La de los tristes destinos



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- XIII -

     Retirose Novaliches; entregose Alfonso con delicia al placer de enseñar su Plaza de Toros a Tinito y a otro niño (hijo de un portero de damas) que había bajado antes, y Pepe Fajardo pasó con su amigo Morphy a Mayordomía, donde el gentilhombre de guardia tenía que anotar sus observaciones. Tuvo, pues, el hombre la mejor coyuntura para hojear el registro y conocer en sus menores detalles la vida, los estudios, conducta, indisposiciones del Príncipe de Asturias, y el tratamiento físico y mental que a su salud y educación se aplicaba. El libro, [126] destinado sin duda a documentar una parte esencialísima de la Historia patria, resultaba de inmenso interés en su insípida y deslavazada literatura.

     Beramendi leyó: «1º de Octubre.- Su Alteza Real ha almorzado a las doce de la mañana. A la una ha dado la lección de ejercicios, hasta las dos menos diez minutos; a las dos dio la lección de Escritura con el señor Castilla, y a las tres de Religión con el señor Fernández. A las cuatro y media tomó sopa de arroz como acostumbra, y a las cinco menos ocho minutos subió a las habitaciones de Su Majestad la Reina para salir de paseo...».

     «4 de Octubre.- Su Alteza estuvo jugando hasta las dos y cuarto. No tuvo lecciones por ser hoy día de Su Majestad el Rey, y a las tres menos cuarto subió a las habitaciones de Su Majestad la Reina para asistir al besamanos con el traje de sargento primero y la cruz de Pelayo. Concluyó la ceremonia a las seis y cuarto, a cuya hora bajó Su Alteza con el señor Marqués de Novaliches porque le apretaba mucho una bota (no al Marqués, sino a Su Alteza). Dicho señor Marqués le quitó la bota y examinó minuciosamente el pie, sin encontrarle nada de particular. De esta circunstancia se hace especial mención por haberlo creído oportuno el Jefe superior del Cuarto de Su Alteza...».

     Observó Beramendi en su rápida lectura la variedad de estilos de los tres caballeros [127] guardianes de Su Alteza. En lo escrito por Morphy se revelaba el hombre de cultura y principios; discreto y claro aparecía don Bernardo Ulibarri; don Isidro Losa era la pura sencillez mental. Atento sólo a la escueta obligación doméstica, llenaba páginas del libro con su gramática inocente y su fantástica ortografía. Ved la muestra:

     «Dia 6. El Principe mi señor almorzo a las doce Dio sus Lecciones, salió a N. S. de Atocha... comio vien se metió en la cama a las diez a dormido diez horas tomó poco chocolate se a confesado a las nuebe y media el Padre Fernandez celebró la misa... Dia 9. Almorzo con apetito; dio sus Lecciones a las Oras marcadas y bastante inquieto: a las cuatro se aseo tomo la Sopa y Salio a Paseo Con el Mayordomo Sr. Marques de Novaliches, Profesor Sanchez y Juanito bolbio a las Seis y Cuarto... subio a comer a las ocho se lebanto de la mesa y hasta las diez permanecio en la camara jugando con Juanito se dio un golpe en el muslo Izquierdo con el Tallado de una Cónsola, a las diez se quedó dormido desperto a las nuebe sin moberse en toda la noche Se lebantó a las nuebe y media sin sentir dolor por el golpe rezo las oraciones asistió a misa en Su Cuarto salio a paseo a la Montaña con Su Mayordomo Mayor bolvio a las once y asistio a la misa de Ofrenda con SS. MM. y AA. a las doce menos Cuarto bajo y se Corto el Pelo S. A.».

