La Colmena a mi hermano Juan Carlos, guardiamarína de la Armada española nota a la primera edicióN



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La mañana.

Entre sueños, Martín oye la vida de la ciudad despierta. Se está a gusto escuchando, desde debajo de las sábanas, con una mujer viva al lado, viva y desnuda, los ruidos de la ciudad, su alborotador latido; los carros de los traperos que bajan de Fuencarral y de Chamartín, que suben de las Ventas y de las Injurias, que vienen desde el triste, desolado paisaje del cementerio y que pasaron —caminando desde hace ya varias horas bajo el frió— al lento, entristecido remolque de un flaco caballo, de un burro gris y como preocupado. Y las voces de las vendedoras que madrugan, que van a levantar sus puestecillos de frutas en la calle del General Porlier. Y las lejanas, inciertas primeras bocinas. Y los gritos de los niños que van al colegio, con la cartera al hombro y la tierna, olorosa merienda en el bolsillo...

En la casa, el trajín más próximo suena, amorosamente, dentro de la cabeza de Martín. Doña Jesusa, la madrugadora doña Jesusa, que después de comer, durante la siesta, para compensar, dispone la labor de las asistentas, viejas golfas en declive, las unas; amorosas, dulcísimas, domésticas madres de familia, las más. Doña Jesusa tiene por las mañanas siete asistentas. Sus dos criadas duermen hasta la hora del almuerzo, hasta las dos de la tarde, en la cama que pueden, en el lecho misterioso que más temprano se vació, quién sabe si como una tumba, dejando prisionero entre los hierros de la cabecera todo un hondo mar de desdicha, guardando entre la crin de su colchón el aullido del joven esposo que por primera vez, sin darse cuenta, engañó a su mujer, que era una muchacha encantadora, con cualquier furcia llena de granos y de mataduras como una mula: a su mujer que le esperaba levantada, igual que todas las noches, haciendo calceta al casi muerto fuego del brasero, acunando al niño con el pie, leyendo una larga, interminable novela de amor, pensando difíciles, complejas estrategias económicas que le llevarían, con un poco de suerte, a poder comprarse un par de medias.

Doña Jesusa, que es el orden en persona, reparte el trabajo entre sus asistentas. En casa de doña Jesusa se lava la ropa de cama todos los días; cada cama tiene dos juegos completos que, a veces, cuando algún cliente les hace, incluso a propósito, que de todo hay, algún jirón, se repasan con todo cuidado. Ahora no hay ropa de cama; se encuentran sábanas y tela para almohadas en el Rastro, pero a unos precios imposibles.

Doña Jesusa tiene cinco lavanderas y dos planchadoras desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde. Ganan tres pesetas cada una, pero el trabajo no mata. Las planchadoras tienen las manos más finas y se dan brillantina en el pelo, no se resignan a pasar. Están delicadas de salud y tempranamente envejecidas. Las dos se echaron, casi niñas, a la vida, y ninguna de las dos supo ahorrar. Ahora les toca pagar las consecuencias. Cantan, como la cigarra, mientras trabajan, y beben sin tino, como sargentos de Caballería:

Una se llama Margarita. Es hija de un hombre que en vida fue baulero en la Estación de las Delicias. A los quince años tuvo un novio que se llamaba José, ella no sabe más. Era un bailón de los merenderos de la Bombilla; la llevó un domingo al monte del Prado y después la dejó. Margarita empezó a golfear y acabó con un bolso por los bares de Antón Martín. Lo que vino después es ya muy vulgar, aún más vulgar todavía.

La otra se llama Dorita. La perdió un seminarista de su pueblo, en unas vacaciones. El seminarista, que ya murió, se llamaba Cojoncio Alba. El nombre había sido una broma pesada de su padre, que era muy bruto. Se apostó una cena con los amigos a que llamaba Cojoncio al hijo, y ganó la apuesta. El día del bautizo del niño, su padre, don Estanislao Alba, y sus amigos engancharon una borrachera tremenda. Daban mueras al Rey y vivas a la República Federal. La pobre madre, doña Conchita Ibáñez, que era una santa, lloraba y no hacia más que decir:

—¡ Ay, qué desgracia, qué desgracia! ¡Mi marido embriagado en un día tan feliz!

Al cabo de los años, en los aniversarios del bautizo, todavía se lamentaba:

—¡Ay, qué desgracia, qué desgracia! ¡Mi marido embriagado en tal día como hoy!

El seminarista, que llegó a canónigo de la catedral de León, la llevó, enseñándole unas estampitas, de colores chillones, que representaban milagros de San José de Calasanz, hasta las orillas del Curueño y allí, en un prado, pasó todo lo que tenía que pasar. Dorita y el seminarista eran los dos de Valdeteja, por la provincia de León. La chica, cuando lo acompañaba, tenía el presentimiento de que no iba camino de nada bueno, pero se dejaba llevar, iba como medio boba.

Dorita tuvo un hijo, y el seminarista, en otro permiso en que volvió por el pueblo, no quiso ni verla.

