La de los tristes destinos



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- VII -

     ¡Oh, Ferrocarril del Norte, venturoso escape hacia el mundo europeo, divina brecha para la civilización!... Bendito sea mil veces el oro de judíos y protestantes franceses que te dio la existencia; benditos los ingeniosos [65] artífices que te abrieron en la costra de la vieja España, hacinando tierras y pedruscos, taladrando los montes bravíos, y franqueando con gigantesco paso las aguas impetuosas. Por tu herrada senda corre un día y otro el mensajero incansable, cuyo resoplido causa espanto a hombres y fieras, alma dinámica, corazón de fuego... Él lleva y trae la vida, el pensamiento, la materia pesada y la ilusión aérea; conduce los negocios, la diplomacia, las almas inquietas de los laborantes políticos, y las almas sedientas de los recién casados; comunica lo viejo con lo nuevo; transporta el afán artístico y la curiosidad arqueológica; a los españoles lleva gozosos a refrigerarse en el aire mundial, y a los europeos trae a nuestro ambiente seco, ardoroso, apasionado. Por mil razones te alabamos, ferrocarril del Norte; y si no fuiste perfecto en tu organización, y en cada viaje de ida o regreso veíamos faltas y negligencias, todo se te perdona por los inmensos beneficios que nos trajiste, ¡oh grande amigo y servidor nuestro, puerta del tráfico, llave de la industria, abertura de la ventilación universal, y respiradero por donde escapan los densos humos que aún flotan en el hispano cerebro!

     Entraron a Ibero por la portería, al extremo sudeste de la barraca que servía de estación. Faltaba una hora para la salida del Express, que ya estaban formando con coches de primera. Vestía el fugitivo traje apropiado a las funciones de mozo de tren [66] que había de desempeñar. Un empleado le dio la gorra con galón, y poco después fue presentado al conductor, que le recibió con agrado. Era el tal regordete, risueño y coloradote, de mediana edad: Ibero le había visto y tratado en alguna parte; pero no recordaba el lugar ni ocasión de aquel conocimiento. Hallábase Santiago en el furgón enterándose de lo que había de hacer, cuando vio al señor de Tarfe que hablaba con don Fernando Polack. Pasaron minutos; llamole Tarfe, y llevándole al extremo del andén le dijo que fuera descuidado, que ni en la estación ni en el viaje correría ningún riesgo. Después le dio una cartera de cuero ordinario, que contenía tres cartas sin sobrescrito. Cada una llevaba un número, y en un papelito aparte que Ibero guardaría en el seno, iban las tres direcciones precedidas de números correspondientes a los de las cartas. Las entregaría en Bayona a don Salvador Damato, a don Jesús Clavería y al Marqués de Albaida. De todo se enteró el chico rápidamente. La cartera debía ser confiada al conductor, que ya estaba en el ajo, y este se la devolvería en Irún.

     Volvió Ibero al furgón de cabecera, donde le dijo el conductor que una vez pasado el Escorial podría trasladarse al furgón de cola, donde iba el guardafreno, y allí dormiría si necesitaba algún descanso. Buena falta le hacía echar un sueño, porque la noche anterior, en la casa donde le escondió Malrecado, había sido enteramente toledana, por las [67] graves razones que ahora se dicen. Y fue que apenas se acostó el muchacho en el lecho titulado por buen nombre de Procusto, la señora Ricarda, que así se llamaba la hermana de Malrecado, empezó a sentir los dolores de parto, y en un grito estuvo tres horas consecutivas, implorando el auxilio de santos y demonios para que la sacaran del terrible lance. Los chillidos de la parturienta, el entrar y salir de vecinas, el habla hombruna de la comadrona, y otros ruidos inherentes al gran suceso, desvelaron al huésped, que al fin se levantó, sintiéndose más descansado en pie y vestido que en el abominable camastro. Disponíase ya a ofrecer su cooperación a las comadres y vecinas, cuando entró regocijado el jorobeta y le dijo que ya tenía un criado más que le sirviera. Dio las gracias Ibero, y viendo la rubicunda aurora colándose ya por las ventanas que daban a la calle de la Sal, renunció a dormir; sirviéronle chocolate, lo tomó, y entretuvo el tiempo hasta que llegaran las nuevas que trajo Leoncio. Este y Malrecado le llevaron a la estación.

