La genealog?a de la moral


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La genealogía de la moral


Título original: Zur Genealogie der Moral: Eine Streitschrift

Friedrich Nietzsche, 1887

Traducción: Andrés Sánchez Pascual

Diseño de portada: gertdelpozo

Editor digital: gertdelpozo

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Introducción


Estos «tres decisivos trabajos preliminares de un psicólogo para una transvaloración de todos los valores» (Nietzsche, en Ecce homo, p. 110)[*], de los que se compone La genealogía de la moral, han sido considerados siempre como la obra más sombría y más cruel de su autor. Es éste un libro a cuya base se encuentra una veracidad radical de Nietzscbe para consigo mismo y para con sus lectores; las inhibiciones de todo tipo caen cada vez más, y así la verdad va quedando desnuda, «toda verdad, incluso la verdad simple, áspera, fea, repugnante, no-cristiana, no moral… Pues existen verdades tales» (véase luego, Tratado I, §1). Nietzsche actúa aquí como alguien que, frente a una serie de enmascarados, tiene la osadía de alargar su mano y arrancar de un golpe la careta. Ahí tenéis, nos dice, lo que de verdad son la conciencia, la compasión, el bien y el mal, el sacerdote, y sobre todo, y ésta es una revelación terrible, el sacerdote enmascarado; es decir, el filósofo, esto es, el filósofo habido hasta ahora. Pues yo anuncio una nueva filosofía. Hasta ahora, dice Nietzsche, el filósofo ha distado mucho de ser un espíritu libre: todavía creta en la verdad. Es necesario preguntarse por el valor de la verdad, es necesario «poner en entredicho alguna vez, por vía experimental, el valor de la verdad» (véase luego, T. III, §24).

Por otro lado, el carácter no-aforístico, sino continuado y sistemático de esta obra ha sido un segundo elemento que ha llamado siempre la atención de los estudiosos sobre ella. Nietzsche no se contenta aquí con lanzar una estocada —un aforismosobre un problema, como hacía en obras anteriores, para continuar adelante a la caza de otras cuestiones, otras resistencias, otras luchas, sino que se enfrenta a tres problemas y morosamente los sigue y persigue hasta sus últimos escondrijos. Para ello acude a todo su refinado arte de psicólogo y, muy en particular, a sus conocimientos históricos. Podía, sin duda, realizarlo, pues se encontraba en la cumbre de su madurez. En el verano de 1887, mientras compone esta obra en Sils-Maria, Nietzsche siente que se aproxima su otoño, un otoño cargado de frutos, que luego, cuando sople el viento del cercano hundimiento psicológico, dejará caer al suelo la atropellada muchedumbre de verdades que se agolpan en las obras del año siguiente. No se trata en este libro de ideas que vinieran a la mente de Nietzsche precisamente en este verano. Son verdades ya antiguas, procedentes incluso de su infancia, pero cuya perduración refuerza en él «la gozosa confianza de que, desde el principio, no surgieron en mí de una manera aislada, ni fortuita, ni esporádica, sino de una raíz común, de una voluntad fundamental de conocimiento» (véase luego, T. I, §2).

Estructura de La genealogía de la moral


Unos meses más tarde, en esa especie de Juicio Universal de sí mismo y de su obra que es el Ecce homo, Nietzsche realiza la autocrítica de este libro. No nos habla aquí de las circunstancias de su nacimiento, como hace al referirse a otros escritos; su publicación estaba demasiado cercana aún; y, por otro lado, había explicado ese punto en el amplio prólogo. Por el contrario, en unas líneas iluminadas por el fuego de una ardiente autorreflexión, pero aparentemente serenas y frías, nos traza su estructura. Dicen así:

