La Doctrina Secreta 1



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ESTANCIA VII

LOS PADRES DEL HOMBRE EN LA TIERRA

1. HE AQUÍ EL PRINCIPIO DE LA VIDA INFORME SENCIENTE (a). PRIMERO, EL DIVION

(b) (1), EL UNO, QUE PROCEDE DEL ESPÍRITU DE LA MADRE (2); DESPUÉS, EL ESPI-

RITUAL (3); (c) (4) LOS TRES EMANANDO DEL UNO (d), LOS CUATRO EMANANDO

DEL UNO (e), Y LOS CINCO (f), DE LOS CUALES PROCEDEN LOS TRES, LOS CINCO Y

LOS SIETE (g). ESTOS SON LOS TRIPLES Y LOS CUÁDRUPLES HACIA ABAJO; LOS

HIJOS NACIDOS DE LA MENTE DEL PRIMER SEÑOR (5), LOS SIETE RESPLANDECIEN-

TES (6). ELLOS SON TÚ, YO, ÉL, ¡OH, LANÚ!, LOS QUE VELAN SOBRE TI Y TU MADRE,

BHÛMI (7).
(a) La Jerarquía de los Poderes Creadores está dividida esotéricamente en Siete (cuatro y tres), dentro de los Doce grandes Órdenes, que recuerdan los doce signos del Zodíaco; estando los siete de la escala en manifestación, relacionados además con los Siete Planetas. Todos estos se hallan subdivididos en grupos innumerables de Seres divinos espirituales, semiespirituales y etéreos.

La principales Jerarquías entre éstas, se hallan ligeramente apuntadas en el Gran Cuaternario o los “cuatro cuerpos y las tres facultades”, exotéricamente, de Brahmâ, y el Panchâsya, los cinco Brahmâs, o los cinco Dhyâni-Buddhas en el sistema buddhista.

El grupo más elevado hállase compuesto por aquellas a que se da el nombre de las Llamas Divinas, de las cuales se habla también como de los “Leones de Fuego” y de los “Leones de Vida”, cuyo esoterismo hállase con seguridad oculto en el signo zodiacal de Leo. Son el nucléolo del Mundo superior Divino. Son los Soplos Ígneos Informes, idénticos en un aspecto a la Tríada Sephirotal superior, que los kabalistas colocan en el Mundo Arquetipo.

La misma Jerarquía, con los mismos números, se encuentra en el sistema japonés, en los “Principios”, tal como lo enseñan las sectas shinto y buddhista. En este sistema, la Antropogénesis precede a la Cosmogénesis; pues lo Divino se sumerge en lo humano, y crea -a mitad de camino en su descenso en la materia- el Universo visible. Los personajes legendarios, observa reverentemente Omoie, “tienen que ser comprendidos como la encarnación estereotipada de la doctrina superior (secreta), y de sus verdades sublimes”. El exponer este antiguo sistema por completo, nos quitaría mucha parte del espacio de que disponemos; pero unas pocas palabras con referencia al mismo no estarán fuera de lugar. Lo siguiente es un breve compendio de esta Antropo-Cosmogénesis, y nos demuestra de qué modo tan fiel las naciones más apartadas repetían la misma enseñanza arcaica.

Cuando todo era aún Caos (Kon-ton), tres seres espirituales aparecieron en el plano de la creación futura: 1º, Ame no ani naka nushi no Kami, “el Divino Monarca del Cielo Central”; 2º, Taka mi onosubi no Kami, “la Producción Exaltada, Imperial y Divina del Cielo y de la Tierra”; y 3º, Kamu mi musubi no Kami, “la Producción de los Dioses”, sencillamente.

Aquellos seres carecían de forma o de substancia -nuestra Tríada Arûpa-, pues ni la substancia celeste ni la terrestre se habían diferenciado todavía, “ni la esencia de las cosas había sido formada”.

(b) En el Zohar -el cual, tal como se halla hoy día arreglado y reeditado por Moisés de León, en el siglo XIII, con el auxilio de cristianos gnósticos de Siria y de Caldea, y corregido y revisado después por muchas manos cristianas, es tan sólo un poco menos exotérico que la Biblia misma-, este “Divino (Vehículo)” ya no se presenta como en el Libro de los Números caldeo. A la verdad, Ain Suph, la No-cosa Sin Límites Absoluta, usa también la forma del Uno, el “Hombre Celeste” manifestado (la Primera Causa), como su Carro (Mercabah en hebreo, Vâhana en sánscrito) o Vehículo, para descender y manifestarse en el mundo de los fenómenos. Pero los kabalistas ni dicen claro cómo puede lo Absoluto hacer uso de algo o ejercitar atributo alguno, desde el momento en que, como Absoluto, hállase desprovisto de atributos; ni explican lo que en realidad sea la Primera Causa (el Logos de Platón), la idea original y eterna, que se manifiesta por medio de Adam Kadmon, el Segundo Logos, por decirlo así. En el Libro de los Números se explica que Ain (En, o Aiôr) es lo único existente por sí mismo, mientras que su “Océano”, el Bythos de los gnósticos, llamado Propatôr, es tan sólo periódico. El último es Brahmâ, como diferenciado de Brahman o Parabrahman. Es el Abismo, el Origen de la Luz o Propatôr, que es el Logos Inmanifestado o la idea abstracta, y no Ain Suph, cuyo Rayo emplea Adam Kadmon (“macho y hembra”) o el Logos Manfiestado, el Universo objetivo, a manera de Carro con el cual ha de manifestarse. Pero en el Zohar leemos la siguiente incongruencia: “Senior occultatus est, et absconditus; Microprosopus manifestus est, et non manifestus” (8). Esto es una falacia, desde el momento en que Microprosopus, o el Microcosmo, puede tan sólo existir durante sus manifestaciones, y es destruido durante los Mahâpralayas. La Kabalah de Rosenroth no sirve de guía; antes bien, con mucha frecuencia es origen de confusión.

El Primer Orden es el Divino. Lo mismo que en el sistema japonés, en el egipcio y en cada una de las antiguas cosmogonías, en esta Llama divina, el “Uno”, se encienden los Tres Grupos descendentes. Teniendo su existencia potencial en el Grupo superior, se convierten ahora en Entidades determinadas y separadas. Se les llama las Vírgenes de la Vida, la Gran Ilusión, etc., y colectivamente la estrella de seis puntas. Esta última, en casi todas las religiones, es el símbolo del Logos como emanación primera. Es el signo de Vishnu en la India, el Chakra, o Rueda; y el emblema del Tetragrammaton, “El de las Cuatro Letras”, en la Kabalah, o metafóricamente, “los Miembros del Microposopus”, que son diez, y seis, respectivamente.



Los últimos kabalistas, y en especial los místicos cristianos, han destrozado de una manera lastimosa este magnífico símbolo. A la verdad, el Microprosopus -que es, filosóficamente hablando, completamente distinto del Logos inmanifestado y eterno “uno con el Padre”-, después de siglos de esfuerzos incesantes, de sofismas y de paradojas, ha llegado finalmente a ser considerado como uno con Jehovah, el Dios uno viviente (!), al paso que Jehovah no es, después de todo, más que Binah, un Sephira femenino. Nunca se repetirá bastante este hecho, para que el lector se fije bien en ello. Pues los “Diez Miembros” del Hombre Celestial son los diez Sephiroth; pero el primer Hombre Celestial es el Espíritu Inmanifestado del Universo, y jamás debió de ser degradado en el Microprosopus, la Faz o Aspecto Menor, el prototipo del hombre en el plano terrestre. El Microprosopus es, como se ha dicho, el Logos manifestado, y de estos hay muchos. Acerca de esto nos ocuparemos después. La estrella de seis puntas se refiere a las seis Fuerzas o Poderes de la Naturaleza, a los seis planos, principios, etc., todos sintetizados por el séptimo o punto central en la Estrella. Todos estos, incluyendo las Jerarquías superiores e inferiores, emanan de la Virgen de los Cielos o Celeste, la Gran Madre en todas las religiones, el Andrógino, el Sephira Adam Kadmon. Sephira es la Corona, Kether, en el principio abstracto únicamente, como una x matemática, la cantidad desconocida. En el plano de la Naturaleza diferenciada, ella es la imagen femenina de Adam Kadmon, el primer Andrógino. La Kabalah enseña que las palabras “Fiat Lux” (9) se referían a la formación y evolución de los Sephiroth, y no a la luz como oposición a las tinieblas. El rabino Simeón dice:
¡Oh, compañeros, compañeros! El hombre como emanación, era a la par hombre y mujer, Adam Kadmon verdaderamente, y éste es el sentido de las palabras “Hágase la Luz, y la Luz fue hecha”. Éste es el hombre doble (10).
En esta Unidad, la Luz Primordial es el principio séptimo o más elevado; Daiviprakriti, la Luz del Logos Inmanifestado. Pero en esta diferenciación se convierte en Fohat o los “Siete Hijos”. La primera se halla simbolizada por el punto central en el Triángulo Doble; el segundo, por el hexágono mismo, o los “Seis Miembros” del Microprosopus; siendo el séptimo Malkuth, la “Desposada” de los kabalistas cristianos o nuestra Tierra. De aquí las expresiones:

El primero después del Uno, es el Fuego Divino; el segundo, el Fuego y el Éter; el tercero está compuesto de Fuego, Éter y Agua; el cuarto, de Fuego, Éter, Agua y Aire. El Uno no se halla relacionado con los Globos poblados de hombres, sino con las Esferas internas invisibles. El Primogénito es la VIDA, el Corazón y el Pulso del Universo; el Segundo es su MENTE o Conciencia.

Estos elementos, Fuego, Agua, etc., no son nuestros elementos compuestos, y esta “Conciencia” no tiene relación con nuestra conciencia. La conciencia del “Uno manifestado”, si no absoluta, es todavía incondicionada. Mahat, la Mente Universal, es la primera producción del Brahmâ Creador, y también de Pradhâna, la Materia no diferenciada.

(c) El Segundo Orden de Seres Celestiales, los del Fuego y el Éter, correspondientes al Espíritu y el Alma, o Âtmâ-Buddhi, cuyos nombres son legión, carecen todavía de forma, pero son más definidamente “substanciales”. Constituyen la primera diferenciación en la Evolución Secundaria o “Creación”, que es una palabra engañosa. Como el nombre lo indica, ellos son los prototipos de las Jivas o Mónadas que se encarnan, y están constituidos por el Espíritu Ígneo de la Vida. Al través de estos pasa, a manera de luz pura, el Rayo que ellos suministran con su vehículo futuro, el Alma Divina, Buddhi. Se hallan directamente relacionados con las Huestes del Mundo superior de nuestro sistema. De estas Unidades Dobles emanan las “Triples”.

En la cosmogonía del Japón, cuando saliendo de la masa caótica aparece un núcleo a manera de huevo, que contiene el germen y la potencia de toda vida, tanto universal como terrestre, es lo Triple ahora citado lo que se diferencia. El principio (Yo) masculino etéreo asciende; y el principio femenino más grosero o más material (In) se precipita en el universo de substancia, cuando tiene lugar una separación entre lo celestial y lo terrestre. De éste, el femenino, la Madre, nace el primer ser objetivo y rudimentario. Es etéreo, sin forma ni sexo, y sin embargo, de éste y de la Madre nacen los Siete Espíritus Divinos, de quienes emanarán las siete “creaciones”; exactamente del mismo modo que en el Codex Nazaraeus, de Karabtanos y de la Madre Spiritus, nacen los siete espíritus de “mala disposición” (materiales). Sería demasiado largo dar aquí los nombres japoneses; pero una vez traducidos figuran en este orden:

1º El “Célibe Invisible”, que es el Logos Creador del “Padre” que no crea, o la potencialidad creadora de este último, manifestada.

2º El “Espíritu (o el Dios) de los Abismos sin rayos (Caos)”, el cual se convierte en materia diferenciada o material para mundos; también el reino mineral.

3º El “Espíritu del Reino Vegetal”, de la “Vegetación Abundante”.

4º El “Espíritu de la Tierra” y el “Espíritu de las Arenas”; Ser de naturaleza doble, conteniendo la primera la potencialidad del elemento masculino y la segunda la del elemento femenino. Estos dos eran uno, aun inconscientes de ser dos.

En esta dualidad se hallaban contenidos: (a) Isu no gai no Kami, el Ser masculino, obscuro y muscular; y (b) Eku gai no Kami, el Ser femenino, blanco, más débil o más delicado. Después

5º y 6º Espíritus que eran andróginos o de doble sexo.

7º El Séptimo espíritu, el último emanado de la “Madre”, aparece como la primera forma divina y humana determinadamente varón y hembra. Fue la séptima “creación”, como en los Purânas, en donde el hombre es la séptima creación de Brahmâ.

