La gravitación del objeto en los pacientes fronterizos: un propuesta complementaria a los desarrollos de andré green



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LA GRAVITACIÓN DEL OBJETO EN LOS PACIENTES FRONTERIZOS:

UN PROPUESTA COMPLEMENTARIA A LOS DESARROLLOS DE ANDRÉ GREEN

Gustavo Lanza Castelli


Es interesante notar que los impasses del caso límite son vividos por él no solamente en su funcionamiento mental y sus relaciones de objeto, como se ve en la transferencia, sino también en su propio espacio vital, donde vaga sin cesar de un lugar al otro, yéndose lejos para escapar del objeto malo, con la esperanza de alcanzar alguna tierra prometida, para ser finalmente atrapado por los oscuros mensajeros del objeto malo, que lo vuelven a llevar por la fuerza a su nido detestado”
André Green, La folie privée. Psychanalyse des cas-limites, p. 137

Trabajo publicado en la Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, 2016

Abstract

El trabajo comienza mencionando que hay dos períodos en la obra de André Green, en lo que hace a su conceptualización de los pacientes fronterizos.

Tras caracterizar la forma en que fueron tematizados en el primer período y hacer algunas referencias a las modificaciones posteriores, centra su interés en el rol del objeto malo en estos pacientes y en las distintas descripciones que Green ha dado del mismo y de su actitud.

Posteriormente pone en relación estas variaciones en la actitud del objeto, con los distintos momentos del circuito del deseo de ser del paciente.

De este modo, señala que cuando dicho deseo no está activado, el objeto aparece teniendo un rol estructurante. Cuando comienza a activarse, el objeto se torna amenazante y ataca y aterroriza al sujeto. Los ataques recaen en gran medida sobre su funcionamiento mental y sobre su yo, de modo tal que éste ve mermada su función representativa hasta el punto en que se diluye el universo de las formas y el propio yo.

Por último, el sujeto encuentra una «solución» evacuando la tensión vital, con lo que aplaca el terror al precio de una muerte parcial y de un sentimiento de vacío.


Palabras clave:

Objeto en fronterizos – ataque al pensamiento – evacuación por terror


Desde hace ya largos años distintos autores consideran que así como en los tiempos de Freud la neurosis era la patología paradigmática, hoy nos encontramos frente a un nuevo modelo referencial constituido por los pacientes fronterizos (André et al., 1999; Green, 1990a, 1999; Rev Fr de Psy, 1990).

Entre estos diversos colegas difieren las maneras de entender esta perturbación, así como los marcos teóricos desde los cuales la enfocan. Entre ellos sobresale la figura de André Green, que es considerado como uno de los psicoanalistas que ha hecho aportes más originales y útiles en relación a estos pacientes.

En lo que sigue, y dada la amplitud de este tema, me limitaré a hacer, en primer término, una enumeración de los ítems principales que este autor propone para caracterizar esta perturbación, tras lo cual llevaré a cabo algunas consideraciones (no exhaustivas) sobre la forma en que conceptualiza la relación del objeto malo con el sujeto. Tomando como base dicha conceptualización, propondré una articulación de las configuraciones diversas que presenta dicho objeto, con las vicisitudes del deseo de ser del sujeto, lo que permite entender algunas variaciones que se presentan en dichas configuraciones.
Los pacientes límite:

André Green desarrolla sus ideas sobre estos pacientes a lo largo de décadas y en diversos textos, en los que enriquece, complejiza y modifica los conceptos teóricos con los que los caracteriza.

Podemos diferenciar dos momentos en este recorrido. El primero de ellos, que tiene lugar en lo esencial en los años anteriores a 1990, plantea un enfoque macroscópico que postula un modelo de dichos estados (Green, 1990a; 2011).

El segundo, desarrollado con posterioridad a esa fecha, postula un enfoque microscópico que pone en evidencia los ejes metapsicológicos que subtienden tanto a los estados fronterizos como a otras formaciones (como la histeria). Entre estos ejes encontramos la relación entre las pulsiones libidinales y destructivas, el narcisismo, los diferentes tipos de defensas, etc. (Green, 1999; 2002; 2011).

En este enfoque conjeturó que la nosografía psicoanalítica se enriquecería si no considerase a las distintas configuraciones clínicas como categorías estancas, sino como un conjunto articulado en el que dichas configuraciones mantienen relaciones entre sí y pueden transformarse unas en otras (Green, 2002).

Desde este punto de vista postuló afinidades e interrelaciones entre la histeria y los estados límite (más justificadas -según llegó a considerar- que las invocadas entre estados límite y psicosis probada), de modo tal que un sujeto podría inclinarse ya hacia un polo, ya hacia el otro de esta correlación, con lo cual encontraríamos que en ciertos histéricos puede activarse un funcionamiento límite y viceversa. De ahí que este autor hable de un «quiasmo», donde ambas entidades se entrecruzan (Green, 2002).

Por otro lado, en sus últimas obras agrega descripciones que se encuentran ausentes en sus primeros trabajos, como el síndrome de desertificación psíquica, la desligazón subjetal del yo, etc. (Green, 2002; 2003).

En lo que sigue, llevo a cabo una caracterización de estos pacientes basándome en lo esencial en su libro de 1990, con el agregado de algunos temas que desarrolló con posterioridad, ya que el objetivo de dicha caracterización es brindar un marco en el cual desarrollar el tema de la gravitación del objeto, que es el tema central de este trabajo y de la hipótesis que propongo en él.



Caracterización:

Según Green, estos estados forman un conjunto heterogéneo, dentro del cual encontramos aquellos que se encuentran más próximos a la neurosis y, en el otro extremo, los que están más próximos de la psicosis y que ponen en juego mecanismos psicóticos (o que poseen un núcleo psicótico) (1990a, pp. 73, 77, 126).