     Repasando el Diario, observó Fajardo que en la endeble salud del Príncipe ponían los [128] tres guardianes toda su atención. Rara era la página en que no se leía: «se despertó a media noche, estornudó y se sonó», o bien: «anoche no estornudó más que una vez». Ulibarri escribía: «Despertó a las seis menos cuarto para sonarse, quedando dormido en seguida». De Morphy es este párrafo: «Durante la comida estornudó Su Alteza varias veces: atribuyéronlo Sus Majestades a haberse asomado al balcón la noche antes para oír la serenata». Pero aún más que de la salud del cuerpo del Príncipe, debían inquietarse de la del alma, pues minuciosamente apuntaban cada día sus rezos y devociones. Entre las monotonías del machacón y cansado libro, descollaba el inevitable informe de la lección de Religión y Moral que el Príncipe daba diariamente. Podían olvidarse de otros asuntos; pero esta ingestión de cascote no se les quedó jamás en el tintero.

     Una hora larga de Religión todos los días del año había de dar al Principito un saber dogmático que le permitiría hombrearse con el Concilio de Trento. Ocurría que cuando algunos mitrados visitaban a la Reina, mandábales esta al cuarto de su hijo a que presenciaran la tarabilla religiosa. A este propósito dice Morphy con cierto cansancio irónico: «dio la lección Su Alteza en presencia de los Obispos de Ávila, Guadix, Tarazona y de otra diócesis que no recuerdo». Y el sencillísimo Losa nos cuenta en su parte del 30 de Octubre: «A las Ocho y Media disperto labo y vistio dio gracias a Dios y tomo chocolate [129] con apetito a las diez dio lección de Religión en la presencia del Sr. Cardenal de Burgos quedando muy complacido de lo adelantado que esta su Alteza por lo que merecia nota de Magnificamente en todo».

     En lo referente a los cuidados y tratamiento medicinal del Príncipe, demostraban los gentileshombres el miedo a complicaciones patológicas. Los accidentes más vulgares eran registrados como garantía del exquisito esmero que debía ponerse en conservar la preciosa vida del heredero del Trono. Constan en el libro prolijas observaciones anotadas por Ulibarri y Morphy con discreta retórica; mas el bueno de don Isidro, enemigo de circunloquios, refería los hechos con realismo ingenuo, y así su prosa histórica nos da esta candorosa sinceridad: «El Serenísimo principe mi Señor se dispertó a las nuebe menos diez minutos se labo, bistió, rezando sus Oraciones, tomó chocolate, se le mobio el Vientre muy natural y abundante; a las diez menos cuarto principio la leccion de Religion... salio a paseo a las once menos cuarto... con Juanito fue al gicnasio pasó una hora muy dibertida esta muy vien de Salud...».

     Hojeando, encontró el Marqués esta interesante página suscrita por Ulibarri: «1.º de Noviembre.- Su Alteza asistió a la Capilla Pública con Sus Majestades e Infanta Isabel: estuvo en la función con mucha atención y compostura, bajando luego a su cuarto, donde jugó hasta las tres y media, [130] que tomó la sopa. A las cuatro se recibió aviso de Su Majestad la Reina para que subiera Su Alteza al despacho con objeto de ver al Brigadier de la Armada don Juan Topete, a quien abrazó Su Alteza por indicación de Su Majestad, cuya honra fue hecha por su buen comportamiento en el combate del Callao».

     Suspendió el curioso lector al dar las doce su fisgoneo del Diario; Morphy entregó la guardia a don Isidro Losa, y con los saludos al uno de despedida, al otro de entrada, se entretuvo el caballero más de lo que quiso. Quedó, pues, un rato en poder del bueno de Losa, el cual le rogó que fuese una mañana a la hora en que Su Alteza daba la clase de Moral y Religión. Así podría formar idea de lo bien instruidito que estaba en aquella sabiduría, la principal y más necesaria para un Rey. «Créame, don José -decía, dándole cariñosos palmetazos en el hombro-, lo que nos importa es tener un monarca muy religiosito y sumamente moral».

     Oía Pepe Fajardo al buen don Isidro como quien oye llover, que acostumbrado estaba, desde los tiempos de don Feliciano, a la densa monotonía de sus opiniones. En la casa se le apreciaba por su fiel amistad, pues tanto como tenía de anticuado en sus pensares, tenía de consecuente en sus sentires. Era, pues, un hombre de buen natural, afectuoso, que había sabido hacerse perdonar su inverosímil, casi milagroso encumbramiento. [131] Si el palatinismo es una carrera, no se vio jamás carrera más loca que la de aquel bendito señor. Empezó por cerero de Sor Patrocinio, fámulo más bien de la cerería que a la llagada Madre suministraba velas y blandones; adornábale los altaruchos; le servía en recaditos y encomiendas. De estos obscuros menesteres pasó a la servidumbre del Rey don Francisco, donde su lealtad, diligencia y buen modo le captaron la voluntad del augusto amo. Servidor fiel de la familia, velozmente adelantó y subió en el escalafón palaciego. Fue Ujier, Secretario de Cámara, Gentilhombre de casa y boca, Mayordomo de Semana... llegó a poseer la gran Cruz de Isabel la Católica, y por fin, el título de Conde. En el trato particular, don Isidro era siempre llano, modesto, y no tenía más orgullo que la incondicional y ardiente adhesión a la Familia, en cuyo servicio había subido de cerero a personaje resplandeciente de galones, cintajos y veneras que infundían a la gente un respeto hierático. Su estatura era menos que mediana; sus cabellos, su bigote espeso y cortado blanqueaban ya; su cuerpo rechoncho inclinábase un poco, como cediendo al peso de tantos honores.

     Conversó de nuevo Pepe Fajardo con Su Alteza, teniendo ocasión de apreciar por segunda vez su bondad y claro entendimiento; recomendó a Tinito la formalidad, y con un apretón de manos a don Isidro y nuevos espaldarazos de este, hizo su despedida del [132] Cuarto del Príncipe y de Palacio, satisfecho de las enseñanzas de aquella visita. En su casa contó a María Ignacia cuanto había visto, y tres días después recibió la visita del gran Confusio, con quien sostuvo un coloquio interesante, digno de pasar a la Historia, aunque esta sea la llamada Lógico-Natural.

     «Ya puedes ir abandonando -dijo Beramendi- tu plan de Reinado de Alfonso Doceno. Si así no lo haces, desde nuestros sepulcros oiremos las carcajadas de la realidad. He visto de cerca al Príncipe, he respirado el ambiente que él respira, he tomado el pulso a su educación y a sus educadores, y he venido al convencimiento de que su reinado, si Dios no lo dispone de otro modo, no será como tú lo imaginas... Sí, honrado Confusio; sí, candoroso Confusio... Alfonso es un niño inteligentísimo; posee cualidades de corazón y pensamiento que bien cultivadas, bien dirigidas, nos darían un Rey digno de este pueblo; pero semejante ideal no veremos realizado, porque se le cría para idiota: en vez de ilustrarle, le embrutecen; en vez de abrirle los ojos a la ciencia, a la vida y a la naturaleza, se los cierran para que su alma tierna ahonde en las tinieblas y se apaciente en la ignorancia».

     Decía esto el buen Fajardo poseído de ardimiento y cólera; medía la habitación con pasos de gigante, y sus brazos aspeaban por encima de la cabeza. El pobre Santiuste oía sin chistar, pálido y atónito ante la iracunda [133] voz y descompuestos ademanes de su Mecenas. El cual prosiguió: «Compadezco a ese niño y compadezco a mi Patria. En Alfonso vi una esperanza. Ya no veo más que un desengaño, un caso más de esta inmensa tristeza española, que ya ¡vive Dios!, se nos está haciendo secular».

     Calló el prócer después de dar un fuerte manotazo en la mesa, junto a la cual se sentaba el esmirriado Juanito. Este saltó de su asiento como un muñeco de goma. Siguió una corta pausa, durante la cual el escultor de pueblos revolvió en su turbada mente las ideas optimistas que acerca de la educación del Príncipe tenía, y como buen lunático se dispuso a sostenerlas diciendo: «Señor, con la venia de usted yo insisto en que los educadores del heredero de la Corona sabrán modelar al hombre y al Rey para que sea la mayor gloria de esta Nación en el siglo que corre y parte del que venga».



