La de los tristes destinos



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- IX -

     El amigo era Isidro el Pollero, así nombrado en Madrid entre los conspiradores y revolucionarios de armas tomar. Conociole Ibero en casa de Chaves haciendo la lista para la distribución de armas; se habían batido juntos en la barricada de la calle de la Luna. Iba a la estación Isidro a encontrar a Chaves, creyendo que en aquel tren llegaba. Díjole Santiago que no le había visto en el tren; en Madrid sí, días antes. Quizás vendría en el Correo, si había logrado proporcionarse el viaje en condiciones de seguridad, lo que cada día era más difícil. Apenas salieron Isidro y Santiago de la estación, encontraron a otro emigrado, sargento [87] de Artillería, y en el paso por Saint-Esprit a otros dos, uno de ellos sargento del Príncipe. En el puente y en las calles de la vieja ciudad fueron tropezando con españoles que dirigían al Pollero un saludo triste. Con algunos hablaron brevemente: en los vagos coloquios, las añoranzas de la patria distante iban a parar por natural desviación lógica a los rosados ensueños de la ojalatería.

     Hablaron de alojamiento; pero Santiago no aceptó el que el Pollero le ofrecía, porque ya venía encaminado a determinada casa por un amigo del tren. «Sí -dijo Isidro-; calle de los Vascos. Esa es la Pequeña Guipuzcoana; hay otra, la Grande, que aloja señores y damas de alto copete... Ven, y te enseñaré la casa. Tu patrona es una que llaman Juana Goiri, que habla un endiablado pisto, francés y español revueltos con vascuence. Pero es buena mujer: en su casa verás algunos emigrados y muchos contrabandistas». Poco después de oír estas referencias, quedó Ibero instalado. Su cuarto era humilde, la casa ruidosa, la comida ordinaria, atropellado el servicio, la patrona bigotuda, varonil, bondadosa, y de un léxico fantástico. Dos días necesitó Ibero para llegar a entenderla y a comunicarle el artificio de su falso nombre, Carlos de Castro, dándole a conocer el verdadero... porque recibiría cartas reservadas de una señora, cartas también de su familia.

     La primera diligencia de Santiago fue [88] escribir a su padre, exponiéndole su triste situación y pidiéndole algunos dineros para... reblandecer el duro pan del destierro. Cumplido este deber, o llámese necesidad, puso toda su mente en aquel honesto ideal amoroso que era norte y luminar de su vida. No atreviéndose a ir a San Juan de Luz por temor a la policía francesa, trató de adquirir por sus compañeros de hospedaje alguna noticia del bárbaro Galán y de la bella Saloma. Ninguna luz obtuvo de las primeras investigaciones; mas al cabo de dos días un guipuzcoano apodado Chori, que iba y venía casi diariamente llevando géneros a la frontera, le aseguró que el fiero coronel, con su hija y una monja francesa, se habían ido a Pau y de allí a Olorón. Entendía el tal Chori que Galán no estaba emigrado, o que se había puesto a las órdenes del Comandante general de Jaca, para vigilar a los españoles que conspiraban en la frontera. Con esto, vio Santiago alejada, desleída en opacas brumas su más cara ilusión, y se desalentó enormemente. La vida se le desorganizaba; el Destino le entorpecía con enormes piedras la derecha vía, allanándole los senderos tortuosos conducentes a lo desconocido. En tal estado de ánimo, la imagen de Teresa asaltó su mente con ímpetu, posesionándose de ella como sitiador que penetra en una plaza de la cual huyen sus defensores.

     Por cierto que le sorprendía la tardanza en recibir el anunciado aviso de la bella [89] pecadora. Tantas prisas en el tren, y tanto allá voy, allá iré, y luego nada. ¡Señor!, ¿habría cambiado de cuadrante, y sus locas pasiones, movidas del viento, miraban a otro punto? ¡Oh inconstancia de la mujer! ¿Quién fía en el vuelo de estas destornilladas avecillas? Y como la privación, o el incumplimiento de las promesas femeninas, aviva el deseo, el pobre Iberito no pensaba más que en Teresa, y en contar las lentas horas de su tardanza... Triste era su vida, al octavo día de residir en Bayona. Por distraerse, trató de poner interés en la política, y pasaba algunos ratos en el café Farnier, lugar de cita y del gran mosconeo de los emigrados, que siempre zumbaban la misma cantinela.

     En Farnier tuvo Ibero el gusto de encontrar una noche al gran Chaves, recién llegado: era siempre el conspirador temerario, incansable, dispuesto a sacrificar su vida cien veces por la bella y fantástica Libertad. Díjole que en Madrid imperaba la furiosa reacción, y que España sería pronto un presidio, no suelto, sino atado, si no se levantaban hasta las piedras contra tan asquerosa tiranía; mostró y repartió papeles clandestinos que había traído, injuriosos versos, aleluyas indecentes, caricaturas en que aparecían las personas reales en infernal zarabanda con monjas y obispos... Como le dijese Santiago que no había podido entregar las tres cartas que trajo, por haberse ausentado don Salvador Damato y don Jesús Clavería, [90] y no conocer la residencia del Marqués de Albaida, encargose Chaves de aquella comisión, añadiendo: «Sé dónde vive el Marqués; Clavería y Damato están en París: pronto volverán. Dame las cartas que te dio don Manolo Tarfe por encargo de Muñiz, y yo respondo de que llegarán a su destino; que para estas cosas, cuando tú vas, pobre chico, yo estoy de vuelta». Hablaron luego del fusilamiento de los infelices oficiales Mas y Ventura en Barcelona, señal evidente de la ferocidad reaccionaria. Al comentar el trágico suceso, los emigrados se despojaban de toda sensibilidad, y antes que compadecer a las víctimas celebraban su sacrificio, porque el riego de sangre, según ellos, fecundaba el surco de la Libertad. ¡Víctimas, víctimas, que de ellas tomaba la Revolución su coraje!

     Siempre que Ibero entraba en su casa, hacía la invariable pregunta: «¿hay carta?» y la patrona cuadrada y bigotuda respondía en su jerga trilingüe: «Cartaric no haber pour toi».

     Pero un día, el décimo de Bayona según la cuenta de Clío Familiar, la guipuzcoana respondió afirmativamente. Había llegado carta con doble sobre. ¡Oh alegría del mundo! ¡Por fin Teresa...! Su carta era brevísima: «Salvaje mío, ladrón de mi existencia: no he ido a ti, porque este pobre don Simplicio se ha puesto muy malo. Imposible dejarle en esta situación... Ayer le han sacramentado... Espérame siempre... ¿Cuándo? [91] No lo sabe tu alma en pena. Sólo sabe que pena por ti».

     Calmáronse con esto las tristezas de Santiago; pero como luego transcurriesen más días sin traerle carta ni la persona de la exaltada mujer, volvió a caer en sus murrias, que aplacaba o adormecía con largos paseos por las Alamedas marinas en las risueñas orillas del Adour. Una tarde, cuando de regreso entraba en la Plaza de la Comedia, vio a Chaves que hacia él venía gozoso, restregándose las manos. «Grandes novedades, Iberillo. ¡Venga un abrazo! ¿No sabes?... En Ostende se han reunido las cabezas de la Revolución, los progresistas y demócratas condenados a muerte en garrote vil por el Gobierno de la Camarilla... Pues han acordado tirar patas arriba todo lo existente, y convocar Cortes Constituyentes para que decidan lo que ha de venir después... El único voto en contra fue el de don Juan Contreras, que dijo: 'en ningún caso admitiré rey extranjero'. Se nombró un triunvirato que dirija los trabajos, Prim, Aguirre, Becerra, y se hace un llamamiento a los ricos del partido para que aflojen la mosca y podamos ir formando el tesoro de la Revolución. La cuota es diez mil reales: esa cantidad se le pide a todo progresista, a todo demócrata que la tenga y quiera darla... Esto no va conmigo, pues por la Libertad he perdido cuanto tenía, y sólo puedo dar mi sangre. Tú, niño de casa noble y rica, escríbele a tu padre que apronte los diez mil...». [92]

