La genealog?a de la moral


Tratado tercero: ¿qué significan los ideales ascéticos?



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Tratado tercero: ¿qué significan los ideales ascéticos?


Este tratado, el más amplio e importante de todos, comienza con burlas e ironías dolorosas sobre los artistas y, más en concreto, contra Wagner y su Parsifal. Las opiniones de los artistas no tienen ningún valor, dice; ellos han sido siempre los ayudas de cámara de una moral, de una filosofía, o de una religión. Por tanto, el que unas veces alaben la sensudidad y otras la castidad, no demuestra más que su inconstancia, su veleidad.

Después vienen algunos «relámpagos»; ¿por qué los filósofos se han sentido atraídos por el ideal ascético? Porque en él se encuentran insinuados ciertos puentes hacia la independencia. Porque pobreza, humildad y castidad (los tres votos sacerdotales, dice Nietzsche) son más propicios al filósofo que «la fama, los principes y las mujeres». A un filósofo se le reconoce en que se aparta de estas tres cosas brillantes y ruidosas. Nietzsche escribe entonces el asombroso §8, en que con tremenda ironía comenta los «tres votos» del filosofo. El ascetismo duro y sereno, o, en otras palabras, el ideal ascético, fue algo favorable a la filosofía en sus comienzos. Le ayudó a dar sus primeros pasos en la tierra. Los hombres contemplativos fueron al comienzo despreciados —o temidos. Por ello el sacerdote-filósofo tuvo que hacerse temer, lo cual no podía conseguirse más que con la crueldad: crueldad consigo mismo (ascetismo), primero, y después, crueldad con los demás. A la sombra del sacerdote caminaba el filósofo: «el sacerdote ascético ha sido hasta ahora la larva repugnante y sombría del filósofo, la única forma bajo la cual se le permitía moverse en la tierra» (T. III, §10). Pero de ese gusano, de esa larva, ¿se ha liberado ya el filósofo en nuestro tiempo?

Este es el gran problema y, sin duda alguna, el centro de todo este tratado. La respuesta de Nietzsche es negativa. Pero antes, una pregunta. Vayamos al cuerpo del asunto, dice Nietzsche: ¿cual es el sentido del ideal ascético? ¿Cómo valoran los sacerdotes la vida, la realidad? De una manera negativa: sólo admiten la vida si ésta se niega a sí misma. Esta autocontradícción constituye la clave de la psicología sacerdotal; se da aquí una especie de «transvaloración de las verdades»: los sacerdotes llaman «verdadero» a un mundo inexistente, fingido por ellos, inventado por ellos, y en cambio niegan verdad y realidad a este mundo, el único existente. Y esta auto-contradicción alcanza su voluptuosidad suprema cuando se llega al autoescarnio ascético de la razón, cuando se dice: «Existe un reino de la verdad y del ser, pero ¡justo la razón está excluida de él!» (T. III, §12). Mas esa contradicción, ese sin sentido tiene que ser algo provisional; no es una solución, sino «una mera palabra que tapa una vieja brecha del conocimiento humano» (T. III, §13). El ideal ascético, dice Nietzsche, nace del instinto de protección y de salud, de una raza que degenera. El hombre enfermo pide una explicación de su dolor, y sólo encuentra a uno que se la dé: el sacerdote. La nueva verdad de este tercer tratado es la siguiente: el sacerdote es un médico que envenena las heridas de sus enfermos al curarlas. Y todo esto ha ocurrido porque en la tierra no ha existido hasta el momento más que un único ideal. «Pero el hombre prefiere querer incluso la nada a no querer» (T. III, §1 y T. III, §28). Mas ahora, añade Nietzsche, hay un nuevo ideal: el del superhombre.

Genealogía e interpretación


Estos tres tratados son tres obras maestras de la interpretación. Para realizar una interpretación hace falta, sin embargo, un arte de la misma, es decir, una hermenéutica. En innumerables pasajes de esta obra ofrece Nietzsche múltiples indicaciones teóricas sobre lo que ella debe ser gnoseológicamente. Pero no se contenta con teorizar sobre la misma, sino que los tres tratados son hermenéutica realizada. La interpretación (Deutung) es algo que a Nietzsche le viene de su pasado de filólogo, pero que él luego transpone a la filosofía. En sus manos, sin embargo, la interpretación adquiere un sentido radicalmente nuevo. No se trata sólo de examinar críticamente la verdad o falsedad de unas determinadas proposiciones, sino de desenmascarar ilusiones y autoengaños, es decir, de sospechar de aquello que se nos ofrece como verdadero. En este sentido es Nietzsche uno de los tres grandes de lo que se ha llamado «la escuela de la sospecha» (P. Ricoeur). Los otros dos serian Marx y Freud (no se olvide que la obra capital de este último se titula Traumdeutung, Interpretación de los sueños). Cada uno de estos tres maestros de la sospecha realiza su obra desde una perspectiva personal. En el caso de Nietzsche, puesto que su problema básico era el problema del valor, o, si se quiere, el de la transvaloración de todos los valores, su método de sospecha tenía que ser cabalmente la genealogía. La genealogía es, como muy bien ha visto G. Deleuze, «valor del origen y origen de los valores. La genealogía se opone al carácter absoluto de los valores y a su carácter relativo o utilitario. La genealogía significa el elemento diferencial de los valores, del cual deriva su valor mismo. La genealogía quiere decir, pues, origen y nacimiento, pero también diferencia o distancia en el origen».

Al igual que en anteriores obras, el traductor ha añadido cierto número de notas que tienden sobre todo a mostrar el ambiente histórico y cultural del pensamiento de Nietzsche, así como a aclarar determinadas relaciones entre sus propias obras. En general las obras de Nietzsche están llenas de alusiones, tácitas la mayoría de las veces, y, otras pocas, indicadas. Si difícil resulta en ocasiones hallar la fuente de estas últimas, nada se diga de las alusiones tácitas, que quedan entregadas al olfato, a la memoria y hasta a la atención del lector. A pesar de esta dificultad, piensa el traductor que todas o casi todas las alusiones y citas están identificadas en las notas. Incluso ha tenido la fortuna de encontrar el pasaje de donde está tomada la asombrosa frase de Tomás de Aquino a que Nietzsche hace referencia en el §15 del primer tratado. En ningún lugar había visto detectado ese pasaje, y por ello piensa haber enriquecido (con un grano de arena, claro está) la tradición de estas notas.

Andrés Sánchez Pascual



Kiek ut, mayo de 1971


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