La de los tristes destinos



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- III -

     Malrecado no tenía hijos, ni mujer que se los diera conforme a Sacramento. Era solo y cínico; de su empleo había hecho una granjería sorda, que sin ruido le daba para vivir desahogadamente, ocultando su bienestar debajo de una mala capa y de ropas que ya eran viejas cuando pasaron de ajenos cuerpos al suyo desgarbado. Su mano sucia no cesaba de recoger esta y la otra ofrenda, y su astuta labia ablandaba las voluntades de los robados como la de los ladrones. En la política brutalmente antagónica de aquellos tiempos, hallaba campo doble para espigar con fruto. De lo lícito y de lo vedado, de lo legal y de lo subversivo, sacaba el hombre para la bucólica y para la alcancía, para el presente claro y el mañana obscuro, y guardando con escrúpulo sus apariencias de pobre, señuelo de incautos, era un redomado alcabalero que, de guardia en su garita policiaca, cobraba el tributo a toda debilidad humana que pasaba para una parte u otra. Hombre sin ninguna instrucción, de su talento natural había sacado el cinismo útil y la filosofía parda y reproductiva.

     Como se ha dicho, salió de la taberna con las prójimas, a las que acompañó hasta Santa Cruz, y desde allí se fue solo a Palacio, [20] subió por la escalera de Cáceres, internose en los pasillos del piso más alto. Allá solía ir casi diariamente, pues amistad o parentesco tenía con planchadoras, mozos y casilleres... Ocho días después de lo referido, media hora antes de que se alegrara la plaza de la Armería con el militar bullicio del relevo de la guardia, subió Malrecado por la misma escalera y se detuvo en el piso segundo, donde vivían los servidores de más categoría. En el ángulo de Armería y Oriente llegose a una puerta, y antes que tirara del cordón de la campanilla, aquella se abrió para dar paso a don Guillermo de Aransis, gallardo de apostura, fresco de rostro, vestido de mañana y poniéndose los guantes. La belleza varonil del linajudo caballero se hallaba en el cenit, como diría un escritor de la época, en ese esplendor estacionario, distante aún de la declinación. Aransis no salía de visita; no vivía en aquella casa... salía para irse a la suya.

     «No podía usted llegar más a tiempo, Malrecado -dijo al policía-. Dejo una carta para Beramendi. Entre usted y recójala».

     -Y aquí traigo yo otra del señor de Tarfe, que pone: urgentísimo. Me ha dicho que espere contestación.

     Leída rápidamente la esquela de su amigo, dijo Guillermo al mensajero: «Antes de llevar la carta para Beramendi, vaya usted a casa de Manolo y dígale que iré a verle en seguida. Dentro de media hora estaré allá».

     Y no pasó más. Con estos recados y comisiones [21] urgentes se relacionaba la visita que Manolo Tarfe hizo a Palacio y a Su Majestad, después de pedir audiencia por mediación de la Villares de Tajo. El ingenioso y decidido caballero celebró previa conferencia con su amiga en una estancia no muy clara, con rejas a la galería; recinto de apacible misterio, semejante al de las Meninas de Velázquez, aunque decorado con menos austeridad. En él parecían residir como en su propio nido los cuchicheos de voces femeninas y afeminadas, y los rumores de almidonadas faldamentas. Breve y nerviosa fue la conversación de Tarfe y Eufrasia.

     «¡Crisis! ¿Pero es eso creíble?... Anoche corrió ese rumor en el Casino. Nadie hacía caso. Yo, que de algún tiempo acá rindo culto al absurdo, me dije: 'Cuando la cosa no tiene sentido común, debe de ser cierta... Para salir de dudas, acudamos a la fuente de los hechos históricos, que es la Reina. El caño de esa fuente arroja su agua primera sobre el cántaro de ese alma de ídem que se llama Guillermo de Aransis'. Acudo a él hace un rato, le interrogo; me contesta con equívocos y sonrisitas que confirman el desatinado rumor... ¡Ay, Eufrasia!, en este horrible desconcierto lógico, viendo que la mentira es verdad y el absurdo razón, el hermoso Aransis me pareció un patán feísimo, zafio, grotesco... Le hubiera dado veinte patadas... En fin, amiga mía, dígame usted la verdad o la parte de verdad que usted sepa». [22]

     -Sólo sé que hay gran presión sobre la Señora para que cambie de Gobierno; pero aún no ha resuelto nada. La cosa es dura y la ocasión diabólica.

