La genealog?a de la moral



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Si se ha comprendido en toda su profundidad —y yo exijo que precisamente aquí se cave hondo, se comprenda con hondura— hasta qué punto la tarea de los sanos no puede consistir, de ninguna manera, en cuidar enfermos, en sanar enfermos, se habrá comprendido también con ello una necesidad más, — la necesidad de que haya médicos y enfermeros que estén, ellos mismos, enfermos, y ahora ya tenemos y aferramos con ambas manos el sentido del sacerdote ascético. A éste hemos de considerarlo como el predestinado salvador, pastor y defensor del rebaño enfermo: sólo así comprendemos su enorme misión histórica. El dominio sobre quienes sufren es su reino, a ese dominio le conduce su instinto, en él tiene su arte más propia, su maestría, su especie de felicidad. Él mismo tiene que estar enfermo, tiene que estar emparentado de raíz con los enfermos y tarados para entenderlos, — para entenderse con ellos; pero también tiene que ser fuerte, ser más señor de sí que de los demás, es decir, mantener intacta su voluntad de poder, para tener la confianza y el miedo de los enfermos, para poder ser para ellos sostén, resistencia, apoyo, exigencia, azote, tirano, dios. El tiene que defenderlo, a ese rebaño suyo —¿contra quién? Contra los sanos, no hay duda, y también contra la envidia respecto a los sanos; tiene que ser el natural antagonista y despreciador de toda salud y potencialidad rudas, tempestuosas, desenfrenadas, duras, violentas, propias de animales rapaces. El sacerdote es la forma primera del animal más delicado, al que le resulta más fácil despreciar que odiar. No estará dispensado de hacer la guerra a los animales rapaces, una guerra más de la astucia (del «espíritu») que de la violencia, como es obvio, — para ello tendrá necesidad, a veces, de forjar dentro de sí casi un tipo nuevo de animal rapaz o, al menos, de pasar por tal, — una nueva terribilidad animal, en la que el oso polar, el elástico, frío, expectante leopardo y, en no menor medida, el zorro parecen asociados en una unidad tan atrayente como terrorífica. Suponiendo que la necesidad le fuerce, el sacerdote aparecerá, en medio de las demás especies de animales rapaces, osunamente serio, respetable, inteligente, frío, superior por sus engaños, como heraldo y portavoz de potestades más misteriosas, decidido a sembrar en este terreno, allí donde le sea posible, sufrimiento, discordia, autocontradicción, y, demasiado seguro de su arte, a hacerse en todo momento dueño de los que sufren. Trae consigo ungüentos y bálsamos, no hay duda; mas para ser médico tiene necesidad de herir antes; mientras calma el dolor producido por la herida, envenena al mismo tiempo ésta —pues de esto, sobre todo, entiende este encantador y domador de animales rapaces, a cuyo alrededor todo lo sano se vuelve necesariamente enfermo, y todo lo enfermo se vuelve necesariamente manso. De hecho defiende bastante bien a su rebaño enfermo, este extraño pastor, — lo defiende también contra sí mismo, contra la depravación, la malignidad, la malevolencia que en el rebaño mismo arden bajo las cenizas, y contra las demás cosas que les son comunes a todos los pacientes y enfermos, combate de manera inteligente, dura y secreta contra la anarquía y la autodisolución en todo tiempo germinantes dentro del rebaño, en el cual se va constantemente amontonando esa peligrosísima materia detonante y explosiva, el resentimiento. Quitar su carga a esa materia explosiva, de modo que no haga saltar por el aire ni al rebaño ni al pastor, tal es su auténtica habilidad, y también su suprema utilidad; si se quisiera compendiar en una fórmula brevísima el valor de la existencia sacerdotal, habría que decir sin más: el sacerdote es el que modifica la dirección del resentimiento. Todo el que sufre busca instintivamente, en efecto, una causa de su padecer; o, dicho con más precisión, un causante, o, expresado con mayor exactitud, un causante responsable, susceptible de sufrir, — en una palabra, algo vivo sobre lo que poder desahogar, con cualquier pretexto, en la realidad o in effigie [en efigie], sus afectos: pues el desahogo de los afectos es el máximo intento