     Pues, señor, ya no faltaban más que veinte minutos para la salida del Express, y el andén se iba llenando de gente. El calor, cada día más molesto, decretaba la desbandada: damas elegantes y sueltas requerían el reservado de señoras; caballeros afanosos, rodeados de familia, se acogían al fuero de su importancia, que en algunos era ilusoria, para obtener el privilegio de un coche abonado. [68] Muchos que tenían billetes gratuitos por obra de la adulación o del favoritismo burocrático, querían medio tren para ellos solos. Don Fernando Polack se veía y se deseaba para repartir su amabilidad entre tantos pedigüeños y gorrones; medio locos estaban ya los vigilantes con la adjudicación de berlinas-camas, de limitado número. Y a última hora, más viajeros, más apuros y porfía por los puestos privilegiados.

     Recorriendo el andén desde uno a otro furgón, vio Ibero al ingenioso Malrecado que con otro de su ralea prestaba servicio en la estación. Saludáronse los tres con sonrisas de inteligencia... Damas bellas y elegantes vio el fugitivo, a las cuales no conocía: eran la Belvís de la Jara, la Monteorgaz y la Navalcarazo, acompañadas de caballeros jóvenes o ancianos, de niños preciosos y criadas bien puestas. Parte de aquella interesante multitud se apearía en Zumárraga para invadir los balnearios de moda. Otras familias iban directamente a la Bella Easo, y no pocas a las playas francesas. Vio también las bandadas de señoras y galanes que iban a despedir, y formaban infranqueable pelotón frente a las portezuelas de los departamentos atestados de personas, de sacos de viaje y cajas de sombreros... La cháchara, el cotorreo de los que se iban y de los que se quedaban, difundía por toda la estación ruido de pajarera.

     De improviso, cuando ya sólo faltaban cinco minutos para la salida del tren y sonaba [69] ya el golpe de las portezuelas vigorosamente cerradas, entró en el andén una dama, una mujer elegante, cargadita de cajas, neceseres y requilorios, seguida de una doméstica igualmente agobiada de sacos y líos. Tras ellas apareció renqueando un vejete de traza enfermiza y aristocrática, el cual con cascada voz requirió a un vigilante reclamando su berlina-cama, pedida con la conveniente antelación. El vigilante sacó un papel, leyó... «Señor Marqués de la Sagra; berlina», y sin perder segundos abrió el departamento, dentro del cual se precipitaron la dama y su doncella, metiendo a toda prisa el enredoso bagaje. Mientras el vejete pagaba el suplemento, asomose la dama a la ventanilla; Ibero la miró. ¡Oh estupor, oh increíbles jugarretas del Destino! Era Teresa Villaescusa.

     Teresa le conoció al instante; él siguió hacia donde su obligación le llamaba. Ignorante de los variados episodios de la vida social, Historia para él inédita, Ibero no sabía que la sutil tramposa doña Manuela Pez, agobiada de privaciones deprimentes, había vendido los aún cotizables pedazos de su hija al Marqués de la Sagra, aristócrata veterano de innumerables guerras amorosas, y tan caduco ya que alguien le llamó cadáver galvanizado por el vicio. La presencia de Teresa y del viejecillo fue gran escándalo en la estación, por dominar en esta el personal aristocrático a que el degradado prócer pertenecía. Pero este, cegado [70] ya por su cinismo senil, nada veía, y apenas se daba cuenta de su humillación. Teresa se mostró indiferente ante la silba muda con que la saludaron al entrar: más que desprecio de la muchedumbre linajuda, temía su propio desprecio por prestarse a una farsa de amor con semejante estafermo. Reflexiones parecidas a estas hizo Ibero a cuenta de la pobre Teresa, cuando el tren hacia las agujas avanzaba majestuoso, pisoteando con metálico estruendo las placas giratorias.

