La de los tristes destinos



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- XXIX -

     Al poner el pie en la cubierta de la Zaragoza, Prim no disimuló su júbilo. Topete y Malcampo, guardando al General la debida cortesía, permanecieron un rato vacilantes y cortados, sin encontrar en su pensamiento la fórmula de las congratulaciones para casos como aquel, más frecuentes en las comedias que en la vida. No esperaban a Prim tan pronto; esperaban a los Generales traídos de su destierro de Canarias. Cambiado por el acaso, por lo que fuera, el orden de las cosas, se les desconcertaban las ideas y hasta el vocabulario. No podían decir a uno lo que cada cual llevaba preparado en su caletre para decirlo a otros... Creyérase que el inesperado huésped entraba en la fragata como un golpe de mar, alterando por un momento la estabilidad... de los perplejos tripulantes.

     Reunidos marinos y paisanos en la cámara del Comandante, antes de meterse en deliberaciones se acudió a reparar las fuerzas de los que llegaban de una travesía penosa y sin víveres. Como nada se había preparado [296] a bordo, la cena de Prim y los suyos fue modestísima y fiambre. Naturalmente, al compás del comer, la conversación animada y picante, en términos de franca amistad, fue sacando de cada alma pensares y sentires que, si en algunos puntos disentían, en otros admirablemente concordaban. Con pie de gato asustadizo pasaron sobre las ascuas del candidato al Trono, en el caso de que este quedase vacante. La infantil ingenuidad de Topete y su palabra marinera y balbuciente, podían poco cruzándose con la convicción ardorosa y la palabra de acero de Prim; menos podían aún frente a la esgrima de un polemista tan experimentado como Sagasta. La idea de remitir la espinosa cuestión dinástica al supremo criterio de la Soberanía Nacional, acogiéndose a la socorrida receta de Espartero, iba penetrando en el ánimo de los marinos, que así se encontraban con un buen emoliente que aplicar a sus escrúpulos y escozores de conciencia.

     Discutiendo con noble sinceridad, se llegó a declarar que si los males y humillaciones de la Marina eran graves, mayor gravedad tenía el oprobio de la Patria, y que la Marina empequeñecería su protesta si la encerraba en los cortos límites del espíritu de Cuerpo. La Marina, como el Ejército, tomaría el nombre de España, envilecida ante las naciones por la Corte y la infame camarilla. Los soldados de mar y de tierra, como todo el país, sentían su rostro enrojecido por los ultrajes que a la Nación española inferían los [297] que más obligados estaban a mirar por su honra. Ejército y Armada, unidos al Pueblo, habían de salir a la defensa de la Madre común, escarnecida públicamente y arrastrada por el fango... De esta discusión, que Prim, Sagasta y Zorrilla caldearon hasta el rojo, salió el acuerdo de que la Escuadra se pronunciara al día siguiente a las doce. De ningún modo debía esperarse a los Generales, no sólo porque era insegura la fecha de su llegada, sino porque la efervescencia que reinaba en Cádiz exigía que no se dilatara el arranque inicial... La revolución llenaba el ambiente y movía todas las almas; la misma autoridad, azorada y melancólica, sintiéndose impotente contra ella, a punto estaba de dar el breve paso que separa el contra del pro. Detener el pronunciamiento un día más, una hora, era exponerse a que cualquier inesperado suceso, una regresión, una falsa noticia, una voz en el aire, una china en el sendero, dieran con todo al traste. ¡Volver a empezar!, ¡qué horror! Las vidas se agotaban, las voluntades rebeldes habían llegado a su máxima tensión, y ya... o reventar o vencer.

     Penetrados de tales ideas y dispuestos a ejecutarlas, requirieron los caballeros de la Libertad un corto descanso; que ya, desde la última palabra del discutir hasta la primera claridad del amanecer, poco tiempo había de pasar. El más tardo en recogerse fue Sagasta, que en un corro de oficiales estuvo charlando hasta la salida del sol. Encendidas [298] las calderas desde la madrugada, el 18, después de las faenas matutinas, se dieron órdenes para que la Escuadra dejara el fondeadero de Puntales y se aproximase a la ciudad, colocándose frente a la batería de San Felipe. Era para don Juan Prim contrariedad molesta la falta de uniforme; pero como todo tiene remedio en este mundo menos la muerte, él mismo discurrió un ingenioso arbitrio para ostentar las insignias elementales de su jerarquía militar. Mandó que con lanilla roja de banderas le hicieran una faja; se la puso, y en verdad que una vez ceñida al cuerpo y vista de lejos, todo el mundo la diputara por legítima y noble seda. Para cubrirse, tomó la gorra del oficial de Marina cuyas medidas de cabeza correspondían a las de la suya. Tocó este honor a la cabeza del ilustrado oficial don Camilo Arana. Véase cómo un gran suceso de la Historia contemporánea fue precedido de incidentes vulgares, cómicos, contrarios a toda solemnidad.