     Rehusó Ibero acompañarle al café, y se fue a su casa, pues habían pasado muchas horas sin hacer la consabida pregunta: ¿hay carta? Resultó que aquella tarde la hubo; mas no era de Teresa, sino de don Santiago Ibero, y en ella el enojado padre, anunciándole el envío de veinticinco duros, se los amargaba de antemano echándole una brava peluca por haber intervenido en la brutal tragedia del 22 de Junio. Con el sermón paterno y la parvedad del dinero que se le ofrecía, abatiose el ánimo de Santiago, y llegó a lo más intenso el amargor de sus melancolías. Notaba en sí un fenómeno extraño, una disminución considerable, ya que no total pérdida, de su voluntad. El efecto de esto en su espíritu era como el que se produciría en un cuerpo que se quedara exangüe. Y al par que notaba el vacío de su ser, lloraba la voluntad fugitiva, esforzándose en atraparla y en meterla de nuevo en sí. Echaba de menos el mar, donde adquirido había tanta fortaleza moral y física; al capitán Lagier, su maestro en la acción; a Prim, que le daba la norma de los grandes hechos; a los amigos fuertes y tozudos, como Clavería y Moriones, y por fin, hasta la imagen de Vicentito Halconero traía como fortificante a su pensamiento, porque también el cojito amigo era un nervio de vida, por su saber primoroso y aquel entusiasmo angelical.

     La noche fue dura, insana. Ahogábase en el mezquino aposento; escotero se lanzó fuera [93] de la casa y de la ciudad, y en las Alamedas marinas explayó su alma hasta el amanecer. La contemplación de los astros le llevó al recuerdo de los espíritus que en otro tiempo habían sido sus amigos y consejeros, y antes que los evocara fue por ellos visitado. En sus oídos susurraron, en su mente repercutieron, sugiriendo pensamientos extraños, de un sentido, más que exótico, ultramundial. Fatigado de andar a la ventura, se sentó al arrimo de un muro, defensa o pretil del Adour sereno. La noche era calmosa, perfumada, mística. El viento Sur ardiente y espeso, ondeando con rachas locas, traía efluvios de España, ecos y vislumbres de seres o de cosas de allá... traía visión de catedrales, de ojos negros y manos blancas, olor de cabellos perfumados, sonrisas, naranjas, cantar de grillos, aroma de claveles, y el dulce silabear del habla castellana... Pasado un rato no corto en un estado entre la somnolencia y la alucinación, Ibero entró plenamente en esta. Los espíritus enemigos se alejaban y los amigos venían a su lado: no tenían rostro y sonreían; no tenían voz y hablaban. El paso de ellos por el corazón de Santiago pesaba enormemente, cortándole la respiración. Pesaba también en su cerebro, donde todos ponían el nombre de Teresa, sin sonido, sin letras; un nombre no representado por ninguno de los signos propios del mundo físico. Los espíritus lo introducían en el cráneo de Ibero, el cual era como una urna que nunca se llenaba [94] de nombres de Teresa, por muchos millones de estos que en aquella cavidad entraran.

     Apuntaba ya el claro día cuando Santiago se puso en pie. Dio algunos pasos inseguros hacia el puente Mayou. Un espíritu apegado a la persona del joven vagabundo suspiró al lado de este. Ibero le dijo: «Mi fuerza no he perdido... mi fuerza me habéis devuelto». Y el espíritu sin rostro y sin voz afirmó. Detúvose Ibero y dijo: «Esa mujer, esa Teresa... ¡siempre Teresa!... se me ha metido en el alma y no puedo echarla. Mientras más tarda en venir a mi lado, más honda la siento dentro de mí. ¿Por qué es esto?». El espíritu, que no tenía hombros, expresó con un movimiento inequívoco su incompetencia para contestar a tal pregunta. Era un enigma, tal vez un misterio que los seres incorpóreos no podían penetrar... Atormentado por sus dudas, Ibero interrogó de nuevo al buen espíritu, el cual, aunque no tenía dedos ni labios, impuso silencio... Entendió Santiago la indirecta, y no preguntó más.

     Otras noches y días pasó en estos singulares éxtasis, hasta que una tarde, paseándose en el claustro de la catedral, sintió de improviso grande inquietud y deseos tan vivos de ir a su casa, que al instante hubo de satisfacerlos. Indudablemente había carta. Llegó... interrogó... Carta no había; pero sí una señora que acababa de llegar de la estación y que en el humilde cuartito le esperaba... «¡Teresa!... ¡Ladrón!... ¡Al fin!... [95] ¿Has rabiado un poquito?... ¡Qué hermosa estás!». No fue corto el espacio concedido a las naturales ternezas y alegrías, y ya sosegados, explicó Teresa los motivos de su tardanza. Al primer baño cayó enfermo el pobre don Simplicio. Era la descomposición general de una vieja máquina, un agotamiento súbito de todo el ser... Al primer acceso quedó medio perlático; al segundo, no tuvo ya palabra más que para pedir los Sacramentos. Había pecado mucho, y quería poner en orden las cuentas del alma... No podía ella abandonarle en tal desventura. Era ante todo cristiana, y sabía lo que es humanidad, caridad. Aunque a los siete días del primer arrechucho mejoró el consumido señor, recobrando la palabra y pudiendo valerse de sus remos, se avisó a la familia. Su sobrina, la de Yébenes, telegrafió desde San Sebastián que no iría mientras estuviera en Arechavaleta esa mujer... Esa mujer aguardó la llegada del Marqués de Itálica, sobrino del enfermo, y persona corriente y razonable, que se hacía cargo de las cosas. Por fin, halló Teresa la ocasión de hacer entrega del enfermo y de los objetos de su pertenencia, y sin más despedidas ni requilorios, ¡aire!, un cochecito y a Zumárraga. Allí expidió a Patricia para Madrid y ella se vino a Bayona, donde se juntaba con su salvaje, realizando el más ardiente anhelo de su vida. Y pues él y ella eran felices, no se hablara más de lo pasado, sino de lo presente y un poquito del porvenir. [96]

     Ni corta ni perezosa, aquella misma noche alquiló Teresa un carruaje para irse a Cambo con su ladrón, al día siguiente tempranito. Anochecieron en santa paz, inquieta y amorosa... y amanecieron en paz más inefable, con sosiego, adoración mutua y anhelo de cantar un himno al sol, al verde de los campos, al azul del cielo y a la soberana libertad. Ya les esperaba el coche en la puerta, ya se disponían a partir, cuando los dos, asaltados de un mismo pensamiento, acordaron hacer balance y arqueo de sus recursos. «Seamos prácticos -dijo Teresa-. ¿Cuánto dinero tienes?».

     -Tengo los quinientos reales de mi padre -replicó Santiago-. Los otros quinientos que de occultis me mandó mi madre, los gasté en comprarme ropa interior y este trajecito.

     -Pues yo -dijo Teresa, que, sentada con su saquito en la falda, contaba su dinero- tengo tres mil novecientos reales... casi cuatro mil... Con lo tuyo y lo mío juntos, somos riquísimos. Además, mis alhajas, que llevo aquí, valen algo. Las fundiremos cuando no haya otra cosa. Seremos económicos; ¿verdad, pirata mío, que seremos económicos y arregladitos? Pues con arreglo, podremos vivir largo tiempo en un pueblecito bonito y retirado... Reúne tú todo el dinero y guárdalo, que al marido le corresponde administrar los bienes matrimoniales. Vámonos, huyamos... ocultémonos donde no tengamos más compañía que nuestra felicidad. [97]



     Entraron en el coche, y rebosando de gozo, admirados de cuanto veían, llegaron a Cambo, donde comieron... Mas con ser aquel un lindo y ameno lugar, no les pareció bastante escondido, y en el mismo coche siguieron risueños, gorjeando, hasta una aldeíta llamada Itsatsou... Allí se posaron; allí eligieron una rama para su nido los pobres pájaros emigrantes. En aquella espesura nemorosa, no lejos del Paso de Roldán (Roncesvalles), les deja el discreto historiador.




- X -

     Triste y tediosa fue para Vicente Halconero la temporada de San Sebastián. ¿Qué hacía el amigo Ibero, qué le pasaba, a dónde había ido a parar? ¿Por qué no cumplía su promesa de visitarle? Gran desconsuelo era para el cojito verse privado de aquella dulce amistad, tan instructiva como amena, de aquellas pláticas en que la Historia libresca y la Historia vivida sabrosamente contendían. Cansado de esperarle, le había escrito innumerables cartas, dirigidas a diferentes puntos: Bayona, San Juan de Luz, Samaniego, sin que ninguna tuviese respuesta.

