La de los tristes destinos



Descargar 0.89 Mb.
Página10/19
Fecha de conversión16.12.2018
Tamaño0.89 Mb.
Vistas323
Descargas0
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   19

- XIX -

     Algunas docenas de casas míseras, formando callejuelas y una irregular plaza, componían el lugar de Linás de Mascuello, a la falda de un cerro, del conglomerado rojo que tanto abunda en tierras de Aragón. Frente al pueblo, por la parte contraria al monte, había eras extensas; seguían terrenos cercados de frágiles tapias de adobes, entre las cuales una o dos callejas comunicaban el lugar con el camino de Ayerbe. [181] Por estas callejas tenía que entrar forzosamente Manso de Zúñiga.

     Moriones, que en el escalafón del Ejército no era más que Capitán, tenía título y autoridad de Coronel en las falanges de la emigración revolucionaria. Al frente de los sublevados aragoneses apareció vestido de paisano, con chaquetón parduzco, sombrerillo blando, el ala inclinada por delante al modo de visera, sin ninguna insignia ni distintivo militar, sin armas a la vista. Era un hombre duro, seco, voluntarioso, fruto de la tierra clásica del baturrismo, Egea de los Caballeros, una de las Cinco Villas de Aragón. Su valor temerario, unido al maravilloso instinto estratégico, hacían de él un guerrillero indomable. En la Guerra de la Independencia no habría tenido rival; en la Civil habría sido un Zumalacárregui; en aquella nueva contienda entre españoles por un más o un menos de Libertad, ocasión y medios le faltaron para realizar verdaderas maravillas. Bien acreditó su maestría guerrillera en la intentona de Agosto del 67, recogiendo y organizando a los carabineros con los ardides y el rigor necesarios en tales casos, y agregándoles los fornidos montañeses de Hecho y Ansó. A estos llamaban vulgarmente cheses; su atavío, describiendo de abajo arriba, era: peales, calzón, faja morada, chaqueta jaquesa, sombrero redondo sobre el pañuelo, en los más pañuelo solo, muy ceñido a la cabeza.

     Desde el mediodía, esperando por momentos [182] la visita de las tropas regulares, Moriones dispuso a su gente en esta forma: tras de las tapias de los callejones por donde forzosamente habían de entrar en el pueblo los soldados, puso a los carabineros, con orden de agazaparse tumbados en tierra, o al abrigo de los adobes. A los cheses colocó en las eras, tapando por izquierda y derecha las primeras bocacalles del pueblo. Silvestre Quirós, que como ayudante de órdenes llevaba a su lado a Santiago Ibero, mandaba una de las secciones de esta fuerza. Los demás obedecían al sargento Miranda y a otros improvisados oficiales, que si carecían de galones y distintivos, iban bien pertrechados de coraje. Los sargentos supervivientes del 22 de Junio sentían particular ojeriza contra los Cazadores de Ciudad Rodrigo, y querían vengarse de aquel Cuerpo, porque, comprometido a sublevarse con los artilleros, faltó por estar aquel día de guardia en Palacio.

     Apenas ocupados por los carabineros y cheses los sitios en que Moriones les puso, el militar bullicio de cornetas y clarines anunció el avance de la tropa. Manso de Zúñiga debía de ser hombre de grande arrojo, porque en vez de iniciar su ataque enviando una o dos compañías al reconocimiento de las entradas del pueblo, no hizo más que colocar la Caballería en el sitio por donde a su parecer habían de escapar los sublevados, y poniéndose al frente de los de Ciudad Rodrigo, con ciego ímpetu se lanzó [183] por la primera calleja que vio delante. Procedió como un capitán de Cazadores mandado a tomar pronto una posición secundaria.

     Heroica fue la cadetada, si así puede llamarse, de Manso de Zúñiga, y con el arranque que tomó, pudo en tiempo brevísimo pasar con sus soldados la calleja sin que los disparos de los carabineros hicieran en estos gran estrago. Y tan de súbito entró el General en las eras, que los cheses, viéndole aparecer a caballo con toda su bravura y marcial arrogancia, seguido de los Cazadores, y oyendo las espantables voces guerreras del caudillo y su tropa, se sobrecogieron; faltos de práctica, pensaron que el mundo se les venía encima, y poseídos de terror buscaron refugio en las primeras calles del pueblo.

