La eficacia simbólica de los estereotipos de género en la reproducción de la hegemonía masculina: Análisis de contenido de la literatura infantil y juvenil1



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La eficacia simbólica de los estereotipos de género en la reproducción de la hegemonía masculina: Análisis de contenido de la literatura infantil y juvenil1

Fátima Arranz (Facultad de Ciencias Política y Sociología -UCM)

(faarranz@ucm.es)

Abstract

Los estereotipos de género suelen ser contemplados habitualmente a la luz del examen descriptivo de los comportamientos diferenciadores entre lo masculino y lo femenino. Esa perspectiva de estudio favorece su desactivación como dispositivos de poder en el orden social generizado u orden hegemónico masculino. Este estudio aborda, a través del análisis de contenido, la presencia de los estereotipos y roles de género en un total de 42 textos representativos de la literatura infantil y juvenil más leída en el periodo 2006-2010. Estereotipos analizados como potentes mecanismos de reproducción de la lógica de dominación de género -en tanto promueven la misoginia social y la homosociabilidad masculina- que configurarán tanto varones con identidades hegemónicas como mujeres con identidades subordinadas.



Palabras clave: estereotipos, literatura infantil y juvenil, género, identidad, masculinidad hegemónica, misoginia, homosociabilidad, mass media.

Los estereotipos de género ocupan un lugar sustantivo del proceso de socialización. Ellos pueblan los universos simbólicos de cada individuo, incidiendo de manera decisiva en la conformación de su subjetividad. La tesis que aquí se mantiene es que las figuraciones transmitidas a través de la literatura infantil y juvenil, son un soporte de conocimiento de la realidad que, lejos de desempeñar sólo un papel complementario en la labor que llevan a cabo otros agentes de socialización (familia, escuela, etc.), operan como potentes dispositivos de reproducción del orden social generizado, que denotamos como de hegemonía masculina.

Potencia de los estereotipos derivada de su eficacia simbólica. Eficaz, tanto porque produce su efecto, que no es otro que la legitimidad social de las normas de género, al tiempo que intentan invisibilizar, a partir de la “naturalización” y repetición de las historias, la violencia que se ejerce en la in-corporación subjetiva de toda norma social (Butler, 2001).

¿De qué manera se enfoca nuestra preocupación por la socialización de género en la reproducción de la hegemonía masculina? En principio, el concepto de hegemonía masculina, término registrado por vez primera por Connell (1987, 1995), apela indiscutiblemente a la supremacía social masculina y se conceptualiza como la forma en que la masculinidad establece las estructuras y legitima las relaciones jerárquicas entre hombres y mujeres en un entorno socio-histórico concreto (Connell cit. por Messerschmidt, 2012:3), nuestro interés por esta corriente, es que sostiene sin ambigüedad el carácter relacional del concepto. Se dará prioridad al estudio que establece el principio jerárquico por el que se denigra un género – vía misoginia- para poder elevar al otro. La masculinidad hegemónica, como insiste Messerschmidt (2012), no tiene significado fuera de su relación con la "feminidad enfatizada" o con aquellos feminidades observadas como complementarias a la masculinidad, quejosas y siempre en relación de sumisión paradójica (Bourdieu, 2000) con la masculinidad2. Subrayamos, por tanto, nuestra prioridad por observar el sentido relacional de las identidades, por el hecho que una u otra no se explican sin estudiar sus mutuas referencias. Lo habitual es soslayar la centralidad de este componente relacional, tanto en la investigación feminista como en los estudios sobre las masculinidades, enfocando el análisis en uno sólo de los elementos que conforman la relación.

La cada vez mayor determinación tecnológica de la cultura, lleva a la investigación social a atender la relevancia de los mensajes mediáticos sobre el recorrido formativo de la construcción de las subjetividades. Este hecho constata el cada vez mayor afianzamiento científico del constructivismo psico-social, como sostenía Simone de Beauvoir: no se nace mujer, y añadimos, tampoco varón, sino que se llega a ser. Entendemos que la literatura infantil y juvenil3, como instrumento de producción simbólica, recoge de manera extraordinaria esos valores culturales que el patriarcado, necesita transmitir a las jóvenes generaciones, impelido por salvaguardar sus posiciones de poder. Valores que deberán integrarse en los hábitos de vida y comportamiento de niñas y niños. Weitzman et al. alertan, en su ya clásico artículo sobre la socialización de los roles sexuales en los libros ilustrados para pre-escolares, del impacto emocional e intelectual que tienen los textos orientados a este grupo al tiempo que señala que las ilustraciones de los textos son un indicador especialmente útil para la observación del contenido las normas sociales. La finalidad de estas prescripciones será, por tanto, persuadir a los menores a aceptar esos valores, al tiempo que les alienta a ajustarse a las normas aceptables de comportamiento (1972: 1126).

El abordaje del análisis de la literatura infantil y juvenil de ficción más vendida se enmarca dentro de un supuesto más ambicioso y no es otro que demostrar la retroalimentación que se presenta, entre lo que se dice –los contenidos- y lo que hace –los efectos sobre el propio campo de estudio-. Las mujeres en estos campos son discriminadas como sujetos y como objetos de ficción. Discriminación, por un lado, de su condición de género, como artistas y literatas, respecto a los varones y, por otro lado, en los contenidos de los textos, como observamos en el sub-protagonismo, en los roles, en las actitudes, etc. que desde la autoría (escritores y escritoras) de los relatos les hacen desempeñar. Además, sobre esta doble discriminación, se promueve y reafirma la hegemonía masculina en los otros órdenes de la sociedad.

En síntesis, mantenemos que el éxito de la dominación masculina estriba en el control férreo de los procesos adquisición de las identidades de género. Ello se hace realidad en una buena parte a través de los instrumentos de producción simbólica, que en cuanto instrumentos estructurados y estructurantes de comunicación y conocimiento, ayudan a conformar las identidades de género o el habitus (en términos bourdianos), al tiempo que permiten la legitimación de los dispositivos de dominación masculina. Su uso, por tanto, contribuirá a asegurar dicha dominación “aportando el refuerzo de su propia fuerza a las relaciones de fuerza que las fundan, y contribuyendo así, según la expresión de Weber, a la ” (Bourdieu, 2000b:3).

Nuestro estudio pretende detectar a través tipo de literatura cuáles son los componentes más eficaces simbólicamente sobre los que la hegemonía masculina conforma el orden social de género en el que somos construidos.



Metodología del estudio

La investigación que aquí se presenta forma parte del Proyecto de I+D+i del año 2010, Mujeres y hombres en la industria cultural española (literatura y artes visuales), trabajo, en el que su diseño, contempla más de una perspectiva de investigación social. Aunque aquí, en concreto, sólo se desplegará una de las perspectiva del análisis, del conjunto del proyecto. En esta comunicación vamos a conocer los resultados obtenidos con la técnica de investigación conocida como Análisis de Contenido para averiguar cuál es el peso de la hegemonía masculina a través de las producciones literarias realizadas tanto por mujeres como por varones4.

El universo de nuestro estudio se circunscribió a partir del ranking anual de los libros que manifiesta el público español como más leídos de la literatura infantil y juvenil para el periodo 2006-2010. Esta información fue obtenida por medio de la encuesta anual sobre “Hábitos de lectura y compra de libros en España” que realiza la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) por medio de una muestra de 16.000 encuestas a individuos de 10 y más años de edad5.

Para la elaboración de nuestra muestra se decidió incluir sólo los 5 primeros textos de cada año que aparecen en su lista correspondiente, durante el periodo 2006-2010, de los títulos que según se consignan en la encuesta fueron los más leídos. De acuerdo a las características de la información que aparecía en los listados y teniendo en cuenta que los objetivos de la investigación persiguen observar cómo se afianzan los modelos estereotipados de género contemporáneos, producidos por la escritura actual. Por una parte, se optó por prescindir de este ranking de los libros de literatura clásica como El Quijote, El Principito o La isla del Tesoro -en la que, todo sea dicho, tan solo aparecieron éstos en los seis años analizados- Entendemos que la lectura de estas referencias literarias, además de tratarse de propuestas realizadas por autores de tiempos pasados, no vendrían motivada tanto por el deseo del o de la encuestado/a como por el mandato escolar.

Por otra parte, otra decisión muestral que señalamos como imperativa por las características de la propia fuente, es que los datos que presentan las listas de la FGEE, en el caso de los libros pertenecientes a series, a veces no reflejaban con exactitud a qué texto en concreto de la serie se referían, quizá porque los propios entrevistados en sus respuestas tampoco lo hacían constar. Por tanto, la mayor de las veces, en la información de estos listados, sólo aparece el nombre genérico por el que se conoce la serie, por ejemplo, Harry Potter o Manolito Gafotas. Bien es cierto que nos hallamos ante éxitos de ventas y, esto suele significar, que a partir del primer boom comercial las editoriales se ven compelidas a realizar grandes inversiones en marketing para, como se suele decir, mantener el tirón. De esa manera se fomenta en el público la compra compulsiva de los libros la serie, lográndose éxitos similares, si no mayores, con cada nueva entrega.

Como uno de nuestros objetivos era comprobar los patrones de comportamiento generizados que aparecen en los contenidos de esta literatura, y con el fin de obtener el máximo de información sobre los contenidos, se decidió observar bien una muestra representativa de cada colección, incluso, en aquellos casos en los que la colección estaba formada por pocas entregas, se pasó a analizar la colección completa. Ello nos permitiría reforzar la contrastación de nuestras hipótesis, a la vez que estudiar con mayor profundidad las pautas comportamentales de género que los y las escritoras proponen a través de sus escritos.

Los textos analizados fueron: Nueve ejemplares de la serie, Gerónimo Stilton, de la escritora italiana, Elisabetta Dami; cinco de Kika Superbruja, del alemán Ludger Jochmann , firmados bajo el seudónimo de Knister; seis del Diario de Greg, del estadounidense, Jeff Kinney; siete ejemplares de Manolito Gafotas de Elvira Lindo; cuatro de Harry Pottter de la inglesa, Joanne Rowling; los cuatro ejemplares de la saga Crepúsculo de la estadounidense Stephenie Meyer; dos entregas de las Crónicas de Narnia del irlandés Clive Staples; dos tomos de Memorias de Idhun de la valenciana, Laura Gallego; y sólo un ejemplar de Eragon, del californiano Christopher Paolini; El niño con el pijama de rayas, de otro irlandés, John Boyne, y Campos de Fresas del catalán, Jordi Sierra i Fabra. Salvo Clive Staples (1898-1963), el resto de escritores y escritoras son contemporáneos y nacidos en el intervalo 1952 (Knister) y 1983 (C. Paolini).

Además, otro elemento que se tuvo en cuenta para la selección última de los textos que formarían la muestra y en función de una mayor representatividad de ésta, fue observar cómo se repetían ciertos textos en más de un año, de los seis años analizados. A sí Harry Potter, vimos que se repetía durante 5 años; en el caso de la saga Crepúsculo, en concreto, Crepúsculo y Eclipse en aparecía durante 4 años y Luna nueva junto Amanecer lo hicieron durante 3 de los 6 años analizados; Gerónimo Stilton y Kika Superbruja se mantienen durante 3 años; Memorias de Idhun y Las crónicas de Narnia también se repitieron durante 2 años. De ahí la importancia de asegurarnos en estos casos de una fuerte representatividad.

Para la clasificación de los textos en las categorías infantil y juvenil también se ha mantenido la disposición que hace la encuesta de la FGEE, salvo en algunos casos que optamos por añadir una tercera categoría para las sagas con niños, denominada intersección, por entender que los contenidos de los textos no se ajustaban exactamente a la categoría atribuida, dado que, por lo general, el personaje de la saga a partir de un momento sobrepasa la edad infantil. Por juvenil, esta encuesta entiende a los y las entrevistados/as de 14 años y más edad, pero no aparece indicación alguna en los resultados de la muestra el rango superior de edad. Mientras que por infantil incluye el intervalo de edad que comprende a niños y niñas entre 10 y 13 años.

Por tanto, los títulos que aparecen en nuestra muestra dentro de la categoría infantil son: Géronimo Stilto; Kika Super Bruja; el Diario de Greg; Crónicas de Narnia (El sobrino del mago); Manolito Gafotas (Pobre Manolito y Manolito on the road); Harry Potter y la piedra filosofal. En la categoría juvenil aparecen: Crepúsculo; Harry Potter (Harry Potter y el prisionero de Azkaban y Harry Potter y la cámara secreta); Manolito Gafotas (Cómo Molo. Otra de Manolito Gafotas y Manolito Gafotas. Yo y El Imbécil); El niño con el pijama de rayas; Campos de Fresas; Eragon y Memorias de Idhún (Triada y Resistencia). Y bajo la categoría intersección, se encuentran: Harry Potter (El misterio del Principe); Manolito Gafotas (Manolito Gafotas; Manolito tiene un secreto y Los trapos sucios) Crónicas de Narnia (El león, la bruja y el armario). En total, el conjunto de textos analizados de literatura infantil y juvenil fueron 42.

Para aplicar el Análisis de Contenido a la muestra de textos seleccionada se construyó un cuestionario con 22 items, que fue aplicado a cada capítulo de libro (o fracción) seleccionado. Se decidió respetar la propuesta de división del texto que la autora o autor había decidido para su obra. El conjunto de todos los capítulos o fracciones analizados ha producido un total de 996 formularios cumplimentados.

El formulario de análisis contaba con preguntas abiertas y cerradas, que se correspondían con variables de tipo nominal y de intervalo. La cumplimentación de los cuestionarios se realizó por un equipo de investigadoras e investigadores de la Universidad Complutense de Madrid (Carolina Herrero, Fátima Magro, Ana Moreno y Luis Alberto Valdivia) y de la Universidad de Salamanca (Olga Barrios, Sagrario Martinez y Jorge Diego Sanchez).

El conjunto de ítems del cuestionario buscaban detectar las relaciones entre varones y mujeres, tal y como son presentadas por las autorías de los textos, a través de los roles y estereotipos de género6. El objetivo de cada uno de los ítems del cuestionario iba orientado en detectar las diferencias entre lo masculino y lo femenino, así como sus relaciones. Ello está operativizado, por un lado, a través de variables de tipo interval. Por ejemplo, el sexo del/ de la protagonista, co-protagonista o el género del autor del texto, etc. Por otro lado, también se introdujeron variables de tipo cualitativo, a través de preguntas abiertas. Para posteriormente realizar con ellas un análisis del discurso. En concreto, con esta información se buscaba detectar, además del grado de aparición, cómo quedaban caracterizados y cuáles y cómo eran las relaciones entre varones y mujeres. Así, se optó por conocer de manera pormenorizada la frecuencia de aparición de los estereotipos, tanto femeninos como masculinos, como las características del contenido que se asignaba a los mismos. Para ello se crearon 6 variables, 3 de ellas de frecuencia y el las otras 3 de contenido (se trasladaba de manera aleatoria la descripción de dos de los estereotipos detectados por capítulo o fracción) que aparecieron denominadas como: estereotipos, actitudes sexistas y expresiones machistas.

En cuanto a los parámetros para la detección de los estereotipos de género buscábamos los roles, rasgos o comportamientos que comúnmente son generalizados al resto del grupo bien de mujeres, bien de varones. Definimos por actitudes sexistas como los “valores, actitudes y acciones que muestran de modo manifiesto desprecio, insolencia o falta de respeto hacían un personaje femenino” (Aguilar, 2010: 230). También se decidió incluir la categoría: misoginia/machismo, partiendo de esta misma definición, estribando su diferencia en el grado de agresividad: cuando explícitamente se consignaba algún insulto hacia una mujer, animal o personaje fantástico al que se le asignaba con el género femenino.

A través del Análisis de Contenido queríamos observar la importancia cuantitativa que se da a los rasgos que definen la masculinidad frente a la feminidad y viceversa. Esta apuesta es compleja porque contar numéricamente casos a través de variables en una narración, implica necesariamente reducir el sentido de ésta, y claramente, esa reducción no nos permite profundizar en la realidad de los problemas. Para ello hemos intentado combinar las perspectivas distributiva (o cuantitativa) con la estructural, de modo que pudiéramos conocer además del grado de representatividad estadística de los modelos propuestos los discursos que se escondían tras ellos y que conforman las identidades de género. A tal fin en el formulario de recogida de la información hemos utilizado variables cerradas (nominal o interval) y variables abiertas (con trasposición de citas textuales) que hemos analizado a través del análisis del discurso.

Para observar el peso cuantitativo de los estereotipos hemos operativizado este concepto a través de diversas variables. Bien con variables nominativas, que iban definiendo a los personajes por su sexo (protagonista-co-protagonista) sus acciones (contexto de desarrollo de la acción principal) y sus relaciones (relación entre personajes principales, vínculo entre personajes), bien con variables intervalares (número de estereotipos, número de actitudes sexistas, etc.). Desde la posición estructural, abordamos la dominación estructural de género a partir de detectar y analizar los estereotipos de uno y otro género, así como las actitudes sexistas y misóginas, como hemos descrito más arriba.



Resultados

En nuestro análisis también se observa de manera manifiesta la norma de género por excelencia: la dominación entre los sexos o binarismo jerarquizado en favor de los varones. Esta diferencia discriminatoria será una constante siempre presente en la totalidad de los relatos analizados indistintamente de la acción, el género del relato o el autor o la autora del mismo. La segregación de lo femenino y el reconocimiento de la superioridad masculina se van concretando en los diversos planos de la producción cultural. A través de las páginas analizadas se observa el entrelazamiento de los estereotipos de género que van a favorecer un modelo relacional que invisibiliza el predominio -a través del principio de la “naturaleza humana”- de manera que no deje aflorar el conflicto. En palabras de Bourdieu: “la lógica de la dominación ejercida en nombre de un principio simbólico conocido y admitido tanto por el dominador como por el dominado” (Bourdieu, 2000: 12). Lógica, cuya vía de “asimilación-acatación” será la violencia simbólica de género. Ésta irrumpe en la formación humana por medio de la confianza y seguridad que las narraciones van introyectando en sus lectores/as sobre la realidad del principio de la “naturaleza humana”.

En el caso de la literatura, esta “naturaleza humana” se desarrollará en torno a las formas de los estilos de vida: maneras de pensar, de hablar, de comportarse, en fin, de desear que promueven los estereotipos de género. Veamos objetivados esos estilos de vida que se proponen. Objetivados en tanto son analizados, de manera des-edulcorada de los relatos en los que fueron insertos y filtrados por la matriz de dominación sexual. Este elemento diferenciador, respecto a los análisis al uso de los estereotipos de género consideramos, es nuestra principal aportación, como se indicaba en la introducción de este trabajo.

La hegemonía masculina, como era esperable, se manifiesta tanto cuantitativa como cualitativamente a través de la literatura infantil y juvenil analizada. Y es quizá en esa manera aplastante de representar las relaciones entre lo masculino y lo femenino, como un modelo sin fisuras, que se repite una y otra vez con las mismas propuestas generizadas, la manera por la que se hace pasar como un hecho inexorable. Aumentando su eficacia simbólica, si se tiene en cuenta los aparentes grados de libertad que en toda ficción cabe suponer, pues se parte del supuesto de imaginar y tratar mundos fantásticos inimaginables, variados (alejándose o cambiando todo modelo conocido). Por ello nuestros resultados verificarán que esta literatura, como instrumento de producción simbólico es un dispositivo estructurado y estructurante de la hegemonía masculina privilegiado.



La comunión ideológica entre escritoras y escritores de éxito en la reproducción de la hegemonía masculina

A la hora de mostrar el mundo de ficción, la autoría de la escritura se reparte prácticamente a partes iguales entre varones y mujeres en los textos seleccionados. Por capítulos o fracción, se observa que el 51,4% corresponde a la producción realizada por escritoras frente a un 48,6% de escritores. Sin embargo, no se han detectado diferencias ideológicas, pues unas y otros coinciden unánimemente en otorgar el protagonismo, la acción y la relevancia a los varones. Así, si observamos el sexo del protagonista según capítulos analizados casi el 80% (GRÁFICA 1) de la presencia corresponde a los varones7.



GRÁFICA 1

Es más, si desagregamos del conjunto la literatura infantil, el protagonismo masculino por capítulos sube hasta el 90% (572). De las seis colecciones que integran la muestra, según declaran los menores de 13 años que leen, tan sólo una colección Kika Superbruja, tiene como protagonista una niña. Mientras que para los/as mayores de esta edad, que consumen literatura juvenil, de las siete colecciones o textos de los que se declararon lectores, sólo aparece una colección, Crepúsculo (2011), y un texto, Campos de Fresas (2011), en que el protagonismo stricto sensu sería femenino.

Una desviación tan pronunciada en los protagonismos en, recordemos, la literatura más leída, no deja de sorprender que pase tan desapercibida por la opinión pública. Sorprende mucho menos si se contextualiza dentro de su estructura social. Estructura constreñida bajo la “naturalización” la lógica de la dominación masculina. De ahí, que los varones no sólo tienen un mayor protagonismo numérico, sino que también sus historias son más importantes per se. Así, en el único protagonismo femenino localizado en la literatura juvenil, se marca siempre una dependencia del mundo masculino. Por ejemplo, en Campos de Fresas, la protagonista, sobre la que gira la trama del relato, es una joven que está en coma a lo largo de toda la narración. Realmente estaríamos ante un protagonismo compartido, pues la historia se desarrolla alrededor de la pandilla de la chica (de 3 amigos y una única amiga) que quiere reconstruir el malogrado suceso y en la búsqueda del culpable de que la protagonista esté en esa situación. Pero no es menos desestimable la dependencia masculina del otro título analizado, dónde la protagonista es una mujer. Nada más y nada menos que hablamos de la saga super ventas Crepúsculo, de Stephenie Meyer, la serie, reconocida para chicas adolescentes (con millones de ventas mundiales), cuyos contenidos están orientados hacia la literatura romántica. El co-protagonismo masculino va a tener un peso igual, si no mayor, a la propia protagonista. No sólo es destacable la obsesión de ella, a lo largo de los 4 tomos, por el amor masculino, sino porque esta obsesión es así mismo cuantificable en número de páginas. Por ejemplo, de las quinientas páginas escritas del primer boom comercial de la serie, en el 99% de ellas está presente o se hace alusión textual a él. Él es, Edward, el vampiro guapo, inteligente, maduro y sabio - pero sin ser viejo- buena persona, rico, comprensivo, generoso, con una familia de todos y todas jóvenes y guapos/as, además es un hombre de su época que casi sería un verdadero ecologista si no fuera porque la condición vampiresca (se alimentan de la sangre de mamíferos) no se lo permite8. Ella, por supuesto, es de familia modesta de divorciados. Una joven introvertida con una escasa autoestima y escasa vida social.

También las escritoras conceden en sus relatos el co-protagonismo mayoritariamente a los varones (57,5%) frente a las mujeres (30,9%), sin embargo abren más la posibilidad a un co-protagonismo mixto (9,4%) que sus colegas varones. Para éstos, el protagonismo indiscutiblemente es masculino y sube la ratio hasta el 64,1%, además prefieren que no haya co-protagonista (8,7%) a que este pueda ser del otro sexo (3,7%).

Asimismo, otros indicadores de nuestra investigación reflejan el mayor predominio numérico de la masculinidad en los relatos, tanto por parte de escritores como escritoras. Es más son estas últimas, las que se encargan de mostrar una mayor presencia masculina. Así, la media del número de personajes varones -cuando no son protagonista ni co-protagonista- que colocan los escritores es de 2,68 frente a los 4,35 en el caso de las escritoras. La devaluación femenina se vuelve a palpar porque cuando se trata de la aparición de personajes femeninos, ese valor medio desciende al 0,80, por parte de los escritores, frente al 2,15 de sus colegas mujeres. Por tanto, estos datos también muestran la tendencia por la que se prefiere que el mayor arropamiento humano en el desarrollo de las acciones sea masculino.

De nuevo, para nuestra sorpresa, las actitudes sexistas y misóginas no proceden de los escritores varones, sino de las propias escritoras. Así, el 66% de las 456 actitudes sexistas, y el 67,5% de las 188 actitudes misóginas encontradas provenían de la escritura producida por mujeres. ¿Quizá por ello son estos textos, provenientes de voces femeninas, más aceptados por el público en general? ¿Podríamos considerarlo un indicador de fidelidad a los valores del dominador? ¿Será acaso una vía de entrada al éxito para las escritoras?



La misoginia o la palanca de la hegemonía masculina

El concepto de misoginia empleado en el estudio ha sido operativizado a través de las variables actitudes sexistas y actitudes machistas. Un ejemplo de actitud sexista sería: “la acompañante del Furias, una rubia hermosísima” (Boyne, 2007: 11), mientras que “No le importaba demasiado que enviaran a Gretel a algún sitito, porque ella era tonta de remante y no hacía más que fastidiarlo” (Boyne, 2007: 11), representaría una actitud machista. Por tanto, la diferencia entre estas variables se circunscribe a una cuestión de grado, de un estereotipo sexista a una agresión verbal.

El concepto de misoginia no hemos querido circunscribirlo tan sólo a los ataques explícitos y agresivos contra las mujeres sino que también incluye aquellas manifestaciones que, como sostiene Tjeder (2009), “celebran” la diferencia entre mujeres y varones. Asimismo, coincidimos con este autor al considerar como misoginia “cualquier idea que implícitamente excluya a las mujeres de una posición equitativa de poder en relación a los hombres” siendo indistinto que se haga a través de positivar su conducta como “criaturas maravillosas y virtuosas”, como que se las niegue su “capacidad de raciocinio. Desgraciadamente nuestro análisis no se ha podido extender en su totalidad a todo ese rango, dadas las propias características de la metodología del Análisis de Contenido. El tratamiento del corpus a analizar, en unidades o variables, tan sólo es posible realizarlo en el nivel denotativo del sentido de la enunciación.

El porcentaje total de actitudes sexistas localizadas en los 992 capítulos analizados, ascendió a un 27% mientras que el porcentaje de actitudes machistas fue de 12,4%. Por lo tanto, nos hallamos con una tasa de un 39,4% de misoginia en el conjunto de la literatura analizada. Actitudes, insistimos, mostradas de manera explícita, que sumadas a la desproporción de la representación numérica de los géneros, anteriormente señalada en el protagonismo, co-protagonismo y número de personajes agravaría notablemente el concepto tjediano de misoginia localizado en nuestro estudio.



Estas valoraciones negativas sobre lo femenino no han variado mucho a lo largo de siglos de literatura. De tal modo que si se compara con la tradición popular en la literatura española como es el refranero, se observan que se siguen manteniendo constantes semejantes en la caracterización de la feminidad. Anna M. Fernández Poncela (2002) da cuenta de la imagen de las mujeres a través de estos campos semánticos que llegan a construir verdaderos estereotipos. Curiosamente la tipología que crea esa autora se ajusta, con pocas variaciones, a la colección de epítetos observados en nuestro análisis:

  1. Vicio de charlatanería. La crítica al hablar de las mujeres es una constante presente de manera abundante en todas las narraciones analizadas. Parece que lo único que no pueden hacer es dialogar sin más – no aparecerán nunca así representadas-, bien son charlatanas, criticonas, chismosas, gritonas, dan alaridos, chillonas. Se contempla una completa desautorización al uso verbal racional. Si se tiene en cuenta que una de las prerrogativas del patriarcado es el poder de nombrar. Se entiende que la condición de ser el Amo del Lenguaje (Lauretis citado por Cristina Molina, 2003: 140) es la que no permite compartir ni tampoco tolerar la utilización por las mujeres de las armas de su sometimiento. Para Cristina Molina, el Contrato Sexual de Carole Pateman que descubre el contrato masculino “donde ellas son las pactadas” se hace posible por “una suerte de contrato simbólico en el lenguaje, en la medida en que se pacta que La Mujer no tenga lugar en el logos, que pueda ser permanentemente hablada, discurseada, ser palabra de otros, sin que se le permita una voz y un deseo diferente que no hayan nombrado ellos” (2003: 141)

  2. Irracionales. Fernández Poncela (2002: 42), caracteriza esta categoría en su análisis sobre el refranero como que las mujeres son “mentirosas, incoherentes, desordenadas, mudables y contradictorias. Las deficiencias femeninas encontradas en nuestro corpus narrativo también van en este sentido, aunque se actualizan de acuerdo a los modos de vida actuales, por ejemplo, ahora se las tilda como glotonas al tiempo que ofuscadas por su peso; histéricas. Las madres pueden aparecer tanto como obsesivas de la limpieza, como se las critica por ser descuidadas con las tareas del hogar.

  3. Malvadas. A diferencia con el refranero ya no se las compara con el demonio, por la secularización de nuestra sociedad, pero el grado de maldad no ha disminuido en cuanto a su rango. Así las sigue llamando brujas, chantajistas, maliciosas, sádicas, rencorosas, etc.

  4. Se las sigue comparando con los animales: Arañas, gallinas o cerdos.

¿Por qué tanta abundancia de los elementos misóginos? La desproporcionada aparición tiene necesariamente qué cumplir alguna función social relacional. La misoginia es un dispositivo social más de poder masculino que sirve para regular las relaciones de género, un mecanismo de sostenimiento de la hegemonía masculina. Su no cuestionamiento en espacios sociales configurados como racionales, en los que se hace gala del valor de la igualdad entre todos los seres humanos es una prueba más de esa función regulativa. Desde otra aproximación teórica, como la que sostiene Luce Irigaray, la desvalorización de las mujeres formaría parte de la intención del dominador de transformar a éstas en <
> para el intercambio entre varones: “La ley que ordena nuestra sociedad es la valorización exclusiva de las necesidades-deseos de los hombres y de los intercambios entre ellos” (1977:128). Siguiendo, de manera crítica la propuesta de Levi Strauss: mujeres, signos y mercancías son los objetos de transacción en las sociedades patriarcales. “Los <
> son objeto de uso y de transacciones exclusivamente entre hombres” (1977:128). De ahí que se reste a las mujeres cualquier atributo con los que se representa y se reconoce el poder de los varones: el poder de la palabra y la capacidad de raciocinio. Ellas se tienen que quedar fuera del logos. Por tanto, su condición estará más próxima al tenebroso mundo del sin sentido, de la animalidad, de las artimañas, de lo diabólico, de lo engañoso. Quedará justificado que sean mundos separados y en los que no puede caber ninguna ambigüedad.

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