La de los tristes destinos



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- XXV -

     La conversación languideció gradualmente. Nonell, después de dar los últimos tientos a la botella, atronaba el coche con sus ronquidos lúgubres, que parecían lanzados también con bocina o trompa de tinieblas. Clavería fue cayendo en una taciturnidad melancólica; Ibero, arrimado a la ventanilla, contemplaba el paisaje, las verdes planicies bajas limitadas al Oeste por una faja de mar de un azul grisáceo: era el Canal de la Manga, o de la Manche, Mancha muy distinta de la que inmortalizó don Quijote... Así llegaron a Calais. Cada cual agarró su maleta, y a escape metiéronse los tres en el vapor, que desatracó sin tardanza, y con vigorosas [248] paletadas que levantaron bullentes espumas, partió trotando hacia la acera de enfrente, Inglaterra. El vapor era de ruedas, con achos tambores que formaban en el centro de la embarcación una extensa y alta toldilla. A esta subieron los tres españoles, y arrimándose a la borda, vieron cómo se alejaba y desvanecía la costa francesa. Allí recobró Clavería la palabra para proseguir con Ibero la conversación interrumpida. «¿No te enteraste -le dijo- de que hace unos días estuvo Prim en Francia? Fue a tomar las aguas de Vichy, que le hacen mucha falta para su padecimiento del hígado. Napoleón, que no le perdona lo de Méjico, le había cerrado la puerta de Francia. Fue preciso entablar negociaciones, poner en juego influencias inglesas, para que se le permitiera una temporada corta en Vichy...».

     -Algo de esto dijo no sé quién en el escritorio de Santa María -replicó Ibero-, y también que el General volvió pronto a Londres.

     -Porque a los cuatro días de estar en Vichy llegaron desalados el cura Alcalá Zamora y Pérez de la Riva. Venían de Cádiz con la noticia de que los unionistas piensan hacer el movimiento por sí mismos, anticipándose a los planes de Prim... Naturalmente, no sabes nada de esto. Recibir Prim el aviso de la gran traición y salir escapado de Vichy, fue todo uno. Al paso por París visitó al Ministro del Interior, M. Pinard, y le dijo que se volvía precipitadamente a Londres [249] por haber caído repentinamente enferma la Condesa... El General, acompañado por Juan Manuel Martínez, pasó este Canal hace pocos días... quizás en este mismo barco...

     Otras vueltas dio Clavería con triste acento al nunca apurado tema. De pronto Nonell, con penetrante vista marina, señaló tierra. Momentos después, los que no eran mareantes distinguían bien los acantilados de Dover. La conversación recayó en las grandezas de Albión, en la libertad que aquel país concede tanto a sus hijos como a sus huéspedes... ¡Nación como ninguna sólida y potente, porque en ella tiene su imperio la Justicia, es respetada la Ley, y amada la persona que la simboliza! Nonell, que había vivido en Liverpool y en Londres bastante tiempo, no se hartaba de encomiar la vida inglesa; la colosal abundancia de comestibles de todo el mundo que allí se reúnen; la excelencia y finura de las carnes; la variedad y fuerza de los vinos y bebidas; la colosal riqueza, la hermosura de la libra esterlina, lo bien pagado que está el trabajo, y por último, también había que dar a las hembras su buena parte en los elogios, por lo tersas, sonrosadas y frescachonas. Divagando así llegaron a Dover, y con la misma prisa con que entraron en el vapor salieron de él, requiriendo a escape el tren que había de llevarles a Charing Cross; que ya estaban en el país de las prisas, donde el tiempo vale y corre. Nonell, que mascullaba el inglés [250] marítimo sabido de todos los navegantes del mundo, les servía de intérprete. En alas del tren, que marchaba con sostenido ritmo y andadura veloz, sintiose el buen Clavería movido a la sinceridad.