     -Por esta vez, Confusio amigo -dijo Beramendi cada vez más nervioso y exaltado-, no te dejo vagar por las nubes, no permito que te encarames a las estrellas para escribir tu Historia. ¿Sabes lo que hago? Agarrarte por el pescuezo, restregarte el hocico contra las asperezas de la realidad, para que te enteres, para que conozcas los hechos tales como son. (Marcando con gesto vigoroso la intención de hacer lo que decía...) Así sabrás la verdad de la educación del Príncipe, que no es educación, sino todo lo contrario, un sistema contra-educativo. Sus [134] maestros le enseñan a ignorar, y cuanto más adelantan en sus lecciones, más adelanta el niño en el arte de no saber nada... Bien está el manejo de las armas; buena es la equitación como ejercicio corporal: la prestancia de un Rey exige todo eso... ¿Pero acaso no pide también una fuerte enseñanza espiritual? ¿Es el Rey no más que un figurón a pie o a caballo para presidir ceremonias ociosas o paradas teatrales? Un Rey es la cabeza, el corazón, el brazo del pueblo, y debe resumir en su ser las ideas, los anhelos y toda la energía de los millones de almas que componen el Reino. ¿No lo crees así, o es que tú también te has vuelto idiota?




- XIV -

     -Así lo creo -dijo Confusio con más fuerza en el movimiento de cabeza que en la delgada y tímida voz.

     -Pues bien: para el modelado espiritual de nuestro Rey no hay en aquella casa más que un cura teólogo y poeta, que tiene el encargo de administrar diariamente al Príncipe una dosis de Religión indigesta y de Moral abstracta que el pobre niño aprende a lo papagayo. Con escoplo y martillo, el don Cayetano va metiendo en el cerebro de Alfonsito sus lecciones. ¿Y estas qué son más que un conglomerado farragoso que se [135] irá endureciendo y petrificando, masa inerte de conceptos sin sentido, que no dejará lugar para otras ideas si en su día quisieran entrar allí? Muy santo y muy bueno que se enseñen al primero de los españoles los principios fundamentales de la Religión que profesamos. Pero el catecismo es sencillo, breve, facilísimo. ¿A qué vienen esas pesadas y tediosas lecciones? Lo que Jesucristo enseñó con aforismos y parábolas de hermosa concisión, ¿por qué lo ha de enseñar don Cayetano en días y días con amplificaciones hueras y pesadeces sermonarias? ¿Qué substancia ha de sacar Su Alteza de esa ingestión de paja, en la cual van perdidos algunos granos de trigo? Bastaría para enseñar al Príncipe la Religión las cortas lecciones de un aya discreta y dulce... ¿Y qué me dices de ese furor para incrustar en la mente de Alfonso una moral teórica y formularia que el niño no puede entender? ¿No sería más eficaz enseñarle la Moral con continuos ejemplos y observaciones de la vida? Yo te aseguro que si el Príncipe no echa por sí mismo de su cerebro toda la paja y el serrín que le introduce con su labor de fabricante de muñecos el Padre filipense, acabará por no tener religión ni moral: será un volteriano y un hombre sin probidad...

     -Cierto, cierto -dijo Confusio, que con la fuerte inyección de ideas administrada por Beramendi se puso en gran inquietud, y levantándose de un salto empezó a dar manotazos [136] y a correr disparado por la estancia-. Lo que el señor dice es claro y sencillo como el Evangelio... Educación mísera, educación de Seminario, no para Príncipes... en todo caso para Princesas... no para Reyes, sino para sacerdotisas destinadas al bordado de casullas. Pero yo, señor... y no se incomode por lo que digo... yo tengo compromiso de presentar el Reinado de Alfonso como de los más bienaventurados y magníficos. Es inspiración, señor; es aviso del Cielo que siento en mi alma; y si yo abandonara este criterio para adoptar otro, me moriría sin remedio... porque, créalo el señor Marqués, mi vida está estrechamente enlazada a estas dulces mentiras.