     -O'Donnell acaba de sofocar una insurrección formidable; ha obtenido de las Cortes siete autorizaciones económicas y políticas, y de añadidura la suspensión de garantías. Ha fusilado a sesenta y seis sargentos. ¿Acaso les parece poco fusilar?

     -No por Dios, no es eso.

     -¿Por ventura se ha fusilado demasiado?

     -Tampoco es eso, Manolo. Puesto que dentro de un rato hablará usted con Su Majestad, pregúntele a ella... o trate de adivinar su pensamiento...

     -No me hablará de política, ni yo, que sé tratar con Reyes, he de salirme de la casilla de mi asunto.

     -¿Se puede saber...?

     -No es ningún secreto. Vengo a pedir a doña Isabel que interceda por dos infelices paisanos detenidos el 22 de Junio, y que no tuvieron arte ni parte en la sublevación. Los llevaron a Leganés, y allí están esperando cuerda para Melilla o Fernando Poo...

     -Pues hace usted bien en darse prisa, porque mañana o pasado podría encarecerse tanto la clemencia, que costaría Dios y ayuda obtener un pedacito de ella... Y dígame otra cosa, alma inocente: ¿viene usted a la petición solito y a palo seco, fiado en su propia influencia y simpatía?

     -No, señora, que si tal hiciera sería tonto [23] de capirote. Mi prima, que estaba en el convento de San Pascual de Aranjuez, anda ahora por San Sebastián jugando a la fundación de monasterios. Pues por ella he conseguido una carta de la Madre, de la excelsa, seráfica y milagrosa Madre. ¿Quiere usted ver la carta? Aquí la traigo... En ella se da fe de la religiosidad y honradez de mis dos protegidos, y se pide sean puestos inmediatamente en libertad.

     -Bien, Manolo. Falta saber si la carta trae la contraseña que pone la Madre para dar valor y eficacia a lo que escribe...

     -Trae todos los requisitos, Eufrasia. Ya he tenido buen cuidado de hacerla examinar por las señoras y algún caballero de la Camarilla.

     -Pero...

     -Ya entiendo... eso no basta. Por encima de la Camarilla de la Reina está el Supremo Camarillón Ecuménico, que funciona en el cuarto del Rey... Yo me encomiendo a usted, Eufrasia...

     -¡Dale con las dichosas camarillas!... Los hombres de más talento no se libran de pagar su tributo a la vulgaridad.

     -La opinión se hincha con la verdad, así como con la mentira. ¿Quién es capaz de separarlas? Loco sería el que en pleno huracán intentase separar el viento del polvo.

     -Una frase ingeniosa no resuelve nada, Manolo. A los ingeniosos y chistosos les desterraría yo a una isla desierta... Pero con estas tonterías deja usted correr el tiempo, y [24] si se descuida, se le pasará la vez... Váyase a la Saleta, que ya habrán empezado las audiencias.

     -Cuento con la impuntualidad de la Señora... Pero, en fin, allá me voy. ¿Podré ver a usted después?

     Quedó la Villares de Tajo en recibirle en su casa por la tarde, y nada más hablaron... En la Saleta aguardó el caballero más de media hora la ocasión feliz de pasar a la presencia de Su Majestad.

     «Estás hecho un perdido, Tarfe... Me tienes muy olvidada... Mil años hace que no vienes a verme». A estas primeras palabras de la Reina, contestó el caballero con finísimas disculpas cortesanas. Vestía doña Isabel un vaporoso traje de crespón de seda azul con volantes y adorno de encajes negros. Su peinado bajo achaparraba su cabeza, haciéndola más aburguesada de lo que era realmente. Por haber transcurrido unos dos años sin verla de cerca, fijose el caballero en la creciente gordura de la Reina. Las formas abultadas y algo fofas iban embotando su esbeltez y agarbanzando su realeza... Aquel día no se hallaba la Señora de buen talante. Parecía distraída, inquieta, y sus ojos de un azul húmedo y claro, sus párpados ligeramente enrojecidos, más expresaban el cansancio que el contento de la vida... Eran los ojos del absoluto desengaño, los ojos de un alma que ha venido a parar en el conocimiento enciclopédico de cuantos estímulos están vedados a la inocencia. [25]

     Apenas despachó Tarfe sus cortesanías y fórmulas de respeto, entró en materia, exponiendo a la Reina su petición humanitaria... Pedía la libertad de dos hombres inocentes; reforzaba su demanda con una carta de la santa Madre; si la Soberana piadosa se condolía de aquellos desgraciados y quería salvarles de una bárbara deportación, bastaría que escribiese dos letras al General Hoyos... Pero no se limitara a una fría recomendación; habría de pedir o mandar con todo el calor que su corazón atesoraba para los móviles de clemencia, de amor a los españoles.

