La Doctrina Secreta 1



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INTRODUCCIÓN


“Amable para oír, bondadoso para juzgar”


SHAKESPEARE. (Enrique V. Prólogo.)
Desde que apareció la literatura teosófica en Inglaterra, se ha hecho costumbre llamar a sus enseñanzas “Buddhismo Esotérico”. Y habiendo llegado a ser una costumbre, sucede lo que dice un antiguo refrán basado en la experiencia de todos los días: “El error se precipita por un plano inclinado, mientras que la verdad tiene que ir penosamente cuesta arriba”.

Los antiguos aforismos son, con frecuencia, los más sabios. Es difícil que la mente humana permanezca enteramente libre de prejuicios; y con frecuencia se formulan opiniones decisivas antes de que un asunto haya sido examinado por completo, bajo todos sus aspectos. Digo esto con referencia al doble error que prevalece, ya limitando la Teosofía al Buddhismo, ya confundiendo los principios de la filosfía religiosa predicada por Gautama, el Buddha, con las doctrinas presentadas a grandes rasgos en el Esoteric Buddhism. Difícilmente podría imaginarse nada más erróneo que esto. Ha facilitado a nuestros enemigos un arma eficaz contra la Teosofía, porque como ha dicho con mucha razón un eminente sabio pali, en el volumen citado no había “ni esoterismo ni Buddhismo”. Las verdades esotéricas exhibidas en la obra de Mr. Sinnett, han cesado de ser esotéricas desde el momento en que han visto la luz pública; tampoco contiene el libro la religión de Buddha, sino tan solamente unos cuantos principios de enseñanzas hasta la fecha ocultas, y que son ahora completadas y explicadas por otras muchas más, en los volúmenes presentes. Pero aun estos últimos, a pesar de que dan a luz muchos de los principios fundamentales de LA DOCTRINA SECRETA del Oriente, sólo levantan una de las puntas del tupido velo. Porque a nadie, ni aun al más grande de entre todos los Adeptos vivientes, le sería permitido, ni podría aunque se le permitiese, declarar de golpe a un mundo burlón e incrédulo, lo que tan eficazmente ha permanecido oculto durante largas edades.

El Buddhismo Esotérico es una excelente obra con un título muy desdichado, si bien no da a entender más que el título de la presente obra: LA DOCTRINA SECRETA. Ha sido desdichado, porque las gentes siempre acostumbran juzgar las cosas por las apariencias más bien que por su significación, y porque el error se ha hecho ahora tan universal, que hasta la mayor parte de los miembros de la Sociedad Teosófica han venido a ser víctimas del mismo. Desde el principio, sin embargo, los brahmanes y otros protestaron contra el título; y para hacerme justicia a mí misma, debo decir que el Buddhismo Esotérico me fue presentado como un volumen completo, y que yo no tenía la menor noticia de la manera como pensaba el autor escribir la palabra “Budh-ismo”.

La responsabilidad de esto recae por completo sobre aquellos que habiendo sido los primeros en llamar la atención sobre el asunto, omitieron indicar la diferencia que existe entre “Buddhismo”, el sistema religioso de moral predicado por Gautama, denominado así por su título de Buddha, el “Iluminado”; y “Buddhismo”, de Budha, “Sabiduría o Conocimiento (Vidyâ), la facultad de conocer, procedente de la raíz sánscrita Budh, conocer. Nosotros los teósofos de la India somos los verdaderos culpables, si bien por aquel entonces hicimos todo lo posible para corregir el error (1). Hubiera sido fácil evitar esta deplorable confusión; bastaba alterar la escritura de la palabra, y de común acuerdo, pronunciar y escribir “Budhismo”, en lugar de “Buddhismo”.