     Corría el Express hacia el Escorial. En el corto hueco que dejaban los apilados baúles, preparó el conductor su descanso, extendiendo la manta sobre unas cajas. En sitio conveniente puso la cartera con las hojas de ruta, y el breve lío de su ropa y efectos particulares; después encendió la pipa, y ordenando a Ibero que frente a él y en el baúl más próximo se sentase, le habló con esta cordial franqueza: «Dices que no recuerdas cuándo y dónde me conociste. Pues yo te avivaré la memoria. Fue en San Sebastián. Te trajo al tren el capitán Lagier, que es mi amigo... Fuimos amigos antes que tú nacieras. Él es de Elche, yo de Torrevieja. Miguel Polop, para servirte. Mi padre era también capitán de barco, y yo empecé a ganarme la vida embarcando sal... pero esto no hace al caso... Como decía, vino Ramón contigo; te tomó billete para Miranda, y me encargó que cuidase de ti porque eras algo alocado y no sabías andar en trenes». [71]

     -Ya, ya me acuerdo -dijo gozoso Santiago-. Y usted en Miranda me tomó el billete para Cenicero... A mi pueblo iba yo... Hoy también iría; pero el maldito Gobierno ha dado en perseguirme... En Madrid no está nadie seguro...

     -La seguridad empieza en este camino, joven. Estos raíles ya no son España, sino Francia. Por aquí va saliendo la revolución a trabajar fuera, y por aquí la traeremos triunfante... Y ahora que nadie nos oye, como no sean los conejos que andan en esos matojos, gritemos: «¡Abajo todo lo existente, todo, todo!...». ¿Verdad, joven, que esto está perdido? Dentro de España y fuera de ella no oye uno más que... «Esa Señora es imposible...». Y yo digo: por aquí han de salir, huyendo de la quema, todos los españoles que valen... ¡eso! No hace muchos días que sacamos a Sagasta. ¿Sabes tú cómo? Pues entró a las dos por la portería, acompañado de don Ernesto Polack. Llevaba gorra de ingeniero... Se le metió en el breck... La máquina enganchó el breck, y se hizo una maniobra para ponerlo a la cabecera... Total: que salió el hombre casi sin ningún tapujo. Con él iban dos... La policía no se metió con nadie... y yo, que iba en mi furgón como voy ahora, al salir de agujas grité: ¡viva la Libertad!... También ahora lo grito, para que el viento y los conejos se enteren: «¡Viva Prim! ¡Gobierno de España, camarilla de Isabel, fastidiaros y jeringaros!, ¡eso!». [72]

     El hombre echaba chispas de sus ojos saltones, y el rostro colorado se le animaba y encendía más a cada grito subversivo que su boca soltaba. Por el mismo lado corrían los gritos y el humo de la máquina. Luego contó la salida de don Joaquín Aguirre, más dramática que la de Sagasta. El buen señor, que había tenido conferencias con González Bravo y don Alejandro Castro para tratar de una componenda solicitada por Palacio, creyó que podía partir tranquilo, como cualquier español que no fuera presidente del comité revolucionario. Tomó sus billetes y se metió en una berlina con su familia, sin el menor disimulo ni precaución. Súpolo el general Pezuela y telegrafió a la autoridad militar de Irún para que al confiado señor detuviera, reexpidiéndole para Madrid. «Pero Pezuela se tuvo que jorobar, ¡eso! -dijo Polop terminando el cuento-, porque alguien en Madrid avisó a González Bravo, y González Bravo, que es más neo que Dios, pero no tiene mala entraña, telegrafió al Gobernador de Vitoria, y este escamoteó al señor Aguirre y le puso en lugar seguro. Total: que en Irún encontraron la berlina vacía... ¡jorobarse!, y don Joaquín pasó la frontera en el Mixto del día siguiente disfrazado por nosotros... Porque nosotros respiramos por la revolución; nosotros somos Francia y España dándose la mano, ¡eso!, y gritando: ¡Viva el Progreso, la Constitución del 12 y la Unión Ibérica!».