En términos generales lo que caracteriza a estos «estados fronterizos de la analizabilidad» es su falta de estructuración y de organización. En ellos vemos la ausencia de la neurosis infantil, el carácter polimorfo de la «neurosis» adulta y la vaguedad de la «neurosis» de transferencia (1990a, p. 73).

Consigna que hay tres hechos que han sido citados por la mayoría de los autores que se han ocupado de estos cuadros:

a) experiencias de fusión primaria, que indican una indistinción sujeto-objeto y una confusión de las fronteras del yo

b) un modo particular de simbolización, prisionero de la organización dual

c) la necesidad de la integración estructurante por el objeto (Ibid, p. 75).
Green hace referencia a diversos mecanismos de defensa, presentes en estos pacientes, que agrupa en cuatro polaridades fundamentales.

1) La exclusión somática: disocia el conflicto de la esfera psíquica y consiste en una descarga (evacuación) por vía de la somatización, a la que considera diferente de la conversión, ya que no hay simbolización en ella, sino más bien desintrincación entre la psique y el soma (diferente, a su vez, del cuerpo libidinal). Esta exclusión equivale a un acting in dirigido hacia el cuerpo.

2) La expulsión por el acto: es la contrapartida de la anterior, ya que el acto de que se trata en este caso debe diferenciarse del acto sintomático o de la acción específica (Freud, 1950 [1895]). Su meta es precipitar en la acción a los efectos de sortear la realidad psíquica, produciendo una descarga, una evacuación desprovista de significación simbólica.

En ambos casos, vemos que en esta organización fronteriza se ponen en juego procesos de expulsión y evacuación, correlativos de un déficit en las capacidades de elaboración, debido a la falta de las estructuras intermediarias que permitirían un ordenamiento y una simbolización del conflicto (Green, 2002, p. 90).

El soma y el acto, entonces, enmarcan el espacio psíquico y sirven de dominios de evacuación (Green, 1999).

El ámbito psíquico, a su vez, tiene la función de representación, entendida en un sentido amplio, esto es, que se refiere tanto al mundo interno como al externo y que incluye un modo pluralista de representación: contenidos ideacionales, pero también afectos, estados corporales, lenguaje, ideas y pensamientos.

A su vez, este ámbito psíquico se encuentra bajo una doble influencia: la presión de la pulsión, esto es «la medida de la exigencia de trabajo que ella representa» (Freud, 1915, p. 117) y el impacto del objeto, cuya decisiva importancia en estos cuadros ha sido subrayada reiteradamente (Gunderson, 1987; Mc Dougall, 1980), debido al papel activo que desempeña en la estructuración de los conflictos que aquejan a estos pacientes.

Dentro de este ámbito, encontramos dos mecanismos fundamentales, la escisión y la desinvestidura:

3) La escisión: entendida en el sentido kleiniano y no freudiano (Green, 1999), se despliega dentro de la esfera propiamente psíquica; cumple diversas funciones y lleva a cabo una serie de diferenciaciones, algunas necesarias para la adecuada constitución del aparato psíquico (como la delimitación de un espacio personal, donde el sujeto está solo y su self protegido), y otras patológicas, como los ataques sobre los procesos de ligazón en el pensamiento, de los que habla Bion (1957).

En los casos graves, la escisión elimina factores necesarios para el trabajo de representación, produciendo con ello una amputación del yo.

Hay diferencias entre la escisión que ocurre en la psicosis y la que tiene lugar en los casos fronterizos. La primera consiste en una división en pequeños fragmentos (minute splitting), mientras que la segunda se desarrolla en dos niveles: a) escisión entre lo psíquico y lo no psíquico (soma y mundo exterior); b) escisión dentro del ámbito de lo psíquico.

4) La desinvestidura: se expresa como una depresión primaria (en el sentido físico del término) debida a una desinvestidura radical, cuyo propósito es alcanzar un estado de vacío, de aspiración al no ser y a la nada (Green, 1990a, p. 77). Puede conducir a sentimientos de no existencia, de irrealidad del yo y de las relaciones de objeto.

En estos pacientes no encontramos la angustia de castración, sino el par formado por la angustia de intrusión/angustia de pérdida que perturba la formación del pensamiento, ya que impide la constitución de la ausencia y de un espacio personal en el que aquél pueda desarrollarse.

A la vez, se encuentra como un componente clave (al menos en los casos más graves) la presencia de un núcleo psicótico (Ibid, pp. 73, 77, 126).

Green caracteriza este núcleo en los siguientes términos: «Hemos descripto con Jean-Luc Donnet (1973), bajo el nombre de psicosis blanca, lo que consideramos el núcleo psicótico fundamental, caracterizado por el blanco del pensamiento, la inhibición de las funciones de representación, la bi-triangulación en la que la diferencia de los sexos que separa dos objetos camufla el clivaje de un único objeto, bueno o malo, y en donde el sujeto se encuentra bajo el peso de los efectos combinados de una presencia intrusiva persecutoria y de la depresión por pérdida de objeto» (Green, 1990a, p. 77) «Cuando se tiene finalmente acceso al núcleo psicótico, se cae sobre lo que habría que denominar la locura privada del paciente» (Ibid, p. 73).

Cabe agregar que junto a estos mecanismos, encontramos también las defensas propias de la neurosis, lo que ha llevado a que diversos autores hablaran de la conjunción de la parte neurótica y psicótica de la personalidad en estos pacientes.

