La estructura de las revoluciones



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T.S. Kuhn

LA ESTRUCTURA

DE LAS REVOLUCIONES

CIENTÍFICAS

Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas, propias del desenvolvimiento científico. La "revolución científica" es quizá la circunstancia en que el desarrollo de la ciencia exhibe su plena peculiaridad, sin que importe gran cosa de qué materia se trate o la época considerada.

El presente trabajo es un estudio, casi único en su género, de las "revoluciones científicas". Basa­do en abundante material —principalmente en los campos de la física y la química—, procura esclarecer conceptos, corregir malentendidos y, en suma, demostrar la extraordinaria compleji­dad del mecanismo del progreso científico, cuan­do es examinado sin ideas preconcebidas: más de una sorpresa nos reserva este camino, más de un recoveco del análisis incita a protestar con vehe­mencia antes de quedar convencidos. A fin de cuentas, el itinerario que parecía simple y ra­cional resulta ser complejo y proteico.

La estructura de las revoluciones científicas

por THOMAS S. KUHN

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

MÉXICO

Traducción de



agustín contin

Primera edición en inglés, 1962

Primera edición en español (FCE, México), 1971

Octava reimpresión (FCE, Argentina), 2004



Título original: The structure of scientifíc revolutions © 1962, University of Chicago Press

ÍNDICE


Prefacio 9

  1. Introducción: un papel para la his­
    toria 20

  2. El camino hacia la ciencia normal... 33

  3. Naturaleza de la ciencia normal 51

  4. La ciencia normal como resolución de
    enigmas 68

  5. Prioridad de los paradigmas 80

  6. La anomalía y la emergencia de los descubrimientos científicos 92

  7. Las crisis y la emergencia de las teo­
    rías científicas 112

  8. La respuesta a la crisis 128

  9. Naturaleza y necesidad de las revolu­
    ciones científicas 149

  10. Las revoluciones como cambios del concepto del mundo 176

  11. La invisibilidad de las revoluciones científicas 212

  12. La resolución de las revoluciones.....224

  13. Progreso a través de las revoluciones 247

Posdata: 1969 .............. 268
A

james b. conant, que puso esto en marcha

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el ensayo que sigue es el primer informe publi­cado de modo íntegro de un proyecto concebido, originalmente, hace casi quince años. En esa época, yo era un estudiante graduado en física teórica, que estaba a punto de presentar mi tesis. Un compromiso afortunado con un curso de co­legio experimental que presentaba las ciencias físicas para los no científicos, me puso en con­tacto, por primera vez, con la historia de la cien­cia. Resultó para mí una sorpresa total el que ese contacto con teorías y prácticas científicas anti­cuadas socavara radicalmente algunos de mis con­ceptos básicos sobre la naturaleza de la ciencia y las razones que existían para su éxito específico. Estas concepciones las había formado previa­mente, obteniéndolos en parte de la preparación científica misma y, en parte, de un antiguo inte­rés recreativo por la filosofía de las ciencias. En cierto modo, fuera cual fuera su utilidad peda­gógica y su plausibilidad abstracta, esas nociones no encajaban en absoluto en la empresa exhibida por el estudio histórico. Sin embargo, eran y son fundamentales para muchas discusiones científi­cas y, por consiguiente, parecía valer la pena ahon­dar más en sus fallas de verosimilitud. El re­sultado fue un cambio drástico en mis planes profesionales, un paso de la física a la historia de la ciencia y, luego, gradualmente, de los pro­blemas históricos relativamente íntegros a las in­quietudes más filosóficas, que me habían condu­cido, inicialmente, hacia la historia. Con excepción de unos cuantos artículos, este ensayo es el pri­mero de mis libros publicados en que predominan esas preocupaciones iniciales. En cierto modo,

9

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es, principalmente, un esfuerzo para explicarme y explicar a mis amigos cómo fue que pasé de la ciencia a su historia.

Mi primera oportunidad para ahondar en algu­nas de las ideas que expreso más adelante, me fue proporcionada a través de tres años como Junior Fellow de la Society of Fellows de la Universidad de Harvard. Sin ese periodo de liber­tad, la transición a un nuevo campo de estudio hubiera sido mucho más difícil y, probablemente, no hubiera tenido lugar. Parte de mi tiempo, durante esos años, fue dedicada a la historia de la ciencia propiamente dicha. Principalmente, continué el estudio de los escritos de Alexandre Koyré y descubrí los de Émile Meyerson, Héléne Metzger y Anneliese Maier.1 De manera más clara que la mayoría de los demás eruditos recientes, ese grupo muestra lo que significaba pensar cien­tíficamente en una época en la que los cánones del pensamiento científico eran muy diferentes de los actuales. Aun cuando pongo en tela de juicio, cada vez más, algunas de sus interpreta­ciones históricas particulares, sus obras, junto con Great Chain of Being, de A. O. Lovejoy, sólo han cedido el lugar preponderante a los materia­les originales primarios, en la formación de mis conceptos sobre lo que puede ser la historia de las ideas científicas.

Gran parte de mi tiempo, durante esos años, lo pasé explorando campos que, aparentemente,

1 Ejercieron una influencia primordial: Etudes Gali-léennes, de Alexandre Koyré (3 vols.; París, 1939); Identity and Reality, de Émile Meyerson, trans. Kate Loewenberg (Nueva York, 1930); Les doctrines chimiques en France du debut du XVIIe á la fin du XVIIIe siécle (París, 1923), y Newton, Stahl, Boerhaave et la doctrine chimique (París, 1930) de Héléne Metzger; y Die Vorlaufer Galileis im 14. Jahrhundert, de Anneliese Maier ("Studien zur Naturphilo-sophie der Spätscholastik"; Roma, 1949).

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carecían de relación con la historia de las cien­cias, pero en los que sin embargo, en la actuali­dad, la investigación descubre problemas simila­res a los que la historia presentaba ante mi atención. Una nota encontrada, por casualidad, al pie de una página, me condujo a los experi­mentos por medio de los cuales, Jean Piaget, ha iluminado tanto los mundos diversos del niño en crecimiento como los procesos de transición de un mundo al siguiente.2 Uno de mis colegas me animó a que leyera escritos sobre la psicología de la percepción, sobre todo de los psicólogos de la Gestalt; otro me presentó las especulaciones de B. L. Whorf acerca del efecto del lenguaje sobre la visión del mundo y W. V. O Quine me presentó los problemas filosóficos relativos a la distinción analiticosintética.3 Éste es el tipo de exploración fortuita que permite la Society of Fellows y sólo por medio de ella pude descu­brir la monografía casi desconocida de Ludwik Fleck, Entstehung und Entwicklung einer wissen-schaftlichen Tatsache (Basilea, 1935), un ensayo que anticipaba muchas de mis propias ideas. Junto con una observación de otro Junior Fellow, Francis X. Sutton, la obra de Fleck me hizo com­prender que esas ideas podían necesitar ser es­tablecidas en la sociología de la comunidad cien-

2 Debido a que desarrollaron conceptos y procesos que surgen también directamente de la historia de la ciencia, dos conjuntos de investigaciones de Piaget resultaron par­ticularmente importantes: The Child's Conception of Cau-sality, traducción de Marjorie Gabain (Londres, 1930), y Les notions de mouvement et de vitesse chez l'enfant (París, 1946).



3 Los escritos de Whorf han sido reunidos posterior­mente por John B. Carroll en Language, Thought, and Reality—Selected Writings of Benjamin Lee Whorf (Nueva York., 1956). Quine ha presentado sus opiniones en "Two dogmas of Empiricism", reimpreso en su obra From a Logical Point of View (Cambridge, Mass., 1953), pp. 2046.

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tífica. Aunque los lectores descubrieran pocas referencias en el texto a esas obras o conversa­ciones, estoy en deuda con ellas en muchos más aspectos de los que puedo recordar o evaluar hoy. Durante mi último año como Junior Fellow, una invitación del Instituto Lowell de Boston para dar conferencias me proporcionó la primera oportunidad de poner a prueba mi noción de la ciencia, la que todavía se encontraba en desarro­llo. El resultado fue una serie de ocho conferen­cias públicas, pronunciadas durante el mes de marzo de 1951, sobre "La búsqueda de la teoría física". Al año siguiente comencé propiamente a enseñar historia de la ciencia y, durante casi una década, los problemas de la enseñanza de una rama que nunca había estudiado sistemáticamente me dejaron poco tiempo para articular de modo explícito las ideas que me condujeron a ese campo. Afortunadamente, sin embargo, esas ideas resultaron una fuente de orientación implícita y, hasta cierto punto, de parte de la estructura problemática, para gran sector de mi enseñan­za más avanzada. Tengo, por consiguiente, que agradecer a mis alumnos varias lecciones impa­gables, tanto sobre la viabilidad de mis opinio­nes como sobre las técnicas apropiadas para comunicarlas de manera eficaz. Los mismos pro­blemas y esa misma orientación proporcionaron unidad a la mayoría de los estudios, predominan­temente históricos y aparentemente diversos, que he publicado desde el final de mi época de be­cado. Varios de ellos tratan del papel integral desempeñado por una u otra metafísica en la investigación científica creadora. Otros examinan el modo como las bases experimentales de una nueva teoría se acumulan y son asimiladas por hombres fieles a una teoría incompatible y más antigua. En el proceso, describen el tipo de des-

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arrollo que llamo, más adeante, "emergencia" de un descubrimiento o una teoría nuevos. Hay, ade­más de eso, muchos otros vínculos de unión.