     Distraía Vicente su soledad con los espectáculos de las bravas rompientes de la mar o con el trajín de las naves en el puerto... [98] Paseaba por los caminos de Hernani o Pasajes, y concedía poco tiempo a la lectura. Viéndole tan lastimado de la ausencia del amigo, su madre le llevó a Bayona un día, avanzado ya Septiembre: recorrieron todas las fondas, Providencia, Vizcaína y Guipuzcoana, los hoteles de lujo; hablaron con varios emigrados, y ninguno dio razón del misterioso aventurero. Sin duda los que pudieran informar del sujeto o de su rastro, le conocían por otro nombre. «Hijo mío -decía Lucila de regreso a España-: o tu amigo es un ingrato que no se acuerda de nosotros, o se ha muerto, o a su lado le tiene, en París o Londres, el propio don Juan Prim. Esto creo yo lo más probable».

     Esperando la formación del tren español en Irún, vieron a Tarfe, que en el andén se paseaba con el Marqués de Beramendi. Fue Tarfe a saludar a Lucila: la trataba desde el tiempo de Halconero, y con el segundo marido tenía la amistad y buenas relaciones de propietarios colindantes. Cuando volvió Manolo junto a Beramendi, este le dijo: «Siempre es hermosa y lo será hasta que se muera de vieja... Su cara es para mí la más perfecta obra de Fidias. La vi por primera vez en el castillo de Atienza hace la friolera de diez y ocho años. Entonces era Lucila una criatura mitológica... Me enamoré de ella, y padecí la efusión estética, un mal terrible, Manolo; un mal que consiste en adorar lo que suponemos privado de existencia real; un mal que es amor y miedo... Fíjate, [99] observa con disimulo... Me ha visto, y cómo sabe que por ella perdí los cinco sentidos, y seis que tuviera... lo sabe por Confusio... está muy satisfecha de que yo la vea y la mire. Es hoy una buena señora del estado llano, sedentaria, honesta y de holgada posición; lleva ya dos maridos; ha tenido no sé cuántos hijos... y con todo, aún se recrea secretamente con la admiración de los hombres, y más aún de aquellos que fueron sus enamorados... Yo, por mi parte, nunca la veo con indiferencia... Siempre es Lucila, siempre hay en ella algo de celtíbero, de aborigen, de raza madre prehistórica, engendrada por los dioses... ¿Ves?, fíjate: ya se dirige al tren... Delante va el hijo cojito... Mira qué andar grave el de ella; qué admirable compostura de rostro y cuerpo; qué gesto noble para tomar la mano de su hijo, que ya está en el coche para ayudarla a subir. Repara con qué arte se pone en la ventanilla, cómo mira hacia acá sin mirarnos y cómo finge que no sabe que la estamos mirando. Su afectación es tan noble, que imita perfectamente a la naturalidad... Bien sabe ella cuáles son las posiciones de su cabeza y busto que resultan más bonitas miradas desde aquí... Ya se retira de la ventanilla... Ya arranca el tren... Adiós, Lucila, vieja ilusión, mitología arcaica y madura. Que la vulgaridad en que vives te corone de felicidad, te engorde, y te conserve tu españolismo neto».

     Pocos días más estuvieron Cordero y su [100] familia en San Sebastián. Ya Madrid les llamaba, y más que Madrid, el campo con las gratas faenas otoñales. Los preparativos de la vendimia comenzarían pronto. Vendimiaban en Aldea del Fresno, en Méntrida y en Torre de Esteban Ambrán... Hijos y padres gozaban en la fiesta del vino, y Lucila en aquellos días singularmente amaba el campo, por el campo mismo y por vivir junto a su padre, el viejo Ansúrez, ya cargado de años, pero conservando su vigorosa salud, despejo y gallardía. El patriarca celtíbero prolongaba en un descuidado bienestar su senectud venerable. Gozoso contemplaba la grandeza y prosperidad de Lucila, y a los hijos varones desparramados por el mundo veía o consideraba bien apañados y boyantes, cada cual según su oficio y aficiones: el pequeño, un gran músico; Leoncio, hábil armero; Gil, bandido generoso; Gonzalo, moro pudiente; Diego, marino de Rey, y por fin, de Jerónimo, el mayor, huido de la familia antes del éxodo de esta, supo que había sido contrabandista, luego pastor, y por último fraile, hallándose a la sazón de misionero en tierras de infieles. Con tantas satisfacciones, y la salubridad activa del trabajo campestre, el hombre, como buen padre bíblico, iba camino de los cien años, y tal vez un poquito más allá.