     Cogiole Beramendi del brazo y le llevó al sillón, obligándole a sentarse. «Sosiégate, pobre Confusio -le dijo-, y óyeme. Hay un modo de conciliar tus ideas con las mías, tu ilusión con la realidad. Escribe el Reinado a tu gusto: glorioso, lleno de prosperidades, y además largo. Puedes dilatarlo hasta comprender todo el primer cuarto del siglo que viene. Dale al buen Alfonso una larga vida, y en ese tiempo despáchate a tu gusto, haz de esta pobre España un país extraordinariamente venturoso y civilizado, devolviéndole sus pasadas grandezas. Mas para eso necesitas educar al Rey. ¿Cómo? Voy a decírtelo. Nada conseguirás teniéndole bajo la férula de don Cayetano Fernández. Sácale de ese ambiente de ñoñerías, rezos y lecturas de libritos devotos del Padre Claret; [137] aplícale el remedio heroico, el procedimiento educativo y bien probado... ¿No caes en ello? Pues si quieres hacer de don Alfonso un gran Rey, de vida fecunda y altos hechos, arráncale a viva fuerza de ese obscuro Cuarto Real y échale de aquí, lánzale al azar de la vida libre...».

     -¡Revolución! -murmuró por lo bajo el trastornado pensador, como hablando con su camisa-. ¿Y...?

     -Revolución, sí -dijo Beramendi con nueva inquietud y furia de pensamiento, soltándose a los paseos de gigante en la estancia-. Revolución, Cirugía política, ya que la Medicina está visto que no sirve para nada... Amputación, hijo, pues no hay otro remedio. Tienes que coger al Príncipe y convertirle en Juan Particular, lanzándole al aire del mundo, a la adversidad... Verás cómo se despabila... verás cómo sus talentos renacen, cómo su voluntad se fortifica, y todo su ser adquiere gran viveza y brío. Hazlo así: cierra los ojos, y fuera con todos. Esta gente no aprende de otro modo... Hay que desentumecer, hay que sanear, penetrar en Palacio con un largo plumero y quitar las telarañas que ha tejido en los altos y bajos rincones el genio teocrático... Y en cuanto al espíritu de Fernando VII, que pegado a los tapices, a las sedas y alfombras allí subsiste, no echarás más que con exorcismos de Prim y buenos hisopazos de agua de Mendizábal... Anda, hijo; emprende la obra. No te olvides de quemar la santa túnica [138] de Patrocinio, sudada y asquerosa, que allí encontrarás; quemarás asimismo todos los papeles que encuentres de la bonísima cuanto inexperta doña Isabel, pues nada pierde la Historia con que las llamas devoren ese archivo... Y por fin, el Cuarto del Rey don Francisco lo sanearás y purificarás, no con el fuego, porque no lo merece, sino con aire tan sólo: bastará que abras balcones, puertas y ventanas para que salgan todos los mochuelos, lechuzas, murciélagos, correderas y demás alimañas que allí han hecho su habitación...

     »Luego que termines estas operaciones salutíferas, mi buen Confusio -añadió el Mecenas-, dejas pasar tiempo, el tiempo prudencial según tu criterio, y cuando creas llegada la ocasión, traes del extranjero a nuestro Príncipe y le proclamas Rey. Verás cómo viene robusto, templado por la desgracia, fuerte de voluntad, vigoroso de entendimiento, nutrido de sanas ideas, y encaminado a las resoluciones que le harán digno Jefe de un Estado glorioso. En tales condiciones, podrás construir, con el nombre de Alfonso Doceno, un reinado que no debe durar menos de medio siglo.

     La convicción y elocuencia con que hablaba el ingenioso Beramendi fue mecha que inflamó la pólvora de ideas, que almacenada en su tumultuoso cerebro tenía el buen Confusio, porque estalló en entusiasmo y alegría como el que súbitamente descubriera un mundo. Saltando del asiento, [139] erizado el cabello, encendidos los ojos, altos los brazos, exclamó: «Señor Marqués, bendita sea su boca, que me ha dado la clave de mi Libro Quinto. Ya lo veo claro; ya veo el reinado grandioso, el reinado de paz, ventura y progreso, que prolongaré, si usted me lo permite, hasta 1925».