de alivio, es decir, de aturdimiento del que sufre, su involuntariamente anhelado narcoticum contra tormentos de toda índole. La verdadera causalidad fisiológica del resentimiento, de la venganza y de sus afines se ha de encontrar, según yo sospecho, únicamente en esto, es decir, en una apetencia de amortiguar el dolor por vía afectiva: —de ordinario se busca esa causalidad, muy erradamente a mi parecer, en el contragolpe defensivo, en una mera medida protectora de la reacción, en un «movimiento reflejo» ejecutado al aparecer una lesión y una amenaza súbitas, análogo al que todavía ejecuta una rana decapitada para escapar a un ácido cáustico. Pero la diferencia es fundamental: en un caso se quiere impedir el continuar recibiendo daño, en el otro se quiere adormecer un dolor torturante, secreto, progresivamente intolerable, mediante una emoción más violenta, sea de la especie que sea, y expulsarlo, al menos por el momento, de la consciencia, — para ello se necesita un afecto, un afecto lo más salvaje posible, y, para excitarlo, el primero y mejor de los pretextos. «Alguien tiene que ser culpable de que yo me encuentre mal» — esta especie de raciocinio es propia de todos los enfermizos, y ello tanto más cuanto más se les oculta la verdadera causa de su sentirse—mal, la causa fisiológica (— ésta puede residir, por ejemplo, en una lesión del nervus sympathicus, o en una anormal secreción de bilis, o en una pobreza de sulfatos y de fosfatos en la sangre[96], o en estados de opresión del bajo vientre que congestionan la circulación de la sangre, o en una degeneración de los ovarios, y cosas parecidas). Los que sufren tienen, todos ellos, una espantosa predisposición y capacidad de inventar pretextos para efectos dolorosos; disfrutan ya con sus suspicacias, con su cavilar sobre ruindades y aparentes perjuicios, revuelven las entrañas de su pasado y de su presente en busca de oscuras y ambiguas historias donde poder entregarse al goce de una sospecha torturadora y embriagarse con el propio veneno de la maldad —abren las más viejas heridas, sangran por cicatrices curadas mucho tiempo antes, convierten en malhechores al amigo, a la mujer, al hijo y a todo lo que se encuentra cerca de ellos. «Yo sufro: alguien tiene que ser culpable de esto» —así piensa toda oveja enfermiza. Pero su pastor, el sacerdote ascético, le dice: «¡Está bien, oveja mía!, alguien tiene que ser culpable de esto: pero tú misma eres ese alguien, tú misma eres la única culpable de esto, —¡tú misma eres la única culpable de ti!…» Esto es bastante audaz, bastante falso: pero con ello se ha conseguido al menos una cosa, con ello la dirección del resentimiento, como hemos dicho, queda cambiada.

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Ahora se adivina qué es lo que, según mi idea, el instinto curativo de la vida ha intentado al menos conseguir mediante el sacerdote ascético, y para qué hubo de servirle una transitoria tiranía de conceptos paradójicos y paralógicos, tales como «culpa», «pecado», «pecaminosidad», «corrupción», «condenación»: para hacer inocuos hasta cierto punto a los enfermos, para destruir a los incurables sirviéndose de ellos mismos, para orientar con rigor a los enfermos leves hacia sí mismos, para retroorientar su resentimiento («una sola cosa es necesaria»)[97] y para, de esta manera, aprovechar los peores instintos de todos los que sufren con la finalidad de lograr la autodisciplina, la autovigilancia, la autosuperación. Como es obvio, una «medicación» de esa especie, una medicación a base de meros afectos, no puede ser en modo alguno una curación real para enfermos, entendiendo curación en el sentido fisiológico; ni siquiera sería lícito afirmar que el instinto de la vida haya pretendido e intentado conseguir aquí de algún modo una curación. Una especie de aglomeración y organización de los enfermos, por un lado (— la palabra «Iglesia» es el nombre más popular para designar esto), una especie de preservación provisional de los hombres de constitución más sana, de los mejor forjados, por otro, la creacion de un abismo, por tanto, entre lo sano y lo enfermo —¡esto fue todo durante mucho tiempo!, ¡y era mucho!, ¡era muchísimo!