Los tres tratados de que se compone esta Genealogía son acaso, en punto a expresión, intención y arte de la sorpresa, lo más inquietante que hasta el momento se ha escrito. Dioniso es también, como se sabe, el dios de las tinieblas. —Siempre hay un comienzo que debe inducir a error, un comienzo frío, científico, incluso irónico, intencionadamente situado en primer plano, intencionadamente demorado. Poco a poco, más agitación: relámpagos aislados; verdades muy desagradables se hacen oír desde la lejanía con un sordo gruñido, —hasta que finalmente se alcanza un tempo feroce [ritmo feroz], en el que todo empuja hacia adelante con enorme tensión. Al final, cada una de las veces, entre detonaciones horribles del todo, una nueva verdad se hace visible entre espesas nubes. —La verdad del primer tratado es la psicología del cristianismo: el nacimiento del cristianismo del espíritu del resentimiento, no del «espíritu», como de ordinario se cree, —un antimovimiento por su esencia, la gran rebelión contra el dominio de los valores nobles. El segundo tratado ofrece la psicología de la conciencia: ésta no es, como se cree de ordinario, «la voz de Dios en el hombre», —es el instinto de la crueldad, que revierte hacia atrás cuando ya no puede seguir desahogándose hacia fuera. La crueldad, descubierta aquí por vez primera como uno de los más antiguos trasfondos de la cultura, con el que no se puede dejar de contar. El tercer tratado da respuesta a la pregunta de dónde procede el enorme poder del ideal ascético, del ideal sacerdotal, aunque éste es el ideal nocivo par excellence, una voluntad de final, un ideal de décadence. Respuesta: no porque Dios esté actuando detrás de los sacerdotes, como se cree de ordinario, sino faute de mieux [a falta de algo mejor] —porque ha sido hasta ahora el único ideal, porque no ha tenido ningún competidor. «Pues el hombre prefiere querer incluso la nada a no querer»… Sobre iodo, faltaba un contraideal —hasta Zaratustra. —Se me ha entendido. Tres decisivos trabajos preliminares de un psicólogo para una transvaloración de todos los valores — Este libro contiene la primera psicología del sacerdote (Ecce Homo. pp. 109-110).

Tratado primero: «bueno y malo», «bueno y malvado»


El comienzo «frío, científico, incluso irónico», se refiere aquí a los psicólogos ingleses. Nietzsche se burla suavemente de ellos, de esas ranas viejas, frías, aburridas, que chapotean en la ciénaga humana. Siente cariño por ellos, le gustaría que fuesen valientes y magnánimos. Pero en seguida viene la grave acusación: carecen de espíritu histórico. Se contradicen al atribuir los conceptos del bien y del mal al olvido y al hábito. En este punto resulta más coherente, dice, aunque no más verdadero, Spencer. Hace falta, pues, acudir al espíritu histórico, hace falta recurrir a la genealogía y, más en concreto, a la etimología- ¿Qué significan las palabras, y cuál es la historia de su metamorfosis intelectual? Nietzsche analiza el vocablo «malo» (schlecht), que significó originariamente el «simple», el hombre vulgar y bajo. En cambio, el concepto «bueno» (gut) se refería al hombre de rango superior, al noble, al poderoso, al señor. Las valoraciones brotaban, por tanto, de una forma de ser, de una forma de hallarse en la vida y en la sociedad. Aunque es posible que algunas de las etimologías aducidas aquí y en otros lugares por Nietzsche estén equivocadas, lo decisivo es haber penetrado hasta la fuente de donde brotan los valores.

«Poco a poco, más agitación; relámpagos aislados» —había dicho Nietzsche. En efecto, a partir del § 6 comienzan las verdades desagradables. Nietzsche alude a la casta sacerdotal, degeneración y, más tarde, antítesis de la casta caballeresca y aristocrática. Los hábitos de aquélla son contrarios a los de ésta: los sacerdotes se dedican a incubar ideas y sentimientos; de ahí su neurastenia, dice

Nietzsche. Pero el remedio que inventan para curar su enfermedad ha sido más peligroso que la enfermedad misma: los sacerdotes inventan la religión, inventan la metafísica hostil a los sentidos, inventan el «otro mundo». Con ello, sin embargo, el hombre se ha convertido en un animal interesante, con ello el alma humana se ha vuelto profunda y malvada (böse). Así aparece por vez primera la maldad, a diferencia de la anterior malicia. Y Nietzsche pasa ahora a señalar concretamente con el dedo la fuente de la nueva valoración: esa fuente es el resentimiento, es la sed de venganza del sacerdote y, sobre todo, del pueblo sacerdotal por excelencia: el pueblo judío. Antes, en tiempos más sanos, las valoraciones se atenían a la realidad: no existía más que lo bueno (gut), es decir, las cualidades del hombre fuerte y poderoso, y lo malo (schlecht), las peculiaridades del hombre simple y bajo. Pero el resentimiento introduce una transvaloración: ahora los valores son lo bueno (gut) y lo malvado (böse). La transvaloración consiste en que ahora se llama malvado al que antes era el bueno, ahora se llama malvado al poderoso, al violento, al lleno de vida. En cambio, se llama bueno al que antes era el malo, esto es, al hombre bajo, simple, indigente, enfermo.