     «Pues mira, voy a complacerte -dijo la Reina sin perder la seriedad con que aquel día enmascaraba su gracia festiva, a veces zumbona-. Eso para que digan que no perdono, que no soy generosa... Dime los nombres y escribiré ahora mismo la carta. Y la pondré bien expresiva para que Hoyos no tenga más remedio que bajar la cabeza».

     Leída con rápido pasar de ojos la carta de la Madre, Isabel se sentó a escribir, tiró de papel y pluma, repitiendo: «Dime los nombres».

     -Uno de los presos es Leoncio Ansúrez, armero habilísimo, que estuvo en la guerra de África. Todos los generales de África le aprecian mucho. Es un hombre excelente, que nunca se ha metido en revoluciones ni cosa tal... ¡Pero si Vuestra Majestad le conoce, o al menos tiene de él noticia!... Claro, no es fácil que se acuerde... Yo, Señora, y [26] mi prima Carolina Monteorgaz le contamos a Vuestra Majestad una noche, años ha, el caso de aquel herrerito que entró a componer las cerraduras en casa de la hija de don Serafín del Socobio, Virginia...

     -¡Ah!, sí... recién casada con el chico de Rementería.

     -Y en vez de componer la cerradura, ¿qué hizo el hombre?, pues descerrajar el corazón de Virginia... Con pocas palabras y hechos atrevidos la enamoró y cautivó, llevándosela consigo...

     -Y en el campo vivieron largo tiempo, libres y felices... Ya me acuerdo... ¡Pobres muchachos! Alguna vez pensé yo en ellos... La verdad, fue un caso graciosísimo... Y no hay que culpar a Virginia, sino a sus padres, que la casaron con un hombre afeminado y bobalicón, sin maldita gracia para el matrimonio... Todo les está bien merecido. Luego hablan... Hay que ponerse en lo natural... De los tres personajes de ese drama de familia, no conozco más que a Ernestito... ¡Qué modales ridículos, qué voz de tiple acatarrada!

     Por primera vez en aquella mañana, una franca alegría iluminó los ojos claros de la Reina, y la sonrisa picaresca retozó en sus labios. Con nerviosa mano trazó algunos renglones en la carta, diciendo, sin apartar los ojos del papel: «¿Y quién es el otro?».

     -El otro es un jovencillo de apenas veinte años, llamado Santiago Ibero, arrogante, guapísimo y muy inteligente. [27]

     -No le prenderían por su mucho talento y su guapeza.

     -Le prendieron no más que por haberle visto en la calle con un tal Moriones... ¡Pobre chico! El acompañar a Moriones fue cosa accidental... No se lo cuento a Vuestra Majestad por no fatigarla... Pero le aseguro que Iberito no anduvo jamás en líos revolucionarios, ni sabe nada de eso. Añadiré tan sólo que es de una gran familia, y que su padre, el coronel D. Santiago Ibero, ha sido uno de los valientes defensores del Trono de Vuestra Majestad.

     -Santiago... Ibero... -murmuró la Reina mordisqueando el nacarado mango de la pluma-. Tengo la idea de haber firmado algo referente a ese Coronel... Tal vez una cruz... Lo recuerdo porque me chocó el nombre y apellido, que juntos resultan lo más español del mundo...

     -A españolismo neto nadie gana a este chico que han preso injustamente, señora. Es valiente, es aventurero, es enamorado...

     -Tú, como tu amigo Beramendi, no pedís favor más que para los enamorados... ¡Buen par de perdidos estáis! -dijo Isabel con más seriedad en el tono que en el concepto-. Ahí tienes la carta. Me parece que va fuertecita. Hoyos no podrá negarme lo que le pido.

     Extremó el buen Tarfe sus demostraciones de gratitud, y como al despedirse dijese que no pasaría el próximo día sin presentarse a Hoyos con la carta, saltó la Reina [28] inquieta, algo nerviosa, diciéndole: «No, Manolo; no esperes a mañana: despacha ese asunto esta misma tarde».