     Más allá del Escorial, cuando el tren acometía [73] con pujanza y ardiente resuello las abruptas moles de la divisoria, redobló Polop sus patrióticas invectivas, acalorando su ánimo con sorbos frecuentes de un generoso coñac que llevaba. «Aquí no nos oye nadie, joven. Aquí puedo desahogarme a mi gusto, para que se enteren los aires y los pinos, y estas peñas españolas y estas crestas serranas. Aquí me planto y digo: 'Me joroba Narváez, me joroba doña Isabel y Sor Patrocinio... y don Francisco y el padre Clarinete'. Oídme, rocas, jaras, retamas y chaparros: '¡Viva Prim, viva la Libertad!...'. Óiganme, lobos, zorros, galápagos, culebras, que también sois españoles, aunque animales: '¡Abajo las quintas!... ¡Viva el liberalismo y el desestanco de todo lo estancado!'». Así gritaba el extremado Polop a la salvaje naturaleza, gozoso de poder hacer públicas, en el estruendo de un tren en marcha, sus furibundas opiniones.

     Con las extravagancias donosas de su jefe accidental, iba Santiago entretenidísimo. Deseando, por gratitud, prestar a la Compañía servicio de más empeño que la descarga de baúles, se ofreció a subir a la garita de la cola o del centro para dar freno cuando el maquinista lo mandase; pero Polop no accedió a ello. Le consentiría únicamente, después de media noche, cantar las estaciones y llamar a los viajeros al tren. En Navalperal, donde el Express hubo de parar bastante esperando el cruce del Mixto ascendente, fue Ibero con un recado de Polop [74] la cantina, y hallándose en esta, sintió que le tocaban en el brazo. Era la criada de Teresa, Patricia, que sin más preámbulos le dijo: «Mi señorita quiere saber si es usted del tren». Negó de pronto Santiago; después afirmó, recordando su comprometida situación como viajero... Y prosiguió la moza: «Pues si es usted del tren, oiga: en la berlina donde va mi señorita hay un cristal que no corre. Lo bajamos, y ahora no podemos subirlo... Es la berlina tercera, empezando a contar por aquí». Dio Ibero algunos pasos; mas la doméstica le detuvo risueña con estas desconcertadas razones: «No, no: la señorita no quiere que vaya usted ahora a componer la vidriera, sino después, en la parada de Ávila, que es de treinta minutos para comer... Aguarde, señor, que aún no he concluido... En la parada de Ávila, mi señorita, que está con jaqueca, no comerá en la fonda de la estación... Bajará solo el señor Marqués...».

     -Y sola la señorita, entraré yo... ¿Es un vidrio que bajó y no quiere subir?

     -No, señor: me equivoqué. Lo subimos, y ahora no hay quien lo baje... Venga por aquí... ¿Le digo a la señorita que irá usted?... Desde que le vio, la pobre no sosiega, no vive... Esta es la berlina... No sé si el señor Marqués ha despertado... Por si acaso, mire con disimulo.



     Sin ningún disimulo, más bien descaradamente, miró Santiago, y vio el rostro de Teresa casi pegado al cristal... pero cuidando [75] de no chafarse la nariz. Era como una bella estampa en su marco. Destacábase la hermosura de sus ojos, que ofendidos, reconvenían; amorosos, perdonaban... En un segundo recriminaron, imploraron... Ibero vio además en los labios de Teresa modulación rápida de palabras... Pero no pudo descifrar lo que su amiga quería decirle, porque entró el Mixto por el otro lado, y el Express pitó anunciando su salida. ¡Señores, al tren...!




- VIII -

     ¡Ávila al fin!... ¡Alegre parada de veinticinco minutos! Hacia la fonda se precipitaron caballeros y damas, atraídos del vaho de una sopa caliente, turbia y aguanosa... Después de acechar la entrada del vejete en el comedero, acudió Santiago a la cita, llevando herramientas que le dio el buen Polop. Salió Patricia cuando él entraba en la berlina... Teresa le cortó el saludo con rápida frase y fuertes manotazos, que dieron con el cuerpo de él sobre los cojines. «¡Ingrato, ingrato, bandido, perverso, mal hombre!... Al fin has caído en mis manos... ¿Qué?, ¿te avergüenzas de verme? ¿La conciencia no te dice nada?». A este aluvión de palabras, que a despecho de su sentido literal eran intensamente cariñosas, Ibero contestó: «Déjeme [76] que le explique... No alcanzo qué quejas puede tener usted de mí». Y ella, temblorosa, húmedos los ojos de un llanto discreto, le echó mano al pescuezo, diciéndole: «Tutéame, bandido, tutéame, o te ahogo, te mato ahora mismo. ¿Ya no te acuerdas de la noche de Urda?... Habíamos convenido en ser amigos, en que te dejarías guiar y proteger por mí, y a la madrugada, cuando yo dormía, echaste a correr sin despedirte... ¿Merecía yo ese desprecio?».

     -No fue desprecio, Teresa; desprecio no.

     -Pues fuera lo que fuese, ya has vuelto a mí, Santiago. El Destino, la Providencia, o los espíritus que andan al cuidado mío, al cuidado tuyo, nos han juntado en este camino, en este tren que vuela... Dime pronto, pronto, pues hay que aprovechar los minutos: ¿a dónde vas?, ¿estás empleado en el tren?... Me parece que no. Dímelo, cuéntame todo.

     Con rápida frase, como el caso requería, la informó Ibero de su situación en el tren. Iba a Francia fugitivo, disfrazado... «Ya... -dijo Teresa-. ¿Crees que no te vi con Moriones una noche... antes del 22 de Junio? Bandido, ¿por qué no fuiste a que yo te escondiera, a que yo te aconsejara, a que los dos juntitos gritáramos: 'Prim... Libertad'?».

     -Porque... no puedo decirlo en pocas palabras, Teresa... Sosiéguese usted... digo, tú... Sosiégate... Ya hablaremos.

     -¿Cuándo, fementido; cuándo, pirata [77] cruel y sanguinario? -gritó Teresa en un estado, más que nervioso, epiléptico-. Pues si tú vas a Francia, yo me voy contigo. ¿Tú emigrado?... Emigradita yo.

     Confuso y aturdido el pobre muchacho, no supo qué contestar.

     «Piensa lo que haces, Teresa» indicó al fin por no estar mudo.

     -¡Pensar!... ¿Y qué sacamos de pensar, tonto?... Hagamos lo que nos manda el corazón, que es el amo. Los pensamientos, ¿qué son más que unos pobres criados suyos?... ¡Ay, Santiago, amigo del alma!, si tuviera yo tiempo de contarte... sabrías lo desgraciada que soy, y me tendrías lástima... (Llorando con pena honda y sincera), me tendrías mucha lástima... Y si después de saber lo desgraciada que soy, no tuvieras tú ni siquiera lástima de mí, no podría vivir, créelo, no podría vivir.

     -Ya me contarás -dijo Santiago, compartiendo con alma piadosa la emoción de su amiga-. Me lo contarás... Ya veremos dónde.

     -Tú sigues a Francia; yo pararé en Zumárraga para tomar el coche de Arechavaleta... No necesito yo esos baños... es él, es don Simplicio quien ha de tomarlos... Después iremos a San Sebastián... Pero yo puedo disponer que vayamos a otra parte. Nada... me pongo malita, pido aguas de Cambo, barros de Dax, y amenazo con morirme si a Francia no me llevan... Santiago, ¡qué tonta soy poniéndome a llorar... cuando debiera [78] estar contentísima! (Secando sus lágrimas.) Tanto como deseaba verte, y ahora... ¿Verdad que ya no seré desgraciada? ¿Verdad que tú...? Pero explícame bien. Vas disfrazado de mozo de la estación... ¿Prestas algún servicio?

     -Yo propuse al conductor que me dejase subir a la garita para dar freno; pero no ha querido. Lo único que haré, después de media noche, será cantar: Señores viajeros, al treeen...

