La cuestión del significado y el sufrimiento por Elizabeth Lukas



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LA CUESTIÓN DEL SIGNIFICADO Y EL SUFRIMIENTO

Por Elizabeth Lukas
La mayoría de las escuelas de psicoterapia pretenden reducir la totalidad humana a una cuantas reglas. La logoterapia, por otro lado, trata de aplicar todas sus reglas a la totalidad humana. Esto requiere que entre a áreas que la psicoterapia general considera más allá de su incumbencia.
Un área, más allá de nuestra comprensión, es el sufrimiento inevitable e inexplicable. La logoterapia trata con la gama entera de los problemas humanos. Desde aquellos que podemos cambiar, hasta los que no. Su preocupación es reconfortar, su meta es encontrar “la mejor ayuda posible”, su empatía es para los pacientes que son conducidos a darse cuenta que el sufrimiento no es sin sentido.
Una ilusión actual es que todo puede corregirse. La gente obesa, haciendo dieta; la débil, habilitándose para tener buena condición y salud; los viejos, yendo a centros de rejuvenecimiento; los tímidos, desinhibiéndose para ser audaces; los malos estudiantes, preparándose para mejorar, y los padres, asistiendo a cursos para comprender a sus hijos. La palabra mágica de la terapia del comportamiento, “entrenamiento”, ha producido una fe ingenua de que todo lo desagradable puede corregirse. La capacitación puede lograr mucho, pero encontramos que lo inevitable va más allá de ella. Pero que eso, se ve como una falla personal y una injusticia del destino. Esta es una falacia peligrosa. Una psicoterapia mecanicista está propensa a prescribir programas de capacitación para cualquier problema, y si éste no es resuelto, culpa a los participantes. Pocas psicologías prestan atención a los inevitable, a reconfortar donde no puede “curar”.
Nos rebelamos contra el destino, pero hemos olvidado cómo aceptarlo. Una vez asistí a una junta de padres, para tratar el problema de que las clases de inglés tenían que suspenderse durante medio año, porque todos los profesores disponibles estaban enfermos. Asistieron alrededor de cien padres y las sugerencias variaban; desde hacer peticiones al ministerio de educación, hasta manifestaciones a través de la ciudad, pero ninguno pensó en ofrecerse a enseñar a los niños. Mi propuesta de formar grupos de aprendizaje en la tarde, con padres que supieran inglés, fue escuchada con incredulidad. Nadie estaba listo para hacer algo más que protestar. Yo estaba alarmada: ¿cómo iban los niños a afrontar problemas y encontrar soluciones significativas, si sus padres no eran capaces de hacerlo?
Otra ilusión, es nuestra idea de que todo puede comprarse. La “danza alrededor del becerro de oro” terminó en un desastre, esto no ha cambiado en el siglo veinte. Peor que la sobrevaluación de las cosas materiales, es la devaluación de los inmaterial, aquello que no puede comprarse. Una madre recibe la visita de su hijo, que le lleva un costoso ramo de flores. El ramo puede comprarlo ella misma, pero no la presencia de su hijo. El sentimiento que crea esta fina distinción se ha perdido en gran parte.

La gente que no ha aprendido a aceptar el destino, que cree que puede conseguir casi todo por un precio, probablemente se va a desesperar cuando se enfrente a un sufrimiento inevitable. En tal crisis sólo tres posibilidades están abiertas:



  • La fe y la creencia en Dios.

  • Empatía y comprensión de la gente que la rodea.

  • Su propia realización estable de sentido.

La fe en Dios ha sido sacudida de la vida de mucha gente y el apoyo interpersonal, más aún. Así, el descubrimiento personal de sentido permanece como el último criterio decisivo, podamos o no, sobreponernos a una crisis interna. La gente a la que recurrimos en tal caso, ha pasado del ministro y de la familia, al psicoterapeuta.


En nuestra soledad buscamos en extraños lo que ya no podemos encontrar en una fe firme, o en gente cercana a nosotros. Los psicoterapeutas, que son esta “última esperanza”, no se pueden permitir decir: “yo no puedo ayudar aquí, esta va más allá de mi campo de competencia”. En donde falla el conocimiento científico, la humanidad debe hacerse cargo. En los límites de la comprensión, la empatía debe encontrar palabras.
Los terapeutas que se limitan a lo que es curable, practican su profesión, pero fallan en su vocación. En particular, mis colegas más jóvenes están satisfechos con establecer programas de terapia para corregir y capacitar. Por ejemplo, cuando padres desesperados llaman a un centro de asesoramiento psicológico, porque su hija adulta se ha involucrado en un culto peligroso, los terapeutas suelen decir: “Su hija, obviamente no sufre, y ustedes ya no pueden influir, así es que la terapia no tiene objeto. Si ella ésta en peligro, no pueden evitarlo”. Eso es cierto, y una plática con los padres no cambiará la situación. Sin embargo, tiene que hacerse la pregunta de si los psicólogos deben abandonarlos con su desesperación, o pueden ayudarlos en su sufrimiento. Los padres podrían ver que, aún es esta crisis, el sentido se halla en la madurez a la que su hija nunca llegaría sin tal experiencia.
La práctica psicológica actual, en su mayoría no toma en cuenta la dimensión del espíritu humano, ni el área de la piedad. Los psicólogos modernos conocen su profesión, pero no tienen compasión. En nuestro mundo industrializado, de anuncios de neón y aparadores centellantes, tiene muy poco espacio la compasión. ¿Quién piensa en los miles de personas que se suicidan cada año porque no pueden soportar su soledad? A menudo es gente mayor olvidada, que sufre, a la que nadie quiere hablar ni escuchar. ¿La psicología sólo existe para determinar coeficientes intelectuales cuestionables y para alterar patrones de comportamientos corregibles? ¡Qué tarea sería para la psicología ayudar a los pacientes a soportar su sufrimiento –mental, psicológico, físico- cuando es inevitable y el destino debe ser aceptado!
Si un joven ha quedado cuadripléjico después de un accidente de tráfico, por supuesto que la ayuda médica es importante. Pero después de que se ha hecho todo lo posible, el paciente se encuentra con el problema de que en adelante estará atado a una silla de ruedas. La psicología puede contribuir en gran parte, ayudándolo a encontrar la fuerza necesaria para enfrentar su destino, en lugar de ser destruido por él.
La autocompasión no es saludable, los psicoterapeutas deben librar a los enfermos de ella, y reemplazarla con actitudes nuevas y positivas hacia su aflicción. Necesitan saber lo que son las actitudes positivas, y esto conduce a la cuestión del sentido y a la logoterapia.
Frankl ha demostrado que el éxito no equivale a sentido, ni el fracaso a desesperación. El ilustra esto en su famosa “cruz”.

Figura 9. Relación entre éxito y sentido


Sentido

Fracaso Éxito

Desesperación

El “éxito” conlleva oportunidades afortunadas, riqueza, salud, buena educación, y condiciones favorables de vida, en tanto que el “fracaso” incluye falta de oportunidades, pobreza, mala salud y condiciones de vida deplorables.


La frustración existencial actual y la crisis de sentido se hallan en el cuadrante entre el éxito y la desesperación. La gente que está, o podría estar bien pero no siempre disfruta la vida, se encuentra aburrida, irritable y harta; no le encuentra sentido a su vivir. La investigación estadística ha mostrado que en las sociedades ricas, 20 por ciento de la población cae en este grupo.
El cuadrante del éxito-desesperación se localiza en la parte derecha inferior de a figura 9. El desaliento causado por la miseria y un sufrimiento genuino, se encuentra entre la desesperación y el fracaso (izquierda inferior). Cualquier cambio hacia la parte inferior de la cruz, contribuirá a la estabilidad psicológica y la felicidad interna, si importar en dónde se halla la persona, en el continuo del éxito-fracaso.
Para explorar la conexión entre sentido y sufrimiento, veamos los dos cuadrantes superiores, primero el que está entre fracaso y sentido (superior izquierdo). La investigación logoterapéutica se ha enfocado hacia los esfuerzos para transformar el sufrimiento en logro humano, a través de una actitud positiva que da fuerza y gana admiración. Empieza con la creencia de que se puede enfrentar el sufrimiento más severo, si se percibe el sentido detrás de él. Por ejemplo, una madre que entra en una casa que se está incendiando, para sacar a su hijo, no se quejará de sus severas quemaduras. En cambio, peleará furiosamente contra el destino si debido a un accidente causado por descuido, sufre algunas mucho más ligeras.
Suponiendo que el sufrimiento inevitable puede soportarse si se le ve algún sentido, la logoterapia trata de conectarlo con uno que el paciente pueda aceptar y esto, no siempre es fácil.


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