     Las prisas de la Reina, que como buena española siempre fue perezosa y mañanista, llenaron de confusión a Tarfe. Pero disimulando su sorpresa, se acomodó a la soberana voluntad. Y como la despedida le ofreciera una feliz coyuntura para hablar de O'Donnell, la aprovechó al instante, diciendo que le había visto la noche anterior muy caviloso por la gravedad de las cosas políticas, muy atareado con los trabajos preparatorios para plantear las autorizaciones... A esto, doña Isabel, retirando de su rostro toda inflexión que pudiera dejar traslucir el pensamiento, sólo dijo: «Yo quiero mucho a O'Donnell», y lo repitió hasta tres veces. Con este breve y expresivo concepto, que cortaba el paso a otras manifestaciones, Tarfe se sintió despedido, suavemente empujado fuera de la Cámara Real. Salió de Palacio entre alegre y triste, o más bien perplejo, atormentado por confusiones. Acudió por la tarde a la diligencia de libertar a los dos presos por quienes se interesaba, y luego visitó a Eufrasia en su casa, con ánimo de sonsacarle alguna información de los escondidos designios de la Camarilla. La dama no se recató para pronosticarle el próximo cambio de Gobierno, que era como pronosticar nieves en verano e insolaciones en invierno. El absurdo imperaba, y la lógica política era una ciencia definida por los orates. [29]

     Con estos desagradables pronósticos fue Tarfe a Buenavista; comió en familia con don Leopoldo: nada dijo en la mesa; pero más tarde, cuando llegaron a la tertulia los mejores amigos del de Tetuán y los diputados más adictos a su política, se planteó por todos la temida cuestión: «Mi General, que está usted vendido... Mi General, que la zancadilla está preparada... Mi General, que Narváez...». A estas manifestaciones de Ayala, Mantilla, Navarro y Rodrigo, añadió Tarfe sus informes, bebidos en el propio manantial de las intrigas. O'Donnell, que con toda su experiencia y sus lauros militares era un niño muy grande, no daba crédito a lo que conceptuaba chismes y chanzas recogidos en los cafés. Abroquelaba su incredulidad con el sentido común, con la lógica; concluía por incomodarse, por mandar callar a sus fieles amigos... Uno de los mejores, Ortiz de Pinedo, entró y soltó esta bomba: «He llegado esta mañana de San Juan de Luz. Allí he visto a González Bravo...».

     -¿Y qué?

     -Habrá salido hoy; llegará mañana. Viene a formar Ministerio con Narváez.

     Aún se resistía don Leopoldo a dar crédito a los anuncios de su caída. El gran niño no quería comprender que reducir a una camarilla, o librarse de sus invisibles asechanzas y silenciosos tiros, es más difícil que la expugnación y conquista de Tetuán. Con todo, el pesimismo de los amigos invadía [30] suavemente su ánimo, y aquella noche no fue su sueño muy tranquilo. A la mañana siguiente, después de despachar una larga firma de Guerra, se dispuso a ir a Palacio a la hora de costumbre; y anhelando despejar sin demora la incógnita, llevó a Su Majestad la promoción de senadores, que ya conocía la Reina, pues algunos nombres de la lista habían sido propuestos por ella... Y la Historia callejera y cafetera, anticipándose a lo que había de decir la Historia grave, refirió aquella tarde que el despacho con la Soberana fue breve y cortante. Presentada la lista de senadores, Isabel negó seca y agriamente su firma. A tal desaire no podía contestar O'Donnell más que con su dimisión, tan seca y áspera como el veto de doña Isabel... Saludos, adioses de mentirosa afabilidad, sonrisas que se cruzaron como rayos mortíferos, deglución de saliva, inclinación del largo cuerpo del Primer Ministro, como chopo azotado del viento... y hasta el Valle de Josafat.

     En Buenavista esperaban a O'Donnell sus amigos, algunos ministros y generales, y no pocos diputados, ansiosos de conocer la sentencia de vida o muerte. Buen disimulador era don Leopoldo; pero aquel día su desconcertada voluntad no pudo impedir que saliera al rostro la ira que le abrasaba. Apoyándose de lado en la mesa central del salón, se quitó los guantes, y arrojándolos con violencia sobre el mármol, el vencedor de África dijo: «Me ha despedido como [31] despedirían ustedes al último de sus criados».