     Con lenta marcha majestuosa llegó la fragata Zaragoza frente a San Felipe. Delante y detrás, formando extensa línea, fueron la Tetuán y Villa de Madrid, los vapores Isabel II, Vulcano y Ferrol, y las goletas Edetana y Concordia. A la una del viernes 18 de Septiembre de 1868, hallábanse en el puente de la Zaragoza don Juan Topete, Malcampo, Prim, y toda la oficialidad. Diose a la marinería la orden de subir a las vergas, a los cabos de cañón la de prepararse [299] para el saludo, y don Juan Topete, con voz de mando estentórea, lanzó los gritos de ordenanza: ¡Viva la Reina! Siete veces fue aclamada doña Isabel por Topete; siete veces contestadas las aclamaciones por la marinería. Bien pudieron notar los oficiales que Prim cambiaba de color a cada grito. Mas no era hombre que se dejase imponer por una voluntad que en aquel caso solemne tenía por secundaria, ni consentía que sus altos pensamientos quedasen más bajos de lo que debían estar. Arriba, en el cielo mismo, había de ponerlos ¡vive Dios!, y que los señores de a bordo lo tomaran como quisiesen. Huésped de ellos era, su prisionero tal vez. Pero ningún peligro le arredraba: con una o dos palabras pondría el remate a su gran obra y convertiría su idea en acción real. Pues a decirlas ante el cielo y la tierra.

     Como quien rectifica cortésmente un concepto equivocado, Prim se adelantó con esta vulgar frase: «Dispense usted, mi brigadier». Y como un león se abalanzó al pasamanos del puente, y echando toda el alma en su voz vibrante, gritó: «¡Viva la Soberanía Nacional... viva la Libertad!». Repitió la exclamación como un conjuro mágico que desde aquel punto había de correr por toda España, despertando los corazones dormidos y resucitando las esperanzas muertas. Oído por la marinería el grito del General, ya no sonaron más los fríos clamores de ordenanza, sino que estalló un ¡viva Prim! inmenso, ardoroso, y confundido con el estruendo [300] de la artillería, fue repitiéndose de verga en verga y de barco en barco. El nombre de Prim y los cañonazos sonaban con giro vertiginoso como si en espiral se enroscaran... iban a perderse en la ciudad entre los alaridos de la multitud.

     La fiera de la Revolución estaba ya suelta; el Trono caído y roto... Los Generales, cuando vinieran, si venían, nada podrían hacer ya para encadenar a la fiera y enderezar lo caído. Si Prim no se les hubiera anticipado, el alzamiento habría seguido rumbo distinto, que desconocemos... como no se tome el trabajo de referirlo el divino Confusio.

     Pronunciada la Escuadra, se creyó a bordo que la Plaza secundaría el movimiento sin tardanza. No fue así: tardanza hubo. Los batallones de Cantabria no salían de sus cuarteles, y el paisanaje divagaba por las calles cantando coplas patrióticas, sin que la Guardia civil tratase de impedirlo. A media tarde empezó a llover, y lloviendo estuvo parte de la noche. El agua del cielo, ya se sabe, no favorece los movimientos populares... En tanto, llegaron a bordo de la Zaragoza los que habían salido de Gibraltar en el Alegría, y además el jerezano Sánchez Mira, capitán de Artillería retirado. Al anochecer volvieron a tierra, después de asegurar que el pronunciamiento de la guarnición sería indefectiblemente un hecho en la mañana del día siguiente 19. La noche transcurrió en Cádiz con aparente tranquilidad, aunque bajo la capa de este sosiego protegido por la [301] lluvia ardía el espíritu de rebelión, y se trabajaba en encenderlo más. Merelo, Sánchez Mira, Bolaños y Guerra recorrían los acantonamientos, encareciendo a los paisanos la quietud hasta que llegase el momento preciso. Agregados a ellos estaba el capitán de Infantería de Marina, Borrero, que días antes logró escapar del Castillo de Santa Catalina, donde hubo de arrostrar indecibles sufrimientos y martirios hasta su evasión, que realizó jugándose la vida y casi seguro de perderla.