     Rápido como el pensamiento, acudió Moriones al peligro. Por las callejuelas laterales del pueblo salió al encuentro de los cheses; los contuvo, los atajó con furibundos empellones, les arengó, mezclando bárbaramente la idea patriótica con sonoras desvergüenzas baturras, y al fin pudo empujarlos a las eras, recobrados del pánico que los lanzó a la fuga. Tan breve fue esta reacción, que apenas tuvo tiempo Manso de Zúñiga para reconocer las entradas del pueblo y distribuir su gente para un nuevo ataque. En tal situación, reapareció en las eras el grupo más decidido de cheses, mandado por el sargento de Artillería, Miranda; tras [184] aquel pelotón llegaron otros, y se empeñó un vivo tiroteo entre paisanos y Cazadores; a los disparos siguieron las embestidas cuerpo a cuerpo: un ches mató a un soldado; otro soldado mató al ches; un segundo ansotano vengó la muerte de su compañero, y así fueron cayendo en tierra muchos hombres.

     En medio de esta confusión, el General regía su caballo de una parte a otra, tratando de estimular a los suyos y de impelerles a un ciego heroísmo. Desde la callejuela próxima, las imprecaciones baturras de Moriones cantaban el himno del combate. Inútiles resultaban los esfuerzos de Manso, y los Cazadores de Ciudad Rodrigo abandonaron despavoridos el terreno. Con fuertes voces los llamó y arengó su Jefe, hasta que las heridas que había recibido le privaron de la palabra. Caballo y jinete se desplomaron. Acudió Miranda, acudieron otros a levantarle y hacerle prisionero. En el momento en que Miranda le agarraba el brazo, los ojos agonizantes de Manso dirigieron al artillero la última mirada que tuvo para este mundo... Entre unos ojos y otros se cruzaron los rayos lívidos del trágico duelo de España.

     Con movimiento velocísimo, pues corrían el riesgo de que se rehicieran los de Ciudad Rodrigo y volviesen con mayores bríos, Miranda le quitó al General la espada, y viendo que aún respiraba, hizo ademán de rematarle. Ibero le contuvo diciendo: «Déjale; [185] ya está muerto». Advirtiendo algunos que el enemigo volvía, clamaron a retirada. Miranda le quitó al General el ros, y como exhalación salió de las eras tras de sus compañeros, llevando la escopeta en la mano derecha, el ros en la izquierda, y en la boca la espada del valiente y desgraciado Manso de Zúñiga.

     Volvían, sí, los Cazadores de Ciudad Rodrigo, porque un hijo del General venía en la columna, alarmado de que su padre quedase en las eras después de retirada la tropa, corrió allá con dos compañías... No pudo hacer más que recoger el cadáver del que había sido víctima de su propia impetuosidad. La gente de Moriones se replegó a la parte opuesta del pueblo, donde había quedado la reserva mandada por Pierrad, y estupefactos advirtieron que el General y sus hombres habían desaparecido. Ello debió de ser con bastante antelación, porque no se distinguía bicho viviente en todo lo que alcanzaba la vista. Sin duda, viendo Pierrad la primera desbandada de los cheses, creyó que aquello estaba perdido, y se puso en salvo. Aquí de los desahogos baturricos de don Domingo Moriones y de sus quejas airadas. Pero en realidad era injusto con su compañero, porque él tuvo que hacer lo mismo. Aunque habían tenido la suerte de matar al Jefe de la columna, siempre resultaba desigualdad enorme entre los sublevados y las fuerzas del Gobierno. En estas permanecían intactas la Caballería y Guardia [186] civil. Moriones y Pierrad juntos, no podrían librarse de ser acuchillados y deshechos por las tropas regulares. Retirose, pues, el sagaz Moriones, porque vio clara su inferioridad, y porque no sabía que la columna iba muy escasa de municiones; que en aquellos tiempos ya nuestros Gobiernos solían mandar los soldados a la guerra sin la conveniente provisión de pólvora y balas.

