La de los tristes destinos



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- XXVII -

     La primera diligencia de Nonell para sacar a Ibero de aquel mal paso, fue visitar a Clavería. El emigrado español y los amigos que con él vivían se inhibieron del asunto. Ni ellos ni Prim podían dirigirse al Cónsul en demanda de protección para un compatriota que, por cuestiones de naturaleza criminal, había de comparecer ante los tribunales... Era un grave compromiso. Aguantara Ibero su detención y la sentencia que le viniese después. ¿Quién le mandó emborracharse y meterse en líos? El primer deber de la emigración política es no faltar a la hospitalidad. Ibero había faltado, hiriendo a un súbdito inglés... Por último, no queriendo cerrarle los horizontes de salvación, dijeron a Nonell que viera con tal objeto a los señores Blanco Brothers en la City, para quienes el riojano trajo de París carta de recomendación y crédito.

     Pasaba el buen don Jesús las horas del día y parte de las de la noche en la casa de Ruiz Zorrilla, en otra donde vivía Gaminde, y en la de Prim (Paddington). El General recibía por la mañana a los que más directamente le ayudaban en su trabajo, Zorrilla y Pavía. Juan Manuel Martínez y Milans del Bosch entraban a todas horas. Para [270] unos y otros tenía el General una frase afectuosa; para todos una previsora reserva, amargo fruto de los desengaños. Nunca fue el de los Castillejos tan poco expansivo, nunca tan tardo y perezoso para levantar los velos del inmediato porvenir. Y no obstante, el silencio de Prim no amortiguaba la confianza de los españoles proscritos. En todas las almas abría la esperanza sus rosadas florecitas. La voz de la fatalidad política, secreteando en los corazones, les decía que la histórica mole se desplomaría pronto. En tanto, la salud de Prim no era buena: los heroicos esfuerzos seguidos de fracasos, los acelerados y angustiosos viajes, los obstáculos dilatorios que a cada paso surgían, el desaliento de los partidarios, la indolencia de algunos, la ingratitud de otros, quebrantaron su naturaleza física. Pero de todo sabía triunfar el templado espíritu del Caudillo, su tesón admirable, que de la dureza de los hechos sacaba nuevo raudal de energía.

     La vivienda del General era una linda casa burguesa, confortable, pulcra, discretamente elegante, situada en uno de los más hermosos barrios del Oeste. La Condesa de Reus (doña Francisca Agüero), y los hijos, Juan e Isabel, compartían con el grande hombre las amarguras del destierro y las asperezas de la conspiración. Componían la servidumbre más inmediata al General dos hombres: un ayuda de cámara, francés, llamado Denis, pequeño de cuerpo, alegre de rostro, y un italiano alto, rubio, de gallarda [271] figura, a quien llamaban Antoni. El primero llevaba muchos años al servicio de Prim; estuvo con él en las campañas de África y de Méjico, y sentía por su amo respetuosa adoración; el segundo le fue recomendado en Italia: era de los Mil de Marsala, y entró al servicio de Prim con nota o fama de bravura, honradez y fidelidad. Por su porte y modales, era un maître d'hôtel distinguidísimo.

     Saca el narrador a cuento estos caracteres secundarios por un suceso acaecido en la casa de Prim, avanzado ya el mes de Agosto, y que tuvo relación subterránea con la Historia pública. De tiempo atrás, los emigrados que comunicaban a Prim las obscuras tramas revolucionarias, venían notando que algunas noticias transmitidas al Jefe con exquisitas precauciones, eran conocidas en Madrid y en la Secretaría privada de Gobernación. Sagasta y Martínez desde París, Zorrilla desde Bruselas, manifestaron al de Reus la sospecha de que en la casa de Paddington había un geniecillo maléfico que sustraía las cartas... Prim lo negó terminantemente. «Toda carta que recibo -les dijo-, la leo dos veces para enterarme bien y contestarla, y en seguida la rompo». En la segunda quincena de Agosto, las sospechas de los amigos tomaron cuerpo, y una prueba evidente vino a darles plena confirmación. Había recibido Sagasta en París una carta del agente revolucionario en Marsella, señor Cuchet; otra de Arístegui, el agente en Sevilla, y ambas remitió a Prim, el cual, [272] después de contestarlas, las rompió como de costumbre. Pues bien: a los pocos días, las dos cartas con la de Sagasta eran recibidas en nuestro Ministerio de la Gobernación.