     A la madrugada se personaron Merelo y su acompañamiento en el cuartel de San Roque, donde se alojaba Cantabria, y con una breve arenga quedó pronunciada la tropa. Inmediatamente se dispuso reforzar con paisanos armados la guardia del Principal, ocupar todas las azoteas de la Plaza de San Juan de Dios, y que dos o tres compañías se posesionaran de la Aduana. Uniéronse al movimiento los carabineros, y se procedió luego a poner en libertad a los patriotas presos días antes. Se dispuso que fuese un oficial a bordo de la Zaragoza a participar lo que ocurría, y al toque de Diana, la banda de Cantabria saludó la sublevación en el lenguaje musical de ordenanza: el himno de Riego.

     A las siete desembarcaron Topete y Prim. Este llevaba ya su uniforme de Comandante General de Ingenieros. Fue recibido con hervor de entusiasmo, con emoción ardiente, en la cual había no poco de ternura. Dirigiéronse [302] a la Aduana, el histórico albergue de toda autoridad en los días famosos de los años 8, 12 y 23. Allí vivió Fernando VII, prisionero de los constitucionales, mientras Angulema bombardeaba en el Trocadero las avanzadas españolas; en aquellos balcones se asomaba, vestido de mahón, para que la plebe le manifestase un respeto que él no merecía; allí le puso en capilla el lógico historiador Confusio, y de allí le sacó entre guardias para llevarle al rebellín de San Felipe, donde le administró los cuatro tiros a que se había hecho acreedor por su perfidia. Cierto que esto de los tiros era fantástico, desgraciadamente. Quédese, pues, en los rosados limbos de la justicia ideal, y dígase que en el mismo balcón donde se asomaba Fernando a requerir los homenajes de un pueblo inocente tirando a tonto, tuvo que asomarse Prim para recibir la adhesión amorosa de un pueblo más avisado ya, y en camino de pasarse de listo.

     Mientras el General se ocupaba en nombrar la Junta revolucionaria, ponderando discretamente en ella las tres familias progresista, unionista y democrática, acudió Topete al castillo de Santa Catalina, donde se había retirado el Gobernador de la plaza, General Bouligny, con la Artillería. Por fórmula le rogó que se adhiriese al movimiento; por fórmula replicó el General que no podía complacer a su amigo; resignó el mando; fue conducido por el mismo Topete a la Capitanía General; las fuerzas de Artillería [303] volvieron a sus cuarteles, y a la una de la tarde salieron para la Carraca. Todo iba, pues, como una seda. Los que con loca facilidad, apoyados por la Escuadra, habían sublevado a Cádiz y a la guarnición, se alababan de un éxito tan hermoso, sin derramar una gota de sangre... ¡Qué simpleza! La sangre se había derramado antes. Que hicieran la cuenta de sangre desde la noche de San Daniel, y jornada del 22 de Junio con sus severísimos castigos; que añadieran los suplicios de Espinosa, Mas y Ventura, Copeiro del Villar y otros mártires, y se vería que no hay Revolución seca. Y aún faltaban algunas venas que abrir. Clío trágica no había soltado de su mano la terrible lanceta.

     Para que todo fuese dicha en aquel venturoso 19 de Septiembre, por la tarde llegó el Buenaventura. A su encuentro en alta mar salió el vapor de guerra Vulcano, que informó a los Generales de cuanto en Cádiz había ocurrido. Desembarcaron los unionistas. Nuevos entusiasmos. El regocijo y las esperanzas desbordaban de los corazones. Estos habían vivido largo tiempo en sequedad triste, y ya se llenaban de flores, que lucirían su aroma y colorines hasta que Dios quisiera. La misma tarde se dio a la imprenta el manifiesto que Ayala había escrito en el Buenaventura, y al anochecer corría por Cádiz de mano en mano. Era la proclama viril en que el poeta, fundiendo con arte exquisito la razón con el sentimiento, expresó el dolor de la [304] Patria, y sus legítimos anhelos de recobrar la salud, la paz y el decoro; documento que puede señalarse como modelo de elocuencia guerrera y política, y que por su fuerza oratoria fue en aquellos días el rayo ardiente que corrió por toda España propagando el popular incendio. Por mucho tiempo conservaron los españoles en su memoria los famosos queremos de Ayala. Queremos que una legalidad común, por todos creada, tenga implícito y constante el respeto de todos... Queremos que el encargado de observar la Constitución no sea su enemigo irreconciliable... Queremos que las causas que influyan en las supremas resoluciones, las podamos decir en voz alta delante de nuestras madres, de nuestras esposas y de nuestras hijas... etc...