Estos Tsanagi-Tsanami descendieron al Universo por el Puente Celestial, la Vía Láctea; y percibiendo “Tsanagi a grande profundidad una masa caótica de nubes y agua, arrojó a los océanos su lanza cubierta de piedras preciosas, y la tierra seca apareció. Después separáronse los dos para explorar a Onokoro, el mundo-isla nuevamente creado”. (Omoie).

Tales son las fábulas exotéricas japonesas; la corteza que oculta el núcleo de la misma verdad que la Doctrina Secreta.

(d) El Tercer Orden corresponde a Âtmâ-Buddhi-Manas: Espíritu, Alma, e Inteligencia, y es llamado las “Treíadas”.

(e) El Cuarto Orden lo forman Entidades substanciales. Éste es el grupo más elevado entre los Rûpas (Formas Atómicas). Es el plantel de las Almas humanas, conscientes y espirituales. Son llamados los “Jivas Imperecederos”, y constituyen, al través del orden inferior al suyo, el primer Grupo de la primera Hueste Septenaria -el gran misterio del Ser humano consciente e intelectual. Pues este último es el campo donde yace oculto, en su privación, el Germen que caerá en la generación. Este Germen se convertirá en la potencia espiritual, en la célula física que guía el desenvolvimiento del embrión, y que es la causa de la transmisión de las facultades hereditarias, y todas las cualidades inherentes en el hombre. La teoría darwinista, sin embargo, acerca de la transmisión de las facultades adquiridas, no es enseñada ni aceptada en Ocultismo. Para este último, la evolución procede en líneas por completo distintas; lo físico, según la enseñanza esotérica, se desenvuelve gradualmente de lo espiritual, mental y psíquico. Esta alma interna de la célula física -el “plasma espiritual” que domina al plasma germinal- es la llave que debe abrir un día las puertas de la terra incognita del biólogo, llamada ahora el obscuro misterio de la Embriología.

Es digno de observarse que mientras la química moderna rechaza como una superstición del Ocultismo y también de la Religión la teoría de los Seres substanciales e invisibles llamados Ángeles, Elementales, etc. (sin haberse fijado, por supuesto, en la filosofía de estas Entidades incorpóreas, o meditado acerca de las mismas), se haya visto obligada inconscientemente gracias a la observación y a los descubrimientos, a adoptar y reconocer la misma razón de progresión y de orden en la evolución de los átomos químicos que el Ocultismo acepta, tanto para sus Dhyânis como para sus Átomos -siendo la analogía su primera ley-. Como se ha visto antes, el mismo Grupo primero de los Ángeles Rûpa es cuaternario, añadiéndose un elemento a cada uno de ellos en el orden descendente. De igual modo son los átomos, adoptando la nomenclatura química, monoatómicos, diatómicos, triatómicos, tetratómicos, etc., al progresar hacia abajo.

Téngase presente que el Fuego, el Agua y el Aire del Ocultismo, o los llamados “Elementos de la Creación primaria”, no son los elementos compuestos que figuran en la tierra, sino Elementos noumenales homogéneos: los Espíritus de aquéllos. Siguen después los Grupos o Huestes Septenarias. Colocados en un diagrama, en líneas paralelas con los átomos, se verá que las naturalezas de estos Seres corresponden de una manera matemáticamente idéntica, en cuanto a analogía, en su escala de progresión hacia abajo, a los elementos compuestos. Esto se refiere tan sólo, por supuesto, a diagramas hechos por ocultistas; pues si la escala de Seres Angélicos fuese colocada paralelamente con la escala de los átomos químicos de la Ciencia -desde el hipotético helio hasta el uranio- se las encontraría desde luego diferentes. Porque en el Plano Astral, los últimos tienen como correspondientes, sólo los cuatro órdenes inferiores; siendo los tres principios más elevados en el átomo, o más bien la molécula o elemento químico, perceptibles únicamente al ojo del Dangma iniciado. Pero si la química desease encontrarse en el camino recto, tendría que corregir su arreglo tabular con arreglo al de los ocultistas, lo cual rehusaría hacer. En la Filosofía Esotérica, cada partícula física corresponde y depende de su nóumeno superior, el Ser a cuya esencia pertenece; y, arriba como abajo, lo Espiritual se desenvuelve de lo Divino, lo Psicomental de lo espiritual -viciado en su plano inferior por lo astral-, desplegándose toda la Naturaleza animada y la (al parecer) inanimada en líneas paralelas, y diseñando sus atributos tanto de arriba como de abajo.

El número siete, aplicado al término Hueste Septenaria, arriba mencionado, no implica tan sólo siete Entidades, sino siete Grupos o Huestes, como se ha explicado antes. El Grupo más elevado, los Asuras nacidos en el primer cuerpo de Brahmâ, que se convirtió en “Noche”, son septenarios; esto es, están divididos, como los Pitris, en siete clases, tres de las cuales son Arûpa (sin cuerpo) y cuatro con cuerpo (11). Son de hecho más bien nuestros Pitris (Antepasados), que los Pitris que proyectaron el primer hombre físico.

(f) El Quinto Orden es muy misterioso, pues se halla relacionado con el Pentágono microcósmico, la estrella de cinco puntas, que representa al hombre. En la India y en Egipto, estos Dhyânis estaban relacionados con el Cocodrilo, y su mansión está en Capricornio. Pero estos términos son transmutables en la astrología inda; pues el décimo signo del Zodíaco, que es llamado Makara, se ha traducido libremente por “Cocodrilo”. La palabra misma es interpretada de varias maneras en Ocultismo, como se hará ver más adelante. En Egipto, el difunto -cuyo símbolo es el pentágono o la estrella de cinco puntas que representan los miembros de un hombre- era presentado emblemáticamente transformado en un cocodrilo. Sebekh, o Sevekh (o “Séptimo”), como dice Mr. Gerald Massey, mostrando que es el tipo de la inteligencia es, en realidad, un dragón, no un cocodrilo. Es el “Dragón de la Sabiduría” o Manas, el Alma Humana, la Mente, el Principio Inteligente, llamado en nuestra filosofía esotérica el Quinto Principio.

Dice el difunto “Osirificado” en el Libro de los Muertos o Ritual , bajo el emblema de un Dios multiforme con cabeza de cocodrilo:
Yo soy el cocodrilo que preside en el temor. Yo soy el Dios-cocodrilo a la llegada de su Alma entre los hombres. Yo soy el Dios-cocodrilo traído para la destrucción.
Alusión a la destrucción de la pureza espiritual divina, cuando el hombre adquiere el conocimiento del bien y del mal; y también a los Dioses o ángeles “caídos” de todas las teogonías.
Yo soy el pez del gran Horus (como Makara es el “Cocodrilo”, el vehículo de Varuna). Yo estoy sumergido en Sekhem (12).
Esta última sentencia corrobora y repite la doctrina del “Buddhismo” esotérico, puesto que alude directamente al Quinto Principio (Manas), o más bien a la porción más espiritual de su esencia, que se sumerge en Âtmâ-Buddhi, es absorbida y se identifica con él después de la muerte del hombre. Pues Sekhem es la residencia, o Loka, del dios Khem (Horus-Osiris, o Padre e Hijo); de aquí el Devachan de Âtmâ-Buddhi. En el Libro de los Muertos se ve al Difunto entrando en Sekhem con Horus-Thot, y “saliendo del mismo como espíritu puro”. Así el difunto dice:
Yo veo las formas de (mí mismo, como varios) hombres transformándose eternamente... Yo conozco este (capítulo). Aquel que lo conoce... asume toda clase de formas vivientes (13).
Y dirigiéndose con fórmula mágica a lo que en el esoterismo egipcio se conoce por el “corazón hereditario”, o el principio que reencarna, el Yo permanente, dice el Difunto:
¡Oh, corazón mío, mi corazón hereditario, preciso para mis transformaciones... no te separes de mí ante el guardián de las balanzas!” Tú eres mi personalidad dentro de mi pecho, compañero divino que velas sobre mis carnes (cuerpo) (14).
En Sekhem es en donde reside oculta la “Faz Misteriosa”, o sea el hombre real bajo la falsa personalidad, el triple cocodrilo de Egipto, el símbolo de la Trinidad superior o Tríada humana: Âtmâ, Buddhi y Manas.

Una de las explicaciones del verdadero significado oculto de este emblema religioso egipcio, es fácil. El cocodrilo es el primero en esperar y recibir los fuegos ardientes del sol de la mañana, y muy pronto llegó a personificar el calor solar. Al salir el sol, era como la llegada a la tierra y entre los hombres “del alma divina que anima a los Dioses”. De ahí el extraño simbolismo. La momia se revestía con la cabeza de un cocodrilo, para mostrar que era un Alma que llegaba de la tierra.