     La retirada fue penosa. Traspasados durante la noche los cerros de Marcuello, fueron a parar a Anzánigo. En este pueblo, donde quedaron algunos heridos confiados al alcalde, Ibero perdió de vista a Chaves, a Quirós y a Moriones, que tomaron rumbo hacia la Canal de Berdun... Siguió Ibero la recta hacia Canfranc como el camino más corto para Olorón. Era, sí, la vía más derecha, pero también la más peligrosa, porque en Jaca se exponían a ser capturados, y en la frontera de Francia los gendarmes y aduaneros les apresarían para internarles.

     Ibero y Miranda, con otros cinco, trazaron su itinerario con un amplio rodeo para evitar el paso por Jaca. Horrenda tempestad de lluvia y granizo, con espantable música de truenos, les detuvo en la montaña. Refugiáronse en cuevas; padecieron frío y hambres; recalaron al fin en un lugar llamado Campanal de Izas: allí los cinco compañeros no eran más que tres, pues dos de ellos habían tomado la vuelta de Panticosa. Repuestos de su hambre en Campanal, fueron a pasar [187] la divisoria por Somport, y al fin, con indecibles trabajos y fatigas, pusieron el pie en Francia. Ya iban más tranquilos, aunque derrengados y en gran necesidad. Así llegaron al pueblo francés de Urdós, donde ya sólo quedaba un compañero, y eran tres los expedicionarios. En Accous ya iban solos Ibero y Miranda, y este le dijo: «Yo no puedo ni quiero volver a España. Esto de la Revolución va para largo. En Francia buscaré cualquier acomodo, y mejor estaré aquí trabajando como una bestia que en España, aunque gane Prim y me hagan subteniente». Ibero le prometió buscarle trabajo en el pueblo donde él tenía su residencia. Por fin, medio muertos, sostenidos por la fuerza espiritual que da la esperanza, dieron con sus pobres huesos en Sainte Marie de Olorón al amanecer de un sereno día.

     Grande satisfacción de todos y alegría loca de Teresa, pues había corrido en Olorón la noticia de un espantoso descalabro de Moriones en tierra de Huesca. Pasadas las primeras efusiones de gozo, atendió Teresa a cuidar a su hombre y reparar el desmayo y mataduras que de la horrible caminata traía. Le lavó todo el cuerpo, le administró friegas con alcohol o suaves unturas donde era menester, y le acostó en la cama, asistiéndole con calditos substanciosos e infusiones aromáticas. El sueño atrasado pesaba de tal modo sobre Ibero, que de un tirón durmió quince horas: una vez pagada parte de la enorme deuda que con el dormir tenía, [188] describió y pintó el suceso histórico en que había intervenido; y como trazo final, dijo a la mujer amada que el desastroso fin de aquella salida con Moriones al campo de Caballería revolucionaria no le había curado de su ambición de grandeza. Lo mucho que había visto y lo poquísimo que había hecho, le movían a desear otras escapaditas por campo más extenso.

     Oyéndole hablar así, Teresa reprodujo sus anteriores razonamientos acerca del estorbo que ella ponía con su triste pasado a las aspiraciones de un hombre en plena fuerza y juventud. Pero Santiago protestó enérgico. «No sé qué tienes, Teresilla -le dijo, añadiendo cariños a palabras y palabras a cariños-; no sé qué tienes tú, que cuanto más tiempo pasa, más te quiero, y ahora y siempre sostendré que no hay ninguna mujer que se te pueda igualar». Envanecida la buena moza, y deseando remachar su triunfo, tomó un papel semejante al del abogado del Diablo en los juicios de canonización, y expuso todos los argumentos desfavorables a su persona.

     «Mira lo que dices, Santiago. Soy más vieja que tú, bastante más... no quiero precisar con números la diferencia de edad... Básteme decir que he pasado de los treinta y tú no has entrado en los veinticinco... Y como la mujer envejece más pronto que el hombre, y yo te llevo ya mucha delantera, dentro de algunos años, cuando tú seas todavía joven, yo estaré horrible, feísima; tendré [189] que pintarme y ponerme moños postizos, con lo que más lograré causarte repugnancia que amor. Reflexiona en esto, Santiago mío; piensa en el mañana, en los años que vuelan llevándose nuestras ilusiones, llevándose la fina tez, el brillo de los ojos, la frescura de las carnes, y con esto el genio alegre que endulza la vida».