     Ni los Queremos de la vibrante alocución de Ayala, ni la presencia de Prim y Serrano, saludada en calles y balcones por la frenética multitud, distraían a Santiago Ibero de su melancolía y abatimiento por no haber encontrado en Cádiz la esperada carta de Teresa. En Londres pidió a los hermanos Blanco un nombre de casa de banca o de comercio a donde su familia pudiera dirigirle la correspondencia. Diole don Jaime, anotada en un papel, esta dirección: Horacio Alcón y Compañía.- Cádiz, la que mandó a su amada mujer con la advertencia de que inmediatamente le escribiera. No se alegró poco al saber por sus amigos los marineros del Alegría que los Alcones eran armadores del [305] vapor en que navegaba. Pero en cuanto desembarcó, su gozo en un pozo. En la casa y escritorio donde creyó encontrar su dicha, no había carta para él. Idéntica negativa dada el 19 y el 20 abatió tanto el ánimo del pobre aventurero, que aun la misma revolución triunfante perdió parte de su interés.

     En compañía de marineros alegres vagaba Ibero por la linda ciudad engalanada. En algunos momentos el delirio popular invadía su alma; pero muy poco se estacionaba en ella. Cuando por los amigos del Alegría se supo que había venido con Prim en el Delta, era saludado en las calles como un brazo fuerte de la Libertad; caían sobre él convites y obsequios, obligándole a un disparatado consumo de manzanilla. En medio de esta disipación, que entenebrecía su espíritu en vez de iluminarlo, apareció al fin la aurora de su felicidad. El 21 por la tarde volvió a la casa de Alcón con la negra idea de un nuevo chasco. Dios lo dispuso de otro modo, y hubo carta... La cogió Santiago, y rápidamente rasgó el sobre como si dentro viniera bien dobladita la propia Teresa en cuerpo y alma. Pasando la vista por los no muy derechos renglones, leyó frases amantes, dulces tonterías, y guardando en su seno el precioso papel con idea de leerlo y saborearlo en su casa, salió a la calle de San Francisco medio loco. Todo el delirio patriotero reconcentrado y latente en su alma, se desbordó ante los grupos de transeúntes que iban hacia la Plaza de San Juan de [306] Dios, donde estaba tocando la música de Cantabria. El hombre feliz prorrumpió en estos alegres clamores: «¡Viva Prim, viva Serrano, vivan todas las Libertades, de Cultos, de Comercio, de Imprenta...!».

     Soltando estos gritos, que también eran convicciones, llegó a la plaza. Unos le miraban con asombro, otros con alegría, y como todo el vecindario gaditano estaba ebrio de liberalismo, hacían gracia los patriotas aunque fueran borrachos. Al aproximarse a la Puerta de Mar, por donde entran y salen de continuo chorros de gente, vio Santiago a un hombre de regular estatura, grueso, de tostado rostro, con enormes patillas grises. Quedó Ibero paralizado ante aquella figura. El de las barbas le vio también, y abriendo sus brazos, con paternal emoción gritó: «¡Bero, hijo mío!...». Santiago se dejó estrujar entre los brazos forzudos del capitán Lagier, diciendo con voz llorosa: «Don Ramón, iba a buscarle...».






- XXX -

     Pasadas las efusiones del reconocimiento o anagnórisis, Lagier dijo a Ibero: «Acompáñame a unas diligencias, y luego te vienes conmigo a bordo, para que hablemos largo y tendido...». Así se hizo: pasó el riojano la noche en el Buenaventura, gozoso [307] de platicar con su segundo padre. ¡Qué admirable coyuntura para hacerle confesión general de su vida en el tiempo que había corrido suelto por el mundo! Hablaron de política y de revolución, y Santiago abordó con valentía el magno asunto de su revolución propia, de sus amores con Teresa y de su firmísimo inquebrantable lazo de matrimonio libre, sin reparo ninguno de los antecedentes de ella y de sus pasados extravíos. Oyó Lagier la historia, sin reír como los anteriores oyentes, y vio toda la importancia y gravedad del caso, su fatalidad inevitable.