… [Como se ve, en este tratado parto de un presupuesto que, con respecto a los lectores que yo necesito, no tengo que justificar antes: el presupuesto de que la «pecaminosidad» en el hombre no es una realidad de hecho, sino más bien tan sólo la interpretación de una realidad de hecho, a saber, de un malestar fisiológico, — visto este último en una perspectiva religioso—moral que, para nosotros, ya no tiene ninguna fuerza vinculante. — Por el hecho de que alguien se sienta «culpable», «pecador», no está ya demostrado en modo alguno que tenga razón para sentirse así. Recuérdense los famosos procesos contra las brujas: los jueces más clarividentes y más humanitarios no dudaban entonces de que allí había una culpa; las mismas brujas no dudaban de ello, — y, sin embargo, la culpa faltaba[98]. — Expresemos ese presupuesto en una forma más general: el mismo «dolor anímico» yo no lo considero en absoluto como una realidad de hecho, sino sólo como una interpretación (interpretación causal) de realidades de hecho carentes hasta ahora de una formulación exacta: y, por tanto, como algo que aún se encuentra del todo en el aire y no es científicamente vinculante, — en realidad, sólo una palabra gruesa sustituyendo a un signo de interrogación flaco como un huso. Cuando alguien no se libra de un «dolor anímico», esto no depende, para decirlo con tosquedad, de su «alma»; es más probable quedependa de su vientre (hablando con tosquedad, como he dicho: con lo cual no manifiesto en modo alguno el deseo de que también se me oiga con tosquedad, se me entienda toscamente…). Un hombre fuerte y bien constituido digiere sus vivencias (incluidas las acciones, las fechorías) de igual manera que digiere sus comidas, aun cuando tenga que tragar duros bocados. Cuando «no acaba» con una vivencia, tal especie de indigestión es tan fisiológica como la otra —y muchas veces, de hecho, tan sólo una de las consecuencias de la otra. — Aun pensando así, se puede continuar siendo, sin embargo, dicho sea entre nosotros, el más riguroso adversario de todo materialismo…

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¿Pero este sacerdote ascético es propiamente un médico? — Ya hemos comprendido hasta qué punto apenas está permitido denominarlo así, por mucho que a él le guste sentirse a sí mismo como «salvador» y se deje venerar como tal. Sólo el sufrimiento mismo, el displacer de quien sufre, es lo que él combate, pero no su causa, no el auténtico estar enfermo, —esto tiene que constituir nuestra máxima objeción de principio contra la medicación sacerdotal. Pero una vez colocados en aquella perspectiva que es la única que el sacerdote conoce y tiene, difícilmente se termina de admirar todo lo que desde ella se ha visto, se ha buscado y se ha encontrado. La mitigación del sufrimiento, los «consuelos» de toda especie, — esto aparece como la genialidad misma del sacerdote: ¡con qué inventiva ha entendido su tarea de consolador, de qué manera tan despreocupada y audaz ha elegido los medios para ella! En especial, del cristianismo sería lícito decir que es como una gran cámara del tesoro llena de ingeniosísimos medios de consuelo, tantas son las cosas confortantes, mitigadores, narcotizantes que hay en él acumuladas, tantas son las cosas peligrosísimas y extraordinariamente temerarias que se han emprendido osadamente con este fin, tan grandes han sido su sutileza, su refinamiento, su meridional refinamiento para adivinar en especial con qué especie de afectos estimulantes se puede vencer, al menos por algún tiempo, la depresión profunda, el cansancio plúmbeo, la negra tristeza de los fisiológicamente impedidos. Pues hablando en términos generales: todas las grandes religiones han consistido, en lo esencial, en la lucha contra un cierto cansancio y pesadez convertidos en epidemia. De antemano se puede establecer como verosímil que, de tiempo en tiempo, en determinados lugares de la tierra, un sentimiento fisiológico de obstrucción tiene casi necesariamente que enseñorearse de amplias masas, mas, por falta de saber fisiológico, ese sentimiento no penetra como tal en la conciencia, de modo que la «causa» del mismo y también su remedio sólo pueden ser buscados e intentados por