     Don José Olózaga, que por soplos de un funcionario infiel (en todas partes salen Judas) tenía noticia de este caso inaudito, harto parecido a un lance de comedias de magia, trató de comprobarlo. Lanzándose por torcidos caminos, logró al fin su objeto, y ello fue por mediación de una señora, cuyo nombre se ha perdido en los intersticios de la vida histórica. Por fin, Olózaga tuvo en sus manos las cartas, y con ellas la clarísima prueba de la traición. Bien se veía que en Londres fueron rotas en pedazos, y estos estrujados. Luego una mano aleve había recogido del cesto los trozos de papel, los había estirado, juntándolos cuidadosamente y pegándolos en una hoja en blanco... Olózaga copió los párrafos más significativos, y formando con ellos una rica documentación testifical, la envió a Sagasta para que este hiciera comprender a Prim que tenía la serpiente en su casa. La comunicación de don José Olózaga fue llevada de París a Londres por don Juan Manuel Martínez... En presencia de la terrible verdad, Prim quedó mudo; la lividez verdosa de su rostro daba espanto. Con interjección rotunda, exclamó en voz queda y trágica: «¡El italiano...!».

     Seguros de que la labor criminal no tenía interrupción, concertaron el plan más certero para sorprender al Judas. La hora más [273] propicia estaba próxima. Por Denis supieron que todas las tardes, en cuanto el General salía de paseo, Antoni se encerraba en su cuarto del piso segundo. ¿Qué hacía en sus soledades? Nadie lo sabía... El General y su amigo dispusieron dar el golpe con las precauciones necesarias para un éxito seguro. Salió toda la familia a dar su paseo de costumbre por Hyde Park; acompañábala Juan Manuel. Al cuarto de hora, este y Prim entraron sigilosamente en la casa por el patio trasero... Allí quedó Martínez; el General avanzó hacia el interior, y subiendo la escalera despacio, con pie gatuno, preparose para la sorpresa, que había de ser decisiva y cortante.

     En los tiempos de su juventud militar y aventurera, hubo de adquirir Prim una costumbre que conservó hasta su muerte. Usaba un cinturón de cuero, y en la parte posterior de este llevaba bien sujeto y envainado un puñal. Escalones arriba, pisando quedo, sacó el arma... llegó a la puerta del cuarto en que Antoni se encerraba, y no se entretuvo en llamar, ni se cuidó de que la puerta estuviese cerrada con llave o sin ella. De un puntapié vigoroso, la puerta quedó de par en par abierta. Antoni fue sorprendido en la tarea de pegar los pedacitos de cartas sobre un papel blanco. Al ver entrar al amo en aquella actitud, la cara verde, los ojos fulgurantes, el puñal empuñado en la mano derecha, no pensó ni en disculparse ni en confesar su delito. Prim no [274] le dio tiempo a las gradaciones que conducen del crimen al arrepentimiento. El hombre cayó de rodillas, y antes de pronunciar el yo pequé, prorrumpió en súplicas de perdón con terror lacrimoso. El General cayó sobre él como un tigre, y apretándole el pescuezo hasta que el italiano echó fuera gran parte de su lengua mentirosa, alzó el puñal como si matarle quisiera de un solo golpe en aquel mismo instante.

     Antoni, congestionado, pedía perdón más con la mirada que con la voz. Prim le dijo: «Villano, traidor, podría yo matarte; podría enviarte a Italia a que te mataran los que me engañaron haciéndome creer que eras hombre honrado y leal... Pero no mancharé, no, mis manos con tu sangre... quiero dejar tu vida en la ignominia... Tu castigo es continuar siendo lo que eres, y el mal que me has hecho lo pagarás repitiendo lo que hiciste...». «Levántate -dijo después, poniéndose en pie-. ¿A quién das las cartas? Responde pronto». Compungido contestó el italiano: «Al Embajador, señor Duque de Vistahermosa». Le cogió don Juan por las solapas, y sacudiéndole furiosamente sin soltar de su mano el puñal, le dijo: «Tu vida está pendiente de mi voluntad. Muerto eres si no haces lo que te mando. A la menor infracción de las órdenes que voy a darte, perecerás sin remedio... Escúchame: seguirás en mi casa sirviéndome con las mismas apariencias de fidelidad; seguirás siendo espía del Duque de Vistahermosa... Yo [275] y tú vamos ahora en un acuerdo perfecto. Yo, como antes, arrojaré en el cesto las cartas que reciba; tú continuarás recogiendo los pedazos y pegándolos conforme hacías cuando entré a sorprenderte. Reconstruirás cuidadosamente las cartas, y seguirás entregándolas al Embajador de España, y cobrando lo que este señor te pague por tu servicio... ¿Te enteras bien de lo que te digo?».

     Puesta la mano sobre el corazón, y acentuando sus trémulas palabras con movimientos de cabeza, hizo Antoni protestas de servil obediencia a lo que su amo le ordenaba. No dándose Prim por satisfecho con esta medrosa contrición, reiteró sus amenazas de muerte en la forma más terrible. Terminó con esto la escena... Dejando al italiano bien vigilado, don Juan Prim se dejó cepillar por Denis, cogió su sombrero y se fue con Martínez a Hyde Park, a seguir su paseo con la familia.