Sin embargo, en textos posteriores, cuestionó su postulación inicial referida al núcleo psicótico. Así, en una entrevista, dice: «Ocurre que para pensar -y analizar!- estas formas clínicas, no me parece bueno pensarlos como “casos limítrofes” con la psicosis. Ni mucho menos como “núcleos psicóticos”. Esta referencia a la psicosis me parece inconveniente y errónea. Para empezar porque estos cuadros casi nunca evolucionan hacia (o se revelan como) estructuras psicóticas» (2011b; Cf. también 2002, p. 80).

En un sentido más general, se podría decir que en los pacientes de esta «nueva clínica» predominan -al decir de Green- los duelos insuperables y las reacciones defensivas a que dan lugar, las angustias catastróficas o impensables, los sentimientos de desvitalización o de muerte anímica, los efectos de los traumas tempranos, las fijaciones pregenitales, las fallas en la ligadura de las pulsiones, los problemas en la figurabilidad psíquica, las dificultades en la simbolización, en la creación de un espacio potencial y en la constitución de fenómenos transicionales (lo cual favorece el pasaje al acto, el desborde afectivo y pasional, así como los comportamientos adictivos), la compulsión a la repetición, las pulsiones de destrucción, el narcisismo negativo, las defensas extremas como la alucinación negativa del pensamiento, etc.

Los desenlaces clínicos, así como los parámetros teóricos requeridos para su conceptualización son, por tanto, diferentes de aquellos que se juegan en el ámbito de la neurosis.

El rol del objeto:

En términos generales, puede decirse que en el campo psicoanalítico se han ido imponiendo, en las últimas décadas, los enfoques basados en la relación de objeto, entendida de diversas formas según los distintos autores. En ellos se pone el acento no sólo en el objeto interno, sino también en la importancia del objeto externo real, cuya participación decisiva en la patología del sujeto se observa con harta frecuencia (Green, 1983).

Por esta razón, este punto de vista se revela de la mayor importancia para la comprensión de una serie de vicisitudes de los pacientes no neuróticos.

Refiriéndose en particular a este punto en los pacientes fronterizos, Green dice:

«…cuanto más nos acercamos a los casos límite, tanto más el objeto que encontramos en esa dirección es un objeto no sustituible, indispensable, irreemplazable, necesario para la supervivencia del individuo. Ello explica que las angustias de separación y de intrusión ocupen un lugar tan importante en estas estructuras. Se observa que el conflicto se ha desplazado de las relaciones entre las pulsiones y el superyó a las relaciones entre el yo y el objeto» [cursivas mías] (Green, 2002, p. 98).

En otro texto dice que en estos casos encontramos «la necesidad de la integración estructurante por el objeto» (Green, 1990a, p. 75), punto que será considerado más adelante.

En lo que hace a la bi-triangulación y al objeto malo (mencionados en el punto anterior), Green comenta en sus primeras formulaciones que la organización edípica tiene en la psicosis blanca una particularidad muy especial, ya que consiste en una tri-bi-angulación (o bi-triangulación). Esto significa que nos encontramos con los tres términos del Edipo y que el sujeto se encuentra unido a sus dos genitores, unidos éstos por la diferencia de los sexos.

Sin embargo, esta diferencia no articula la relación en torno al complejo de castración, la investidura y la identificación, como en las neurosis, sino que sufre una mutación profunda, ya que ambos padres se diferencian básicamente en torno a dos vectores: su cualidad de objeto bueno y objeto malo, la pérdida y la presencia dominadora. (Donnet y Green, 1973, p. 266; Green, 1990a, p. 79). Como en toda dicotomía, cada término reenvía necesariamente al otro como su doble invertido (Donnet y Green, 1973, p. 267).

Por esta razón, la tripartición sujeto/objeto bueno/objeto malo desemboca de hecho en una relación dual, pues el objeto tercero no es más que el doble del objeto. El sujeto se une, entonces, a un único objeto (desdoblado).

No hay que pensar que estas relaciones son puramente internas, ya que el sujeto encuentra objetos externos que devienen -por vía de proyección- encarnaciones de los objetos internos.

En estos pacientes se mantiene la conexión con la realidad (a diferencia de lo que ocurre en la psicosis) y en este vínculo, modificado por la proyección de los objetos internos, tampoco se observa delirio alguno.

Por lo demás, en estas relaciones no hay lugar para la ambivalencia: el objeto malo es sólo malo y el bueno lo es de forma total. En cierto sentido, puede decirse que la relación con el objeto malo es deletérea para el sujeto y que tenderá a librarse de él mediante la identificación proyectiva, mientras buscará mantener contacto con el objeto bueno mediante la identificación introyectiva.

Por otra parte, la clínica muestra la extrema sensibilidad que tienen estos pacientes, tanto a la intrusión como a la pérdida. Esto los lleva a mantener una distancia psíquica que les permita sentirse a resguardo de la doble amenaza: invasión por un lado, pérdida definitiva por otro.

En lo que hace al objeto malo, su presencia invasora en el espacio personal requiere por parte del yo una contrainvestidura permanente para luchar contra esta efracción, o una evacuación mediante la proyección expulsiva.

Pero las cosas son más complejas, ya que la clínica muestra que si por alguna razón disminuye la presencia o el poder del objeto malo, el sujeto lo hace reaparecer de alguna forma, apelando a un doble del mismo.

En estos casos parecería que lo más temido es el vacío que se produciría ante la pérdida de dicho objeto, ya que el objeto bueno es siempre inaccesible (o accesible sólo de modo fugaz). Dicha pérdida traería aparejado un espacio psíquico completamente despoblado, o un tiempo muerto al que el sujeto no sobreviviría (Green, 1990a, p. 79, 1990b, p. 320).

Otro tanto podemos decir del temor a la pérdida del objeto bueno, que oculta el deseo de librarse de él para encapsularse en una autosuficiencia mítica, en la cual no se sufre ya la sujeción a las variaciones del objeto (Green, 1990b, p.44).