     -¡Ay, qué bonito! Ya estaré yo con cuidado para oírte. No dormiré en toda la noche... Haz cuenta que estoy oyéndote, y cántalo por mí, para mí sola...

     -Y en Zumárraga volveremos a vernos.

     -Antes... En Miranda me has de ver. ¿Qué crees tú?, ¿que no sabré yo hacer cualquier diablura para que podamos hablarnos siquiera dos minutos? Allí pararemos bastante tiempo para tomar el desayuno... Accede a llevarme contigo a Francia, y verás qué pronto resuelvo yo la parte que me toca.

     -Teresa, juicio... No vas sola... Algún lazo de afecto, de gratitud, o siquiera de interés, tienes con ese caballero anciano tan respetable...

     -Todos los lazos quedan rotos cuanto tú quieras, y al anciano estafermo respetable le dejo yo plantado en cualquiera estación, y me voy tan fresca, con mi conciencia bien tranquila... Más te digo: me iré orgullosa y sintiendo en mí la dignidad que ahora no [79] tengo, porque es digno, Santiago, es honroso para una mujer pasar de cosa vendible a persona que no se vende, se da... ¿Te asusta lo que digo? Yo doy mi corazón: lo doy a la pobreza, al vivir íntimo... No me digas que no lo comprendes, que no lo estimas, vagabundo mío, bandido mío... Ya que eres tú de los que piensan mucho estas cosas para decidirse, piénsalo de aquí a Miranda...

     -No sería noble en mí darte una respuesta desdeñosa, Teresa -dijo Ibero, que en su aturdimiento veía ya clara la obligación de ser galante-. Tú mandas, Teresa; yo... obedezco como amigo y como caballero... Pero tengo que decirte, tengo que explicarte...

     -Ahora no... -replicó vivamente Teresa, que atisbaba por la ventanilla-. Patricia, que está de guardia, me avisa que ya... Sal por la otra portezuela. Hasta Miranda.

     Despidiéronse con apretones de manos y con un ligero estrujón, que fue como bosquejo de un abrazo. De las tres herramientas que Ibero llevaba, y que naturalmente no había usado, Teresa le quitó una, la llave inglesa, diciéndole: «Esta te la dejas olvidada. Vienes por ella después de amanecer y antes de llegar a Miranda. Fíjate bien... Adiós, locura mía... adiós...».

     De regreso al furgón, Ibero encontró a su jefe comiendo tranquilamente con los acomodos más primitivos: por mesa, un baúl; por mantel, un periódico... Ternera, merluza, [80] botella de vino. «Siéntate donde puedas, chico -le dijo el gran Polop-, y participa, que no se vive sólo de amor... ¿Con que tenemos enredito con señoras de la grandeza en la berlina?... Bien, bien. Dichoso tú, que estás en edad de merecer. Yo, aunque me esté mal el decirlo, también tuve mis veinte... y no me faltó una conquista de esas que recuerda uno toda la vida... Mil enhorabuenas... Bebamos ahora por la Libertad, porque sin libertad no hay conquistas, ni amor... Lo que yo digo: España para los españoles... y vivan las mujeres bonitas».

     Con estas agradables expansiones, se les fue la prima noche. No tardó Ibero en trabar amistad con los demás sirvientes del Express, y pasada Medina, hizo ejercicios de gimnasia, recorriendo de un extremo a otro el tren en marcha, los pies en el largo estribo y las manos en los asideros de los coches. En la cantina de Valladolid conoció a un maquinista francés que le ofreció hospedaje barato en Bayona, y en la fonda de Venta de Baños le convidó a un café un revisor, que resultó protegido del Marqués de Beramendi, a quien debía su destino. Iba, pues, el muchacho contentísimo, y no tenía poca parte en su gozo la singular aventura Teresiana, que consideraba como un fugaz triunfo juvenil sin consecuencias graves en su vida ulterior. Y más interesado en aquel enredo con su imaginación que con otras partes del alma, después de media noche actuó de trovador, cantándole a su dama, [81] al pie de la berlina, ya que no de la torre, la endecha quejumbrosa de Señores viajeros, al treeen... En ello ponía un sentimiento dulce y toda su voz potente y bien timbrada, que se había fortalecido cantando en los sublimes conciertos del viento y la mar.