     También Beramendi y Tarfe abandonaron pronto los ocios de Guipúzcoa para tornar juntos a Madrid, donde tenían su vendimia, que era el chismorreo político, la reunión [101] de Cortes, y la fiebre de conjeturas que en aquella revuelta edad embargaba la mente de todos los españoles. Atestado venía el tren, pues ya empezaba el desfile hacia cuarteles de invierno. Pasada la estación de Miranda, Beramendi dejó a su mujer y su hijo en el reservado que traía, y se fue a charlar con el Marqués de Perales, que ocupaba con su familia un coche cercano. Hablaron de la cosa pública, que a juicio del Marqués iba por un desfiladero tenebroso... Nadie podía decir de qué lado nos caeríamos. Narváez, debilitado por la edad, no era ya el gobernante de otros días, y se dejaba llevar de la mano por González Bravo. Teníamos, pues, de Jefe de Gobierno a un hombre de corta vista que tomaba de lazarillo a un ciego. Otras cosas dijo que demostraban su atinado conocimiento de la situación política. Pertenecía Perales, como Cortina y Cantero, al grupo de los progresistas templados, que tal vez por su apartamiento de la acción demasiado viva, constituían la mayor fuerza del partido; era un prócer de notoria ilustración, un hombre recto, sencillo, gran agricultor y el primer ganadero del Reino.

     Beramendi le acompañó hasta más acá de Burgos, y ávido de conversación variada, se pasó al coche inmediato en que venían Tarfe y dos caballeros franceses, uno de ellos consejero del Crédito Mobiliario, otro ligado con la famosa casa de banca israelita Baüer y Weissweiller... No encontró Beramendi [102] en aquel departamento la charla frívola y amena que requería, pues los franceses hablaban sin ningún comedimiento de la Reina, de la Corte y del Gobierno español, amontonando sobre las faltas efectivas las imaginarias o por lo menos dudosas, arma envenenada de la malicia. Algo de lo que dijeron aquellos señores no se podía oír con calma, aun reconociendo su veracidad. Los rostros españoles se ruborizaban oyendo tales cosas. Por delicadeza, por quijotismo patriótico, sintiose Beramendi movido a la protesta airada, a la negación grosera... Tarfe le contuvo, diciéndole: «En el extranjero la opinión es tal, que los españoles sufrimos a cada instante los mayores sonrojos. Es fuerte cosa aguantar esto. Podemos sufrir con paciencia nuestra inferioridad mercantil, política, internacional; pero al desprecio del mundo no debiéramos resignarnos». Callaron los españoles; los franceses arreciaron en su amarga crítica y en sus burlas, hasta que, sintiéndose molesto y sin ánimo para contradecirles, Beramendi aprovechó una parada para despedirse y volver a su departamento.

     Sobre Castilla y sus campos trasquilados y amarillos había caído la noche. El viajero halló a María Ignacia soñolienta y a los hijos dormidos. Les dejó en su descanso, y arrimado a la ventanilla, de donde veía el despejado cielo, y la tierra que imitaba la llanura de un mar espeso, se entregó a la vaga meditación. En su inmensidad yacente, también [103] la vieja Castilla dormía, descuidada de los graves afanes de la cosa pública, quizás ignorante de ellos o despreciándolos por atender más intensamente a los afanes de la vida menuda y campestre. Echaba de menos el prócer a su amigo Confusio para filosofar juntos sobre aquella indiferencia de la tierra madre, sobre aquel símbolo del olvido histórico... Corría el tren por el país de los Comuneros, ahora sin aliento para la rebeldía, productor de trigo y paja más que de hombres duros así en la guerra como en la política. Por lo común, todos los gobernantes nos venían hoy de Andalucía, el país del gorjeo retórico y de los parlamentarios, que eran como ruiseñores de la administración.