En lo que hace a la relación del objeto con el sujeto, Green dice: «Tenemos la sensación de que existe un enclave del objeto en el interior del sujeto, que lo sustituye y que habla en su lugar. No es raro que el objeto en cuestión sea portador de rasgos psicóticos (…) aquello que aparece en un paciente neurótico como del orden de la identificación, deviene [en los fronterizos] del orden de la confusión identitaria» (Green, 1999, p. 58).

Y en otro texto, puntualiza: «Ya no era simplemente un objeto que se podía ver desde el ángulo del fantasma, sino un objeto que formaba la base del universo interior del sujeto, animado por una especie de furor destructivo que amenazaba al yo con la aniquilación, haciéndole vivir terrores de los que el niño trataba desesperadamente de liberarse» (Green, 2002, p. 48), y en otro lugar habla de «…una violencia impuesta desde el interior, que es la violencia misma atribuida al objeto interno que prohíbe el pensamiento» (1990a, pp. 300-301).

Si sintetizamos ahora las características que Green le atribuye al objeto malo, podemos nombrar las siguientes: es sólo malo; tiene una presencia dominadora; invade el espacio personal; establece un enclave en el interior del sujeto; si disminuye su presencia, el sujeto lo hace reaparecer; su ausencia trae aparejado el vacío, un espacio psíquico despoblado, un tiempo muerto; animado por el furor destructivo amenaza al yo con la aniquilación; prohíbe el pensamiento.

La hipótesis que deseo plantear en este trabajo postula que al menos algunas de estas características diferentes se activan (ya una, ya la otra), en función de las vicisitudes del deseo de ser del sujeto.

El objeto malo y el deseo de ser del sujeto:

La cita de Green que figura como epígrafe en este trabajo, plantea un punto de vista interesante y diferente a otras formulaciones suyas, ya que introduce el movimiento del sujeto -que intenta escapar desde un «nido detestado» para ir hacia una «tierra prometida»- como factor que hace que el objeto malo se active y envíe emisarios que lo volverán a llevar por la fuerza hacia dicho nido: «Es interesante notar que los impasses del caso límite son vividos por él no solamente en su funcionamiento mental y sus relaciones de objeto, como se ve en la transferencia, sino también en su propio espacio vital, donde vaga sin cesar de un lugar al otro, yéndose lejos para escapar del objeto malo, con la esperanza de alcanzar alguna tierra prometida, para ser finalmente atrapado por los oscuros mensajeros del objeto malo, que lo vuelven a llevar por la fuerza a su nido detestado» [cursivas mías] (Green, 1990a, p. 137).

Encuentro esta caracterización de Green sumamente concordante con lo que he observado en estos pacientes, en los que parecería que el funcionamiento del objeto malo varía en función de las vicisitudes del deseo de ser del sujeto, esto es, de un deseo cuyo cumplimiento supondría para el sujeto una consolidación de su yo, de su identidad (a la vez que diversos logros), y que creo puede equipararse con lo que Green denomina «tierra prometida», ya que así es vivido generalmente por dichos pacientes.

Esto significa que las distintas actitudes de dicho objeto (controlar, dar coherencia, atacar, etc.) varían en función del grado de activación del deseo mencionado y de sus intentos para llevarlo a cabo, tal como en el párrafo del epígrafe lo hace en función del deseo de éste de escapar del nido detestado y llegar a la tierra prometida.

A los efectos de desarrollar esta idea, diferencio cuatro momentos en el circuito del deseo del sujeto, en cada uno de los cuales la posición (actitud, acción) del objeto varía, e ilustro estos momentos con el material clínico de un paciente fronterizo.

Los momentos del circuito del deseo (en función de los cuales cambia el objeto) son:

1) El estado de base (deseo no activado): el sujeto se mantiene como esclavo del objeto. Este último le da consistencia, lo domina de un modo férreo, le da una forma (vemos que en este caso cobra la mayor relevancia la afirmación de que en estos pacientes es fundamental la estructuración por el objeto).

2) El surgimiento del deseo de ser y su concreción:

2.a) el objeto amenaza y luego

2.b) ataca de diversas formas, lo que produce intensos terrores en el sujeto.

Encontramos en este punto el despliegue mayor del ataque al pensamiento.

3) La «solución»: evacuación que expulsa tensiones, vitalidad y ser

4) Alivio, vacío, depresión y vuelta al «nido detestado».

Presentación de Federico:

Federico tiene 24 años cuando consulta y el síntoma principal que presenta es la impotencia eréctil. Refiere que vende artesanías y que su mayor deseo es «ser músico», pero que ingresó años atrás al Conservatorio y tuvo que dejar porque tenía estados en los que «se colgaba» y no entendía nada de lo que le pasaba, a la vez que padecía terrores muy intensos. La única actividad que puede desarrollar es la de hacer y vender artesanías, aunque todo en su vida transcurre de modo automático, sin implicancia subjetiva alguna. No tiene casi amigos y el poco tiempo libre que le queda lo emplea en mirar televisión, tomar cerveza y masturbarse, en un estado de depresión vacía, carente de matiz afectivo.

A los pocos meses de comenzado el análisis establece una relación de pareja con Silvia, que aunque le trae muchas dificultades y no alcanza mayor profundidad, torna su vida un poco más interesante.

En referencia a su familia de origen, manifiesta que su madre quedó embarazada de él apenas se casó, en forma accidental. Rechazó su embarazo y lo rechazó a él. Tiene recuerdos infantiles en los que se sentía mirado por ella con odio y padecía maltratos físicos, a la vez que recibía constantes expresiones de crítica y desvalorización.