     Teresa en tanto, despabilada por el ardimiento cerebral y afectivo en que la puso el hallazgo de Ibero, no hacía más que mirar al cielo estrellado, y esperar de una estación a otra la cantinela del amante trovador, en quien cifraba la ventura de una nueva vida, más soñada que real. Y cuando en el paso por la Bureba, la claridad del nuevo día despuntó sobre las cumbres pedregosas, iluminando pálidamente lo distante y lo próximo, la pecadora sacó de su cabás un lapicito y papel, ansiosa de fijar con vaga escritura sus arrebatados sentimientos. Se sentía en soledad plácida, porque el Marqués y Patricia dormían profundamente. Ved lo que escribía en cláusulas sueltas, en truncados rengloncitos, a los que sólo faltaba el ritmo para ser versos:

     «¡Qué bien ha cantado mi ladroncito bonito!... ¿A que no me adivinas lo que estoy pensando? Pienso que eres mi niño, un niño que yo he criado... Pillastre, déjame que te dé azotes y que te bese los ojos... ¿Sabes una cosa? Que a mi parecer estoy loca perdida. Loca era yo, loca triste, y ahora soy loca alegre, porque Dios me ha dejado encontrar al loquero de mi alma... No te escapas [82] ahora: ven a tu cárcel, ven a mi corazón, donde nos cargaremos de cadenas amorosas. Yo seré tu carcelera, tú mi esclavitud... Ya es de día: canta, canta otra vez, y vuelve a pasar por debajo de este vidrio para que yo te vea... Aciértame ahora lo que pienso... Pues la luz del día me ha despejado la cabeza; ya veo claro que tienes razón cuando me recomiendas prudencia y juicio. No me robes con escándalo, ni con escándalo me iré yo contigo... Tú sigues a Francia, yo a donde me lleva este cataplasma... Espérame en Bayona. ¿Dónde te escribo? ¿A la lista del Correo? Pero si vas emigrado y perseguido, tendrás que cambiar de nombre. ¡Ay, Virgen del Carmen, qué contrariedad!... Bandolero mío, por todo el Universo, y por la salvación de todos los espíritus vagantes en los aires, dime dónde y con qué nombre te escribo... dímelo en Miranda... Bajaremos a la fonda. De algún modo te facilitaré yo que puedas hablarme... San Antonio bendito, ¿qué inventaré?».

     En Pancorbo visitó Ibero discretamente la berlina para recoger la herramienta olvidada. Al ruido de la portezuela y a la bocanada de aire fresco, remusgó el Marqués desembozándose de la manta de viaje. Pero esto no fue obstáculo para que Teresa diese a Santiago, con la llave inglesa, el papelito que escrito había. En la soledad del furgón leyó el joven aventurero lo que le decía su ferviente señora. Las delirantes expresiones trazadas por el lápiz eran signo cierto de la [83] extremada exaltación del ánimo de Teresa. Y quedó además el pobre chico en gran perplejidad por no saber qué señas darle de su residencia en Bayona, donde tenía que vivir con nombre supuesto. De estas dudas le sacó el bueno de Polop, con quien consultó el caso, recomendándole un hospedaje barato y seguro, donde podría confiar sin ningún peligro su verdadero nombre a la patrona más española, más liberal y discreta que en aquella fronteriza ciudad existía. Ya en la estación de Miranda, apuntó Ibero en un papel: La Guipuzcoane. Rue des Basques, y satisfecho de llevar a Teresa una solución lisonjera, entró en la fonda, donde los viajeros, extenuados por la mala noche, la emprendían con los tazones de leche caliente y de café recalentado. Imposible ponerse al habla con Teresa, porque a su lado estaba el que ella en su libre y nervioso estilo había llamado cataplasma. Pero en sus ojos puso la enamorada mujer, mirándole de lejos, tal fuerza de expresión, que Ibero se dio por informado del pensamiento de ella. Comprendió que Patricia le esperaba en la berlina. Allá fue... No se había equivocado. Recogido el papelejo por la muchacha, esta le dijo: «Mi señorita quiere que en la estación de Zumárraga se coloque usted donde ella le vea bien... vamos, que se ponga en el furgón de cola y nos eche muchos adioses... a mí no, a mi señorita, que está dislocada por usted...».

     Y era verdad que Teresa padecía en grado [84] máximo la dolencia de amor, para la cual no hay otra medicina que el amor mismo. A la salida de Miranda no faltó el flecheo de noviazgo entre furgón y berlina, y Santiago se dio el gusto de recorrer todo el tren por el estribo, que era como medir la calle haciendo el oso, y una vez y otra pasó rozando con la ventanilla tras de la cual penaba la dama cautiva... Y en Zumárraga infringieron tan descaradamente los novios o amantes las reglas del disimulo, que su muda despedida patética, con adioses mímicos a distancia, fue notada y reída por algunos viajeros y empleados del tren; que estas tonterías de amor siempre causan regocijo a los que ya no las gozan, o a los que las quisieran para sí... No se sabe cómo se las arregló la muy pícara para escribir en un margen de periódico las tiernísimas notas de la despedida. Ello fue hacia Vitoria, aprovechando una dormidita del cansado viejo. Patricia entregó la apuntación, que así decía, en Zumárraga, donde hubo tiempo para todo por la mucha descarga de baúles, y corriendo hacia Ormáiztegui leyó el galán estos frenéticos renglones: «Salvaje mío, me conozco y no tendré paciencia, ni prudencia, ni juicio... El mejor juicio es la locura... Yo pierdo el tino... me precipitaré, me perderé pronto. Benditos sean estos carriles que me llevarán a donde brillan tus ojos... Permita Dios que estos hierros se vuelvan oro... Tus ojos son el sol... y yo la luna de tus ojos... No me esperarás muchos [85] días... Quien ha esperado una vida entera, no se detiene por una hora... Ya no estoy en mí... Prontísimo estará en ti tu... Teresa».

     Camino de la frontera iba Santiago enteramente poseído de las inquietudes y mentales goces de aquella sin igual aventura. Si por una parte se sentía contagiado del amoroso desvarío de Teresa, y vencido de su hermosura y tentadores hechizos, por otra temía la interposición de aquel suceso en el camino del ideal a que consagraba su existencia. Cierto que no había de extremar su devoción al ideal hasta el punto en que la llevara don Quijote, sacrificando todo comercio de amor al respeto y fidelidad de la siempre lejana y apenas vista Dulcinea; pero tampoco debía entretenerse demasiado en el oasis que el azar le presentaba en su camino, porque corría el riesgo de no poder salir de él cuando compromisos y fines más altos se lo ordenasen...

     Reflexionando en ello, vino a tranquilizarse con esta idea: «Bien haré en tomar el recreo del alma y de los sentidos que ahora me depara la suerte. Teresa inspira ternura, lástima; es hermosa y amante; es débil, es desgraciada; venga, venga pronto, y su soledad y la mía se consolarán una con otra. No veo ningún peligro para el porvenir, porque ello ha de ser breve. Estas mujeres tan corridas aman con arrebato, pero varían como las veletas... No pueden vivir sin lujo... Bien sabe Teresa que soy pobre, [86] que de mis padres poco puedo esperar por ahora... Ya veo a mi conquista dando media vuelta en busca de la nueva ilusión...».

     Entretenido con estos pensamientos, que llegaron a cautivarle más que los de la política, pasó la frontera sin tropiezo alguno, y poco después dio con su cuerpo en la hospitalaria Bayona, que era para muchos como una penetración de España dentro del suelo francés... y para que todo fuera buena suerte en aquel viaje, apenas puso Ibero el pie en la estación, le salió un amigo...








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