     Briosamente rebatía Santiago estas argucias del abogado del Demonio, ratificándose en sus ideas optimistas y en la perfecta compatibilidad de Teresa con las ambiciones del hombre que en ella ponía todo su cariño. Conviene hacer constar que la pecadora corregida conservaba todos sus encantos. Aunque envejecía, era tan lenta la acción destructora del tiempo, como si este la cortejase aspirando a poseer sus gracias. Y la pícara sabía ser siempre pulcra, elegante, y convertir su sencillez y modestia, su pobreza misma, en un atractivo más. El cuidado escrupuloso de su persona persistía en ella como los sentimientos hondos que duran hasta la muerte. Algo bueno le había de quedar de aquella primera mitad de su vida, desarreglada y escandalosa.

     No quiso Teresa soltarle de una vez al aventurero todo lo que tenía que decirle. Para ciertas cosillas que podrían causarle impresión penosa, esperó a que el hombre descansara todo lo que su abrumado cuerpo le pedía. Esta ocasión llegó al cuarto día del regreso, y una mañana, cuando acababan de desayunarse, abordó la guapa moza con arte [190] sutil su interesante revelación, dándole este principio gracioso:

     «Muy bien, salvajito mío. Por lo que me dices, veo que he salido airosa de la prueba. Estoy contentísima, o como diría Carlos Bidache, nuestro discípulo de español: no cabo en mí de satisfacción... Pues vamos ahora a otra cosa. Recordarás que te propuse una segunda prueba... y yo...».

     -No, no, Teresa. (Repentino, asustado.) Más pruebas no...

     -Déjame concluir: lo que tú no quisiste hacer, otra persona lo hizo por ti... ¿A qué abres esos ojazos?... Ea, pues yo he sido quien ha hecho la prueba... y también en esta he ganado.



     Enmudeció Santiago, y ella, dejándole una pausa para que espaciara su asombro, empezó a relatar el caso, poniendo en él todo su donaire y agudeza, como verá el que quiera leer un poquito más.




- XX -

     «Ausente tú, yo no sabía qué hacer... Sola, nada se me ocurre que no sea referente a ti... '¿Pues qué haré que sea por él y para él, que sea también para mí?'. Pensando en esto, se me ocurrió ir yo a la prueba. Hablé de esto largamente con María, y un día las dos a un tiempo dijimos: 'Vámonos a Lourdes'. [191] Te advierto que ya María estaba enterada del sitio a donde habíamos de dirigirnos para la prueba. Tiene en Lourdes una prima bien acomodada y santurrona, Berta Richard, viuda sin hijos, que es en aquel pueblo persona principal, dueña de una fábrica de pañuelos que fundó su marido... Pues por esta señora sabíamos que tu niña zangolotina vivía en una casa religiosa, mixtura de convento y colegio. Hay allí unas Hermanas con tocas y manto negro, que educan niñas. Llevan un nombre que no recuerdo bien, Madamas Cristianas o algo así... Dicen que son unas santas; pero de esto nada puedo decirte, porque entiendo poco de cosas de santidad... En fin, que allá nos fuimos. Don Baldomero Galán, el año pasado por este tiempo, vino a Francia con su hija y una de estas religiosas; dejó a Salomita en la casa que te digo, y se volvió a España. En Jaca le tienes: es Gobernador de un fuerte que llaman Rapitán... Pues acompañadas por la señora Richard, fuimos a visitar a la niña, figurando que éramos de una familia madrileña, muy amiga de los Galanes, etcétera... Por cierto que la casa-convento es un modelo de orden y limpieza; las Hermanas que vimos disimulan su gazmoñería con su amabilidad, y una de ellas, valenciana de la parte de Gandía, habla español con acento levantino... Es mujer guapísima, sólo que un poco bizca, y al hablar tuerce la boca; los ojos tiene algo pitañosos». [192]

     -Por María Santísima, hija, no divagues... Vivo, vivo, al asunto.

     -Al asunto, tienes razón; al grano... Y el grano es que tu Dulcineíta no te quiere, ni se acuerda de ti para nada... Tiene otro novio...

     -¿Es de veras? (Pálido, echando chispas de sus ojos.) ¿La viste tú... qué te dijo, qué hablasteis?

     -Las Hermanas nos dijeron que le ha salido otro novio, que está locamente prendada del nuevo galán...

     -¿Y el novio es militar, es persona de categoría?