Su padre se encontraba habitualmente ausente, aunque cuando estaba en la casa jugaba con él y lo tenía en cuenta, lo que derivó en que desarrollara un intenso apego hacia el mismo. De todos modos, cuando el paciente llegó a la pubertad, el padre tomó súbitamente distancia de él y la relación ya no volvió a ser como antes. En el interín había nacido una hija, hacia la que se orientó la preferencia del padre, que en ningún momento había defendido a Federico de la madre, que era la que tenía el rol dominante en el hogar.

El paciente recuerda haber tenido muchas pesadillas en su infancia, así como diversos estados de terror en estado de vigilia, cuya motivación y circunstancias le cuesta recordar.

Entre otros muchos aspectos que se podrían considerar, me limitaré a citar algunas expresiones que se refieren al sentimiento de sí, ya que éste es el punto donde pondré el acento en el presente trabajo.

En una sesión refiere:

PACIENTE. - «Yo no siento que tengo un límite, como un dique, como creo que tiene otra gente.

Hay gente que dice “yo creo, yo pienso, yo siento”, como si hubiera una pelota compacta que fuera el “yo”.

Lo que yo siento dentro mío es un túnel vacío, un gran vacío, y en las paredes hay pegadas 4 ó 5 boludeces.

Y las cosas que me pasan, con quien estoy…es como que se oyen a lo lejos.

Cuando voy a los negocios a ofrecer las artesanías es como que fuera una película, como irreal…

ANALISTA. - ¿Y cuáles son esas “boludeces” pegadas en la pared del túnel?

P. - Silvia, el trabajo, venir acá y mis viejos…después, no hay nada más…sí, el cariño por Juan -amigo que vive en el extranjero- y nada más».

En otra sesión, dice: «Me siento como humo, como que no estoy, no existo. Estoy como en babia, que no me entero de nada, como si fuera un fantasma, un ser irreal. Otras veces siento que soy como un hilo que en cualquier momento se corta, me siento nadie, sin la más mínima consistencia, como que no figuro en ningún lugar»

En estas expresiones se ve con claridad el sentimiento de vacío psíquico, la extrema fragilidad narcisista, el sentimiento de inexistencia personal, la vivencia de inconsistencia y el sentirse «nadie».

Cabe hacer, no obstante, una distinción entre estas manifestaciones del paciente, ya que cuando habla del túnel, parece haber un continente y ciertas fronteras del yo establecidas, a la vez que encontramos un profundo vacío en el interior del mismo. Por el contrario, cuando habla de ser «humo» parecería que queda debilitado también el continente y que el yo se dispersa o se disgrega.

En cuanto a las razones mediatas de estos desenlaces, posiblemente han de buscarse en las fallas en la primitiva relación con la madre (inaccesibilidad de la misma, sentimientos hostiles hacia Federico, etc.), lo que no permitió una estructuración (y posterior internalización) adecuada de la estructura encuadrante (en tanto receptáculo del yo) ni la alucinación negativa de la madre, que hubiera permitido la creación de dicha estructura y un espacio virtual para el funcionamiento representacional (Green, 1966-1967; 1980).

A ello habría que agregar lo que Green llama «función desobjetalizante» y «narcisismo negativo»: «Cuando esta función desobjetalizante está al servicio del narcisismo negativo, la desinvestidura deshace lo que la investidura había logrado construir. Como se ve, el narcisismo negativo es una medida extrema que, tras haber desinvestido los objetos, se dirige al yo si es necesario y lo desinviste (…) desinvistiendo su propio yo, efecto de una estructura narcisista negativa donde el mismo yo se empobrece y se disgrega al punto de perder su consistencia, su homegeneidad, su identidad y su organización» (Green, 2003, p. 304).

En función de esto entendemos por qué la presencia del objeto, en tanto estructurante y suscitador de experiencias que permitan sentirse vivo, se revela entonces esencial.

En lo que sigue, intento mostrar la articulación de los estados del deseo mencionados más arriba, con la actitud del objeto.

1) El estado de base:

En este estado el sujeto no tiene un deseo significativo activado. Lleva a cabo las acciones cotidianas en función de exigencias externas (tener que trabajar, cumplir con un horario, etc.), y no suele sentirse ni subjetivamente representado ni vitalmente presente en ninguna de las actividades que realiza.

Es habitual que caracterice su estado como «no estando presente ahí en donde realiza su actividad», como que no vive su vida sino que «dura, transcurre».

Podríamos decir que en este estado el sujeto posee «…un sentimiento de desinterés y de desapego, una falta de vitalidad, la imposibilidad de sentirse existiendo y de estar presente al otro, la impresión de futilidad de todas las cosas, lo que quita todo valor a la vida» (Green, 1990a, p. 133).

Viñeta:

a) En una sesión, Federico dice que siente cotidianamente como si estuviera en un lugar que es como un pabellón negro, donde hay como un ser de piedra, con intenciones y mente humanas. Ahí él es el esclavo, que está para un fin, no para hacer su vida como cualquier persona, sino para un fin que es esa esclavitud. Dice que si no estuviera ahí, se sentiría como si fuera de aire, como humo.



b) Hablando en otra sesión de cuánto la afectaba que se fueran sus padres de vacaciones (estaban a punto de irse), Federico dice que: lo que más le «jode» es que se vaya su vieja, porque con ella es como si fuera como la diosa Kali, como un dios que lo mira. Es algo muy retorcido, pero hay una línea ahí, hay algo firme, donde hay como una misión o algo, un lugar dentro de todo ese retorcimiento. Cuando la madre se va, se diluye todo eso y es como un arenero que de repente abre la tapa y toda la arena se dispersa.

