La defunción de Satanás y sus secuaces Isaías A. Rodríguez


Satanás como un adversario angélico



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Satanás como un adversario angélico

La historia de Balaán y el asno (Nm 22, 22-35) marca la primera aparición de un Satanás no humano en el A. Testamento. Balaán incurre en la ira de Dios porque emprende un viaje contrario a la voluntad divina (Nm 22,22). Enfadado, Dios envía un mensajero blandiendo una espada para bloquear la ruta de Balaán.

    Lo más llamativo de Satanás en esta narración particular es la manera en la que funciona como obstáculo o piedra de tropiezo. Así, en un sentido muy real, la historia del asno de Balaán apoya la idea de que Satanás implica siempre un carácter de oposición; de hecho, este es su papel principal en la Biblia.

Sin embargo, es en el libro de Job, donde se encuentra la imagen más poética y grandiosa del maligno. Satanás aparece como un servidor malicioso de Dios, que disfruta en realizar las funciones de tentador, torturador y vengador.

     El libro de Job fue escrito después del exilio entre 530 y 400 a. C. Representó la manera de que un disidente hebreo lidiara con la cuestión de si Dios había tratado a Israel con justicia. Aquí, el papel de Satanás es el de poner a prueba la integridad de un hombre justo, para averiguar en qué consiste este modelo de piedad patriarcal. La acción en la historia se desarrolla entre el reino terrenal y la morada celestial de Dios; Satanás se mueve con facilidad entre ambas esferas causando miseria y caos.

     Aunque Job 1,1-2,10 revela el retrato más completo de Satanás en el Antiguo Testamento, con todo, es claro que este personaje está lejos de ser el tentador demoníaco que más tarde aparecerá en el desierto para poner a prueba la entereza espiritual de Jesús. La función de Satanás en el prólogo de Job parece meramente la de administrar las pruebas, para ayudar al Señor a averiguar si las virtudes de Job son auténticas o no. Satanás no actúa sin el permiso de Dios y debe hacerlo según lo permitido por el Todopoderoso.

     La noción de ser “castigado” por Dios no es un concepto ajeno a la Biblia. Pero lo que es totalmente diferente en esta historia de prueba y desgracia es que Dios emplea a un teniente para llevarlas a cabo. Esto marca un punto importante en la evolución del concepto de Satanás.
El libro de Zacarías suele fecharse en torno al 520 a. C. La mayor parte de Zacarías se compone de ocho visiones nocturnas, la cuarta de los cuales incluye la aparición de una figura llamada Satanás (Za 3,1-7). La descripción hecha en el capítulo tercero, al igual que gran parte del prólogo de Job, se desarrolla en un ambiente celestial en una reunión del consejo divino. Podemos ver que este consejo celestial, incluye a los "hijos de dios" -ya conocidos-, al Señor y a Satanás.

     En conjunto, la descripción de Satanás en el libro de Job, y el retrato en Zacarías en el capítulo tercero confirman la imagen que hemos visto: Satanás es un miembro del gobierno divino con el ingrato trabajo de examinar la superficialidad moral de los piadosos mortales.

Aunque la figura de un Satanás independiente aún no se ha desarrollado completamente, podemos entrever el comienzo de lo que luego se convertiría en la confrontación perenne entre Satanás y Dios.

El término satan aparece en el Antiguo Testamento en varios contextos, pero no hay indicio alguno, en ninguno de ellos, del malvado titán que surgirá después de la escritura del Antiguo Testamento, en el período inter testamentario subsiguiente.

Repetimos: en la literatura bíblica del primer templo, es decir, los escritos anteriores al exilio en Babilonia y la destrucción del Templo de Salomón (antes de 587 a. C.), el término satan puede referirse a un agente de obstrucción o castigo, ya sea humano o divino, enviado por Dios. En los textos bíblicos del período del segundo Templo, desde después del exilio (537-200 a. C.), como el de Job y Zacarías, satan se ha convertido en “el adversario”. Satanás es ahora claramente uno de los seres “divinos” y no humano.
Satanás entre los Testamentos

La era entre la composición de los últimos escritos del Antiguo Testamento (el libro de Daniel a principios del siglo II a. C.) y la composición de los escritos finales que componen el Nuevo Testamento, el libro de Apocalipsis, fue un período de una increíble fecundidad religiosa en Asia occidental y el Mediterráneo oriental.