     El alma noble del Coronel se desbordó en estas francas explicaciones: «Pues ahora, Iberillo, preciso es arrojar al aire los disimulos y marrullerías españolas. La mentira no cuaja en esta tierra. Hablando como hombre de honor, te digo que yo no traigo misión ninguna, ni nadie me ha mandado; vengo por mi cuenta, traído por mi patriotismo y mi amor a la Libertad, sin más objeto que decir a Prim: '¿General, qué hacemos? ¿Es cierto que los unionistas nos echan el pie adelante, y nos quitan con su cansado Montpensier la bandera revolucionaria? ¿Quedaremos en proscripción eterna, llorando nuestra incapacidad y las desdichas de la patria, que no sabe sacudir una tiranía sin aplicarse otra?...'. A esto vengo y nada más. He fingido una misión misteriosa para ver de arrancarte a ti el secreto de la que traes».

     La espontaneidad del amigo movió a Santiago a desembozarse con igual franqueza, diciendo: «Pues ha llegado el momento de la verdad, allá va la mía. A Londres me manda mi principal y jefe, que no es capaz, bien lo saben ustedes, de tramar cosa contraria al interés de Prim, de la Libertad y de la Emigración».

     -Pero don Manuel es hombre tan bueno [251] como inocente -indicó Clavería-, y a todos los emigrados agasaja por igual, sin reparar ni distinguir el género bueno del averiado.

     -Yo no sé lo que traigo. Soy portador de una carta bastante abultada para don Manuel Ruiz Zorrilla.

     -Empezaras por ahí -dijo Clavería con alborozo-, y se nos habría quitado el amargor de boca... Al verte en la estación de París, di en pensar lo peor: que traías comunicaciones del infame unionismo. En París vi a Pastor y Landero: en el café du Cercle estuvo la otra tarde, revistiéndose de importancia y misterio; hablaba en nombre de Topete y Malcampo... Luego sé que fue a visitar al amigo Santa María... Bien puede ser que este avise a Ruiz Zorrilla para que... En fin, pronto saldremos de dudas, porque tú traes la carta, y yo te llevo a la presencia de Ruiz Zorrilla en cuanto lleguemos a Londres... Viene a resultar que el mensajero soy yo, y tú la valija... ¿Dónde estamos, maestre Nonell?, ¿llegaremos pronto?

     -Ya esto es Londres -dijo el lobo de mar, señalando las filas de casas de ladrillo ennegrecido que a un lado y otro del tren, y debajo de este, se veían. Pasado New Cross, inmenso haz de líneas férreas que allí se reúnen, y de allí se ramifican abriéndose como varillas de abanico para penetrar por diferentes puntos en las entrañas de la metrópoli, vieron por la derecha un bosque de mástiles. Era el inmenso rebaño de buques de vela encerrado en las aguas quietas de [252] Grand Surrey Docks. Contemplando las altas arboladuras, el bueno de Nonell rompió en estas exclamaciones de entusiasmo: «¡Hurra por Inglaterra; hurra por los mercantes, y por los reyunos también, concho!... ¡hurra por toda la marina de aquende y de allende y de más allende!...». Arrebatado por su propio acento, prosiguió su enfático sermón, en pie, braceando, como si hablase ante un gran concurso: «Señores, yo aseguro bajo mi palabra de honor dos cosas: primero, que amo a Inglaterra como a una madre, pues en ella he mamado la leche de la navegación; segundo, que tengo mi boca, paladar y tragadero tan resecos como la yesca, y, por tanto, hago voto de beberme uno, dos, o si a mano viene, cuatro vasos de cerveza Pelel, en cuanto demos fondo en la estación de Charing Cross. Señores, nobles amigos, no puedo yo en momento de tanta alegría guardar ningún secreto. Del corazón se me salen los secretos, arrastrados por el patriotismo, que cuando soy feliz, no quiere estar encerrado en el silencio. Declaro que vengo acá mandado por mi amigo Ramón Lagier para tripular con otros mareantes españoles el vapor que ha de ir a Canarias en busca de los Generales... A ti te lo digo, Iberillo, que este Clavería ya lo sabe. ¡Qué honra para mí, nobles caballeros y amigos del alma!».