En otro momento de la sesión dice que cuando están sus padres tiene una base, y otro tanto dice de su relación conmigo.

c) En otra ocasión, se había mudado a vivir solo. Al poco tiempo se cruzó con un vecino que le dio miedo y empezó a angustiarse pensando que ese vecino le iba a pegar duramente y lo iba a transformar en su esclavo. Alguien le había comentado que a ese hombre le molestaban mucho los ruidos, y Federico se encontraba, una y otra vez, cerrando con mucha fuerza la puerta «involuntariamente» (lo que producía gran estrépito). Cuando se daba cuenta, se angustiaba pensando que el hombre -molesto por el ruido- iba a ir a pegarle, pero también se daba cuenta que él lo estaba «llamando» y decía que esa relación con su vecino (al que tenía presente en su mente continuamente) le daba mayor consistencia, mayor integridad. En una oportunidad en que este hombre se va una semana al exterior, se siente «demasiado liviano y leve», sin sustancia.

Comentarios:

En el primer fragmento (a), vemos cómo este estado en el que no hay un deseo significativo activado, correlaciona con la experiencia que Federico tiene de estar en un lugar de encierro, en el que se siente un esclavo (del objeto malo) y en el que no está ahí para hacer su vida, sino por la esclavitud misma. El objeto malo aparece como un ser de piedra, que lo mantiene atrapado y le impide tener un deseo que salga por fuera de esa situación.

Pero esa misma sujeción le da una consistencia en su ser, de modo tal que en caso de perderla, se sentiría como «humo».

En su vida no hay deseos significativos; realiza las acciones cotidianas movido por exigencias externas. Está desapegado, pero al menos no siente la angustia de transformarse en humo.

En este estado el objeto malo cumple una función que lo vuelve necesario. Este objeto se revela como «…un objeto no sustituible, indispensable, irreemplazable, necesario para la supervivencia del individuo» (Green, 2002, p. 98), y, podríamos agregar, para la consistencia de su ser, de su identidad.

En el segundo fragmento (b) retorna la misma idea, de un modo tal vez más elocuente, ya que es más explícito en relación a lo que le ocurre cuando siente que pierde a dicho objeto: su ser se desintegra como arena.

Conjeturo que la pérdida del objeto malo estructurante es respondida con una activación del narcisismo negativo, que desinviste al propio yo, y que el efecto combinado de ambos procesos da como resultado que aquél pierda su consistencia, su identidad, su organización y se disgregue (Green, 1983; 2003).

El tercer fragmento, por último (c), ilustra la búsqueda del objeto malo. Federico tiene fantasías de que el vecino (al que le atribuye una violencia y una potencia marcadas) le pegaría, lo transformaría en su esclavo y lo pondría en una situación de total sumisión.

Como en el primer fragmento, el encuentro de este objeto y la atención constante hacia el mismo, hacía que entre ambos existiera -según la vivencia del paciente- como un hilo invisible que incrementaba su consistencia. De hecho, vemos que esa consistencia se diluye parcialmente cuando el objeto se aleja temporariamente.

Podríamos, entonces, relacionar este estado con las siguientes palabras de Green: «…un afán de mantener a toda costa una relación con un objeto interno malo. Cuando el objeto malo pierde su poder, parece no existir otra solución que hacerlo reaparecer, proceder a su resurrección bajo la forma de otro objeto malo que se parece al precedente como un hermano (…) Se trata menos de la indestructibilidad del objeto malo, o del deseo de asegurarse por ese medio el control sobre él, que del miedo que su desaparición deje al sujeto ante el horror del vacío, sin que el tiempo llegue nunca a proveer a su remplazo por un objeto bueno empero disponible. El objeto es malo, pero es bueno que exista si no existe como objeto bueno» (1990b, pp. 81-82).

Coincidiendo en lo esencial con estas afirmaciones de Green, agregaría por mi parte que lo que se teme con la pérdida del objeto malo no es sólo el vacío en el yo, sino la disolución del mismo, de la propia identidad, debida al narcisismo negativo que lo desinviste. Por esta razón, el logro de la consolidación sólo puede venir desde el objeto malo, que se vuelve, entonces, necesario (como el material de Federico atestigua).

2.a) El surgimiento del deseo y la amenaza por parte del objeto:

Tras muchas dificultades, Federico se anotó en el Conservatorio. Había tratado de cursar en éste dos años antes (cuando no estaba en análisis) y no había podido sostenerlo. La carrera le apasionaba y tenía para él mucha importancia llegar a ser músico, a tener un título. En distintos comentarios suyos era claro cómo esta adquisición tenía que ver con lograr una mayor consistencia y valor en su ser.

Pero al comenzar el ingreso empezó a tener sensaciones de espanto, de terror, que no pudo identificar con qué tenían relación. Establecer este nexo fue algo que se logró en el curso del análisis.

En ese tiempo habla de pasar de un lugar oscuro (donde estaba antes de anotarse y empezar a cursar) a otro donde todo es más luminoso, pero también más técnico, algo muy alemán con ingenieros que lo observan [tómese nota de la idea de transito, de movimiento, de salir del «nido detestado» y aproximarse a una «tierra prometida», cambiada de signo].

Habla de tensiones y de sensaciones en las que experimenta como algo férreo que comprime a algo (suyo) que quiere crecer o salir de donde está, pero no lo deja (la forma y el contenido de ese «algo» permanecen indeterminados para él). Lo que produce la compresión es algo firme, férreo, poderoso que aprieta.

Reitera en otra sesión esta idea: habla de las sensaciones de tensión que tiene; como que hubiera algo en él que quiere abrirse y algo muy férreo, poderoso, despótico que no lo deja.

A medida que pasan los días y avanza el curso, las tensiones se incrementan. Le cuesta dormir por el nivel de angustia que lo aqueja. Dice que siente mucha tensión, como alambre de púa, como algo que lo carcome.

Sus estados alternan y por momentos dice que siente que está armando algo y en otros que se está metiendo en un túnel del que no va a poder salir nunca más.

Habla de tensiones de exterminio, de sentimiento de desesperación.

En una sesión dice que siente algo de intimidación que no puede ubicar si se encuentra adentro o afuera. «Como si me agarrara el cuello con mi propia mano», «algo de patotear». Cuando cruza la calle tiene miedo que se le vaya un auto encima y lo mate [nótese la facilidad con que el objeto alterna entre estar adentro y ser proyectado al exterior].

A medida que pasa el tiempo y avanza en el curso, más se incrementa el espanto, al punto que se siente sobresaltado el día entero, con un estado que describe de la siguiente forma: «como cuando uno se despierta de una pesadilla», agregando que no hay, propiamente, un despertar ya que el terror continúa duraderamente. Se pregunta cuánto más va a poder aguantar antes de largar todo [a esta altura ya habíamos conectado estas vivencias con el hecho de estar haciendo el curso de ingreso en el Conservatorio, lo que fue una manera de que todo esto tomara una forma más definida y pudiera establecer nexos entre las vivencias y hechos -acciones suyas- en el mundo exterior].



Comentarios: como podemos ver, el ingreso en el Conservatorio significó salir del lugar en el que se encontraba como un esclavo que «no hace su vida» («nido detestado»), para ponerse en marcha rumbo a su objetivo («tierra prometida”).

Correlativamente con la activación y comienzo de concreción de este deseo significativo, el objeto cambia de «actitud» y se vuelve amenazante (cosa que no ocurría en el estado anterior), lo cual despierta un terror que va en continuo aumento.

Por lo demás, es elocuente la dificultad de Federico para dar una forma a sus vivencias, o para enlazar sus sensaciones a su deseo y al hecho de estar llevándolo a cabo. Fue gracias al trabajo analítico que logró dar una forma más definida a su experiencia y alcanzar el discernimiento del nexo mencionado.

2,b) El ataque padecido, el yo y el pensamiento:

Después de aprobar la primera prueba en el Conservatorio, el paciente dice que cuanto más se va metiendo es como que le van bombardeando el cerebro y se va quedando sin discernimiento. Durante la prueba no podía pensar. Miraba sin entender lo que leía. Con mucho trabajo pudo recordar algunas respuestas y aprobó raspando. Dice que es como que Dios le manda rayos y él pierde el discernimiento, la capacidad de pensar. Habla de tener «la cabeza vacía».

En otra sesión habla del Conservatorio como de un lugar en el que pasan esas cosas, donde hay bombas que caen y caen. Siente que cuando más avanza, más se aleja de la puerta de entrada, que es lo que le da alguna seguridad todavía.

A partir de ese momento se pierden progresivamente las formas (debido a un menoscabo en las funciones de representación, producido por el ataque mencionado) y en una sesión posterior Federico dice que era diferente cuando hablaba de Dios como el que tiraba las bombas. En este momento aparecen como distintas densidades, como ondas, todo con menos forma, como cosas de su cabeza que se derraman y se pierden. Habla de sensaciones espantosas, miedo espantoso que no puede ya ligar espontáneamente con representaciones definidas.

También dice que es como una luz muy intensa que lo «porisase», que lo destruyese, pero esa luz no tiene una forma concreta, como de «alguien».

Habla de que él se dispersa como el mercurio, que se derrama y se dispersa en una serie de bolitas.

Comentario:

En esta viñeta se pueden ver con claridad diversas cosas:

Por un lado, cuanto más sostiene su deseo, así como el hecho de llevarlo a cabo, más feroz se torna el objeto malo, el cual incrementa el ataque al pensamiento, concretizado en el decir del paciente como ataque al cerebro. Green dice que en estos casos «el pensamiento es atacado por la pulsión» (Donnet y Green, 1973, p. 230); también dice que el objeto interno «prohíbe el pensamiento» (Green, 1990a, pp. 300-301).

Cuando habla de la luz muy intensa que lo «porisase», Federico parece aludir a la disolución parcial de los límites del yo (que se transforman en un conjunto de poros), lo que hace que quede a expensas del objeto, sin defensa alguna.

Como es sabido, las angustias de intrusión y de abandono hacen que los límites del yo adquieran la mayor importancia para estos pacientes, límites siempre precarios y amenazados de efracción por el objeto intrusivo. En este caso, la efracción avanza un paso más y «porisa».

Por otro lado, vemos cómo el incremento del ataque va dañando cada vez más la capacidad representacional y se pierde la capacidad de dar una forma al pensar.

El miedo es ya espantoso y se vuelve más y más intolerable, a la vez que se diluyen las capacidades mentales que podrían haberlo ligado con representaciones, y canalizado de algún modo.

3 y 4) La «solución»”; alivio y vacío:

Después de aprobar la prueba y de vivir las tensiones referidas, el paciente relata en una sesión que en el fin de semana tomó mucho alcohol y se masturbó varias veces, mientras pensaba «a la mierda con todo».

Al día siguiente sentía que lo del Conservatorio ya había pasado, como si fuera una eyaculación. Lo sentía muy lejano y le llamó la atención lo fácil que era desprenderse de eso. No sentía tensiones, pero se sentía vacío, insustancial. A la vez podía tener ganas de salir y estar con gente, charlar y tomar cerveza con algún amigo.

Experimentaba un vacío que trató de llenar saliendo con una mujer. No hace referencias al objeto férreo ni a sentirse esclavo, sino que goza (temporariamente) de libertad, pero se siente insustancial y vacío.

Comentarios:

Lo que se ha producido en este caso es una evacuación o expulsión de la tensión vital.

De este modo, a través de la masturbación y la eyaculación, Federico expulsa de sí las tensiones vitales que se le han vuelto intolerables, debido a un terror que no podía ser simbolizado y tramitado a causa del colapso en las funciones de representación, colapso que lleva a que el aparato psíquico funcione según el modelo del acto (expulsivo). Pero con ello pierde parte de su ser, de su vida.

Hablando del acto de expulsión, Green dice: «Ahora bien, incluso cuando está justificado por las peores angustias de aniquilación o de muerte, es siempre un fragmento de vida el así eliminado de la psique. Por lo tanto, es siempre un trabajo de muerte el que se consuma (…) Este trabajo de la muerte es resguardo de la vida, pero es siempre una vida más o menos empobrecida» [cursivas mías] (Green, 1990c, pp. 121-122)

Tras esta «solución» que expulsa una parte del ser y la pierde, el objeto se aplaca y desaparecen las tensiones y el miedo espantoso.

Pero la realidad interior ha quedado vaciada. Federico se siente vacío e insustancial.

El trabajo analítico llevado a cabo durante esos primeros meses en que Federico había comenzado el Conservatorio, no logró frenar esta «solución», pero sí ayudarlo a que no lo abandonase, por lo que pudo terminar de cursar el año, si bien con muchas dificultades debidas a la reiteración de los diversos desenlaces señalados (terrores, sentimientos de disolución, evacuación, etc.).

La continuación del análisis (mantenido a lo largo de diez años) dio como resultado que finalmente se recibiera y lograra ser músico. Poco después formó una pareja estable y a los dos años de este hecho tuvo su primer hijo.

En el interín habían cedido en intensidad todos los fenómenos mencionados, se habían optimizado sus funciones de representación y simbolización, su yo se había consolidado y su capacidad para conectarse emocionalmente había ganado en profundidad y amplitud, lo que se vio reflejado también en la ampliación de su círculo de amistades.

Las múltiples vicisitudes de este largo análisis hacen imposible cualquier referencia a la técnica empleada, al modo de trabajar la reactivación de los conflictos que tuvo lugar en la transferencia y a otras particularidades relacionadas con variables que no he mencionado aquí.



Conclusiones:

Querría por último agregar a todo lo desarrollado hasta este punto, que he observado una constelación similar a la de Federico en pacientes no neuróticos que abandonaban actividades que les resultaban significativas después de un tiempo de llevarlas a cabo, de tal forma que «siempre estaban en el mismo lugar». Comenzaban, por ejemplo, una carrera y al poco tiempo la dejaban; un curso de algo que les gustaba y perdían el interés. Era habitual que en lo manifiesto apareciera la «pérdida de interés» como la razón por la cual abandonaban la actividad en cuestión (manteniéndose oculta, o apenas esbozada, la dinámica del objeto y su amenaza), muchas veces acompañada por el simultáneo nacimiento de un interés por otro emprendimiento, que aparentaba ser el motivo que llevaba a dejar la primera, sólo para que se repitiera la misma situación -tiempo después- con este último (Lanza Castelli, 2001).

No pretendo sugerir que en todos los casos en que aparece tal actitud nos encontremos en presencia de una constelación análoga a la mencionada en este trabajo, ya que sin duda hay diversos caminos que pueden llevar a similar desenlace.

Lo que intento transmitir es que considero que el caso de Federico tiene algo de típico y que cuando lo que está en juego es el conjunto de determinaciones que hemos observado en él, la comprensión de las variaciones del objeto en función del momento en que el sujeto se encuentra (en el circuito del deseo de ser), con los efectos que produce, resulta de la mayor utilidad clínica, a la vez que permite -desde el punto de vista teórico- articular las distintas caracterizaciones que ha propuesto Green acerca del objeto malo.


Referencias:

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Bion, WR (1957) Differentiation of the Psychotic from the Non-Psychotic

Personalities, en Bion, WR (1967) Second Thoughts. London: Maresfield Library,

1990.


Donnet, JL y Green, A (1973) L’Enfant de Ca. Psychanalyse d’un entretien: la

psychose blanche. Paris: Les Éditions de Minuit.

Freud, S. (1950 [1895]) Proyecto de psicología. Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu, 1,

323-446.

Freud, S (1915) Pulsiones y destinos de pulsión. Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu, 14,

113-134.

Freud, S (1923) El Yo y el Ello. Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu, 19, 13-66.

Green, A (1983) Narcissisme de vie, narcissisme de mort. Paris: Les Éditions de Minuit.

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Green, A (1990b) De locuras privadas. Buenos Aires: Amorrortu, 1990.

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Green, A (1997) The intuition of the negative in Playing and Reality, en Abram, J

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Green, A (2002) El pensamiento clínico. Buenos Aires: Amorrortu, 2010.

Green, A (2003) Ideas directrices para un psicoanálisis contemporáneo.

Desconocimiento y reconocimiento del inconsciente. Buenos Aires: Amorrortu, 2011.

Green A (2011) Les cas limite. De la folie privée aux pulsions de destruction et de

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Green, A (2011b) Entrevista de Fernando Uribarri a André Green. Actualidad Psicológica,

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Gunderson, J (1987) Áreas comunes entre los estudios psicoanalíticos y empíricos

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Tratamiento, Editorial Catari, 1992.

Lanza Castelli, G. (2001) La muerte anímica en pacientes fronterizos.



IMAGO. Revista de Psicoanálisis, Psiquiatría y Psicología. Nro 17. Letra Viva Editorial.

109-121.


Mc Dougall, J (1980) Plea for a measure of abnormality. Madison: International Universities

Press, Inc.



Revue Francaise de Psychanalyse, (1990) Les cas difficiles. Tome LIV, Mars-Avril





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