La crisis familiar actual no implica la desaparición de la familia como célula fundamental de la sociedad



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NUEVA LEY DE MEDIACION FAMILIAR

* María Alba Aiello de Almeida


La nueva ley de mediación prejudicial para la Ciudad de Buenos Aires y los Juzgados Federales de la Argentina, ha incorporado el instituto de la mediación familiar y la figura del mediador familiar.

Esta innovación que trae la ley 26.589 nos coloca ante la necesidad de analizar cuál es la importancia de la mediación familiar.

Consideramos a la familia como protagonista de un rol fundamental en el desarrollo de las relaciones humanas, pues es una institución basada en el amor mutuo, que posibilita la compañía, la atención de necesidades sociales básicas y propende a la socialización de sus miembros, especialmente de los niños y jóvenes, desarrolla la solidaridad entre las generaciones y la transmisión de la cultura de cada pueblo a las generaciones venideras.

La familia, en su vida cotidiana, es el campo de los vínculos, los valores, las organizaciones, los movimientos sociales y los intercambios humanos. Es imprescindible, pues, reflexionar sobre la familia y encontrar instrumentos para ayudarla a cumplir su rol.

Esos instrumentos están directamente relacionados con la autoestima y con el respeto por el otro. Por eso genera interés para el trabajo de mediación en familia, comprender que la conformación de la pareja y de la familia puede asumir diversidad en sus formas y en su estabilidad, sobre todo por los nuevos roles que desempeña la mujer y la mayor presencia del hombre en las actividades domésticas y la crianza de los hijos; y que, en todas ellas, su fortaleza responde exclusivamente a la decisión compartida de sus componentes de defender ese ámbito común.

La crisis familiar actual no implica la desaparición de la familia como célula fundamental de la sociedad. Por el contrario, las diversas formas de sortearla son un signo de vitalidad que debe ser asumido para promover sus valores intrínsecos.

La familia nutre, educa y contiene; pero, al mismo tiempo, engendra valores y los practica. Estas son razones fundamentales por las que un trabajo de mediación familiar no puede prescindir de un análisis profundo de qué es ser familia, interpretando los valores que en ella se gestan y que difícilmente el hombre pueda encontrarlos en otro espacio de la interrelación humana.

Sobre todo, si pensamos en la familia abierta, como la definía Eroles, esa familia-comunidad co-construida por todos los que la forman, no solamente por el “jefe” o los padres.

La propia experiencia nos demuestra a todos, que es en el seno de la familia donde el ser humano niño forja su personalidad; encuentra su identidad, arma sus emociones y sentimientos. Luego, si la familia tiene problemas, cada una de estas instancias se ve entorpecida y muchas veces son sorteadas con resultados negativos.

Esos problemas que frecuentemente aquejan a las familias pueden ser de diversa índole. Sin ser exhaustivos, observamos problemas de salud física, que serán susceptibles de un tratamiento médico; de salud psíquica, pasibles de una terapia psicológica o tratamiento psiquiátrico, según el caso; muerte de alguno de sus miembros o, simplemente, inconvenientes en la comunicación y la comprensión entre quienes forman el núcleo familiar.

Estos últimos pueden ser fatales para la formación de la personalidad, identidad y emociones del ser humano niño, que se forja en ese nido que es la familia. Sin embargo, mientras no exista una patología grave, pueden ser superados con una oportuna y eficaz intervención.

Todos podemos compartir que la preocupación primordial reside en dar al ser humano niño un ámbito de crecimiento que le permita lograr madurez y posibilidad de auto-realización, acompañados de la alegría de vivir. No olvidemos que los seres humanos adultos somos los responsables de los seres humanos niños.

La primera preocupación del mediador debe ser, entonces, el interés superior del niño, dentro de su propia realidad y con criterio constructivo para todos los involucrados.

No por eso vamos a negar que los adultos también tenemos derecho a convivir en un sano ambiente familiar.

Las innumerables interferencias que pueden sufrir la comunicación y la comprensión en las relaciones humanas, en especial las familiares, pueden llevar a la eclosión de sentimientos contradictorios que a veces se tornan inmanejables para los mismos protagonistas.

Esta realidad desata situaciones de crisis que es necesario abordar a tiempo. Si hacemos caso de la sabiduría china, podemos observar que en su idioma se representa la palabra crisis con el ideograma del peligro y la oportunidad.

Esto es muy aleccionador. La crisis nos alerta, nos dice ¡cuidado! esto es peligroso. Pero al mismo tiempo, nos coloca frente a un momento muy particular donde se despliegan contradicciones y fuerzas antagónicas antes ocultas e incipientes, nos exige concentrar esfuerzos para conjurar el peligro y aprovechar la oportunidad de cambiar, de mejorar, de crecer humanamente.

En las relaciones familiares está comprometido el hombre mismo, mucho más que en las relaciones meramente patrimoniales; es un ámbito más delicado y nos presenta un campo mucho más rico de trabajo solidario, porque trabajamos por una mejor calidad de vida para nuestros semejantes.

Por ello la mediación en familia busca lograr la necesaria transformación que tiende al desarrollo moral de las personas, en dos dimensiones: 1) reforzar el “yo” (proceso de revalorización) y, 2) reconocer al “otro” (proceso de reconocimiento).

El conflicto produce inseguridad, desorganización, confusión, temor. La Mediación apunta a superar esta debilidad relativa, permitiendo revalorizar por parte de los sujetos, distintos ámbitos: sus metas e intereses (qué es lo que más le importa, qué pretende obtener, qué lo haría feliz); sus alternativas (conciencia de que existen varias alternativas para alcanzar sus metas, conciencia de su control sobre esas alternativas, conciencia de la voluntariedad de la mediación, conciencia de poder abordar ciertas alternativas a pesar de las restricciones externas); sus habilidades (qué es capaz de hacer), sus recursos (con qué cuenta para hacerlo) y luego, transitar el aprendizaje de la toma de decisiones.



Consideramos, pues, merecida la jerarquización que la nueva ley nacional brinda a la mediación familiar, imponiendo que los mediadores que la ejerzan sean verdaderos especialistas, con una formación más profunda y directamente relacionada con el tipo de conflictos que deberán abordar.

* Abogada. Mediadora. Secretaria académica de Consultora Equipo I.M.C.A.

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