     Apuró Santiago su dialéctica para obtener el exequatur de su maestro, y entre otras cosas muy pertinentes, dijo que no podemos ser revolucionarios en lo público y atrasados o ñoños en lo privado. Si se tira de la cuerda para lo de todos, tírese para lo de cada uno... Cierto que Ibero, al proceder de aquel modo, se ponía en desacuerdo con la sociedad, y levantaba un murallón infranqueable entre él y su familia. ¿Veía el sabio maestro alguna solución conciliadora? A esta pregunta contestó el buen marino, después de meditar en silencio acariciándose las luengas patillas, que si Santiago tenía medios de vivir en el extranjero con Teresa, trabajando los dos honradamente, diera un adiós definitivo a España, y se labrara una vida francesa del mejor modo que pudiese, con libertad y sosiego. Así, dejando pasar el tiempo, se vería libre de [308] los disgustos que en España le ocasionaría el fanatismo. «Sí, hijo mío: el fanatismo tiene aquí tanta fuerza, que aunque parezca vencido, pronto se rehace y vuelve a fastidiarnos a todos. Los más liberales creen en el Infierno, adoran las imágenes de palo, y mandan a sus hijos a los colegios de curas... No sé hasta dónde llegará esta revolución que hemos hecho con tanto trabajo. Avanzará un poco, hasta que al fanatismo se le hinchen las narices, y diga: «Caballeros Prim y Serrano, de aquí no se pasa».

     Muy del agrado de Santiago fue la exhortación a la vida en país extranjero, donde su doméstica revolución quedaría amparada de la tolerancia, y defendida del fanatismo español por los providenciales Pirineos... Elevando luego la cuestión a las esferas de la filosofía que profesaba, afirmó Lagier que si las almas de los fenecidos transmigran de uno a otro planeta, buscando nuevas encarnaciones, ya con el carácter remuneratorio, ya con el expiatorio, las almas de los vivos pueden y deben transmigrar dentro de la pequeñez de nuestro mundo, buscando su mejor estado y observando las leyes de la moral universal. Él no emigraba porque le tenían amarrado al terruño español su familia y el régimen de la Marina mercante.

     «El que ande suelto -añadió-, haga efectiva su libertad, viviendo donde mejor le cuadre... Yo no hallo más inconveniente [309] que la tristeza de tus padres por tu desvío. Siempre verán con cristales de fanatismo tu casamiento libre; nunca con los cristales de la ciencia eterna, que dan al amor su verdadero tamaño... ¿me entiendes?... Sed buenos, humildes, honrados, y puede que el tiempo os lleve a la reconciliación con tus padres y hermanos... Dificilillo es; pero quién sabe... Recordarás, Bero, lo que otras veces te he dicho. Nacemos como un libro en blanco, en el cual, conforme vivimos, vamos escribiendo una historia dictada por causas internas y externas, de que no sabemos darnos cuenta... Ocasión es esta de deciros una y otra vez a ti y a tu Teresa: 'Reconstruid vuestras personas con actos buenos, con actos independientes de los dogmas, y que arranquen de la pura conciencia'. Por mis lecciones sabes que en nuestra conducta influyen de un modo misterioso seres inteligentes e invisibles. Pon atención a lo que esos seres te digan... No te preocupes de las experiencias y comunicaciones. Los buenos espíritus vendrán a ti sin que tú los llames... En tus soledades y tristezas vuelve los ojos al mar, si tienes ocasión de verlo, y al cielo: ellos te darán la impresión de lo infinito. Ante lo infinito, eleva tu conciencia, y Dios será contigo».