Y por fin viene la nueva verdad de este primer tratado: la psicología del cristianismo. El cristianismo es el heredero de la transvaloración moral realizada por el pueblo judío, es el heredero de la rebelión de los esclavos en la moral. El cristianismo, dice Nietzsche, no es la religión del amor, sino la religión del odio más profundo contra los buenos, es decir, contra los nobles, poderosos, veraces. El cristianismo ha «redimido» al género humano, dice Nietzsche con ironía: lo ha redimido de los señores. Han vencido, al menos por el momento, los plebeyos.

Tratado segundo: «culpa», «mala conciencia» y similares


También aquí el comienzo es frío y sereno. Nietzsche empieza hablando de la capacidad de olvido, que es una fuerza activa, y no meramente pasiva, como se cree. La capacidad de olvido es una forma de la salud vigorosa. En ocasiones, sin embargo, es necesario recordar: cuando se hacen promesas; y por ello es necesario crearle al hombre una memoria. ¿Cómo se le crea una memoria al hombre es decir, a ese animal del instante, a ese animal solicitado por afectos contrapuestos, que lo arrastran de un lado para otro? Es difícil crear esa memoria, v sólo puede hacerse causando daño: «para que algo permanezca en la memoria se lo graba a fuego; sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria» (véase luego, T. II, §3). Y a esa memoria, a ese sentimiento de poder disponer del futuro, el hombre lo llama «su conciencia».

Ahora bien, ¿de dónde viene la «mala conciencia»?

Y aquí Nietzsche acude una vez más a la genealogía, remontándose a los tiempos prehistóricos. La mala conciencia viene de la culpa (Schuld). Pero la culpa no es nada que tenga que ver con la responsabilidad moral, sino que es una deuda (Schuld), esto es, una relación entre un acreedor y un deudor. Cuando el acreedor es la sociedad, y el que contrae la deuda, es decir, el que comete la culpa, viola sus compromisos con aquélla, olvidándose de lo prometido, entonces la sociedad descarga sobre él sus golpes más crueles. El hombre está, pues, preso de la sociedad, y al no poder desahogar sus instintos hacia fuera, los descarga hacia dentro: así se forma la «interioridad» humana. Tal es la verdad nueva de este segundo tratado:

Yo considero que la mala conciencia es la profunda dolencia a que tenía que sucumbir el hombre bajo la presión de aquella modificación, la más radical de todas las experimentadas por él, —de aquella modificación que se dio cuando el hombre se encontró definitivamente encerrado en el sortilegio de la sociedad y de la paz… Pero con ella se había introducido la dolencia más grande, la más siniestra, una dolencia de la que la humanidad no se ha curado hasta hoy: el sufrimiento del hombre por el hombre (véase luego, T. II, §16).

Nietzsche considera asimismo que los dioses deben su origen a este sentimiento de deuda, de culpa (Schuld). Las viejas estirpes se sentían deudoras de sus antepasados. Y para pagarles su deuda (esto es, para redimir su culpa) les ofrecen sacrificios; cuanto mayor es la deuda, tanto más poderosos se presentan los dioses, hasta que, cuando se considera que la deuda es impagable, llegan los dioses a su máxima altura: al Dios único y omnipotente. Por eso, dice Nietzsche, el ateísmo consiste en no tener deudas (Un-schuld) con los dioses; es una segunda inocencia (Unschuld), una vuelta a una existencia pre-teológica.

El final es abrupto:

Mas ¿qué estoy diciendo? ¡Basta! ¡Basta! En este punto sólo una cosa me conviene, callar: de lo contrario atentaría contra algo que únicamente le está permitidoa Zaratustra el ateo (T. II, §25).


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