La defunción de Satanás y sus secuaces Isaías A. Rodríguez



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Supersticiones parecidas

     La creencia en la brujería fue solo el resultado principal de una religión de magia, que implicaba la creencia en un diablo personal. Hay otras consecuencias que, aunque menos importantes, a veces son lo suficientemente malas en sí mismas. Algunas de ellas: 1. Había personas que realmente trataban de hacer contratos con el diablo. 2. Gente con una viva imaginación comenzó a soñar que se encontraba en todo tipo de relaciones con el maligno. 3. Los soldados abrigaban la esperanza de conseguir estar a prueba de balas. 4. Se establecieron muchos métodos para predecir el futuro. 5. Había un montón de tontos que trataban de llegar a ser ricos por arte de magia. 6. Se creía que el diablo mantenía corte y celebraba sábados de brujas, en cuyas ocasiones, se le prestaba homenaje y se parodiaba a los sacramentos con malicia diabólica.

     El caso más notable de demonología se registra en los anales de Francia, donde Giles de Rais, uno de los grandes dignatarios del Estado, descendiente de las más nobles familias de Bretaña, fue acusado de secuestrar cerca de ciento cincuenta mujeres y niños, que, después de ser sometidos a todo tipo de atropellos, fueron solemnemente sacrificados a Satanás. Los hechos parecen imposibles, pero los registros del caso todavía existen, según los cuales Rais fue condenado y ejecutado en el 1440. La historia de su vida ha contribuido al parecer, a la formación de la leyenda de Barba Azul Rais.

     Entre los símbolos mágicos que se encuentra en los documentos antiguos, el triángulo, la cruz, la estrella de cinco puntas, y los signos de los planetas son los preferidos, pero también son bastante frecuentes otras figuras, como cuadros, hexagramas, círculos y fantásticas combinaciones de líneas irregulares. Se hacían conjuraciones de acuerdo a diversas recetas, se dibujaba un círculo a medianoche donde dos caminos se cruzaban, y se iluminaba con velas de cera hechas de recetas específicas.


La Inquisición

     La parte más triste de la historia del diablo aparece en la persecución de los que se suponía que eran partidarios del diablo, a saber, los sectarios, los herejes y las brujas. Las acusaciones más ridículas se hicieron y creyeron de los maniqueos, montanistas, novacianos o cátaros, los albigenses y otros disidentes. Se dijo que adoraban al diablo con ceremonias obscenas, y sus relaciones con él se describen de la manera más minuciosa, como indecentes y escandalosas. En tiempos de una creencia general en la brujería y en la posesión del diablo, nadie estaba a salvo de la acusación de estar al servicio de satanás. Así, los stedingers (holandeses), habiendo eficazmente resistido al obispo de Bremen, cuando trató de colectar sus diezmos por la fuerza de las armas, fueron vencidos y cruelmente sacrificados después de haber sido denunciados como adoradores del diablo.

     Era natural que los herejes siempre fueran considerados como pertenecientes a la misma categoría que las brujas y los magos, pues también ellos, de acuerdo a la lógica eclesiástica, eran “adoradores de Satanás”.    

     El Directorium inquisitorum de Nicolás Aymerich, (1320-1399), dominico catalán, inquisidor general de Castilla, nos ofrece una visión completa de los procedimientos del Santo Oficio, su sistema de espionaje, sus modos de interrogatorio, tortura, y sus despojos. Tomás Torquemada (1420-1498) fue uno de los sucesores más decididos e implacables de Aymerich. Los más ricos, poderosos, y sabios, fueron amenazados por igual, incluso el arzobispo Carranza, el primado de la Iglesia de España, no pudo escapar a la persecución de los inquisidores.

    El papa Eugenio IV (1431-1447) animó a los inquisidores en una carta circular a proceder con severidad, “sumariamente, sin preámbulos y sin ninguna forma de poder judicial”.

