La doctrina del tiempo en la literatura de jorge luis borges



Descargar 329.25 Kb.
Página1/13
Fecha de conversión10.12.2017
Tamaño329.25 Kb.
Vistas391
Descargas0
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


LA DOCTRINA DEL TIEMPO EN LA LITERATURA DE JORGE LUIS BORGES

INTRODUCCIÓN

Las viejas creaciones de la filosofía, tales como el tiempo, el ser, la identidad, la eternidad, las causas, lo otro y el otro, Borges las lleva a la literatura y las enriquece por la formulación de los mismos en lo perceptivo sensual; ofreciendo otra mirada, otras perspectivas de los mismos. Puestos en proceso, en la corriente de la vida pensable; a través de la ficción. La filosofía es una ficción, sólo hay interpretaciones en ella, no hay hechos. A la pregunta ¿Qué es la vida? El escritor nos contesta: el relato, las narraciones que la literatura nos ofrece.

Coincide con Nietzsche al decir que la metafísica es un juego de dudas, de las dudas que llamamos metafísica. La ve como un género intermedio entre la literatura y la filosofía. Metafísica es un género singular que se levanta frente a las perplejidades y dudas de la vida. Se pregunta por ellas y por la vida misma. A través de conjeturas y paradojas despliega un discurso sobre el ser, la vida, el tiempo, la identidad junto a otros temas. Despliega una metafísica que se construye por su posición frente al lenguaje, a la polivalencia del lenguaje con el que no se puede conocer ni la realidad exterior ni la interior, igual posición que Mauthner. El lenguaje arrastra consigo tiempo, es un índice de memoria, que sólo es posible en el individuo; es un hermoso medio artístico, pero mala herramienta del conocer.

En Borges se reúnen la imaginación, la especulación y un punto de humor que parece básico en toda reflexión filosófica y en todo texto literario. Dirá de ella: “Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo Despliega una metafísica que se construye por su posición frente al lenguaje, a la polivalencia del lenguaje con el que no se puede conocer ni la realidad exterior ni la interior, igual posición que Mauthner. El lenguaje arrastra consigo tiempo, es un índice de memoria, que sólo es posible en perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad”1En sus escritos desarrolla una visión del mundo en la que están presentes los saberes de la convivencia de varias culturas y sus literaturas. El trabajo de extraer la memoria literaria de Borges de sus textos más representativas nos llevan a sorpresas constantes; verificar la existencia de una enciclopedia china que lleva por título Emporio Celestial de conocimientos benévolos, o poder vislumbrar una línea que va desde Zenón de Elea hasta Kafka, pasando por Kierkegaard, Leon Bloy, Lord Dunsany y Robert Browning configuran un Borges casi mago, poseedor de infinidad de secretos recursos, un Borges lector del que es imposible prescindir2. En sus escritos, literatura y filosofía se integran, se confunden, se alimentan mutuamente. Ana María Barrenechea a propósito de ello y comentando con Borges, dice: “La filosofía le enseña a dudar de las palabras y, a la inversa, la desconfianza en el lenguaje- que es una ordenación del mundo- le hace descreer de la metafísica y de la posibilidad de encontrar un orden en el universo”. A punto de culminar el proceso de desrealización del mundo para la psique de Borges, es lógico que abandone la confianza en el lenguaje. “El mundo apariencial es un tropel de percepciones (…). El lenguaje es un ordenamiento eficaz de esa enigmática abundancia del mundo. Dicho sea con otras palabras: los sustantivos se los inventamos a la realidad…”. El discurso de la filosofía es el intento de pasar “el orden de la vida al orden de las palabras, para finalmente resignar el resultado último de su disolución y de todas las representaciones que se hacen de ella, en la vida misma. En la corriente interminable de la vida. La filosofía actúa la vida y esta es su manera de representarla. También lo hace la literatura, aunque no construye sistemas; “Sabemos que no el desocupado jardinero Adán, sino el diablo (…) fue el que bautizó las cosas del mundo. Sabemos que el lenguaje es como la luna y tiene su hemisferio de sombra. Cualquier idioma es un conjunto caótico de símbolos, inepto para la comprensión del universo”