     En este período, Satanás adquiere articulación y definición; el diablo logra mayoría de edad y comienza a actuar de forma independiente al margen de la corte divina. Satanás ahora tiene su propia agenda y su propia banda de lacayos cósmicos.

     En la diáspora, el pueblo judío, por un lado, se vio obligado a agudizar su identidad para diferenciarse de otros pueblos. Para poder cantar la canción del Señor en tierras extranjeras, el pueblo judío se hizo aún más experto y creativo en la expresión de su tradición. Por otro lado, el contacto con otras culturas tuvo un profundo efecto en los elegidos de Dios. Temas e ideas de otras melodías religiosas se encontraban en el ambiente cultural y muchas de ellas encontraron acogida en el pensamiento judío.

     El pensamiento apocalíptico judío surgió entre los Testamentos, entre el 200 a. C. y 100 d. C. Este tipo de narración buscaba desvelar la razón de las esperanzas frustradas de un pueblo que no podía conciliar las desgracias con su teología. Si los descendientes de Abrahán y Sara habían realizado un pacto con el Arquitecto del universo, ¿por qué sus propiedades culturales y políticas habían de ser condenadas por una serie de tiranos? La respuesta de estos apocalípticos judíos fue construir una nueva teoría que explicara este enigma. La teoría reveló que existía en marcha una conspiración cósmica dirigida por un cerebro criminal sobrenatural, Satanás, que controlaba una nefasta red de fuerzas demoníacas dedicadas a frustrar en todo momento el propósito divino.

El repertorio apocalíptico incluía también historias que inspiraban esperanza y ofrecían a un pueblo desalentado el apalancamiento imaginativo para hacer frente a la degradación de las condiciones sociales. La apocalíptica judía además reveló que Dios tiene su propio servicio secreto de ángeles, dirigido sobre todo por Gabriel, Miguel y Rafael. Los buenos ángeles protegían a los justos a corto y a largo plazo, y participaban en un combate de contra espionaje con los ángeles caídos. En una fecha inminente se les comunicaba, siempre en código - “el fin de los días”, “una vez, dos veces y la mitad de un tiempo”, las “setenta semanas”, “los mil trescientos treinta y cinco días”- todo ello del libro de Daniel, que el gran ejército del Jordán triunfaría sobre la confederación demoníaca, y los justos recibirían su recompensa. Esta historia y mil fantásticas variaciones de la misma han prosperado desde entonces. Satanás es un producto de este estilo de narración que se encuentra en los libros de Daniel, de Enoc, el Observador, y el Libro de los Jubileos, hallados entre los Rollos del Mar Muerto.

En 1947, documentos antiguos conocidos como los Rollos del Mar Muerto se descubrieron en cuevas en el desierto de Judea. Los autores de estos documentos fueron muy probablemente los esenios, habitantes del siglo primero a. C. de la cercana comunidad de Qumrán. Era un grupo de hombres austeros, ultra-ortodoxos, reservados, que se retiró de la sociedad para formar su propia comunidad ascética. Solo vestían de blanco y practicaban el celibato.
Los esenios creían que la ocupación extranjera de Palestina era la prueba de que Satanás se había infiltrado y asumido el control de propio pueblo de Dios, convirtiendo a la mayoría de ellos en aliados del maligno. Finalmente, creían que estaban viviendo los últimos días dominados por el adversario de Dios, de quien otros habían caído presa. Esta creencia dio lugar a expectativas mesiánicas dentro de la comunidad de Qumrán, ya que creían que el Mesías vendría en cualquier momento y su salvación de las manos de Satanás era inminente.
El príncipe de los demonios

     Los libros de Enoc, de los Jubileos, el Testamento de Moisés y el Pacto de Damasco son solo una fracción del cuerpo fantástico y esotérico de la literatura religiosa judía en torno a la era común. Hay libros de leyendas sobre profetas y sabios, como los del siglo primero: las Vidas de los Profetas, el Martirio de Isaías y el Testamento de Salomón; revelaciones al lecho de muerte atribuidas a los patriarcas.