vía moral—psicológica (— tal es, en efecto, mi fórmula más general para designar lo que comúnmente se llama una «religión»). Ese sentimiento de obstrucción puede tener distintas procedencias: ser secuela, por ejemplo, de un cruce de razas demasiado heterogéneas entre sí (o de estamentos diferentes — los estamentos expresan siempre también diferencias de procedencia y de raza: el «dolor cósmico» europeo, el «pesimismo» del siglo XIX son, en lo esencial, la secuela de una mezcolanza absurdamente repentina de estamentos); o estar condicionado por una emigración equivocada — una raza caída en un clima para el que su fuerza de adaptación no resulta suficiente (el caso de los indios en la India); o ser la repercusión de la vejez y cansancio de la raza (pesimismo parisino a partir de 1850); o de una dieta falsa (el alcoholismo de la Edad Media; el sinsentido de los vegetarianos, los cuales ciertamente tienen a su favor la autoridad del shakesperiano Junker Cristóbal); o de una corrupción de la sangre, malaria, sífilis, y cosas parecidas (depresión alemana después de la guerra de los Treinta Años, que contagió media Alemania con malas enfermedades y preparó así el terreno para el servilismo alemán, para la pusilanimidad alemana). En estos casos se intenta una y otra vez, con el más grande estilo, combatir el sentimiento de desplacer; informémonos con brevedad sobre sus más importantes prácticas y formas. (Dejo aquí totalmente de lado, como es natural, la auténtica lucha de los filósofos contra el sentimiento de desplacer, lucha que suele ser siempre simultánea — es bastante interesante, pero demasiado absurda, demasiado indiferente respecto a la práctica, usa demasiado de telas de araña y de mozos de cuerda; por ejemplo, cuando se pretende demostrar que el dolor es un error, bajo el ingenuo presupuesto de que el dolor debería desaparecer tan pronto como se ha reconocido el error en él — pero ¡cosa rara!, se guardó de desaparecer…). Aquel desplacer dominante se combate en primer lugar con medios que deprimen hasta su más bajo nivel el sentimiento vital en general. En lo posible, ningún querer, ningún deseo más; evitar todo lo que produce afecto, lo que produce «sangre» (no comer sal: higiene del faquir); no amar; no odiar; ecuanimidad; no vengarse; no enriquecerse; no trabajar; mendigar; en lo posible, ninguna mujer, o lo menos mujer posible: en el aspecto espiritual el principio de Pascal il faut s’abétir[99] [es preciso embrutecerse]. Resultado, expresado en términos psicológico—morales: «negación de sí», «santificación»; expresado en términos fisiológicos: hipnosis, — el intento de conseguir aproximadamente para el hombre lo que son el letargo invernal para algunas especies de animales y el letargo estival para muchas plantas de los climas tórridos, un mínimo de consumo de materia y de metabolismo, en el cual la vida continúa existiendo simplemente, pero sin llegar ya en realidad a la conciencia. Para alcanzar esa meta se ha empleado una asombrosa cantidad de energía humana —¿tal vez en vano?… No puede dudarse en absoluto de que tales sportsmen [deportistas] de la «santidad», numerosos en todos los tiempos, en casi todos los pueblos, han encontrado de hecho una liberación real de aquello que con tan riguroso training [entrenamiento] combatían, — en innumerables casos se liberaron realmente de aquella profunda depresión fisiológica con ayuda de su sistema de medios de hipnotización de aquí que su metódica se cuente entre los hechos etnológicos más generales. Asimismo, tampoco hay ningún derecho a pensar ya que tal propósito de rendir por el hambre a la corporalidad y a la concupiscencia sea un síntoma de locura (como le gusta pensar a una torpe especie de «librepensadores» y de Junker Cristóbales devoradores de roastbeef [rosbif]). Tanto más seguro es, en cambio, que aquel propósito sirve, puede servir para producir perturbaciones espirituales de toda índole, «luces interiores», por ejemplo, como ocurre en los hesicastos del Monte Athos[100] alucinaciones de sonidos y formas, voluptuosos desbordamientos y éxtasis de la sensualidad (historia de Santa Teresa). La interpretación que dan de tales estados los afectados por ellos ha sido