     La Historia se precipitaba impaciente; las ideas corrían a engendrar los hechos; la Libertad, harta ya de tentativas espirituales y de amenazas aéreas, ansiaba dar al mundo un ser efectivo, un engendro cualquiera, ya fuese bien formado, ya monstruoso. Cuantas noticias llegaban de España en los últimos días de Agosto y primeros de Septiembre, daban ya por rematada con todos sus perfiles la máquina revolucionaria. Un contratiempo, no obstante, desconcertó por unos días a los emigrados londinenses. Fue [276] que dos días antes del señalado para la salida del buque misterioso, que había de traer a los Generales deportados, la casa consignataria se percató de que el auxilio a los candiotas era una... metáfora política, y rescindió el contrato, devolviendo la cantidad entregada ya como primer plazo del flete. Felizmente, cuando los conspiradores se hallaban en lo más recio de aquel apuro, llegó de Cádiz la noticia de que estaba concertada la expedición del Buenaventura, mandado por el capitán Lagier. Este intrépido marino y ardiente patriota traería de Gran Canaria y Tenerife a los Generales unionistas. Pero aun con esta favorable solución, Prim y los suyos no descansaban de sus inquietudes, pues forzosamente habían de fletar otro vapor para llevar a Cádiz a los oficiales proscritos, residentes en Inglaterra y Francia.

     Nuevos entorpecimientos rindieron, pues, aquellas firmes voluntades, que no hay obstáculos tan enojosos como los que origina la escasez de dinero. El tesoro de la Revolución hallábase en lastimosas apreturas... Era indispensable socorrer a los emigrados pobres, que no podían quedar abandonados en tierras extranjeras. La solución de este problema aritmético la dio la Condesa de Reus, generosa y magnánima, decidiéndose a empeñar una joya de gran valor... Resultó después que tan nobles esfuerzos eran insuficientes, pues de improviso surgieron gastos imprescindibles... Por fin, los banqueros [277] Blanco Brothers, entusiastas amigos de España y de la Libertad, facilitaron cuanto fue menester para el saldo definitivo de la emigración.

     Desconsolado Nonell por el fracaso del buque fantasma, desahogaba su pena con el amigo Clavería, el cual le animó de este modo: «No llores por aventuras románticas. Más seguro y tranquilo irás en este otro vapor, que creo es de los Macandrews, y que me llevará a mí y a los demás jefes y oficiales. ¡Quiera Dios, Nonell amigo, que nos salga todo tan bien como está planeado y presupuesto, y que al rendir nuestro viaje, veamos a España feliz, en el goce de todas las libertades!».

     A las preguntas que con vivo interés le hizo sobre las cuitas de Santiago Ibero, contestó Nonell: «Ya salió de chirona, gracias a los señores Blanco Hermanos, que se han interesado por él. Para mí, que don Manuel Santa María escribió a estos Blancos diciéndoles: 'Caballeros, cuiden de ese chico travieso y valiente, y mírenle como si fuera de mi familia'. Y así lo han hecho... Me ha contado Ibero que en la cárcel no le trataban mal. La semana pasada le llevaron al juicio, y yo fui con él por animarle y cuidar de que declarara por derecho... ¡Qué comedia! Aquellos tíos de las pelucas nos marcaron en grande. Vengan preguntas y más preguntas. Que si tal, que si fue, que si sacó la navajilla... Santiago contestaba por intérprete, y todo lo que dijo estuvo muy en [278] su punto. Para no cansar, los guasones de peluca sentenciaron libertad y una corta compensación al herido. Yo le hubiera dado por compensación cincuenta palos... Ibero está contento: hace un rato le dejé en casa de los Blancos; no sale de allí; les ha caído en gracia. Díjele que vendría con nosotros en el Macandrews, y me ha contestado que no; él irá en el barco en que vaya Prim, aunque tenga que ir pelando patatas o fregando la loza... Oiga usted, mi Coronel, ¿cuándo sale el General? ¿En qué vapor embarcará?».

     -No lo sé -respondió Clavería-, ni me atrevo a preguntarlo a nadie. Ese es el secreto último, el secreto capital, la clave...