     Mientras le decía Beramendi que podía prolongar el reinado de Alfonso todo lo que le diese la gana, y crear una extraordinaria riqueza nacional, un Ejército poderoso, una Marina formidable, aumentar las colonias, extender el dominio hispánico por África y América, etcétera, etcétera, fue nuestro buen Santiuste cayendo desde la altura de su entusiasmo a la profundidad de un frío aplanamiento.

     «Pero, señor Marqués -dijo con desconsolada y temblorosa voz-, desde que arrojo a nuestro Alfonso hasta que le traigo de nuevo a España, hay un espacio, un interregno... ¿Qué pongo en él?... ¿Prim dictador, Prim Cromwell, Prim Rey?... ¿O será más bonito que ponga un poco de República?».

     -Pon lo que quieras -respondió el Mecenas con plena voz vibrante, pues, trocados los papeles, él era el más exaltado y Santiuste el más apacible-. No me preguntes a mí lo que has de poner. ¿Soy yo acaso el historiógrafo lógico-natural, maestro en la pintura de sucesos fabulosos, ideales, nunca vistos, nunca imaginados por mortal alguno? De tu meollo fertilísimo sacarás materia para ese interregno y para tres más... [140] Pon Repúblicas, Protectorados, Dictaduras; pon audacias, calamidades, transformaciones felices, éxitos locos, fracasos más locos aún; pon grandezas caídas, pequeñeces exaltadas, explosiones de amor, de ira, de heroísmo, de vileza, inauditos casos de probidad y de corrupción. Si los Reyes necesitan desentumecerse y estirar brazos y piernas, más necesitados están los pueblos del ejercicio libre, de la tensión de músculos y de la celeridad de la sangre. Pon fases inesperadas, tintas vigorosas, inflexiones violentas en la continuación natural de la vida. No pongas puertas al campo de tu inventiva, ni barreras a tu erudición adquirida en la biblioteca del espacio; derrama tu ciencia ideal, la que más satisface al alma, para que te admiren las generaciones, para que te...

     Cortada fue bruscamente la declamación del buen Fajardo por la presencia de su mujer, que entreabrió la puerta del despacho diciendo: «Pero, Pepe, ¿qué es esto?».

     Desde un gabinete, donde estaba con doña Visita y don Isidro Losa, oyó María Ignacia la voz de su marido en un tono y diapasón desusados. Corrió allá, creyendo que el desvaído Confusio le había dado motivo para montar en cólera.

     «No es nada, mujer -dijo el Marqués, recobrando al momento su calma risueña-. Juanito y yo, por pasar el rato, nos ensayábamos en la oratoria tribunicia. Este se mostraba partidario de las formas reposadas; yo quise ponerle un ejemplo del decir [141] violento, de la imprecación, del exabrupto...».

     No gustaba a la Marquesa que las conversaciones de Pepe con el historiador lógico-natural fuesen demasiado largas. «Ya es hora, Juanito -dijo a este-, de que vaya usted a dar su paseo... Con que... adiós... Hasta mañana». De la misma opinión fue Beramendi, que despidió al amigo en la forma más cariñosa... Sola con el esposo, María Ignacia le recordó que Su Majestad había llamado a la Cámara Real a Tinito. Obsequiosa estuvo doña Isabel con el niño, colmándole de caricias y afectos, y al despedirle, díjole que tendría mucho gusto en que fueran sus papás a visitarla. «Acordamos -agregó la Marquesa- pedir a Su Majestad una audiencia para darle las gracias por las atenciones que tanto las Infantas como el Príncipe han prodigado a nuestro hijo. Don Isidro Losa se encargó de facilitarnos la audiencia... Pues ahí está. Viene a decirnos que Su Majestad nos recibirá mañana a las tres, en audiencia especial para nosotros solos... ¿Te enteras? Parece que estás lelo... Mañana; y tenemos que llevar a Felicianita. La Reina desea conocerla».

     -Mañana... No estoy lelo, mujer, sino contentísimo de que ofrezcamos nuestros respetos a doña Isabel... Buenas cosas le diré... No, no te asustes... Le diré tan sólo que se vaya preparando... No, tampoco es eso. Le diré que... nada: que nos veremos en París el año que viene por este tiempo. [142]

     -Vamos, tú estás hoy de juego... Ven a ver a don Isidro.