siempre la más fantástica y falsa que quepa imaginar, como es obvio; pero no se pase por alto el tono de convencidísimo agradecimiento que resuena precisamente ya en la voluntad de dar esa especie de interpretación. El supremo estado, la redención misma, aquella hipnotización total y aquella quietud finalmente logradas, son considerados siempre por ellos como el misterio en sí, para expresar el cual no bastan ni siquiera los símbolos más elevados, como los que hablan de vuelta y retorno al fondo de las cosas, de liberación de toda ilusión, de «saber», de «verdad», de «ser», de desprendimiento de toda meta, deseo y acción, de un más—allá también del bien y del mal. «El bien y el mal, dice el budista, — ambos son cadenas: de ambos se enseñoreó el perfecto»; «lo hecho y lo no hecho, dice el creyente del Vedanta, no le producen ningún dolor; el bien y el mal los sacude de sí como un sabio; su reino ya no padece a causa de ninguna acción; él trascendió el bien y el mal, trascendió ambas cosas»: — una concepción, pues, totalmente india, tan brahmánica como budista. (Ni la mentalidad india ni la mentalidad cristiana consideran que aquella «redención» sea alcanzable por virtud, por mejoramiento moral, aunque colocan muy alto el valor hipnotizador de la virtud: no se olvide esto, — por lo demás, corresponde sencillamente a la realidad de los hechos. El haber permanecido verdaderas en este punto acaso haya que considerarlo como el mejor fragmento de realismo existente en las tres máximas religiones, tan radicalmente moralizadas por lo demás. «Para el iniciado no hay ningún deber…» «Mediante agregación de virtudes no se lleva a cabo la redención: pues ésta consiste en la unificación con el Brahma, incapaz de ninguna agregación de perfección: y tampoco se lleva a cabo con la deposición de faltas; pues el Brahma, la unificación con el cual constituye la redención, es eternamente puro» —éstos son pasajes del Comentario de ~ankara, citados por el primer conocedor real de la filosofia india en Europa, mi amigo Paul Deussen)[101]. Vamos, pues, a respetar la «redención» en las grandes religiones; en cambio, nos resulta un poco difícil permanecer serios con respecto a la estimación que del sueño profundo ofrecen estos cansados de la vida, demasiado cansados incluso para soñar, — es decir, el sueño profundo entendido ya como ingreso en el Brahma, como conseguida unio mystica [unión mística] con Dios. «Cuando él se ha dormido totalmente —se dice sobre esto en la más antigua y venerable “Escritura”—, cuando él ha llegado del todo al reposo, de modo que ya no ve ninguna imagen de sueño, entonces, oh querido, ha llegado a la unificación con lo existente, ha entrado en sí mismo, — rodeado por su mismidad cognoscente, no tiene ya ninguna conciencia de lo que está fuera o dentro. Este puente no lo atraviesan ni el día ni la noche, ni la vejez, ni la muerte, ni el sufrimiento, ni obra buena ni obra mala». «En el sueño profundo, dicen asimismo los creyentes de esta religión, que es la más profunda de las tres grandes religiones, el alma se eleva fuera del cuerpo, penetra en la luz suprema y aparece así en su figura propia: aquí ella es el mismo espíritu supremo que vagabundea bromeando y jugando y deleitándose, bien con mujeres, o con carrozas, o con amigos, aquí ella ya no vuelve con su pensamiento a este apéndice de cuerpo, al cual el prana (el soplo vital) está atado como un animal de tiro al carro». Con todo, tampoco aquí debemos olvidar que, al igual que en el caso de la «redención», con esto en el fondo se expresa únicamente, bien que con la magnificencia de la exageración oriental, una apreciación idéntica a la del lúcido, frío, helénicamente frío, pero suficiente Epicuro: el hipnótico sentimiento de la nada, el reposo del sueño más profundo, en una palabra, la ausencia de sufrimiento —a los que sufren, a los destemplados de raíz les es lícito considerar esto ya como el bien supremo, como el valor de los valores, tienen que apreciarlo como algo positivo, sentirlo como lo positivo mismo. (Según esta misma lógica del sentimiento, la nada es llamada, en todas las religiones pesimistas, Dios.)


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