     Pensando así, se amodorró Beramendi, y empalmando sueñecicos, llegó hasta muy cerca de Madrid, cuya proximidad hubo de reconocer por los morados plantíos de lombarda. En la estación, la servidumbre de Beramendi esperaba a los señores, y tras la servidumbre, tímido y casi invisible, el escuálido Confusio... Una palabra grata tuvo para todos el buen Marqués, y a Confusio singularmente distinguió preguntándole por sus trabajos. «Ya tengo en planta -dijo este- el Quinto Libro de la Historia, y ahora estoy escribiendo la Introducción o Discurso preliminar que quiero leer a usted».

     Diariamente iba repatriando el ferrocarril del Norte a los madrileños que habían salido a tomar aguas, aires, o a darse tono. Aun los que veraneaban por vanidad eran inconscientes [104] auxiliares de la higiene y de la cultura, contribuyendo a la meteorización física y mental de una parte de la raza. A su regreso, Madrid les ofrecía su amenidad otoñal, favorecida del temple benigno; se animaban cafés, teatros y tertulias; la política iba entrando en calor y divirtiendo a la gente con sus altercados bulliciosos. Pero iban las cosas tan mal, que no terminó el año sin que anduvieran a la greña los dos mellizos, que eran dos personas distintas y un solo sistema verdadero, y se llaman Poder legislativo y Poder ejecutivo. El Parlamento gritó: me abro, y el Gobierno: te cierro, y en estas disputas, saltaron los dos Presidentes: Ríos Rosas del Congreso, Serrano del Senado, con sendas protestas que firmaron diputados y senadores... ¿Protesta dijiste? Ni el Gobierno ni la Reina entendían este modo de señalar, y los protestantes fueron desterrados. Y que volvieran por otra... Mientras esto pasaba, la prensa era una muda que ya no hablaba ni por señas... Se prohibía la palabra escrita, y aun la intención apenas suspirada. Así, era una delicia ver el sinnúmero de papeles clandestinos, opúsculos escandalosos, caricaturas, aleluyas, versos cáusticos que de obscuras oficinas tipográficas salían pitando y picando como enjambre de cínifes venenosos.



     Una noche de comida íntima en casa de la Belvís de la Jara, cogió Beramendi a solas a su amigo Narváez, y valido de la benevolencia que el General en toda ocasión le [105] mostraba, se permitió exponerle una opinión severa y leal sobre la marcha de las cosas públicas; y don Ramón, exasperado, sin dejarle concluir, le dio esta iracunda respuesta: «Cállate, Pepito, y no me sulfures... ¿Crees que no me hago cargo...? Todo eso me lo he dicho yo mil veces, y yo mismo me he contestado: 'Verdad, verdad... pero no puede ser, no podemos hacer más que lo que hacemos...'. Viene sobre mí una presión horrorosa, un peso que aplasta... Cierto que puedo sacudirme, tirar los trastos, decir: 'Ahí queda eso, Señora; nombre usted un Ministerio de palaciegos y curas...'. ¿Pero no ves, tontaina, que eso sería el cataclismo, y yo no quiero echar sobre mí la responsabilidad del cataclismo?... Dices: ¡Reacción! ¡Pero si no concedo más que una mínima parte de lo que me piden! ¡Si no ceso de echar freno, freno! ¡Y aun así, carape...! En fin, Pepe, déjame en paz... Yo me encuentro con la Revolución enfrente y con la Reacción detrás... Tú ves la Revolución que grita y manotea; no ves la otra fiera que tengo a retaguardia y que a la calladita quiere deslomarme... Me gustaría verte en esta brega, toreando dos cornúpetas a la vez. Es muy divertido, como hay Dios. Apenas acabas tu faena defendiéndote de las astas del uno, tienes que volverte para zafarte de los pitones del otro... Es tremendo... sé que esto me quitará la vida». [106]






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