La Colmena a mi hermano Juan Carlos, guardiamarína de la Armada española nota a la primera edicióN



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El guardia Julio García Morrazo lleva ya una hora paseando por la calle de Ibiza. A la luz de los faroles se le ve pasar, para arriba y para abajo, siempre sin alejarse demasiado. El hombre anda despacio, como si estuviera meditabundo, y parece que va contando los pasos, cuarenta para allí, cuarenta para aquí, y vuelta a empezar. A veces da algunos más y llega hasta la esquina.

El guardia Julio García Morrázo es gallego. Antes de la guerra no hacía nada, se dedicaba a llevar a su padre ciego de romería cantando las alabanzas de San Sibrán y tocando el guitarrillo. A veces cuando había vino por medio, Julio tocaba un poco la gaita, aunque, por lo común, prefería bailar y que la gaita la tocasen otros.

Cuando vino la guerra y le llamaron a quintas, el guardia Julio García Morrázo era ya un hombre lleno de vida, como un ternero, con ganas de saltar y de brincar como un potro salvaje, y aficionado a las sardinas cabezudas, a las mozas tetonas y al vino del Ribero. En el frente de Asturias, un mal día le pegaron un tiro en un costado y desde entonces el Julio García Morrazo empezó a enflaquecer y ya no levantó cabeza; lo peor de todo fue que el golpe no resultó lo bastante grande para que lo diesen inútil y el hombre tuvo que volver a la guerra y no pudo reponerse bien.

Cuando la guerra terminó, Julio García Morrazo se buscó una recomendación y se metió a guardia.

—Para el campo no quedaste bien —le dijo su padre— y además a ti tampoco te gusta trabajar. ¡Si te hicieran carabinero!

El padre de Julio García Morrazo se encontraba ya viejo y cansado y no quería volver a las romerías.

—Yo ya me quedo en casa. Con lo que tengo ahorrado puedo ir viviendo, pero para los dos no hay.

Julio estuvo varios días pensativo, dándole vueltas a la cosa, y al final, al ver que su padre insistía, se decidió.

—No; carabinero es muy difícil, para carabinero echan instancia los cabos y los sargentos; yo ya me conformaba con guardia.

—Bueno, tampoco está mal. Lo que yo te digo es que aquí no hay para los dos, ¡que si hubiera!

—Ya, ya.


Al guardia Julio García Morrazo se le mejoró algo la salud y, poco a poco, fue cogiendo hasta media arrobita más de carne. No volvió, bien es cierto, a lo que había sido, pero tampoco se quejaba; otros, al lado suyo, se habían quedado en el campo, tumbados panza arriba. Su primo Santiaguiño, sin ir más lejos, que le dieron un tiro en el macuto donde llevaba las bombas de mano y del que el pedazo más grande que se encontró no llegaba a los cuatro dedos.

El guardia Julio García Morrazo era feliz en su oficio; subirse de balde a los tranvías era algo que, al principio, le llamaba mucho la atención.

—Claro —pensaba—, es que uno es autoridad.

En el cuartel lo querían bien todos los jefes porque era obediente y disciplinado y nunca había sacado los pies del plato, como otros guardias que se creían tenientes generales. El hombre hacía lo que le mandaban, no ponía mala cara a nada, y todo lo encontraba bien; él sabía que no le quedaba otra cosa que hacer, y no se le ocurría pensar en nada más.

—Cumpliendo la orden —se decía— nunca tendrán que decirme nada. Y además, el que manda, manda, para eso tienen galones y estrellas y yo no los tengo.

El hombre era de buen conformar y tampoco quería complicaciones.

—Mientras me den de comer caliente todos los días y lo que tenga que hacer no sea más que pasear detrás de las estraperlistas...

Victorita, a la hora de la cena, riñó con la madre.

—¿Cuándo dejas a ese tísico? ¡Anda, que lo que vas a sacar tú de ahí!

—Yo saco lo que me da la gana.

—Sí, microbios y que un día te hinche el vientre.

—Yo ya sé lo que me hago, lo que me pase es cosa mía.

—¿Tú? ¡Tú qué vas a saber! Tú no eres más que una mocosa que no sabe de la misa la media.

—Yo sé lo que necesito.

—Sí, pero no lo olvides; si te deja en estado, aquí no pisas.

Victorita se puso blanca.

—¿Eso es lo que te dijo la abuela? La madre se levantó y le pegó dos tortas con toda su alma. Victorita ni se movió.

—¡Golfa! ¡Mal educada! ¡Que eres una golfa! ¡Asi no se le habla a una madre!

Victorita se secó con el pañuelo un poco de sangre que tenia en los dientes.

—Ni a una hija tampoco. Si mi novio está malo, bastante desgracia tiene para que tú estés todo el día llamándole tísico.

Victorita se levantó de golpe y salió de la cocina. El padre había estado callado todo el tiempo.

—¡Déjala que se vaya a la cama! ¡Tampoco hay derecho a hablarla así! ¿Que quiere a ese chico? Bueno, pues déjala que lo quiera, cuanto más le digas va a ser peor. Además, ¡para lo que va a durar el pobre!

Desde la cocina se oía un poco el llanto entrecortado de la chica, que se había tumbado encima de la cama.

—¡Niña, apaga la luz! Para dormir no hace falta luz. Victorita buscó a tientas la pera de la luz y la apagó.