     De estas apacibles lecciones, dulcemente acogidas por el alma de Ibero, pasó Lagier a referir a su amigo las fatigas que había pasado en Tenerife para embarcar a los Generales. «A los tres días de navegación [310] -dijo-, llegué al Puerto de la Orotava al amanecer. Paré la máquina; al poco rato vi una lancha que venía en demanda de mi barco. Esto no es nuevo en aquellas costas. A menudo pasa un vapor preguntando: '¿Hay cochinilla que embarcar?'. Y de tierra vienen a decirnos las condiciones de flete. El patrón de la lancha me trajo una carta anónima que decía: 'No estamos preparados para el embarque. Váyase de vuelta afuera hasta el lunes 14, a las doce de la noche, que se acercará con un solo farol, para que embarquemos... Aléjese mucho para no ser visto'. Yo contesté: 'Conforme: no faltaré a la cita'. Dos días estuve voltijeando mar afuera. En la fecha convenida, a media noche, me llegué al Puerto de la Orotava, con sólo la luz del tope, apagadas las de situación. La noche era obscura, el cariz de mal tiempo... Acerqueme a la farola con precaución, moderando... No tardé en oír el compás de los remos de varias embarcaciones... Eran los Generales. Larga y penosa, por el picado de la mar, fue la travesía del puerto a mi barco... El primero que subió por mi escala fue el Duque de la Torre, a quien recibí en el portalón con un abrazo. Él suspiró y me dijo: 'Yo no sirvo para esto. Me gustaría más estar al lado de mis hijos'. Tras él entraron los demás. Lancé un Viva la Libertad, que retumbó en las bóvedas del infinito, y sin perder un minuto puse rumbo Norte, cuarto al Este, y mandé dar avante a toda máquina. El [311] viaje fue mediano, con un día malísimo. Yo bajaba de vez en cuando a charlar con el Duque en su camarote. El buen señor sufría del mareo, y gustaba de mi conversación. Hablábamos de política. Una noche le dije: 'Señor Duque, si salimos bien de esta, hemos de establecer el Matrimonio Civil...'. 'Hombre, hombre -me contestó-; eso no es cosa nuestra'.

     »Ya ves: todavía creen que eso del casarse es cosa del Papa... La Revolución que traen quedará, pienso yo, en un juego de militares. Como no vayan al bulto, no harán gran cosa. Por eso me atreví a decir al Duque: 'Pues si no cortamos las alas a esa gente, trabajo perdido...'. En fin, avistamos Cádiz a las ocho de la mañana. Como Topete me encargó que entrase de noche, me aguanté fuera hasta que salió el vapor Vulcano, y supimos la sublevación de la Escuadra al grito de ¡viva la Soberanía Nacional!».

     En los mismos sabrosos asuntos tratados por la noche, volvieron a picar a la mañana siguiente, al despedirse por tiempo indefinido, pues Lagier había recibido de Prim la orden de salir inmediatamente para Lisboa, con objeto de traer la gente que tenía en Portugal, y ciento once oficiales que estaban desterrados en la Madera. Terminó Ibero con esta consulta interesante: «Aconséjeme, don Ramón, pues dudo qué rumbo he de tomar ahora. Prim se va en la fragata Zaragoza a sublevar las poblaciones del Mediterráneo; [312] Serrano va tierra adentro, llevándose todas las tropas que pueda, para formar con las de Sevilla un Cuerpo de ejército, y marchar sobre Córdoba y Madrid... ¿Con quién debo irme yo?». Sin vacilar contestó Lagier: «Incorpórate a los que van por tierra, que así llegarás pronto a donde quieres ir, y verás más notables peripecias».

     Como Ibero a nadie conocía en el séquito de los Generales, Lagier le prometió recomendarle cariñosamente a Caballero de Rodas, Ayala o López Domínguez. Bajaron los dos a tierra, y anduvieron de un lado para otro. La oferta de Lagier quedó al fin cumplida. Por orden de López Domínguez, Santiago ingresó en la Maestranza de Artillería, donde se organizaba un convoy que había de salir aquella misma tarde. Despidiéronse con vivos afectos el capitán y su discípulo, no sin que aquel le diera, con el último abrazo, la síntesis de sus advertencias y sanos consejos.