A raíz de su Premio Internacional de Editores de 1961, Borges declaró en una entrevista: “… hay algo que siempre me interesó y aún me aterró desde que yo era niño. Ese algo es, como ya lo sabe quien haya hojeado mis libros, el problema del tiempo, la perplejidad del tiempo, el infinito remolino del tiempo”. Con versos como “El tiempo está viviéndome” o “el tiempo irá viviéndome” se expresa esta garra de lo temporal. La literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no lo es. El libro no es un ente incomunicado, es un eje de innumerables relaciones. Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída. Un libro es un diálogo, una forma de relación; en el diálogo, un interlocutor no es la suma o promedio de lo que dice: puede no hablar y traslucir que es inteligente, puede emitir observaciones inteligentes y traslucir estupidez. Con la literatura ocurre lo mismo. El libro y el mundo se devuelven eterna e infinitamente sus imágenes reflejadas, es el poder indefinido de reverberación. En el mundo está también actuando no sólo el poder de hacer, también ese gran poder de fingir, de falsificar y de engañar, cuyo producto es la obra de ficción. En la literatura lo esencial es que esta sea impersonalmente, en cada libro, la unidad inagotable de un solo libro y la repetición laboriosa de todos los libros. Si el mundo pudiera ser exactamente traducido y repetido en un libro, perdería todo comienzo y todo fin, y se convertiría en ese volumen esférico, finito y sin límites que todos los hombres escriben y en donde son escritos. Sería el mundo pervertido en la suma infinita de sus posibles. La literatura no es un simple engaño, es el peligroso poder de ir hacia lo que es por la infinita multiplicidad de lo imaginario. El simulacro que denuncia Borges, seguro de la tensión que le anima, se llama metáfora, personaje, trama, se llama literatura y sus autores: convocado y desechado en un mero texto. También se llama Borges, también yo: “Mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro”. Muy temprano recalca Borges su descreimiento ante el espejismo de esa dualidad de “magias parciales”, claramente enunciada y asumida por sus textos. Toda ficción existe de palabra en el relato3.

El tiempo sólo es refutable en lo sensitivo, pero no en lo intelectual, ya que él es una delusión que se aproxima a la eterna repetición de lo mismo. Hay una vocación secreta del hombre en refutar el tiempo4.

Lo que parece innegable es que se trata de un escritor filosófico, que desarrolla ideas filosóficas desde una dimensión literaria. Que relaciona contextos diferentes y valora lo fantástico de una creencia antes que su verdad ontológica. Entendió, todo el tiempo, que las invenciones de la filosofía no son menos fantásticas que las del arte. Aunque no haya sido un filósofo en el sentido profesional del término, ha hecho un gran número de aportes a esta disciplina.    Borges,  comparte junto a Lewis Carroll, el honor de ser el autor no científico, no filosófico (en el sentido profesional, académico del término), más citado en obras de filosofía y de ciencia.  Numerosos ensayos y tratados contienen líneas extraídas de sus obras.  Michel Foucault cita en su libro Las Palabras y Las Cosas, un párrafo tomado del Manual de Zoología Fantástica.  Además de ser citado, también está siendo objeto de estudio por parte de personas que no sólo se interesan literariamente por él.  Las historias de Borges, sus argumentos, sus “Teorías”, sus sacrificios, han despertado la curiosidad de algunos que ven en ellos, algo más que simples juegos expresivos,  dándose a la tarea de interpretarlos, de leerlos a la luz de diversas disciplinas, en una suerte de búsqueda de claves, de meta-mensajes.  Y es que lo grande, lo maravilloso en Borges es precisamente eso, que tras lo placentero, lo lúdico, lo festivo que resulta su lectura, subyace siempre, ese elemento inquietante que nos lleva al asombro, esa cierta perplejidad que nos hace imaginar y razonar activamente ante la zozobra espléndida que significa estar rodeado de misterios5.

El dilema sobre el tiempo y sus tópicos se encuentra en muchos de sus textos. En la construcción narrativa, los tópicos del tiempo (especialmente el eterno retorno, el tiempo circular, el karma,) pueden asumir facetas sorprendentes. Con todo y teniendo en cuenta el trasfondo metafísico de su obra, podría afirmarse que hace de su interpretación y de los mitos sobre el tiempo sus mejores textos. Transforma el acto de narrar en acto civilizatorio que nos conduce como lectores a una multidimensionalidad de la cultura y nos permite vivir otras vidas sin dejar de ser nosotros mismos. Frente al tiempo horizontal, al extenso de la cronología, hay otro vertical, en profundidad: el instante de éxtasis, inmóvil, que se desprende de la temporalidad para cobrar existencia autónoma. Borges lo ha sentido, y poetizado en torno a ese tiempo puntual, íntimo y entrañable. Pero Borges tuvo demasiada inquietud filosófica para dejarse sumir por el lirismo. Presume como Schopenhauer que el tiempo y el espacio son proyecciones mentales; el mundo existe en tanto se lo piense, necesita para no desaparecer de una voluntad que constantemente se lo represente. Todo proviene de un núcleo inmutable. Nuestro lenguaje resulta precario y engañoso; pretende constituirse en correlato de la realidad y ha urdido el antes, el ahora y el después, inválidos para decir el tiempo verdadero, aquel que se sitúa más allá de todo lo contingente6.

La valoración de la obra de Jorge Luis Borges precisa comprender la visión de mundo que subyace en sus relatos. Sus tópicos recurrentes -carácter ilusorio de la realidad, revelación, orden y caos, anverso y reverso, laberinto, mundo como sueño de Alguien, violencia, coraje, venganza- no sólo son ideas alucinantes que no abandonan la obra literaria borgeana; son imágenes reiteradas en su ficción que apuntan a un conflicto vital profundo. Su obra puede considerarse algo así como un producto aluvional. En ella se entrecruzan y conviven la poesía gauchesca con la de Islandia, la de Keats y la de Dante, los cuentos de las Mil y una noches, con los de Poe, los versos de Withman, los de Homero y los de Carriego, la novela de Cervantes con la de Joyce y la de Flaubert, el sueño de Chuang Tzu con el de Macedonio Fernández. En este país literario están también los filósofos y con ellos sus ideas, preguntas y obsesiones: la identidad, el tiempo, la verdad, el conocimiento, la realidad, el infinito y la ficción. Todas estas viejas creaciones de la filosofía, en su obra dejan su lugar de origen para trasladarse a la literatura y transformarse. Borges se ha acercado muchas veces y de diversas maneras a ese gran problema de la metafísica y lo ha utilizado como uno de los pretextos preferidos para inventar ingeniosos juegos literarios. Usó esas doctrinas para componer piezas como: El tiempo circular, La doctrina de los ciclos, Nueva refutación del tiempo pero también usó otras más imaginativas, más fantásticas, singulares como la doctrina de la reversibilidad temporal, o la doctrina de la bifurcación del tiempo. En esta el tiempo es divergente, arborescente, ramificado hasta el infinito como en El jardín de senderos que se bifurcan. La consideración estética de las diversas doctrinas filosóficas que aparecen en su obra, constituye una auténtica superación de la Metafísica. Si bien todo parece secundario frente a la presencia literaria; es imposible encontrar nada en él que no respire literatura.

Borges le niega a la filosofía valor cognoscitivo pero le otorga valor estético, trata en muchos casos el pensamiento discursivo como una variable de la imaginación creativa, de la fabulación. No cree que el conocimiento sea posible. La realidad de la vigilia no parece diferir mucho de la realidad del sueño. Escéptico de la realidad y de los sistemas filosóficos, la duda lo lleva a considerar una continuidad ontológica entre el sueño y la vigilia.

Con Fritz Mauthner sostiene frente al lenguaje una posición de escepticismo radical; refiriéndose a las enormes limitaciones que imponen nuestros sentidos al conocimiento de la realidad y la naturaleza misma del lenguaje. Tenemos conocimiento de la relación, de la falta de vínculo entre el mundo externo, el de la realidad y los sonidos del lenguaje. Las palabras nunca engendran conocimiento, son tan solo herramienta de la poesía. Esta posición escéptica lleva a Borges a estructurar una teoría de la literatura. El lenguaje es el último y el más profundo problema del pensamiento filosófico, ya que la estructura del conocimiento es lingüística.

Borges descree totalmente del lenguaje en cuanto que con él se pretenda sobrepasar el “hecho estético” de su uso mismo. “Al hombre solo le fue dado el lenguaje, esa mentira y la absoluta nadería de esas anchurosas palabras, de nada sirven para acercar al hombre a lo que en verdad le interesa7”.

Las fuentes filosóficas y místicas fundamentales en las cuales basa la estructura de su universo filosófico (budismo, judaísmo, Heráclito, Platón, neoplatónicos, neo-idealismo insular y voluntarismo) están con el objeto de ensalzar la transformación literaria de estas ideas. A su vez, consagra poco espacio a los filósofos contemporáneos (Bergson, Jaspers, Heidegger) con los que de algún modo polemizó o cuyas ideas comentó, ninguno de ellos puede ensalzar el fenómeno de la transformación literaria de estas ideas filosóficas.

Subyace en la obra de Borges dos grandes interrogantes: ¿Puede el hombre intuir el universo?, ¿Es posible penetrar en el mundo inasible de la verdad? Las posibles soluciones a estas preguntas nos llevan a la comprensión cabal del sentido y significación de las ficciones de Borges8.