En todos los antiguos papiros, se llama al cocodrilo Sebekh (Séptimo); el agua simboliza también, esotéricamente, el quinto principio; y como ya se ha dicho, Mr. Gerard Massey demuestra que el cocodrilo era la “Séptima Alma, la suprema de las siete, el Vidente invisible”. Aun esotéricamente, Sekhem es la residencia del Dios Khem, y Khem es Horus vengando la muerte de su padre Osiris; por tanto, castigando los pecados del hombre cuando éste se convierte en un Alma desencarnada. Así el difunto “osirificado” se convierte en el Dios Khem, que “espiga el campo del Aanroo”, o sea que recoge su premio o su castigo; pues aquel campo es la región celestial (Devachan) en donde al difunto se le da trigo, el alimento de la justicia divina. El quinto Grupo de los Seres Celestiales se supone que contiene en sí mismo los dobles atributos de ambos aspectos del Universo, el espiritual y el físico; los dos polos, por decirlo así, de Mahat, la Inteligencia Universal, y la doble naturaleza del hombre, la espiritual y la física. De aquí que su número Cinco, duplicado y convertido en Diez, lo relaciona con Makara, el décimo signo del Zodíaco.

(g) Los Órdenes Sexto y Séptimo participan de las cualidades inferiores del Cuaternario. Son Entidades conscientes y etéreas, tan invisibles como el Éter, que brotan a manera de los renuevos de un árbol, del primer Grupo central de los Cuatro, y a su vez hacen brotar de sí innumerables Grupos secundarios, de los cuales, los inferiores son los Espíritus de la Naturaleza o Elementales, de especies y variedades infinitas; desde los informes e insubstanciales -los Pensamientos ideales de sus creadores- hasta los atómicos, organismos invisibles para la percepción humana. Estos últimos son considerados como los “espíritus de átomos”, pues constituyen el primer escalón (hacia atrás) desde el átomo físico (criaturas sencientes, si no inteligentes). Todos ellos se hallan sujetos al Karma, y tienen que agotarlo en cada ciclo. Pues, según la Doctrina enseña, no existen seres privilegiados en el Universo, sea en el nuestro o en otros sistemas, sea en los mundos externos o internos (15), tales como los Ángeles de la religión occidental y de la judaica. Un Dhyân Chohan tiene que llegar a serlo; no puede nacer o aparecer súbitamente en el plano de la vida como un Ángel en pleno desarrollo. La Jerarquía Celestial del Manvántara presente se encontrará transportada en el siguiente ciclo de vida a Mundos superiores más elevados, y hará lugar para una nueva Jerarquía compuesta de los elegidos de nuestra humanidad. La existencia es un ciclo interminable dentro de la Eternidad Absoluta, en que se mueven innumerables ciclos internos, finitos y condicionados. Dioses creados como tales, no demostrarían mérito personal alguno al ser Dioses. Una clase semejante de Seres (perfectos únicamente en virtud de la naturaleza especial e inmaculada inherente en ellos), a la faz de una humanidad que sufre y lucha, y aun de la creación inferior, sería el símbolo de una injusticia eterna de carácter por completo satánico, un crimen siempre presente. Es una anomalía y una imposibilidad en la Naturaleza. Por lo tanto, los “Cuatro” y los “Tres” tienen que encarnarse lo mismo que todos los demás seres. Este Sexto Grupo, por otra parte, permanece casi inseparable del hombre, que deriva de él todos sus principios, a excepción del más elevado y del inferior, o su espíritu y cuerpo, siendo los cinco principios humanos intermedios la esencia misma de estos Dhyânis. Paracelso los llama los Flagae; los cristianos, los Ángeles Custodios; los ocultistas, los Antepasados, los Pitris. Ellos son los Dhyân Chohans Séxtuples, que poseen en la composición de sus cuerpos los seis Elementos espirituales; es decir, hombres de hecho, menos el cuerpo físico.

Solamente el Rayo Divino, el Âtman, procede directamente del Uno. Cuando se pregunta: ¿cómo puede ser esto? ¿Cómo es posible concebir que estos “Dioses” o Ángeles sean a un mismo tiempo sus propias emanaciones y sus mismas personalidades? ¿Es en el mismo sentido que en el mundo material, donde el hijo es (en cierto modo) su padre, puesto que es su sangre, el hueso de sus huesos y la carne de su carne? A esto los Maestros contestan: así es, en verdad. Pero ha de haberse penetrado profundamente en el misterio del Ser, antes que pueda comprenderse por completo esta verdad.




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