     «Hijo mío, encastíllate en la virtud, sin mirar al dogma, mirando a lo infinito, que verás reflejado en tu conciencia si sabes mirarlo... La conciencia es el espejo de lo infinito... Otra cosa debo decirte. Cuando te tuve a mi lado después de recogerte en medio del mar, tenías inclinaciones al heroísmo. El heroísmo no se busca; se acepta y se practica cuando la ocasión nos lo trae, cuando nos vemos obligados a ser heroicos... También en la vida obscura y laboriosa hay heroísmo; también es heroico hacer frente a [313] los fanáticos y derrotarlos con el ejemplo de las virtudes que ellos no practican... y no te digo más... Adiós, hijo querido...». Despidiéronse con fuertes abrazos, casi con lágrimas en los ojos, y Santiago quedó en la Maestranza encomendado a un sargento de Artillería que le cambió de ropa, endilgándole chaquetilla de mecánica y gorra de cuartel. De allí fue a la estación, donde toda la tarde se ocuparon en embarcar material de artillería en plataformas, con las cuales y algunos coches de tercera se formó un tren especial que, restablecida la comunicación entre la Isla y Puerto Real, salió avanzada la noche y llegó a Sevilla dos horas después de amanecer. De allí pasó el tren al Empalme, quedando Ibero con algunos hombres en la ciudad, ya pronunciada por el general Izquierdo.

     En medio del ardoroso trajín de aquellas horas, en que los hombres desconocían el descanso, tuvo Ibero la inmensa satisfacción de encontrarse de manos a boca con su amigo del alma Leoncio Ansúrez. Apenas tuvieron tiempo de cambiar las interrogaciones de sorpresa y alegría. ¿Cómo tú aquí?... ¿De dónde vienes? Bastoles por el momento saber que irían a Córdoba, y se concertaron para hacer juntos el viaje. Leoncio había llegado a Sevilla el día 15, con un mensaje reservado de don Manuel Tarfe para el General Izquierdo. Comunicáronse rápidamente sus impresiones y noticias, y siguieron trabajando con ardor incansable. [314] Un día pararon en la Factoría de Utensilios, una noche al raso, vagando por las morunas calles, oyendo el habla graciosa del pueblo, y dando vueltas en torno de la Catedral y la Giralda... Vieron partir a Serrano y a Izquierdo despedidos por alegres multitudes, y al día siguiente partieron ellos en un tren militar. Todo era júbilo en el camino. Los pueblos salían a las estaciones con músicas y banderolas; el aire se componía de estos elementos: ojos lindos de mujeres, aroma de flores, himno de Riego...

     Como Leoncio sabía muchas cosas que Ibero ignoraba, en el tren le informó de que al estruendo de los cañones de la Escuadra en Cádiz se desplomaron en San Sebastián González Bravo y todo el Ministerio moderado. Ministro universal era el Marqués de la Habana, que no tenía otra misión que reunir tropas y mandarlas a cortar el paso a Serrano. Al frente de ellas venía el General Marqués de Novaliches... «Yo creo -dijo Leoncio, profético- que no habrá batalla, y que cuando se encuentren en Despeñaperros, o donde sea, se abrazarán unos y otros soldados, diciendo como Ayala: ¡viva España con honra!». A la hora en que así discurrían, las poblaciones del litoral estarían sublevadas. La camarilla imperante, con Reina y todo, se desmoronaba y deshacía como un azucarillo en el agua...

     Con estas ilusiones llegaron a Córdoba los dos amigos, donde se les dio boleta de alojamiento [315] para una casa situada en el Potro. Tan corto fue su descanso en la patria del buen Séneca, que apenas dispusieron de algunos ratos para ver deprisa y corriendo la Mezquita o Catedral; que de las dos maneras la llaman los turistas. Sin respiro se ocupaban en el inventario y reparación de armamento, en la pirotecnia, en el servicio de acémilas y carros... De esta faena les sacó una mañana Caballero de Rodas, que salió con dos regimientos a tomar posiciones en Alcolea, porque, según noticias, Novaliches había franqueado ya Despeñaperros, y era forzoso cerrarle las puertas de Córdoba. En Alcolea comenzaron sin pérdida de tiempo los trabajos de atrincheramiento, así en la falda de la sierra como en la cabecera del puente, donde había un hostal muy apropiado para la defensa. Se dispuso el emplazamiento de la artillería, y se fortificaron dos excelentes posiciones en casas de labor llamadas Yegüeros y el Capricho.

     Serrano, que en Córdoba se alojaba en la casa de los Condes de Gavia, iba todas las mañanas en coche a examinar los trabajos. El día 27 fue con él Ayala, que partió al campo enemigo a conferenciar con Novaliches. Días antes había salido con el mismo objeto el señor Vallín, que era gallardo jinete, y uno de los paisanos que con más ardor ayudaban a la Causa. El 28 fue Serrano más temprano que de costumbre, acompañado de sus ayudantes. En otro coche llegaron varios caballeros, entre los cuales [316] Ibero y Leoncio vieron con gozo a don Manuel Tarfe. Hallándose Serrano en Alcolea, inspeccionando las obras de atrincheramiento y el estado de las tropas, llegó don Adelardo Ayala de su visita al campo de Novaliches. La respuesta que trajo no se dio a conocer fuera del círculo íntimo del General en Jefe. Corrió la voz de que en la contestación del caudillo de la Reina palpitaban el tesón caballeresco, el sentimiento del deber cumplido con leal firmeza, y una tristeza muy humana ante el espectáculo del sangriento inevitable choque entre dos esforzados grupos del Ejército nacional. No había razón ni afecto que impidiesen ya la formidable porfía entre las instituciones caducas y el pueblo que proclamaba con pujanza y estruendo sus derechos seculares. Muchedumbre de tropas habían llegado al amanecer, y bastantes cañones de batalla. El campamento ardía en animación bulliciosa. Soldados, jefes y paisanos respiraban júbilo y confianza.

     Serrano y sus acompañantes, a los cuales se agregó don Adelardo Ayala, volviéronse a almorzar a Córdoba; mas no debieron de hacerlo con tranquilidad, porque poco después de mediodía, los confidentes o espías de Caballero de Rodas trajeron la noticia de la proximidad de las avanzadas de Novaliches, y despachó a Córdoba un propio con apremiante aviso para que el General en Jefe acudiese sin tardanza. Las dos serían cuando llegó Izquierdo. Media hora después, Serrano [317] con su Plana Mayor, y diversa y heteróclita gente en carricoches o a caballo, desfile por la carretera como procesión fantástica, cuyas figuras se desvanecían en la nube de polvo que a su paso levantaban.

     A las tres y minutos, hallándose Caballero de Rodas frente al Capricho, vastísima y opulenta casa de labor de un rico hacendado cordobés, vio venir tropas enemigas por la falda de la sierra, entre los grupos de olivos. Dispúsose a resistir el ataque. Apenas iniciado el tiroteo, fuerzas de Cazadores de Madrid se precipitaron a una embestida contra las que mandaba Caballero; error táctico bien visible, pues los combatientes revolucionarios aún no habían entrado en fuego, mientras los otros venían fatigados, y con prematuro ardor quebrantaban su energía.

     Desastroso fue el resultado para las tropas de la Reina, que de un modo tan irregular iniciaban la lucha. Eran los Cazadores de Madrid uno de los Cuerpos más afamados por su bravura. Al encontrarse de improviso frente a los Cazadores de Simancas, de glorioso abolengo también, el estupor les dejó mudos y paralizados. Viendo la línea de tropas extendida entre Yegüeros y el Capricho, y tras ella la formidable artillería, los que habían venido por el bosque con idea de sorprender un destacamento, halláronse sin remisión copados.

     Caballero de Rodas propone que venga a su presencia el Coronel de los de Madrid, y [318] le dice que si estos retroceden les hará fuego; si dan un paso hacia adelante, también. Eran, pues, prisioneros. En esto se adelanta Serrano, que estaba frente a Yegüeros con Izquierdo y López Domínguez... pide una conferencia con el brigadier Lacy, que mandaba la fuerza enemiga; hablan este y Serrano; confiesa Lacy con sinceridad dolorosa que creyendo sorprender había sido sorprendido, y que su posición era en absoluto funesta. El Duque le invita con frase más patriótica que militar a unirse al ejército de la Revolución; protesta Lacy pundonoroso, aferrado al cumplimiento de su deber. La idea de que su aturdido movimiento pueda ser interpretado como ardid para pasarse, le subleva, le vuelve loco, le lleva a la desesperación. Prefiere la muerte a tal ignominia... Por fin, Serrano, que sabe emplear muy a tiempo la magnanimidad, termina la conferencia con un rasgo admirable. «Brigadier Lacy -dice a su contrario-, comprendo las dificultades militares y morales de su posición. Retírese usted con sus fuerzas, vuélvase a su campo, y yo le doy mi palabra de honor de no romper el fuego sin previa intimación». [319]








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