Sus alusiones a problemas metafísicos, históricos o políticos son siempre y ante todo referencias que él resucita y convierte en literarias. Sus formulaciones invitan más a la intuición que a la conceptualización; a apreciar los valores estéticos de la filosofía desmitificando los discursos serios. En sus textos no se siguen las teorías totales de los autores, ni se puede afirmar que sean objeciones a todos los sistemas filosóficos que tratan. Usa ciertas proposiciones para elaborar su ficción9. Crítico con lo infecundo del vuelo especulativo de la filosofía, se identifica con aquellos que tienden a reducir y simplificar la realidad: se declara a si mismo nominalista. “Es aventurado pensar que una coordinación de palabras (otra cosa no son las filosofías) pueda parecerse mucho al universo10

Tomó de las investigaciones de los nominalistas medievales (Occam, Roscelino, Abelardo) tres temas centrales: El primero, Si los universales existen en la realidad o sólo en el entendimiento. El segundo, Si existiendo en sí son corpóreos o incorpóreos. Y el tercero, Si están en las cosas sensibles o separadas de ellas. Serán en torno a estos tres temas las disputas medievales entre nominalistas y realistas.

Para Jaime Rest es evidente que Borges se alistó en la línea de pensamiento que conforma Aristóteles-nominalismo-idealismo nominalista. Si bien la refutación más memorable del nominalismo aparece en Funes el memorioso y su estrategia para rebatir esta tesis es su reducción al absurdo. Refuta estas ideas mediante una estrategia argumentativa común a la literatura, la filosofía, incluso la ciencia: el experimento mental.

El idealismo de Berkeley aparece en muchos escritos de Borges, es su modo de argumentar lo que más le interesa. Sus afinidades con él son más en aquellas cosas en que coincide con el nominalismo. Esta coincidencia no viene dada por el lado del idealismo metafísico sino por su empirismo en el ámbito gnoseológico y su negación de la existencia de ideas abstractas, hecho que permite encuadrarlo dentro del nominalismo. Las cosas existen sólo en tanto que son percibidas, no hay consecuentemente otras sustancias que no sean espirituales, o lo que es lo mismo, las que son capaces de percibir. El nominalismo de Borges conduce al escepticismo. En cambio, el de su inspirador, Berkeley se mantiene. Nuestro poeta se ha tomado en serio las ideas que desarrolla, ha pensado el mundo desde ellas otorgándoles cierta credibilidad, y en ese desarrollo ha llegado a vislumbrar sus limitaciones. Llega a la refutación no por la vía de la negación de ciertas ideas sino más bien por su superación.

La facultad llamada razón, entendida en su uso argumentativo, no es para Borges una vía privilegiada para hacer filosofía. El mejor modo para captarlas consiste en hacerlas vivenciales e intuitivas, no en argumentar a favor de ellas. La ficción puede realizar mejor ese papel que la no-ficción. Los relatos están protagonizados por seres concretos, aunque sean ficticios y no por “el hombre” con quien nadie puede identificarse directamente. La ficción apela siempre en un primer momento a la representación sensible del lector, no tanto a su entendimiento11.

¿Qué clase de discurso es el de la filosofía? Es un discurso trágico por excelencia. Siempre hay un orden de determinación superior que marca un destino para el hombre: no saber de la muerte, no saber del mal, ni de la vida misma. Solo en un plano de determinación estaría la verdad, aunque solo revelada a un intérprete, a un lector a un tercero. El que debe situarse fuera del fluir de la vida, de la narración, del orden cifrado de las cosas para situar una posible verdad.

Marcado por la obra de Schopenhauer acierta a plantear metáforas de contenido filosófico y sacarle partido literario a la filosofía, al decir por ejemplo que la escolástica es una mala costumbre, o que toda labor intelectual es humorística.

“Pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra”12

Deseaba para sí una literatura que se liberara de la cronología del tiempo, de allí que la lectura de Schopenhauer, filósofo de cabecera, le haya brindado las nociones que más se ajustaban a este deseo y las cuales asimiló hondamente. Con él compartía su ideal de negación del Yo, y del escaso valor que merece nuestra identidad personal. La reducción del Yo defendida por Borges permite borrar las diferencias que nos separan de los demás a partir de la posibilidad de vivenciar cualquier experiencia ajena, no solo aquellas que se consideran universales. Sin embargo todas las negaciones postuladas, la de la sucesión temporal, el yo, el universo, sirven para mitigar, pero no para anular, la perplejidad. Dirá en El laberinto dentro del Elogio de la sombra “He olvidado los hombres que antes fui; sigo el odiado camino de monótonas paredes que es mi destino. Rectas galerías/ que se curvan en círculos secretos / al cabo de los años (…) Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte/ es fatigar las largas soledades/ que tejen y destejen este Hades. (…) Nos buscamos los dos.” (p.365)13. El Yo no existe, se lo puede suponer sólo como una ilusión o como una necesidad lógica con que pretendemos oponernos a la sucesión temporal; “Quiero abatir la excepcional preeminencia que hoy suele adjudicarse al yo”. Quería negar la existencia de un yo coherente, continuo y además dominante. El Yo no puede ser la suma de diferentes situaciones anímicas ni la posesión privativa de algún erario de recuerdos. Finalmente precisaba: “Yo no niego esa conciencia de ser, ni esa seguridad del aquí estoy, que el yo alienta en nosotros. Lo que niego es que las demás convicciones deban ajustarse a la consabida antítesis entre el yo y el no-yo, y que esta sea constante”14.