—Es una mala mujer —decia—, un engendro del Enemigo, capaz de perder con sus arteras mañas al hombre más templado. ¡Apartemos la vista de ella!

A Dorita la echaron de su casa y anduvo una temporada vagando por los pueblos, con el niño colgado de los pechos. La criatura fue a morir, una noche, en unas cuevas que hay sobre el río Burejo, en la provincia de Palencia. La madre no dijo nada a nadie; le colgó unas piedras al cuello y lo tiró al rio, a que se lo comieran las truchas. Después, cuando ya no había remedio, se echó a llorar y estuvo cinco días metida en la cueva, sin ver a nadie y sin comer.

Dorita tenía dieciséis años y un aire triste y soñador de perro sin dueño, de bestia errabunda.

Anduvo algún tiempo tirada —como un mueble desportillado— por los burdeles de Valladolid y de Salamanca, hasta que ahorró para el viaje y se vino a la capital. Aquí estuvo en una casa de la calle de la Madera, bajando, a la izquierda, que le llamaban la Sociedad de las Naciones porque había muchas extranjeras: francesas, polacas, italianas, una rusa, alguna portuguesa morena y bigotuda, pero sobre todo francesas, muchas francesas; fuertes alsacianas con aire de vaqueras, honestas normandas que se echaron a la vida para ahorrar para el traje de novia, enfermizas parisinas —algunas con un pasado esplendoroso— que despreciaban profundamente al chófer, al comerciante que sacaba sus buenas siete pesetas del bolsillo. De la casa la sacó don Nicolás de Pablos, un ricachón de Valdepeñas que se casó con ella por lo civil.

—Lo que yo quiero —decía don Nicolás a su sobrino Pedrito, que hacía unos versos muy finos y estudiaba Filosofía y Letras— es una cachonda con arrobas que me haga gozar, ¿me entiendes?, una tía apretada que tenga a donde agarrarse. Todo lo demás son monsergas y juegos florales.

Dorita dio tres hijos a su marido, pero los tres nacieron muertos. La pobre paría al revés: echaba los hijos de pie y, claro, se le ahogaban al salir.

Don Nicolás se marchó de España el año 39, porque decían si era masón, y no se volvió a saber nada más de él. Dorita, que no se atrevía a ir al lado de la familia del marido, en cuanto se le acabaron unos cuartos que había en la casa, se echó otra vez a la busca, pero tuvo poco éxito. Por más que ponía buena voluntad y procuraba ser simpática, no conseguía una clientela fija. Esto era a principios del 40. Ya no era ninguna niña y había, además, mucha competencia, muchas chicas jóvenes que estaban muy bien. Y muchas señoritas que lo hacían de balde, por divertirse, quitándoles a otras el pan. Dorita anduvo dando tumbos por Madrid hasta que conoció a doña Jesusa.

—Busco otra planchadora de confianza, vente conmigo. No hay más que secar las sábanas y alisarlas un poco. Te doy tres pesetas, pero eso es todos los días. Además tienes las tardes libres. Y las noches también.

Dorita, por las tardes, acompañaba a una señora impedida a dar una vuelta por Recoletos o a oír un poco de música en el María Cristina. La señora le daba dos pesetas y un corriente con leche; ella tomaba chocolate. La señora se llamaba doña Salvadora y había sido partera. Tenía malas pulgas y estaba siempre quejándose y gruñendo. Soltaba tacos constantemente y decia que al mundo había que quemarlo, que no servía para nada bueno. Dorita la aguantaba y le decia a todo amén, tenía que defender sus dos pesetas y su cafetito de las tardes.

Las dos planchadoras, cada una en una mesa, cantan, mientras trabajan y dan golpes con la plancha, sobre las recosidas sábanas. Algunas veces hablan.

—Ayer he vendido el suministro. Yo no lo quiero. El cuarto de azúcar lo di por cuatro cincuenta. El cuarto de aceite, por tres. Los doscientos gramos de judias, por dos; estaban llenas de gusanos. El café me lo quedo.

—Yo se lo di a mi hija, yo le doy todo a mi hija. Me lleva a comer todas las semanas algún día.

Martín, desde su buhardilla, las oye hacer. No distingue lo que hablan. Oye sus desentonados cuplés, sus golpes sobre la tabla. Lleva ya despierto mucho rato, pero no abre los ojos. Prefiere sentir a Pura, que le besa con cuidado de vez en cuando, fingiendo dormir, para no tener que moverse. Nota el pelo de la muchacha sobre su cara, nota su cuerpo desnudo bajo las sábanas, nota el aliento, que, a veces, ronca un poquito, de una manera que casi no se siente.

Así pasa un largo rato más: aquélla es su única noche feliz desde hace ya muchos meses. Ahora se encuentra como nuevo, como si tuviera diez años menos, igual que si fuera un muchacho. Sonríe y abre un ojo, poquito a poco.

Pura, de codos sobre la almohada, le mira fijamente. Sonríe también, cuando lo ve despertar.

—¿Qué tal has dormido?

—Muy bien, Purita, ¿y tú?

—Yo también. Con hombres como tú, da gusto. No molestáis nada.

—Calla. Habla de otra cosa.

—Como quieras.

Se quedaron unos instantes en silencio. Pura le besó de nuevo.

—Eres un romántico.

Martín sonríe, casi con tristeza.

—No. Simplemente un sentimental.

Martín le acaricia la cara.

—Estás pálida, pareces una novia.

—No seas bobo.

—Sí, una recién casada...

Pura se puso seria.

—¡Pues no lo soy!

Martin le besa los ojos delicadamente, igual que un poeta de dieciséis años.

—¡Para mí, sí, Pura! ¡Ya lo creo que sí! La muchacha, llena de agradecimiento, sonríe con una resignada melancolía.

—¡Si tú lo dices! ¡No sería malo! Martín se sentó en la cama.

—¿Conoces un soneto de Juan Ramón que empieza "Imagen alta y tierna del consuelo"?

—No. ¿Quién es Juan Ramón?

—Un poeta.

—¿Hacía versos?

—Claro.

Martín mira a Pura, casi con rabia, un instante tan sólo.



-Verás.
Imagen alta y tierna del consuelo

aurora de mis mares de tristeza,

lis de paz con olores de pureza,

¡precio divino de mi largo duelo!


—¡Qué triste es, qué bonito!

—¿Te gusta?

—¡Ya lo creo que me gusta!

—Otro día te diré el resto.

El señor Ramón, con el torso desnudo, se chapuza en un hondo caldero de agua fría.

El señor Ramón es hombre fuerte y duro, hombre que come de recio, que no coge catarros, que bebe sus copas, que juega al dominó, que pellizca en las nalgas a las criadas de servir, que madruga al alba, que trabajó toda su vida.

El señor Ramón ya no es ningún niño. Ahora, como es rico, ya no se asoma al horno aromático y malsano donde se cuece el pan; desde la guerra no sale del despacho, que atiende esmeradamente, procurando complacer a todas las compradoras, estableciendo un turno pintoresco y exacto por edades, por estados, por condiciones y por pareceres.

El señor Ramón tiene nevada la pelambre del pecho.

—¡Arriba, niña! ¡Qué es eso de estarse metida en la cama a estas horas, como una señorita!

La muchacha se levanta, sin decir ni palabra, y se lava un poco en la cocina.

La muchacha, por las mañanas tiene una tosecilla ligera, casi imperceptible. A veces coge algo de frío y entonces la tos se le hace un poco más ronca, como más seca.

—¿Cuándo dejas a ese tísico desgraciado? —le dice, algunas mañanas, la madre.

A la muchacha, que es dulce como una flor y también capaz de dejarse abrir sin dar ni un solo grito, le entran entonces ganas de matar a la madre.

—¡Asi reventases, mala víbora! —dice por lo bajo.

Victorita, con su abriguillo de algodón, va dando una carrera hasta la tipografía "El Porvenir", en la calle de la Madera, donde trabaja de empaquetadora, todo el santo dia de pie.

Hay veces en que Victorita tiene más frío que de costumbre y ganas de llorar, unas ganas inmensas de llorar.

Doña Rosa madruga bastante, va todos los dias a misa de siete.

Doña Rosa duerme, en este tiempo, con camisón de abrigo, un camisón de franela inventado por ella.

Doña Rosa, de vuelta de la iglesia, se compra unos churros, se mete en su Café por la puerta del portal —en su Café que semeja un desierto cementerio, con las sillas patas arriba, encima de las mesas, y la cafetera y el piano enfundados—, se sirve una copeja de ojén, y desayuna.

Doña Rosa, mientras desayuna, piensa en lo inseguro de los tiempos; en la guerra que, ¡Dios no lo haga!, van perdiendo los alemanes; en los camareros, el encargado, el echador, los músicos, hasta el botones, tienen cada dia más exigencias, más pretensiones, más humos.

Doña Rosa, entre sorbo y sorbo de ojén, habla sola, en voz baja, un poco sin sentido, sin ton ni son y a la buena de Dios.

—Pero quien manda aquí soy yo, ¡mal que os pese! Si quiero me echo otra copa y no tengo que dar cuenta a nadie. Y si me da la gana, tiro la botella contra un espejo. No lo hago porque no quiero. Y si quiero, echo el cierre para siempre y aquí no se despacha un café ni a Dios. Todo esto es mío, mi trabajo me costó levantarlo.

Doña Rosa, por la mañana temprano, siente que el Café es más suyo que nunca.

—El Café es como el gato, sólo que más grande. Como el gato es mío, si me da la gana le doy morcilla o lo mato a palos.

Don Roberto González ha de calcular que, desde su casa a la Diputación, hay más de media hora andando. Don Roberto González, salvo que esté muy cansado, va siempre a pie a todas partes. Dando un paseíto se estiran las piernas y se ahorra, por lo menos, una veinte a diario, treinta y seis pesetas al mes, casi noventa duros al año.

Don Roberto González desayuna una taza de malta con leche bien caliente y media barra de pan. La otra media la lleva, con un poco de queso manchego, para tomársela a media mañana.