    La persecución de las brujas recibió un nuevo impulso en el año 1484 mediante la bula Summis dessiderantes affectibus del papa Inocencio VIII. Los inquisidores de Alemania, Heinrich Kramer (1430-1505) y Jacob Sprenger (1436-1495) , se quejaron de haber encontrado resistencia al ejercer sus funciones; el Papa les proporcionó la ayuda deseada por el bien del fortalecimiento de la fe católica y la prevención de los horribles crímenes y excesos de la brujería. La bula de Inocencio VIII se refería solamente a Alemania, pero otros papas, Alejandro VI, Julio II, León X y Adriano IV, expidieron otros escritos en el mismo espíritu, instigando el celo de los inquisidores para hacer lo mejor que pudieran por la purificación de la fe y la supresión de la brujería.

    Las víctimas de la Inquisición se encontraban prácticamente sin ninguna ayuda, pues la brujería era considerada como un crimen excepcional (atrocissimun crimen) para el que las normas habituales de procedimiento no eran vinculantes. Pertenecía tanto al tribunal secular como al eclesiástico. El culpable debía ser tratado de acuerdo a la máxima del papa Bonifacio VIII (1294-1303) “directamente, sin el ruido y la forma de abogados y jueces”.

Las terribles persecuciones de brujas, que en la Edad Media acosaron al ​​cristianismo, tienen su raíz en pasajes del Antiguo Testamento. Las leyes del Éxodo 22, 18, piden la pena capital por la brujería, y lo mismo se repite en Levítico 20, 6 y 20, 27. El Deuteronomio ordena matar a profetas y soñadores de sueños, y a quienes persuadan obedecer a otros dioses (13, 5-11).

   La manía persecutoria de las brujas fue una enfermedad general y común de aquellos tiempos. Por un lado, no se puede atribuir solo a la influencia de la Iglesia, y sería, por otra parte, un grave error absolver a las instituciones eclesiásticas de los crímenes terribles de esta superstición, pues las más altas autoridades tanto de la iglesia católica como de la protestante no solo mantuvieron la idea de la persecución de brujas, sino que la ejercieron con la ley en todas sus más terribles consecuencias.

     La religión de los milagros se convirtió, en el curso natural de la evolución, en la religión de la magia. La religión de la magia había demostrado su creencia en la brujería, y la creencia en la brujería dio a luz el terrible fruto de la persecución de brujas con todas las supersticiones afines. La creencia en la brujería cesó de forma natural con el ascenso de la ciencia. A medida que el cristianismo empezó a ser imbuido del espíritu científico del siglo XVIII, los incendios se extinguieron definitivamente.



La tortura

    La persecución de las brujas nos parece hoy una bellaquería pura y simple, pero no lo era. Fue el resultado de una convicción religiosa profunda, como se puede aprender de la Antipalus maleficiorum, (Crímenes Antipalus) una obra de Juan Trithemius, abad del monasterio de Spongheim (1442-1516), quien a petición de Joaquín, Markgrave de Brandeburgo, investigó el tema, y ​​después de años de estudio concienzudo presentó al mundo sus ideas en cuatro volúmenes, en el 1508, cuando el abad había alcanzado la edad de sesenta y seis años.

     Trithemius distingue cuatro clases de magos y brujas: 1. Los que hieren y matan a otros mediante veneno y otros medios naturales. 2. Los que perjudican a otros por el arte de fórmulas mágicas. 3. Los que conversan con el diablo personalmente. 4. Los que han sellado un contrato con el diablo y por lo tanto adquirido su ayuda para malos designios.

Trithemious cree que no hay otra forma de proteger a la ciudadanía contra la influencia desagradable de estos malhechores que extirpándola, pero mejor quemándolos vivos.

     Los grandes peligros de la brujería parecían exigir medios extraordinarios para combatir sus males, y por tanto, la tortura, que anteriormente se había aplicado solo en casos excepcionales, comenzó a desarrollarse de una manera más bárbara y formidable.
     ¿Quién puede contemplar sin indignación los instrumentos de tortura utilizados por los inquisidores en su infame vocación? Hay tornillos de mano, tenazas para arrancar las uñas o para ser utilizadas al rojo vivo y quemar; existen collares, cadenas, etc. Hay tablas y rodillos cubiertos con puntas afiladas, está la “virgen de hierro”, un instrumento hueco del tamaño y figura de una mujer, dentro del cual hay cuchillos dispuestos de modo que, cuando se cerraba, la víctima era lacerada en un abrazo mortal.

      Increíble ingenuidad fue exhibida en la invención de estos instrumentos de tortura. Una de las espadas del ejecutor, que aún pende de la bóveda de los torturadores en Nuremberg en el lado izquierdo de la entrada, exhibe la inscripción blasfema, “Soli Deo Gloria”, para la gloria de Dios.

      Los verdugos se enorgullecían de su profesión y se consideraban desgraciados si no lograban que sus víctimas confesaran lo que los inquisidores querían. Cuando se les entregaba un hereje, un mago o una bruja, la amenaza acostumbrada era: “Serás torturado hasta que estés tan delgado que el sol brille a través de ti”. Los instrumentos son horribles, pero más lo era la práctica.

     Antes de que comenzara la tortura, se obligaba a los acusados a beber el caldo de bruja, un brebaje asqueroso mezclado con las cenizas de brujas quemadas, y que se suponía protegía a los torturadores de la mala influencia de la brujería. La suciedad de las mazmorras era de por sí un medio muy eficaz para lograr el abatimiento del prisionero y prepararlo para cualquier confesión a que pudiera ser condenado. Frecuentemente se le amarraba con esposas de hierro fijadas en la pared o colocadas bajo maderas pesadas que impedían el libre uso de las extremidades, haciéndoles presas indefensas de ratas, ratones y de todo tipo de bichos.



El tiempo de la Reforma

    La Reforma, aunque en muchos aspectos, supuso un gran avance, no introdujo un cambio repentino en la creencia en el diablo. Sin embargo, la tendencia a interpretar a Satanás en términos psicológicos fue cada vez más evidente.


     Lutero fue, en su demonología, hijo de su tiempo. Vio el diablo por todas partes; luchó con él constantemente, y lo venció por su confianza en Dios. Consideraba al papa como una encarnación de Satanás, o como el Anti-Cristo. El diablo fue para Lutero un verdadero poder vivo, una personalidad concreta, y solía caracterizarlo como el buen verdugo del Señor, y el instrumento de su ira y castigo.

     Lutero se inclinaba a creer que el diablo ayudaba a los magos y a las brujas en sus malos designios. Siguiendo la autoridad de san Agustín admitió la posibilidad de los íncubos y súcubos, porque Satanás, con aspecto de joven y guapo, le encanta destruir a las jóvenes.

De nuevo aquí, este tema proviene del Gilgamesh donde el padre del héroe de Gilgamesh aparece como el Lilu, que seduce a las mujeres en su sueño, mientras que Lilitu, un demonio femenino, se aparece a los hombres en sus sueños eróticos. Un íncubo es un demonio en forma de hombre que tiene relaciones sexuales con las mujeres. Su contraparte femenina es el súcubo que tiene relaciones sexuales con una mujer para engendrar un hijo. San Agustín se refirió a este tema en “La Ciudad de Dios”, declaró: “Muchas personas de confianza han comprobado por su propia experiencia, y por lo que otros les han dicho, que faunos, comúnmente llamada íncubos, a menudo han hecho ataques perversos a las mujeres”. Ochocientos años después, santo Tomás de Aquino se prestó al debate en curso, diciendo: “Si algunos han sido ocasionalmente engendrado de los demonios, no es de la semilla de esos demonios, ni de sus cuerpos asumidos, sino de la semilla de los hombres, tomadas con ese propósito, como cuando el demonio asume primero la forma de una mujer, y luego la de un hombre; así que toman la semilla de otras cosas para otros fines generativos”. Se aceptó generalmente que un súcubo sería capaz de dormir con un hombre y recoger su esperma, y ​​luego transformarse en un íncubo y utilizar esa semilla en las mujeres. A pesar de que el esperma y el óvulo procedían de seres humanos, la descendencia de los espíritus fue a menudo considerada sobrenatural.

No dejamos de asombrarnos hasta qué punto ha podido llegar la credulidad humana, debido a la ignorancia, y a la contaminación cultural de los tiempos.

    El Theatrum Diabolorum, de Max Osbron (1893) y otros tratados del tiempo muestran la tendencia racionalista a descubrir al diablo en los vicios del hombre. Esta tendencia empezó a cundir cada vez más hasta que directamente este tema fue declarado por los teólogos protestantes como una idea abstracta y personificación del mal.

     En los tiempos de la Reforma cuando la persecución cesó por algún tiempo, se hizo espacio para otra manía no menos condenable; como ya hemos indicado, su lugar fue ocupado por la persecución de la herejía. Lutero mismo no persiguió. Sin embargo, Calvino en Ginebra, Suiza, ordenó quemar vivo a Miguel Servet, y otras quinientas personas fueron ejecutadas, en tres meses, por herejía y brujería.

Durante la reforma anglicana abundaron las hogueras por ambos lados, el conservador de la reina María y el reformador de Isabel. Entre ambas facciones se cargaron a más de seiscientas personas.

Con la disminución del celo por la quema de brujas los defensores de la brujería crecieron bastante más numerosos que antes. Rey Jacobo I (1567-1625) de Inglaterra escribió una demonología llena de todas las supersticiones de la Edad Media. Martin Del Río (1551-1608), nació en Amberes, Holanda, de ascendencia española, teólogo jesuita, escribió Disquistionum magicarum libri sex una obra sobre lo mágico y oculto. Se reimprimió 20 veces, la última en 1755 en Colonia. En esta obra, Del Río establece una conexión entre brujas y herejes. Fue muy popular entre protestantes y católicos y fue uno de los libros utilizado en los famosos juicios de Salem, Massachusetts, en 1692. El autor considera necesaria una revisión de la creencia en la brujería, pero llega a la conclusión de que existe el mal y que no hay más remedio que el uso de reliquias, agua bendita, exorcismos, y los santos sacramentos de la Iglesia Católica Romana. Para su amigo, el humanista Justus Lipsious, Del Río fue “la maravilla del siglo”, para Volter “el procurador general de Belzebú”.

     Mucho se ha dicho y escrito sobre la crueldad de los métodos católico romanos en la persecución de las brujas, pero los protestantes no fueron un ápice mejores, excepto tal vez que añadían a los procedimientos abundancia de cantos piadosos y acompañaban a las ejecuciones con unción religiosa que hacía su conducta más detestable.

     Los horrores de la adoración del diablo, de la Inquisición, de la persecución de brujas y de herejes fueron las consecuencias naturales de una concepción errónea de la naturaleza del mal. Consecuencias necesarias de una ignorancia mantenida. Se oprimió a la humanidad como una pesadilla horrible, como alucinaciones horribles de un cerebro febril. La enfermedad empezó a pasar lentamente, muy lentamente, solo cuando la luz de la ciencia comenzó gradualmente a disipar las sombras tenebrosas de la noche y reveló el carácter supersticioso de la creencia que engendró los crímenes de la Edad Media. Erasmo de Rotterdam publicó una carta en el año 1500 en la que habló de los contratos con el diablo como una invención hecha por los fiscales de las brujas, pero su sátira no tuvo ningún efecto.

Conclusión
Hoy día nos encontramos en una encrucijada ambivalente, si bien con la ayuda de la ciencia se van olvidando las creencias mitológicas, y se han superado las aberraciones cometidas durante la Edad Media, sin embargo, a nivel privado está creciendo la adhesión a sectas satánicas, la participación en los ritos introducidos por estas, la invocación de seres demoníacos, el culto personal y solitario del demonio, y la afirmación de ideas provenientes del ambiente satanista.

El tema que hemos tocado cae dentro del campo de la teodicea. Es el eterno problema de la existencia del mal, ¿cómo resolverlo de una manera satisfactoria? La historia nos ha demostrado que no existe tal solución. Atribuir el mal a un causante creado por Dios empeora la cuestión. ¿Cómo es posible que un Dios bueno, que se precie de sus creatura racionales como la perla de la creación, al mismo tiempo tenga otra que las induzca a caer en el mal? ¿Cómo es posible que un Dios bueno, lo siga siendo, mientras ve sufrir a millones de creaturas por toda una eternidad?

Vemos que incluso los humanos se compadecen de prisioneros que han pasado toda su vida encarcelados y ahora son ancianos. ¿Cómo no habría de compadecerse Dios? Solo el pensarlo es ya una injuria para la misericordia divina. La misma Santa Teresa, tras haber tenido una visión horrorosa del infierno (Vida 32,1) –producto de un ambiente excesivamente sacralizado- no podía entender que el sufrimiento eterno pudiera compaginarse con la misericordia divina. Dice la Santa: “Miro que si vemos acá una persona que bien queremos, en especial con un gran trabajo o dolor, parece que nuestro mismo natural nos convida a compasión, y si es grande nos aprieta a nosotros. Pues ver a un alma para sin fin en el sumo trabajo de los trabajos, ¿quién lo ha de poder sufrir? No hay corazón que lo lleve sin gran pena; pues acá con saber que, en fin, se acabará con la vida y que ya tiene término, aún nos mueve a tanta compasión, estotro, que no le tiene, no sé cómo podemos sosegar…” (Vida 32, 6). Según la lógica de la Santa, si el corazón humano “no puede sosegar” ante tanto sufrimiento, si “no hay quien lo pueda sufrir”, si no hay corazón humano que “lo lleve sin gran pena” mucho menos podrá “sosegar” el corazón divino, mucho menos podrá “sufrirlo”, y su “pena” será todavía mayor; “lo que no consiente el corazón humano, todavía menos el corazón divino, so pena que seamos mejores que Dios, o tengamos un corazón más grande”, (Juan Antonio Marcos).

     La creencia en el diablo, no se demanda en ninguna parte ni ha sido definida por ninguna confesión cristiana como artículo de fe, es simplemente una suposición bíblica mitológica y tradicional. Es una supervivencia de la adoración a la naturaleza politeísta y del dualismo pagano, algo natural en un momento en el que las ciencias estaban todavía en su infancia, y se caracterizaban por la astrología y la alquimia, y cuando no se conocían bien las leyes de la naturaleza.

Hoy día sabemos que las manifestaciones físicas consideradas diabólicas son producto de enfermedades psicológicas, como la epilepsia, y de la injerencia de sustancias de hierbas y productos alucinógenos. Cuando esos fenómenos se mezclaban con una ignorancia generalizada se iba creando una atmósfera tan malsana como la vivida durante la Edad Media y años posteriores. En un medio así recargado por la ignorancia y el fanatismo se comprende que la gente, individual y colectivamente, tuviera visiones y apariciones diabólicas de todo tipo. Con la llegada de la psicología de lo profundo, autores como Freud y Jung, han ayudado a desenmascarar esos fenómenos internos debidos a un inconsciente colectivo y a unos arquetipos internalizados a través de los tiempos.

La creencia en un diablo personal, por lo tanto, y en todas las prácticas que resultan de ella, fue debido primordialmente a la ignorancia en la religión. La cura radical, tiene que ir a la raíz del mal. No es suficiente eliminar los síntomas de la enfermedad; se debe reemplazar la religión falsa por otra verdadera con una buena educación y formación de todos los que la integran.


Obras consultadas:

Carus, Paul, The History of the Devil and the Idea of Evil. Dover Publications, Inc. Mineola, New York, 2008.

Marcos, Juan Antonio, Concertar esta mi desbaratada vida, (El círculo hermenéutico vida-lenguaje), en El libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús, Actas del I Congreso Internacional teresiano. Universidad de la Mística-CITeS, Ávila, Monte Carmelo, Burgos, 2011.

McBrien, Richard P., Catholicism, Winston Press, Minneapolis, MN. 1981.

Pagels, Elaine, The Origin of Satan. Vintage Books, New York, 1996.

Wray, T.J. and Greggory Mobley, The birth of Satan, Tracing the Devil´s Biblical Roots. Palgrave, Macmillan, New York, 2005.






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