Una de las causas de esta perplejidad, es nuestro destino, es espantoso pero no por tener que aceptar que es irreal, lo es porque no está en nuestras manos cambiarlo, no lo podemos alterar. La existencia del destino implica la del tiempo y la de la identidad personal. Aunque neguemos como real el tiempo obra sobre nosotros y nosotros somos el tiempo. “A recordar que el tiempo es la diversa/ Trama de sueños ávidos que somos/ Y que el secreto Soñador dispersa”15 y más adelante en los versos 27 y 28 “Hoy es ayer. Eres los otros / cuyo rostro es el polvo. Eres los muertos”. Aunque nos desagrade, el mundo es real y de un neto sabor escéptico y pesimista. El mundo consiste en esta objetivación de la voluntad, y esta dinámica del sujeto se desarrolla obviamente en el tiempo comprendido como la imagen de las aguas fugitivas de un río, como la imagen del hombre mismo. Frente a esta “perdida sucesiva” y constante de la vida del hombre en las aguas del tiempo, Borges desea encontrar un espejo del universo, de esa fuerza que es la base de todos los destinos, de todas las vidas16.

Para nuestro poeta el tiempo es el problema central de la Metafísica y es natural que se transforme en uno de los temas centrales de su narrativa. Temas tales como el punto microscópico que puede contener el universo, un minuto que puede cifrar la eternidad, etc. son ejemplos de esta centralidad pasada a su literatura. Escribe en un ensayo acerca del problema del tiempo: “Como dijo Schopenhauer, la música no es algo que se agrega al mundo; la música ya es el mundo. En ese mundo sin embargo, tendríamos siempre el tiempo. Porque el tiempo es la sucesión (…) No sé si al cabo de veinte o treinta siglos de meditación hemos avanzado mucho el problema del tiempo. Yo diría que siempre sentimos esa antigua perplejidad, esa que sintió mortalmente Heráclito en aquel ejemplo al que vuelvo siempre: nadie baja dos veces al mismo río”17. El concepto de tiempo que Borges tiene es básicamente esta imagen, esta perplejidad de saberes fluctuantes e insignificantes percibidos del mundo. Cree en una eternidad presente y en que los hombres somos infinitos; dos conceptos de la recepción de El Mundo como Voluntad y Representación: la trilogía temporal se da en el presente y la anulación del Yo, conecta al hombre con la voluntad, con la infinita fuerza e intencionalidad del mundo.

Borges asimila de Schopenhauer la insignificancia del individuo y al mismo tiempo su importancia dentro de una trama cósmica; la inconmensurable posibilidad de llenarse de infinito, en tanto que relativizando su yo, logre conectarse con el universo. En este sentido rebate el tópico pero no lo refuta. En sus narraciones el universo aparece como un caos, como un laberinto insondable para la inteligencia humana como un conglomerado de metáforas. La eternidad y el infinito son las dimensiones aplicables a tal mundo. Nos dice: “el infinito es el hijo del tiempo y, en cambio, la eternidad es hija de los hombres”. En el filósofo la sucesión es la esencia del tiempo, sobre ella se conforma el principio de razón, pero bajo ella fluye el río negro, turbulento de la voluntad. Pues todo lo que se mueve, se mueve por la voluntad, ella lleva dentro de sí al devenir, pues todo lo que deviene y lo que persevera está por ella empujado. La voluntad es el motor eterno del devenir sin llegar a ser; es decir, el querer infinito sin cumplimiento. La voluntad es ciega como Cronos. Para Schopenhauer el único tiempo real, objetivo es el presente, pues en él ocurre la voluntad, el presente es la forma en que la voluntad toma objeto para nosotros, ese presente es incesante , no deja de pasar , siempre pasa, pero no al pasado, no al agotamiento, siempre pasa desde el presente al presente. Lo que significa una eternidad actual, único instante en que todo existe, sincrónicamente. El tiempo dura y perdura en un eterno ahora. “¿Hay un fin en la trama universal?”18 Schopenhauer la creía tan insensata como las caras o los leones que vemos en la configuración de una nube. ¿Hay un fin de la trama? Ese fin no puede ser ético, ya que la ética es una ilusión de los hombres, no de las inescrutables divinidades”19

El sujeto borgiano es aquel que trasciende su tiempo, perdura tras la historia por medio de la objetivación de una idea. A costa de ser los otros “Yo soy los otros. Yo soy todos aquellos/ que ha rescatado tu obstinado rigor. / Soy los que no conoces y los que salvas”20 Perdura detrás de sus manifestaciones más aún que la propia voluntad. Para ambos, Schopenhauer y Borges, se trata de un sujeto que perdura a través de la historia ya sea por la voluntad ya por alguna suerte de espíritu absoluto. El concepto de tiempo en esta trama cósmica en la cual la voluntad es lo absoluto, se reduce al tiempo presente, a un eterno ahora, en el que el sujeto aparece.

