La de los tristes destinos



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- XXIII -

     Crudísimo fue en París el invierno del 67 al 68. Sobre el Sena helado patinaba la juventud bullanguera, y en el lago del Bosque de Bolonia la crema aristocrática organizó una fiesta rusa, con espléndida iluminación, [225] trineos y deportes al uso septentrional. Insensible al frío, Ibero veía pasar los días y los meses en la vulgaridad uniforme, descolorida, isócrona, dentro del cerrado horizonte del almacén. Ganaba el sustento, sí; pero como no vivimos sólo de pan, el hombre estaba en gran penuria espiritual, ausente de toda grandeza y de las nobles aventuras que planeó su loca imaginación. Vida tan desaborida no habría soportado nunca si el amor no le amarrase a ella con fuertes ataduras, y mientras más se desalentaba viéndose tan bajo, más apasionado se sentía por la hermosa madrileña y más uncido a ella por indestructible yugo. Al contrario de Ibero, Teresa era toda entusiasmo, alientos, orgullo de su oficio. Tanto progresaba en este, que al principiar el 68, Úrsula, que en ella ponía ya toda su confianza, le subió el jornal a cinco francos. Y para mayor delicia de Ibero, cada día estaba más bonita... ¿Qué diablos hacía para conservar y afinar su belleza y para presentarse más garbosa en su modesto atavío? Obra del medio era esto sin duda: por todos estilos, París habíala hecho suya.

     Privados del campo por el riguroso frío, solían ir los domingos a la matinée de algún teatro, y el tiempo restante lo pasaban recogidos en casa, ejercitándose en los temas franceses, o dando él a ella lección de aritmética. Quería Teresa ponerse muy fuerte en contabilidad. Algunas tardes de día festivo le incitaba a ir al café du Cercle o al [226] de Choiseul para que viese españoles y se alegrara oyendo hablar de revolución y de Prim. Determinose a ir una tarde. Vio a don Juan Manuel Martínez, vio a Sagasta hablando con un señor de cabello erizado, de semblante duro, de extraordinario fuego en la mirada: era un famoso periodista francés llamado Rochefort. También vio a Gambetta, que entró más tarde; hermosa cabeza, barbuda y melenuda. Hablando con vehemencia, se convertía en cabeza de león.

     Ibero sintió reparo de aproximarse a Sagasta, y buscando lugar más modesto, arrimose a otras mesas, donde vio a Carlos Rubio con emigrados de medio pelo. Entre estos reconoció a un sargento de Bailén y a otro de Calatrava, que ya llevaban en París cerca de dos años, y se ganaban la vida en una fábrica de clysobombas... Al entrar Santiago en el ruedo, los tales hablaban de un trágico asunto, ya viejo de seis meses, pero siempre nuevo, interesante y conmovedor: el fusilamiento de Maximiliano en Querétaro. A este propósito, Carlos Rubio tomó la palabra con cierto énfasis, y después de colmar de alabanzas a Prim por su destreza diplomática y su airosa retirada de Méjico, sostuvo que la sangre del infortunado Archiduque austriaco debía recaer sobre la cabeza de Napoleón III, a quien por este y otros motivos puso cual no digan dueñas, concluyendo por llamarle Nabucodonosor... El Imperio francés era un poder [227] falso y sin fundamento, estatua de bronce con pies de barro.

     Llegó luego un patriota madrileño del 22 de Junio, menguado de cuerpo, barbudo de rostro: ganaba el pan en un comercio de naranjas. En cuanto tomó asiento, sacó el número del Gil Blas, que venía muy bueno: traía sin fin de picardías graciosas contra el neísmo, y solapadas alusiones a personas altas. De mano en mano pasó el periódico; todos se regocijaron con los donaires de Luis Rivera, Eusebio Blasco y Manuel del Palacio. El famoso soneto de este, despiadado con doña Isabel, fue repetido entre risas por el sargento de Calatrava, que lo sabía de memoria. La conversación recayó luego en el Infante don Enrique, desterrado a Canarias por si se corrió o no se corrió hablando de su prima. De esta, ya se comprenderá que no habían de decir cosa buena. Suponiéndola destronada, allá para Pascua florida o para San Isidro, apresuráronse a proveer la vacante. En aquella asamblea de soñadores vocingleros, Montpensier no tuvo más que un voto; don Enrique, ninguno; Espartero se llevaba de calle a todos los candidatos. Por fin, el bueno y desastrado Rubio cortó con tajante autoridad la nudosa cuestión, afirmando que no había más candidato serio que el Rey viudo de Portugal, don Fernando de Coburgo. A esto puso reparos un vejete vivaracho que se titulaba demócrata hasta morir, y declaró que su partido no quería que le hablaran de Reyes. [228] Así se lo habían escrito Castelar y Pi y Margall desde Ginebra, Orense desde Bayona y García Ruiz desde Amberes. Si no creían lo que bajo su palabra afirmaba, traería las cartas para que los presentes vieran y entendieran.

     Con estas divagaciones y controversias, Ibero se entretenía y pasaba gratamente el rato; pero al fin de la tertulia presentose aquella tarde en el café un sujeto de alta estatura y curtido rostro, barba erizada, voz cavernosa, tipo de mareante, el cual desconcertó a Santiago con su saludo bronco y fúnebre, como dicho con bocina: «¿Ya no me conoces, Iberillo? Soy Nonell, piloto retirado que despachaba el Monarca en Barcelona. Me metí en aquel turris-burris... Tiene uno patriotismo y sangre liberal... Ventura y Mas fusilados... yo escapé por un milagro de la Virgen... Vaya, vaya: has variado bastante, Iberillo; estás hecho un hombre. ¿Llevas en París (3) mucho tiempo? ¿No viste a Ramón Lagier, que aquí estuvo por Agosto a visitar la Exposición? Pues sabrás que volverá... y pronto. Aquí tengo su carta. Viene al negocio de la Causa. Estará unos días... Entiendo que irá después a Londres, a ponerse al habla con Prim. Si quieres verle, dime las señas de tu casa, y te avisaré cuando llegue».

     Respondió Ibero con torpes evasivas, y se despidió del casi desconocido y olvidado Nonell, sin darle las señas, o dándoselas equivocadas. Aturdido y en grande inquietud [229] salió del café, y de camino hacia su casa sondeaba su interior, buscando la razón psicológica del extraño azoramiento que sentía. ¿Por qué le turbaba la idea de verse en París con el capitán Lagier? Era este persona de su particular predilección y cariño. Le amaba como a su padre, pues fue para él padre de voluntad y regulador de la existencia. Verdad que tanto como le amaba le temía: había sido para él un maestro inflexible, un cuño de duro metal que le dio forma y perfiles nuevos... Si en París le encontraba el maestro, era casi seguro que con su férrea autoridad trataría de soltarle del yugo de Teresa, y contra esto ¡vive Dios!, se rebelaba con toda su energía y fiereza. Y lo mismo haría con su padre, si llegara con iguales intenciones separatistas.

     De esta zozobra, que duró todo el mes de Enero y parte de Febrero, le sacó al fin Teresa con su dulzura, y la buena maña que se daba para penetrar en el alma de él, descubrir lo dañado y ponerle remedio.

     A fines de Febrero, queriendo Madame Plessis ampliar la protección que a Teresa dispensaba, diole la suma necesaria para que ella y su amigo pudieran dejar los estrechos aposentos del hotel meublé y alquilar un piso cuarto, luminoso y alegre, en la misma calle de Saint-Roch. En Marzo estrenaron aquel precioso nido, y los muebles tan modestos como elegantes que Teresa compró a su gusto. La suerte se empeñaba en favorecerles, porque en la misma semana, [230] Santa María aumentó en un franco el sueldo de Ibero, ascendiéndole del trabajo rudo del almacén al descansado del escritorio (Rue Saint-Hyacinthe). ¡Oh París tutelar!

     La felicidad de Teresa era un cielo sin nubes; la de Ibero a las veces se obscurecía con el celaje de sus murrias, abatimientos y desmayos anímicos. En lo corporal notábase igual diferencia, porque si Teresa gozaba de una salud formidable, insolente, que se manifestaba en la frescura de su tez, en el torneado de sus formas y en el brillo de su mirada, la naturaleza de Santiago, construida para un vivir duro y longevo, comenzaba a quebrantarse. La Villaescusa era como una planta de tiesto trasplantada en tierra libre; Ibero como un árbol silvestre traído al encierro de la estufa. Teresa reconstruía su vida con nuevos elementos; Ibero veía desmerecer la suya por el abandono de los elementos propios. Así lo comprendía con su admirable penetración la hermosa madrileña, y cavilando en ello con alguna inquietud, se decía: «Mi pobre salvaje no puede adaptarse a este reposo, a esta igualdad de las horas y los días; necesita libertad, movimiento, aire, sol. ¿Qué haría yo para darle todo esto?». Por más que en ello reflexionaba, no veía la solución del problema.

     Tenía Ibero su mesa de trabajo en un cuartito próximo al despacho del señor Santa María. Por allí pasaban todos los que tenían que hablar con el jefe de la casa, corredores, [231] clientes; por allí los emigrados que solicitaban socorro... Cuando en el despacho había demasiada gente, Ibero, por orden de su principal, decía a los entrantes: «Tengan la bondad de aguardar un poquito; en seguida pasarán». En el rato de plantón, algunos entraban en palique con él: no hay que decir que eran españoles. Un día de Abril llegó un sujeto a quien hubo de suplicar que esperase un ratito. No le veía Ibero por primera vez: ya vino a fines del mes anterior; en sus visitas se mezclaban las dos naturalezas, comercial y política; don Manuel le apreciaba, y solía convidarle a comer en el Café Inglés. Era el tal de estatura espigada, seco de carnes, tan acelerado y nervioso que no podía estar quieto en ninguna parte, expresivo en la mímica, suelto en la palabra, con acento andaluz de blando ceceo. Tapaba sus ojos con gafas azules; el rostro tenía curtido y picado de viruelas, el pelo al rape, la barba corta; su edad no pasaría de los cuarenta. Conocía Ibero de aquel señor el nombre de pila, don José; ignoraba el apellido. Aquel día entró el andaluz con ganas de conversación, y viéndose obligado a una corta antesala, desahogó su locuacidad con el dependiente: «¿No sabe usted la noticia, joven? Se ha muerto ese perro de Narváez... Ya reventó el tío, ya cargó el diablo con él. Y van dos».

     -Dos, sí -dijo Ibero-. En Noviembre O'Donnell, ahora este... los dos puntales de la Monarquía. ¿Que le queda a doña Isabel? [232]

     -Le queda Marfori -dijo el don José con risotada cínica-. ¡Bueno se pondrá el país!... Según parece, seguirá González Bravo, que es un barril de pólvora.

     -¿Va usted a Londres, don José?

     -No, hijo: vengo de allí. Voy a España... Hay que mover los títeres. ¡Ocasión como esta...! Volveré pronto a Londres; pero no pasaré por Francia; iré por mar.

     En este punto se abrió la mampara; salieron dos, y pasó don José al despacho dando voces. Como un cuarto de hora estuvo encerrado con don Manuel. Este llamó; acudió Santiago. En el momento de entrar, don Manuel decía con jovialidad al andaluz: «Pero no le bastarán quinientos francos. Se expone a tener que dar un sablazo por el camino». Y volviéndose a Santiago, le ordenó que fuese a la caja y trajese mil francos oro... «Oye, oye: que los anoten en la cuenta de don José Paúl y Angulo».

     Al despedirse, soltó el señor Paúl todos los grifos de su facundia, que en aquella ocasión fue enteramente patriotera y de ojalatismo revolucionario. «Voy a revolverte un poco, Andalucía de mi alma. Ya es hora... Allá por Cádiz y Jerez, estamos hartos... A Prim le he dejado animadísimo... Con poco que ayuden o dejen hacer los Generales de la Unión, la armaremos gorda... pero muy gorda, mi querido don Manuel. Yo le digo a Prim que eche por la calle de en medio... Abajo la Reina, sin pensar en más candidatos ni candiditos... Cortes Constituyentes... [233] y adelante con los faroles de la Historia... Abur, amigo; que cuando nos volvamos a ver podamos decir: Salud y España libre».

     Otros españoles y franceses pasaron por el escritorio, dejando enzarzadas en los oídos noticias de España. Cada día llegaban de allá especies más alarmantes, de un tono agrio y chillón, como todas las cosas de la tierra de los colorines. Las últimas palabras de Narváez fueron: Esto se acabó; dejo a España entre dos Juanes. Los Juanes eran Pezuela y Prim, Reacción y Libertad... Se le hicieron exequias suntuosas. Ejército, Política, Magistratura, Corte, tributaron a sus restos honores ampulosos, retumbantes. Pero no se dice que Isabel II consagrase a este fiero servidor de la Monarquía una frase shakespiriana (4), como la que, según cuentan, pronunció al tener noticia de la muerte de O'Donnell: Se empeñó en no volver a ser Ministro conmigo, y se ha salido con la suya... La bondadosa Reina sin seso nombró a González Bravo heredero de Narváez en la Presidencia del Consejo. Fue un ademán de suicidio... Para concluir de arreglarlo, hizo Capitanes Generales a los Marqueses de Novaliches y de la Habana, y después dedicose a hinchar la Gaceta con nombres de nuevos Marqueses, Grandes de España y Caballeros del Toisón.

     Avanzado ya Junio, recibía Santiago directamente del propio señor Santa María nuevas de España. Algunas noches llamábale don Manuel a su despacho para dictarle [234] la correspondencia. Sentados frente a frente, trabajaban hasta muy tarde, y en los ratos de descanso permitíase el buen aragonés su poquito de ojalateo. «Esa pobre Señora está ya completamente ida de la cabeza... hablo de doña Isabel... Entiendo yo que no hay en ella perversión, sino falta de juicio. La verdad, siento hacia la Reina más lástima que odio. Si pudiera yo hacer algo por esa Señora, abrirle los ojos, librarla de los cuervos que la rodean, tendría la mayor satisfacción de mi vida. Pero ya no hay quien la salve... Otra cosa: sabrás que se casó la Infanta Isabel con un Príncipe napolitano, y Madrid vio por las calles la pompa palaciega, el desfile de carrozas. Será bonito aquello. Me escribe un amigo que el pueblo de Madrid vio a la Infanta con simpatía: dicen que es buena de su natural. Esa jovencita y su hermano Alfonso no tienen culpa de nada, y pagarán los vidrios rotos por su mamá... Pues verás ahora lo más gordo: a los pocos días de la boda, echó la Nueva Iberia un artículo en que se traslucía que ya estaban los Generales unionistas colados en la Revolución. ¿Qué hizo González Bravo? Coger a los Generales y ponerles a la sombra. Fue ni visto ni oído. Anochecieron en sus casas y amanecieron en las prisiones de San Francisco. De allí han salido para Canarias o Baleares el Duque de la Torre, Dulce, Serrano Bedoya, Zabala, Echagüe, Caballero de Rodas, Ros de Olano, Marchesi, y otros que si no son todavía Generales, entiendo [235] que lo serán pronto. ¿Qué te parece, Ibero? ¿No te da olor a chamusquina? ¿No sientes los pasos del cataclismo? ¡Los unionistas en destierro lejano... y Prim en Londres...! ¿Por dónde vendrá lo que ha de venir? ¿Tú qué piensas?».

     -Yo, señor -dijo Ibero-, pienso y creo que ello vendrá por donde disponga Prim, pues Prim es el hombre, es la Libertad, es la España nueva que dirá a la vieja: «vete de ahí, estantigua, harta de ajos, hija de fraile y maestra de la gandulería...».



     Con las azarosas noticias de España estuvo Santiago en aquellos días muy avispado; engrandecía los sucesos, los comentaba con regocijo ardiente si se trataba de liberales, con sarcasmo y malicia si se referían a moderados o a los aborrecidos neos... Pero de improviso ¡ay!, en lo más alto de estos vuelos de la fantasía, la Providencia, con frío y cruel manotazo, le precipitó en la dura realidad, desatando sobre él todo el rigor de las desdichas. ¡Infeliz Ibero!, ya los benéficos espíritus se cansaron de protegerte, y caíste en poder de los espíritus aviesos, que aborrecen la paz y abominan del amor. [236]




- XXIV -

     Jesús Clavería, que ausente de París estuvo largos meses, laborando, según se dijo, en las plazas de Cádiz y Ceuta, reapareció a mediados de Julio. Tranquilo y gozoso estaba Ibero en su despachito una mañana, cuando le vio entrar. ¡Qué alegría, y súbitamente qué susto, qué consternación! En breves palabras le dio Clavería el jicarazo. «De Cádiz me vine embarcado a San Sebastián: allí vi a tu padre, que ya sabe dónde estás, y viene a París decidido a cogerte, secuestrarte y llevarte consigo... Traerá todo el apoyo de las autoridades españolas y francesas. Prepárate, Iberillo... Mi opinión es que te dejes coger». El terror privó a Santiago de la palabra. Lo primero que dijo, llevándose las manos a la cabeza, fue: «¿Dejarme coger, dejarme llevar?... ¡nunca! Suceda lo que quiera, mi padre tendrá que volverse solo».

     -Ya lo pensarás, hijo. Estás en edad de no prolongar las tonterías... Veremos reproducida la escena de la Dama de las Camelias, cuando viene el papá del señorito Armando, y...

     -¡No, no! -gritó Santiago, dejando caer con estruendo sobre la mesa la palma de su mano-. Teresa no está tísica... no está tísica [237] ni de los pulmones ni la voluntad. Es mujer fuerte, mujer valerosa... Ni del corazón ni del cerebro flaquea; no y no.

     «Bueno, hombre, bueno... ¿A qué ese furor? Mejor será que te inspires en la sana filosofía parda, y esta noche te vengas conmigo un ratito a Mabille... ¿Qué... te incomodas?... Pues dejemos a un lado la filosofía... Tu padre, por lo que me dijo, estará aquí dentro de un par de días... Lo que resulte de esto, lo sabré yo más adelante, porque mañana saldré para Londres». No dijo más, y pasó al despacho.

     En indecible ansiedad estuvo Ibero hasta que llegó la hora de salir a la refacción de mediodía. Siglos se le hacían los instantes. No hay que decir que antes de hablar con Teresa, la lividez de su rostro incapaz de disimulo, y el extravío de su mirada, le delataron. «Grave cosa me traes hoy, salvajito -dijo la madrileña, bajando con él a la calle-. ¿Qué es? Cuenta, cuenta». En pocas palabras refirió Ibero el terrible conflicto. Por entre los porches de la calle de Rivoli oyó Teresa la siniestra noticia, sin perder la serenidad, y confortó el ánimo turbado de su salvaje con estas apacibles razones: «Almorzaremos tranquilamente, y luego, en casa, vendrá la deliberación y oirás mi parecer. No te apures: no veas montañas donde sólo hay un montoncito de arena. Somos unos pobres vagabundos, que hemos labrado una choza con cuatro palitroques y un poco de paja. Esta choza es para nosotros [238] un hogar sagrado, que convertiremos en castillo inexpugnable».

     Así habló Teresa: «Tu padre no podrá separarnos, y para evitar disgustos y cuestiones, que siempre traerían falta de respeto, hemos de procurar que don Santiago Ibero tenga que volverse a España sin que pueda hablar contigo ni conmigo. Tú y yo desaparecemos, tú y yo nos evaporamos. ¿Cómo? Vas a saberlo. ¿Conoce tu padre las señas de nuestra casa, las señas del señor Santa María, donde estás colocado? Pues ni a mí en nuestra casita, ni a ti en tu oficina, nos encontrará. Para conseguir esto, necesitamos contar con la protección de dos personas: Santa María y Úrsula Plessis. Yo, antes de hablar con mi amiga y patrona, sé que no ha de faltarme su amparo. ¿Puedes tú decir lo mismo del señor Santa María? Es preciso, Santiago, que esta misma tarde hables con él... Le pides una conferencia... Solicitas que te conceda un cuarto de hora. Pues bien: no seas tímido ni te amilanes. Le cuentas con absoluta sinceridad toda nuestra historia, sin ocultar nada, nada, Santiago. Le dices cómo empezó nuestro conocimiento... lo que yo fui... sin omitir cosa alguna, salvajito mío... a estos lances se va con la verdad... lo que yo fui, lo que soy ahora... Le cuentas nuestro encuentro en el tren del Norte; el pacto que hicimos en Bayona; nuestra vida en Itsatsou, en Olorón; la inspiración de venirnos a París; en fin, todo, todo. Y cuando, a más de esto, [239] sepa don Manuel el conflicto que se nos viene encima, le pides que te mande a Londres con una comisión cualquiera comercial o política... Pero no tienes que descuidarte. En cuanto llegues al escritorio, te vas derecho a don Manuel y...».

     Pareciole a Santiago muy acertado el consejo, y no le puso más pero que el desconsuelo de la separación. Si juntitos fueran a Inglaterra, la felicidad sería redonda; a lo que respondió Teresa: «Dudo que Úrsula me deje salir de París. Estamos en la época de más trabajo y apuros de tiempo; ella no goza de buena salud, y descansa en mí...». Convinieron en que la resolución definitiva se aplazaba para la noche, después que cada cual hiciese la consulta con su patrono tutelar. Impetuoso y confiado, por los alientos que le había dado Teresa, fue Santiago a la confesión con don Manuel, el cual dio el primer indicio de benevolencia prestándose a escuchar una historia larga, si bien no desprovista de interesantes episodios. ¡Y que no se quedó corto Santiago en el arte de la presentación, poniendo en plena luz lo que a su parecer más le favorecía! El buen señor oyó con interés, y en los pasajes que indicaban audacia y travesura soltaba la risa. Todo le regocijaba, todo le hacía feliz; a ratos la satisfacción humedecía sus ojos tiernos. Creyérase que sus maduros años recibían en cada lance de aquella historia tan espiritual como picaresca, inhalaciones de fluido juvenil. [240]

     Cuando Ibero, terminada la confidencia, le presentó el grave conflicto de la venida del padre, el aragonés precipitó su opinión diciendo entre picadas risitas: «Tú y ella debéis desaparecer, evaporaros. Respetable será el papá, ¿quién lo duda?... pero conviene que no encuentre al hijo casquivano. Los padres no tienen razón siempre. Lo que yo digo: la razón de la sinrazón es alguna vez la razón suprema». Estas peregrinas y algo estrafalarias manifestaciones del risueño don Manuel, y lo que después dijo Ibero de sus ganas de servir a la Causa bajo la bandera revolucionaria de Prim, determinaron la solución más práctica y sencilla que pudiera imaginarse. «Lo mejor -dijo Santa María- será que te vayas a Londres: yo te daré una carta para mi tocayo Ruiz Zorrilla, y con la carta irán papeles y notas que a mi parecer serán de alguna utilidad en los momentos presentes. Llevarás lo preciso para el viaje, y te abriré un modesto crédito en la casa de mis corresponsales en la City, para que vivas uno o dos meses en aquella Babilonia. Aprovechando tu viaje, mandaré contigo a Blanco Brothers valores y efectos comerciales». Por último, con la idea de ganar tiempo, se convino en que las cartas y encargos quedarían corrientes aquella noche, a fin de que pudiera el prófugo salir pitando a la mañana siguiente.

     Cuando Ibero y Teresa se juntaron para comer, de la boca de uno y otro salió la misma exclamación: «¡Triunfo completo!». Él [241] dijo: «es un santo ese hombre»; y ella: «¡qué mujer tan buena!». Con recíprocas felicitaciones celebraron su éxito, y apresurando la comida se fueron a su casita, donde con más desahogo refirió cada cual su breve gestión. «¿Sabes una cosa, mujer? -dijo él-. La historia que le conté a don Manuel, la historia mía, la nuestra, debe de ser igual a la suya, o por lo menos muy parecida. Porque el hombre no se incomodó por nada de lo que conté... Todo le hacía mucha gracia... y el hombre reía, reía... Ni una sola vez le vi fruncir el entrecejo. Mi historia es la suya... ¿Conoces tú a la mujer de don Manuel? Yo apenas la he visto... Es guapa, y vive muy retraída... En fin, que el hombre me manda a Inglaterra. Lo que te digo: es un santo».

     Habló luego Teresa: «Lo que hará Úrsula por mí ya lo sabes: llevarme a vivir consigo mientras tú estés ausente; y si se presenta tu padre, decirle: 'Aquí no hay damas de camelias, ni Cristo que lo fundó. Vaya usted con Dios, caballero, y no parezca más por esta casa'. No me sorprende la bondad de Úrsula: yo la esperaba. ¿Sabes por qué, tontín? Porque mi historia es semejante a la suya: yo lo sé; y en la historia de ella, también apareció un padre... pero se fue como había venido. En fin, chico, que la vida humana se repite sin cesar, y lo que hoy pasa ha pasado miles de veces».

     Tranquilos, confiados ya en la solución del conflicto, sólo quedaba la pena de la separación. [242] Ambos la expresaron con ternura, y a la ternura añadió Ibero el ardor de su exaltado temperamento. Esperó Teresa a que las llamas se aplacasen, y sobre el rescoldo dejó caer su palabra dulce, que en los momentos críticos sabía engalanarse con las mejores luces de la razón: «Tanto como tú siento yo la ausencia; pero la soporto por algún tiempo, un mes o dos, porque sé que mi salvaje necesita de vez en cuando escapaditas al campo, al mar, a los aires del mundo. Bueno es, créelo, que vuelvas en seguimiento de tu ilusión, que llegues a ella y la toques y veas si es cosa real o fantasma... Donde me dejas me encontrarás, y aunque tardes más tiempo del convenido, siempre seré lo que soy. Tan seguros estamos yo de ti y tú de mí, que no hacen maldita falta los juramentos ni las protestas de fidelidad eterna. No salgamos ahora imitando a las novelas desacreditadas. Nuestra novelita modesta y sin requilorios la hacemos nosotros a la chita callando, con hechos positivos y la verdad por delante, ¡hala!; y que venga Dios y lo vea».

     Siguió a esto un largo divagar sobre el sistema de comunicación que habían de establecer para saber uno del otro con frecuencia. Dios misericordioso, que mira por los enamorados, cuidaría de mantener el contacto de las almas para que la ausencia fuese el más parecido retrato de la presencia. En esto se les fue una hora larga; de las ternezas y amantes coloquios que ocuparon el [243] resto de la noche, no hay para qué hablar.

     Tempranito estaban los dos en la plaza Roubaix. Tomó Ibero su billete directo a Londres por Calais. Teresa entró al andén para estar junto a él hasta el último instante. Por mucho freno que quiso echar a su emoción, perdió la entereza cuando se aproximaba el momento de la partida... Él en la ventanilla, ella en el andén, repitieron lo que se habían dicho de cartas, direcciones, poste restante y telegramas; pero luego Teresa tuvo que sacar el pañuelo y aplicarlo a sus ojos... Y desde el tren en marcha vio Ibero que el pañuelo bajaba a la boca, para dejar libres los ojos con que mirar al amado, y luego batió los aires dando los últimos adioses... Llevaba Santiago el corazón tan oprimido, que no podía respirar. ¿Por qué se iba? ¿Por qué no la llevaba consigo?... ¿Qué era la vida sin ella?... Pero una vez en camino, volver pronto era la mejor solución.

     Hasta más allá de Creil no se aflojó el lazo corredizo que apretaba el corazón del viajero, y en el restaurant de Amiens, donde bajó a tomar algo, se iniciaron las impresiones y sorpresas, que eran como signos precursores de las interesantes aventuras que buscaba. Al entrar en el comedero, encaró de sopetón con Clavería, el cual mostrose frío y reservado en su saludo. No alcanzaba el riojano la razón de esta esquivez de su amigo, a quien no había visto desde que le anunció la próxima emergencia de Ibero padre. A las explicaciones que hubo de pedirle [244] Santiago, contestó Clavería secamente: «Si quieres, hablaremos en el tren. No me negarás que vas a Londres. Ya te vi en la estación de París: no me sorprendió. Y no vas a Inglaterra huyendo de tu padre... Tu padre y el decoro de la familia te tienen a ti sin cuidado. Vas... tú sabrás a qué».

     Viendo a Clavería entrar en un coche de segunda, se coló tras él. En el departamento iba otro viajero español (y no había nadie más), en quien al punto reconoció al catalán Nonell, que en el café del Pasaje le había desconcertado con los pronósticos referentes al Capitán Lagier. Reclinado con indolencia, el viejo marino comía lonjitas de carne fiambre que cortaba cuidadosamente con su navaja; delante tenía una cesta con diferentes vituallas entre papeles grasientos... Ibero se sentó frente a Clavería, y sin preámbulos habló así: «Mi Coronel, usted me ha dicho cosas que no entiendo, y otras que me lastiman por el despego con que me trata. Somos amigos, y por mi parte no quiero dejar de serlo».

     -Te conozco, Santiago -replicó Clavería sin abandonar su sequedad-, y sé que no has de revelarme a dónde vas dirigido, qué llevas, y quién te manda. Vuélvete a tu coche para que no caigas en la tentación de explicarme los fines de tu viaje. Si aquí te quedas, no podré yo contener las ganas de preguntártelos.

     Comprendiendo Ibero que le convenía conservar el misterio planteado por las enigmáticas [245] razones de Clavería, se dio mucha importancia, diciendo: «Hará usted bien en no preguntarme nada, pues yo a usted nada le pregunto».

     El catalán, que acababa de empinar una botella, bebiéndose de un tirón gran parte del vino que contenía, se limpió con la mano la boca, y soltó de ella estos conceptos roncos: «Déjate de músicas, Iberillo, y cuéntanos qué embuchado llevas a Londres. Don Jesús va llamado por Prim; yo mandado por Ramón Lagier. Tú no puedes decir lo mismo; y a propósito, hijo, espérate un poco: en Marsella vi a Ramón la semana pasada, y me dijo que te tiene ya por cosa perdida. En fin, con nosotros, que somos de ley y llevamos el corazón abarrotado de patriotismo, debes clarearte. Si no lo haces, pensaremos que llevas una encomienda traidora. Porque... para que lo sepas, la traición ronda nuestra Causa».

     Estupefacto miró Ibero a Clavería, el cual, después de afirmar enérgicamente con la cabeza, lo hizo con estas palabras: «Falsos amigos, Iscariotes hay en la causa, y los buenos patriotas debemos aplastar la negra traición. Tú eres un inocente; enredando con los espíritus, no ves lo que pasa en el mundo. ¿Sabes tú que la Infanta Luisa Fernanda y su marido Montpensier han sido desterrados por haber escrito a doña Isabel señalándole el mal camino que lleva la política?».

     -En París lo supe, y también que salieron [246] de Cádiz para Lisboa en la Villa de Madrid.

     -Pero no sabes que los unionistas que trabajan en Cádiz este negocio, Ayala, Barca, Vallín, se echan atrás si no aceptamos como futuro Rey de España al Duque de Montpensier... ¿Qué, te ríes de esta dificultad? ¿Qué significa esa cara de idiota que pones oyéndome lo que acabo de decirte?

     -Significa que no me da frío ni calor que esos señores y otros quieran encajarnos un Rey que los militares no habían de aceptar.

     -Veo que estás en Babia. Los Generales que fueron tetuanistas, ahora desterrados en Canarias, también respiran por el maldito Montpensier. Nuestro gozo en un pozo. Aquel júbilo, ¿te acuerdas?, con que celebramos la coalición, se nos convierte en rabia.

     -Prim triunfará de todo -afirmó Ibero, que con su lozano optimismo resolvía la temida cuestión-. ¿No cuenta con el Ejército?

     «De Cádiz y Ceuta he venido yo no hace mucho -dijo Clavería-. Los Cuerpos de guarnición en aquellas plazas están bien dispuestos. Las disposiciones son excelentes: de las agallas para salir no puede decirse lo mismo... Recordarás lo de Valencia, lo del 22 de Junio en Madrid... Hace tiempo que se emprendieron trabajos en otro organismo militar de gran poder. Ya lo teníamos ganado; ya lo teníamos cogido por los cabezones...». Ibero no entendía, y sus ojos, [247] clavados en el rostro del amigo, querían deletrear el pensamiento de este, que la palabra a intervalos mostraba y encubría... En tal punto, la voz de Nonell, con estruendo ronco de bocina, rompió en francas declaraciones: «Este tonto no sabe que está en el ajo la Marina... la Marina de guerra...».



     -Estaba -dijo Clavería con dejo melancólico-, porque Topete se ha cerrado en banda por Montpensier... y con este señor naranjista y paragüero no transigimos... Preferiríamos aguantar a doña Isabel, que siquiera es española.






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