Don Roberto González no se queja, los hay que están peor. Después de todo, tiene salud, que es lo principal.

El niño que canta flamenco duerme debajo de un puente, en el camino del cementerio. El niño que canta flamenco vive con algo parecido a una familia gitana, con algo en lo que, cada uno de los miembros que la forman, se las agencia como mejor puede, con una libertad y una autonomía absolutas.

El niño que canta flamenco se moja cuando llueve, se hiela si hace frío, se achicharra en el mes de agosto, mal guarecido a la escasa sombra del puente: es la vieja ley del Dios del Sinai.

El niño que canta flamenco tiene un pie algo torcido; rodó por un desmonte, le dolió mucho, anduvo cojeando algún tiempo...

Purita acarició la frente de Martín.

—Tengo un duro y pico en el bolso, ¿quieres que mande por algo para desayunar?

Martín, con la felicidad, había perdido la vergüenza. A todo el mundo le suele pasar lo mismo.

—Bueno.


—¿Qué quieres, café y unos churros?

Martin se rió un poquito, estaba muy nervioso.

—No, café y dos bollos suizos, ¿te parece?

—A mí me parece lo que tú quieras. Purita besó a Martín. Martín saltó de la cama, dio dos vueltas por la habitación y se volvió a acostar.

—Dame otro beso.

—Todos los que tú quieras.

Martín, con un descaro absoluto, sacó el sobre de las colillas y lió un cigarrillo. Purita no se atrevió a decirle ni palabra. Martín tenía en la mirada casi el brillo del triunfador.

—Anda, pide el desayuno.

Purita se puso el vestido sobre la piel y salió al pasillo. Martín, al quedarse solo, se levantó y se miró al espejo.

Doña Margot, con los ojos abiertos, dormía el sueño de los justos en el Depósito, sobre el frío mármol de una de las mesas. Los muertos del Depósito no parecen personas muertas, parecen peleles asesinados, máscaras a las que se les acabó la cuerda.

Es más triste un títere degollado que un hombre muerto.

La señorita Elvira se despierta pronto, pero no madruga. A la señorita Elvira le gusta estarse en la cama, muy tapada, pensando en sus cosas, o leyendo "Los misterios de París" sacando sólo un poco la mano para sujetar el grueso, el mugriento, el desportillado volumen.

La mañana sube, poco a poco, trepando como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo, sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás descubren horizontes nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.

La mañana, esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, es cucaña, esa colmena...

¡Que Dios nos coja confesados!

FINAL
Han pasado tres o cuatro días. El aire va tomando cierto color de Navidad. Sobre Madrid, que es como una vieja planta con tiernos tallitos verdes, se oye, a veces, entre el hervir de la calle, el dulce voltear, el cariñoso voltear de las campanas de alguna capilla. Las gentes se cruzan, presurosas. Nadie piensa en el de al lado, en ese hombre que a lo mejor va mirando para el suelo; con el estómago deshecho o un quiste en un pulmón o la cabeza destornillada...

Don Roberto lee el periódico mientras desayuna. Luego se va a despedir de su mujer, de la Filo, que se quedó en la cama medio mala.

—Ya lo he visto, está bien claro. Hay que hacer algo por ese chico, piensa tú. Merecer no se lo merece, pero, ¡despues de todo!

La Filo llora mientras dos de los hijos, al lado de la cama, miran sin comprender: los ojos llenos de lágrimas, la expresión vagamente triste, casi perdida, como la de esas terneras que aún alientan —la humeante sangre sobre las losas del suelo— mientras lamen, con la torpe lengua de los últimos instantes, la roña de la blusa del matarife que las hiere, indiferente como un juez: la colilla en los labios, el pensamiento en cualquier criada y una romanza de zarzuela en la turbia voz.

Nadie se acuerda de los muertos que llevan ya un año bajo tierra.

En las familias se oye decir:

—No olvidaros, mañana es el aniversario de la pobre mamá.

Es siempre una hermana, la más triste, que lleva la cuenta...

Doña Rosa va todos los dias a la Corredera, a hacer la compra, con la criada detrás. Doña Rosa va a la plaza después de haber trajinado lo suyo en el Café; doña Rosa prefiere caer sobre los puestos cuando ya la gente remite, vencida la mañana.

En la plaza se encuentra, a veces, con su hermana. Doña Rosa pregunta siempre por sus sobrinas. Un dia le dijo a doña Visi:

—¿Y Julita?

—Ya ves.


—¡A esa chica le hace falta un novio! Otro día —hace un par de días— doña Visi al ver a doña Rosa, se le acercó radiante de alegría!

—¿Sabes que a la niña le ha salido novio?

—¿Sí?

Sí.


—¿Y qué tal?

—La mar de bien, hija, estoy encantada.

—Bueno, bueno, que así sea, que no se tuerzan las cosas...

—¿Y por qué se van a torcer, mujer?

—¡Qué sé yo! ¡Con el género que hay ahora!

—¡Ay, Rosa, tú siempre viéndolo todo negro!

—No, mujer, lo que pasa es que a mí me gusta ver venir las cosas. Si salen bien, pues mira, ¡tanto mejor!

—Sí.


—Y si no...

—Si no, otro será, digo yo.

—Sí, si éste no te la desgracia.

Aún quedan tranvías en los que la gente se sienta cara a cara, en dos largas filas que se contemplan con detenimiento, hasta con curiosidad incluso.

—Ése tiene cara de pobre cornudo, seguramente su señora se le escapó con alguien, a lo mejor con un corredor de bicicleta, quién sabe si con uno de Abastos.

Si el trayecto es largo, la gente se llega a encariñar. Parece que no, pero siempre se siente un poco que aquella mujer, que parecía tan desgraciada, se quede en cualquier calle y no la volvamos a ver jamás, ¡cualquiera sabe si en toda la vida!

—Debe arreglarse mal, quizá su marido esté sin trabajo, a lo mejor están llenos de hijos.

Siempre hay una señora joven, gruesa, pintada, vestida con cierta ostentación. Lleva un gran bolso de piel verde, unos zapatos de culebra, un lunar pintado en la mejilla.

—Tiene aire de ser la mujer de un prendero rico. También tiene aire de ser la querida de un médico; los médicos eligen siempre queridas muy llamativas, parece como si quisieran decir a todo el mundo: "¡Hay que ver! ¿Eh? ¿Ustedes se han fijado bien? ¡Ganado del mejor!"

Martín viene de Atocha. Al llegar a Ventas se apea y tira a pie por la carretera del Este. Va al cementerio a ver a su madre, doña Filomena López de Marco, que murió hace algún tiempo, un día de poco antes de Nochebuena.

Pablo Alonso dobla el periódico y llama al timbre. Laurita se tapa, le da todavía algo de vergüenza que la doncella la vea en la cama. Después de todo, hay que pensar que no lleva viviendo en la casa más que dos días; en la pensión de la calle de Preciados donde se metió al salir de su portería de Lagasca, ¡se estaba tan mal!

¿Se puede?

—Pase. ¿Está el señor Marco?

—No, señor, se marchó hace ya rato. Me pidió una corbata vieja del señor, que fuese de luto.

—¿Se la dio?

—Sí, señor.

—Bien. Prepáreme el baño.

La criada se va de la habitación.

—Tengo que salir, Laurita. ¡Pobre desgraciado! ¡Lo único que le faltaba!

—¡Pobre chico! ¿Crees que lo encontrarás?

—No sé, miraré en Comunicaciones o en el Banco de España, suele caer por allí a pasar la mañana.

Desde el camino del Este se ven unas casuchas miserables, hechas de latas viejas y de pedazos de tablas. Unos niños juegan tirando piedras contra los charcos que la lluvia dejó. Por el verano, cuando todavía no se secó del todo el Abroñigal, pescan ranas a palos y se mojan los pies en las aguas sucias y malolientes del regato. Unas mujeres buscan en los montones de basura. Algún hombre ya viejo, quizás impedido, se sienta a la puerta de una choza sobre un cubo boca abajo, y extiende al tibio sol de la mañana un periódico lleno de colillas.

—No se dan cuenta, no se dan cuenta...

Martín, que iba buscando una rima de "laurel", para un soneto a su madre que ya tenía empezado, piensa en eso ya tan dicho de que el problema no es de producción, sino de distribución.

—Verdaderamente, ésos están peor que yo. ¡Qué barbaridad! ¡Las cosas que pasan!.

Paco llega, sofocado, con la lengua fuera, al bar de la calle de Narváez. El dueño, Celestino Ortiz, sirve una copita de cazalla al guardia García.

—El abuso del alcohol es malo para las moléculas del cuerpo humano, que son, como ya le dije alguna vez, de tres clases: moléculas sanguíneas, moléculas musculares y moléculas nerviosas, porque las quema y las echa a perder, pero una copita de cuando en cuando sirve para calentar el estómago.

—Lo mismo digo.

—...y para alumbrar las misteriosas zonas del cerebro humano.

El guardia Julio García está embobado.

—Cuentan que los filósofos antiguos, los de Grecia y los de Roma y los de Cartago, cuando querían tener algún poder sobrenatural...

La puerta se abrió violentamente y un ramalazo de aire helado corrió sobre el mostrador.

—¡Esa puerta!

—¡Hola, señor Celestino!

El dueño le interrumpió. Ortiz cuidaba mucho los tratamientos, era algo así como un jefe de protocolo en potencia.

—Amigo Celestino.

—Bueno, déjese ahora. ¿Ha venido Martín por aquí?

—No, no ha vuelto desde el otro día, se conoce que se enfadó; a mí esto me tiene algo disgustado, puede creerme. Paco se volvió de espaldas al guardia.

—Mire. Lea aquí.

Paco le dio un periódico doblado.

—Ahí abajo.

Celestino lee despacio, con el entrecejo fruncido.

—Mal asunto.

—Eso creo.

—¿Qué piensa usted hacer?

—No sé. ¿A usted qué se le ocurre? Yo creo que será mejor hablar con la hermana, ¿no le parece? ¡Si pudiéramos mandarlo a Barcelona, mañana mismo!

En la calle de Torrijos, un perro agoniza en el alcorque de un árbol. Lo atropello un taxi por mitad de la barriga. Tiene los ojos suplicantes y la lengua fuera. Unos niños le hostigan con el pie. Asisten al espectáculo dos o tres docenas de personas.

Doña Jesusa se encuentra con Purita Bartolomé.

—¿Qué pasa ahí?

—Nada, un chucho deslomado.

—¡Pobre!

Doña Jesusa coge de un brazo a Purita.

—¿Sabes lo de Martín?

—No, ¿qué le pasa?

—Escucha.

Doña Jesusa lee a Purita unas lineas del periódico.

—¿Y ahora?

—Pues no sé, hija, me temo que nada bueno. ¿Lo has visto?

—No, no lo he vuelto a ver.

Unos basureros se acercan al grupo del can moribundo, cogen al perro de las patas de atrás y lo tiran dentro del carrito. El animal da un profundo, un desalentado aullido de dolor, cuando va por el aire. El grupo mira un momento para los basureros y se disuelve después. Cada uno tira para un lado. Entre las gentes hay, quizás, algún niño pálido que goza —mientras sonríe siniestramente, casi imperceptiblemente— en ver como el perro no acaba de morir...

Ventura Aguado habla con la novia, con Julita, por teléfono.

—Pero ¿ahora mismo?

—Sí, hija, ahora mismo. Dentro dé media hora estoy en el Metro de Bilbao, no faltes.

—No, no, pierde cuidado. Adiós.

—Adiós, échame un beso..

—Tómalo, mimoso.

A la media hora, al llegar a la boca del Metro de Bilbao, Ventura se encuentra con Julita, que ya espera. La muchacha tenía una curiosidad enorme, incluso hasta un poco de preocupación. ¿Qué pasaría?

—¿Hace mucho tiempo que has llegado?

—No, no llega a cinco minutos. ¿Qué ha pasado?

—Ahora te diré, vamos a meternos aquí. Los novios entran en una cervecería y se sientan al fondo, ante una mesa casi a oscuras.

—Lee.

Ventura enciende una cerilla para que la chica pueda leer.



—¡Pues sí, en buena se ha metido tu amigo!

—Eso es todo lo que hay, por eso te llamaba. Julita está pensativa.

—¿Y qué va a hacer?

—No sé, no lo he visto.

La muchacha coge la mano del novio y da una chupada de su cigarro.

—¡Vaya por Dios!

—Sí, en perro flaco todas son pulgas... He pensado que vayas a ver a la hermana, vive en la calle de Ibiza.

—¡Pero si no la conozco!

—No importa, le dices que vas de parte mía. Lo mejor era que fueses ahora mismo. ¿Tienes dinero?

—No.


—Toma dos duros. Vete y vuelve en taxi, cuanto más prisa nos demos es mejor. Hay que esconderlo, no hay más remedio.

—Sí, pero... ¿No nos iremos a meter en un lío?

—No sé, pero no hay más remedio. Si Martin se ve solo es capaz de hacer cualquier estupidez.

—Bueno, bueno, ¡tú mandas!

—Anda, vete ya.

—¿Qué número es?

—No sé, es esquina a la segunda bocacalle, a la izquierda, subiendo por Narváez, no sé cómo se llama. Es en la acera de allá, en la de los pares, después de cruzar. Su marido se llama González, Roberto González.

—¿Tú me esperas aquí?

—Sí, yo me voy a ver a mi amigo que es hombre de mucha mano, y dentro de media hora estoy aquí otra vez.

El señor Ramón habla con don Roberto, que no ha ido a la oficina, que pidió permiso al jefe por teléfono.

—Es algo muy urgente, don José, se lo aseguro; muy urgente y muy desagradable. Ya sabe que a mí no me gusta abandonar el trabajo sin más ni más. Es un asunto de familia.

—Bueno, hombre, bueno, no venga usted, ya diré a Díaz que eche una ojeada por su Negociado.

—Muchas gracias, don José, que Dios se lo pague. Yo sabré corresponder a su benevolencia.

—Nada, hombre, nada, aquí estamos todos para ayudarnos como buenos amigos, el caso es que arregle usted su problema.

—Muchas gracias, don José, a ver si puede ser... El señor Ramón tiene el aire preocupado.

—Mire usted, González, si usted me lo pide yo lo escondo aquí unos días; pero después, que busque otro sitio. No es por nada, porque aquí mando yo, pero la Paulina se va a poner hecha un basilisco en cuanto se entere.

Martín tira por los largos caminos del cementerio. Sentado a la puerta de la capilla, el cura lee una novela de vaqueros del Oeste. Bajo el tibio sol de diciembre los gorriones pían, saltando de cruz a cruz, meciéndose en las ramas desnudas de los árboles. Una niña pasa en bicicleta por el sendero; va cantando, con su tierna voz, una ligera canción de moda. Todo lo demás es suave silencio, grato silencio. Martín siente un bienestar inefable.

Petrita habla con su señorita, con la Filo.

—¿Qué le pasa a usted, señorita?

—Nada, el niño que está malito, ya sabes tú. Petrita sonríe con cariño.

—No, el niño no tiene nada. A la señorita le pasa algo peor.

Filo se lleva el pañuelo a los ojos.

—Esta vida no trae más que disgustos, hija, ¡tú eres aún muy chiquilla para comprender!

Rómulo, en su librería de lance, lee el periódico.

"Londres. Radio Moscú anuncia que la conferencia entre Churchill, Roosevelt y Stalin se ha celebrado en Teherán hace unos días."

—¡Este Churchill, es el mismo diablo! ¡Con la mano de años que tiene y largándose de un lado para otro como si fuese un pollo!

"Cuartel General del Führer. En la región de Gomel, del sector central del Frente del Este, nuestras fuerzas han evacuado los puntos de..."

—¡Huy, huy! ¡A mí esto me da muy mala espina! "Londres. El Presidente Roosevelt llegó a la isla de Malta a bordo de su avión gigante Douglas."

—¡Qué tío! ¡Pondría una mano en el fuego porque ese aeroplanito tiene hasta retrete!

Rómulo pasa la hoja y recorre las columnas, casi cansadamente, con la mirada.

Se detiene ante unas breves, apretadas líneas. La garganta se le queda seca y los oídos le empiezan a zumbar.

—¡Lo que faltaba para el duro! ¡Los hay gafes!

Moreno, viuda de D. Sebastián Marco Fernández. Falleció en Madrid el 20 de diciembre de 1934."

Martín no va todos los años a visitar los restos de la madre, en el aniversario. Va cuando se acuerda.

Martin se descubre. Una leve sensación de sosiego, siente que le da placidez al cuerpo. Por encima de las tapias del cementerio, allá a lo lejos, se ve la llanura color pardo en la que el sol se para, como acostado. El aire es frío, pero no helador. Martin, con el sombrero en la mano, nota en la frente una ligera caricia ya casi olvidada, una vieja caricia del tiempo de la niñez...

—Se está muy bien aquí —piensa—, voy a venir con más frecuencia.

No faltó nada para que se pusiera a silbar, se dio cuenta a tiempo.

Martín mira para los lados.

"La niña Josefina de la Peña Ruiz subió al Cielo el día 3 de mayo de 1941, a los once años de edad."

—Como la niña de la bicicleta. A lo mejor eran amigas; a lo mejor, pocos días antes de morir, le decía, como dicen, a veces, las niñas de once años: "Cuando sea mayor y me case..."

"El Ilmo. Señor Don Raúl Soria Bueno. Falleció en Madrid..."

—¡Un hombre ilustre pudriéndose metido en un cajón! Martín se da cuenta de que no hace fundamento.

—No, no. Martín, estáte quieto.

Levanta de nuevo la mirada y se le ocupa la memoria con el recuerdo de la madre. No piensa en sus últimos tiempos, la ve con treinta y cinco años...

—Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea el tu nombre, venga a nos el tu reino, asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores... No, esto me parece que no es así.

Martin empieza otra vez y vuelve a equivocarse; en aquel momento hubiera dado diez años de vida por acordarse del Padrenuestro.

Cierra los ojos y los aprieta con fuerza. De repente, rompe a hablar a media voz.

—Madre mía que estás en la tumba, yo te llevo dentro de mi corazón y pido a Dios que te tenga en la Gloria eterna como te mereces. Amén.

Martín sonríe. Está encantado con la oración que acaba de inventar.

—Madre mía que estás en la tumba, pido a Dios... No, no era asi.

Martín frunce el entrecejo.

—¿Cómo era?

Filo sigue llorando.

—Yo no sé lo que hacer, mi marido ha salido a ver a un amigo. Mi hermano no hizo nada, yo se lo aseguro a usted; eso debe ser una equivocación, nadie es infalible, él tiene sus cosas en orden...

Julita no sabe lo que decir.

—Eso creo yo, seguramente es que se han equivocado. De todas maneras, yo creo que convendría hacer algo, ver a alguien. ¡Vamos, digo yo!

—Sí., a ver qué dice Roberto cuando venga. Filo llora más fuerte, de repente. El niño pequeño que tiene en el brazo, llora también.

—A mí lo único que se me ocurre es rezar a la Virgencita del Perpetuo Socorro, que siempre me sacó de apuros.

Roberto y el señor Ramón llegaron a un acuerdo. Como lo de Martín, en todo caso, no debía ser nada grave, lo mejor sería que se presentase sin más ni más. ¿Para qué andar escapando cuando no hay nada importante que ocultar? Esperarían un par de días —que Martín podía pasar muy bien en casa del señor Ramón— y después, ¿por qué no?, se presentaría acompañado del capitán Ovejero, de don Tesifonte, que no es capaz de negarse y que siempre es una garantía.

—Me parece muy bien, señor Ramón, muchas gracias. Usted es hombre muy cabal.

—No, hombre, no, es que a mi me parece que sería lo mejor.

—Sí, eso creo yo. Créame si le aseguro que me ha quitado usted un peso de encima...

Celestino lleva escritas tres cartas, piensa escribir aún otras tres. El caso de Martín le preocupa.

—Si no me paga, que no me pague, pero yo no lo puedo dejar así.

Martín baja las laderitas del cementerio con las manos en los bolsillos.

—Sí, me voy a organizar. Trabajar todos los días un poco es la mejor manera. Si me cogieran en cualquier oficina, aceptaba. Al principio, no, pero después se puede hasta escribir, a ratos perdidos, sobre todo si tienen buena calefacción. Le voy a hablar a Pablo, él seguramente sabrá de algo. En Sindicatos se debe estar bastante bien, dan pagas extraordinarias.

A Martín se le borró la madre, como con una goma de borrar, de la cabeza.

—También se debe estar muy bien en el Instituto Nacional de Previsión; ahí debe ser más difícil entrar. En esos sitios se está mejor que en un Banco. En los Bancos explotan a la gente, al que llega tarde un día le quitan dinero al darle la paga. En las oficinas particulares hay algunas en las que no debe ser difícil prosperar; a mí lo que me venia bien era que me nombrasen para hacer una campaña en la Prensa.

¿Padece usted de insomnio? ¡Allá usted! ¡Usted es un desgraciado porque quiere! ¡Las tabletas equis (Marco, por ejemplo) le harían a usted feliz sin que le atacasen lo más mínimo al corazón!

Martín va entusiasmado con la idea. Al pasar por la puerta se dirige a un empleado.

—¿Tiene usted un periódico? Si ya lo ha leído, yo se lo pago, es para ver una cosa que me interesa...

—Sí, ya lo he visto, lléveselo usted.

—Muchas gracias.

Martin salió disparado. Se sentó en un banco del jardinillo que hay a la puerta del cementerio y desdobló su periódico.

—A veces, en la prensa, vienen indicaciones muy buenas para los que buscamos empleo.

Martin se dio cuenta de que iba demasiado de prisa y se quiso frenar un poco.

—Voy a leerme las noticias; lo que sea, será; pero ya se sabe, no por mucho madrugar se amanece más temprano. Martín está encantado consigo mismo.

—¡Hoy sí que estoy fresco y discurro bien! Debe ser el aire del campo.

Martín lía un pitillo y empieza a leer el periódico.

—Esto de la guerra es la gran barbaridad. Todos pierden y ninguno hace avanzar ni un paso a la Cultura.

Por dentro sonríe, va de éxito en éxito.

De vez en cuando, piensa sobre lo que lee, mirando para el horizonte.

—En fin, ¡sigamos!

Martín lee todo, todo le interesa, las crónicas internacionales, el artículo de fondo, el extracto de unos discursos, la información teatral, los estrenos de los cines, la Liga...

Martín nota que la vida, saliendo a las afueras a respirar el aire puro, tiene unos matices más tiernos, más delicados que viviendo constantemente hundido en la ciudad.

Martín dobla el diario, lo guarda en el bolsillo de la americana, y rompe a andar. Hoy sabe más cosas que nunca, hoy podría seguir cualquier conversación sobre la actualidad. El periódico se lo ha leído de arriba abajo, la sección de anuncios la deja para verla con calma, en algún Café, por si hay que apuntar alguna dirección o llamar a cualquier teléfono. La sección de anuncios, los edictos y el racionamiento de los pueblos del cinturón, es lo único que Martín no leyó.

Al llegar a la Plaza de Toros ve un grupo de chicas que le miran.

—Adiós, preciosas.

—Adiós, turista.

A Martín le salta el corazón en el pecho. Es feliz. Sube por Alcalá a paso picado, silbando la Madelón.

—Hoy verán los míos que soy otro hombre.

Los suyos pensaban algo por el estilo. Martin, que lleva ya largo rato andando, se para ante los escaparates de una bisutería.

—Cuando esté trabajando y gane dinero, le compraré unos pendientes a la Filo. Y otros a Purita. Se palpa el periódico y sonríe.

—¡Aquí puede haber una pista!

Martín, por un vago presentimiento, no quiere precipitarse... En el bolsillo lleva el periódico, del que no ha leído todavía la sección de anuncios ni los edictos. Ni el racionamiento de los pueblos del cinturón.

—¡Ja, ja! Los pueblos del cinturón. ¡Qué chistoso! ¡Los pueblos del cinturón!


Madrid, 1945-50.
Libros Tauro

http://www.LibrosTauro.com.ar

  1. (N, del E. Se trata de un cálculo muy modesto por parte del autor; en el censo que figura en el presente volumen, José Manuel Caballero Bonald recuenta doscientos noventa y seis personajes imaginarios y cincuenta personajes reales; en total, trescientos cuarenta y seis.

(1) ...fornicarios y de fácil negocio. En singular, Libro de Alexan-dre, verso 1016 d

(1) La carta de Agustín Rodríguez Silva tenia puntos, pero no tenía comas: al copiarla aquí se le pusieron algunas. También se corrigieron ciertas pequeñas faltas de ortografía. (N. del E.)






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