La espiritualidad de la misericordia



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P Juan Ignacio, retiro de Semana Santa 2016

SEMANA SANTA EN EL AÑO JUBILAR DE LA MISERICORDIA:


LA ESPIRITUALIDAD DE LA MISERICORDIA




__ Nosotros hoy abrimos la puerta de la espiritualidad de la misericordia en este retiro de Semana Santa y pedimos dos cosas. Primero que el Señor nos abra las puertas del corazón: todos somos pecadores, todos tenemos necesidad de sentir su perdón. Y segundo, que el Señor nos haga entender que tenemos que perdonar a quien nos ha herido, porque cada uno de nosotros también ha sido perdonado por Dios. Se trata de un camino de salvación que es único: amar y perdonar como Dios ama y perdona.

** ¿Cómo se fue gestando esta “espiritualidad de la Misericordia” en el Papa Francisco?
Viene desde Juan Pablo II y Benedicto XVI: en el contexto de lo que llamaron “una espiritualidad de la comunión”
Juan Pablo II, Ecclesia in America, n° 33: «En un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión
Juan Pablo II, Novo Millennio ineunte, n° 43: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, Hace falta promover una espiritualidad de la comunión…
BENEDICTO XVI, Documento de Aparecida, ns° 155-156, 167: «Los discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre (1 Jn 1,3) y con su Hijo muerto y resucitado, en “la comunión en el Espíritu Santo” (2 Cor 13,13). El misterio de la Trinidad es la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia; no hay discipulado sin comunión. Ante la tentación, muy presente en la cultura actual, de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella “nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. Estamos llamados a ser casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad».
** ¿Qué implica esta “Espiritualidad de la comunión”?
- en cada ser humano habita Dios, la Trinidad: somos hechos a imagen y semejanza.

- cada ser humano es “hermano en la fe”: participamos del Cuerpo Místico de Cristo, por lo tanto nos necesitamos y cada uno importa, vale por lo que es: tiene dignidad.

- significa capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí”…,
** En camino hacia una espiritualidad de la misericordia

Cuando apareció la encíclica “Dives in Misericordia” de san Juan Pablo II, el entonces Cardenal Bergoglio quedó profundamente tocado por esa iluminación del Espíritu. De hecho la cita en su bula “Misericordie Vultus”, con la que anuncia este año jubilar:

JUAN PABLO II, Dives in Misericordia, nº 9: “La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado (cfrGn1,28). Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia … Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios”

Se puede decir que esta idea de convocar a un Año Santo de la Misericordia, que refleja la espiritualidad del Papa Francisco y que vemos se fue gestando en silencio en su corazón, brotó “como espontánea” junto a su equipo de colaboradores. Así lo cuenta en el encuentro que tuvimos con él en abril del 2015, recién salida la Bula.


FRANCISCO, 14 de abril de 2015: “Si hablo del Año de la Misericordia, es una cosa del Señor. Yo tuve, tenía siempre esa tendencia, pero fui viendo que en el pontificado de Juan Pablo II se iba acentuando eso: Dives in Misericordiae. La canonización de la Faustina, que no es una monja polaca más… la Fiesta de la Divina Misericordia que quedó allí designada por Juan Pablo II… allí yo vi que había un “algo” del Espíritu Santo, que iba llevando en mi corazón y fui sintiendo y viendo así. Y cuándo se me ocurrió el Jubileo de la misericordia, no lo sé, todo salió solo…Fue del Espíritu Santo… Espero que sea así, pero fue un poco mía la decisión… Me reuní con Fisichella (Mons. RinoFisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización) y le plantee el problema de la gente que se siente rechazada por nosotros, le cerramos las puertas, lo tenemos a Jesús adentro, no lo dejamos salir… entonces pensamos que era lindo acentuar la misericordia. Y hablamos de Juan Pablo II…¿Y si uno piensa en un Jubileo de la Misericordia?… Y al mes nos volvimos a reunir y me trajo todo hecho, pusimos fecha. Fue cosa de tres meses atrás hasta ahora. Esas cosas que hace el Señor…se fue armando, armando, armando. y al día siguiente… nos viene a la memoria lo del 2000, ese fue un Jubileo lindo… pero queríamos que el Jubileo de la Misericordia estuviera en las diócesis, en los santuarios, en las catedrales o sea que haya peregrinaciones diocesanas a los santuarios, a la catedrales. También para resaltar la Iglesia (local)… En Roma habrá algunas cosas: la apertura de la puerta santa,... Pero que en cada diócesis se abra una puerta santa. Si no está, se la inventa, se hace una al costado. Que en cada pueblito, en la parroquia, haya un signo destacado de este Jubileo…

Después los confesores, es un problema. Creo que hay que integrar en la iglesia tanta gente que se ha alejado, que la hemos alejado, que por error de una imagen mala o el mal ejemplo nuestro, se han ido…”




** María, comunión y misericordia
El carisma mariano de Schoenstatt sale al encuentro de esta espiritualidad de comunión y de misericordia; Ella perfectamente podría ser el nexo entre ambas dimensiones: María fundamente nuestra comunión desde el inicio en Pentecostés y sus ojos miran con misericordia, al mirar y escuchar con amor la historia del Ángel en la Anunciación y el servicio concreto que brota del amor misericordioso en la Visitación; todo su actuar, toda su vida es un canto de misericordia y alabanza en el Magnificat, “porque el Señor ha mirado la pequeñez de su sierva”, anzuelo para que actúe la Misericordia de Dios.
María es la Madre de la Misericordia. Como Ella, queremos que tener “entrañas de misericordia”: dejarnos interpelar por el dolor de mi prójimo, compadecernos con el sufrimiento del otro, empatizar, salir al encuentro, llorar y reír con el otro; es lo que hace Dios cuando nos perdona: se mete en nuestro corazón y desde nuestro corazón, perdona, experimentando lo mismo que nosotros. María nos mira con “sus ojos de misericordia” y nos pide que miremos con esos mismos ojos a los demás. Ante la gravedad del pecado Dios responde con la encarnación y piensa en Jesús como la encarnación del perdón, por lo tanto María es también la Madre del Perdón. Sus ojos son de misericordia, porque son ojos de ternura… es la “revolución de la ternura”, como dice el Papa Francisco.
María es la Madre de la Comunión en Cristo, la Madre de la Misericordia, la Madre del Perdón… Ella nos invita a mirar con ojos de misericordia…
** Necesitados de un Año de Misericordia: ¡Bienvenido Año de la Misericordia!
Para el Papa Francisco el tema era claro: necesitamos de un tiempo especial de gracias de Dios, para que desde la misericordia, volvamos a caminar juntos.
Saber mirar con misericordia es descubrir que no soy mejor que nadie y que nadie está exento de pecado, por lo tanto: ¡bienvenido Jubileo de la Misericordia!
Qué nos dice Francisco al explicarnos su motivación para declarar este 2016 como Año Santo de la Misericordia:
“La Iglesia necesita de este momento extraordinario. No digo: es bueno para la Iglesia este tiempo extraordinario, no, no. Digo la Iglesia: necesita de este momento extraordinario. En nuestra época de profundos cambios, la Iglesia está llamada a ofrecer su contribución peculiar, haciendo visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios.
Un Año Santo, por lo tanto, para vivir la misericordia. Si, queridos hermanos y hermanas, este Año Santo nos es ofrecido para experimentar en nuestra vida el toque dulce y suave del perdón de Dios, su presencia al lado de nosotros y su cercanía, sobre todo en los momentos de mayor necesidad.
Este Jubileo, en resumen, es un momento privilegiado para que la Iglesia aprenda a elegir únicamente “aquello que a Dios le gusta más”. Y, ¿qué cosa es lo que “a Dios le gusta más”? Perdonar a sus hijos, tener misericordia de ellos, de modo que también ellos puedan a su vez perdonar a los hermanos, resplandeciendo como antorchas de la misericordia de Dios en el mundo. Esto es aquello que a Dios le gusta más. San Ambrosio en un libro de teología que había escrito sobre Adán toma la historia de la creación del mundo y dice que Dios, cada día después de haber creado la luna, el sol o los animales, el libro, la Biblia dice “y Dios dijo que esto era bueno”  pero cuando ha creado al hombre y a la mujer la Biblia dice “Dios dijo que esto era muy bueno” y San Ambrosio se pregunta por qué dice “muy bueno” por qué -dice- está tan contento Dios después de la creación del hombre y de la mujer, porque finalmente tenía a alguno para perdonar. Es bello eh.  La alegría de Dios es perdonar, el ser de Dios es misericordia, por esto este año debemos abrir el corazón, para que este amor, esta alegría de Dios nos llene, nos llene a todos nosotros de esta misericordia.

El Jubileo será un “tiempo favorable” para la Iglesia si aprendemos a elegir “aquello que a Dios le gusta más”, sin ceder a la tentación de pensar que haya algo más importante o prioritario. Nada es más importante que elegir “aquello que a Dios le gusta más”, ¡su misericordia, su amor, su ternura, su abrazo, sus caricias!


Así reforzaremos en nosotros la certeza de que la misericordia puede contribuir realmente a la edificación de un mundo más humano. Especialmente en estos nuestros tiempos, en que el perdón es un huésped raro en los ámbitos de la vida humana, el reclamo a la misericordia se hace más urgente, y esto en cada lugar: en la sociedad, en las instituciones, en el trabajo y también en la familia.

Cierto, alguno podría objetar: “Pero, Padre, la Iglesia, en este Año, ¿no debería hacer algo más? Es justo contemplar la misericordia de Dios, pero ¡hay muchas necesidades urgentes!”. Es verdad, hay mucho por hacer, y yo en primer lugar no me canso de recordarlo. Pero es necesario tener en cuenta que, a la raíz del olvido de la misericordia, está siempre el amor proprio. En el mundo, esto toma la forma de la búsqueda exclusiva de los propios intereses, de placeres, de honores unidos al querer acumular riquezas, mientras que en la vida de los cristianos se disfraza a menudo de hipocresía y de mundanidad. Todas estas cosas son contrarias a la misericordia. Los lemas del amor propio, que hacen extranjera la misericordia en el mundo, son totalmente tantos y numerosos que frecuentemente no estamos ni siquiera en grado de reconocerlos como límites y como pecado. He aquí por qué es necesario reconocer el ser pecadores, para reforzar en nosotros la certeza de la misericordia divina. “Señor, yo soy un pecador, Señor soy una pecadora, ven con tu misericordia” y esta es una oración bellísima, es fácil eh, es una oración fácil para decirla todos los días, todos los días: “Señor yo soy un pecador, Señor yo soy una pecadora, ven con tu misericordia”.

Queridos hermanos y hermanas, deseo que en este Año Santo, cada uno de nosotros tenga experiencia de la misericordia de Dios, para ser testigos de “aquello que a Dios le gusta más”. ¿Es de ingenuos creer que esto pueda cambiar el mundo? Si, humanamente hablando es de locos, pero «porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres» (1 Cor 1,25)”.
Por eso esta temática en este año para Semana Santa: porque nos urge hablar de esto como sociedad, como país, como pueblo, como Familia de Schoenstatt, en nuestras propias familias, comunidades, etc.
Es lo que nos regala el Papa Francisco, una espiritualidad de la misericordia para que podamos usarla como herramienta de cambio, para la propia conversión y transformación personal y la de mi entorno.

** Cuáles son los problemas que enfrenta una espiritualidad de la misericordia en el mundo de hoy. (Voces del tiempo)



  • Desde un punto de vista noticioso, de actualidad: crisis de confianza, cultura de la sospecha (ya lo decíamos en retiros anteriores: nos miramos no con ojos de misericordia, sino con ojos de sospecha: vemos a un político y decimos de inmediato: es un corrupto; vemos un dirigente del fútbol, un ladrón; a un cura: un pedófilo o un abusador; a una religiosa: media rara, porque como no se casan…; a un mapuche: es un revolucionario; a un empresario: imaginamos ya la colusión… ¡cuántos chistes en el festival de Viña iban en ese sentido! Miramos con ojos de sospecha; podemos decir que estamos viviendo una crisis de autoridad, porque finalmente sospechamos de todas las personas que nos dirigen… si bien las instituciones en nuestro país funcionan, como dice la célebre frase que nos calma un poco la consciencia en nuestro país, funcionan, pero cómo funcionan….¿no podrían funcionar ser mejor?; la delincuencia, la inseguridad, también fundamentan esta crisis de confianza.




  • Desde un punto de vista más de la personalidad del hombre y de la mujer de hoy:

La espiritualidad de la misericordia se enfrenta con una falta de dominio y educación del carácter (“yo soy así”; síndrome Pamela Díaz; histeria en la manera de abordar los conflictos, intolerancia al fracaso, no saber resolver conflictos; la manera en que conducimos nuestros vehículos… ) Signos de machismo y feminismo que no conducen a ninguna parte, que alteran el orden de ser: diferencia de sueldos entre hombre y mujer, no contratar a mujeres por riesgo de embarazo y todo lo que eso implica; femicidios (mujer colombiana descuartizada… ya vamos superando al 2015 en número de femicidios); el tema del derecho a decidir sobre su cuerpo en la mujer en la problemática del aborto


  • Desde un punto de vista socio cultural se enfrenta con:

Individualismo: lo que importa es lo mío y nada más que lo mío: la evasión del Transantiago es un ejemplo; o la forma en que estamos manejando, en que no nos dejamos el paso, etc;



Aislamiento por uso de MCS: personas con audífonos… o el famoso whastapp; adicción del Netflix; Redes sociales: necesidad de contarlo todo; falta de pudor, vínculos virtuales por sobre los naturales: en ellos se falsea la realidad; son vínculos impersonales, si bien son un aporte en el tema de la transparencia: internet es la “Lupa Gigante”, también promueven un espíritu de solidaridad: el Waze funciona por la buena onda de sus usuarios que avisan donde hay carabineros por ejemplo; en definitiva, vivimos en una sociedad donde se advierte una primacía del individuo por sobre la comunidad y de los propios derechos por sobre los comunitarios. (ejemplo: dónde y cómo estacionamos nuestros autos)

  • Desde punto de vista del Clero se enfrenta con:

una necesidad de experimentar una Iglesia más cercana de parte de sus pastores, que no se aleje más gente de la Iglesia por culpa de sacerdotes que no hacen bien su pega… Pero también aquí se produce una tensión: en el fondo tal vez se pueda decir que la gente le echa la culpa al empedrado: ¿me he cuestionado mi fe cuando digo que me alejé de la Iglesia por la actitud de tal o cual cura? ¿No habla más mal de mí eso que de los curas? ¿En qué sostengo mi fe? Siempre es bueno preguntarse cómo estoy viviendo mi fe: ¿es una fe individualista, vivida sin comunidad, cómoda, acorde a mí medida?. No se quiere con esto justificar la mala actitud de algunos sacerdotes, pero es un tema a tener en consideración.


  • Desde un punto de vista de nuestras relaciones humanas se topa con:

chismes, pelambres, prejuicios están a la orden del día en nuestras conversaciones cotidianas. También la espiritualidad de la misericordia se encuentra con que nos da vergüenza o no nos atrevemos a corregirnos mutuamente, la falta de una corrección fraterna: en esto estás mal y nadie te lo dice… nos domina la lata, las ganas, la flojera, si está de moda o no… poca consistencia a veces en nuestra manera de relacionarnos, muy superficial…
** Mirada misericordiosa según el P Kentenich
Este diagnóstico crítico de nuestras voces del tiempo puede que exagere un poco en algunas situaciones, pero en nada disminuye nuestra necesidad de saber mirarnos con misericordia.
Tenemos que aprender que cada uno de nosotros es igual de miserable que al que estoy juzgando; que igual puedo herir, que igual puedo matar (al menos en el pensamiento), que igual puedo estar involucrado en todos los eventos que criticamos de la vida política, eclesial, empresarial o social de nuestro país y el mundo.
Una mirada misericordiosa, según el P Kentenich, involucra cuatros aspectos.

  1. Es una mirada que no se sorprende. Sabe de las limitaciones propias y ajenas y se extraña que aún no sea peor la cosa; cada uno lleva un santo y un asesino en potencia en su interior.

  2. Es una mirada que no se confunde: que sabe que el trigo habita con la cizaña y que por más maldad que exista en el otro, hay rasgos de bondad o de buena intención; una mirada que apuesta a que el otro puede cambiar y darse cuenta de su error.

  3. Es una mirada que no se desanima: al sabernos tan poca cosa, es muy fácil caer en la desesperanza, en creer que nada puede superarse, que nada será lo mismo después del pecado o del error; es una mirada que por más dolor que exista, no se desilusiona del otro.

  4. Es una mirada que apuesta por el cambio y no se deja vencer; no se acostumbra a la metida de pata que se hizo o al daño provocado o al error o pecado realizado.

Dios nunca se sorprende de mis faltas, nunca se confunde conmigo, nunca se desilusiona o se desanima con mis constantes recaídas, nunca se cansa de mis torpezas y nunca se cansa de luchar por mí… esa mirada es la que queremos tener con los demás, con todos los seres humanos, en especial con los que me han ofendido.


Miremos a los demás con una mirada enaltecedora, con entrañas de misericordia, como es la mirada de María, llena de misericordia.

** La espiritualidad de la misericordia es un camino espiritual
La Misericordia es un proceso: perdonar, amar incondicionalmente, aceptar sin rencor, no se logra de la noche a la mañana; es un camino que se va recorriendo de a poco, con mucha oración y movidos por el Espíritu Santo.
Se trata de entrar en la dinámica de cómo Dios se ha desenvuelto con nosotros desde siempre, con el hombre, con su pueblo elegido como nos relata el Antiguo Testamento y más aún como queda graficado en el Nuevo Testamento, al registrar ese gran acto de misericordia y de amor por nosotros que fue la encarnación de su único hijo por nuestra salvación.
En esta reflexión queremos introducirnos en esa dinámica y descubrir cada uno cómo ha sido su relación personal con el Dios de la misericordia, cómo ha podido tratar a los demás a partir de esa misma experiencia de misericordia que ha tenido con el Señor y cómo nos tratamos a nosotros mismos en ese mismo sentido. “Ámense los unos a los otros como yo los he amado a ustedes” dice el Señor (Jn.15,12) y agrega también: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt.22,39)

Nosotros podemos decir, en función de nuestra reflexión, que tenemos que ser misericordiosos con los demás y con uno mismo, como Dios lo ha sido con cada uno.


Desde esa perspectiva es que abordaremos la reflexión ahora. Cómo ha sido la misericordia de Dios conmigo, cómo he sido misericordioso con los demás y cómo soy misericordioso conmigo mismo.
Y lo haremos con respeto, en el silencio de nuestro corazón, en oración, con paciencia y honestidad; hay que aprender a mirarnos con esta espiritualidad antigua, pero siempre nueva de la misericordia.
¿En cuál de estas tres áreas estoy más necesitado?
Interesante detenernos aquí en la motivación que dio el Papa Francisco al comienzo de Cuaresma, el día miércoles de cenizas, en febrero pasado:
“La palabra de Dios al inicio del camino cuaresmal dirige a la Iglesia y a cada uno de nosotros dos invitaciones. La primera es aquella de San Pablo: “Déjense reconciliar con Dios”. No es simplemente un buen consejo paterno y mucho menos una sugerencia. Es una verdadera y propia súplica en nombre de Cristo: “Les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar  con Dios”. ¿Por qué un llamamiento así tan solemne y apasionado?

Porque Cristo sabe cuán frágiles y pecadores somos. Conoce la debilidad de nuestro corazón, lo ve herido por el mal que hemos cometido y rápidamente,  sabe cuánta necesidad tenemos de perdón, sabe que es necesario que nos sintamos amados para realizar el bien. Solos no podemos hacerlo, por esto el Apóstol no nos dice que “hagamos cualquier cosa”,  sino que "nos dejemos reconciliar con Dios", permitirle que nos perdone con confianza porque Dios es más grande que nuestro corazón. Él vence el pecado y nos levanta de la miseria si nos confiamos a Él. Está en nosotros reconocernos necesitados  de misericordia: es el primer paso del camino del cristiano; se trata de entrar a través de la puerta abierta, que es Cristo, donde Él nos espera, el Salvador y nos ofrece una vida nueva y alegre.



Puede haber  algunos obstáculos que cierran las puertas del corazón. Está la tentación de blindar las puertas, o sea de convivir con el propio pecado, minimizándolo, justificándonos siempre, pensando que no somos peores que los demás y de esta manera bloqueamos la cerradura del alma y permanecemos encerrados en nosotros mismos, prisioneros del mal. Otro obstáculo es la vergüenza de abrir la puerta secreta del corazón. La vergüenza, en realidad, es un buen síntoma porque indica que queremos cortar con el mal. Sin embargo, no debe jamás transformarse en temor o miedo.

 Y existe una tercera insidia: aquella de alejarnos de la puerta. Sucede cuando nos escondemos en nuestras miserias. Cuando "rumeamos"  continuamente relacionando entre ellas las cosas negativas hasta el punto de hundirnos en el sótano más oscuro del alma. Entonces nos convertimos en familiares de la tristeza que no queremos, nos acobardamos y somos débiles frente a las tentaciones. Esto sucede porque permanecemos solos en nosotros mismos, encerrándonos y huyendo de la luz. Solamente la gracia del Señor nos libera. Dejémonos entonces reconciliar escuchando a Jesús, que dice a quien está cansado y oprimido: “Vengan a mí”. No permanecer en sí mismo  sino ir hacia él. Ahí existe la Paz y el descanso.


Hay una segunda invitación de Dios que dice por medio del profeta Joel: “Vuelvan a mí con todo el corazón”. Tres medicinas que ayudan a volver al Señor y que curan del pecado: la oración, el ayuno y la caridad”

** (Vivenciar) Misericordia en mi relación con Dios
Actitud: la filialidad, el ser hijos.
Experimentarnos hijos, pequeños, frágiles, es quizá el acto de mayor sabiduría y honestidad de vida que podemos hacer. Muchas veces la soberbia, la imagen, el qué dirán pueden más… cuántas veces nos vemos sobrepasados por la vida, en que lo único que queremos es llorar o estar tirados en la cama sin hacer nada… y pasa que no lo hacemos, porque “no debemos”, no podemos mostrarnos débiles… o surgen signos de depresión y nos atemorizamos o de un cansancio o agotamiento físico que no me permiten desenvolverme bien. Nos cuesta pedir ayuda y a veces cuando lo hacemos, ya es demasiado tarde.
Pero sigamos con esta idea. El experimentarnos débiles, el que no seamos los súper hombres o súper mujeres que creemos ser; el que no nos resulten las cosas como queremos; el que no tengamos la personalidad o el cuerpo físico que queremos; o que no seamos todo lo inteligentes que nos gustaría ser, etc. Todo eso siempre nos conduce a una baja autoestima y a inseguridades que nos llevan por mal camino. Las ganas de ser diferentes o de no tener tal o cual defecto, el deseo más profundo de no cargar con la cruz que me tocó; la dificultad de tener un trabajo que no me apasiona; el estar pasando por un dolor muy grande del alma; la pérdida de la honra, que para tanta gente es tan importante: la imagen; qué van a decir de mí; el bullying virtual: el “asesinato” de imagen que podemos llegar a hacer por las redes sociales…. A fin de cuentas, todo eso que nos hace vulnerables y que nos lleva a esconder la cabeza como la avestruz tantas veces…que no se vayan a enterar de tal o cual cosa de mi vida… nos hace tener miedo y vivir con miedo… y el miedo es lo peor que nos puede pasar en la vida; vivir con miedo es vivir sin alegría, angustiado, temeroso de que en algún momento se sepa la verdad y salga a la luz lo que yo he escondido toda la vida; el miedo quita la paz, la esperanza, la sencillez de vida; nos encerramos, nos aislamos, en fin… frente a todo este macabro escenario ¡¿qué nos queda?!
Ser niños; entregar nuestra debilidad y pequeñez a Dios, nada más.
El P Kentenich, fundador de Schoenstatt, tenía mucha confianza en el ser humano; su pensamiento antropológico habla de un optimismo frente al hombre: “no somos nuestros pecados, no somos nuestros errores” y siempre confiaba en que esa persona herida en su ser más profundo, herida por los embates de la vida, tenía todas las condiciones para levantarse y salir adelante.
En el año 1963 habló de esta realidad y que esas inseguridades, ese vivirse con miedo, al final nos hacen meter la pata, equivocarnos, mentir, pecar. Él decía que experimentamos la necesidad de un cambio, de una transformación interior, toda vez que hayamos experimentado que hemos pecado, que nos hemos equivocado o que hayamos sufrido un gran dolor (¡también decía que sucedía cuando experimentamos un gran amor, no todo tiene que ser tan trágico!)
Cuando experimentamos esas tres cosas: (dolor, error, pecado) también experimentamos una gran necesidad de ser acogidos, acurrucados, apapachados, misericordeados como dice Francisco: nos vemos débiles, fracturados, discapacitados… pero ahí es cuando Dios toma el anzuelo y “lo atrapamos”; es atrapado por nuestra amargura, nuestra angustia, nuestro miedo y oscuridad… y se compadece y sufre conmigo; y se hace Dios con nosotros, un “Padre” con nosotros…
Según el Papa Francisco, hacer misericordia, misericordear, es lo que más le gusta hacer a Dios, como lo decía cita de más arriba.
Dios se acerca a recoger a este niño discapacitado y lo levanta… y lo convierte en niño admirable y en niño maravilla.
Un acento original de nuestro fundador sobre la temática de la misericordia, es que la experiencia personal de la propia miseria debe ser un lugar de encuentro con la infinita misericordia de Dios y eso es lo que debe transformar nuestra vida; el efecto transformador de la vida es el aporte de nuestro padre. El habla del “niño discapacitado”, que por ser así, es un “niño predilecto” de Dios y por eso un “niño admirable”, es decir, un niño maravilla, porque vive de su pequeñez y justamente por eso es objeto de la misericordia, de la predilección y del perdón de Dios.
Hablamos de la actitud de la filialidad y de la confianza en Dios. Miremos su amor por nosotros, lo que Él mira de nosotros: Él no se detiene en nuestro pecado, en nuestro pasado, sino que en nuestro futuro, en lo que está por venir… como dice esa frase de los “avatar” de whatsapp: “lo mejor está por venir” (no el de Jadue precisamente)
Vivir en la confianza implica todo un desafío: es poner la mirada en la solución más que en el problema: les cuento el caso del P Jairo, un sacerdote colombiano que conocí en Alemania y que tuvo un proceso de conversión muy grande, ya siendo sacerdote diocesano en Colombia. De pronto, él siente la necesidad de entregarse más todavía al Señor y se convierte en misionero en África. No recuerdo el país en que está trabajando en su pastoral, pero es un pueblito muy pobre y muy desconectado del mundo, tanto así que el único medio de transporte que existe en la localidad son las motos, porque no hay ni caminos. Él tiene que visitar varias aldeas y se va por los potreros avanzando y sorteando todo tipo de dificultades; lo más difícil me decía, son los “bancos de arenas”; una vez venía de regreso a su casa, se le había hecho tarde y ya estaba oscuro; sabía que tenía que pasar por un gran sector de arena y no veía nada, porque era una noche sin luna. Lo único que hizo fue sentarse bien sobre su moto, acelerar y mirar hacia adelante y pasó sin problemas. Él me lo comentaba a modo de ejemplo de lo que nos pasa en la vida a veces: por esta falta de confianza, nos quedamos mirando fijo nuestros problemas (los bancos de arena) y no nos atrevemos a confiar y poner la mirada hacia adelante, hacia la meta, hacia el Señor en definitiva.
Complementemos esta idea de mezclar “pequeñez y confianza”, (fragilidad personal y confianza en Dios) con el pensamiento del Papa Francisco expresado en sus homilías de Cuaresma de este año:
“Sólo si nuestro corazón está abierto, se puede acoger la misericordia de Dios. “Dios siempre es fiel, porque no puede renegarse de sí mismo”.

La fidelidad a Dios comienza con el hecho de sentirse pecadores

El Papa se preguntó si es posible alguna “negociación” con Dios. A lo que respondió afirmativamente, diciendo que existe una salida: “¡Confiésate pecador! Y si tú dices ‘yo soy pecador’ el corazón se abre, entra la misericordia de Dios y comienzas a ser fiel”:

“Pidamos al Señor la gracia de la fidelidad. Y el primer paso para ir por este camino de la fidelidad es sentirse pecador. Si tú no te sientes pecador, comienzas mal. Pidamos la gracia que haga que nuestro corazón no se endurezca, que esté abierto a la misericordia de Dios y a la gracia de la fidelidad y a la gracia de saber pedir perdón”… “y cuando Dios perdona, su perdón es tan grande que es como si se ‘olvidara’ de todo, tan distinto a lo que hacemos nosotros; el perdón de Dios es sin memoria…” “Perdona no como un desmemoriado, sino como un liberador”
“Todos nosotros hemos sido elegidos por el Señor a través del Bautismo, para estar en su pueblo, para ser santos; hemos sido consagrados por el Señor, en este camino de la santidad. Leyendo la historia de David, que hizo tantas cosas buenas y otras no tan buenas, se me ocurre pensar que en el camino cristiano, en el camino que el Señor nos ha invitado a recorrer, se me ocurre pensar que no hay ningún santo sin pasado, y tampoco un pecador sin futuro”
“Dios se ha enamorado de mi miseria, se ha enamorado precisamente de mi pequeñez; se trata de un amor tierno, un amor como el del papá o la mamá, cuando habla con el niño que se despierta de noche asustado por un sueño; y lo tranquiliza: yo te tomo la mano derecha, quédate tranquilo, no temas. Todos nosotros conocemos las caricias de los papá y de las mamás, cuando los niños están inquietos por el susto: ‘No temas, yo estoy aquí; Yo estoy enamorado de tu pequeñez; me he enamorado de tu pequeñez, de tu nada’. E incluso: ‘No tengas miedo de tus pecados, Yo te quiero tanto; Yo estoy aquí para perdonarte’. Esta es la misericordia de Dios”.
“El Señor quiere tomar sobre sí nuestras debilidades, nuestros pecados, nuestros cansancios. Jesús cuántas veces hacía sentir esto y después: ‘Vengan a mí, todos ustedes que están fatigados, agobiados, y yo les daré descanso. Yo soy el Señor tu Dios, que te tengo por la derecha, no temas pequeño, no temas. Yo te daré fuerza. Dame todo, dame tu pecado y yo te perdonaré, te daré paz”.
Aprendamos a ver “las caricias de Dios”, las caricias de nuestro Padre, cuando se expresa con su misericordia; nosotros que estamos tan nerviosos, cuando una cosa no va bien, nos agitamos, estamos impacientes… En cambio Él qué nos dice: ‘Quédate tranquilo, hiciste algo gordo, sí, pero quédate tranquilo; no temas, ten confianza; Yo te perdono. Pidamos al Señor  que despierte en cada uno de nosotros, y en todo el pueblo, la fe en esa paternidad, en esa misericordia, en su corazón. Y que esta fe en su paternidad y su misericordia nos haga un poco más misericordiosos con los demás”.


** (Tener) Misericordia en mi relación con los demás
Actitud: por la fidelidad que Dios ha tenido contigo al ser misericordioso, sé tú también misericordioso con los demás; coherencia; “no ser cara dura”
Aquí nos vamos a detener en la dimensión de ser instrumentos de misericordia, porque esa es, o al menos debiera serlo, la consecuencia natural de haber experimentado en nuestras vidas la misericordia de Dios.
Porque Dios me ha perdonado, porque el Señor ha mirado mi pequeñez y no se ha detenido en mi pecado, yo tengo que perdonar a mi prójimo. Dios no pide cuentas, no se queda contando nuestras faltas, teniendo muchas veces todo el derecho a hacerlo, por nuestra debilidad humana; el P Kentenich decía que él era “tres veces miserable”, en contraposición a la Mater que es “Tres Veces Admirable”.
¡Quiénes somos nosotros para no perdonar! ¡Quién soy yo para juzgar! dijo el Papa en una oportunidad que le preguntaron por la homosexualidad.
Muchas veces nos escuchamos decir a nosotros mismos: “¡es que no lo puedo perdonar!; ¡no puedo olvidar lo que me ha hecho!”…
Ya lo hemos dicho: el perdón es un proceso; no puedo pretender olvidar para perdonar, porque hay heridas profundas que quedan impregnadas en nuestra mente y en nuestro corazón y que duran para toda la vida; hay que iniciar un proceso de empatía, de solidaridad, de ver la fragilidad en el otro; de descubrir, sin justificar, qué fue lo que lo llevó a hacer lo que hizo y que tanto daño me causó…
El perdón es un gran acto de amor, de valentía, de coraje, de liberación. Es un proceso que parte por empezar a ponerse en los zapatos del otro; entrar en el otro y tratar de descubrir qué lo llevó a hacer lo que hizo… ¡por qué diantre hizo lo que hizo!... pero no para justificar, sino para empatizar y así entender aunque sea en parte, su mal obrar; quizás no logre entenderlo nunca, pero al menos descubriré en parte la razón de su ofensa hacia mí o a un ser querido.
Temas como: la infidelidad en la vida matrimonial, en la vida en pareja; el quiebre de la confianza en el equipo de trabajo por un robo, por ejemplo: te robaron una idea o tu compañero de trabajo te robó dinero; un socio que te engañó y se escapó con tu plata; delincuentes que te roban tu auto en un portonazo; la falta de reconocimiento en tu trabajo o que los aplausos se los lleven otros; el conductor ebrio que atropella a una persona y la mata…. Podríamos nombrar muchas otras cosas, que a todos nos ha pasado, en mayor o menor medida… olvidar esas faltas, esas heridas, ese daño, es prácticamente imposible.
Nadie dice que haya que olvidar, pero al menos intentemos este ejercicio de la empatía; el año de la misericordia podría haberse llamado también el “año de la empatía” o el “año en que vivimos en empatía”, porque es un buen punto de arranque para un proceso del perdón, que en definitiva trae más beneficios para el que lo da que para el que lo recibe.
Por eso el perdón termina siendo más que nada un gran regalo para mí, más que para el otro, porque me libera, me saca esa carga pesada que llevaba por la herida que recibí. El perdón me dignifica, me enaltece, porque es quizás el acto más difícil, más humano, más noble que podamos realizar.
El P Kentenich tiene una frase muy buena: “mientras más humano eres, más puente para lo divino”; si das tu perdón, se expresa tu humanidad y por eso mismo el Dios que vive en ti. Dios se vale de nuestra humanidad para expresarse en toda su bondad y misericordia divina.
El perdón nace de esa vivencia de experimentar antes la misericordia de Dios en mi vida; porque yo también he sido perdonado por Dios, te perdono… esa es la ecuación; y no tiene nada que ver con no reconocer el dolor por el daño causado, ni no dar castigo al que ha cometido un delito… porque la misericordia también se relaciona con la justicia, pero con la justicia según el parecer de Dios.
La justicia de Dios se llama justamente misericordia y tiene que ver no con una mano blanda que no castiga al que obró mal o no repara en los daños por el mal causado, sino con una pena proporcional al que cometió un delito, con no exagerar las consecuencias por el daño causado, con no echar en cara a cada rato “toda mi bondad” como ser humano por haberte perdonado, etc; el Evangelio llama “justos” a los fariseos y paganos que no tenían precisamente mucha misericordia en sus relaciones personales; no buscamos ese tipo de justicia, sino la justicia del Señor que llamamos misericordia.
La misericordia se relaciona también con la fidelidad: fidelidad que Dios ha tenido contigo al tomar tu pecado y no abandonarte, sino todo lo contrario, perdonarte y confiar en lo que viene. Si no, cómo entendemos que un hombre que fue traicionado por sus más cercanos 12 colaboradores, los haya vuelto a llamar… es como si hubiéramos contratado unos maestros de construcción para una obra de ampliación de la casa y dejan todo patas pa` arriba, destruido y el trabajo mal terminado… lo primero que hacemos es despedirlos, hasta podríamos insultarlos… y decimos “nunca más!”… nunca más los contrato, los vuelvo a llamar, mucho menos recomendar para otras pegas… eso es lo que hace Jesús al resucitar: vuelve a contratar a los mismos doce obreros que hicieron mal su pega.
Es difícil perdonar. En la Bula Misericordiae Vultus el Papa Francisco también da cuenta de eso:
¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del Apóstol: « No permitan que la noche los sorprenda enojados » (Ef4,26). Y sobre todo escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. « Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia » (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo”.
También nos dice algo sobre esta tensión misericordia y justicia:
“Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia”
En esta dimensión de ser misericordiosos con los demás, el Papa Francisco nos recuerda las obras de misericordia, que son una gran oportunidad para ejercerla y contribuir a una renovación del mundo en Cristo y en María. Lo hace hablándonos del texto ícono de este Año Jubilar, la parábola del Buen Samaritano.
Esta parábola describe una situación en la que se verifica cuál es el prójimo de un hombre, el llamado “buen samaritano”: su prójimo era el hombre que estaba herido en el camino y aunque pertenecía a otra raza, a otro grupo considerado enemigo suyo, se impacta, se conmueve (el texto habla que se conmueve “desde las entrañas”, es decir, desde dentro: hacer misericordia es algo que te toma por completo y que nace desde tu interior); del impacto se pasa a la acción: lo cura, lo lleva a un albergue, etc; lo acompaña y permanece en el cuidado; (de hecho le deja más dinero al hospedero por si hay que hacer nuevas curaciones, porque el samaritano tiene que seguir su camino) y finalmente Jesús que enseña que la actitud y conducta del buen samaritano es la indicada y que debemos hacer lo mismo que él en la vida, originando así una cadena de solidaridad, de misericordia.
Otro texto que le gusta mucho al Papa es el de la mujer adúltera, que también pudo reflexionar en el Ángelus del V Domingo de Cuaresma. Aquí acentúa Francisco que no podemos tirar la primera piedra cuando estamos conscientes de que también somos pecadores:
“El Evangelio del V Domingo de Cuaresma (cfr. Jn 8,1 -11) es muy bello: me gusta tanto leerlo y volverlo a leer. Presenta el episodio de la mujer adúltera, destacando el tema de la misericordia de Dios, que no quiere nunca la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. La escena se desarrolla en la explanada del templo. Imagínense allí en el atrio, Jesús está enseñando a la gente y he aquí que llegan algunos escribas y fariseos arrastran ante Él a una mujer sorprendida en adulterio. Esa mujer se encuentra así en medio, entre Jesús y la muchedumbre (cfr. 3), entre la misericordia del Hijo de Dios y la violencia, la rabia de sus acusadores. En realidad, ellos no fueron a donde el Maestro para pedirle su parecer, - era gente mala - sino para tenderle una trampa. En efecto, si Jesús seguía la severidad de la ley, aprobando la lapidación de la mujer, perdía su fama de mansedumbre de bondad que tanto fascinaba al pueblo; si, por el contrario quería ser misericordioso, tenía que ir contra la ley, que Él mismo había dicho que no quería abolir, sino cumplir (cfr. Mt 5,17). Y Jesús está allí…

Esta mala intención se esconde bajo la pregunta que le plantean a Jesús: «¿Tú qué dices?» (v 5). Jesús no responde, calla y cumple un gesto misterioso: «inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo» (v 6).  Quizá estaba dibujando, algunos dicen que escribía los pecados de los fariseos… quizá… escribía… estaba en otra… De este modo, invita a todos a la calma, a no actuar movidos por la impulsividad, y a buscar la justicia de Dios. Pero ellos, malos, insisten y esperan que Él responda. Parecía que tenían sed de sangre… Entonces, Jesús levanta la mirada y dice: «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra». (v 7). Esta respuesta desconcierta a los acusadores, desarmándolos a todos en el verdadero sentido de la palabra: todos depusieron las ‘armas’, es decir, las piedras listas para ser tiradas, tanto aquellas visibles contra la mujer, como aquellas escondidas contra Jesús. Y, mientras el Señor sigue escribiendo en el suelo, haciendo dibujos, no sé…, los acusadores se van uno tras otro, comenzando por los más ancianos, con mayor conciencia de no estar sin pecado. ¡Qué bien nos hace tener conciencia de que también nosotros somos pecadores! Cuando hablamos mal de los otros y todas esas cosas que todos sabemos, ¿eh? Y qué bien nos hará tener la valentía de hacer caer al suelo las piedras que tenemos para tirarlas a los otros, y pensar un poco en nuestros pecados.

Se quedaron allí sólo la mujer y Jesús: la miseria y la misericordia, una ante la otra. Y ello, ¿cuántas veces nos sucede también a nosotros, cuando nos detenemos ante el confesionario, con vergüenza, para hacer ver nuestra miseria y pedir perdón?  «Mujer ¿dónde están tus acusadores? (v 10) le dice Jesús. Y basta esta constatación y su mirada llena de misericordia y de amor, para hacerle sentir a aquella persona – quizá por primera vez – que tiene una dignidad; que ella no es su pecado, ella tiene una dignidad de persona, que puede cambiar de vida, puede salir de sus esclavitudes y caminar en una senda nueva.

Queridos hermanos y hermanas, aquella mujer nos representa a todos nosotros, es decir adúlteros ante Dios, traidores de su fidelidad. Y su experiencia representa la voluntad de Dios hacia cada uno de nosotros: no nuestra condena, sino nuestra salvación a través de Jesús”


El Papa habló también de las obras de misericordia en la Bula:

“Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina.

La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos”.

El Papa las repite una y otra vez, porque quiere que las aprendamos de memoria, así como uno se aprende los misterios del Rosario, por ejemplo, o los diez mandamientos… conversando con una señora el otro día me decía que estaba feliz con este año de misericordia… me decía que podía practicar las obras de misericordia todos los días: “las tengo en casa”, me decía, haciendo alusión a su marido.


¡Practicar las obras de misericordia después de no sé cuántos años de casados, no suena tan mala idea! Porque de lo que se trata es de hacerlas propias, mías: llevarlas acabo de acuerdo a mi realidad y a mi forma de ser.
Las obras de misericordia corporales comienzan con las necesidades básicas:
++ La comida, la bebida, el vestido: hay que preocuparse de lo básico incluso antes de hablar de Dios en cualquier proyecto evangelizador, dicen por ahí: llenar el estómago antes de enseñar el “Padrenuestro”. Siempre hay que enseñar a salir en ayuda del más necesitado.
Pero si estamos hablando de hacer más propias las obras de misericordia, de hacerlas de acuerdo a nuestra realidad… qué tal una rica comida que pueda cocinar para mi hijo que no converso hace tanto tiempo con él sobre su vida y que hasta está medio distanciado, porque su mujer no deja que venga a casa (pongamos harta realidad a esta historia, por eso la clásica relación tensa suegra / nuera)
++ Ayudar o acoger al forastero: cuántas veces somos tan antipáticos con los peruanos o colombianos que vemos en el centro y les decimos que vienen a robarse nuestro trabajo, etc; ¿cómo está nuestro acogimiento a la asesora del hogar que viene de Perú o Bolivia?.
++ Asistir a los enfermos: cuánto se alegran cuando uno los va a ver: los de la tercera edad sobretodo; acá incluimos la visita a nuestros padres y abuelos que a veces los dejamos tan abandonados. Pero también puede entrar aquí el tema de nuestras neurosis o mañas: a tu compañero de trabajo que es enfermo de impuntual o a tu polola que es enferma de volada y distraída; o a tu marido que es enfermo de bueno para tomar; o a tu abuelo que te repite veinte veces la misma historia o te pregunta lo mismo a cada rato… ¿cómo está nuestra asistencia allí?; qué hago, cómo los ayudo? ¿O me voy en la densa y los reto no más?
++ Visitar a los presos: cuánto nos falta: muere un preso político y hacemos fiesta, sacamos champagne; como país nos hace falta tener más misericordia al repasar nuestra historia. Pero aquí podemos aterrizar esta obra de misericordia con los viven presos de sus adicciones: droga, alcohol… qué hacemos frente a un hermano que se droga o a algún empleado que llega curado a trabajar; o hacer algo en la línea de la reinserción laboral y social a los salen de la cárcel después de haber cumplido su pena; recuerdo también aquí un apostolado muy bueno que salió del santuario de Campanario, la “Misión Cárcel”: excelente iniciativa.
++ Enterrar a nuestros muertos: cuánto nos falta también en la historia de nuestro país con el tema de los desaparecidos.
Aquí podemos aterrizar este tema con la visita a los cementerios… cuándo fue la última vez que fui a visitar a un ser querido a su tumba al cementerio? También podemos aterrizar esta obra de misericordia, que si bien es corporal, deteniéndonos en “los muertos que vamos cargando en nuestras vida”, es decir, sería una obra de misericordia más de carácter espiritual… cuántas conversaciones no resueltas, temas pendientes: “no me atrevo a terminar con mi pololo, porque pobrecito”; o no me atrevo a cambiar mi manera de ver la vida y siempre peco de pesimista, de mirar el vaso más vacío que lleno y sostengo que nací con mala suerte, que sólo a mí me pasan las cosas graves de este mundo, que camino con una nube negra sobre mi cabeza… ¿no será tiempo de darle cristiana sepultura a esa manera de pensar y de vivir?¿no será tiempo ya de darle cristiana sepultura a esa relación tóxica que tengo con mi pololo y que me hace mal? ¿no será tiempo de darle cristiana sepultura a ese temor y falta de audacia que te hace imposible dar el paso para concretar esa vocación religiosa que duerme en tu corazón?
Las obras de misericordia espirituales; hagamos el mismo ejercicio: aterrizarlas.
++ Dar consejo: no se trata de ir por la vida como el sabelotodo o el que mira para abajo al resto; pero a veces tenemos una sabiduría guardada en nuestro corazón y que no compartimos; aquí nos podemos preguntar ¿qué consejos doy? ¿cómo los doy? ¿soy verdaderamente desinteresado al dar un consejo o busco mi propio beneficio al darlo? No vaya a ser que al aconsejarte me termines ganando en mi trabajo o dejando que la gente se fije en ti y no en mí…A veces aconsejamos según nuestro interés; ¿qué consejos damos como padres a nuestros hijos?: a veces con ellos imponemos nuestra manera de pensar y destrozamos la libertad del otro.
++ Enseñar al que no sabe: apostolados tan básicos como dar preuniversitarios a los que dan la PSU y no tienen cómo pagarlo; los hermanos grandes ayudar a los chicos en su tarea… o los más chicos enseñar a sus papás o abuelos temas de computación…. Qué poca paciencia tenemos con la gente mayor que quiere intentar aprender algo de tecnología; o retamos a esa señora que no sabe apagar su celular en misa ¡y le suena cada vez que estamos en la iglesia y en plena consagración más encima!
++ Corregir al que está equivocado: es lo que llamaos la “corrección fraterna” y pucha que nos cuesta corregir a las personas que queremos: cuando el papá se pasa la luz roja porque va apurado, cuando algún familiar empieza a contar chistes de grueso calibre; o tus amigos en tu casa hablan con garabatos, cuando sabes que a tus papás les molesta; o al hijo que no sale de su pieza pegado al computador o que contesta mal: ¡pero cómo le voy a llamar la atención si no lo veo en toda la semana por mi trabajo!; o todo el mundo habla de mi hermano que es un chicha fresca y no me atrevo a decirle nada! Es que nos pesa más el que nos encuentren densos o graves o que no se vayan a enojar con uno…
++ Consolar al triste: esto nos sale más fácil; es una invitación a ponerse en el lugar del otro y ver la vida desde la pena del otro; tiene que ver también con respetar la pena, dar permiso para que el otro llore y se desahogue; nos cuesta ver sufrir a la gente que queremos y si han pasado por alguna pena, queremos que de inmediato den vuelta la página y estén bien: ¡qué lloren todo lo que tengan que llorar! ¡hace bien! ¡qué cosa más natural que llorar por la pena de la partida de un ser querido! Y ojo con los “consuelos pedagógicos”: visitamos a una amiga que acabde perder su guagüita y le decimos: “no te preocupes, Dios sabe lo que hace”; les aseguro que esa mujer quiere patalear su rabia y su pena mucho más que entender esa pedagogía de Dios que permitió que su guagua muriera; ya vendrá el tiempo para decantar, reflexionar y meditar, pero lo primero es lo primero: llorar y hacer el berrinche que necesitamos.
++ Perdonar las ofensas: esta es la temática de nuestra reflexión, por lo tanto no daré mayores ejemplos. Perdonar es muy difícil y cada uno sabe a quién, cuándo y cómo hacerlo. Al hacerlo, recordemos las 5 T de la que ya hemos hablado en otras oportunidades: tono, tacto, tino, ternura, tiempo.
++ Soportar a las personas que son molestas: aquí no necesito poner ejemplos ni aterrizar nada, porque todo conocemos a alguien molesto o que me cae mal o que sea “pelable” … que las hay, las hay… relación suegra nuera / suegra yerno, por ejemplo. Soportar es interesante como verbo: uno lo puede usar en sentido peyorativo: “¡no te soporto!”; pero es muy bonito soportar: significa cargar con el otro, ser su base, su fundamento: tiene que ver con acoger, contener, consolar…
++ Rezar: por vivos y difuntos: esto lo aterrizamos con nuestra vida de oración; cuánto rezo por mis seres queridos o por la gente que ni conozco; rezar por el chofer del Transantiago que vi en las noticias, porque atropelló a una persona y la mató… cuánto dolor debe tener esa persona y la familia de la víctima: ¿rezo por ellos? Tiene que ser una oración de confianza y no de esas personas “aprensivas” que lo único que piden es que a sus seres queridos nunca les pase nada… está bien rezar para que el señor las proteja, pero también hay que saber “entregar” y “confiar”; rezar para que se cumpla la voluntad de Dios en sus vidas y sean felices; rezar por nuestros muertos, para que el Señor los tenga en su reino, para que las Mater les haya abierto las puertas del paraíso…
Qué nos dijo el Papa Francisco en sus homilías de Cuaresma sobre las obras de misericordia:
“Las obras de misericordia están en el centro de nuestra fe… Obras de misericordia: ¿por qué? Porque cada hermano nuestro, que debemos amar, es carne de Cristo. Dios se ha hecho carne para identificarse con nosotros. Y con el que sufre, es Cristo quien lo sufre”.
“El amor, la caridad y el servicio, ayudar a los demás, servir a los otros. Hay tanta gente que pasa la vida así, en el servicio a los demás. La semana pasada he recibido una carta de una persona que me decía que me agradecía por el Año de la Misericordia; me pedía orar por ella, para que pudiera estar más cerca del Señor. La vida de esta persona era cuidar a la mamá y al hermano; la mamá en cama, anciana, lúcida pero no se podía mover y el hermano discapacitado, en una silla de ruedas. Esta persona, su vida, era servir, ayudar. ¡Y esto es amor! Cuando te olvidas de ti mismo y piensas en los demás: ¡esto es amor!”
La ecuación del perdón      

“En el Padrenuestro rezamos: ‘Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores’. Es  una ecuación, van juntas. Si tú no eres capaz de perdonar, ¿cómo podrá perdonarte Dios? Él te quiere perdonar, pero no podrá si tú tienes el corazón cerrado, y la Misericordia no puede entrar. ‘Pero, Padre, yo perdono, pero no puedo olvidar aquella cosa fea que me ha hecho…’. ‘Eh, pide al Señor que te ayude a olvidar’: pero ésta es otra cosa. Se puede perdonar, pero no siempre se logra olvidar. Pero ‘perdonar’ y ‘me la pagarás’: ¡eso, no! Perdonar como perdona Dios: perdona al máximo
“Que la Cuaresma nos prepare el corazón para recibir el perdón de Dios. Pero recibirlo para después hacer lo mismo con los demás: perdonar de corazón. Y perdonando abrimos nuestro corazón para que la Misericordia de Dios entre y nos perdone a nosotros. Porque todos nosotros tenemos que pedir perdón: todos”.
“Esto es lo esencial del cristianismo: difundir el amor regenerador y gratuito de Dios, con actitud de acogida y de misericordia hacia todos, para que cada uno pueda encontrar la ternura de Dios y tener plenitud de vida”.
Pero – podríamos preguntarnos  – ¿para qué sirve perdonar? ¿Es sólo una buena acción o da resultados? Encontramos una respuesta precisamente en el martirio de Esteban. Entre aquellos por los cuales él imploró el perdón había un joven llamado Saulo; éste perseguía a la Iglesia y trataba de destruirla (Cfr. Hch 8,3). Poco después Saulo llegó a ser Pablo, el gran Santo, el Apóstol de las gentes. Había recibido el perdón de Esteban. Podemos decir que Pablo nace de la gracia de Dios y del perdón de Esteban.

También nosotros nacemos del perdón de Dios. No sólo en el Bautismo, sino cada vez que somos perdonados nuestro corazón renace, es regenerado. Cada paso hacia adelante en la vida de la fe lleva impreso al inicio el signo de la misericordia divina. Porque sólo cuando somos amados podemos amar a nuestra vez. Recordémoslo, nos harán bien: si queremos avanzar en la fe, ante todo es necesario recibir el perdón de Dios; encontrar al Padre, que está dispuesto a perdonar todo y siempre, y que precisamente perdonando cura el corazón y reaviva el amor. Jamás debemos cansarnos de pedir el perdón divino, porque sólo cuando somos perdonados, cuando nos sentimos perdonados, aprendemos a perdonar”.
Pero perdonar no es una cosa fácil, es siempre muy difícil. ¿Cómo podemos imitar a Jesús? ¿Por dónde comenzar  para disculpar pequeñas o grandes ofensas que sufrimos cada día? Ante todo por la oración, como hizo Esteban. Se comienza por el propio corazón: podemos afrontar con la oración el resentimiento que experimentamos, encomendando a quien nos ha hecho el mal a la misericordia de Dios: ‘Señor, te pido por él, te pido por ella’. Después se descubre que esta lucha interior  para perdonar purifica del mal y que la oración y el amor nos liberan de las cadenas interiores del rencor. ¡Es tan feo vivir en el rencor!

María nos enseña a perdonar. El Papa también lo afirma:


“María es Madre de Dios que perdona, que da el perdón, y por eso podemos decir que es Madre del perdón. Esta palabra –«perdón»– tan poco comprendida por la mentalidad mundana, indica sin embargo el fruto propio y original de la fe cristiana. El que no sabe perdonar no ha conocido todavía la plenitud del amor. Y sólo quien ama de verdad es capaz de llegar a perdonar, olvidando la ofensa recibida. A los pies de la cruz, María vio a su Hijo ofrecerse totalmente a sí mismo y así dar testimonio de lo que significa amar como Dios ama. En aquel momento escuchó a Jesús pronunciar palabras que probablemente nacían de lo que ella misma le había enseñado desde niño: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). En aquel momento, María se convirtió para todos nosotros en Madre del perdón”.

** (Tener) Misericordia en mi relación conmigo mismo
Actitud: reconocimiento de la paciencia de Dios conmigo
Hemos visto a esta altura que este Jubileo de la Misericordia es mucho más que simplemente destinar más tiempo para la confesión en este año; si antes me confesaba una vez al año, ahora lo haré dos… es más que eso.
El año de la misericordia nos permite sumergirnos en el mar de misericordias que Dios nos ofrece y sopesar toda nuestra historia, nuestra vida, a la luz de esa misericordia de Dios nuestro Padre. Mirar la historia de mi vida a la luz de la misericordia del Padre. Y para eso hay que ser valiente, audaz… atreverse a hacerlo y descubrir que detrás de cada etapa oscura o difícil de mi vida, hay una ocasión para aprender a ser humilde, más humano, más solidario, más hijo, más dependiente de Dios. Nuestras cruces terminan siendo fuente de bendición y de aprendizaje en nuestras vidas, lejos de un “castigo de Dios”, como popularmente se dice.
Y ponemos como actitud la paciencia de Dios con uno, porque hay que ser sinceros y descubrir que Él siempre me espera, me da su tiempo; permite que tenga ocasiones de conversión y las deje pasar… él me da libertad y espera que podamos volver a Él cuando nuestro corazón esté preparado y nuestras “seguridades” humanas resueltas. Porque muchas máscaras tienen que caer para que podamos iniciar el camino de volver a Dios en autenticidad y plenitud.
Repasar la propia historia de vida a la luz del amor misericordioso del Padre es algo que descubrimos también en el pensamiento del P Kentenich. En “Las Fuentes de la Alegría” leemos:
“Misericordia es la paternidad de Dios” (clave para la alegría personal de vida)

“Participamos misericordiosamente de la vida del Padre; no tenemos cruces, tenemos misericordias (tomado de San Francisco de Sales; a la luz de la misericordia, la cruz y el dolor adquieren un sentido totalmente distintos… todo es bondad, todo es misericordia de Dios…”;

“…que estemos sanos, que no nos volvamos locos y no hayamos sufrido un colapso nervioso, que nos vaya bien…todo eso no es para nada evidente” “nuestra miseria humana corre con la misericordia divina”;

“…hagan letanía de misericordia y no de pecados!” gracias por esto, por esto y por esto; y no tanto, pequé en esto, en esto y en esto otro”

“Si yo no existiera…caudales enteros de bendiciones no se habrían dado a este mundo… ver nuestra historia a la luz de la misericordia divina”.

“Mirar la propia historia a la luz de la misericordia divina no sólo nos regala humildad, sino que también nos hace acercarnos con gratitud y amor a los puntos negros de nuestra vida…”


¡Esto sí que es sabiduría de vida!
Y el Papa también lo afirma:
Tantas personas viven “como en una cadena perpetua interior”, aplastadas por los sentimientos de culpa a causa de los errores del pasado. Pero “Jesús abre las puertas de nuestras prisiones, desmonta los patíbulos sobre los cuales con frecuencias nos arrastramos nosotros mismos y arrastramos a los demás”. “Jesús sabe que el hombre no equivale a su pecado”. Al Señor no le interesa el pasado. “Es el Dios del futuro”. “Se me ocurre pensar que no hay ningún Santo sin pasado, y tampoco un pecador sin futuro”
Aquí quiero detenerme en un aspecto clave para la psicología positiva, que es el pararse frente a la propia vida como víctima o como protagonista; sin duda, las etapas oscuras de nuestra historia personal de vida, pueden dar pie para las más trágicas de las novelas: traición, infidelidad, mentiras, desamor… pero también a la más entretenida y optimista historia de superación personal. Cuando me han ofendido, cuando de niño tuve una infancia infeliz o fui abusado o maltratado o mis compañeros me hicieron bullying en el colegio, etc, puedo echarle la culpa al empedrado y vivir amargado, porque lo pasé mal o puedo sacar lecciones de aprendizaje en eso; en el fondo, se trata de: “qué historia elijo contar”: la del “pobrecito” o la del tipo que es capaz de sacar provecho a los difícil de su vida y enseñar a vivir con eso; en este tema siempre pongo el ejemplo de los niños de la teletón que cada año nos emocionan con los reportajes que hacen para motivarnos a ir al banco a donar; cada uno de esos videos son el ejemplo de superación que sólo con un autotratamiento de misericordia se puede alcanzar (el Papa repartió el otro día en la Plaza de san Pedro, cajas de “misericordina”, el nuevo fármaco de la misericordia; eran unas cajas con rosarios para rezar y pedir misericordia para el mundo, para cada uno).
Si alguien me hirió, si decido ser víctima, será el responsable y causante de todos mis males en la vida, aún muchos años después de ocurra la ofensa o el daño provocado; en cambio si decido ser protagonista, elijo contar una historia mucho más positiva, de emprendimiento, de realización y superación personal.
Tener misericordia con uno mismo tiene que ver con un dejarse mirar por la mirada de Jesús “que desarma y salva”, como lo dijo el Papa en el Angelus del V Domingo de Cuaresma, comentando el potente evangelio de la mujer adúltera.
Un autotratamiento de misericordia con “misericordina”, tiene que ver con las cosas que hago con mi cuerpo por ejemplo: cómo lo cuido, si voy al médico, si duermo las horas que necesito para andar bien al otro día; si me alimento adecuadamente, si hago deporte o ejercicio; si estoy fumando o tomando más de la cuenta…. Tiene que ver con cómo trato mi alma: las cosas que veo o leo, si me conecto espiritual con algo o alguien, si tengo una mirada de compasión y contribución al mundo: si hago apostolado social, obras de beneficiencia, etc…. Tiene que ver con mi conexión o desconexión a internet, que me atonta y me aisla del resto… tiene que ver con la historia que elijo contar, con las cosas que me digo: tengo mala suerte, fijo que no me llaman para el trabajo al que estoy postulando…

Es bueno preguntarse si me autoclasifiqué en el grupo de los que nacen estrellados o estrellas…


¿Qué acto de misericordia conmigo mismo podría realizar en este año de la misericordia? Es una invitación a revisar mi historia y pasarla por la luz de la misericordia, por el cedazo del amor misericordioso del Padre.
Y volver a preguntarnos como siempre por cómo nos estamos cuidando en lo físico y en lo espiritual.

** Reflexiones
1.- ¿Qué obra de misericordia con los demás podría realizar en este año de la misericordia?
2.- ¿Qué acto de misericordia conmigo mismo podría realizar en este año de la misericordia?
3.- Realizar alguna acción o signo jubilar: peregrinar a lugares santos, a los templos jubilares, cruzar la puerta santa; hacer las obras de misericordia espirituales y corporales, poner algún símbolo en el Santuario Hogar que recuerde que estamos en “modo misericordia”, etc
4.- Rezar al Espíritu Santo y meditar sus dones y frutos: ¿cuál tengo que pedir para realizar mi “acto de misericordia” de este Año Santo?
Los siete dones del Espíritu Santo

Sabiduría

Intelecto

Consejo


Fortaleza

Ciencia


Piedad

Temor de Dios


Los doce frutos del Espíritu Santo

Amor


Alegría

Paz


Paciencia

Longanimidad

Bondad

Benignidad



Mansedumbre

Fidelidad

Modestia

Continencia

Castidad


(Para cerrar)
** La Misericordia: un camino espiritual en cuatro miradas
En resumen, este camino de espiritualidad de la misericordia es un proceso que tiene su dinámica propia, que exige sabiduría, todos los dones del Espíritu Santo, que requiere valentía, audacia y mucha paciencia.
En definitiva es un camino espiritual que podemos recorrer en cuatro miradas que se complementan:
1– Mirar a Dios que vive en mí y que me ama apasionadamente, incondicionalmente, personalmente.
2– Mirar al Dios que vive en el otro; el otro como imagen y semejanza de Dios;
3– Mirar al otro como hermano: romper la barrera del egoísmo y del rencor; actuar con las obras de misericordias espirituales y corporales;
4– Mirar (contemplar) el triunfo de la misericordia de Dios en ti, en el perdón que diste, en el perdón que recibiste; mirar cómo se unió miseria personal y corazón de Dios, que es la etimología de la palabra misericordia. Contemplar el milagro del triunfo de la misericordia de Dios; la victoria de la misericordia…. que es el final del camino, la última etapa, la que entrega más plenitud de vida, la que nos hace fuertes y valientes, quizás débiles a los ojos del mundo que busca más la venganza y el rencor, pero que sin lugar a dudas nos regala mucha mayor felicidad.
El Papa Francisco nos ha dado una linda tarea entonces. Dependerá de nosotros aprovecharla y tomarla en serio. Seamos valientes y acojamos la espiritualidad de la misericordia como parte de nuestra vida de fe y no nos sintamos indignos del perdón de Dios, porque a Él lo que más le gusta es perdonar.
Los errores que cometemos, también si son grandes, no dañan la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Reconciliación podemos siempre de nuevo comenzar: Él nos acoge, nos da de nuevo la dignidad de hijos suyos y nos dice: “¡Ve hacia delante! ¡Ve en paz! ¡Levántate, ve hacia delante!”.

Oración del Papa Francisco para vivir este Año Santo de la Misericordia.


“Oh Dios, que revelas tu omnipotencia sobre todo con la misericordia y el perdón, dónanos vivir un año de gracia, tiempo propicio para amarte a Ti y a los hermanos en la alegría del Evangelio. Sigue difundiendo sobre nosotros tu Santo Espíritu, para que no nos cansemos de dirigir con confianza la mirada a aquel que hemos traspasado, a tu Hijo hecho hombre, rostro resplandeciente de tu infinita misericordia, refugio seguro para todos nosotros pecadores, necesitados de perdón y de paz, de la verdad que libera y salva. Él es la Puerta, a través de la cual venimos a ti, manantial inextinguible de consolación para todos, belleza que no conoce ocaso, alegría perfecta en la vida sin fin. Interceda por nosotros la Virgen Inmaculada, primer y resplandeciente fruto de la victoria pascual, aurora luminosa de los cielos nuevos y de la tierra nueva, puerto feliz de nuestra peregrinación terrenal. A ti, Padre Santo, a tu Hijo, nuestro Redentor, al Espíritu Santo, el Consolador, todo honor y gloria en los siglos de los siglos”.

P Juan Ignacio




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