     -¿Militar dices? Creo que no... Es pacífico, muy pacífico y de categoría tan alta, que tú a su lado eres más chico que una hormiga. De ese galán nos habló Madama Berta con entusiasmo, y al celebrarle y enaltecerle ponía los ojos en blanco, y aun creo que se le caía la baba.

     -Teresa, por los clavos de Cristo, déjate de babas, y dime...

     -¿Pero, tontín, no has comprendido ya quién es el novio de tu adorada? Si acabas de nombrarle... Eres tan torpe, que hay que meterte en la cabeza las ideas con cuchara. Tu rival es el propio Jesucristo. Tu Dulcinea zangolotina se ha convertido en una cuitada y sosa monjita. No ha profesado aún: por eso te dije que Jesucristo es su novio; no tardará en ser esposo.

     La sorpresa de Santiago estalló en monosílabos, en golpes sobre la mesa, en pases [193] de la mano por la cabeza echando atrás el cabello, que así se encrespaba más. Teresa prosiguió: «Pero, tontín, si eso es de clavo pasado y ocurre todos los días. Don Baldomero les entregó a su hija para que se la educaran a la francesa con mucha finura y mucho aquel, y ellas, viéndola tan mona, dijeron que debía ser para Dios, no para los hombres... Los hombres, ¡qué asco! Es la historia eterna... Yo me imagino qué cosas le dirían a la niña para convencerla... Sin duda supieron que tenía un novio salvaje y medio loco, que habla con los espíritus; le dirían que eres un perdido, un amigo de Prim, y que ya no hablas con los espíritus, sino con una mujer mala... conmigo... Figúrate cómo habrán puesto aquella cabecita. La menguada chiquilla cayó en el cepo y ya no se escapa. Si la encontraras en alguna parte, verías que la han vuelto idiota... Por supuesto, yo no me equivoqué, Santiago: siempre creí que Salomita tenía muy poca sal en la mollera; a un entendimiento bien sazonado no le entran esas bromas del monjío... Y el pueblo en que la pusieron, ese Toboso de tu Dulcineíta, es lo más abonado para tales cosas, porque allí, para que te enteres, hubo hace años, no muchos, un grandísimo milagro. En una gruta, se apareció la Virgen a una muchachita llamada Bernadette Soubirous, de catorce años, y le dijo que elevaran en aquel lugar un Santuario para darle culto. Allí están la gruta y la imagen, muchas velas encendidas y sin fin [194] de ex-votos de los que han ido a curarse del reúma, ciática y parálisis... Ya, hijo mío, el que cojea es porque quiere... Van peregrinos de toda Francia, con tanta fe y devoción que se queda una pasmada y edificada».

     -Por Dios, no divagues más... ¿Qué me importa la gruta, ni qué los cojos y lisiados de todo el mundo?

     -Pues no vayas a creer que don Baldomero consintió que su hija entrara en religión. El pobre señor no se enteró hasta que la cosa no tenía remedio. Fue a Lourdes hecho un demonio, y lo menos que quería era sacarle los redaños a la Madre Rectora y a todas las benditas Hermanas. Pero sólo consiguió que se le encendiera la sangre y que la cabeza se le llenara de bultos deformes y la cara de feísimos granos. Al fin tuvo que salir de Lourdes entre gendarmes, y a la niña la llevaron a un pueblo cerca de Marsella, donde para todos, menos para Dios, está invisible.

     El monjío y la invisibilidad de Salomita en un convento próximo a Marsella, evocaron en la mente de Santiago recuerdos penosos del capitán Lagier y de los sufrimientos del honrado marino. Por estas memorias, y por lo que personalmente le dolía el suceso, se levantó en el alma de Ibero un gran tumulto; los sentimientos se movieron con furioso oleaje, las ideas saltaron y anduvieron a la greña... Pero como en razón inversa de la intensidad del tumulto estuvo la duración, [195] no tardó en calmarse el sofoco. En verdad, el inopinado desenlace no encontró base psicológica para producir arrebatos de ira o negra pasión de ánimo. Como se ha dicho, la imagen y el recuerdo de Salomita se borraba cada día más; había corrido un año largo sin que Ibero la viese y aun sin que de ella tuviera noticia, y por fin, el amor de Teresa, sostenido por la convivencia, precipitaba la desilusión rápida. Aquella misma tarde, interrogado acerca de la impresión recibida, dijo Santiago a María y Teresa que se sentía mentalmente aliviado de un peso, como si le hubieran operado en la cabeza para extraerle un cuerpo endurecido. Algo le quedaba del dolor de la operación; pero ya iba pasando; pronto vendría la insensibilidad.

     Aún tenía que hablarle Teresa de otro asunto, y como era urgente, no quiso aplazarlo. Había tenido noticias directas de su madre por una carta quejumbrosa, llena de amenazas. Mostrola a Santiago, y ambos comentaron con viveza los manejos de la sutil tramposa. «Es mi madre -dijo Teresa-, y no puedo hablar de ella como hablaría de una persona extraña. Pero sí afirmo que las maldades de la primera mitad de mi vida no son mías sino en corta proporción. Obra de ella fue mi rebajamiento. Ella me vendía, me arrendaba, me contrataba según su interés, y mirando sólo a lo que daban por mí... Bien conoce Dios mis buenas intenciones; si algún día llego a tener más dinero [196] del que necesitamos para mantenernos, algo mandaré a mi madre para que viva... Pero... ¡volver yo a su lado, jamás! Prefiero morirme... Y ahora, Santiago, vas a saber la segunda parte, que es la peor. Dos días antes de llegar tú, se presentó aquí un tío polizonte preguntando por... Traía el nombre escrito en un papel: Carlos de Castro... Ya ves: las señas son mortales. El tipo aquel habló del Subprefecto, del Cónsul... Yo me quedé helada. Bidache el viejo le trasteó de lo lindo, diciéndole que el Castro ese había quedado en Cambo, y que allá fueran a buscarle... ¡Ay, hijo mío!, temo la internación, por lo menos. Para nosotros no puede haber aquí tranquilidad».

     -Francia es muy grande -dijo Ibero sin inmutarse-. Francia es trabajadora, hospitalaria. Busquemos en ella libertad y honrados medios de vivir.

     -Pues hemos de decidirlo pronto. Somos unos pobres salvajes que necesitan cambiar de choza. Di tú a dónde debemos ir.

     -Decídelo tú... ¿A dónde vamos?

     Ambos quedaron mudos un rato, mirándose con ojos fijos y penetrantes. «¿A dónde vamos?» preguntaban los ojos. De improviso y a un tiempo, con voz que pareció un estallido, los dos amantes soltaron de su boca la respuesta: «¡A París!».

     Perfectamente acordes estaban en la resolución, y los móviles de cada uno eran substancialmente los mismos: necesidad de mayor espacio y de atmósfera vital menos ahogada. [197] Ibero vio en París el grande horizonte, la amplitud en las ideas, el roce con las primeras figuras de la emigración hispana. Teresa veía por el lado femenino el ensanche de pensamiento y acción, y sus planes no eran desacertados. En los días de la ausencia de Ibero estuvo en Sainte Marie una señora, parienta de la esposa del viejo Bidache. Llamábase Úrsula Plessis, y tenía en París negocio de encajes finos. Solía veranear en el Pirineo, repartiendo sus días de descanso entre Biarritz, Pau y Luchon, sin perder ripio para hacer su artículo en los sitios a donde concurrían señoras ricas. De paso visitaba a sus parientes. En Olorón hizo conocimiento con Teresa, y quedó maravillada de la gracia nativa de esta, de su exquisito gusto, de su genial disposición para comprender y asimilarse las sutiles artes de la elegancia.

     A este propósito, la sermoneaba de continuo: «Hija mía, su terreno de usted, su porvenir, están en París. Véngase conmigo allá, o vaya cuando pueda, y yo le aseguro que pronto se abrirá camino en cualquier negocio de los que tienen por fundamento el buen gusto. Yo desde luego le ofrezco que para empezar tendrá en mi establecimiento un acomodo modesto...». Esto y otras cosas sugestivas le dijo, con lo que el alma de Teresita quedó encendida en la noble ambición de adquirir con su trabajo un vivir decoroso.

     Véase por qué Teresa, en admirable consonancia [198] con su amado, soltó el grito de vida, de lucha contra la miseria y la muerte. ¡A París! Como tenían poco que arreglar en punto a equipajes y efectos de viaje, tardaron en poner en ejecución su pensamiento el tiempo preciso para asegurarse el secreto de la salida, por si al Subprefecto o al Cónsul se les ocurría darles un disgusto. La despedida fue tiernísima: en ninguna parte del mundo encontrarían amigos como aquellos honrados y generosos Bidaches. Tuvo Santiago la satisfacción de dejar colocado en el arrastre de mármoles al pobre sargento Miranda, que muy contento decía: «Vale más ser aquí un buey de trabajo que dejarse internar como un perro, o volver a España a que le fusilen a uno como un hombre, con sacramentos y todo».

     Partieron los amantes algo medrosos, y hasta pasar de Pau no respiraron con tranquilidad. En Dax, avanzada la noche, al cambiar de tren, se encontraron a Silvestre Quirós, muy mal trajeado, con cara de insomnio y ayuno. Abrazáronse los dos amigos, cambiando en rápida frase el quejumbroso saludo de la emigración con sus melancólicas añoranzas. Dijo Silvestre que no podía vivir más en Bayona. Con los cuartos que le quedaban podía llegar a Angulema, donde le ofrecían colocarle en una fábrica de papel. Ya encajonados los tres en el coche de tercera, refirió Quirós que en los mismos días de lo de Linás, embarcó Prim en Marsella para Valencia, donde tuvo el [199] tercer fracaso, porque las tropas que se habían comprometido no salieron. «La razón que daban fue que Prim había firmado un manifiesto en que se pide la abolición de quintas; y sin quintas, ¿cómo ha de haber ejército? Salió el General del puerto del Grao echando bombas, y según dicen, ha desembarcado en Cette. ¿Entrará por Bourg Madame? ¿Tendremos otro descalabro?... Yo no creo nada ya; he perdido la fe... Ya es hora de que gritemos: 'Nos están engañando; juegan con nosotros como si nuestras vidas fuesen fichas de damas o dominó'. La revolución, que es guerra de guerras, no se hace sin dinero. Si no lo tienen, ¿para qué nos meten en estos líos? No hay libertad sin pan. Ahora mismo, al volver de Marcuello, no teníamos qué comer. Moriones nos dio lo que llevaba sobre sí: no podía más... Pereciendo llegamos a Bayona. Pero no ha venido Moriones más lucido que nosotros. Anoche le vi en el café Farnier con Muñiz. Su cara y ropa eran las de un cesante. Y yo pregunto: ¿a quién da la Junta el dinero que recoge? Vete a saber... En Bayona tienes a los que entraron con Contreras, y han vuelto por el puerto de Benasque descalzos y pidiendo limosna. Algunos, cogidos por los destacamentos franceses, han sido internados a pie, de cárcel en cárcel. Ya Bourges no les parece bastante lejos, y están mandando emigrados a Besançon, pared por medio con Suiza... Con que ayúdame a sentir, Santiaguito. La pobre España está perdida, [200] y quiere que la salvemos sin armas, sin dirección y con los estómagos vacíos. ¡Anda y que la salve su madre!».

     Con esta cantinela pesimista, contristaba el pobre Quirós a sus dos compañeros de tren, que alentados iban por risueñas esperanzas. Felizmente, el lastimado amigo les dejó en Angulema, y ellos recobraron su buen humor en el resto del viaje, que fue felicísimo, aunque un poco largo, porque los trenes ómnibus no eran un prodigio de velocidad... Al anochecer del día siguiente vieron que a un lado y otro del tren en marcha se iniciaba la aglomeración de alegres pueblecillos, de granjas admirables, de quintas escondidas entre bosques espesos; vieron la muchedumbre de fábricas y talleres con sus chimeneas humeantes, las estaciones de una y otra línea transversal, los edículos y almacenes, los gasómetros, el sin fin de construcciones que anuncian la vida industriosa y opulenta de una gran metrópoli. «Ya llegamos -dijo Teresa-. Esto es París». Era ya noche cerrada. Ibero miraba con avidez por encima de las filas de vagones parados, máquinas y objetos mil de intensa negrura, y veía un extenso y vivo resplandor que invadía gran parte del cielo... «Es París -exclamó-. Parece que arde». Y risueña, radiante de alegría, respondiole su compañera: «No es incendio, es claridad». [201]








Compartir con tus amigos:
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos