La educacion superior frente a los desafios contemporáneos



Descargar 81.66 Kb.
Página1/3
Fecha de conversión19.12.2017
Tamaño81.66 Kb.
  1   2   3


LA EDUCACION SUPERIOR FRENTE A LOS DESAFIOS CONTEMPORÁNEOS







Carlos Tünnermann Bernheim


Lección Inaugural del Año Académico 2011

Universidad Centroamericana

Managua, Nicaragua

Dra. Mayra Luz Pérez Díaz

Rectora de la Universidad Centroamericana;

Padre Silvio Avilez Cevasco, S.J.


Vicerrector General;

Master Renata Rodrigues


Vicerrectora Académica;

Lic. Róger Uriarte


Vicerrector Administrativo;

Master Vera Amanda Solís


Secretaria General;

Señores Decanos de las diferentes Facultades;

Señores miembros del Cuerpo Diplomático;

Mi estimado amigo, Dr. Juan Arríen, ex Rector de la UCA;

Señores invitados especiales;

Señores profesores y estudiantes;

Señoras y señores:

Agradezco a la doctora Mayra Luz Pérez Díaz, Rectora de esta Casa de Estudios, la cordial invitación para dictar la Lección Inaugural del Año Académico 2011, invitación que mucho me honra, ya que la UCA ha logrado situarse en el primer lugar de la educación superior del país y figura entre las diez mejores universidades de Centroamérica. A la vez, me brinda la valiosa oportunidad de compartir, con tan selecto auditorio, algunas reflexiones sobre los desafíos y riesgos que la Universidad debe enfrentar en estas primeras décadas del siglo XXI.

Tras más de cincuenta años de dedicación a la apasionante vida universitaria, que me han permitido ser partícipe de la actividad académica de Nicaragua y de otros países de América Latina, me propongo ofrecerles mi visión de la Universidad que necesitamos para responder a los retos de la sociedad actual.

Lo que voy a exponerles no sería posible sin lo que ha significado para mí el diálogo constante con tantos colegas de diversas partes del mundo, dedicados al estudio de la Universidad como la institución más representativa de la inteligencia humana, a lo que debo añadir mis años de vinculación con la UNESCO, que me permitieron involucrarme activamente en la organización y debates de las grandes conferencias regionales y mundiales auspiciadas por este organismo sobre la problemática de la educación superior.

Seguramente, no todos los presentes estarán de acuerdo con mis opiniones. Es lo que cabe esperar, desde luego que la Universidad es el hogar natural de la disidencia y la libre discusión de las ideas.

I

Los desafíos contemporáneos

Recién hemos iniciado la segunda década de un nuevo siglo. Vivimos en una sociedad de alcance global, caracterizada por constantes cambios. Es evidente que las tendencias innovadoras que hoy día se observan en la educación superior no pueden sustraerse de la influencia de los dos fenómenos que más inciden en su desempeño: la globalización y la emergencia de las sociedades del conocimiento. Ambos han merecido amplias reflexiones de parte de los especialistas de diversas disciplinas, por lo que me limitaré a analizar su impacto en la educación superior actual y del futuro.


Como respuesta a los retos que estas manifestaciones plantean a la educación terciaria, están en marcha, en casi todas las regiones del mundo, procesos de transformación universitaria cada vez más profundos, que persiguen que la institución que llamamos “la Universidad” supere los nuevos retos y sobreviva, manteniendo incólume lo que ha sido hasta ahora su propia esencia. Así lo vislumbró la “Declaración Mundial sobre la Educación Superior para el Siglo XXI”, aprobada en París en 1998, cuando señaló que para responder a tales desafíos, las universidades debían emprender “la reforma más radical que jamás antes hayan enfrentado”.
La globalización es un proceso pluridimensional, estimulado por el acelerado adelanto tecnológico de la informática y las comunicaciones. Sin embargo, la globalización económica y financiera es la que arrastra a todas las demás dimensiones y se caracteriza por ser asimétrica: la economía global no ha conducido a la formación de una verdadera sociedad global donde sus beneficios sean equitativamente distribuidos, sino a una creciente desigualdad entre las naciones y al interior de ellas.
Frente a esta situación, ninguna otra entidad está mejor constituida como la Universidad para enfrentar este reto civilizatorio, nos advirtió el recordado Rector P. Xabier Gorostiaga, S.J. Entonces, el primer desafío que la Universidad del siglo XXI debe arrostrar es asumir críticamente la globalización, hacerla objeto de sus reflexiones e investigaciones, e introducir el estudio de su compleja problemática como un eje transversal de todos sus programas.
Sin embargo, hay que reconocer que la globalización no es per se enteramente buena ni mala. Depende de cómo las naciones se insertan en ella. Y es aquí donde la educación superior puede desempeñar un papel clave en la generación de las condiciones que permitan una inserción favorable. La globalización ofrece nuevas oportunidades para los países que saben aprovecharla; en cambio, profundiza y amplía las desigualdades económicas, financieras y científico-tecnológicas para las naciones incapaces de sacarle provecho. La pertinencia, calidad y equidad de los sistemas educativos, y particularmente del nivel superior determina, en muy buena medida, el lugar que cada país ocupa en el nuevo contexto internacional y sus posibilidades de lograr una inserción beneficiosa.
Para que la educación superior desempeñe ese rol tan importante requiere de innovaciones profundas, que hagan temblar los cimientos de nuestros sistemas educativos, tan ligados a la tradición. Y esas innovaciones no pueden seguir siendo puramente episódicas: deben consistir en un proceso permanente y contínuo. En consecuencia, debemos retar nuestra imaginación y replantearnos los objetivos, misión y funciones de las instituciones de educación superior, sin olvidar que necesitamos también una educación superior impregnada de valores, consciente de su compromiso ético y social, y puesta al servicio de la promoción de la libertad, la tolerancia, la justicia, el respeto a los derechos humanos, la preservación del medio ambiente y la cultura de paz. En síntesis, la educación superior contemporánea debe estar al servicio del paradigma compendio proclamado por las Naciones Unidas para orientar el rumbo de la sociedad en el siglo XXI: el desarrollo humano sostenible.
Entre los elementos claves para insertarnos favorablemente en la economía mundial de mercados abiertos, figura el mejoramiento substancial de nuestra competitividad y de nuestra productividad. Ambas implican conocimiento, tecnología, manejo de información, destrezas e innovación; significan elevar la calidad, pertinencia y equidad, de nuestros sistemas educativos y científicos-tecnológicos y la formación de nuestros recursos humanos de alto nivel, tal como tempranamente lo entendieron los países nórdicos, especialmente Finlandia, Irlanda y los del Sudeste asiático y se dispusieron a hacer copiosas inversiones en su gente, es decir, en sus sistemas educativos. Además, elevaron el porcentaje del P.I.B. destinado a Investigación y Desarrollo.
No se trata de hacer de la competitividad y la productividad una ideología. No podemos dejar de lado la equidad ni la garantía del respeto a la dignidad humana y la sustentabilidad ambiental. Que no nos tiente la “competitividad espúrea”, que es la que se logra reduciendo o congelando los salarios, limitando los servicios sociales básicos y atentando contra nuestra ecología. Se requiere diseñar una estrategia de desarrollo que satisfaga a la vez las exigencias del crecimiento económico y la equidad social. A propósito de la competitividad, Nicaragua se encuentra entre los países menos competitivos de América Latina, solo superado por Paraguay y Venezuela.
El sueño de quienes no estamos dispuestos a renunciar a la utopía es que el siglo XXI sea el siglo de la ética, que supere al siglo de la técnica. Será preciso construir una modernidad ética, que mantenga los valores del humanismo y de la igualdad de derechos entre todos y cada uno de los seres humanos, subordinando el poder técnico y político a los valores de la ética. En este sentido, si bien la Universidad debe generar conocimientos y dotar a sus graduados de las competencias y destrezas necesarias para el ejercicio de su especialidad, no puede descuidar su carácter de centro por excelencia del cultivo de una conciencia ética, crítica y responsable ante la problemática mundial y nacional. La Universidad no puede renunciar a su misión de institución forjadora de una cultura de responsabilidad social, que va más allá de la función de preparar el capital intelectual de alto nivel del país. La Universidad debe ser ejemplo y punta de lanza del compromiso ético para que éste impregne todas las actividades sociales, incluyendo la política, que jamás debería estar divorciada de la ética. La revalorización ética de la política llevaría a la ciudadanía, y especialmente a los jóvenes, a recuperar la credibilidad en la política como un oficio noble, cuyo fin último es el servicio al bien común y no simplemente la búsqueda del poder por el poder mismo o para enriquecerse. Esta reflexión adquiere especial importancia en los momentos que vive nuestro país, sumido en la peor crisis ética de su historia. Es hora de promover, por medio de los graduados, una nueva cultura política, de profunda raíz ética.
Por otra parte, es necesario tener presente que entre las características del conocimiento contemporáneo se encuentran las de su crecimiento cada vez más acelerado, su mayor complejidad y su tendencia a una rápida obsolescencia, todo lo cual incide en el quehacer de la Universidad. La mayor complejidad del conocimiento contemporáneo impone la interdisciplinariedad en el ejercicio de las funciones universitarias como la única manera de darle respuesta. La estructura interna del conocimiento también está hoy sujeta a cambios. Vivimos, como se ha señalado, la “era de las posibilidades o probabilidades”, donde ya no cabe dar por definitivo ningún conocimiento. Si el siglo XX fue el siglo de la búsqueda de certezas científicas y del desarrollo acelerado de las diferentes disciplinas y subdisciplinas, el presente siglo está llamado a ser el siglo de la incertidumbre, la interdisciplinariedad y la recuperación de la visión del conocimiento como una totalidad. La incertidumbre se torna en incentivo para el avance del conocimiento. A su vez, los problemas que antes se presentaban con claros contornos disciplinarios, ahora adquieren naturaleza de tareas inter y transdisciplinarias. Ya no es posible estudiar la realidad que nos rodea sin un acercamiento interdisciplinario.

Además, el conocimiento se produce en diversos ámbitos, cada vez más cercanos a su utilización y, por sus aplicaciones tecnológicas tiende a desplazarse, en los países desarrollados, de los recintos académicos a las empresas productivas, con grave riesgo para el carácter desinteresado y la naturaleza de bien público, al servicio de la humanidad, del conocimiento generado por la investigación universitaria.

La existencia de un conocimiento que no reconoce fronteras, conlleva desafíos inéditos para la educación superior contemporánea. Se habla así de la “globalización del conocimiento”, proceso que involucra a las universidades. Sin embargo, tal globalización, a menudo enmascara un proceso de corporativización del conocimiento de origen académico, con el riesgo de un mayor control de los resultados de las investigaciones universitarias por parte de las empresas, principalmente transnacionales. La Universidad, fiel a su propia esencia, debe seguir siendo el sitio de la búsqueda desinteresada del saber.

A su vez, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación están propiciando cambios culturales significativos, ligados a la llamada “cultura informática”, como son la modificación de los conceptos básicos de tiempo y espacio. La noción de realidad convive con la posibilidad de construir “realidades virtuales”, lo que plantea nuevos desafíos para la educación superior.

Para cerrar este primer punto, permítanme enumerar las que los analistas suelen llamar “las megatendencias de la sociedad contemporánea”, que de alguna manera impactan a la educación superior.


  • Una sociedad informatizada está reemplazando a la antigua sociedad industrial.

  • Tecnologías “inteligentes” sustituyen a las tradicionales.

  • Sociedades “proactivas”, con una actitud anticipatoria, se contraponen a sociedades esencialmente “reactivas”.

  • Economías nacionales globalizadas, o en proceso de serlo, desplazan a las economías nacionales.

  • Sistemas democráticos, cada vez más participativos, tornan obsoletos a los meramente representativos, y más aún, a los autoritarios, como lo acabamos de ver en el mundo árabe.

  • En el desarrollo social, se transita de visiones estratégicas de corto plazo a políticas de estado de largo plazo.

  • En la administración pública, cada vez más se impulsan los sistemas de gestión descentralizados.

  • Las organizaciones comerciales, financieras e industriales transitan de tradicionales jerarquías verticales a redes organizativas, donde preponderan las estructuras horizontales.

  • En el tejido social básico la mujer, por fortuna, desempeña un papel cada vez más protagónico.


II

Respuestas de la educación superior a los desafíos contemporáneos.
Frente a los desafíos provenientes del conocimiento contemporáneo y de la sociedad global, es urgente estructurar las respuestas de las instituciones de educación superior. En primer lugar, y ante un mundo en constante proceso de cambio, la educación permanente aparece como la respuesta pedagógica estratégica que hace de la educación asunto de toda la vida y dota a los educandos de las herramientas intelectuales que les permitan “aprender a aprender” y adaptarse a los nuevos requerimientos del mundo social y laboral, y a la expansión y obsolescencia del conocimiento. No es así extraño que la revalorización del concepto de educación permanente sea visto como el suceso más importante ocurrido en la historia de la educación de la segunda mitad del siglo XX. La educación permanente se corresponde con las características de la sociedad contemporánea, donde el aprendizaje no puede circunscribirse a los años escolares y se vuelve imperativa la reintegración del aprendizaje y la vida. Su fundamento antropológico radica en la capacidad de los seres humanos de educarse mientras viven. De esta manera, a la idea de la educación como preparación para la vida sucede la idea de la educación durante toda la vida.

El imperativo del cambio implica una Universidad al servicio de la imaginación y la creatividad, y no únicamente al servicio de una estrecha profesionalización como, desafortunadamente, ha sido hasta ahora entre nosotros. La educación superior, de cara al siglo XXI, debe asumir el cambio y el futuro como consubstanciales de su ser y quehacer.

Un resumen de las principales tendencias de la educación superior contemporánea podría ser el siguiente, para cuya elaboración he recurrido a diversas fuentes1:


  1. Expansión Cuantitativa: La matrícula de nivel superior en el mundo se ha más que duplicado en la última década, siento interesante observar que más del 50% es femenina. Sin embargo, dentro un mismo país, algunos grupos sociales no tienen igual acceso a los estudios de educación superior. Los sectores con ingresos más bajos o provenientes de regiones remotas, las minorías étnicas, los indígenas, los inmigrantes y las personas con discapacidades suelen tener porcentajes muy bajos de participación en las matrículas.

En América Latina y el Caribe, según cifras de la UNESCO, la matrícula de nivel superior pasó de 7.4 millones de estudiantes en 1995 a 15.2 millones en 2005. De este total, el 54% son mujeres. Hay países donde la educación superior privada predomina: Brasil y Chile (70%); Colombia (60%); Centroamérica (60%). En cambio la matrícula pública predomina en México (60%); Argentina (80%); Uruguay (90%) y Cuba (100%). La tasa bruta de escolaridad en el nivel superior ha pasado, en nuestra región, de 17%, a principios de la década de los noventa, a 32% en 2008.

Las instituciones de educación superior pasaron de 5.438 en 1995 (53,7% privadas) a 7.514 en el 2002 (69.2% de ellas privadas). Las universidades propiamente dichas pasaron de 812 en 1995 (60,7% privadas) a 1.213 en el 2002 (69,2% privadas).

Hay megasistemas de educación superior con más de cuatro millones de estudiantes (Brasil: 4,275.027); sistemas grandes con más de dos millones-México (2,384,858) y Argentina (2,384,858); medianos –entre un millón doscientos mil y 500,000 estudiantes- como son los casos de Chile (663,694), Colombia (1,223,594), Perú (909,315) y Venezuela (1,049,780); pequeños –entre 500,000 y 150,000 estudiantes- en países como Bolivia (346,056), Cuba (471,858), Ecuador (312,769), Guatemala (114,764), y República Dominicana (293,565); y muy pequeños –entre 500,000 y 150,000- como es el caso de Costa Rica (110,117), El Salvador (122,431), Honduras (122,874), Nicaragua (103,577), Panamá (126,242), Paraguay (149,120) y Uruguay (103,431). Los sistemas de educación superior en todo el Caribe no español –anglófono, francófono, etc.- son también muy pequeños: Jamaica (45,770), Trinidad Tobago (16,920), Santa Lucía (2,197) (UNESCO, 2007).

El 60% de la matrícula total regional de educación superior está concentrada en tres países: Brasil, México y Argentina.



La tasa de matrícula (TBM) varía de países con una tasa del 50% o más (Argentina 54%; Cuba, 61%); a países con tasas entre 30 y 50%: República Dominicana, 33%; Perú, 33%; Aruba, 34%; Bolivia, 41%; Venezuela, 41%; Uruguay, 41%; Panamá, 44%; Chile, 48%; a otros con tasas entre el 20 y el 30%: Brasil, 24%; Colombia, 29%; Costa Rica, 25%; México, 24%; Paraguay, 24%; Ecuador (20); y finalmente a los de menor tasa de matrícula de la región, por debajo del 20%: Anguila 3%; Belice, 3%; El Salvador, 19%; Guatemala, 10%; Guyana, 10%; Honduras, 16%; Jamaica, 19%; Nicaragua, 18%; Saint Lucia, 14%; Trinidad y Tobago, 12%. (UNESCO, 2007).

  1. La privatización de la educación superior se incrementa aceleradamente en América del Norte, América Latina y el Caribe, en Asia y en los países del Este de Europa y Rusia. Sólo en las regiones de Europa Occidental y África sigue predominando la educación superior pública financiada casi en su totalidad por el Estado. En América Latina, el 60% de las instituciones de educación superior son privadas, pero a ellas asiste solo el 40% de la matrícula de este nivel. El 60% concurre a instituciones públicas.

  2. El impulso hacia el perfeccionamiento de los procedimientos de gestión, la evaluación, la rendición de cuentas y los procesos de acreditación, han tenido un carácter positivo. Sin embargo, en más de una ocasión, los procesos de evaluación institucional se han vuelto burocráticos y ritualistas, y en nada han contribuido a generar una “cultura de evaluación”.

  3. Se observa una notoria carencia de actualización y flexibilidad en el currículo y en los cursos de postgrado, con la excepción de una minoría de universidades nacionales públicas y unas pocas privadas de calidad. Una característica de los currículos universitarios latinoamericanos es su excesiva frondosidad por el exagerado número de materias y créditos que se exigen para una licenciatura. En los Estados Unidos, un programa equivalente a una licenciatura generalmente requiere entre 120 y 140 créditos. En México se requieren entre 300 y 450 créditos.

  4. Paradójicamente, las instituciones de educación superior privadas son las de más alto nivel en los “ranking” internacionales y las de más bajo nivel, simultáneamente (universidades de garaje, universidades “patito”). Estas últimas suelen ser de “absorción de demanda”, pues a ellas acuden todos aquellos que no tienen los requisitos para acceder a las universidades privadas de calidad ni a las públicas, con el grave riesgo de que se gradúen legiones de profesionales destinados al fracaso y la frustración.

  5. Otro fenómeno nuevo es la emergencia de las universidades corporativas, cuya preocupación principal no es la calidad sino el negocio lucrativo. Como ejemplo podemos citar a la Universidad de Phoenix, que pertenece al Grupo Apollo. Estos consorcios cotizan en las bolsas de valores y, en algunos países, han comprado verdaderos sistemas universitarios, como sucedió en México con la adquisición, por uno de estos consorcios, del sistema de la Universidad del Valle de México. También están las universidades empresariales, creadas por las propias empresas para dar adiestramiento a su personal o generar tecnologías de punta que hagan más competitivos sus productos.




  1. Se acentúa la diversificación de las instituciones de educación superior (universidades públicas o estatales, privadas de servicio público, privadas con ánimo de lucro, empresariales y corporativas, colegios universitarios, universidades tecnológicas, institutos tecnológicos, universidades especializadas, institutos universitarios, etc...

  2. Las fuentes de financiamiento tienden a diversificarse (pago de matrículas, ventas de servicios, creación de fundaciones para generar ingresos, etc.), todo como alternativas a la financiación estatal.

  3. El modelo de financiamiento que sigue predominando en la educación superior pública latinoamericana es el histórico incremental o negociado y, en la privada, el pago de matrícula y colegiatura. Recientemente, se han introducido en las universidades públicas de algunos países (México, Chile, Argentina) otras modalidades: el presupuesto por incentivos; las asignaciones extrapresupuestarias sujetas a la introducción de determinadas reformas que interesan al Estado; fondos concursables, etc.

  4. El presupuesto promedio de la educación superior en América Latina y el Caribe es inferior al 1,5% del PIB, lo que es claramente insuficiente para satisfacer las necesidades de un sistema en desarrollo y en particular para atender las demandas nacionales de la investigación. El promedio de la inversión en Ciencia y Tecnología de los países de la región es del 0,7% del PIB. Hace ya más de treinta años que la UNESCO recomendó a nuestros países una inversión no menor del 1%. Según José Joaquín Brünner, América Latina representa el 9% de la población mundial y el 8% del P.I.B. global. Sin embargo, produce apenas el 3% de publicaciones mundialmente registradas; 0.19% de las patentes concedidas por la Oficina de Patentes de los Estados Unidos y a atrae menos del 2% de estudiantes de otras regiones. “No cuenta, dice Brünner, con ninguna Universidad entre las 100 primeras del ranking de Shanghai. La primera universidad latinoamericana en la lista, la de Sao Paulo, ocupa una posición entre los lugares 101 y 150, por debajo de las universidades de Hawai, Miami y Pisa”. El gasto total chileno en educación superior, de fuentes públicas y privadas, se estimó en aproximadamente 3.100 millones de dólares en el año 2008. Esta cifra equivale a un 54% del presupuesto de la Universidad de Pensylvania de los Estados Unidos2.

Conviene, ahora, analizar, con mayor detenimiento, las diez respuestas más importantes que la educación superior está ensayando para hacer frente a los desafíos antes reseñados.



  1. Resignificación de la función social de la Universidad y de su Autonomía. En el debate internacional ha adquirido gran relevancia el tema del compromiso social de la Universidad. Desde la Reforma de Córdoba de 1918, la función social de la Universidad se incorporó al quehacer universitario latinoamericano, más allá de las funciones clásicas de docencia, investigación y extensión. Sin embargo, en una primera etapa, se creyó que tan importante función podía ser atendida con los programas de extensión universitaria, generalmente limitados a la difusión cultural. En las últimas décadas, el concepto de “extensión universitaria”, que en un principio se refirió más que nada a la proyección del trabajo de la Universidad en su sociedad, ha evolucionado, en buena medida por la influencia de las ideas de Paulo Freire, hasta asumirse como un proceso de comunicación de doble vía entre la Universidad y la sociedad, abandonando los esquemas paternalistas o asistencialistas.

En la actualidad, se estima que la función social de la Universidad encuentra su mejor expresión cuando se identifica como el cumplimiento de su responsabilidad social. En el caso de nuestra región, la Universidad en América Latina tiene el deber histórico e ineludible de repensarse, de redefinir su misión en el momento actual y asumir resueltamente su responsabilidad social, lo que implica integrarse plenamente a su sociedad y promover un diálogo constructivo con todos los sectores que la componen.

Esto implica asumir un concepto de pertinencia social integral, es decir, estar plenamente consciente de que la relevancia de su trabajo será evaluado en función de su compromiso social y de que este genere beneficios concretos a su sociedad priorizando, por razones éticas, los sectores más desfavorecidos.

La responsabilidad social universitaria contribuye a clarificar y fortalecer la relación Universidad-Sociedad. Las cuatro funciones universitarias: gestión, docencia, investigación y extensión, cuando son ejercidas con una perspectiva ética, contribuyen a poner de manifiesto esa responsabilidad, de la que deben ser protagonistas todos los estamentos universitarios: directivos, administradores, docentes, investigadores, extensionistas y, principalmente, los estudiantes. Consecuente con este criterio y de la necesidad de una integración creativa Universidad-Sociedad, existe la posibilidad de hacer de la responsabilidad social el eje de la acción universitaria.

La Universidad es un espacio privilegiado para el desarrollo de la reflexión crítica, la formación de ciudadanos y profesionales conscientes de sus responsabilidades cívicas y comprometidos con el desarrollo humano y sostenible de su nación. Para ello, el oficio universitario debe inspirarse en los valores democráticos, la inclusión, la interculturalidad y el análisis de la problemática de su contexto para contribuir a la solución de los grandes problemas nacionales. La cultura democrática, como forma de vida, debe practicarse al interior de la Universidad. La comunidad académica debería promoverla hacia su entorno, actuando como agente clave de su vigencia y respeto en el seno de la sociedad.

Las universidades están en posición privilegiada, como sede de la inteligencia del país, para contribuir al diseño de un Proyecto de Nación. Para ello, deberían también propiciar los grandes consensos que sirvan de base a tal Proyecto y a las políticas de estado, de largo plazo, que del mismo se desprendan. Esto conduce a repensar la autonomía universitaria y pasar, de un concepto que se limita a la de defensa de la libertad académica, a otro de presencia activa en el escenario nacional y en la vida social, sin perder su carácter de centro independiente del pensamiento. No olvidemos que las sociedades miran hacia la Universidad en busca de guía y orientación.

Autonomía no significa volver por antiguos fueros medievales. Autonomía y silencio son, en mi opinión, incompatibles. Si la Universidad goza de autonomía es para ejercerla y aprovechar su disfrute de libertad para opinar responsablemente. La Universidad que guarda silencio ante su problemática, menosprecia su autonomía. Sin el ejercicio proactivo de la autonomía se frustran buena parte de los fines más nobles de la Universidad.

Varios analistas coinciden en afirmar que en las universidades estatales de América Latina, uno de los mayores riesgos que corre la autonomía universitaria es la influencia de grupos de poder, afiliados a determinados partidos políticos, que impiden a la institución el cabal desempeño de su función crítica por la identificación de estos grupos con las políticas partidarias o gubernamentales. De esta manera, castran las posibilidades de cultivar en las nuevas generaciones la conciencia crítica y limitan su formación como ciudadanos. Ser ciudadano cabal de una nación es el título más honroso al que una persona puede aspirar. Como lo recomienda la UNESCO, “es ahora importante que los Centros de Educación Superior desempeñen un papel aún mayor en el fomento de los valores éticos y morales en la sociedad y dediquen especial atención a la promoción, entre los futuros graduados, de un espíritu cívico de participación activa”.
Cobra aquí actualidad el pensamiento de Mariano Fiallos Gil, Padre de nuestra Autonomía Universitaria, cuando afirmaba: “La autonomía es libre pensamiento, libre exposición de ideas, controversia, ejercicio responsable de la inteligencia, discusión sin tabúes de ninguna clase, ya que el objetivo de la Universidad es el de la formación de hombres libres en una sociedad libre”… “Creo en la Universidad”, nos dice Carlos Fuentes, y añade: “Para que la cultura viva, son indispensables espacios universitarios en los que prive la reflexión, la investigación y la crítica, pues estos son los valladares que debemos oponer a la intolerancia, al engaño y a la violencia”… “Universidad y totalitarismos son incompatibles”.




  1. Compartir con tus amigos:
  1   2   3


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad