pensamientos contra naturaleza... Pero perdonadme. No es a ella precisamente a quien me refiero; y, sin embargo, temería que su alma, retornando a un juicio más frío, llegara a compararos con las figuras de su país y se arrepintiera tal vez.

OTELO.- Adiós, adiós. Si más adviertes, comunícame más. Encarga a tu mujer que observe. Déjame, Iago.

IAGO.- Mi señor; tomo licencia para marcharme. (Yéndose.)


(...)
IAGO.- Eres una buena chica; dámelo.

EMILIA.- ¿Qué intentáis hacer con él, para haberme instado tan reiteradamente a que lo escamotease?

IAGO.- (Arrebatándole el pañuelo.) ¡Pardiez! ¿Qué os importa?      EMILIA.- Si no es para algún asunto de importancia, devolvédmelo. ¡Pobre señora! Va a volverse loca cuando advierta que le falta.

IAGO.- Fingid no saber de ello. Tengo necesidad de él. Idos, dejadme. (Sale Emilia.) Voy a extraviar este pañuelo en la habitación de Cassio y a dejarle que lo encuentre. Bagatelas tan ligeras como el aire son para los celosos pruebas tan poderosas como las afirmaciones de la Sagrada Escritura. Esto puede acarrear algo. El moro se altera ya bajo el influjo de mi veneno. Las ideas funestas son, por su naturaleza, venenos que en principio apenas hacen sentir su mal gusto; pero a poco que obran sobre la sangre, abrasan como minas de azufre... Tenía yo razón. ¡Mirad, aquí viene! ¡Ni adormidera, ni mandrágora, ni todas las drogas soporíferas del mundo te devolverán jamás el dulce sueño que poseías ayer!


Vuelve a entrar OTELO

OTELO.- ¡Ah! ¡Ah! ¡Pérfida conmigo!

IAGO.- ¡Pardiez! ¿Qué hay, general? ¡No más de eso!

OTELO.- ¡Atrás! ¡Vete! ¡Me ha puesto en el potro! Juro que vale más ser engañado mucho que saber sólo un poco.

IAGO.- ¿Qué es esto, mi señor?

OTELO.- ¿Qué sentimiento tenía yo de sus horas furtivas de lujuria? Yo no las veía, no pensaba en ellas, no me hacían sufrir. La noche última dormí bien, comí bien, estaba alegre y mi espíritu era libre; no hallaba en su boca los besos de Cassio. Al que ha sido robado, no apercibiéndose la falta de lo sustraído, dejadle en la inocencia del hurto, y no habrá sido robado del todo.

IAGO.- Estoy apesadumbrado de oíros esto.

OTELO.- Habría sido feliz, aun cuando el campamento entero, con gastadores y todo, hubiera gozado de su dulce cuerpo, con tal de no haber sabido nada. ¡Oh! Ahora, ¡adiós para siempre a la tranquilidad del espíritu! ¡Adiós al contento! ¡Adiós a las tropas empenechadas y a las potentes guerras, que hacen de la ambición una virtud! ¡Oh, adiós!... ¡Adiós al relinchante corcel y a la aguda trompeta, al tambor que despierta el ardor del alma, al penetrante pífano, a las reales banderas y a todo lo que constituye el orgullo, la pompa y el aparato de las guerras gloriosas! ¡Y a vosotras, máquinas asesinas, cuyas bocas crueles imitan los terribles clamores del inmortal Júpiter, adiós! ¡La carrera de Otelo ha dado fin!

IAGO.- ¿Es posible, señor?

OTELO.- ¡Villano, ten por seguro que me probarás que mi amada es una puta; tenlo por seguro; dame la prueba ocular; o, por la salud de mi alma eterna, más te valiese haber nacido perro que tener que contestar a mi cólera en alerta!

IAGO.- ¿A esto hemos llegado?

OTELO.- Házmelo ver, o, a lo menos, pruébalo de tal suerte, que la prueba no deje ni gozne ni perno de que pueda colgarse una duda; o ¡ay de tu vida!

IAGO.- Mi noble señor...

OTELO.- Si haces esto para calumniarla y atormentarme, no reces más; abandona toda compasión; acumula horrores sobre horrores; comete actos que hagan llorar al cielo y asombrar a la tierra, pues nada puedes añadir a tu condenación más terrible que esto.

IAGO.- ¡Oh, gracia divina! ¡Oh, cielos, perdonadme!... ¿Sois un hombre? ¿Tenéis alma o sentimiento?... Quedad con Dios; aceptad la renuncia de mi cargo... ¡Oh, miserable imbécil que vives para ver tu honradez transformada en vicio!... ¡Oh, mundo monstruoso! ¡Toma nota, toma nota, oh mundo, de lo peligroso que resulta ser recto y honrado!... Os doy las gracias por esta provechosa lección; y desde ahora no querré a ningún amigo, ya que el afecto produce tales ofensas.

OTELO.- No, quédate... Debieras ser honrado.

IAGO.- Debiera ser prudente, pues la honradez es una tontería que siempre trabaja en balde.

OTELO.- Por el universo, creo que mi esposa es honrada y creo que no lo es; pienso que tú eres justo; y pienso que no lo eres. ¡Quiero tener alguna prueba! Su nombre que era tan puro como el semblante de Diana, es ahora tan embadurnado y negro como mi propio rostro... Si existen cuerdas, cuchillos, venenos, fuego o torrentes para ahogarse, no lo soportaré... ¡Quisiera estar plenamente convencido!

IAGO.- Veo, señor, que os devora la pasión. Me arrepiento de haberos arrojado a este estado. ¿Querrías satisfacción?

OTELO.- «¡Querríais!» Pues claro que quiero.

IAGO.- Y podéis. Mas ¿cómo? ¿Cómo querríais que fuese esta satisfacción, señor? ¿Querríais vos, el espectador, quedaros con la boca abierta mirándola bestialmente topeteada?

OTELO.- ¡Muerte y condenación! ¡Oh!

IAGO.- Sería, creo, una empresa difícil y enojosa inducirles a dejarse sorprender así. ¡Malditos sean, pues, si otros ojos mortales fuera de los suyos los ven acostados! Entonces ¿qué? ¿Cómo proceder? ¿Qué he de deciros? ¿Dónde está la convicción?... Es imposible que sorprendáis tal cosa, aun cuando estuvieran tan excitados como las cabras, tan ardientes como los monos, tan lúbricos como los lobos en el celo y tan imprudentemente tontos como los ignorantes en estado de embriaguez. Pero, sin embargo, os lo digo, si la opinión, fundada en una fuerte evidencia circunstancial, que conduce directamente a las puertas de la verdad, puede daros satisfacción, la obtendréis.

OTELO.- ¡Dame la prueba palpable de que es desleal!

IAGO.- No me gusta el oficio; pero ya que tan adelante he ido en este asunto -aguijoneado por la locura de la honradez y la amistad-, seguiré más lejos aún. Estaba yo acostado hace poco tiempo con Cassio, y como rabiara de dolor de muelas, no podía dormir. Hay una clase de hombres tan indiscretos de alma, que en sus sueños mascullan sus negocios. Uno de esta especie es Cassio. Le oí decir en sueños: «¡Encantadora Desdémona, seamos prudentes; ocultemos nuestros amores!» Y entonces, señor, me cogía y estrujaba la mano, diciendo: «¡Oh, dulce criatura!» Y luego me besaba con fuerza, como si quisiera arrancar por la raíz besos que brotaran de mis labios. Después pasó su pierna sobre mi muslo, suspiró y me besó. Y acto seguido repuso: «¡Maldito sea el destino que te ha entregado al moro!»

OTELO.- ¡Oh, monstruoso! ¡Monstruoso!

IAGO.- ¡Bah!, esto no es más que un sueño.

OTELO.- Sí, pero denota una conclusión predeterminada; es un indicio grave, aunque sólo sea un sueño.

IAGO.- Y esto puede ayudar a justificar otras pruebas que parecen demasiado menudas.

OTELO.- ¡La desgarraré toda en pedazos!



IAGO.- Bien, mas sed prudente. Aún no vemos nada definitivo. Puede que sea todavía honrada. Decidme tan sólo... ¿No habéis visto nunca en manos de vuestra mujer un pañuelo con un bordado moteado de fresas?
(…)


1 Todas las definiciones de diccionario han sido extraídas del Diccionario Enciclopédico Quillet, Bs. As., Ed. Arístides Quillet, 1960. Las apreciaciones extractadas de los pensadores provienen de VARGAS ROJAS, Pedro Ignacio, “Celos” en Diccionario de máximas. Frases y citas del mundo entero, Bs. As., Círculo de lectores S.A., 1988, p.82.

2 FREUD, Sigmund, “Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad” en Obras completas (T.XVIII), Bs. As., Amorrortu, 1997. pp. 217-226

3 SHAKESPEARE, William, Acto III, Escena III en Otelo, versión virtual disponible en la Web.

4 VARGAS ROJAS, Op. Cit., p. 82 (La negrita es mía)

5 “En la vida como en las películas, la performance del amante posesivo en escenarios de dominio falla en oscurecer su necesidad. (…) En el intento de forzar aquello que debería ser automático, el amante certifica que su manifestación de fuerza se convierte en el emblema de su debilidad. (…) Cuando el amante trata de contrabalancear su sentimiento de rapto (esclavización) mediante su poder de dominación, se dirige a un fútil círculo vicioso.” En PERSON, Ethel S., Dreams of Love and Fateful Encounters. The Power of Romantic Passion, New York, Penguin, 1988. p.172-3 (La negrita y la traducción es mía).

6 La frase de Rilke en español puede traducirse del siguiente modo: “Porque nunca te retuve, te tengo firmemente”. Es citada en BARTHES, R., “Los celos” en Fragmentos de un discurso amoroso, Bs. As, Siglo XXI, 2006. p.56


7 BARTHES, R., Op. Cit., p.56

8 FREUD, Sigmund, “Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre”, en Obras completas (T.XI), Bs. As., Amorrortu, 1997. pp. 159-168

9 Lo de “ejercer un derecho de propiedad” debe ser considerado una metáfora aproximativa (¿mimética?) a la perspectiva que tiene un “celoso” de la situación descrita. En otro orden de cosas, puede graficarse la idea de “sospecha” sobre el objeto amoroso pretendido con el cuento de Oscar Wilde “La esfinge sin secreto”.

10 FREUD, Sigmund, Op cit.

11 Véase la página 6 de este trabajo.

12 “Si bien la dominación puede asegurar la posesión, actuará destruyendo al amor en dos formas. Primero, afirmando su propia superioridad, el amante socava el valor de su amada y destruye finalmente el fundamento de su alborozo y admiración.”, Op. Cit. 5. (La traducción es mía)

13 “Tratando de manipular lo que no puede ser manipulado, o forzar lo que no debe ser forzado, el amante corrompe inadvertidamente la experiencia del amor”, PERSON, Op. Cit. p. 172-3 (La traducción es mía)

14 STENDHAL, “De los celos” (XXXV), en Del amor, Bs. As.-Madrid, Edaf, 1998. p.152

15 SHAKESPEARE, William, Op. Cit.

16 BARTHES, Op. Cit. p. 56

17 STENDHAL, Op. Cit., p. 152

18 AUDEN, W.H., El mundo de Shakespeare, Bs. As. Adriana Hidalgo, 1999. p.137

19 FREUD, Op. Cit., pp. 159-168

20 KERNBERG, Otto F., “Between Conventionality and Aggression: The Boundaries of Passion” en Passionate Attachments. Thinking about Love, New York, Gaylin & Person editors, 1988. p.76

21 AUDEN, Op. Cit., p. 173

22 “La fantasía del involucramiento sexual con otra persona -en una relación marital altamente satisfactoria por lo general- es el secreto más común en la vida de la fantasía sexual de la pareja, un cauce normal por el cual la estimulación sexual y la tentación por afluentes externas pueden ser reencauzados hacia la vida sexual de la pareja misma.” en KERNBERG, Op. Cit.. p.72. (La traducción es mía)

23 FREUD, Op. Cit., p. 218

24 WEININGER, Otto, Sexo y carácter, Bs. As., Losada, 1945. p. 328

25 NERVO, Amado, El diamante de la inquietud, La Plata, Palomino, 1946. p. 50

26 “Detentar: Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público. // der. Dicho de una persona: Retener lo que manifiestamente no le pertenece”, en diccionario de RAE, versión virtual.





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