Del eterno retorno parece entonces más pertinente una poética que una doctrina. Nos dice el poeta: “Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro: el presente es la forma de toda vida, es una posesión que ningún mal puede arrebatarle…El tiempo es como un círculo que girará infinitamente: el arco que desciende es el pasado, el que asciende es el porvenir; arriba, hay un punto indivisible que toca la tangente y es ahora”21. “La clepsidra sucesiva / Mide mi tiempo, no su eterno ahora/Yo seré la ceniza y la tiniebla”22 Si bien hay que leerlo como una delusión puramente literaria.

Si la poesía tiene como materia el tiempo, su red de conceptos, de acuerdo con la exposición de Schopenhauer, en la poesía el pensamiento es conducido y modulado musicalmente. En dicho estado el hombre contempla el continuo retorno del catálogo de las situaciones humanas, por ello puede expresar todo lo que los hombres han sentido y sentirán, en dicho estado el poeta contempla la Idea de eternidad. El poeta observa en una situación concreta lo que pasa eternamente. Es una ambición del hombre y de todo poeta. La idea de vivir fuera del tiempo. El sujeto trasciende el tiempo y las diferencias entre los distintos individuos pertenecen al ilusorio mundo de los accidentes; la necesidad humana de eternidad, concepto tantas veces refutado por Borges, es una ilusión profundamente necesaria en el hombre.

Este prisma por el cual Borges observa el mundo, hace del tiempo una “delusión”, un recurso literario a partir de una ilusión. Una ilusión presente que puede ser anulada o trabajada como recurso literario: doblada, cambiada, trocada, revertida. Se trata de una inquietud hecha recurso literario. La eternidad es hija de los hombres. “El proceso del tiempo es una trama de efectos y de causas, de suerte que pedir cualquier merced por ínfima que sea, es pedir que se rompa un eslabón de esa trama de hierro, es pedir que ya se haya roto”23

En su poética del eterno retorno: la clave de la repetición eterna surge de un tiempo considerado como eterno, sin fin y gobernado insensatamente por la voluntad. La repetición surge de no seguir una meta, de una especie de despotismo trascendental que hace andar sin rumbo al conjunto de lo real .La repetición surge de no terminar de andar, porque el único mandato es no terminar de andar; el mandato es del querer infinitamente la repetición. Surge de un querer inagotable de un apetecer lo mismo, imperar, ascender en los grados del ser, vivir, perseverar en la existencia24.

Para Borges la tragedia no está en el tiempo, ni en el eterno retorno de las cosas, está en los reinos espectrales de la memoria, como en los sueños; somos nuestra memoria. El poeta observa en una situación concreta lo que pasa eternamente; su deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. El eterno retorno es la primera de las objeciones contra el gran discurso de la filosofía. El argumento será el mismo que usaron Schopenhauer y Nietzsche para establecer la premisa lógica del eterno retorno y que opone un infinito de tiempo a una cantidad finita de sucesos; de la que se desprende que el número de sucesos es limitado frente a la eternidad temporal. Considerado así el mundo y las filosofías no son sino unas entre otras extravagancias.

“Hay eternidad de cielo, de Infierno de Universo porque la dignidad, el libre albedrío así lo precisa; o tenemos la facultad de obrar para siempre o es una delusión este Yo”, este mundo, lo que hay, debe devenir eternamente sin llegar nunca a ser. El eterno retorno de un Yo es desdeñable; como el suicidio, es un rasgo ridículo de amor a la vida25.

Es sabido que la idea del tiempo circular que Occidente retoma de Parménides, Heráclito y Pitágoras y que ha sido concebida, bajo la luz de Buda en forma de Karma. Idea que ha estado presente en Asia y será desde esta perspectiva por la que Borges logra hacer de ella algo tolerable. La doctrina del eterno retorno aparecida en la antigua Grecia, era una forma de concebir el tiempo, el cual describía la forma de un círculo, vale decir, que continuamente pasaría por los mismos puntos. Borges se horroriza del mito del eterno retorno y lo rebate a través de distintas disciplinas. La idea de una monotonía del cosmos le provocaba un intolerable horror. Y el argumento principal de ese horror versa sobre el tema del tiempo circular, expuesto en varios escritos. El pensamiento del eterno retorno al estilo de Nietzsche debe liberar al hombre del círculo vicioso, del eterno retorno del bien y del mal.