     -Aplaca tus humos, buen Nonell -dijo Clavería con inflexión escéptica-. A tripular el vapor te han mandado; pero fácil es que al llegar a Londres encuentres deshecho [253] ese plan, y tengas que volverte con las orejas gachas a tu triste destierro de París.

     -Pues ahora me toca a mí -exclamó Ibero, contagiado de la exaltación del catalán-. Si el amigo Nonell está en sus cabales y no es delirio lo que nos cuenta, en ese vapor iré yo. Si ustedes no quieren enrolarme, yo mismo le pediré a don Juan Prim que me enrole, aunque sea de grumete, de marmitón, de fogonero. ¡Yo iré... como hay Dios que iré!

     En esto llegaron a la estación de Cannon Street, donde el tren se detuvo un momento, reculando después para tomar los carriles que en pocos minutos debían llevarlo a Charing Cross. Bajaron presurosos del tren los tres españoles llevando sus maletas, y como el hotel a donde iban a parar no estaba lejos, determinaron mandar con un mozo sus breves equipajes, y hacer a pie su entrada en la más grande y populosa ciudad del mundo. El primer cuidado de Nonell fue dirigir sus pasos inseguros al bar de la estación y convidar a sus compañeros, atizándose él sin respirar tres, seis o más dosis de cerveza, que en esto de las tomas no se conoce la cifra exacta. Salieron, y a los pocos minutos se encontraban en la Plaza de Trafalgar. Un fenómeno extraño pudo notar Ibero en la persona del fantástico Nonell, y era que si la sed le hacía desvariar, la copiosa ingestión de pale-ale le devolvía el discreto y normal uso de sus facultades mentales. Cogiendo del brazo a sus amigos, [254] les llevó junto a uno de los gigantescos leones que ennoblecen y custodian el monumento elevado a las glorias de la Marina inglesa. Después de señalar a la estatua del insigne Almirante, colocada en lo alto de la columna, les mandó que se fijaran en uno de los bajo-relieves del pedestal, donde se representa la muerte del héroe, y les dijo: «Caballeros, vean ahí un letrerito, escrito en inglés, naturalmente, para mayor claridad... Pues esas letras doradas ponen lo que el amigo Nelson dijo a sus marinos antes de disparar el primer cañonazo en el combate de Trafalgar. Les dijo, dice: «Caballeros...».

     -Caballeros no -indicó Clavería-. Todos conocemos la proclama de Nelson: «Inglaterra espera...».

     «'Que cada quisque... every man, cumplirá con su deber'. Pues yo, que hasta ahora no he sido Nelson, ni espero serlo ya, digo esas mismas palabras a los buenos españoles que estamos metidos en este fregado de la Revolución pública. Caballeros, que cada uno de por sí haga lo que se le ha mandado, y llegaremos al triunfo. Con que, nobles amigos, ¡viva Nelson, viva España libre, viva don Juan Prim y Prats!... vivamos todos para ver implantado el progreso, y vámonos a casa...». Guiados por Clavería, muy conocedor de aquellos lugares, recorrieron parte de las vías más hermosas y concurridas de Londres: Piccadilly Circus, el Cuadrante, y de aquí, por estrecha transversal, llegaron a una placita jardinada (Golden Square) [255] y al hotel modesto donde algunos emigrados solían albergarse. A la sazón vivían allí Pavía y Milans del Bosch.

     Sin tomar descanso, refrescándose tan sólo con un lavatorio de cara y manos, fue Clavería con sus dos compañeros de viaje a ver a Ruiz Zorrilla, que habitaba en un Family hotel, cerca del Museo Británico. No estaba en casa don Manuel: largo fue el plantón; pero al fin viéronse en la presencia del afamado revolucionario que con Sagasta compartía la confianza de Prim. A Clavería saludó con mucho afecto, y a Ibero y Nonell acogió benévolamente, apresurándose a recoger y abrir el pliego que su tocayo le dirigía. Leyendo para sí, dejó traslucir en el rostro el gozo de las buenas noticias, y Clavería, que reventaba de curiosidad, y no cabía en sí de puro inquieto y desasosegado, le dijo: «Querido don Manuel, no nos prive del gusto de saber lo que ocurre, si es cosa buena como parece indicar su cara. Y lo que a mí solo me diría, dígalo delante de estos dos hombres, patriotas de ley, afectos a nuestra Causa y dispuestos a servirla».

     -Sí que lo diré -contestó don Manuel, mandándoles sentar, lo que no obedecieron, porque su anhelo se avenía mejor con aguardar en pie la verdad pedida-. Sabrán ustedes que los unionistas no se dieron por vencidos con el veto que puso Napoleón a la candidatura de Montpensier para el Trono de España. Insistieron por medio de sus agentes; manifestaron que sería Reina la [256] Infanta, y que el marido de esta quedaría en la situación de Príncipe consorte, sin título de Rey... Ya suponíamos que a esta solemne tontada no había de rendirse el Emperador; pero la confirmación oficial no la teníamos hasta ahora. (Recorriendo con rápida vista la carta.) Bien claro está. El Presidente del Consejo Privado del Emperador, Monsieur de Persigny, ha dicho a Olózaga que no se consiente la corona de España en la cabeza del Duque ni en la de la Duquesa de Montpensier.

     -¡Bravísimo! -exclamó Clavería-. De modo que es candidatura descartada.

     -En absoluto... Ya lo saben los unionistas. Y si aún no se han enterado bien, no faltan medios de abrirles las entendederas. Nosotros, descuidados ya de este asunto, vamos a la Revolución.

     -Con o sin ellos.

     -No, no, Clavería: con ellos. Los unionistas no pueden volverse atrás, ni nosotros prescindir de su concurso. La fórmula de someternos todos a la Voluntad Nacional expresada en las Cortes Constituyentes, resuelve por ahora todas las diferencias... Después, Dios dirá.

     Esta manera elemental y algo inocente de marcar el proceso de las revoluciones fue muy del agrado de los tres visitantes, que la celebraron con esperanza y alegría. Era sin duda Zorrilla un temperamento revolucionario; pero ni la Historia ni la vida le habían enseñado las leyes que rigen las alteraciones [257] de la normalidad en los pueblos. Verdad que no se estudian las revoluciones por los que las hacen, ni se hicieron nunca por los que las estudiaron en sus causas y en sus efectos. Obras son inspiradas más que reflexivas. En los movimientos interiores que turban la paz de los pueblos, imposible es separar las ideas de las pasiones. Y Ruiz Zorrilla carecía seguramente de la frialdad necesaria para intentar esta separación. Era un hombre voluntarioso, contumaz, carácter forjado en los odios candentes del bando progresista, nutrido con los amargores del retraimiento, que fue como un destierro para la vida pública, y como un largo ejercicio en el arte de la conspiración. Personalmente, era franco y noblote, como buen burgalés; alto y no muy derecho, con ligero agobio de su espalda; el rostro era la imagen de la llaneza, de la hombría de bien; los ojos leales; el bigote corto y caído, con mosca.

     No quisieron retirarse los emigrados sin que don Manuel les diese alguna información sobre otro punto muy importante. ¿Tardaría mucho en ser alistado el vapor que había de salir para Canarias en busca de los Generales? No quiso, o no pudo Zorrilla precisar la fecha de la proyectada expedición; pero recomendó encarecidamente a los tres que guardasen escrupuloso secreto sobre aquel asunto, y que con ninguna persona hablaran en Londres de tal viaje ni de tal vapor. Este se alistaba como para ir a Candía en auxilio de aquellos insulares, sublevados [258] contra el Imperio turco. Si alguien les hablaba del asunto, debían decir... «Sí: el vapor lleva socorro de armas y víveres a los candiotas, a los pobrecitos candiotas, víctimas del despotismo turco», y no pronunciar el nombre de Canarias, ni el de España... ni mentar a nuestra desgraciada doña Isabel... Chitón, chitón...






- XXVI -

     Clavería dijo a don Manuel que los dos hombres allí presentes eran de los que enviaba Ramón Lagier para tripular el barco misterioso; y como Zorrilla manifestase que aquel asunto no estaba en sus manos, y no podía darles hasta el siguiente día indicación clara de lo que habían de hacer, soltó Nonell con la bocina de su ronca voz estas estridentes razones: «Yo estoy bien enterado, señor Ruiz, pues Ramón Lagier me dio en Marsella completa guía para todo lo que tengamos que hacer aquí. En el forro de mi sombrerete llevo apuntación con las señas de la correduría que despacha el vapor, Billiter street, y las señas de nuestro alojamiento en las Minories, cerca de la Torre de Londres y de los diques de Santa Catalina, donde amarrada está la embarcación. Yo iré de piloto, y este joven de marinero. Somos partidarios frenéticos de Prim, bien [259] probados en Barcelona y en Madrid con el peligro de nuestra pelleja».

     Con esto se retiraron los tres muy contentos, dejando a don Manuel no menos gozoso y animado. Al día siguiente, quiso Clavería que Ibero le acompañase a pasear por Picadilly, Pall Mall y los parques; pero Santiago, con fogosa querencia de las aventuras, prefirió lanzarse al conocimiento de lo que en su imaginación se representaba con descomunal grandeza y atractivos: los diques de flotación, los inmensos trasatlánticos, el Támesis, la Torre de Londres... Salió, pues, tempranito con el fantástico Nonell; en el Puente de Waterloo metiéronse en uno de los vaporcitos que hacen el servicio urbano en ambas orillas, y se fueron río abajo, admirando la acumulación de maravillas que en ninguna otra parte del mundo se pueden ver. Iba Santiago con la boca abierta; no hablaba para no quitar espacio ni tiempo a su asombro. Después, paseando en tierra, los diques de Santa Catalina y London, la muchedumbre y variedad de barcos de todos tamaños y de diferentes banderas; los inmensos almacenes abarrotados de cuanto Dios crió en las cinco partes del mundo; los trenes que sin cesar cruzaban, llevando y trayendo mercancías, diéronle la impresión de haber caído en un planeta esencialmente comercial, todo carbón, fardos, máquinas, humo. Sus habitantes eran negros demonios benignos, que colaboraban en el bienestar universal. [260]

     Para concluir de embriagarle y enloquecerle a fuerza de admiración, Nonell le condujo al Túnel bajo el Támesis, con lo que quedó el pobre muchacho enteramente trastornado. «Si esa bóveda fuera de cristal -le dijo el catalán cuando se hallaban a la mitad del tubo-, veríamos el agua del río, y en el agua las quillas de los barcos. Esto viene a ser el mundo al revés, y más sorprendente que andar en globo por los aires...». Por fin, poco después de anochecer, uno y otro cayeron rendidos en sendos camastros del posadón en que se alojaban, situado en una calleja del arrabal de Minories.

     Atendida la primera de sus obligaciones, que era escribir a Teresa, dedicó Ibero el nuevo día con ardor impaciente a ver Londres, que, a su parecer, era como una provincia con calles. Echando un vistazo al barrio donde vivía, Minories, advirtió en los rótulos de las tiendas apellidos de claro abolengo hispano: Guevara, Rodríguez, Mondéjar... Pronto comprendió que eran nombres de judíos, y que estos abundaban en aquellos lugares. Entró en un Rastro que allí había, mísero bazar de ropas hechas, nuevas y baratas, o usadas y en buen uso, y cuando examinaba un colgadizo de chaquetones de pana, con idea de hacer alguna compra, salió al trato un hombre de rostro cetrino y pringoso. No entendió Ibero lo que le dijo; comprendió el marchante que se las había con un español, por alguna palabra de [261] él cogida al vuelo, y acercándose más con afabilidad humilde le soltó esta frase: «Señor, ¿topa lo que le place?».

     Ibero le miró; creía escuchar una voz que venía del tiempo de los Reyes Católicos; y así era, en efecto. El judío siguió hablando con él en la jerga que llaman judeo-español. Había oído Santiago que existían en diferentes partes del mundo hebreos de procedencia hispana que conservaban en sus hogares como reliquia preciosa la lengua de Castilla, y alegrose de comprobar por sí mismo el fenómeno... Como tenía que aprovechar el tiempo, despidiose del mercader judío, ofreciéndole volver a comprarle algo, y tiró con rápido andar hacia el Oeste.

     Cerca de Royal Exchange compró un planito de Londres, y púsose a estudiar brevemente las vías principales y las líneas de ómnibus. Lo primero que tenía que aprender era la situación de la casa Blanco Brothers, en la cual había de presentarse aquel mismo día. Pronto la encontró: era un pasadizo afluente a Lombard street, muy cerca del sitio donde a la sazón se hallaba examinando su plano; mas como no era hora de visitas, resolvió emplear el rato de espera en recorrer la City, el Strand, y algo más si había tiempo. Subió a la imperial de un ómnibus, que le llevó a Trafalgar Square. De allí recorrió a pie la espléndida vía Whitehall, formada en parte por monumentales edificios antiguos y modernos. La mañana era brumosa; el sol no había devorado aún [262] todas las gasas en que Londres desde su temprano despertar se envolvía.

     La ciudad dejaba ver sus formas tras un velo tenue, que solía conservar con cierto recato pudoroso hasta muy avanzado el día. El sol mismo atenuaba sus rayos tras aquel velo, para que los londinenses pudieran mirarle sin quemarse los ojos... Los de Ibero no se saciaban del hermoso espectáculo que le ofrecían las maravillas de aquel trozo de la ciudad. Y cuando vio la masa gótica del Parlamento, cuyas líneas verticales parecían ascender de la tierra al cielo, estirándose y adelgazándose en la subida; cuando vio la torre y su reloj, cuya esfera y agujas eran tal vez para marcar horas gigantescas, no nuestras comunes horas; cuando, siguiendo hacia el río, llegó al puente, y contempló la enorme conglomeración de masas ojivales, Parlamento y Abadía de Westminster, todo envuelto en el vaporoso velo que espiritualizaba la piedra y desleía sus contornos en el gris dulce del cielo, creyó tener delante la representación del mayor esfuerzo de los hombres para establecer el imperio de la paz en el mundo. Esta idea extraña brotó en su mente, y en ella hizo su nido. «Los que han labrado esta colmena -se dijo- son las abejas de la paz, del bienestar humano». Él mismo se maravillaba de que tal idea hubiese entrado en él, y la agasajó en su cerebro para que no se escapase.

     Después de abarcar con rápido golpe de vista el conjunto de las dos orillas del Támesis, [263] mirado desde el puente de Westminster, corrió a la Abadía, revistó con arrobamiento febril las tumbas de los grandes hombres de Inglaterra, y desandando aprisa Whitehall, tomó el ómnibus para la City. Por el camino iba pensando mil extravagancias, nacidas del ideísmo pletórico que en su mente levantaron las grandezas que sólo en dos días había visto. Primero el espectáculo de Long Shore al Este, los diques, las naves, el inmenso trajín de la industria y el comercio; luego los monumentos del Oeste que declaraban la pujanza y solidez del Estado británico, reconcentraron sus pensamientos en esta noble idea patriótica: «¡Quiera Dios que con la Revolución que haremos pronto los españoles consigamos fundar un Estado tan potente, ilustrado y feliz como el de esta tierra nebulosa y fuerte!». Y creyendo en la posibilidad de tanta ventura, entró en la casa comercial de Blanco Brothers.

     Recibido fue por dos individuos, un inglés tieso y un español flexible, que ya debía de tener noticia, no sólo de su llegada, sino de su persona y antecedentes, porque le acogió muy cariñoso, y le invitó a traspasar la verja de madera con rejillas metálicas. Encontrose Ibero frente a un señor larguirucho que escribía en un pupitre, y otro muy anciano que en aquel momento entró renqueando, apoyado en un bastón. Llegose al joven, y saludándole con paternal afecto, le mandó sentar, sentándose también él con [264] lenta caída sobre la blandura de un sofá. Las primeras palabras, en un castellano plagado de elipsis y con notorias inflexiones inglesas, fueron para España y su hermoso cielo y su alegría picaresca. El señor anciano se regocijaba con las memorias de una patria que había perdido de vista medio siglo antes, sin haber vuelto a ella ni una sola vez.

     Era también emigrado; pero de larga fecha, de la gloriosa y fecunda emigración de 1824, la importadora del régimen constitucional, y como el famoso relojero Losada, y Carreras, el acreditado tobacconist, encontró en Londres, con la hospitalidad, medios de labrar una fortuna. El buen viejo, asaltado de añoranzas, se deshacía en preguntas: «Dígame usted, joven, ¿se ha muerto Alcalá Galiano?». No estaba seguro Ibero de la respuesta, y en la duda, por no quedar mal, respondió que sí... Ya no vivía... era una lástima... Y siguió el señor Blanco, que así se llamaba: «Hace mucho tiempo que no sé nada de Argüelles...». Respondió Ibero con ingenua veracidad que en el mismo caso estaba él... Dijo después el anciano: «De Toreno me acuerdo perfectamente... Me parece que le estoy viendo... Aquellos hombres valían mucho, joven. Ya no hay hombres como aquellos... Yo los traté a todos... Fuimos amigos entrañables».

     Sin duda el pobre señor no regía bien de la cabeza, porque varió súbitamente de conversación, diciendo: «¿Es usted aficionado a [265] la música, joven?... Porque convendrá usted conmigo en que no ha nacido otra cantante como la Malibrán. Soy muy amigo de su hermano, Manuel García. En mi casa come todos los domingos... Yo sostengo que todas estas Pattis y todas estas Pencos no valen lo que el zapato de María Malibrán... Dígame otra cosa: ¿Espartero está bueno? ¿Vive todavía en Logroño?». Sin esperar respuesta, cambiando súbitamente de conversación, le dijo que si se proponía visitar todo lo notable de aquella gran capital, no dejara de ver la parra de Hampton Court, y los instrumentos de tortura que se guardan en la Torre de Londres... y que, según parece, eran los regalos que a Inglaterra llevaba la Armada Invencible.

     Despidiose Ibero del venerable y simpático viejecito. Inmediatamente, el caballero que al entrar le recibiera, español neto por el lenguaje y el tipo, le manifestó que podía disponer del crédito abierto a favor suyo por el señor Santa María. Pidió y tomó Santiago cuatro libras para ir viviendo, y se retiró muy satisfecho y agradecido. El resto de la jornada lo empleó en tomar su lunch, en ver San Pablo y recorrer después toda Oxford Street, en rodear Hyde Park dando la vuelta completa a la Serpentine, y admirando el lujo de los paseantes en coche, a caballo y a pie.

     En los siguientes días no pudo el riojano evadirse de acompañar a Nonell en las diligencias para el alistamiento del vapor misterioso. [266] Conoció en estas faenas a varios mareantes catalanes y mallorquines, que con el propio objeto estaban en Londres. Asimismo pudo observar la variedad de hombres y razas que hormigueaban en los apartados cantones del East End. La diversidad de lenguas en aquella Babel a flor de tierra era otro motivo de sorpresa y asombro. Oyó Ibero su lengua propia, la italiana y francesa, y otras que le sonaban como jerigonza ininteligible. Vio tipos griegos, turcos, egipcios, australianos; vio a los que traen las sederías y el té de China, las perlas de Ceylán, las plumas y pieles africanas, el oro de California, las quinas de Arauco, el tabaco de Cuba, las esmeraldas del Perú, y las fieras y alimañas que de todo el mundo vienen a ocupar su celda en el Arca de Noé llamada Jardín Zoológico.

     Los amigos españoles o ingleses con quienes hubo de intimar aquellos días, iniciaron a Ibero en el pasatiempo de las tabernas, mas sin lograr que tomase afición a las fuertes bebidas que allí se usan. La ginebra le repugnaba, transigía con el small whisky, aumentando la dosis de agua para atenuar considerablemente la graduación alcohólica. En los bar y cantinas, más que con la bebida, se embriagaba con la conversación, si encontraba españoles, franceses o catalanes. A la charla de los ingleses atendía para habituar su oído al idioma británico, cuya fonética era para él una música bárbara... En aquellas sesiones tabernarias [267] surgían a menudo disputas que alguna vez acababan en pendencias y choques violentísimos. Ibero, por lo común, no rehuía su intervención en estas trapisondas, movido de su carácter impetuoso y de las aficiones guerreras de su niñez, que en momentos graves casi siempre reverdecían. Nonell le atajó más de una vez, librándole de compromisos y lances peligrosos.

     Una noche de sábado, en un tabernucho de Whitechapel, hallándose con amigos franceses y catalanes, y turbamulta de ingleses que bebían como cubas y vociferaban como demonios, estalló una cuestión entre un francés y un griego: la disputa empezó por nada, y rápidamente se trocó en furibunda trapatiesta. Intervino Ibero con ideas de paz; pero de improviso metiose en el ruedo un maldito irlandés que solía gallear con insolencia en aquellas reuniones, y al verle junto a sí, el riojano alavés perdió la serenidad. Aquel hombre, que noches antes había soltado palabras despectivas y canallescas en un castellano soez aprendido en los muelles de Gibraltar, le cargaba lo indecible; sentía ganas hondas, instintivas, de darle dos patadas.

     Pues, señor... llegó el bravucón irlandés despotricando en bárbaro lenguaje híbrido... Algún brutal injurioso disparate dijo de los españoles; mas la frase quedó bruscamente cortada por el tremendo bofetón que Ibero le descargó en mitad del rostro... ¡Inmenso tumulto, greguería espantosa! El irlandés [268] volvió contra Ibero esgrimiendo los puños como mazas de hierro; otros dos boxeadores se abalanzaron sobre el español, que se vio precisado a sacar su navaja, aprestándose a una defensa rabiosa... Sabe Dios lo que habría pasado allí si al estruendo no acudiese la policía que rondaba la calle. Un policeman echó la zarpa a Ibero, ordenándole que entregase el arma; otro agarró al irlandés, ligeramente herido de navaja en el brazo izquierdo. Los boxeadores quedaron también detenidos, y... ¡hala!, ¡todos a la cárcel!

     La gran desdicha de Ibero aquella noche fue que no estaba presente su amigo. Este llegó minutos después del suceso. Corrió detrás de los policemen que llevaban a los delincuentes... fue al depósito de prevención... Enterose allí del caso legal, que era delicadísimo por la herida de arma blanca que ostentaba como un trofeo judicial el gandul irlandés. Salió consternado Nonell, diciendo para su capote: «¡Pobre Iberillo, ya tienes para un rato!». [269]








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