     Levantose en el concurso de amigos y sectarios un murmullo de sorpresa, que pronto lo fue de espanto, de ira; vocerío de recriminaciones, de protestas y amenazas. «Mi General -dijo uno de los más fogosos, de procedencia progresista y revolucionaria-, a los dos días de lo de San Gil, acordó la Camarilla el cambio de Gobierno. Don Miguel Tenorio y don Alejandro Mon han sido los correveidiles entre Palacio y Narváez. ¿Por qué se ha tardado tanto en hacer efectiva la crisis?». Y Ayala respondió: «Porque al desaire querían añadir una burla trágica. Narváez no tenía prisa. Era más cómodo para él que nosotros fusiláramos a los sargentos. Así podía venir el tigre más descansado y con aires de clemencia». O'Donnell, sin añadir una palabra a este comentario de tan horrible veracidad, pasó con el General Serrano y algunos otros a la estancia próxima. En el salón quedó vociferando el grupo más inquieto y levantisco. Entre el tiroteo de frases acerbas y de burlescos dicharachos, descolló la voz declamante y altísona de Adelardo Ayala, gritando: «Esa señora es imposible». [32]






- IV -

     Con gana cogieron la libertad Ibero y Leoncio Ansúrez. Mentira les pareció que se veían en la calle, después de dos semanas de horrible incertidumbre, temerosos de perder la vida o de ser mandados a un lejano y mortífero destierro. Locos de alegría y ávidos de correr para desentumecerse y activar la circulación de la sangre, desde el depósito de Leganés emprendieron la marcha hacia Madrid, hablando poco y sólo para felicitarse, para cantar su dicha con expresiones breves que parecían giros musicales. ¡Qué suerte la suya! ¡Eterna gratitud debían a don Manolo Tarfe y al Marqués de Beramendi! De milagro habían escapado, porque en rigor de verdad no eran inocentes, aunque otra cosa dijese el buen Tarfe a doña Isabel para captar la Real clemencia. Uno y otro se habían batido en la calle de la Luna, después de haber empleado todo el día 21 en la preparación de armas para el paisanaje. Su trato, iniciado pocos días antes de la tragedia de San Gil, se estrechó con el compañerismo guerrero, y la común desgracia y prisión lo trocaron en fraternal amistad.

     «Mira, chico -dijo Ansúrez cuando pasaban el Puente de Toledo-, tú te vienes conmigo [33] a mi casa. No permitiré que andes rodando por posadas o casas de dormir, donde no faltarían soplones que te dieran otro susto. Ya que de esta hemos salido, no caigamos en otra. A mi casa tú. Donde comen tres, comen cuatro... Además, no tienes guita, y a mí nunca me falta un duro. Nada más grato que comer con un amigo en familia, recordando las fatigas que hemos pasado juntos... No te quiero decir cómo se quedarán mi mujer y mis chiquillos cuando me vean entrar... Aunque el Marqués les habrá dado esperanzas, no creerán que sea tan pronto... Apretemos el paso, Santiago, que los minutos se me hacen horas... Virginia no me espera. De fijo, cuando me vea, se echará a llorar; los chicos, en el primer momento, me mirarán asustadicos; luego romperán a reír y a darme besos... ¡Quiera Dios que a todos los encuentre buenos! Hace dos días, según la carta que recibí de mi hermana Lucila, no había novedad en casa. Pero hoy, quién sabe. A lo mejor se te pone malo un chico; se agrava en horas... y en minutos se te muere... Estoy en ascuas, Santiago... ¿Sabes que es largo este maldito Paseo de los Ocho Hilos?... Y aún nos falta la calle de Toledo. ¡Dios!... ¿Para qué harían la Corte de España en este vertedero?... En fin, ánimo y adelante».

     Calló Ansúrez, para no quitar ni un aliento al trabajo pulmonar de la subida. Menos locuaz que su compañero, Santiago también a ratos hablaba, por amenizar la [34] penosa caminata. «Pues te agradezco la fineza de llevarme contigo, Leoncio, y acepto tu hospitalidad. ¿A dónde voy yo con mis bolsillos demasiado limpios y con este cuerpo que ya no puede con tantas hambres y trabajos?... En tu casa me arreglaré la máquina y volveré a salir por esos mundos... ya sabes que mi destino es correr, navegar por mares y caminos, y salir al encuentro de las cosas grandes que vienen... si es que quieren venir... no sabemos de dónde».

     -Yo -dijo Leoncio, apechugando ya con la calle de Toledo- te envidio el vivir corriendo de un lado para otro. Si yo pudiera llevar conmigo en un carrito a mi mujer y mis hijos, como esos húngaros errantes que van por toda Europa componiendo calderos, lo haría, créelo. Es un gusto ver cada día cosas y personas distintas. Pero la familia le impone a uno la quietud... y la sociedad, que es una gran perezosa, no mira con buenos ojos a los que se atan al mundo con una cuerda demasiado larga.

     -Poco tiempo he de estar contigo. El señor Muñiz, que a Francia me llevó y de Francia me mandó acá, dispondrá lo que tengo que hacer ahora... Eso si don Ricardo está en Madrid, que bien podría suceder que le hayan mandado a Filipinas o al quinto infierno.

     -No hagamos cálculos... que las cosas han de pasar según el gusto de las mismas cosas, que disponen su propio acontecimiento, ¿me entiendes?, y no al gusto nuestro... [35] La voluntad del hombre apunta, y otra voluntad más grande dispara; pero rara vez va el tiro a donde uno pone la puntería... ¿me entiendes?

     -¿Cómo no entenderte si eso que dices de apuntar yo y disparar para otro lado la Providencia, o como se llame, me ha pasado a mí muchas veces? Últimamente, ya lo sabes, busqué a mi mujer, o digamos novia, en Vitoria, y resultó que estaba en Madrid. Llego a Madrid; indago la vivienda; escribo a Saloma valiéndome de una vieja prendera y corredora; me contesta Saloma citándome para tal día y tal noche en una casa, digo, en el jardinillo trasero de una casa del callejón de Malpica... Voy allá, como puedes suponer, loco de alegría, creyendo que ya tento en la mano mi felicidad, y... en vez de salirme al encuentro mi felicidad, me sale don Baldomero Galán con una escopeta y me suelta un tiro... Por fortuna no me dio... El hombre temblaba de ira y parecía loco... Escapé saltando una tapia; fui a caer en la Cuesta de Ramón. Después supe por mi corredora que doña Salomé, mi suegra, estaba enferma de muerte, y que don Baldomero padecía la demencia de ver a todas horas y en todas partes ladrones de su hija... Esto pasó el 20 de Junio. Después vinieron los horrores de San Gil, mi prisión... esta pesadilla horrible, de la cual hoy despierto.

     Con esta y otras conversaciones se les aligeró el tiempo y se les abrevió la caminata. [36] Recorrieron todo el diámetro de Madrid de Sur a Norte, hasta llegar a la casa de Leoncio, situada en la calle de Daoíz, a espaldas de la iglesia de Maravillas y frente al Parque viejo de Artillería, el barrio chispero, escenario ardiente del Dos de Mayo. Anochecía cuando el armero vio su morada, que era un principalito con tres balcones. Dos de estos estaban abiertos, protegidos del calor por luengas cortinas de lona listada: en uno de ellos había un botijo sobre su peana; en otro, una jaula con jilgueros, que ya dormían el primer sueño. Sorprendido y algo asustado Ansúrez de no ver a nadie en los balcones a la hora de tomar el fresco, se plantó en medio de la calle, y haciendo bocina con sus manos, gritó fuertemente: «¡Mita!... ¡Mita!». Al segundo llamamiento apareció Virginia en el balcón, y con un abrir y cerrar de brazos, juntando luego las manos, expresó su sorpresa y alegría.

     No hay que decir que Leoncio subió de un vuelo la corta escalera, seguido de Santiago. Quédese sin describir la tiernísima escena, primero silenciosa, después alborotada con rápidas preguntas y chillidos de júbilo. Leoncio cogió a sus dos chicos, uno en cada brazo, y les dijo mil tonterías amorosas en lenguaje infantil, y les zarandeó y estrujó un buen rato. Luego, presentando a su amigo, que por unos días había de ser su huésped, le colmó de alabanzas. Ibero mostrose humilde, agradecido; sus ojos negros, sus palabras tímidas, transparentaban su [37] buen natural. Poco tardó en sentirse ligado a la familia de Leoncio por un lazo fraternal. La cena comedida, gustosa, nuevo lazo de afecto y confianza, acabó de embelesarle y de rendir absolutamente su voluntad. De sobremesa, charlando con franca alegría y bebiendo un claro vinito de Méntrida, Leoncio dijo a su huésped: «Mañana conocerás a mi hermana Lucila. De ella se ha dicho que era la mujer más hermosa de España».

     -Y de cara todavía lo es -afirmó Mita-. Se ha casado dos veces, ha tenido siete hijos... Su cuerpo de estatua ya va desmereciendo.

     -Y conocerás también a su hijo mayor, Vicentito Halconero. ¡Qué talento de chico! Delira por las guerras, y su alma es el alma de un Napoleón o de un Hernán Cortés... ¡Pobrecillo! Quedó cojo de una caída, y no puede ser militar.

     -Es un dolor verle, es un dolor oírle... No se han visto nunca cuerpo y alma tan desavenidos.

     Hablaron luego de Rodrigo Ansúrez, el portentoso violinista a quien Ibero conoció años atrás en la casa de huéspedes de María Luisa Milagro, viuda de un bajo profundo. Declinaba, languidecía la conversación, desvirtuada por el cansancio, y Virginia dio la voz de recogerse. Durmió Ibero en cama limpia y blanda, que no agradeció poco su pobre cuerpo tronzado y dolorido.

     Vivían Mita y Ley en holgada medianía. La corta pensión que Virginia recibía de su [38] madre, y las lucidas ganancias de Leoncio en su taller de armero, daban al matrimonio una posición desahogadísima, que ya quisieran muchas familias encasilladas en la burocracia, y que solían vivir con humo en la cabeza y los estómagos vacíos. A mayor abundamiento, la feliz pareja recibía de Lucila frecuentes regalos de fruta, hortaliza, legumbres, aves, corderos y miel... A la generosa campesina vio Santiago al día siguiente. ¡Qué tal sería la señora, que aun algo descompuesta y desbaratada de cuerpo, vestida con poco arte y ninguna presunción, dejaba poco menos que sin sentido a los que por primera vez la contemplaban! Cara tan perfecta, cara que con tan acabada conjunción y síntesis reuniera la gravedad, la belleza y la gracia, no había visto Ibero más que en estampas finísimas representando alguna de las Musas, la diosa Ceres, o nuestra madre Eva acabadita de crear...

     Tanto como el rostro sin par, encantaron a Santiago la voz y el agrado de la celtíbera, que se despidió con esta frase de puro estilo paleto: «Vaya, me alegro mucho de haberle conocido». Y acto continuo echó el brazo al cuello de Vicentito, que a su lado estaba, y empujándole hacia Ibero, dijo a este: «Dispénseme si le dejo aquí a mi hijo, que ha de hacer con usted buenas migas. Algunas jaquecas le dará. El chico es muy aficionado a historias de batallas y conquistas. Le escondemos los libros para que no se caliente demasiado la cabeza. En cuanto le [39] contó Leoncio lo que usted ha hecho y lo que ha pasado, volvióseme loco el pobre hijo. «Madre, llévame... Madre, vamos pronto. Madre, que llegaremos tarde... El Ibero habrá salido, y sabe Dios cuándo volverá...». «Con que... adiós, mi cojito. Comerás aquí. Hasta la noche». Y salió dejando frente a frente a los que habían de ser grandes amigos a los pocos minutos de conocerse. Acompañola Virginia hasta la puerta, y allí repitieron extensamente lo que ya se habían dicho en la visita, resabio característico de las señoras apaletadas.

     Desde que Vicentito Halconero se vio ante el misterioso amigo de su tío Leoncio, sentados ambos junto a la mesa del comedor, vació toda su alma en expresiones de confianza. Los ojos de Ibero, resplandecientes de benevolencia, acogieron el alma infantil, que se escapaba de la cárcel de un cuerpo doliente para correr hacia la luz y el ideal. A borbotones salieron de la boca del cojito estas ardorosas palabras: «Me ha dicho el tío Leoncio que tú has estado con Prim; que tú has hablado con Prim, como yo hablo ahora contigo; que quisiste ir con él a Méjico y no te dejaron... que tú estuviste preso, y te escapaste tirándote de un monte a una playa... que tú te has ahogado; no, no, que tú mataste a uno que quiso ahogarte... Me ha dicho que te sublevaste con la caballería de Aranjuez... que trajiste a Madrid las órdenes de Prim; que eres el gran amigo de uno que llaman Moriones; que tu padre defendió [40] la Libertad contra el faccioso; que has navegado por todos los mares, y has recorrido a pie toda España de punta a punta; que te mantienes días y días, si a mano viene, con un higo pasado y un mendrugo de pan, y que eres guerrero, anacoreta y qué sé yo qué... Me ha dicho que tienes una novia muy guapa, y que la robarás para casarte con ella sin permiso de los padres, que al parecer son muy brutos... Me ha dicho que de niño te fugaste de la casa de un tío cura, y que te echaste al mundo para hacer cosas por ti mismo... y que has hecho ya cosas y has de hacerlas muy sonadas. Yo también las haría si esta pata coja no me estorbara para todo. ¡Ay, Santiago!, si tú fueras cojo, no habrías hecho nada: habrías hecho lo que yo, leer, leer lo que otros hicieron. Es muy triste ser cojo, ¿verdad que sí?».

     Asintió Ibero a lo que dijo su amigo de los inconvenientes de la cojera, y de lo que perjudica este defecto a la acción humana. En lo referente a sus propias acciones respondió con modestia, atenuando sus méritos, que agigantaba la ardorosa fantasía de Vicente. Este representaba edad inferior a sus trece años, por el menguado desarrollo a que le condenó la falta de ejercicio. La mitad superior de su rostro, frente, ojos y nariz, eran de la madre; la boca y barba declaraban la tosca hechura de Halconero. El conjunto era dulce, interesante, melancólico. A fuerza de cuidados vivía; a fuerza de método y aparatos, su cojera no era de las [41] que exigen muletas: sentaba en el suelo los dos pies; pero la flojedad de la pierna impedía el ritmo de la perfecta andadura humana. Se auxiliaba de un recio bastón, que era como pierna auxiliar, y por más que el pobre chico disimulaba su defecto, no lograba que sus tres pies dieran un andar suelto y gallardo, sin el cual no hay figura humana que pueda realizar la epopeya...

     Aturdido quedó Ibero ante la precoz erudición que su amigo echó sobre él apenas rompieron a charlar. Desde que se dio aquel atracón de lecturas en la biblioteca de don Tadeo Baranda, Santiago había tenido poco roce con libros y papeles impresos; la vida de acción, de necesidades que había de satisfacer por su propio esfuerzo, no le dejaban sosiego ni rato libre para el pegajoso trato con las letras de molde. En cambio, Vicentito, niño rico y mimado, a quien su madre permitía el goce de la libre lectura, apartándole por razones de salud de todo estudio sistemático, devoraba libros, principalmente de Historia de España. Su ciencia superficial y fragmentaria, portentosa para un cerebro de tan corta edad, fue la admiración del amigo, incapaz de igualarle en aquel terreno. No podía contener Vicente el raudal de su adorable pedantería; en su boca resplandecían como piedras preciosas las grandezas épicas, los hechos militares más altos y las aventuras temerarias del valor hispánico...

     «Para mí -decía- la mayor grandeza de [42] España está en el reinado del Emperador Carlos V. ¡Vaya un tío! Rey a los diez y siete años, Emperador a los diez y nueve... y con medio mundo en aquellas manos tan tiernas... ¿Has leído tú la batalla de Pavía? Yo me la sé casi de memoria, y me parece que estoy viendo al Rey de Francia prisionero de Juan de Urbieta, y entregando a Lannoy su espada. ¿Y de la expedición a Túnez, qué me dices?... ¿Pues y la campaña de Alemania?... ¡Mulberg!... ¡Alba y el Elector de Sajonia!... Con lo que no estoy conforme es con que el buen señor se encerrara en un convento, cuando aún no era muy viejo y podía gobernar los mundos de Europa y América». Con gravedad asintió Ibero a estas opiniones, mostrándose singularmente contrario a la abdicación y monaquismo del hijo de doña Juana la Loca.

     Y el niño Halconero siguió así: «Felipe II no me gusta tanto como su padre, por ser muy arrimado a la Inquisición y al tostadero de herejes; pero también es grande... Mira que la Liga contra el turco y la batalla de Lepanto le quitan a uno el sentido... ¿Pues y de San Quintín, qué me dices?... Mi madre me llevó a ver El Escorial... allí tienes pintadas en la pared de una sala todas las batallas... ¡qué cosas!... La Infantería española es la primera del mundo. ¿No lo crees tú así? (Grandes cabezadas de Ibero apoyando la opinión de su amigo.) Y quien dice la Infantería, dice la Caballería y la Artillería... También soy de parecer que no [43] hay marinos como los españoles. ¿Has leído la batalla de Trafalgar? Yo la he leído en tres libros distintos. Fuimos vencidos por la impericia del francés aliado; pero aquellos héroes, aquel Churruca, aquel Gravina, aquel Alcalá Galiano, ¿no valen tanto como la victoria? Víctimas son esas que todas las naciones nos envidian». Y con este ardiente estilo y convicción siguió derramando su saber, que al propio tiempo era enseñanza y deleite para el gran Ibero.

     La simpatía cordial que entre ambos se estableció al primer trato, se explica por el estrecho parentesco de sus almas. El uno era la Historia libresca; el otro la Historia vivida, ambas incipientes, balbucientes, en la época de la dentición.








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