Aparecen nuevos nombres: Belial es utilizado ​​para la figura Satanás en toda esta literatura. Sammael, “el dios ciego”, es el utilizado para la figura de Satanás en el Martirio de Isaías. Azazel, que puede significar “el dios fuerte” aparece en 1 Enoc como uno de los Vigilantes, pero en el Apocalipsis de Abrahán, es el príncipe de los ángeles rebeldes.
     Para añadir a esta complejidad, el príncipe de los demonios se conoce también como Belcebú en el Testamento de Salomón. Así que al diablo se le asignan muchos nombres en este periodo: Satanás, Mastema, Belcebú, Belial, Sammael y Azazel.

     La primera vez que se cita el nombre de Lucifer es en un texto del profeta Isaías (Is 14,12-14). En este texto se vislumbra el antiguo relato del ángel caído: “¡Cómo has caído del cielo, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Has sido abatido a la tierra dominador de naciones! Tú decías en tu corazón: ´escalaré los cielos; elevaré mi trono por encima de las estrellas de Dios; me sentaré en el monte de la divina asamblea, en el confín del septentrión escalaré las cimas de las nubes, seré semejante al Altísimo”. Otra leyenda del ángel caído se puede ver en Ezequiel 28, 17-18.

El variado cuerpo de escritos inter testamentarios refleja los cambios políticos, sociales, culturales y religiosos que tienen lugar entre los judíos en torno a la era cristiana. En esta literatura el adversario de Dios va adquiriendo mayor definición. Estas diversas representaciones, que van desde figuras demoníacas locales, a alborotadores cósmicos, o adversarios terrenales, con el tiempo se asimilan para convertirse en el Satanás del Nuevo Testamento y del futuro.
Satanás en el Nuevo Testamento

    Tras la revuelta de los macabeos, Judea experimentó un período de dominio judío autónomo bajo la ineficaz dinastía de los asmoneos. La disensión dentro de las distintas facciones del judaísmo, junto con el liderazgo corrupto, condujo a la ocupación romana de Palestina y a los gobiernos títeres del asesino y maniático Herodes y a sus hijos de mala reputación. Este mundo peligroso y caótico es el mundo de Jesús.

El maligno jugó un papel importante en la imaginación de la gente en el tiempo de Cristo. Satanás se menciona en varias ocasiones por los escribas y el pueblo de Israel en los evangelios sinópticos. Jesús sigue la creencia común de la época, sin embargo, no habla tanto del diablo como lo hacen sus contemporáneos.

     Jesús fue tentado por el diablo en la misma forma que lo fue Buda por Mara, el maligno. Incluso los detalles de las dos historias de la tentación poseen muchos rasgos de semejanza. “Vete, satanás! Porque está escrito, 'adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás´” (Mt 4,10). En esta escena, Jesús se dirige a su oponente como Satanás por primera vez. Satanás se presenta como un obstáculo para la misión mesiánica de Jesús, por lo que el uso del término, que significa “adversario”, es apropiado.

     Marcos enmarca su relato con episodios en los que Satanás y sus fuerzas demoníacas toman represalias en contra de Dios, trabajando para destruir a Jesús. Una guerra con muchas batallas que implican a Jesús contra Satanás, y a los ángeles contra los demonios, ocupa buena parte del evangelio de Marcos. Mateo y Lucas siguen los pasos de Marcos.

     Satanás y sus secuaces asumen un papel imponente en el Nuevo Testamento, de hecho aparece 568 veces. Surgen en los lugares más inverosímiles y desafían la autoridad de Jesús. La figura de Satanás está más claramente definida en el Nuevo Testamento de lo que había estado en el Antiguo. Satanás es ahora el archienemigo de Jesús, su función esencial no ha cambiado: sigue siendo el elemento perturbador, el escollo, el adversario. Sin embargo, aun cuando la figura de Satanás crece más segura, potente e insidiosa, no se le permite moverse en el mundo sin oposición. Jesús, en toda ocasión se enfrenta al villano, que no es rival para el Hijo obediente de Dios. Ronda tras ronda héroe y villano mantienen una lucha por la supremacía universal, pero al final, Dios gana la batalla arrojando a Satanás en un “lago de fuego y azufre” (Ap 20,10).