En El jardín de senderos que se bifurcan, relato del libro que lleva el mismo nombre, vemos como Borges hace del mito de un eterno retorno, una amplia gama de destinos de un destino. Y realiza con la monotonía del cosmos, un espectáculo. Espectáculo en el cual el individuo toma del retorno, de las copias, una parte para llenar su conciencia con ellas y las partes permanentes de sí mismo. Toma la consciencia de la existencia, de la reflexión, de la escritura, como un componente necesario del orden del universo. Como un componente secreto, milagroso que es, en verdad, el elemento dinámico del hecho divino: cada acto cumplido llama a algún otro acto a cumplir para colmar el vacío o la apertura de la historia del universo. La creación de ciclo en ciclo, de nacimiento en nacimiento, de muerte en muerte se puede remontar, extrapolando a un hipotético dios o repitiendo la previsión irrefutable de un futuro idéntico y diverso. Pero el hecho importante es que nuestra historia reside en la búsqueda de tener una visión que no sea fragmentaria o contradictoria. Borges hace una verdadera errancia en el laberinto de la propia dialéctica26.

La doctrina del eterno retorno y su poética en Borges enfatiza un pensamiento abismal, no es propiamente otra forma de pensar, otro sistema del pensamiento, otra imagen del pensar, sino lo otro del pensamiento, lo otro de la imagen, lo otro de la Idea. La exigencia de lo otro del pensamiento debe entonces depurarse de los poderosos prejuicios de Dios y de la causa. Ambas, doctrina y poética enfatizan también que la circularidad del mundo no ha advenido, no ha venido a ser. El círculo no surge a partir del caos o de un orden preestablecido, de un origen racional o irracional “Todo es eterno, no advenido”. Todo lo que es ha sido eternamente, todo lo admisible en la órbita del ser lo ha sido desde siempre. Si un solo instante del mundo regresa, entonces todas las cosas deberían regresar.

El eterno retorno se convierte entonces en un tema que Borges comparte con Schopenhauer y Nietzsche. Se trata de un tema en el que parece no tener una opinión compacta. Lo niega por motivos científicos, en su ensayo sobre “la doctrina de los ciclos” contenido en Historia de la eternidad, pero lo afirma por razones literarias. De esa manera lo que no vale para el pensamiento conceptual si tiene cabida en el pensamiento por imágenes.

La identidad, el tiempo, la verdad, la eternidad, el conocimiento, la realidad, el infinito; todas esas creaciones de la filosofía, como siempre sucede con aquello que deja su lugar de origen para trasladarse a otro, se fueron transformando en su nueva residencia. Y la transformación las mejoró.

La esperanza de que las infinitas posibilidades que hemos excluido de nuestra vida, por la ejecución de las pocas que hemos realizado, sean apenas posibilidades postergadas o, mejor aún, posibilidades realizadas en otros mundos posibles, paralelos respectos del nuestro, parece suponer la postulación de la eternidad.

La eternidad nos ofrece lo que nos niega el tiempo y la finitud. Nos ofrece generosamente otras vidas. Vidas imaginadas en las que adquieren existencia real los seres del sueño y también de las pesadillas de la vida actual. Vidas en las que no ser es, y en las que cobra realidad lo deseado: los libros no escritos, los amores no concretados, los actos de heroísmo no realizado, los crímenes no cometidos27. La eternidad es hija de los hombres en tanto procede del tiempo, la sustancia de la que estamos hecho, y de nuestro deseo de vencerlo. De manera que el tiempo precede a la eternidad. La eternidad no es una realidad ajena o transcendente al tiempo. Eternidad es más bien, tiempo eterno, tiempo infinito, tiempo que dura siempre.

Borges interpreto el tiempo en La doctrina de los ciclos, por lo que puede esgrimir la teoría de conjuntos cantoriana contra Nietzsche. Pero la idea de una repetitividad eterna elimina, precisamente, lo anterior y lo posterior, pues elimina toda diferencia entre los tres horizontes del tiempo: pasado, presente, futuro. La repetición de lo mismo no puede pensarse en un tiempo que transcurra de manera rectilínea28. Por lo tanto, la finitud de la línea recta o de la serie de números naturales no es pertinente para aprehender lo eterno. El conocimiento del tiempo que ahora fluye del tiempo en que vivimos, se nos escapa de las manos, en el que conocemos nuestra fugacidad que se desvanece, no es el verdadero saber acerca del tiempo. Detrás de tal experiencia de la caducidad se levanta un presentimiento de la eternidad. Mientras se conciba la idea del eterno retorno como una repetición incesante y aburrida, no se ha de lograr percibir el rasgo paradójico de esta concepción.

Borges piensa que el tiempo es una “delusión”. Aunque sea delusión no puede ser dicha o pensada sino solo experimentada. El tiempo puede ser refutable en lo sensitivo no en lo intelectual. La eternidad no puede ser pensada; solamente puede ser sentida. De ahí las dificultades del lenguaje filosófico para poder expresarla. Pues es un instrumento del intelecto. El lenguaje poético, que no se limita a transmitir puros pensamientos abstractos del entendimiento o la razón, parece más adecuado para expresar la eternidad. “Todo sucede por primera vez pero de un modo eterno” escribió mas tarde en La cifra, en el poema La dicha.

El arquetipo del presente es el modelo original y eterno de una serie de copias caídas en el tiempo. Es reconocido no solo por su carácter de autónoma perfección sino porque señala un mundo que lo refleja como un espejo roto: reflejo múltiple de lo Uno, mundo serial producto de un principio transmundano. “Hoy es polvo de tiempo y de planeta;/ Nombres no quedan, pero el nombre dura. /Fue tantos otros y hoy es una quieta/ Pieza que mueve la literatura”29. En la obra de nuestro poeta el arquetipo-idea indicaría el presente siempre presente de lo temporal, es decir del devenir serial del mundo. Lo primigenio daría cuenta de su no dejar de pasar, un aquí y ahora sin ubicación y atemporal. Es el eterno presente de la Idea; se puede decir que el único tiempo real es el presente, más aun que el tiempo presente representativo encierra un presente que no es para el sujeto, se trata de un tiempo real, un tiempo no representado, sino contemplado como se contemplan las ideas: tiempo-eternidad que no comparecen como objeto frente a un sujeto. “Los días y las noches están entretejidos de memoria y de miedo/ de miedo que es un modo de la esperanza, /de memoria, nombre que damos a las grietas del obstinado olvido./Mi tiempo ha sido siempre un Jano bifronte/que mira el ocaso y la aurora (…) La insufrible memoria de lugares en los que no he sido feliz (…) porque la realidad es inasible/Y porque el lenguaje es un orden de signos rígidos30.

“Me digo que (…) son simulacros que concede el tiempo/ un arquetipo eterno. Así lo afirma, /sombra también, Plotino en las Enéadas/ ¿De qué Adán anterior al paraíso,/ de que divinidad indescifrable/somos los hombres un espejo roto?31 .

Utilizando la metáfora del libro-mundo, tan apreciada por Borges podemos decir que los arquetipos son los tipos primordiales, la idea eterna que las dota de sentido, rasgos inmutables, sin los cuales ningún libro es posible. Borges toma al individuo como arquetipo. Sujeto que no participa de un yo individual, y que vive de acuerdo con la eternidad de una sucesión de presentes. Y que observa en la filosofía la prolija exposición de las dudas sobre el universo y el hombre32.

Los arquetipos de Borges son artificios de la literatura: formas que nos recuerdan aquello que de continuo le sucede al hombre, esa criatura hecha de miríadas de individuos. El tema del arquetipo conduce a nuestro poeta a la noción de representación, de laberinto, espacio tiempo y azar.

Mundo tal vez de pesadilla que Borges convierte en juego y exploración literaria: se trata de laberinto de la ficción que acaba por contener, en uno de sus corredores, el de la pretendida realidad; el de la forma de lo ingente.

Es aquí donde el espejo y el laberinto se confunden. Breve e infinito laberinto que progresa, invadiendo el mundo o que puede llevar a la sospecha de que su arquitectura es una con el mundo. La experiencia humana, los misterios de la metafísica, el sueño y la literatura siguen la figura del universo, figura que se autocontiene en el micro y en el macro cosmos. Esta es la conclusión de Asterión que se detiene ante la fluctuante y severa arquitectura de una casa tal vez interminable y oscuramente ubicua.

Es posible describir una metafísica del tiempo en Borges, realizada en torno a una discusión sobre verdad y poesía. En la que tienen lugar los arquetipos del tiempo, el individuo y las formas de lo ingente. Su metafísica despliega un discurso sobre la representación, la identidad y el Ser. Con la refutación del eterno retorno de todas las cosas queda definido un inventario de lo eterno y una relación del individuo con la inmortalidad. “Del otro lado del tapiz. Las cosas / Que nadie mira, salvo el Dios de Berkeley”33




Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   13


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos