La de los tristes destinos



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- XXI -

     Iban recomendados por los Bidaches a una casa modesta (Rue Paradis), y gracias a esta precaución, pudieron obtener un cuartito decente. Hallábase París en los días febriles de la Exposición Universal, en que Francia hizo potente alarde de su industria, de su riqueza y mentalidad luminosa; eran los días de la gran apretura de hospedajes; media Europa invadía París; la otra media hacía cola.

     Apenas tomaron tierra los enamorados aventureros, pusiéronse en comunicación con Úrsula Plessis, que vivía en la Rue Mont Thabor. Reiteró la comercianta de encajes la simpatía que en Olorón había mostrado a Teresa, y consecuente en su amabilidad, la llevó a su establecimiento para que se fuera enterando. Se convino en que mientras duraran las dificultades de hospedaje, continuarían viviendo en la Rue Paradis. Después se les agenciaría mejor acomodo. Iría Santiago a buscarla poco antes de las doce para almorzar juntos en cualquier restaurant barato de las calles próximas a Palais Royal; al anochecer harían lo mismo, retirándose a su casa después de comer. Las horas que Teresa pasaba entre encajes y blondas las consagraría [202] Santiago al divagar por París, aprendiendo en la práctica el laberinto de calles, bulevares y avenidas.

     El primer día le acompañó en este sabroso estudio un chico, hijo de un comisionista español, vecino de piso en la casa de Paradis; pero luego se procuró un plano, y con este amigo mudo se libró del otro, que era harto entrometido y molesto. Solito recorría París de punta a punta, viendo y admirando tanta grandeza y maravilla. Habíanle dicho que si quería ver españoles se fuera al Pasaje Jouffroy, y asistido de su plano fiel, allá se encajó una mañana... No hizo más que llegar, y le salieron dos compatricios, uno de ellos con su capa, terciada garbosamente. No se puede afirmar que en Agosto llevase tal prenda con objeto de abrigarse; llevábala sin duda para tapar la desastrada vestimenta de un triste insurrecto proscrito. Conocieron los tales a Ibero por la pinta (que los españoles pregonan la casta por el aire jacarandoso), y le abordaron resueltamente, entrando al instante en palique. «¿Qué tal?... ¿Usted por aquí?... Este París es un infierno... Todo aquí es farsa». De estos tópicos vulgares se pasó a charlar de política, de la Revolución fracasada por falta de cabezas... No había cabezas; no había más que pies para correr en cuanto sonaba un tiro... Ellos (el de la capa y el otro que se cubría con un gabán claro) eran víctimas de su amor a la Libertad. Les habían engañado; les habían sacado de sus casas, donde [203] tenían un modesto pasar, para meterles en jaleos de guerra, que se malograban por causa de los de tropa... «Mire usted, caballero -dijo el de la capa-. Yo puedo alzar el gallo; yo puedo acusarle las cuarenta al mismo don Juan Prim, porque vengo del Alto Aragón... yo me batí al lado de Moriones; yo ayudé a matar a Manso de Zúñiga...».

     -Alto ahí, señor mío -dijo Santiago con prontitud y sequedad-. Yo estuve en eso que cuenta, y no le vi a usted por ninguna parte. No éramos tantos que se pudieran confundir las caras y personas. Ni usted apareció por allá, ni sabe dónde está Linás de Marcuello.

     -Le diré a usted...

     «No me diga usted nada, porque es tarde y estoy de prisa. Abur». Y les dejó plantados, siguiendo su camino por el bulevar adelante hacia el de Italianos. Estaba de Dios que aquella mañana le saldrían españoles en cada esquina, porque apenas llegó a la de la Rue Drouot, se tropezó con don Jesús Clavería. ¡Oh sorpresa!... «Iberillo, ¿tú aquí?». No le había visto desde que en Urda recibió de él las cartas para Muñiz y Chaves. Cambiados los saludos afectuosos, Clavería le dijo: «Ya sé, ya sé que has tomado un papel poco lucido: el de redentor de Teresa Villaescusa, de esa...».

     Cortole Ibero la palabra con rápido ademán y un mirar luminoso. La protesta enérgica y concisa remató el efecto. «Mi Coronel, [204] ya sabe que le quiero y le respeto. Pero con todo el respeto del mundo, le digo que ni usted ni nadie hablará mal, delante de mí, de una mujer que por mujer merece consideración, y por estar conmigo tiene quien contra todo el mundo la defienda».

     El tono y la dignidad del lenguaje impusieron comedimiento a Clavería, que, por otra parte, no estaba de humor de romper lanzas por una redención de más o de menos. Conocía bien las cualidades de Ibero, su tozuda entereza, y la prontitud con que solía poner los hechos como remate y complemento de las palabras. Echose atrás con más benevolencia que cobardía, y palmoteándole en el hombro, le dijo: «Bien, hijo; no te enfades. A mí nada me importa. Redime todo lo que quieras». Fácilmente llegaron a conversación menos espinosa. «Vengo a París a ver mundo -dijo Ibero-, y a servir a la causa si en algo puedo servirla». Contole después la frustrada aventura en Linás de Marcuello, que Clavería oyó con vivísimo interés, diciendo al fin: «Es preciso que hablemos. Hoy no puedo detenerme contigo, porque me está esperando Monteverde, que me ha convidado a almorzar... Acompáñame un rato, y charlaremos».

     Bulevares arriba, Clavería informó a Santiago del gran número de españoles de todas castas que en aquellos días había en París, atraídos por la interesante y espléndida Exposición. «¿Sabes a quién tienes aquí? [205] A Manolo Tarfe: vive en la Rue Helder... ¿No es también amigo tuyo y protector el Marqués de Beramendi? Pues en París está con toda la familia, en un hotel elegante y recogido, Rue Ville l'Eveque, detrás del Elíseo». Algo le dijo también tocante a planes revolucionarios; pero con tanta brevedad, que fue más bien programa para otra entrevista.

     Aprovechaba Ibero su tiempo tan metódicamente, que en pocos días dio rápidos vistazos a las salas del Louvre, a Cluny, a los Inválidos, al Bosque de Bolonia; subió al Arco de la Estrella, a la Columna de Vendôme, al Pozo artesiano de Grénelle, alternando este recreo instructivo con las visitas a la Exposición. Si los monumentos y jardines le causaban alegría y asombro, no gozaba menos en el gigantesco palacio del Campo de Marte, o de Marzo, construido en forma elíptica con la más lógica y práctica distribución que pudiera imaginarse. Las líneas ovales guiaban al curioso en dirección de las materias expuestas; las líneas radiales en dirección de las naciones que exponían.

     En el Parque de incomparable amenidad que rodeaba el palacio, vio Ibero al famoso Maltranita, muy elegante, llevando del brazo a una señora joven, que debía de ser su mujer. Sin duda el mozo positivista y cuco había encontrado el partido de boda que perseguía como cazador codicioso en el coto social. Aunque Maltranita vio a Santiago y [206] sin duda le había conocido, no creyó decoroso saludarle, por la inferioridad jerárquica que anunciaba el traje del amigo. Este tampoco se dio por entendido, y le hizo todos los honores de su desprecio. Con la guía en la mano, el soplado señorito y su esposa, que era raquítica y de muy poca gracia, se detenían ante cada una de las instalaciones del Parque, poniendo todo su asombro, lo mismo en el gigantesco cañón de Krupp o el martinete del Creusot, que en la cabaña suiza, llena de chucherías de tallada madera. De este modo almacenaban en su cerebro impresiones bien catalogadas, para llevarlas a Madrid y despatarrar a la gente con el recuento maravilloso de lo que habían visto.

     En tanto, Teresa, contentísima de su iniciación, daba a Ibero cada noche cuenta de sus adelantos. Ya se iba soltando en el francés: la continua charla con sus compañeras le enseñaba los secretos del idioma y las inflexiones del acento. Ya conocía todas las clases de encajes, y distinguía perfectamente lo legítimo de lo falsificado por esmerada que fuese la imitación. Ya sabía empalmar los pedazos del Bruselas sin que se conocieran las uniones; el Valenciennes, el Chantilly, Punto de Alençon, Brujas, los Guipures inglés y venecianos, éranle familiares, como amigos de toda la vida. En fin, adelantaba prodigiosamente, y Úrsula no cesaba de elogiarla por su entendimiento, por la sutileza de su vista y la delicadeza [207] de sus dedos en aquel difícil trabajo. Con idea de alentarla le había señalado dos francos... A mediados de Septiembre hallaron, por mediación de la misma Madame Plessis, un cuarto baratito, Rue Saint-Roch, no lejos del establecimiento, y abandonada la primitiva casa, instaláronse en su nuevo nido.

     Una mañana, en la segunda quincena de Septiembre, encaramado Ibero en la imperial de un ómnibus (Madeleine Bastille), se cruzó con otro coche, en cuya imperial iba Vicente Halconero con su padrastro. El cojito vio a Ibero, y alargando los brazos, llamole con un grito de alegría que le salía del corazón. Al grito volaron las miradas de Santiago tras el otro ómnibus, que andaba rápidamente; vio a Vicentito, mandó parar, se bajó; mas cuando puso el pie en el asfalto del bulevar, su amigo, el gran sabedor de historia escrita, estaba ya tan lejos que no había medio de alcanzarle... ¡Qué contrariedad, qué pena! Perdido el amigo en el caudaloso río de gente y caballos, desapareció como navegante arrastrado de veloz corriente...

     Los días se deslizaban fáciles y entretenidos en la inmensa metrópoli. Agradaban a Ibero singularmente las excursiones al campo con que los parisienses trabajadores suelen reparar cuerpo y espíritu del ajetreo de toda la semana. Salía con Teresa muy ufano por aquellos lindos suburbios. Comían al aire libre, paseaban por florestas [208] tupidas o asoleadas praderas, se mecían en columpios, remaban sobre el Sena en barquillas gallardas. Iban a estas gratas expansiones con las compañeras del taller de encajes, y se les agregaban mozalbetes del comercio, obreros diamantistas, y algún estudiante hirsuto y pálido del Barrio Latino. En una de aquellas jiras, dos, tres muchachos se permitieron acosar a Teresa con galanteos impertinentes, y apenas vio esto el fogoso Ibero, salió como un león a poner su fiereza entre tales groserías y la señora de sus pensamientos. Del primer ímpetu les soltó una fuerte andanada en español neto, por no dominar el francés. Quedaron ellos cortados y sin saber qué decir; pero el estudiante melenudo, desconociendo el peligro que corría, revolviose contra Santiago echándole a la cara una de las palabras francesas más feas que se pueden decir a un hombre. Ibero, que se oyó llamar macró, y que sabía lo que significaba, arremetió furibundo contra los tres, y del primer zarpazo cayó uno en tierra y los otros salieron pitando bosque arriba. Levantose el caído, chillaron las mujeres, acudieron otros merendantes, oyéronse voces conciliadoras y proposiciones de paz. Los jóvenes dispersos no querían volver, temerosos de que Ibero sacara la navaja, arma que inspira más terror fuera que dentro de España... Todo se arregló al fin, dio excusas el de las greñas, y la partida continuó tranquila hasta la hora de retirada, los jóvenes refrenados en su lenguaje, [209] Teresa orgullosa, y Santiago dispuesto a proceder con igual prontitud siempre que fuera menester.

     No consentía el riojano alavés la menor sombra en su decoro; el mote infamante le lastimaba más que cien bofetadas. Deseando evitar para lo sucesivo suposiciones injuriosas, al día siguiente, de acuerdo con Teresa, visitó por segunda vez a Clavería para pedirle con vivas instancias que le proporcionase una ocupación bien o mal retribuida. Tempranito fue a casa de su amigo temiendo que se le escapara. Encontrole vistiéndose, y a las primeras indicaciones del asunto, respondió Jesús: «Ya se hará, hijo; ya tendrás ocupación. No te apures; ten paciencia y fe, como todos los penitentes españoles que estamos aquí privados del placer honestísimo de ver bajar la bola en la Puerta del Sol. Por de pronto, te convido a almorzar: esto ya es algo».

     Salieron juntos, y cuando requerían el ómnibus que había de llevarles al Campo de Marte, Jesús continuó así su charla: «No soy yo quien te convida, sino un español que me convida a mí y otros; y yo te agrego, porque para este buen señor no hay mayor gozo que encontrar compatriotas a quienes obsequiar. Es un caballero aragonés llamado don Manuel Santa María, dueño de una fuerte y acreditada casa de comisiones. Poseedor de mucha guita, emplea parte de ella en dar gusto a su patriotismo y a sus ideas radicales. Es el paño de lágrimas de [210] los emigrados pobres, y a veces intermediario de la correspondencia secreta entre Prim y todos nosotros». Por último, indicando que el señor Santa María les daría de almorzar en el comedero español de la Exposición, servido por el Café Universal de la Puerta del Sol, dijo: «Tú ya tendrás ganas de comer cocido. Puede que también nos den paella, o bacalao a la vizcaína». En el Parque les esperaba Santa María, que era un señor de mediana edad, moreno, afeitado totalmente el rostro, de ojos vivos, tipo de indiano. Con él estaba un sujeto flácido, tuerto, el rostro picado de viruelas y reñido con el agua, la cabellera reñida con los peines, trajeado de la manera más fachosa y mísera. Ibero le conoció al instante: era Carlos Rubio.

     Antes de que terminaran los saludos, Santa María, desconsolado, hizo esta pregunta: «¿Y Sagasta?». Clavería y Rubio afirmaron que la noche antes le habían hecho la invitación en nombre de don Manuel; pero desconfiaban de su asistencia. Era mal madrugador, y para venir desde la Isla de Saint-Denis, tenía que tomarse dos o tres horas de delantera. «Pero a cambio de ese riojano que nos falta -dijo Clavería-, le traigo a usted este otro, de ilustre familia. Como yo, como tantos otros, es víctima de su amor a la Libertad». El agrado, la benevolencia paternal con que le acogió el aragonés dieron regocijo y alientos al pobre muchacho... ¡Si obtendría de aquel excelente [211] señor la ocupación que deseaba...! Entraron en el restaurant, donde Rubio y Clavería saborearon la ilusión de hallarse en el Café Universal de Madrid, pues allí estaba el dueño, don Juan Quevedo, un astur amable y narigudo; allí Pepe el malagueño, brujuleando de mesa en mesa, siempre zaragatero y servicial.

     Comieron lo más hispanamente que era posible en aquellas latitudes, sin perdonar los castizos garbanzos; charlaron y ojalatearon de lo lindo, arreglando las cosas a su gusto. El más callado era Ibero, que no osaba manifestar sus opiniones ante los tres para él respetables patricios... Ya tomaban café, cuando entró Manolo Tarfe, presuroso y fatigado, como el que viene de muy lejos con el peso de una noticia de sensación. Alegrose al ver a Clavería, y llegándose a él le dijo: «Al fin le encuentro, querido Jesús... He estado en su casa, donde me dijeron que...». Se interrumpió para saludar a Carlos Rubio; saludó también gravemente al caballero aragonés, como a persona desconocida, y para Ibero tuvo una frase familiar y cariñosa. «¿Ocurre algo?» preguntó el Coronel, vislumbrando en el rostro del amigo un secreto que quería echarse fuera. «Sí -replicó Tarfe-: ya hablaremos...».

     Dijo entonces Santa María que si tenían algo reservado que tratar, aguardaran no más que dos o tres minutos, porque él tenía que marcharse. «Ya sabe usted, mi querido Clavería, que a las dos hago falta en mi escritorio... [212] Si hay noticias buenas de España, ya me las comunicará usted». Aceptó Tarfe el café que le ofrecieron, y cuando a tomarlo empezaba, retirose el aragonés con afectuosa despedida de todos. «Bien pudo usted -indicó Clavería- decirnos todo lo que quisiera delante de nuestro amigo, que es de una discreción a toda prueba. Pero en fin, ya estamos solos. Desembuche. ¿Qué hay?».

     Después de mirar en torno, Tarfe bajó la voz para soltar en el oído de los tres emigrados esta que bien podía llamarse bomba: «Ya está iniciada la inteligencia de los unionistas con el general Prim... La magna coalición será un hecho muy pronto».

     Las primeras exclamaciones fueron de duda más que de alegría... Siguió un fulminante tiroteo de frases entre los tres, pues Ibero no hacía más que oír y callar.

     «¿Quién ha iniciado la inteligencia?».

     -El general Dulce. Ha venido de Biarritz a conferenciar con Olózaga.

     -¿No era más natural que conferenciara con Prim?

     -Para eso ha ido a Ginebra Cipriano del Mazo.

     -¿Y de O'Donnell, qué?

     -O'Donnell... ¡ah!... él no hace... pero deja... deshacer.



- XXII -

     Pasados algunos minutos en interrogaciones rápidas, comentarios ardientes y resoplidos de entusiasmo, restableciose la serenidad, y refirió Tarfe pormenores del gran suceso. «El proyecto de coalición se había elaborado en Bayona por Dulce y Mazo, con asistencia de Muñiz. Este telegrafió a Prim lo tratado en la conferencia. El mismo día contestó Prim desde Ginebra: Acepto. Que venga Mazo. En Bayona se comunicó el proyecto a los emigrados Montemar, Damato, Moriones y Moreno Benítez, que lo encontraron de perlas... Si quieren ustedes saber más, averigüen lo que estarán hablando ahora don Salustiano y Dulce. Como yo vengo calentando este horno desde el otoño pasado, el amigo Dulce, al llegar a París esta mañana, vino a parar a mi hotel; me puso en autos. Después de hablar con Olózaga volverá a Biarritz, y yo me voy con él... Queremos estar junto a don Leopoldo». Como terminara indicando que convenía enterar del suceso a los emigrados de más viso, Clavería, frotándose las manos de gusto, dijo: «Yo me encargo de eso, mi querido Manolo. Rubio irá esta tarde a la Isla de Saint-Denis, y por la noche veré yo a don Joaquín Aguirre». [214]

     No pudiendo detenerse más el simpático vicalvarista, despidiose de los tres con apretones de manos y frases de lisonjera esperanza: «Ahora sí que vamos bien... Ya marchamos cuesta abajo... ¡Al éxito, amigos; al triunfo!». En cuanto salió Tarfe, pidió Clavería papel y pluma, y escribió esta carta:

     «Mi querido Santa María: ¡Hosanna, Aleluya, y viva la Libertad! Me apresuro a comunicar a usted que la Unión liberal y el Progreso se han dado ya la mano, y pronto se abrazarán para realizar como un solo partido la salvación de España. Ya le contaré a usted detalles y le diré nombres... ¿Recuerda usted, mi noble amigo, que ayer mismo hablamos de esto, y usted dijo: '¿Pero en qué piensan esos hombres que no posponen sus agravios mujeriles al bien de la patria?'. Pues la coalición se ha planteado; todos la quieren; se hará.

     »Y ahora, mi bonísimo don Manuel, no me riña si le digo que este notición, que a usted, como a todos, le hará feliz, no puede ser gratuito. El portador de la presente, Santiago Ibero, natural de la Rioja Alavesa, es hombre de relevantes prendas, leal como ninguno, inteligente como pocos, y además liberal y patriota, que ha derramado su sangre por nuestras ideas. Emigrado está como yo, como otros ciento y mil; pero carece de recursos, y yo me atrevo a recomendarle a la benevolencia de usted para que le proporcione una colocación en cualquier industria [215] o dependencia comercial. Confío en que la grande alma del patriota no desatenderá este ruego... Salud, Libertad... y francos. Su siempre reconocido amigo q.b.s.m. -Clavería».

     Clío Familiar reproduce esta generosa carta para documentar históricamente la colocación que tuvo Ibero en la casa mercantil del señor Santa María, con la retribución diaria de cinco francos. La noche que Santiago llevó a su mujer la estupenda nueva de su destino, el regocijo de ambos estalló en apasionadas carantoñas de amor; permitiéronse un extraordinario en la comida; después se fueron a ver una funcioncita en el Guignol mecánico de los Campos Elíseos. Teresa ganaba ya tres francos, con esperanza de llegar pronto a cuatro. Eran felices: París, el monstruo benéfico, les cogía de la mano y les llevaba por senda angosta y áspera... pero bien derecha, y conducente a los grandes fines de la vida.

     El destino de Santiago era de almacén, para llevar la entrada y salida de géneros, anotando los bultos y su peso en un libro, y al propio tiempo en hojas que servían para comprobar las operaciones de transporte. Exigía este cargo gran escrúpulo en los asientos, y vigilancia extrema de los cargadores y camioneros. Ponía Santiago en su obligación los cinco sentidos, y su principal estaba contento de él. Solía el señor Santa María emplearle también en comisiones no comerciales, tocantes a su concomitancia con los [216] emigrados. Una noche de la primera semana de Noviembre le llamó a su despacho, y mostrándole varios pliegos que introdujo en un sobre grande, le dijo: «Mañana muy temprano vas a llevar esto a la Isla de Saint-Denis. ¿No sabes dónde es? Saca tu plano, y te indicaré... ¿Ves la estación del Norte? Pues aquí tomas tu billete y te metes en el primer tren que salga... En diez o quince minutos estarás allá. Buscas la calle du Bocage, y... ¿Conoces tú a Sagasta?».

     -Sí, señor: en Madrid le vi más de una vez. Su cara no se me despinta.

     -Bueno; pues este paquete de cartas has de entregarlo a Sagasta en propia mano. Podrías darlo a su compañero de vivienda, Juan Manuel Martínez; pero como no le conoces personalmente, no te expongas a dar el pliego a un individuo que tomara su nombre para engañarte. Sólo a Sagasta darás lo que llevas... Si este o Martínez tuvieran algo que decirme, ello será seguramente por escrito... en este caso, te esperas, dándoles todo el tiempo que necesiten para escribir... Otra cosa: ya olvidaba decirte que les llevarás de palabra una noticia... Si esta noche la sabemos pocos, mañana será pública en París... En cuanto veas a Sagasta, le dices: «Ha muerto O'Donnell...». Si quieres dar pormenores, añades que ha muerto en Biarritz, hoy... según parece, de indigestión de ostras.

     Temprano salió Ibero a su comisión, sin madrugar mucho, pues ya sabía por don [217] Jesús que nuestros emigrados dejaban tarde las ociosas lanas. Siguiendo las instrucciones de su principal, tomó billete en la estación de la plaza Roubaix, y se puso en camino. La niebla que en aquella desapacible mañana de Noviembre invadía París, era en la zona Norte densísima. Al llegar al lindo pueblecito llamado Isla de Saint-Denis, no pudo orientarse fácilmente: las casas se desvanecían en la blancura lechosa; las personas, encogidas de frío, transitaban a prisa, con pocas ganas de dar informes al forastero que en mañana tan cruda venía preguntando por la Rue Bocage. Al fin, no sin trabajo, dio con la calle y el número. Entró en la casa; una viejecita le encaminó arriba; llamó... tardaron en abrir... abrió al cabo un joven alto, moreno, de ojos vivos, boca grande y risueña. Díjole Ibero que traía un recado de don Manuel Santa María para el señor Sagasta.

     «Práxedes ha salido. Puede usted dejarme a mí el encargo. Soy Juan Manuel Martínez».

     -Dispénseme, señor: me han dicho que entregue mi encargo en la propia mano del señor Sagasta.

     -No tardará mucho. Pase usted. Perdóneme: estaba encendiendo la lumbre cuando usted llamó, y temo que se me apague.

     El tal Martínez le llevó a una cocinita próxima a la puerta de entrada, y cogiendo un fuelle sopló en los carbones para que en ellos acabara de prender la llama de unas [218] teas. «Como no tenemos criados, nosotros lo hacemos todo -declaró ingenuamente, sin abandonar la sonrisa larga y afable-. Práxedes ha ido por agua al río, y yo tengo que hacer nuestra compra».

     -¿Quiere usted que le ayude? -dijo Ibero, movido de los sentimientos más generosos-. Si a usted le parece, puede ir a la compra, y yo quedaré aquí al cuidado de la lumbre.

     -Gracias, amigo -replicó Martínez-. Me figuro que también usted es emigrado.

     -Y a mucha honra. Emigrado para servir a usted, y muy amigo del señor Clavería.

     -¡Ah!... todos somos amigos, todos somos unos. Pues si quiere ayudarnos, oiga lo que se me ocurre. Mientras yo voy a la compra, usted se va al encuentro de Sagasta. El pobre ha llevado hoy, además del cubo, un jarro muy grande: los dos cántaros llenos han de pesarle una atrocidad. Es algo indolente, y poco aficionado a ejercicios corporales. Si usted trae el cubo, o siquiera el jarro, lo agradecerá mucho.

     Conforme Ibero con este plan, bajaron a la calle, y Martínez, con su cesta colgada del brazo, indicó al mensajero la dirección segura para llegar al río. Separáronse, tomando cada cual distinta dirección. La niebla empezó a desgarrarse en jirones vagos. A los diez minutos de marcha, distinguió Ibero la mansa corriente del Sena, como un cristal esmerilado. Acercose a la orilla por [219] angosto sendero entre céspedes, y vio venir a un hombre agobiado, andando lentamente, con un grave peso en cada mano. Llevaba el cuello del gabán subido hasta las orejas, sombrero hongo, pantalones doblados a estilo de pesca, las botas mojadas de la gran humedad del suelo herboso. Cuando estuvieron frente a frente, dijo Ibero: «Señor don Práxedes, le traigo unos pliegos de su amigo Santa María».

     «¡Hombre...! -exclamó Sagasta risueño, con toda la gracia bondadosa que le era peculiar-, hombre... de Santa María... pliegos... Vamos a casa». Y al decirlo dejó en el suelo los pesos que llevaba, y tomó un gran aliento, pues venía ya fatigadísimo.

     «Vamos a casa, señor -dijo Ibero-; pero no está bien que usted cargue estas cosas... Yo lo llevaré...».

     Quiso don Práxedes resistirse a que el desconocido le sustituyera en el acarreo de agua; pero Santiago se apoderó de la carga y echó por delante diciendo: «Yo estoy aquí para servirle a usted, y ahora, de camino para su casa, le daré una noticia: ha muerto el general O'Donnell».

     -¡Hombre, hombre!... ¿Pero es cierto?... ¿Y dónde ha sido?... En Biarritz de seguro.

     -Allí... Parece que comió demasiadas ostras. Los periódicos de hoy lo traerán...

     La inopinada y grave noticia detuvo a Sagasta en su camino. Absorto quedó mirando al mensajero... Por su mente pasó la noble figura escueta del Duque de Tetuán; [220] pasaron detrás la Vicalvarada, el Bienio, las luchas parlamentarias desde el 54 hasta el 65, en que él, Sagasta, había tantas veces combatido airadamente al vencedor de África. El paso de aquellas históricas páginas por la memoria del tribuno proscrito iba dejando en su alma sensación de frialdad. Una época de empeñadas contiendas pasaba y moría... «¡Qué frío hace!» exclamó el buen Práxedes moviendo los brazos para activar la circulación. Y pensó en la Historia próvida y renovante, que tras de la muerte trae la vida, tras el frío el calor. Inmenso hueco dejaba O'Donnell; mas era el vacío que la idea nueva esperaba para cimentarse... «Vamos, amigo -dijo Sagasta con súbita impaciencia-. En casa hablaremos. ¿Cómo se llama usted?».

     -Santiago Ibero: soy también riojano; pero alavés, del lado acá del Ebro. Tal vez haya usted oído nombrar a mi padre, que se llama lo mismo que yo.

     -Me suena ese nombre. ¿Su padre de usted es militar? ¿Sirvió con Zurbano?

     -Sí, señor. Hace tiempo que está retirado. No sale de nuestra casa de Samaniego... Conocerá usted a mi tía Demetria, la señora de don Fernando Calpena.

     -Precisamente les he visto aquí en Julio. Vinieron a la Exposición.

     Tembló Santiago pensando en el posible encuentro con personas de su familia, y ya no habló más de parientes lejanos ni próximos. Melancólicos prosiguieron ambos, y a [221] la casa llegaron cuando Martínez, de vuelta de la compra, preparaba el almuerzo. «Juan Manuel -dijo Sagasta asomándose a la cocina-, O'Donnell ha muerto». El otro ya lo sabía: había comprado La Liberté.

     Mientras Juan Manuel trasteaba en la cocina, don Práxedes recogió de manos de Ibero el voluminoso paquete, donde venían comunicaciones reservadas, unas de Madrid, otras de Bruselas. Después de pasar por ellas la vista con vaga atención, gritó: «Juan Manuel, oye... ven un momento. Se me olvidó decirte que hagas también almuerzo para este joven». Ibero dio las gracias, excusándose con que tenía que partir pronto; pero al fin, tanto le rogaron, que hubo de quedarse. «No tenga usted prisa, joven -le dijo Sagasta sonriente, rascándose la barba-. En este mundo no hay nada peor que las prisas... Si corremos tras de las cosas, encontramos siempre las peores. Las buenas, créanlo ustedes, vienen a nosotros».

     Sirvió Martínez una tortillita para los tres, y una chuleta por barba, y bebieron de un Borgoña superior, resto de un obsequio que les había hecho el diamantista Samper... Llegó para Santiago el momento de tocar a retirada. Despidiose con estas razones: «Es muy grato estar aquí; pero yo tengo que hacer, y ustedes también». Sagasta, indolente y festivo, obsequió al riojano con un insípido cigarro de la Régie, diciéndole: «Nuestros quehaceres no son muy grandes que digamos. En cuanto despachemos la correspondencia, [222] fregaré la vajilla, y luego nos iremos a pasar un rato en el café del pasaje Choiseul...».

     Apenas desapareció Ibero, Juan Manuel, haciendo de secretario, leía los pliegos y extractaba su contenido. «Aquí nos dice 83 que continúa celebrando reuniones con 104. A la última concurrió 90, sin que de él pudieran obtener nada concreto».

     -90 es el Duque de la Torre, ¿no es eso?

     -Justo. Asistió a la conferencia con Dulce y don José Olózaga; pero se mostró muy reacio... Este otro pliego nos lo manda Alcoriza (el cura Alcalá Zamora), diciéndonos que 28, el amigo de Sevilla, tiene a la disposición de la Junta tres mil quinientos duros, y que, según comunicación del amigo de Cartagena, 47, entre la gente del Arsenal hay cada día más partidarios de la Revolución.

     -El amigo de Sevilla es Arístegui, y el de Cartagena, Mogrovejo.

     -No: Mogrovejo, 171, es el de Alicante.

     «Dichoso tú, que con tan buena memoria retienes esos números que son personas», dijo Práxedes, mirando vagamente los giros del humo de su cigarro. A esto siguió una pausa... Martínez leía para sí. Sagasta, después de breve meditación, expresó estas ideas, que demostraban su grande agudeza y el conocimiento de hombres y cosas: «Juan Manuel, oye: muerto don Leopoldo, y Dios le haya perdonado, se puede dar por concluida la etapa de las sublevaciones locales, [223] de los alzamientos chicos, y de las intentonas con partiditas y tontadas... O'Donnell se va, y con su ida acaba la época de los sargentos y empieza la de los generales... Entendámonos con los tetuanistas, y lo que falte lo hará Narváez con sus violencias. La conspiración grande mata la conspiración chica: ¿no crees tú lo mismo?».

     -Sí... pero si abandonamos en absoluto la pesca chica -opinó Juan Manuel-, no cogeremos tan fácilmente los peces gordos... Sigamos ahora (le da una carta). Aún hay algo muy importante.

     -Ya -dijo Sagasta displicente, leyendo con rápido pasar de ojos-. Nuestro bonísimo Santa María nos repite la murga de que debemos parlamentar con don Carlos... Y me incluye una carta de don Félix Cascajares, que sigue en su manía de identificar al Pretendiente con la Revolución... ¡Vaya por dónde le ha dado a este viejo progresista! Y no es él solo. ¡Qué cosas vemos, Juan Manuel! ¿Pero qué piensan?... ¿Creen posible que traigamos a ese señor a ocupar el Trono? Ya he dicho a Prim que me parecen ridículos esos tratos y contubernios... Y Prim, erre que erre, empeñado en echarme a mí el mochuelo... ¿Qué puedo yo proponer a don Carlos que él acepte? ¿Qué puede don Carlos proponerme a mí que me parezca admisible?

     -Pues mira lo que dice Prim (alargándole una carta). La conferencia se celebrará por delegación. Tú representarás nuestras [224] ideas; don Ramón Cabrera, las de don Carlos.

     -¡Cabrera y yo! (con suprema indolencia). ¡Y tengo que ir a Londres! (lee rápidamente, fijándose en lo más importante). «Conviene, mi querido 50, que vaya usted a conferenciar con el Tigre del Maestrazgo, no para que lleguemos a una inteligencia, cosa imposible, sino para entretener a don Carlos... Ya que no nos ayuda en la Revolución, debemos hacer todo lo posible para que no nos estorbe... (Pausa. Sagasta rehace su voluntad desmayada.) Iremos a Londres».

     Martínez guardó los papeles; cogió una escoba, disponiéndose a la limpieza y arreglo de la casa. «Y qué, ¿vamos esta tarde a París?».

     -Iremos un rato al café del pasaje Choiseul -replicó Sagasta acometido de nerviosa actividad-. Prometí a Gambetta que nos veríamos esta tarde... Pero antes, atendamos a nuestras obligaciones. Voy a lavar la loza.








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