     “¡Aléjate de mí, Satanás! Tropiezo eres para mí” (Mt 16,23; Mc 8,33). El verdadero significado de la palabra Satanás se revela en este pasaje de Mateo. Aquí, la palabra satanás no se refiere al diablo en sí mismo, sino que se utiliza en un sentido genérico para significar un obstáculo.

     El evangelio de Juan nos cuenta la historia de la vida de Jesús en términos de una batalla cósmica entre la luz y las tinieblas, el bien y el mal. Jesús es el redentor cósmico que viene a la tierra a rescatar al mundo de la oscuridad y a expulsar a Satanás (Jn 12,31; 14,30; 16,11).


     Cuando Pablo decide utilizar la palabra satanás en sus cartas, piensa específicamente en una función: la de obstructor. Específicamente, Pablo utiliza el término para referirse a aquellos que impiden realizar plenamente la existencia que ofrece la experiencia religiosa cristiana.
Satanás en el libro de Apocalipsis

      El relato más completo sobre Satanás, en su papel protagonista como el Titán del mal, aparece en el Apocalipsis. Este es el ejemplo supremo de la escritura apocalíptica en el Nuevo Testamento y en muchos aspectos tipifica la escritura apocalíptica judío cristiana en general. El Apocalipsis puede ser considerado como la primera historia de terror del mundo. Su reparto incluye a los cuatro jinetes del Apocalipsis, dos elementos pálidos cuyos nombres son la muerte y el Hades, una bestia de siete cabezas, y todo un batallón de híbridos demonios que grotescamente combinan las características de insectos, animales y seres humanos. Sus habitáculos son un pozo sin fondo, ríos de sangre y un lago de azufre. Los escenarios implican un dragón rojo persiguiendo a una mujer embarazada para comer a su hijo, una prostituta borracha con la sangre de los mártires, y todo tipo de catástrofe: granizadas, tormentas de fuego, terremotos, eclipses solares y tortura despiadada.

El retrato de Jesús, el héroe que lidera las huestes angélicas contra el diablo y sus ejércitos, podría impactar a los no familiarizados con el libro. Jesús no es el Mesías, que entró en Jerusalén montado sobre un burro, aquí Jesús monta un caballo blanco y viste una túnica empapada en sangre, fuego sale de sus ojos y tiene una cimitarra en la boca (Ap 19, 11-16).

     Es importante recordar que la escritura apocalíptica era una forma popular de escribir, familiar para judíos y cristianos durante este tiempo. Las visiones de Juan de Patmos no parecerían tan fantásticas entonces a sus lectores como lo son hoy.


     En el Apocalipsis, Satanás es la culminación de los muchos papeles ejercidos en anteriores textos bíblicos, apócrifos y pseudoepígrafos. Aquí es la manifestación maligna de todo el mal que hay en el mundo.

     Los primeros siglos de la era común, dieron a luz a una amplia gama de apocalipsis, como el Apocalipsis de Pedro, el Apocalipsis de Pablo, y el Apocalipsis de la Virgen, cada uno incluía una visita guiada por el infierno. En estos cuentos, el infierno se vuelve aún más aterrador. Pero son las obras de Dante, La divina comedia y El paraíso perdido de Milton las que luego contribuirán más a nuestra comprensión moderna del infierno, sobre todo los aspectos físicos del infierno, que incluyen los pecadores que sufren allí.


El hogar de Satanás

Tanto la idea del infierno como la figura de Satanás evolucionó lentamente a lo largo de los siglos. El infierno es, a su vez, la cámara de tortura después de la muerte, donde los injustos son castigados por los pecados cometidos en este mundo, y es la residencia del diablo.


     No hay infierno en el Antiguo Testamento. El proverbial hoyo de fuego donde los pecadores son torturados durante toda la eternidad está ausente. Todos los muertos, justos e injustos, comparten un destino común, un mundo subterráneo conocido como el sheol, parecido al hades de la antigua mitología griega, donde “se dan cita todos los vivientes” (Job 30, 23), y que era como “un agujero”, “un pozo”, “una fosa” (Sal 30,10) enclavado en lo más profundo de la tierra, traspasando el abismo subterráneo, donde “la claridad misma se parece a la noche sombría” (Job 20, 21). Allí no se podía alabar a Dios, y se perdía toda esperanza. Dios se había olvidado de ellos (Sal 88, 6). No se habla de un tormento físico eterno.
     El Antiguo Testamento tiene un cielo, ubicado por encima de la bóveda del cielo atmosférico. Pero el cielo era la morada de Dios y de los ángeles, no disponible para los mortales, excepto en casos especiales. Tanto Enoc (Gn 5, 24) como Elías (2 Re 2, 11) trascendieron la muerte y el sepulcro, y fueron directamente de la vida mortal a la comunión con Dios.

     No había concepción de la vida futura en la visión del mundo israelita, a diferencia de las creencias en el vecino Egipto, que cuentan con una guía ilustrada a la otra vida, en el Libro de los Muertos. Pero, una vez que el premio o el castigo por la vida presente se pospuso hasta el más allá, los pensadores judíos tuvieron que encontrar lugares adecuados para alojar a los huéspedes. Los justos entrarían en los recintos celestiales con Dios y los ángeles. Pero ¿qué hacer con los injustos?

     Inspirados en un vertedero donde la basura ardía sin cesar y donde en la Edad del Hierro (ca.1000 – 500 a. de C.) se habían ofrecido sacrificios humanos y de niños a dioses cananeos, algunos pensadores judíos en el período inter testamentario comenzaron a identificar a ese lugar, gehenna “Valle de Gehinnon”, al sur de Jerusalén, como el lugar del juicio final. Gehenna sirvió como el portal del Sheol, que había pasado de ser una morgue a una cámara de tortura. En tiempos del Nuevo Testamento, el término gehenna se utilizaba a veces como sinónimo del infierno (Mt 10, 28).

    Pablo, el escritor cristiano más antiguo, escribió entre 50 y 64 d. C, no menciona el infierno en absoluto. Los pecadores y todos aquellos que rechazaron a Cristo simplemente dejarán de existir (Gal 5, 19-21; 1 Cor 6, 9-10). El envío de los pecadores al infierno no cabe en la teología de Pablo.

     La primera referencia que tenemos del infierno en la Biblia se encuentra en el Evangelio de Marcos, donde el infierno se entiende como un lugar para el castigo de los pecadores. Y su versión del infierno incluye algunos detalles muy específicos: el alma impenitente no solo es torturada por el fuego, sino también alimento para los gusanos. (Mc 9, 43 a 448).

      La única vez que Lucas menciona el infierno (16, 19-26) sigue siendo la interpretación más concreta de la experiencia después de la muerte en el Nuevo Testamento. Curiosamente, Satanás está ausente en esta descripción del infierno.

      Aparte del hecho de que Mateo menciona el infierno más que los otros evangelistas, Mateo tampoco menciona a Satanás (Mt 10, 28; 13, 40-43, 49-50; 25, 30). El infierno es un lugar de tormento para los pecadores, pero no lo asoció con Satanás. Sin embargo, el maligno irá al “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt.25, 41).

     El infierno no fue un elemento central en la literatura cristiana más antigua; de hecho, el Evangelio de Juan no menciona el infierno en absoluto. La exposición más completa del infierno se encuentra en el Apocalipsis, que contribuye más que cualquier otro libro de la Biblia a nuestra comprensión moderna del infierno como lugar de fuego, condenación y, por supuesto, de Satanás. “El diablo fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap 20, 10; 14, 9- 11).

      Se creyó que Cristo inmediatamente después de su muerte en la cruz luchó y conquistó al príncipe del infierno. Aunque los manuscritos más antiguos del credo de los Apóstoles no contienen el pasaje “descendió a los infiernos”, que es un añadido del siglo VII, no hay duda alguna de que la idea se impuso ya en el siglo II.

     F. C. Conybeare, en su Monuments of Early Christianity, dice, sobre la creencia en el infierno: “Nos equivocamos si pensamos que esta terrible sombra no se extendió por la mente humana mucho antes del nacimiento del cristianismo. Por el contrario, es una forma de supervivencia de la etapa más primitiva de nuestro desarrollo intelectual y moral. Los misterios de los antiguos mundos griegos y romanos fueron pensados ​​como modos de propiciación y expiación; para escapar de esos tormentos, Jesús el Mesías, fue el último y el mejor de los dioses redentores”. ¿Y por qué fue Cristo un salvador mejor que los dioses y héroes de Grecia? Simplemente porque era humano y realista, no mitológico y simbólico. Jesús cumplió con el ideal moral que había sido establecida por Platón.

     La teoría jurídica de la muerte de Jesús y su relación con el diablo la desarrolló más ampliamente Orígenes. Según él, el sacrificio de Jesús no se hace para hacer una expiación a Dios o para satisfacer su sentimiento de justicia (que es la concepción protestante), sino para pagar al diablo. Jesús es, por así decirlo, un cebo para el diablo. Satanás se imagina que debe destruir a Jesús, pero después de haber conseguido matarlo, descubre, para su pesar, que ha sido burlado por el Señor. Dios le había tendido una trampa, y tan tonto fue que cayó en ella.

La Edad Media


La demonología de la Europa del Norte

     La idea del mal jugó un papel importante en la religión de los teutones. Se cree que Loki, el dios del fuego, el astuto revoltoso entre los Asas, trajo el pecado y el mal al mundo.


     Cuando el cristianismo se extendió por el norte de Europa entró en contacto con las naciones teutónicas y celtas, agregó nuevas ideas a su sistema y transformó varios rasgos característicos de su visión del mundo.

     La concepción del infierno como se muestra en la Divina Comedia de Dante, es en todos sus elementos esenciales producto de la imaginación del Norte. Dante siguió de cerca las tradiciones teutónicas, que en su tiempo se habían convertido en conocimiento común en el mundo cristiano mediante los escritos de Sajón Gramático, Beda Venerable, Alberico, Caedmon, Caesarius de Heisterbach, y otros. Es de destacar que el infierno más profundo del Infierno de Dante no es un lago de azufre ardiente, sino la desolación invernal de un lugar de hielo.

Dante reproduce en su descripción de Satanás y del infierno las ideas mitológicas del Norte tan populares en sus días. Sus cantos no solo nos recuerdan el viaje de Ulises y de Virgilio al mundo abisal, sino también y sobre todo al caballero Owain descendiendo al purgatorio de san Patricio en Irlanda, y la visión del infierno descrita por Beda, Alberico y Chevalier Tundalus.
La creencia en la brujería

     Con la creencia en la brujería un nuevo período comienza en la evolución de la humanidad. El diablo se hace más respetado que nunca; de hecho este es el período clásico de su historia y el momento culminante de su vida. Se establecían contratos con el diablo en los que los humanos le entregaban sus almas por todo tipo de favores.

     En el siglo XIII el diablo alcanzó el apogeo de su influencia. Solo es posible dar un pequeño boceto de la actividad de los diablos durante este período. Nada extraordinario podría suceder sin que se le atribuyera a él. Para la gente de la Edad Media, muchas cosas que para nosotros son comunes y normales, eran muy extraordinarias.

En la obra Dialogus Miraculorum, de Cesarius de Heisterbach, que murió alrededor del 1245, encontramos que no solo las tormentas, el granizo, las inundaciones, las enfermedades, sino también ruidos inesperados, el susurro de las hojas, el aullido del viento, se atribuían al diablo, que se aparece como oso, mono, sapo, cuervo, buitre, como un caballero, un soldado, un cazador, un campesino y un dragón.

      El libro de Cesarius, escrito principalmente para la instrucción de jóvenes monjes, se hizo famoso porque es una imagen real de la concepción de aquellos tiempos. La tendencia de todas las historias es que no hay salvación más segura que en la hermandad de los monjes cistercienses, la orden a la que pertenecía el autor.




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