Esta explicación es absolutamente necesaria al principio de una obra como ésta. La Religión de la Sabiduría es la herencia de todas las naciones del mundo, a pesar de la afirmación que figura en el Buddhismo Esotérico (2), de que, “dos años hace (o sea en 1883), ni yo, ni ningún otro europeo viviente, conocíamos el alfabeto de la Ciencia, aquí por vez primera expresado en forma científica”, etc. Este error debe haberse deslizado por inadvertencia. La que estas líneas escribe, conocía todo cuanto fue “divulgado” en el Buddhismo Esotérico, y mucho más muchos años antes de llegar a contraer el deber (en 1880) de comunicar una pequeña porción de LA DOCTRINA SECRETA a dos caballeros europeos, uno de los cuales era el autor de Buddhismo Esotérico; y sin duda alguna esta escritora posee el indudable privilegio, para ella más bien equívoco, de ser europea por su nacimiento y por su educación. Además, una porción considerable de la filosofía expuesta por Mr. Sinnett fue enseñada en América, aun antes de publicarse Isis sin Velo, a dos europeos y a mi colega, el Coronel H. S. Olcott. De los tres maestros que este último ha tenido, el primero fue un Iniciado húngaro, el segundo egipcio y el tercero indo. Conforme al permiso otorgado, el Coronel Olcott ha dado publicidad a algunas de estas enseñanzas, de diversas maneras; si los otros dos no lo han hecho, ha sido simplemente porque no se les ha permitido, por no haberles llegado todavía su hora para dedicarse a la obra externa. Pero llegó para otros, y los varios e interesantes libros de Mr. Sinnett son una prueba tangible de ello. Es importante, además, tener siempre presente, que ninguna obra teosófica adquiere el menor aumento de valor por razón de pretendida autoridad.

Âdi o Âdhi Budha, el Uno, o la Primera, y Suprema Sabiduría, es un término usado por Ârtâsanga en sus tratados secretos, y en la actualidad por todos los místicos Buddhistas del Norte. Es una palabra sánscrita, y una denominación dada por los primitivos arios a la Deidad desconocida; no encontrándose la palabra “Brahmâ” ni en los Vedas ni en las obras primitivas. Significa la Sabiduría Absoluta y Fitzedward Hall traduce Âdibhûta, la “primitiva causa increada de todo”. Debieron transcurrir evos de duración indecible, antes de que el epíteto de Buddha fuera humanizado, por decirlo así, para aplicarlo a los mortales, y apropiarlo finalmente a uno, cuyas virtudes y sabiduría incomparables dieron motivo a que le fuera concedido el título de “Buddha de la Sabiduría inmutable”. Bodha significa la posesión innata de la inteligencia o entendimiento divino; Buddha, la adquisición de la misma por los esfuerzos y méritos personales; mientras que Buddhi es la facultad de conocer, el canal por el que el conocimiento divino llega al Ego, el discernimiento del bien y del mal, y también la conciencia divina, y el alma espiritual, que es el vehículo de Âtmâ. “Cuando Buddhi absorbe nuestro Ego-tismo (lo destruye) con todos sus Vikâras (3), Avalokiteshvara, se nos manifiesta, y se alcanza el Nirvâna o Mukti”; Mukti es lo mismo que Nirvâna, o sea la libertad de los lazos de Mâyâ, o la ilusión. Bodhi es igualmente el nombre de un estado particular de condición extática, llamado Samâdhi, durante el cual el sujeto alcanza el punto más elevado del conocimiento espiritual.

Son unos ignorantes aquellos que, en su ciego y hoy día intempestivo odio al Buddhismo, y por reacción al Budhismo, niegan sus enseñanzas esotéricas que son también las de los brahmanes, simplemente porque el nombre les sugiere lo que para ellos, como monoteístas, son doctrinas perniciosas. Ignorantes, es el término correcto que debe emplearse para su caso, puesto que la Filosofía Esotérica es la única capaz de resistir en esta época de materialismo craso e ilógico, los ataques repetidos a todo cuanto el hombre tiene por más querido y sagrado en su vida espiritual interna. El verdadero filósofo, el estudiante de la Sabiduría Esotérica, pierde por completo de vista las personalidades, las creencias dogmáticas y las religiones especiales. Además, la Filosofía Esotérica reconcilia todas las religiones, despoja a cada una de ellas de sus vestiduras humanas exteriores, y demuestra que la raíz de cada cual es idéntica a la de las demás grandes religiones. Ella prueba la necesidad de un Principio Divino y Absoluto en la Naturaleza. Ella no niega la Deidad como no niega el Sol. La Filosofía Esotérica jamás ha rechazado a Dios en la Naturaleza, ni a la Divinidad como al Ente abstracto y absoluto. Rehusa únicamente aceptar los dioses de las llamadas religiones monoteístas; dioses creados por el hombre a su propia imagen y semejanza, caricaturas impías y miserables del Siempre Incognoscible. Por lo demás, los archivos que vamos a presentar al lector, abrazan los principios esotéricos del mundo entero, desde el principio de nuestra humanidad; y en ellos el ocultismo Buddhista ocupa su lugar correspondiente, y no más. A la verdad, las porciones secretas del Dan o Janna (Dhyâna) (4) de la metafísica de Gautama, por grandes que aparezcan a los que no están enterados de los principios de la Religión de la Sabiduría de la antigüedad, constituyen tan sólo una pequeña porción del total. El Reformador indo limitó sus enseñanzas públicas al aspecto puramente moral y fisiológico de la Religión de la Sabiduría, a la ética y al hombre únicamente. Las cosas “invisibles e incorpóreas”, el misterio del Ser fuera de nuestra esfera terrestre, no fueron tratados en manera alguna por el gran Maestro en sus enseñanzas públicas, reservando las verdades ocultas para un círculo selecto de sus Arhats. Estos últimos recibían la iniciación en la famosa Cueva Saptaparna (la Sattapanni de Mahâvansa) cerca del Monte Baibhâr (el Webhâra de los manuscritos palis). Esta cueva estaba en Râjâgriha, la antigua capital de Magadha, y era la Cueva Cheta de Fa-hian, como justamente sospechan algunos arqueólogos (5).

El tiempo y la imaginación humana disminuyeron la pureza y la filosofía de estas enseñanzas, cuando, durante el curso de su obra de proselitismo, fueron trasplantadas del círculo secreto y sagrado de los Arhats, a un suelo menos preparado para las concepciones metafísicas que la India; o sea, en cuanto fueron llevadas a China, Japón, Siam y Birmania. La manera como fue tratada la prístina pureza de estas grandes revelaciones, puede verse estudiando algunas de las llamadas escuelas buddhistas “esotéricas” de la antigüedad en su aspecto moderno, no solamente en China y en otros países buddhistas en general, sino hasta en no pocas escuelas del Tibet, abandonadas al cuidado de Lamas no iniciados y de innovadores mongoles.

Así es, que el lector debe tener presente las muy importantes diferencias que existen entre el Buddhismo ortodoxo, o sea las enseñanzas públicas de Gautama el Buddha, y su Budhismo esotérico. Su Doctrina Secreta no difiere, sin embargo, en manera alguna de la de los brahmanes iniciados de su tiempo. El Buddha era hijo del suelo ario, un indo, un Kshatriya, discípulo de los “nacidos dos veces” (los brahmanes iniciados) o Dvijas. Sus enseñanzas, por tanto, no podían ser diferentes de las doctrinas de aquéllos, pues toda la reforma buddhista consistió sencillamente en revelar una parte de lo que había permanecido secreto para todos los hombres que estaban fuera del “círculo encantado” de los iniciados del Templo y de los ascetas. No pudiendo, por razón de sus votos, enseñar todo cuanto le había sido comunicado, y a pesar de que Buddha enseñó una filosofía fundada en la base del verdadero conocimiento esotérico, participó al mundo únicamente el cuerpo material externo de aquélla, y guardó su alma para sus elegidos. Muchos orientalistas que se dedican al chino, han oído hablar de la “doctrina del alma”. Ninguno parece haber comprendido su verdadera significación e importancia.

Aquella doctrina fue conservada en secreto, en demasiado secreto quizás, dentro del santuario. El misterio que envolvía su dogma principal y sus aspiraciones más exaltadas, el Nirvâna, ha llamado e irritado tanto la curiosidad de los sabios que lo han estudiado, que siendo incapaces de resolverlo de una manera lógica y satisfactoria desatando el nudo Gordiano, han preferido cortarlo, declarando que el Nirvâna significa la absoluta aniquilación.

Hacia el final del primer cuarto de este siglo, apareció en el mundo una clase de literatura especial, cuyas tendencias de año en año se han hecho más definidas. Basada, según dice ella misma, en las sabias investigaciones de sanscritistas y orientalistas en general, ha sido considerada como científica. A las religiones, mitos y emblemas de la India, de Egipto y de otros pueblos antiguos, se les ha hecho decir todo lo que deseaba el simbologista que expresasen, dando así con frecuencia la ruda forma exterior, en lugar de la significación interna. Aparecieron en rápida sucesión obras notabilísimas por sus ingeniosas especulaciones y deducciones formadas en círculo vicioso, por colocarse generalmente conclusiones anticipadas en vez de premisas, en los silogismos de varios sabios sánscritas o palis; y así fueron inundadas las bibliotecas con disertaciones más bien sobre el culto fálico o sexual que sobre el verdadero simbolismo, contradiciéndose además unas a otras.

Ésta es quizás la verdadera razón porque hoy se permite que vean la luz, después de millares de años del silencio y secreto más profundos, los bosquejos de unas pocas verdades fundamentales de la Doctrina Secreta de las Edades Arcaicas. Digo de propósito “unas pocas verdades”, porque lo que debe permanecer sin decirse, no podría contenerse en un centenar de volúmenes como éste, ni puede ser comunicado a la presente generación de saduceos. Pero aun lo poco que hoy se publica es preferible a un silencio completo acerca de estas verdades vitales. El mundo actual, en su loca carrera hacia lo desconocido, que el físico se halla demasiado dispuesto a confundir con lo incognoscible siempre que el problema escapa a su comprensión, progresa rápidamente en el plano opuesto al de la espiritualidad. El mundo se ha convertido hoy en un vasto campo de combate, en un verdadero valle de discordia y de perpetua lucha, en una necrópolis en donde yacen sepultadas las más elevadas y más santas aspiraciones de nuestra alma espiritual. Aquella alma se atrofia y paraliza más y más a cada generación nueva. Los “amables infieles y cumplidos calaveras” de la sociedad de que habla Greeley, se interesan bien poco por la renovación de las ciencias muertas del pasado; pero existe una noble minoría de estudiantes entusiastas, que tienen derecho a aprender las pocas verdades que pueden serles dadas hoy; y ahora mucho más que hace diez años, cuando Isis sin Velo apareció, o que cuando las últimas tentativas para explicar los misterios de la ciencia esotérica fueron publicadas.

Las Estancias preliminares darán motivo a una de las mayores, y quizás más seria objeción de las que pueden hacerse, en contra de la corrección de la obra y de la confianza que merezca. ¿Cómo pueden comprobarse las declaraciones contenidas en ellas? A la verdad, aunque la mayor parte de las obras sánscritas, chinas y mongolas citadas en los volúmenes presentes, son conocidas por algunos orientalistas, la obra principal, aquella de la cual las Estancias han sido tomadas, no figura en las bibliotecas europeas. El LIBRO DE DZYAN (o DZAN) es completamente desconocido a nuestros filólogos, o al menos ninguno de ellos ha oído hablar de él bajo este nombre. Esto es, sin duda alguna, un grave obstáculo para todos aquellos que siguen los métodos de investigación prescriptos por la ciencia oficial; pero para los estudiantes de Ocultismo y para todo ocultista verdadero, esto tendrá poca importancia. El cuerpo principal de las doctrinas dadas, se encuentra esparcido en centenares y aun millares de manuscritos sánscritos, algunos ya traducidos, y como de costumbre desfigurados en sus interpretaciones, y otros esperando todavía que les llegue el turno. Todo hombre de ciencia, por lo tanto, tiene medios de comprobar las afirmaciones y la mayor parte de las citas que se hacen. será difícil encontrar la procedencia de unos pocos hechos nuevos (nuevos únicamente para el orientalista profano), así como la de algunos pasajes de los Comentarios que se citan. Varias de las enseñanzas también han sido hasta la fecha transmitidas oralmente; pero aun estas mismas, hállanse en todo caso indicadas en los casi innumerables volúmenes de la literatura de los templos brahmánicos, chinos y tibetanos.

Sea como fuese, y cualquiera que sea la suerte reservada a la autora por parte de la crítica malévola, un hecho es por lo menos completamente cierto. Los miembros de varias escuelas esotéricas, cuyo centro se halla más allá de los Himalayas y cuyas ramificaciones pueden encontrarse en China, Japón, la India, el Tibet y hasta en Siria, como también en la América del Sur, aseguran que tienen en su poder la suma total de todas las obras sagradas y filosóficas, tanto manuscritas como impresas, de hecho todas las obras que se han escrito, en cualesquiera lenguajes o caracteres, desde que comenzó el arte de la escritura, desde los jeroglíficos ideográficos, hasta el alfabeto de Cadmo y el Devanâgari.

Constantemente han afirmado que desde la destrucción de la Biblioteca Alejandrina (6), todas las obras que por su carácter hubieran podido conducir a los profanos al descubrimiento final y comprensión de alguno de los misterios de la Ciencia Secreta, han sido buscadas con diligencia, gracias a los esfuerzos combinados de los miembros de estas Fraternidades. Y añaden además aquellos que lo saben, que una vez encontradas todas estas obras fueron destruidas, salvo tres ejemplares de cada una que fueron guardados cuidadosamente. En la India, los últimos de estos inestimables manuscritos, fueron guardados en un sitio oculto durante el reinado del Emperador Akbar.

El profesor Max Müller declara que ni el soborno ni las amenazas de Akbar fueron capaces de arrancar a los brahmanes el texto original de los Vedas, y sin embargo, se jacta de que los orientalistas europeos lo poseen (7). Es muy dudoso que Europa posea el texto completo, y quizás reserve el porvenir sorpresas muy desagradables para los orientalistas. Se afirma también que todos los libros sagrados de esta especie, cuyo texto no se hallaba suficientemente velado por el simbolismo, o que contenía referencias directas a los antiguos misterios, fueron en primer término cuidadosamente copiados en caracteres criptográficos, tales como para desafiar el arte del más hábil de los paleógrafos, y destruidos después hasta el último ejemplar. Durante el reinado de Akbar, algunos cortesanos fanáticos. disgustados por la pecaminosa curiosidad del Emperador hacia las religiones de los infieles, ayudaron por sí mismos a los brahmanes a ocultar sus manuscritos. Uno de aquéllos fue Badâoni, el cual experimentaba un horror no disimulado hacia la manía de Akbar por las religiones idólatras.

Escribe Badâoni en su Muntakhab at Tawârikh:


Como ellos (los Shrâmanas y Brahmanes) sobrepujan a todos los hombres sabios en sus tratados de moral y sobre ciencias físicas y religiosas, y alcanzan un altísimo grado en su conocimiento del porvenir, en su poder espiritual y en la perfección humana, han presentado pruebas fundadas en razones y en testimonios... y han inculcado sus doctrinas tan firmemente... que ningún hombre... podía ser capaz de dar lugar a que Su Majestad dudase, aun cuando las montañas se convirtiesen en polvo, o se desgarraran de pronto los cielos... S. M. se permitió entrar en averiguaciones referentes a las sectas de estos infieles, que no pueden ser contados, dado lo numerosos que son, y que poseen un sinfín de libros revelados (8).
Esta obra “se conservó en secreto, y no fue publicada hasta el reinado de Jahângir”.

Además, en todas las grandes y ricas Lamaserías existen criptas subterráneas y bibliotecas en cuevas excavadas en la roca, siempre que los Gonpa Lhakhang se hallen situados en las montañas. Más allá del Tsaydam occidental, en los solitarios pasos de Kuen-lun, existen varios de estos sitios ocultos. A lo largo de las cumbres de Altyn-tag, cuyo suelo no ha llegado a pisar todavía planta alguna europea, existe una reducida aldea perdida en una garganta profunda. Es un pequeño grupo de casas, más bien que un monasterio, con un templo de miserable aspecto, y un Lama anciano, un ermitaño, que vive próximo a él para estar a su cuidado. Dicen los peregrinos que sus galerías y aposentos subterráneos contienen una colección de libros, cuyo número, según las cifras que se citan, es demasiado grande para poder colocarse ni aun en el Museo Británico.

Según la misma tradición, las regiones en la actualidad desoladas y áridas del Tarim (un verdadero desierto en el corazón del Turkestán) estaban cubiertas en la antigüedad de ciudades ricas y florecientes. Hoy apenas algunos verdes oasis rompen la monotonía de su terrible soledad. Uno de ellos, que alfombra el sepulcro de una enorme ciudad, enterrada en el suelo arenoso del desierto, no pertenece a nadie, pero es visitado con frecuencia por mongoles y buddhistas. La tradición habla también de inmensos recintos subterráneos, de anchas galerías llenas de ladrillos y cilindros. Puede ser un rumor sin fundamento, y puede ser un hecho real.

Es muy probable que todo esto provoque una sonrisa de duda. Pero antes de que el lector ponga en tela de juicio la veracidad de lo dicho, deténgase y reflexione acerca de los siguientes hechos, bien conocidos. Las investigaciones colectivas de los orientalistas, y en especial los trabajos verificados durante los últimos años por los que se han dedicado al estudio de la Filología comparada y de la Ciencia de las Religiones, les han hecho comprender que un incalculable número de manuscritos, y aun de obras impresas que se sabe han existido, no se encuentran en la actualidad. Han desaparecido sin dejar el menor rastro tras de sí. Si no hubiesen sido obras de importancia, se hubieran podido dejar perecer en el curso ordinario del tiempo, y aun sus nombres mismos se hubieran borrado de la memoria humana. Pero no es así; porque, como se asegura ahora, la mayor parte de ellas contenían las verdaderas claves de obras existentes en la actualidad, y que son enteramente incomprensibles para la mayor parte de sus lectores, sin aquellos volúmenes adicionales de comentarios y de explicaciones.

Tal sucede, por ejemplo, con las obras de Lao-tse, el predecesor de Confucio. Se dice de él que escribió 930 libros sobre ética y religión, y 70 sobre magia: un millar entre todos. Su gran obra, el Tao-te-King, el corazón de su doctrina y la escritua sagrada del Tao-sse, contiene tan sólo, como lo demuestra Estanislao Julien, “alrededor de 5.000 palabras” (9), en una docena escasa de páginas; aunque el profesor Max Müller dice que “el texto es ininteligible sin comentarios, de tal modo, que Mr. Julien tuvo que consultar a más de 60 comentadores con motivo de su traducción, de los cuales el más antiguo procedía del año 163 antes de Cristo”, y no de época anterior, como vemos. Durante los cuatro siglos y medio que precedieron a este “más antiguo” de los comentadores, hubo tiempo más que suficiente para ocultar la verdadera doctrina de Lao-tse a todos, menos a sus sacerdotes iniciados. Los japoneses, entre quienes se encuentran en la actualidad los más sabios sacerdotes adeptos de Lao-tse, se ríen simplemente ante los disparates e hipótesis de los europeos eruditos en chino; y la tradición afirma que los comentarios que a nuestros sinólogos de Occidente han llegado, no son los verdaderos documentos ocultos, sino velos intencionados; y que tanto los verdaderos comentarios, como casi todos los textos, han desaparecido hace largo tiempo de los ojos de los profanos.

Sobre las obras de Confucio, leemos:


Si nos volvemos a China, nos encontramos con que la religión de Confucio estrá fundada en los Cinco King, y en los cuatro libros Shu, en sí mismos de extensión considerable y acompañados de comentarios voluminosos, sin los cuales ni aun los más eruditos pueden aventurarse a sondear las profundidades de su canon sagrado (10).
Pero no las han sondeado, y ésta es precisamente la queja de los confucionistas, como lo deploró en 1881 en París uno de los más sabios de estos.

Si nuestros eruditos dirigen la mirada a la antigua literatura de las religiones semíticas, a las Escrituras de Caldea, la hermana mayor y maestra, si no el origen, de la Biblia Mosaica, base y punto de partida del Cristianismo, ¿qué es lo que encuentran? ¿Qué es lo que queda para perpetuar la memoria de las antiguas religiones de Babilonia, para consignar en los anales el vasto ciclo de observaciones astronómicas de los magos caldeos, para justificar la tradición de su literatura espléndida y eminentemente oculta? Solamente unos pocos fragmentos que, según se dice, son de Beroso.




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