     Llegó Ricardo Muñiz a Londres con las disposiciones postreras del plan, acordadas en Cádiz y en Madrid, y al día siguiente volvió al continente, y sin detenerse en París siguió a Bayona, con órdenes para Damato, Moriones y Montemar. No tardó en salir Juan Manuel Martínez, que no había de parar hasta Madrid; llevaba instrucciones definitivas para Olózaga, Cantero, Moreno Benítez y Escalante, que formaban la Junta central... Pavía, Milans del Bosch, Gaminde y otros muchos, partieron en el vapor fletado; Clavería no, pues a última hora se le mandó a Burdeos, para desde allí acudir a Santander y Santoña... En fin, toda la hueste conspiradora se movilizó con admirable orden y prontitud... El 12 de Septiembre muy temprano, por la estación de Waterloo, [279] salió Prim para Southampton. Con él iban Sagasta, Ruiz Zorrilla y el fiel Denis. El mismo día por la tarde embarcó en el magnífico trasatlántico Delta, de la Mala Real Inglesa.

     Entró Prim a bordo vestido con la librea de los Condes de Bark, señores franceses amigos suyos, que con este donoso tapujo le facilitaban la salida de Inglaterra y la llegada a Gibraltar. Para sostener la ficción, fue alojado Prim en cámara de segunda, con Denis. En segunda iban también Zorrilla y Sagasta, que habían tomado su pasaje como viajantes de comercio, sin infundir sospechas. Y la salida de Prim se tramó con arte tan discreto y sigiloso, que ni la policía inglesa ni el Embajador de España tuvieron la menor noticia. La estafeta traidora del italiano Antoni, que antes dañó a la Causa, hízole ahora un gran servicio. El espía de Vistahermosa, reducido por las amenazas de muerte a engañar a quien le pagaba, seguía recogiendo del cesto cartas amañadas, falsas invitaciones a jiras campestres, y a paseos marítimos en Brighton o isla de Wight. Los pedacitos, cuidadosamente desarrugados y pegaditos en un papel, iban a parar a la Embajada, y de allí salían para Madrid. Por esto, cuando Prim iba de viaje, cuando estaba ya en Gibraltar y aun en Cádiz, González Bravo decía sonriente y confiado: «No hagan ustedes caso de noticiones absurdos. El hombre sigue en Londres... No puede haber duda: aquí está la prueba». [280]

     Partió el Delta majestuoso, con sin fin de pasajeros para la India y escalas. En la espléndida cámara de primera, familias inglesas, ricachonas, se disponían a un viaje divertido, comiendo cinco veces al día, y entreteniendo las restantes horas con lecturas, música y otros pasatiempos. Hechos a las largas travesías, los ingleses viven a bordo como en tierra, y consideran el mar como un elemento que en toda ocasión les es propicio: por esto lo han dominado, convirtiendo al buen Neptuno en un manso amigo de Albión. En la cámara de segunda, el hombre de los Castillejos violentaba su carácter señoril acomodándose a la inferioridad del alojamiento y trato, y proponiéndose no salir del camarote hasta Gibraltar, con lo que podía soñar despierto en la magna empresa o aventura que su indomable corazón acometía.

     La primera noche de viaje fue mediana. A excepción de Denis, que era insensible al cambio de elemento, los españoles de segunda sintieron las molestias del mar. Prim cayó por la mañana en profundo sueño, que fue sedación de la horrible cansera mental de los últimos días en Londres; Zorrilla, despierto, consultaba con las almohadas de la litera sus atrevidos planes revolucionarios, suficientes a volver del revés toda la vida nacional; Sagasta, que había dormido por la noche, fue desde el amanecer el más valiente: había echado de su cuerpo la bilis sobrante; se confortó después [281] con café; más tarde añadió el superior confortamiento de un gin-cock-tail, y ávido de aire y luz, que son la mejor medicina contra las molestias del mar, subió a cubierta. Vio en la toldilla señoras y caballeros que arrellanados en butacas de mimbre o de lona, leían o charlaban. Ya el Delta había montado la punta de Ouessant, en Francia, y llevaba rumbo a Toriñana. El día era espléndido; la mar, muy llana y apacible. Sagasta disfrutó del puro ambiente, y hallándose en sosegada contemplación del barco en toda su longitud de popa a proa, vio aparecer por la más próxima escotilla la cara, después el busto y cuerpo, de un joven que no le fue desconocido. El tal vestía chaqueta con botones dorados; al hombro llevaba una servilleta, y en la mano unos platos. Llegose al proscrito español, y con voz afectuosa le dijo: «¿No me conoce, don Práxedes?».

     -Hombre, sí. Quiero recordar...



     -Soy el que le llevó a Saint-Denis los pliegos del señor Santa María... y le encontró a usted volviendo del río con los cubos de agua... Soy, para servirle, Santiago Ibero. [282]




- XXVIII -

     -Hombre, ya... ya recuerdo. ¿Cómo tú aquí?

     -Se lo contaré... Debo la felicidad de estar a bordo, cerca de Prim y de usted, a los señores Blanco Hermanos, que me han favorecido... Para mí no hay mayor gloria que servir a la Causa... A donde vaya Prim voy yo. Denme ustedes ocasión de hacer algo, por poco que sea, en provecho de esa gran idea...

     -Bien, hijo, bien. Tú pitarás, tú pitarás. Arrimémonos a la borda, donde estaremos más aislados para charlar un poco. Cuéntame: Clavería me dijo que estuviste preso...

     -Sí, señor... Pinché a un irlandés renegado que habló mal de los españoles... Fue un pronto que tuve. No pude contenerme. ¡Quince días de aburrimiento, de congoja... y sin saber lo que sería de mí! El trato de la prisión no era malo. Me daban bien de comer, y me permitían escribir a mi mujer y recibir las cartas de ella.

     -¡Tu mujer! -exclamó Sagasta riendo-. ¿Pero eres tú casado?

     -Casado precisamente, no. Pero para mí y para ella es lo mismo. Somos felices.

     Agradeció Ibero la benevolencia de Sagasta, que escuchaba risueño. Con el mismo [283] regocijo había escuchado el señor Santa María la picaresca historia de su dependiente. «Le contaré -dijo Santiago- cómo he podido colarme en este vapor. Al verme preso, escribí a mi principal y este repitió a los señores Blanco la recomendación de mi persona, rogándoles que hicieran por devolverme la libertad... Don Jaime Blanco, que es el más joven de la casa, nieto del viejecito don Félix, me tomó afición; fue a visitarme en la cárcel dos o tres veces... le conté mi historia... También se reía... Cuando me vi libre, dije a mis favorecedores que mi mayor gusto sería embarcarme en el vapor que llevase a España al General Prim. El día 10 supieron los Blancos que don Juan embarcaría en el Delta. Y vea usted por dónde la Providencia me favoreció, colmando por el momento todas mis ambiciones. Un día, explicándole yo a don Jaime Blanco por quinta vez mis manías patrióticas, me dijo lo mismo que usted hace un rato: Tú pitarás. Y he pitado y pito, porque don Jaime está casado con la hija del proveedor de la Mala Real Inglesa, un Mister Prescott que tiene a su cargo el servicio de fondas de todos los vapores de la Compañía, y el personal de mayordomos, despenseros, camareros y limpia-platos... ¿Verdad que he tenido suerte? Todavía me parece sueño... Esta mañana le serví a usted el café, señor don Práxedes, y no me conoció...».

     -Hay poca claridad en la cámara -dijo Sagasta, recogiendo su sonrisa y poniendo [284] en su rostro ligera expresión de severidad-. Esa travesura que me cuentas, el colarte aquí para ir a Gibraltar con nosotros, podría tener, a pesar tuyo, algún inconveniente... Ese proveedor de los vapores, a quien debes tu colocación, ¿sabía que Prim embarcaba en el Delta?

     -No, señor: nadie más que don Jaime Blanco lo sabía. Mister Prescott me admitió como ayudante de camarero, hasta Gibraltar nada más, por estas razones que le dio don Jaime: que yo servía en un barco español naufragado en Bristol; que tengo mi familia en Algeciras: que carezco de recursos para volver a mi país. Esto y más le dijo... pero nada de Prim ni de política.

     Sin darse por convencido absolutamente, inclinábase don Práxedes a recibir por buenas las razones del riojano y a creer en su lealtad. No dio a Ibero formal promesa de apoyarle en su pretensión de ser incorporado a los acompañantes de Prim; pero le ofreció consultar el caso y darle respuesta definitiva antes de llegar a Gibraltar. Separáronse después de esto, pues su conversación era ya demasiado larga, y Sagasta se volvió a su litera, de donde ya no salió en todo el día.

     En el siguiente, navegando a lo largo de la costa de Portugal, Ibero se dio a conocer a Ruiz Zorrilla, dentro de la cámara, aprovechando una ocasión en que nadie podía escucharles. Don Manuel recordó la fisonomía del joven emigrado, y los encomios que [285] de su ardimiento y fidelidad a la Causa le había hecho por escrito Santa María. No fue preciso más para que se estableciera entre ambos revolucionarios, el grande y el chico, una corriente de simpatía y confianza. «Aunque contamos con la Marina -dijo don Manuel en el tono sigiloso que era ya un hábito por el largo ejercicio de la conspiración-, yo me mantengo reservado... Si me preguntan por qué desconfío, contestaré que estas cosas no pueden razonarse. En los Cuerpos armados hay muchos liberales de buena fe, que en los acaloramientos del patriotismo prometen lo que después, en las frialdades de la ordenanza, se queda sin cumplir... Sabemos que el mes pasado estuvo la Zaragoza en Lequeitio; que la Reina, con la mar picada, fue a visitar el barco... Doña Isabel no se marea nunca: lo que hace es marearnos a todos... Pues a bordo de la Zaragoza la obsequiaron los señores marinos, y el bravo Malcampo le rindió los homenajes de ritual... ¿Quedó Malcampo, después de la visita regia, en la misma disposición que tenía antes de ir a Lequeitio?... Te advierto que Topete, Malcampo y Prim apenas se han tratado. Pronto hemos de ver lo que de esto resulta... Entiendo que mañana llegaremos a Gibraltar... Tú, si no te doy órdenes en contrario, te arrimas a mí, como si fueras criado mío, y trasbordaremos a una lancha, a otro vapor... todavía no lo sé... Aún estamos en la esfera de lo desconocido, de lo dudoso... ¿Cuándo entraremos [286] en lo cierto?». Suspiró, y llamado por Denis, se fue al camarote de Prim.

     Un ratito de palique tuvo Ibero con el bondadoso franchute, criado del General. Oyéndole hablar español, quiso Denis meterle los dedos en la boca para que vomitase su nombre, condición y lo demás que al parecer ocultaba; pero Santiago no se dio a partido, y supo hacer la comedia de que ignoraba la jerarquía y calidad de los pasajeros a quienes servía. El de Reus continuaba invisible... El tiempo empezó a ponerse fosco a la altura de Lisboa, y cuando el Delta, al atardecer del 15, asomaba las narices al Cabo de San Vicente, recibió la bofetada de un levante frescachón, que fue aumentando en violencia cuanto más se aproximaba el vapor a la boca occidental del Estrecho. Con balances molestísimos para todo el pasaje llegó a la bahía de Gibraltar en la mañana del 16... Al punto atracaron multitud de botes y lanchas. Entraban los de Sanidad y la Policía del puerto; salían pasajeros que habían terminado su viaje; invadían el vapor mercaderes de fruta, chamarileros, ganchos de fondas. En la gran confusión de cubierta, vio Ibero a don Juan Prim con traje usual de paisano, despidiéndose de los Condes de Bark; vio a Sagasta y Zorrilla, y a este se arrimó, aliviando a los dos de las maletas que cargaban.

     Vestido aún de la chaqueta azul de camarero, Santiago se abrió paso, a codazo limpio, entre la densa multitud... Llegó a verse [287] muy cerca de Prim, a quien expresivamente saludaron dos señores que acababan de subir a bordo: en uno de ellos, alto, picado de viruelas y con gafas ahumadas, reconoció a don José Paúl y Angulo; al otro no conocía: después supo que era el Coronel Merelo... Con trabajo llegó Ibero a la escala: delante de él iba Denis, agobiado de diferentes bultos. Al fin pusieron el pie en una lancha; vio a Zorrilla y Sagasta que pasaban de una embarcación a otra... El General, Paúl y tres más acomodáronse en un bote con dos remeros. Un hombre que empuñaba la caña del timón hizo señas a Sagasta, indicándole una lancha con toldo, tripulada por cuatro hombres... Hacia allá fueron saltando de borda en borda. Al fin, en la confusión se iniciaba un orden relativo... Entre tantas voces, una enérgica frase dispuso la salida del bote y la lancha bogando en dirección determinada... Iban con rumbo contrario al muelle; se aproximaron a un vapor, cuyo nombre, pintado en la aleta de estribo, leyó Ibero Alegría-Cádiz.

     Sin duda, aquel era el barco que debía conducir a Cádiz al General y a sus amigos... Notó Ibero gozoso que Denis le miraba risueño; además, al encaramarse en la escala, le confió parte de los bultos que llevaba, encargándole mucho cuidado. Uno de estos era un lío como de bastones o paraguas enfundados. Por la forma de algún objeto, comprendió Santiago que iba allí la espada de los Castillejos. ¡Adelante, arriba! [288] Sobre cubierta, mientras Prim y sus amigos desaparecían en la cámara, Ibero y el francés cuidaron de reunir, junto al mamparo más próximo, el equipaje del General, las maletas de Zorrilla y Sagasta, añadiendo las de los criados... Y cuando los marineros del Alegría trataban de bajar todo a la cámara, salió de esta Zorrilla y les dijo: «Dejen eso aquí, pues es fácil que hagamos otro trasbordo».

     En tanto, Denis seguía tratando a Ibero como de la casa. Sin duda don Manuel había garantizado la fidelidad del mozo riojano, llevándolo a su servicio, que era como ir al servicio de Prim. En la cámara celebraban animada conferencia el General y sus amigos con los que de Cádiz habían venido en el Alegría: don José Paúl, el Coronel Merelo y un paisano llamado La Rosa. Ni Denis ni Santiago pudieron enterarse de lo que allí se trató: tal vez el criado francés, que repetidas veces entró en la cámara, pudo coger al vuelo alguna frase reveladora del sentido de la conferencia; mas al salir nada dejó entender a su compañero. Ignoraba, pues, Santiago que los jefes de la Escuadra hacían saber a Prim, por conducto de aquellos tres señores comisionados al efecto, que no debía presentarse en Cádiz, ni personarse a bordo de la Zaragoza, hasta que llegasen de Canarias los Generales unionistas, que había de traer el Capitán Lagier en el Buenaventura. Ya sabía Ibero por un marinero del Alegría, harto comunicativo [289] y charlatán, que el Buenaventura había salido de Cádiz el 8, llevando de sobrecargo a don Adelardo Ayala... Estaría de vuelta sobre el 18 o el 19, salvo impedimento de mar, o dificultades para el embarque de los Generales en las costas del Archipiélago.

     La discusión fue muy animada en la cámara del Alegría. Por conducto de los comisionados, Topete y Malcampo decían a Prim que se detuviera en Gibraltar. La Escuadra no debía, según ellos, dar el grito, mientras no estuvieran reunidas en Cádiz todas las espadas revolucionarias. No se conformaba con esto el impetuoso General. Con poderes de este, el Capitán Lagier, al partir para Canarias, había convenido con Topete en que la Escuadra recibiría a su bordo al primero de los caudillos que llegase, efectuando sin dilación el pronunciamiento. Faltaba, pues, Topete a un compromiso por él contraído, y además ponía en grave peligro el éxito de la sublevación dilatándola indefinidamente, pues no era posible determinar cuándo recalaría el Buenaventura, ni había seguridad absoluta de que trajese a los Generales. Los mismos que eran mensajeros de la Marina opinaban contra la excesiva precaución de Malcampo y Topete. Se corría el riesgo de que la goleta Ligera llegase de Málaga de un momento a otro, y no se había contado aún para la revolución con el comandante de aquel barco de guerra... Hallábanse, además, el General [290] y sus amigos expuestos a una desagradable visita de la policía inglesa.

     El más fogoso, inquieto y levantisco de los comisionados, don José Paúl y Angulo, no sólo se mostró contrario a la cuestión de etiqueta planteada por los jefes de la Marina, sino que propuso al General desatender resueltamente la indicación de aquellos. Y como se recelaba que el viaje en el vapor Alegría había de ser peligroso a la salida de Gibraltar, y más aún al entrar en la bahía de Cádiz, él y su hermano don Francisco habían dispuesto que el General y sus amigos embarcasen en otro vapor. Al efecto, entraron en negociaciones con un rico comerciante de Gibraltar, Mr. Bland, grande admirador de Prim y entusiasta por la revolución española. Este les facilitaba un remolcador del puerto, embarcación ligera y de buena marcha, que les llevaría, como un discreto contrabando, a Cádiz y al costado de la Zaragoza. Prim, que nunca fue tardo ni vacilante en sus resoluciones, dijo: «Vámonos, y sea lo que Dios quiera».

     A poco de esto, llegó a bordo el mismo Bland, dueño del barco, y de lo que allí deliberaron resultó el acuerdo de salir en el remolcador durante la noche. El Alegría saldría como de costumbre, siguiendo, para no infundir sospechas, su derrota ordinaria de Gibraltar a Cádiz con escala en Tánger. En el curso del día variaron los pareceres sobre si todos irían en el Adelie, o sólo el General con Sagasta y Zorrilla. [291] Por fin se decidió que con Prim irían tan sólo los amigos que le habían acompañado en el Delta, y además Paúl y Denis. No quedó poco desconsolado Santiago Ibero cuando Zorrilla le notificó que no embarcaría en el remolcador. Adverso se le mostraba el Destino en aquel punto, pues su ilusión más viva era ir junto al gran caudillo y los dos paisanos que casi actuaban ya como ministros de la Causa. Y aun la separación del buen Denis le causaba pena, pues con un corto trato ya le estimaba y tenía por amigo. Se acordó, por último, dejar los equipajes en el Alegría, donde era más fácil ocultarlos en caso de que algún buque guarda-costas intentara reconocimiento.

     En resolución, a la madrugada zarpó el Adelie con las personas indicadas, cuatro marineros y un piloto. Con diferencia de pocas horas, hizo lo propio el Alegría. El Levante, que ya les zarandeaba en la bahía de Gibraltar, en cuanto rebasaron de Punta Carnero, se les mostró terrible enemigo, con furioso viento y mar gruesa de costado. Entre Tarifa y Trafalgar el Adelie luchó como león marino con los refuelles del Estrecho, moderando su andar y manteniendo el rumbo como podía. En el horroroso cuneo, sus tambores iban alternativamente al cielo y al abismo. Cuando la embarcación se hallaba en la cresta de la ola, las ruedas pataleaban en el aire, y al caer en la sima de agua, creyérase que el barco y sus valientes tripulantes y la revolución española, se colaban [292] juntos hechos una pelota en las profundidades del mar.

     En esta situación, amaneció el 17 de Septiembre. El mismo día, entre nueve y diez de la noche, hallándose la Zaragoza fondeada en Puntales, los oficiales de la fragata jugaban tranquilamente al tresillo. De improviso se presentó a bordo el segundo Comandante don Francisco Castellanos, y al poco tiempo llegó don Rafael Malcampo, primer Comandante. Como solían dormir en tierra, la presencia de los dos jefes fue motivo de sorpresa en la oficialidad y en toda la tripulación. Sobre las cartas del juego interrumpido flotaron retazos de comentarios sigilosos. Alguien apuntó por lo bajo el esperado arribo de un vapor que vendría de Canarias. En estas incertidumbres y conjeturas había pasado media hora larga, cuando los oficiales sintieron que otro bote requería la escala. ¿Quién venía? El brigadier don Juan Topete, capitán del Puerto de Cádiz. Ya no quedaba duda de que un acontecimiento extraordinario estaba próximo. En el portalón recibieron los dos comandantes a Topete, el cual, malhumorado, les dijo: «Ríñanme; vengo con retraso». Y sin hablar más, metiéronse los tres en la cámara del Comandante.

     La causa de la tardanza del valiente Comandante de la Blanca en el Callao, se conoce en Cádiz por una tradición perpetuada de boca en boca. Cuentan que la señora de Topete, tan virtuosa como amante de su [293] marido, no gustaba de que este anduviese en trapisondas revolucionarias. Don Juan, que estaba muy atrasado de sueño, echose en la cama a prima noche, encargando al cabo de mar que a determinada hora le llamase tirando fuertemente de la campanilla. Sospechó sin duda la dama que el ir a bordo tan a deshora no era para cosa buena, y envolvió en trapos el badajo de la campana, para que la vibración del metal no pudiese llegar a los oídos del durmiente. La impaciencia del cabo deshizo el femenino ardid: cansado el hombre de tirar del cordón, llamó a puñetazos con tanta furia, que poco le faltó para echar abajo la puerta. Gracias a esto despertó el buen Topete y pudo acudir a su puesto, aunque con bastante retraso.

     A poco de reunirse en la cámara los jefes de la Zaragoza y el Capitán del Puerto, llamaron a la oficialidad. Topete, con palabra difícil, les dijo que el oprobio arrojado por el Gobierno sobre la Marina, ponía fatalmente a esta... en el duro trance... de quebrantar la disciplina... Era cuestión de dignidad... cuestión de honra... Guerrero de voluntad maciza, navegante de grande acción y palabra seca, Topete no conocía más vocabulario que el de la lealtad; no encontraba las voces con que se ha de expresar lo contrario de aquella virtud, algo que también es respetable, pues hay sin fin de virtudes que los hombres practican conforme al mandato de las circunstancias. En su auxilio fue Malcampo que dijo: «La Marina no puede [294] ser indiferente a los males de la Nación; la Marina es un organismo nacional... ha recibido de los últimos ministros del ramo desaires sin cuento, humillaciones...». Con estas y otras vagas formulillas, salieron al fin del paso los dos Comandantes, y terminaron diciendo a sus subordinados que si alguno se sentía desconforme con el pronunciamiento de la Marina, a tiempo estaba para retirarse a su casa. Un oficial se permitió suplicar a los jefes que fijaran el punto hasta donde había de llegar la Marina en su protesta o rebelión, pues no resultaba esto bien claro. Volvió a tomar la palabra Topete para decir, con rudeza premiosa, que la Marina no iba contra el Trono... el Trono ¡ah!, sería respetado... Se aspiraba no más que a un cambio de Gobierno, a un cambio radical de política... Con las explicaciones de unos y otros, prolongose un rato la conferencia, y estando aún reunidos todos en la cámara, sonaron fuertes voces fuera del barco...

     Las voces decían: «¿Es esta la Zaragoza?... ¡Zaragoza, un bote; pronto... echarnos un bote!».

     Acudieron todos a la borda; en la obscuridad de la noche distinguieron el bulto de una embarcación no muy grande. Malcampo reconoció el remolcador de Bland, y ordenó al instante que acudiese un bote a los que llamaban con tanto apremio. Momentos después, el bote atracaba a la escala, y por esta subía don Juan Prim, seguido de sus compañeros. [295]

     «Creí que no llegábamos nunca -dijo Prim al estrechar la mano de Topete y Malcampo-. Viaje malísimo... muertos de hambre».








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