La etapa final del desarrollo de esta monogra­fía comenzó con una invitación para pasar el año 1958-59 en el Centro de Estudios Avanzados sobre las Ciencias de la Conducta (Center for Advanced Studies in the Behavioral Sciences). Una vez más, estuve en condiciones de prestar una indi­visa atención a los problemas presentados más adelante. Lo más importante es que, el pasar un año en una comunidad compuesta, principalmen­te, de científicos sociales, hizo que me enfrentara a problemas imprevistos sobre las diferencias en­tre tales comunidades y las de los científicos naturales entre quienes había recibido mi pre­paración. Principalmente, me asombré ante el número y el alcance de los desacuerdos patentes entre los científicos sociales, sobre la naturaleza de problemas y métodos científicos aceptados. Tanto la historia como mis conocimientos me hicieron dudar de que quienes practicaban las ciencias naturales poseyeran respuestas más fir­mes o permanentes para esas preguntas que sus colegas en las ciencias sociales. Sin embargo, has­ta cierto punto, la práctica de la astronomía, de la física, de la química o de la biología, no evoca, normalmente, las controversias sobre fundamen­tos que, en la actualidad, parecen a menudo en­démicas, por ejemplo, entre los psicólogos o los sociólogos. Al tratar de descubrir el origen de esta diferencia, llegué a reconocer el papel desem­peñado en la investigación científica por lo que, desde entonces, llamo "paradigmas". Considero a éstos como realizaciones científicas universalmen­te reconocidas que, durante cierto tiempo, propor­cionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica. En cuanto ocupó su lugar

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esta pieza de mi rompecabezas, surgió rápida­mente un bosquejo de este ensayo.

No es necesario explicar aquí la historia sub­siguiente de ese bosquejo; pero es preciso decir algo sobre la forma en que se ha preservado des­pués de todas las revisiones. Hasta que terminé la primera versión, que en gran parte fue revi­sada, pensé que el manuscrito aparecería, exclu­sivamente, como un volumen de la Enciclopedia de Ciencia Unificada. Los redactores de esta obra precursora me habían solicitado primera­mente este ensayo; luego, me respaldaron fir­memente y, al final, esperaron el resultado con tacto y paciencia extraordinarios. Les estoy muy agradecido, principalmente a Charles Morris, por darme el estímulo que necesitaba y por sus con­sejos sobre el manuscrito resultante. No obstan­te, los límites de espacio de la Enciclopedia hi­cieron necesario que presentara mis opiniones en forma esquemática y extremadamente condensa-da. Aunque sucesos posteriores amortiguaron esas restricciones e hicieron posible una publicación independiente simultánea, esta obra continúa sien­do un ensayo, más que el libro de escala plena que exigirá finalmente el tema que trato.

Puesto que mi objetivo fundamental es deman­dar con urgencia un cambio en la percepción y la evaluación de los datos conocidos, no ha de ser un inconveniente el carácter esquemático de esta pri­mera presentación. Por el contrario, los lectores a los que sus propias investigaciones hayan pre­parado para el tipo de reorientación por el que abogamos en esta obra pueden hallar la forma de ensayo más sugestiva y fácil de asimilar. No obstante, tiene también desventajas y ellas pue­den justificar el que ilustre, desde el comienzo mismo, los tipos de ampliaciones, tanto en el al­cance como en la profundidad, que, eventualmen-

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te, deseo incluir en una versión más larga. Exis­ten muchas más pruebas históricas que las que he tenido espacio para desarrollar en este libro. Además, esas pruebas proceden tanto de la his­toria de las ciencias biológicas como de la de las físicas. Mi decisión de ocuparme aquí exclusiva­mente de la última fue tomada, en parte, para aumentar la coherencia de este ensayo y tam­bién, en parte, sobre bases de la competencia ac­tual. Además, la visión de la ciencia que vamos a desarrollar sugiere la fecundidad potencial de cantidad de tipos nuevos de investigación, tanto histórica como sociológica. Por ejemplo, la forma en que las anomalías o las violaciones a aquello que es esperado atraen cada vez más la atención de una comunidad científica, exige una estudio detallado del mismo modo que el surgimiento de las crisis que pueden crearse debido al fracaso repetido en el intento de hacer que una anomalía pueda ser explicada. O también, si estoy en lo cierto respecto a que cada revolución científica modifica la perspectiva histórica de la comuni­dad que la experimenta, entonces ese cambio de perspectiva deberá afectar la estructura de los libros de texto y las publicaciones de investiga­ción posteriores a dicha revolución. Es preciso estudiar un efecto semejante —un cambio de dis­tribución de la literatura técnica citada en las notas al calce de los informes de investigación— como indicio posible sobre el acaecimiento de las revoluciones.

La necesidad de llevar a cabo una condensa­ción drástica me ha obligado también a renunciar a la discusión de numerosos problemas impor­tantes. Por ejemplo, la distinción que hago entre los periodos anteriores y posteriores a un para­digma en el desarrollo de una ciencia, es dema­siado esquemática. Cada una de las escuelas cuya

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competencia caracteriza el primer periodo es guia­da por algo muy similar a un paradigma; hay también circunstancias, aunque las considero ra­ras, en las que pueden coexistir pacíficamente dos paradigmas en el último periodo. La posesión simple de un paradigma no constituye un criterio suficiente para la transición de desarrollo que ve­remos en la Sección II. Lo que es más impor­tante, no he dicho nada, excepto en breves co­mentarios colaterales, sobre el papel desempeñado por el progreso tecnológico o por las condiciones externas, sociales, económicas e intelectuales, en el desarrollo de las ciencias. Sin embargo, no hay que pasar de Copérnico y del calendario para des­cubrir que las condiciones externas pueden contri­buir a transformar una simple anomalía en origen de una crisis aguda. El mismo ejemplo puede ilustrar el modo en que las condiciones ajenas a las ciencias pueden afectar el cuadro disponible de posibilidades para el hombre que trata de poner fin a una crisis, proponiendo alguna refor­ma revolucionaria.4 La consideración explícita de efectos como éstos no modificará, creo yo, las principales tesis desarrolladas en este ensayo; pero, seguramente, añadiría una dimensión ana-

4 Estos factores se estudian en The Copernican Revolu-tion: Planetary Astronomy in the Development of Western Thought, de T. S. Kuhn (Cambridge, Mass., 1957), pp. 122-132, 270-271. Otros efectos de las condiciones intelectuales y económicas externas sobre el desarrollo científico subs­tantivo se ilustran en mis escritos: "Conservation of Energy as an Example of Simultaneous Discovery", Cri­tical Problems in the History of Science, ed. Marshall Clagett (Madison, Wisconsin, 1959), pp. 321-356; "Engineer-ing Precedent for the Work of Sadi Carnot", Archives intemationales d'histoire des sciences, XIII (1960), 247-251; y "Sadi Carnot and the Cagnard Engine", Isis, LII (1961), 567-74. Por consiguiente, considero que el papel desempe­ñado por los factores externos es menor, sólo con respecto a los problemas estudiados en este ensayo.

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lítica de importancia primordial para la com­prensión del progreso científico.

Finalmente, quizá lo más importante de todo, las limitaciones de espacio han afectado drástica­mente el tratamiento que hago de las implicacio­nes filosóficas de la visión de la ciencia, histó­ricamente orientada, de este ensayo. Desde luego, existen esas implicaciones y he tratado tanto de indicar las principales como de documentarlas. No obstante, al hacerlo así, usualmente he evi­tado discutir, de manera detallada, las diversas posiciones tomadas por filósofos contemporáneos sobre los temas correspondientes. Donde he in­dicado escepticismo, con mayor frecuencia, lo he enfocado a la actitud filosófica y no a cualquiera de sus expresiones plenamente articuladas. Como resultado de ello, algunos de los que conocen y trabajan dentro de una de esas posiciones articu­ladas puede tener la sensación de que no he lo­grado comprender su punto de vista. Considero que sería una equivocación, pero este ensayo no tiene el fin de convencerlos de lo contrario. Para ello hubiera sido preciso un libro mucho más am­plio y de tipo muy diferente.

Los fragmentos autobiográficos con que inicio este prefacio servirán para dar testimonio de lo que reconozco como mi deuda principal tanto hacia los libros de eruditos como a las institu­ciones que contribuyeron a dar forma a mis pen­samientos. Trataré de descargar el resto de esa deuda, mediante citas en las páginas que siguen. Sin embargo, nada de lo que digo antes o de lo que expresaré más adelante puede dar algo más que una ligera idea sobre el número y la natura­leza de mis obligaciones personales hacia los nu­merosos individuos cuyas sugestiones y críticas, en uno u otro momento, han respaldado o diri­gido mi desarrollo intelectual. Ha pasado dema-

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siado tiempo desde que comenzaron a tomar forma las ideas expresadas en este ensayo; una lista de todos aquellos que pudieran encontrar muestras de su influencia en estas páginas casi correspondería a una lista de mis amigos y co­nocidos. En esas circunstancias, debo limitarme al corto número de influencias principales que ni siquiera una memoria que falla suprimirá com­pletamente.

Fue James B. Conant, entonces presidente de la Universidad de Harvard, quien me introdujo por vez primera en la historia de la ciencia y, así, inició la transformación en el concepto que tenía de la naturaleza del progreso científico. Desde que se inició ese proceso, se ha mostrado generoso con sus ideas, sus críticas y su tiempo, incluyendo el necesario para leer y sugerir cam­bios importantes al bosquejo de mi manuscrito. Leonard K. Nash, con quien, durante cinco años, di el curso orientado históricamente que había iniciado el doctor Conant, fue un colaborador toda­vía más activo durante los años en que mis ideas comenzaron a tomar forma y mucho lo he echa­do de menos durante las últimas etapas del des­arrollo de éstas. Sin embargo, afortunadamente, después de mi partida de Cambridge, su lugar como creadora caja de resonancia, y más que ello, fue ocupado por mi colega de Berkeley, Stanley Cavell. El que Cavell, un filósofo interesado prin­cipalmente en la ética y la estética, haya lle­gado a conclusiones tan en consonancia con las mías, ha sido una fuente continua de estímulo y aliento para mí. Además, es la única persona con la que he podido explorar mis ideas por medio de frases incompletas. Este modo de comunica­ción pone de manifiesto una comprensión que le permitió indicarme el modo en que debía salvar o rodear algunos obstáculos importantes que en-

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contré, durante la preparación de mi primer ma­nuscrito.

Desde que escribí esta versión, muchos otros amigos me han ayudado con sus críticas. Creo que me excusarán si sólo nombro a los cuatro cuyas contribuciones resultaron más decisivas y profundas: Paul K. Feyerabend de Berkeley, Er-nest Nagel de Columbia, H. Pierre Noyes del Laboratorio de Radiación Lawrence y mi discí­pulo John L. Heilbron, que ha colaborado, a me­nudo, estrechamente conmigo al preparar una versión final para la imprenta. Todas sus reser­vas y sugestiones me han sido muy útiles; pero no tengo razones para creer (y sí ciertas razones para dudar) que cualquiera de ellos, o de los que mencioné antes, apruebe completamente el ma­nuscrito resultante.

Mi agradecimiento final a mis padres, esposa e hijos, debe ser de un tipo diferente. De ma­neras que, probablemente, seré el último en re­conocer, cada uno de ellos ha contribuido con ingredientes intelectuales a mi trabajo. Pero, en grados diferentes, han hecho también algo mu­cho más importante. Han permitido que siguiera adelante e, incluso, han fomentado la devoción que tenía hacia mi trabajo. Cualquiera que se haya esforzado en un proyecto como el mío sa­brá reconocer lo que, a veces, les habrá costado hacerlo. No sé cómo darles las gracias.

T. S. K. Berkeley, California.

I. INTRODUCCIÓN: UN PAPEL PARA LA HISTORIA



Si se considera a la historia como algo más que un depósito de anécdotas o cronología, puede pro­ducir una transformación decisiva de la imagen que tenemos actualmente de la ciencia. Esa ima­gen fue trazada previamente, incluso por los mis­mos científicos, sobre todo a partir del estudio de los logros científicos llevados a cabo, que se encuentran en las lecturas clásicas y, más recien­temente, en los libros de texto con los que cada una de las nuevas generaciones de científicos aprende a practicar su profesión. Sin embargo, es inevitable que la finalidad de esos libros sea persuasiva y pedagógica; un concepto de la cien­cia que se obtenga de ellos no tendrá más proba­bilidades de ajustarse al ideal que los produjo, que la imagen que pueda obtenerse de una cul­tura nacional mediante un folleto turístico o un texto para el aprendizaje del idioma. En este ensayo tratamos de mostrar que hemos sido mal conducidos por ellos en aspectos fundamentales. Su finalidad es trazar un bosquejo del concepto absolutamente diferente de la ciencia que puede surgir de los registros históricos de la actividad de investigación misma.

Sin embargo, incluso a partir de la historia, ese nuevo concepto no surgiría si continuáramos buscando y estudiando los datos históricos con el único fin de responder a las preguntas plan­teadas por el estereotipo no histórico que proce­de de los libros de texto científicos. Por ejemplo, esos libros de texto dan con frecuencia la sen­sación de implicar que el contenido de la ciencia está ejemplificado solamente mediante las obser-

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UN PAPEL PARA LA HISTORIA 21



vaciones, leyes y teorías que se describen en sus páginas. De manera casi igual de regular, los mismos libros se interpretan como si dijeran que los métodos científicos son simplemente los ilus­trados por las técnicas de manipulación utiliza­das en la reunión de datos para el texto, junto con las operaciones lógicas empleadas para rela­cionar esos datos con las generalizaciones teó­ricas del libro de texto en cuestión. El resultado ha sido un concepto de la ciencia con profundas implicaciones sobre su naturaleza y su desarrollo.

Si la ciencia es la constelación de hechos, teo­rías y métodos reunidos en los libros de texto actuales, entonces los científicos son hombres que, obteniendo o no buenos resultados, se han esforzado en contribuir con alguno que otro ele­mento a esa constelación particular. El desarro­llo científico se convierte en el proceso gradual mediante el que esos conceptos han sido añadi­dos, solos y en combinación, al caudal creciente de la técnica y de los conocimientos científicos, y la historia de la ciencia se convierte en una disciplina que relata y registra esos incrementos sucesivos y los obstáculos que han inhibido su acumulación. Al interesarse por el desarrollo científico, el historiador parece entonces tener dos tareas principales. Por una parte, debe de­terminar por qué hombre y en qué momento fue descubierto o inventado cada hecho, ley o teoría científica contemporánea. Por otra, debe descri­bir y explicar él conjunto de errores, mitos y supersticiones que impidieron una acumulación más rápida de los componentes del caudal cien­tífico moderno. Muchas investigaciones han sido encaminadas hacia estos fines y todavía hay al­gunas que lo son.

Sin embargo, durante los últimos años, unos cuantos historiadores de la ciencia han descubier-

22 UN PAPEL PARA LA HISTORIA

to que les es cada vez más difícil desempeñar las funciones que el concepto del desarrollo por acu­mulación les asigna. Como narradores de un proceso en incremento, descubren que las inves­tigaciones adicionales hacen que resulte más di­fícil, no más sencillo, el responder a preguntas tales como: ¿Cuándo se descubrió el oxígeno? ¿Quién concibió primeramente la conservación de la energía? Cada vez más, unos cuantos de ellos comienzan a sospechar que constituye un error el plantear ese tipo de preguntas. Quizá la cien­cia no se desarrolla por medio de la acumulación de descubrimientos e inventos individuales. Si­multáneamente, esos mismos historiadores se en­frentan a dificultades cada vez mayores para distinguir el componente "científico" de las ob­servaciones pasadas, y las creencias de lo que sus predecesores se apresuraron a tachar de "error" o "superstición". Cuanto más cuidadosamente estudian, por ejemplo, la dinámica aristotélica, la química flogística o la termodinámica calórica, tanto más seguros se sienten de que esas anti­guas visiones corrientes de la naturaleza, en con­junto, no son ni menos científicos, ni más el producto de la idiosincrasia humana, que las ac­tuales. Si esas creencias anticuadas deben deno­minarse mitos, entonces éstos se pueden producir por medio de los mismos tipos de métodos y ser respaldados por los mismos tipos de razones que conducen, en la actualidad, al conocimiento cien­tífico. Por otra parte, si debemos considerarlos como ciencia, entonces ésta habrá incluido con­juntos de creencias absolutamente incompatibles con las que tenemos en la actualidad. Entre esas posibilidades, el historiador debe escoger la últi­ma de ellas. En principio, las teorías anticuadas no dejan de ser científicas por el hecho de que hayan sido descartadas. Sin embargo, dicha op-

UN PAPEL PARA LA HISTORIA 23



ción hace difícil poder considerar el desarrollo científico como un proceso de acumulación. La investigación histórica misma que muestra las dificultades para aislar inventos y descubrimien­tos individuales proporciona bases para abrigar dudas profundas sobre el proceso de acumula­ción, por medio del que se creía que habían surgido esas contribuciones individuales a la ciencia.

El resultado de todas estas dudas y dificultades es una revolución historiográfica en el estudio de la ciencia, aunque una revolución que se encuen­tra todavía en sus primeras etapas. Gradualmen­te, y a menudo sin darse cuenta cabal de que lo están haciendo así, algunos historiadores de las ciencias han comenzado a plantear nuevos tipos de preguntas y a trazar líneas diferentes de desarrollo para las ciencias que, frecuentemen­te, nada tienen de acumulativas. En lugar de buscar las contribuciones permanentes de una ciencia más antigua a nuestro caudal de conoci­mientos, tratan de poner de manifiesto la inte­gridad histórica de esa ciencia en su propia época. Por ejemplo, no se hacen preguntas respecto a la relación de las opiniones de Galileo con las de la ciencia moderna, sino, más bien, sobre la rela­ción existente entre sus opiniones y las de su grupo, o sea: sus maestros, contemporáneos y sucesores inmediatos en las ciencias. Además, insisten en estudiar las opiniones de ese grupo y de otros similares, desde el punto de vista —a menudo muy diferente del de la ciencia mo­derna— que concede a esas opiniones la máxima coherencia interna y el ajuste más estrecho posi­ble con la naturaleza. Vista a través de las obras resultantes, que, quizá, estén mejor representa­das en los escritos de Alexandre Koyré, la ciencia no parece en absoluto la misma empresa discu-

24 UN PAPEL PARA LA HISTORIA

tida por los escritores pertenecientes a la antigua tradición historiográfica. Por implicación al me­nos, esos estudios históricos sugieren la posibili­dad de una imagen nueva de la ciencia. En este ensayo vamos a tratar de trazar esa imagen, es­tableciendo explícitamente algunas de las nuevas implicaciones historiográficas.

¿Qué aspecto de la ciencia será el más desta­cado durante ese esfuerzo? El primero, al menos en orden de presentación, es el de la insuficien­cia de las directrices metodológicas, para dictar, por sí mismas, una conclusión substantiva única a muchos tipos de preguntas científicas. Si se le dan instrucciones para que examine fenómenos eléctricos o químicos, el hombre que no tiene co­nocimientos en esos campos, pero que sabe qué es ser científico, puede llegar, de manera legíti­ma, a cualquiera de una serie de conclusiones incompatibles. Entre esas posibilidades acepta­bles, las conclusiones particulares a que llegue estarán determinadas, probablemente, por su ex­periencia anterior en otros campos, por los acci­dentes de su investigación y por su propia pre­paración individual. ¿Qué creencias sobre las estrellas, por ejemplo, trae al estudio de la quí­mica o la electricidad? ¿Cuál de los muchos experimentos concebibles apropiados al nuevo campo elige para llevarlo a cabo antes que los demás? ¿Y qué aspectos del fenómeno comple­jo que resulta le parecen particularmente im­portantes para elucidar la naturaleza del cambio químico o de la afinidad eléctrica? Para el indi­viduo al menos, y a veces también para la comu­nidad científica, las respuestas a preguntas tales como ésos son, frecuentemente, determinantes esenciales del desarrollo científico. Debemos no­tar, por ejemplo, en la Sección II, que las prime­ras etapas de desarrollo de la mayoría de las

UN PAPEL PARA LA HISTORIA 25



ciencias se han caracterizado por una competen­cia continua entre una serie de concepciones dis­tintas de la naturaleza, cada una de las cuales se derivaba parcialmente de la observación y del método científicos y, hasta cierto punto, todas eran compatibles con ellos. Lo que diferenciaba a esas escuelas no era uno u otro error de méto­do —todos eran "científicos"— sino lo que llega­remos a denominar sus modos inconmensurables de ver el mundo y de practicar en él las ciencias. La observación y la experiencia pueden y deben limitar drásticamente la gama de las creencias científicas admisibles o, de lo contrario, no ha­bría ciencia. Pero, por sí solas, no pueden deter­minar un cuerpo particular de tales creencias. Un elemento aparentemente arbitrario, compues­to de incidentes personales e históricos, es siem­pre uno de los ingredientes de formación de las creencias sostenidas por una comunidad cientí­fica dada en un momento determinado.

Sin embargo, este elemento arbitrario no indi­ca que cualquier grupo científico podría practi­car su profesión sin un conjunto dado de creen­cias recibidas. Ni hace que sea menos importante la constelación particular que profese efectiva­mente el grupo, en un momento dado. La inves­tigación efectiva apenas comienza antes de que una comunidad científica crea haber encontrado respuestas firmes a preguntas tales como las si­guientes: ¿Cuáles son las entidades fundamenta­les de que se compone el Universo? ¿Cómo ínter-actúan esas entidades, unas con otras y con los sentidos? ¿Qué preguntas pueden plantearse legí­timamente sobre esas entidades y qué técnicas pueden emplearse para buscar las soluciones? Al menos en las ciencias maduras, las respuestas (o substitutos completos de ellas) a preguntas como ésas se encuentran enclavadas firmemente en la

26 UN PAPEL PARA LA HISTORIA

iniciación educativa que prepara y da licencia a los estudiantes para la práctica profesional. De­bido a que esta educación es tanto rigurosa como rígida, esas respuestas llegan a ejercer una in­fluencia profunda sobre la mentalidad científica. El que puedan hacerlo, justifica en gran parte tanto la eficiencia peculiar de la actividad inves­tigadora normal como la de la dirección que siga ésta en cualquier momento dado. Finalmente, cuando examinemos la ciencia normal en las Sec­ciones III, IV y V, nos gustaría describir esta investigación como una tentativa tenaz y fer­viente de obligar a la naturaleza a entrar en los cuadros conceptuales proporcionados por la edu­cación profesional. Al mismo tiempo, podemos preguntarnos si la investigación podría llevarse a cabo sin esos cuadros, sea cual fuere el ele­mento de arbitrariedad que forme parte de sus orígenes históricos y, a veces, de su desarrollo subsiguiente.

Sin embargo, ese elemento de arbitrariedad se encuentra presente y tiene también un efecto im­portante en el desarrollo científico, que exami­naremos detalladamente en las Secciones VI, VII y VIII. La ciencia normal, la actividad en que, inevitablemente, la mayoría de los científicos con­sumen casi todo su tiempo, se predica supo­niendo que la comunidad científica sabe cómo es el mundo. Gran parte del éxito de la empresa se debe a que la comunidad se encuentra dis­puesta a defender esa suposición, si es necesario a un costo elevado. Por ejemplo, la ciencia nor­mal suprime frecuentemente innovaciones funda­mentales, debido a que resultan necesariamente subversivas para sus compromisos básicos. Sin embargo, en tanto esos compromisos conservan un elemento de arbitrariedad, la naturaleza mis­ma de la investigación normal asegura que la

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innovación no será suprimida durante mucho tiempo. A veces, un problema normal, que debe­ría resolverse por medio de reglas y procedimien­tos conocidos, opone resistencia a los esfuerzos reiterados de los miembros más capaces del gru­po dentro de cuya competencia entra. Otras ve­ces, una pieza de equipo, diseñada y construida para fines de investigación normal, no da los resultados esperados, revelando una anomalía que, a pesar de los esfuerzos repetidos, no responde a las esperanzas profesionales. En esas y en otras formas, la ciencia normal se extravía repetida­mente. Y cuando lo hace —o sea, cuando la pro­fesión no puede pasar por alto ya las anomalías que subvierten la tradición existente de prácticas científicas— se inician las investigaciones extra­ordinarias que conducen por fin a la profesión a un nuevo conjunto de compromisos, una base nueva para la práctica de la ciencia. Los episo­dios extraordinarios en que tienen lugar esos cambios de compromisos profesionales son los que se denominan en este ensayo revoluciones científicas. Son los complementos que rompen la tradición a la que está ligada la actividad de la ciencia normal.

Los ejemplos más evidentes de revoluciones científicas son los episodios famosos del desarro­llo científico que, con frecuencia, han sido llama­dos anteriormente revoluciones. Por consiguiente, en las Secciones IX y X, donde examinaremos directamente, por primera vez, la naturaleza de las revoluciones científicas, nos ocuparemos re­petidas veces de los principales puntos de viraje del desarrollo científico, asociados a los nombres de Copérnico, Newton, Lavoisier y Einstein. De manera más clara que la mayoría de los demás episodios de la historia de, al menos, las cien­cias físicas, éstos muestran lo que significan todas

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las revoluciones científicas. Cada una de ellas ne­cesitaba el rechazo, por parte de la comunidad, de una teoría científica antes reconocida, para adoptar otra incompatible con ella. Cada una de ellas producía un cambio consiguiente en los pro­blemas disponibles para el análisis científico y en las normas por las que la profesión determi­naba qué debería considerarse como problema admisible o como solución legítima de un pro­blema. Y cada una de ellas transformaba la ima­ginación científica en modos que, eventualmente, deberemos describir como una transformación del mundo en que se llevaba a cabo el trabajo científico. Esos cambios, junto con las contro­versias que los acompañan casi siempre, son las características que definen las revoluciones cien­tíficas.

Esas características surgen, con una claridad particular, por ejemplo, de un estudio de la revo­lución de Newton o de la de la química. Sin em­bargo, es tesis fundamental de este ensayo que también podemos encontrarlas por medio del es­tudio de muchos otros episodios que no fueron tan evidentemente revolucionarios. Para el gru­po profesional, mucho más reducido, que fue afectado por ellas, las ecuaciones de Maxwell fueron tan revolucionarias como las de Einstein y encontraron una resistencia concordante. La in­vención de otras nuevas teorías provoca, de ma­nera regular y apropiada, la misma respuesta por parte de algunos de los especialistas cuyo espe­cial campo de competencia infringen. Para esos hombres, la nueva teoría implica un cambio en las reglas que regían la práctica anterior de la ciencia normal. Por consiguiente, se refleja inevita­blemente en gran parte del trabajo científico que ya han realizado con éxito. Es por esto por lo que una nueva teoría, por especial que sea su gama

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de aplicación, raramente, o nunca, constituye sólo un incremento de lo que ya se conoce. Su asimi­lación requiere la reconstrucción de teoría an­terior y la reevaluación de hechos anteriores; un proceso intrínsecamente revolucionario, que es raro que pueda llevar a cabo por completo un hombre solo y que nunca tiene lugar de la noche a la mañana. No es extraño que los historiadores hayan tenido dificultades para atribuir fechas precisas a este proceso amplio que su vocabula­rio les impele a considerar como un suceso ais­lado.

Las nuevas invenciones de teorías no son tam­poco los únicos sucesos científicos que tienen un efecto revolucionario sobre los especialistas en cuyo campo tienen lugar. Los principios que ri­gen la ciencia normal no sólo especifican qué tipos de entidades contiene el Universo, sino tam­bién, por implicación, los que no contiene. De ello se desprende, aunque este punto puede re­querir una exposición amplia, que un descubri­miento como el del oxígeno o el de los rayos X no se limita a añadir un concepto nuevo a la po­blación del mundo de los científicos. Tendrá ese efecto en última instancia, pero no antes de que la comunidad profesional haya reevaluado los pro­cedimientos experimentales tradicionales, altera­do su concepto de las entidades con las que ha estado familiarizada durante largo tiempo y, en el curso del proceso, modificado el sistema teó­rico por medio del que se ocupa del mundo. Los hechos y las teorías científicas no son cate­góricamente separables, excepto quizá dentro de una tradición única de una práctica científica normal. Por eso el descubrimiento inesperado no es simplemente real en su importancia y por es.o el mundo científico es transformado desde el punto de vista cualitativo y enriquecido cuanti-



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