     -Voy a ver al gran don Isidro, que es uno de los más robustos pilares en que se asienta la Monarquía española.

     Toda aquella tarde estuvo Pepe divagando en estas chispeantes bromas, lo que a su mujer inquietaba un poquito, pues quería verle siempre bien aplomado y sin el menor desentono en sus pensamientos. Y hasta el día siguiente, cuando ya se disponían a salir para Palacio, persistía la Marquesa en su inquietud, porque Pepe no dejaba de asustarla con sus equívocos maleantes. «Me parece, querida esposa, que saldremos de la audiencia entre alabarderos».

     -Quita allá, tonto. No te hago caso...

     Cesaron las bromas al salir en coche para Palacio. Llevaban a Tinito y a Feliciana, y por el camino el pequeño daba a su hermanita lecciones de etiqueta, pues la niña no se había visto nunca entre personas reales... Tras una espera brevísima, el gentilhombre de guardia, Conde de Moctezuma, condújoles a la presencia de Su Majestad, que en su Cámara les esperaba con el Príncipe de Asturias. ¡Con qué afecto tan sencillo y familiar les recibió la Señora! Besó María Ignacia la mano de la Reina, y esta besó a Felicianita, ponderando su dulce belleza; a Tinito acarició también, y al saludo de Beramendi dio esta donosa respuesta: «Sí, sí: contenta me tienes... Necesito llamaros para que vengáis a verme. Sé que me queréis, [143] porque me lo cuentan; pero no se os ocurre venir a decírmelo».

     Marido y mujer replicaron con toda sutileza posible a la bondad de la Soberana, que les mandó sentarse, y ella puso a su lado, en el confidente, a Felicianita, cuya mano conservó un rato entre las suyas. María Ignacia estaba frente a Su Majestad; Beramendi un poco más lejos, y Alfonso y Tinito, replegándose al ángulo próximo al balcón, se entretuvieron en hojear un voluminoso librote con estampas o figurines de todos los uniformes antiguos y modernos del Ejército español.

     «Ignacia -dijo la Reina-, viéndote me parece que veo a tu buen padre..., ¡oh, aquel don Feliciano!... carácter recto y leal como ninguno. ¡Y luego tan religioso...! ¡Ah!, caballeros como Emparán son los que yo quisiera tener siempre a mi lado para que me aconsejaran... Créelo, pocos hombres hemos tenido aquí como tu padre... A él debo la inmensa ventaja de que bastantes carlistas me hayan reconocido, y que estén conmigo muchos que estuvieron con mi primo Montemolín».



     Esperaba María Ignacia que contestara su marido a estos expresivos conceptos, que escondían sin duda una intención política. Pero como él no chistó, limitándose a una ceremoniosa cabezada, tuvo ella que aprontar frases de relleno: «Yo procuro imitar a mi padre... imitarle en su sencillez, en sus virtudes...». Y por poner un puntalito a la [144] conversación, que se caía de un lado, hizo el panegírico del señor de Emparán y el relato patético de su muerte, que fue como la de un santo. Mientras la dama salía del paso con estas remembranzas anecdóticas, Beramendi hablaba con doña Isabel; pero sólo con el pensamiento, y sin desplegar los labios le dirigía estas severas reconvenciones: «¿Por qué celebras la adhesión del absolutismo, si el llamarlo y acogerlo ha sido tu error político más grande, pobre Majestad sin juicio? Eso, eso es lo que más te ha perjudicado y acabará por perderte: agasajar a los que te disputaron el Trono, y dar con el pie a los que derramaron su sangre por asegurarte en él. Te has pasado al bando vencido, y para los que te aborrecieron has reservado los honores, las mercedes, el poder. Hipócritamente se agrupan a tu lado, y con devotas alharacas te rodean, te adulan, te abrazan... Pero no te fíes: los que parecen abrazos son empujones hacia el abismo».






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