Don Roberto llama al timbre de su casa; se había dejado las llaves en el otro pantalón, siempre le pasa lo mismo y eso que no hacia más que decirlo: "Cambiarme las llaves del pantalón, cambiarme las llaves del pantalón". Le sale a abrir la puerta su mujer.

—Hola, Roberto.

—Hola.

La mujer procura tratarlo bien y ser amable; el hombre trabaja como un negro para mantenerlos con la cabeza a flote.



—Vendrás con frío, ponte las zapatillas, te las tuve puestas al lado del gas.

Don Roberto se puso las zapatillas y la chaqueta vieja de casa, una americana raída, que fue marrón en sus tiempos, con una rayita blanca que hacía muy fino, muy elegante.

—¿Y los niños?

—Bien, acostaditos ya; el pequeño dio un poco de guerra para dormirse, no sé si estará algo malito.

El matrimonio fue hacia la cocina; la cocina es el único sitio de la casa donde se puede estar durante el invierno.

—¿Arrimó ese botarate por aquí?

La mujer eludió la respuesta, a lo mejor se habían cruzado en el portal y metía la pata. A veces, por querer que las cosas salgan bien y que no haya complicaciones, se mete la pata y se organizan unos líos del diablo.

—Te tengo de cena chicharros fritos. Don Roberto se puso muy contento, los chicharros fritos es una de las cosas que más le gustan.

—Muy bien.

La mujer le sonrió, mimosa.

—Y con unas perras que fui sisando de la plaza, te he traído media botella de vino. Trabajas mucho, y un poco de vino, de vez en cuando, siempre te vendrá bien al cuerpo.

La bestia de González, según le llamaba su cuñado, era un pobre hombre, un honesto padre de familia, más infeliz que un cubo, que en seguida se ponía tierno.

—¡Qué buena eres, hija! Muchas veces lo he pensado: hay días en que, si no fuera por ti, yo no sé lo que haría. En fin, un poco de paciencia, lo malo son estos primeros años, hasta que yo me vaya situando, estos diez primeros años. Después ya todo será coser y cantar, ya verás.

Don Roberto besó a su mujer en la mejilla.

—¿Me quieres mucho?

—Mucho, Roberto, ya lo sabes tú.

El matrimonio cenó sopa, chicharros fritos y un plátano. Después del postre, don Roberto miró fijo para su mujer.

—¿Qué quieres que te regale mañana? La mujer sonrió, llena de felicidad y de agradecimiento.

—¡Ay, Roberto! ¡Qué alegría! Creí que este año tampoco te ibas a acordar.

—¡Calla, boba! ¿Por qué no me iba a acordar? El año pasado fue por lo que fue, pero este año...

—¡Ya ves! ¡Me encuentro tan poquita cosa!

A la mujer, como hubiese seguido, tan sólo un instante, pensando en su pequeñez, se le hubieran arrasado los ojos de lágrimas.

—Di, ¿qué quieres que te regale?

—Pero, hombre, ¡con lo mal que andamos!

Don Roberto, mirando para el plato, bajó un poco la voz.

—En la panadería pedí algo a cuenta.

La mujer lo miró cariñosa, casi entristecida.

—¡Qué tonta soy! Con la conversación me había olvidado de darte un vaso de leche.

Don Roberto, mientras su mujer fue a la fresquera, con tinuó:

—Me dieron también diez pesetas para comprarles alguna chuchería a los niños.

—¡Qué bueno eres, Roberto!

—No, hija, son cosas tuyas; como todos, ni mejor ni peor.

Don Roberto se bebió un vaso de leche, su mujer le da siempre un vaso de leche de sobrealimentación.

—A los chicos pensé comprarles una pelota. Si sobra algo, me tomaré un vermú. No pensaba decirte nada, pero, ¡ya ves!, no sé guardar un secreto.

A doña Ramona Bragado le llamó por teléfono don Mario de la Vega, uno que tiene una imprenta. El hombre quería noticias de algo detrás de lo que andaba ya desde hacia varios dias.

—Y además, son ustedes del mismo oficio, la chica trabaja en una imprenta, yo creo que no ha pasado de aprendiza.

—¿Ah, sí? ¿En cuál?

—En una que se llama tipografía "El Porvenir", que está en la calle de la Madera.

—Ya, ya; bueno, mejor, asi todo queda en el gremio. Oiga, ¿y usted cree que...? ¿Eh?

—Sí, descuide usted, eso es cosa mía. Mañana, cuando eche usted el cierre, pásese por la lechería y me saluda con cualquier disculpa.

—Sí, sí.

—Pues eso. Yo se la tendré allí, ya veremos con qué motivo. La cosa me parece que ya está madurita, que ya está al caer. La criatura está muy harta de calamidades y no aguanta más que lo que queramos dejarla tranquila. Además, tiene el novio enfermo y quiere comprarle medicinas; estas enamoradas son las más fáciles, ya verá usted. Esto es pan comido.

—¡Ojalá!

—Usted lo ha de ver. Oiga, don Mario, que de aquello no bajo un real, ¿eh? Bastante en razón me he puesto.

—Bueno, mujer, ya hablaremos.

—No, ya hablaremos, no, ya está todo hablado. ¡Mire usted que doy marcha atrás!

—Bueno, bueno.

Don Mario se rió, como dándoselas de hombre muy baqueteado. Doña Ramona quería atar bien todos los cabos.

—¿De acuerdo?

—Sí, mujer, de acuerdo.

Cuando don Mario volvió a la mesa, le dijo al otro:

—Usted entrará cobrando dieciséis pesetas, ¿entendido? Y el otro le contestó:

—Sí, señor, entendido.

El otro es un pobre chico que había estudiado algo, pero que no acababa de encajar en nada; el hombre no tenía buena suerte ni tampoco buena salud. En su familia había una vena de tísicos; a un hermano suyo que se llamaba Paco lo habían devuelto del cuartel porque ya no podía ni con su alma.

Los portales llevan ya algún tiempo cerrados, pero el mundo de los noctámbulos sigue todavía goteando, cada vez más lentamente, camino del autobús.

La calle, al cerrar de la noche, va tomando un aire entre hambriento y misterioso, mientras un vientecillo que corre como un lobo, silba por entre las casas.

Los hombres y las mujeres que van, a aquellas horas, hacia Madrid, son los noctámbulos puros, los que salen por salir, los que tienen ya la inercia de trasnochar: los clientes con dinero de los cabarets, de los cafés de la Gran Vía, llenos de perfumadas, de provocativas mujeres que llevan el pelo teñido y unos impresionantes abrigos de pieles, de color negro, con alguna canita blanca de cuando en cuando; o los noctivagos de bolsillo más ruin, que se meten a charlar en una tertulia, o se van de copeo por los tupis. Todo, menos quedarse en casa.

Los otros, los trasnochadores accidentales, los clientes de los cines, que sólo salen alguna que otra noche, siempre a tiro hecho y jamás a lo que caiga, han pasado hace ya rato, antes de cerrar los portales. Primero los clientes de los cines del centro, apresurados, mejor vestidos, que tratan de coger un taxi: los clientes del Callao, del Capítol, del Palacio de la Música, que pronuncian casi correctamente los nombres de las actrices, que incluso alguno de ellos es invitado de vez en cuando a ver películas en la Embajada inglesa, en el local de la calle de Orfila. Saben mucho de cine y en vez de decir, como los habituales de los cines de barrio, "es una película estupenda de la Joan Crawford", dicen, como hablando siempre para iniciados, "es una grata comedia, muy francesa, de René Clair", o "es un gran drama de Frank Capra". Ninguno sabe con exactitud qué es lo "muy francés", pero no importa; vivimos un poco el tiempo de la osadía, ese espectáculo que algunos hombres de limpio corazón contemplan atónitos desde la barrera sin entender demasiado lo que sucede, que es bien claro.

Los clientes de los cines de barrio, los hombres que no saben nunca quiénes son los directores, pasan un poco después, ya con los portales cerrados, sin grandes prisas, peor vestidos, menos preocupados también, por lo menos a esas horas, Marchan dando un paseíto hasta el Narváez, el Alcalá, el Tívoli, el Salamanca, donde ven películas ya famosas, con una fama quizá ya un poco marchita por varias semanas de Gran Vía, películas de hermosos, poéticos nombres que plantean tremendos enigmas humanos no siempre descifrados.

Los clientes de los cines de barrio todavía deberán esperar algún tiempo para ver "Sospecha" o "Las aventuras de Marco Polo" o "Si no amaneciera".

El guardia Julio García Morrazo, en una de las veces en que se llegó hasta la esquina, se acordó de Celestino, el del bar.

—Este Celestino es el mismo diablo, ¡qué cosas se le ocurren! Pero no tiene un pelo de tonto, es hombre que ha leído la mar de libros.

Celestino Ortiz, después de recordar aquello de la ira ciega y de la animalidad, quitó su libro, su único libro, de encima de los botellines de vermú y lo guardó en el cajón. ¡Las cosas que pasan! Martin Marco no salió del bar con la frente rota en pedazos, gracias a Nietzsche. ¡Si Nietzsche levantara la cabeza!

Detrás de los visillos de su entresuelo, doña María Morales de Sierra, hermana de doña Clarita Morales de Pérez, la mujer de don Camilo, el callista que vivía en la misma casa de don Ignacio Galdácano, el señor que no podrá asistir a la reunión en casa de don Ibrahim porque está loco, habla a su marido, don José Sierra, Ayudante de Obras Públicas.

—¿Te has fijado en ese guardia? No hace más que ir de un lado para otro, como si esperase a alguien.

El marido ni le contesta. Leyendo el periódico está totalmente evadido, igual que si viviese en un mundo mudo y extraño, muy lejos de su mujer. Si don José Sierra no hubiera alcanzado un grado tan perfecto de abstracción no podría leer el periódico en su casa.

—Ahora vuelve otra vez para aquí. ¡Lo que daría por saber qué hace! Y eso que éste es un barrio tranquilo, de gente de orden. ¡Si fuera por ahí detrás, por los solares de la Plaza de Toros, que está todo negro como boca de lobo!

Los solares de la antigua Plaza de Toros están a unas docenas de pasos del entresuelo de doña María.

—Por ahí ya sería otra cosa, por ahí son capaces hasta de atracarla a una, ¡pero por aquí! Por amor de Dios, ¡si esto está como una balsa de aceite! ¡Si por aquí no se mueve ni una rata!

Doña María se volvió, sonriente. Su sonrisa no pudo verla su marido, que seguía leyendo.

Victorita lleva ya mucho rato llorando y en su cabeza los proyectos se atropellan unos con otros: desde meterse a monja hasta echarse a la vida, todo le parece mejor que seguir en su casa. Si su novio pudiera trabajar, le propondría que se escapasen juntos; trabajando los dos, malo sería que no pudiesen reunir lo bastante para comer. Pero su novio, la cosa era bien clara, no estaba para nada más que para estarse en la cama todo el día, sin hacer nada y casi sin hablar. ¡También era fatalidad! Lo del novio, todo el mundo lo dice, a veces se cura con mucha comida y con inyecciones; por lo menos, si no se curan del todo, se ponen bastante bien y pueden durar muchos años, y casarse, y hacer vida normal. Pero Victorita no sabe cómo buscar dinero. Mejor dicho, sí lo sabe, pero no acaba de decidirse; si Paco se enterase, la dejaría en el momento, ¡menudo es! Y si Victorita se decidiese a hacer alguna barbaridad, no sería por nada ni por nadie más que por Paco. Victorita hay algunos momentos en los que piensa que Paco le iba a decir: "Bueno, haz lo que quieras, a mi no me importa", pero pronto se da cuenta de que no, de que Paco no le iba a decir eso. Victorita en su casa no puede seguir, ya está convencida; su madre le hace la vida imposible, todo el día con el mismo sermón. Pero, también, lanzarse asi, a la buena de Dios, sin alguien que le eche una mano, es muy expuesto. Victorita había hecho ya sus cálculos y vio que la cosa tenía sus más y sus menos; yendo todo bien era como un tobogán, pero las cosas, bien del todo, no van casi nunca, y a veces van muy mal. La cuestión estaba en tener suerte y que alguien se acordase de una; pero ¿quién se iba acordar de Victorita? Ella no conocía a nadie que tuviera diez duros ahorrados, a nadie que no viviese de un jornal. Victorita está muy cansada, en la imprenta está todo el día de pie, a su novio lo encuentra cada día peor, su madre es un sargento de Caballería que no hace más que gritar, su padre es un hombre blandengue y medio bebido con el que no se puede contar para nada. Quien tuvo suerte fue la Pirula, que estaba con Victorita en la imprenta, de empaquetadora también, y que se la llevó un señor que además de tenerla como una reina y de darle todos los caprichos, la quiere y la respeta. Si le pidiese dinero, la Pirula no se lo negaría; pero, claro, la Pirula podría darle veinte duros, pero tampoco tenía por qué darle más. La Pirula, ahora, vivía como una duquesa, la llamaba todo el mundo señorita, iba bien vestida y tenía un piso con radio. Victorita la vio un día por la calle; en un año que llevaba con ese señor, hay que ver el cambio que habia hecho, no parecía la misma mujer, hasta parecía que había crecido y todo. Victorita no pedía tanto...

El guardia Julio García Morrazo habla con el sereno, Gumersindo Vega Calvo, paisano suyo.

—¡Mala noche!

—Las hay peores.

El guardia y el sereno tienen, desde hace ya varios meses, una conversación que les gusta mucho a los dos, una conversación sobre la que vuelven y vuelven, noche a noche, con un paciente regodeo.

—Entonces, ¿usted dice que es de la parte de Porrino?

—Eso es, de cerca; yo le vengo a ser de Mos,

—Pues yo tengo una hermana casada en Salvatierra, que se llama Rosalía.

—¿La del Burelo, el de los clavos?

—Ésa; sí, señor.

—Ésa está muy bien, ¿eh?

—Ya lo creo, ésa casó muy bien. La señora del entresuelo sigue en sus conjeturas, es una señora algo cotilla.

—Ahora se junta con el sereno, seguramente le estará pidiendo informes de algún vecino, ¿no te parece?

Don José Sierra seguía leyendo con un estoicismo y una resignación ejemplares.

—Los serenos están siempre muy al tanto de todo, ¿verdad? Cosas que no sabemos los demás, ellos ya están hartos de saberlas.

Don José Sierra acabó de leer un editorial sobre previsión social y se metió con otro que trataba del funcionamiento y de las prerrogativas de las Cortes tradicionales españolas.

—A lo mejor, en cualquier casa de éstas, hay un masón camuflado. ¡Como no se les conoce por fuera!

Don José Sierra hizo un sonido raro con la garganta, un sonido que tanto podía significar que sí, como que no, como que quizá, como que quién sabe. Don José es un hombre que, a fuerza de tener que aguantar a su mujer, había conseguido llegar a vivir horas enteras, a veces hasta días enteros, sin más que decir, de cuando en cuando, ¡hum!, y al cabo de otro rato, ¡hum!, y así siempre. Era una manera muy discreta de darle a entender a su mujer que era una imbécil, pero sin decírselo claro.

El sereno está contento con la boda de su hermana Rosalía; los Burelos son gente muy considerada en toda la comarca.

—Tiene ya nueve rapaces y está ya del décimo

—¿Casó hace mucho?

—Sí hace ya bastante; casó hace ya diez años.

El guardia tarda en echar la cuenta. El sereno, sin darle tiempo a terminar, vuelve a coger el hilo de la conversación.

—Nosotros somos de más a la parte de La Cañiza, nosotros somos de Covelo. ¿No oyó usted nombrar a los Pelones?

—No, señor.

—Pues ésos somos nosotros.

El guardia Julio García Morrazo se vio en la obligación de corresponder.

—A mi y a mi padre nos dicen los Raposos.

—Ya.

—A nosotros no nos da por tomarlo a mal, todo el mundo nos lo llama.



—Ya.

—El que se cabreaba la mar era mi hermano Telmo, uno que se murió de los tifus, que le llamaban Pito Tiñoso.

—Ya. Hay algunas personas que tienen muy mal carácter, ¿verdad, usted?

—¡Huy! ¡Le hay algunos que tienen el demonio en la sangre! Mi hermano Telmo no aguantaba que le diesen una patada.

—Ésos acaban siempre mal.

—Es lo que yo digo.

El guardia y el sereno hablan siempre en castellano; quieren demostrarse, el uno al otro, que no son unos pailanes.

El guardia Julio García Morrazo, a aquellas horas, empieza a ponerse elegiaco.

—¡Aquél sí que es buen país! ¿Eh?

El sereno Gumersindo Vega Calvo es un gallego de los otros, un gallego un poco escéptico y al que da cierto rubor la confesión de la abundancia.

—No es malo.

—¡Qué ha de ser! ¡Allí se vive! ¿Eh?

-¡Ya, ya!

De un bar abierto en la acera de enfrente, salen a la fría calle los compases de un fox lento hecho para ser oído, o bailado, en la intimidad.

Al sereno le llama alguien que llega.

—¡Sereno!

El sereno está como recordando.

—Allí lo que mejor se da son las patatas y el maíz; por la parte de donde somos nosotros también hay vino.

El hombre que llega vuelve a llamarlo más familiarmente.

-¡Sindo!


-¡Va!

Al llegar a la boca del Metro de Narváez, a pocos pasos de la esquina de Alcalá, Martin se encontró con su amiga la Uruguaya, que iba con un señor. Al principio disimuló, hizo como que no la veía.

—Adiós, Martín, pasmado.

Martín volvió la cabeza, ya no había más remedio.

—Adiós, Trinidad, no te había visto.

—Oye, ven, os voy a presentar. Martín se acercó.

—Aquí, un buen amigo; aquí, Martín, que es escritor. A la Uruguaya la llaman así porque es de Buenos Aires.

—Éste que ves —le dice al amigo—, aquí donde lo tienes, hace versos. ¡Pero venga, hombre, saludaros, que os he presentado!

Los dos hombres obedecieron y se dieron la mano.

—Mucho gusto, ¿cómo está usted?

—Muy bien cenado, muchas gracias.

El hombre que va con la Uruguaya es uno de esos que se las dan de graciosos.

La pareja empezó a reírse a voces. La Uruguaya tenía los dientes de delante picados y ennegrecidos.

—Oye, tómate un café con nosotros. Martin se quedó indeciso, pensaba que al otro, a lo mejor, le iba a sentar mal.

—Sí, hombre, métase usted aquí con nosotros. ¡Pues no faltaría más!

—Bueno, muchas gracias, sólo un momento.

—¡No tenga usted prisas, hombre, todo el tiempo que quiera! ¡La noche es larga! Quédese usted, a mi me hacen mucha gracia los poetas.

Se sentaron en un Café que hay en el chaflán, y el cabrito pidió café y coñac para todos.

—Dígale al cerillero que venga.

—Sí, señor.

Martin se puso enfrente de la pareja. La Uruguaya estaba un poco bebida, no había más que verla. El cerillero se acercó.

—Buenas noches, señor Flores, ya hacía tiempo que no se dejaba usted ver... ¿Va usted a querer algo?

—Sí, danos unos puntos que sean buenos. Oye, Uruguaya, ¿tienes tabaco?

—No, ya me queda poco; cómprame un paquete.

—Dale también un paquete de rubio a ésta.

El bar de Celestino Ortiz está vacío. El bar de Celestino Ortiz es un bar pequeñito, con la portada de color verde oscuro, que se llama "Aurora Vinos y comidas". Comidas, por ahora, no hay, Celestino instalará el servicio de comidas cuando se le arreglen un poco las cosas; no se puede hacer todo en un día.

En el mostrador, el último cliente, un guardia, bebe su ruin copeja de anís.

—Pues eso mismo es lo que yo le digo a usted, a mí que no me vengan con cuentos de la China.

Cuando el guardia se largue, Celestino piensa bajar el cierre, sacar su jergón y echarse a dormir; Celestino es hombre a quien no le gusta trasnochar, prefiere acostarse pronto y hacer vida sana, por lo menos todo lo sana que se pueda.

—¡Pues mire usted que lo que me puede importar a mí!

Celestino duerme en su bar por dos razones: porque le sale más barato y porque así evita que lo desvalijen la noche menos pensada.

—El mal donde está es más arriba. Ahí, desde luego, no.

Celestino aprendió pronto a hacerse la gran cama, de la que se viene abajo alguna que otra vez, colocando su colchoneta de crin sobre ocho o diez sillas juntas.

—Eso de prender a las estraperlistas del Metro, me parece una injusticia. La gente tiene que comer y si no encuentra trabajo, pues ha de apañárselas como pueda. La vida está por las nubes, eso lo sabe usted tan bien como yo, y lo que dan en el suministro no es nada, no llega ni para empezar. No quiero ofender, pero yo creo que el que unas mujeres vendan pitillos o barras no es para que anden ustedes los guardias detrás.

El guardia del anís no era un dialéctico.

—Yo soy un mandado.

—Ya lo sé. Yo sé distinguir, amigo mío.

Cuando el guardia se marcha, Celestino, después de armar el tinglado sobre el que duerme, se acuesta y se pone a leer un rato; le gusta solazarse un poco con la lectura antes de apagar la luz y echarse a dormir. Celestino, en la cama, lo que suele leer son romances y quintillas, a Nietzsche lo deja para por el día. El hombre tiene un verdadero montón y algunos pliegos se los sabe enteros, de pe a pa. Todos son bonitos, pero los que más le gustan a él son los titulados "La insurrección en Cuba" y "Relación de los crímenes que cometieron los dos fíeles amantes don Jacinto del Castillo y doña Leonor de la Rosa para conseguir sus promesas de amor". Este último es un romance de los clásicos, de los que empiezan como Dios manda:


Sagrada Virgen María,

Antorcha del Cielo Empíreo,

Hija del Eterno Padre,

Madre del Supremo Hijo

y del Espíritu Esposa,

pues con virtud, y dominio

en tu vientre virginal

concibió el ser más benigno,

y al cabo de nueve meses,

nació el Autor más divino

para redención del hombre,

de carne humana vestido,

quedanto tu intacto Seno

casto, terso, puro y limpio.


Estos romances antiguos eran sus preferidos. A veces, para justificarse un poco, Celestino se ponía a hablar de la sabiduría del pueblo y de otras monsergas por el estilo. A Celestino también le gustaban mucho las palabras del cabo Pérez ante el piquete:
Soldados, ya que mi suerte

me ha puesto en estos apuros,

os regalo cuatro duros

porque me deis buena muerte;

sólo Pérez os advierte

para que apuntéis derecho,

aunque delito no ha hecho

para tal carnicería,

que toméis la puntería

dos al cráneo y dos al pecho.


—¡Vaya tío! ¡Antes sí que había hombres! —dice Celestino en voz alta, poco antes de apagar la luz.

Al fondo del semioscuro salón, un violinista melenudo y lleno de literatura toca, apasionadamente, las czardas de Monti.

Los clientes beben. Los hombres, whisky; las mujeres, champán; las que han sido porteras hasta hace quince dias, beben pippermint. En el local todavía hay muchas mesas, es aún un poco pronto.

—¡Cómo me gusta esto, Pablo!

—Pues hínchate, Laurita, no tienes otra cosa que hacer.

—Oye, ¿es verdad que esto excita?

El sereno fue a donde lo llamaban.

—Buenas noches, señorito.

—Hola.

El sereno sacó la llave y empujó la puerta. Después, Como sin darle mayor importancia, puso la mano.



—Muchas gracias.

El sereno encendió la luz de la escalera, cerró el portal y se vino, dando golpes con el chuzo contra el suelo, a seguir hablando con el guardia.

—Éste viene todas las noches a estas horas y no se marcha hasta eso de las cuatro. En el ático tiene una señorita que está la mar de bien, se llama la señorita Pirula.

—Así cualquiera.

La señora del entresuelo no les quita ojo de encima.

—Y de algo hablarán cuando no se separan. Fíjate, cuando el sereno tiene que abrir algún portal el guardia lo espera.

El marido dejó el periódico.

—¡También tienes ganas tú de ocuparte de lo que no te importa! Estará esperando a alguna criada.

—Sí, claro, así todo lo arreglas en seguida.

El señor que tiene la querida en el ático, se quitó el abrigo y lo dejó sobre el sofá del hall. El hall es muy pequeñito, no tiene más mueble que un sofá de dos y enfrente una repisa de madera, debajo de un espejo de marco dorado.

—¿Qué hay, Pirula?

La señorita Pirula había salido a la puerta en cuanto oyó la llave.

—Nada, Javierchu; para mí, todo lo que hay eres tú.

La señorita Pirula es una chica joven y con aire de ser muy fina y muy educadita, que aún no hace mucho más de un año decía "denén", y "leñe", y "cocretas".

De una habitación de dentro, suavemente iluminada por una luz baja, llegaba, discreto, el sonar de la radio: un suave, un lánguido, un confortable fox lento escrito, sin duda, para ser oído y bailado en la intimidad.

—Señorita, ¿usted baila?

—Muchas gracias, caballero, estoy algo cansada, he estado bailando toda la noche.

La pareja se puso a reír a carcajadas, no unas carcajadas como las de la Uruguaya y el señor Flores, claro es, y después se besó.

—Pirula, eres una chiquilla.

—Y tú un colegial, Javier.

Hasta el cuartito del fondo, la pareja fue abrazada del talle, como si estuvieran paseando por una avenida de acacias en flor.

—¿Un cigarrillo?

El rito es el mismo todas las noches, las palabras que se dicen, poco más o menos, también. La señorita Pirula tiene un instinto conservador muy perspicaz, probablemente hará carrera. Desde luego, por ahora no puede quejarse: Javier la tiene como una reina, la quiere, la respeta...

Victorita no pedía tanto. Victorita no pedía más que comer y seguir queriendo a su novio, si llegaba a curarse alguna vez. Victorita no sentía deseos ningunos de golfear; pero a la fuerza ahorcan. La muchacha no había golfeado jamás, nunca se había acostado con nadie más que con su novio. Victorita tenía fuerza de voluntad y, aunque era cachonda, procuraba resistirse. Con Paco siempre se había portado bien y no lo engañó ni una sola vez.

—A mi me gustáis todos los hombres —le dijo un dia, antes de que él se pusiera malo—, por eso no me acuesto más que contigo. Si empezase, iba a ser el cuento de nunca acabar.

La chica estaba colorada y muerta de risa al hacer su confesión, pero al novio no le gustó nada la broma.

—Si te soy igual yo que otro, haz lo que quieras, puedes hacer lo que te dé la gana.

Una vez, ya durante la enfermedad del novio, la fue siguiendo por la calle un señor muy bien vestido,

—Oiga usted, señorita, ¿a dónde va usted tan de prisa?

A la muchacha le gustaron los modales del señor; era un señor fino, con aire elegante, que sabia presentarse.

—Déjeme, que voy a trabajar.

—Pero, mujer, ¿por qué voy a dejarla? Que vaya usted a trabajar me parece muy bien; es señal de que, aunque joven y guapa, es usted decente. Pero ¿qué mal puede haber en que crucemos unas palabras?

—¡Mientras no sea más que eso!

—¿Y qué más puede ser?

La muchacha sintió que las palabras se le escapaban.

—Podría ser lo que yo quisiese... El señor bien vestido no se inmutó.

—¡Hombre, claró! Comprenda usted, señorita, que uno tampoco es manco y que hace lo que sabe.

—Y lo que le dejan.

—Bueno, claro, y lo que le dejan.

El señor acompañó a Victorita durante un rato. Poco antes de llegar a la calle de la Madera, Victorita lo despidió.

—Adiós, déjeme ya. Puede vernos cualquiera de la imprenta.

El señor frunció un poquito las cejas.

—¿Trabaja usted en una imprenta de por aquí?

—Sí, ahí en la calle de la Madera. Por eso le decía que me dejase usted, otro día nos veremos.

—Espérate un momento.

El señor, cogiendo la mano de la chica, sonrió.

—¿Tú quieres? Victorita sonrió también.

—¿Y usted?

El señor la miró fijo a los ojos.

—¿A qué hora sales esta tarde? Victorita bajó la mirada.

—A las siete. Pero no venga a buscarme, tengo novio.

—¿Y viene a recogerte?

La voz de Victorita se puso un poco triste.

—No, no viene a recogerme. Adiós.

—¿Hasta luego?

—Bueno, como usted quiera, hasta luego.

A las siete, cuando Victorita salió de trabajar en la tipografía "El Porvenir", se encontró con el señor, que la estaba esperando en la esquina de la calle del Escorial.

—Es sólo un momento, señorita, ya me hago cargo de que tiene que verse con su novio.

A Victorita le extrañó que volviera a tratarla de usted.

—Yo no quisiera ser una sombra en las relaciones entre usted y su novio, comprenda usted que no puedo tener ningún interés.

La pareja fue bajando hasta la calle de San Bernardo. El señor era muy correcto, no la cogia del brazo ni para cruzar las calles.

—Yo me alegro mucho de que usted pueda ser muy feliz con su novio. Si de mí dependiese, usted y su novio se casaban mañana mismo.

Victorita miró de reojo al señor. El señor le hablaba sin mirarla, como si hablase consigo mismo.

—¿Qué más se puede desear, para una persona a la que se aprecia, sino que sea muy feliz?

Victorita iba como en una nube. Era remotamente dichosa, con una dicha vaga, que casi no se sentía, con una dicha que era también un poco lejana e imposible.

—Vamos a meternos aqui, hace frío para andar paseando.

—Bueno.

Victorita y el señor entraron en el Café San Bernardo y se sentaron a una mesa del fondo, uno frente al otro.



—¿Qué quiere usted que pidamos?

—Un café calentito.

Cuando el camarero se acercó, el señor le dijo:

—A la señorita tráigale un exprés con leche y un tortel; a mí déme uno solo.

El señor sacó una cajetilla de rubio.

—¿Fuma?


—No, yo no fumo casi nunca.

—¿Qué es casi nunca?

—Bueno, pues que fumo de vez en cuando, en Nochebuena...

El señor no insistió, encendió su cigarrillo y guardó la cajetilla.

—Pues si, señorita, si de mí dependiese, usted y su novio se casaban mañana sin falta. Victorita lo miró.

—¿Y por qué quiere usted casarnos? ¿Qué saca usted con eso?

—No saco nada, señorita. A mi, como usted comprenderá, ni me va ni me viene con que usted se case o siga soltera. Si se lo decía es porque me figuraba que a usted le agradaría casarse con su novio.

—Pues si me agradaría. ¿Por qué voy a mentirle?

—Hace usted bien, hablando se entiende la gente. Para lo que yo quiero hablarle a usted, nada importa que sea casada o soltera.

El señor tosió un poquito.

—Estamos en local público, rodeados de gente y separados por esta mesa.

El señor rozó un poco con sus piernas las rodillas de Victorita.

—¿Puedo hablarla a usted con entera libertad?

—Bueno. Mientras no falte...

—Nunca puede haber falta, señorita, cuando se hablan las cosas claras. Lo que voy a decirle es como un negocio, que puede tomarse o dejarse, aquí no hay compromiso ninguno.

La muchacha estaba un poco perpleja.

—¿Puedo hablarla?

—Sí.


El señor cambió de postura.

—Pues mire usted, señorita, vayamos al grano. Por lo menos, usted me reconocerá que no quiero engañarla, que le presento las cosas tal como son.

El Café estaba cargado, hacía calor, y Victorita se echó un poco hacia atrás su abriguillo de algodón.

—El caso es que no sé cómo empezar... Usted me ha impresionado mucho, señorita.

—Ya me figuraba yo lo que quería decirme.

—Me parece que se equivoca usted. No me interrumpa, ya hablará usted al final.

—Bueno, siga.

—Bien. Usted, señorita, le decía, me ha impresionado mucho: sus andares, su cara, sus piernas, su cintura, sus pechos...

—Sí, ya entiendo, todo.

La muchacha sonrió, sólo un momento, con cierto aire de superioridad.

—Exactamente: todo. Pero no sonría usted, te estoy hablando en serio.

El señor volvió a rozarle las rodillas y le cogió una mano que Victorita dejó ir, complaciente, casi con sabiduría.

—Le juro que le estoy hablando completamente en serio. Todo en usted me gusta, me imagino su cuerpo, duro y tibio, de un color suave...

El señor apretó la mano de Victorita.

—No soy rico y poco puedo ofrecerle...

El señor se extrañó de que Victorita no retirase la mano.

—Pero lo que voy a pedirle tampoco es mucho. El señor tosió otro poquito.

—Yo quisiera verla desnuda, nada más que verla. Victorita apretó la mano del señor.

—Me tengo que marchar, se me hace tarde.

—Tiene usted razón. Pero contésteme antes. Yo quisiera verla desnuda, le prometo no tocarla a usted ni un dedo, no rozarla ni un pelo de la ropa. Mañana iré a buscarla. Yo sé que usted es una mujer decente, que no es ninguna cocotte... Guárdese usted esto, se lo ruego. Sea cual sea su decisión, acépteme usted esto para comprarse cualquier cosita que le sirva de recuerdo.

Por debajo de la mesa, la muchacha cogió un billete que le dio el señor. No le tembló el pulso al cogerlo.

Victorita se levantó y salió del Café. Desde una de las mesas próximas, un hombre la saludó.

—Adiós, Victorita, orgullosa, que desde que te tratas con marqueses ya no saludas a los pobres.

—Adiós, Pepe.

Pepe era uno de los oficiales de la tipografía "El Porvenir".

Victorita lleva ya mucho rato llorando. En su cabeza, los proyectos se agolpan como la gente a la salida del Metro. Desde irse monja hasta hacer la carrera, todo le parece mejor que seguir aguantando a su madre.


Don Roberto levanta la voz.

—¡Petrita! ¡Tráeme el tabaco del bolsillo de la chaqueta!

Su mujer interviene.

—¡Calla, hombre! Vas a despertar a los niños.

—No, ¡qué se van a despertar! Son igual que angelitos, en cuanto cogen el sueño no hay quien los despierte.

—Yo te daré lo que necesites. No llames más a Petrita, la pobre tiene que estar rendida.

—Déjala, éstas ni se dan cuenta. Más motivos para estar rendida tienes tú.

—¡Y más años! Don Roberto sonríe.

—¡Vamos, Filo, no presumas, todavía no te pesan! La criada llega a la cocina con el tabaco.

—Tráeme el periódico, está en el recibidor.

—Sí, señorito.

—¡Oye! Ponme un vaso de agua en la mesa de noche.

—Sí, señorito.

Filo vuelve a intervenir.

—Yo te pondré todo, hombre, déjala que se acueste.

—¿Que se acueste? Si ahora le dieses permiso se largaba para no volver hasta las dos o las tres de la mañana, ya lo verías.

—Eso también es verdad...

La señorita Elvira de vueltas en la cama, está desasosegada, impaciente, y una pesadilla se le va mientras otra le llega. La alcoba de la señorita Elvira huele a ropa usada y a mujer: las mujeres no huelen a perfume, huelen a pescado rancio. La señorita Elvira tiene jadeante y como entrecortado el respirar, y su sueño violento, desapacible, su sueño de cabeza caliente y panza fria, hace crujir, quejumbroso, el vetusto colchón.

Un gato negro y medio calvo que sonríe enigmáticamente, como si fuera una persona, y que tiene en los ojos un brillo que espanta, se tira, desde una distancia tremenda, sobre la señorita Elvira. La mujer se defiende a patadas, a golpes. El gato cae contra los muebles y rebota, como una pelota de goma, para lanzarse de nuevo encima de la cama.

El gato tiene el vientre abierto y rojo como una granada y del agujero del trasero le sale como una flor venenosa y maloliente de mil colores, una flor que parece un plumero de fuegos artificiales. La señorita Elvira se tapa la cabeza . con la sábana. Dentro de la cama, multitud de enanos se mueven enloquecidos, con los ojos en blanco. El gato se cuela, como un fantasma, coge del vientre a la señorita Elvira, le lame la barriga y se ríe a grandes carcajadas, unas carcajadas que sobrecogen el ánimo. La señorita Elvira está espantada y lo tira fuera de la habitación: tiene que hacer grandes esfuerzos, el gato pesa mucho, parece de hierro. La señorita Elvira procura no aplastar a los enanos. Un enano le grita "¡Santa María! ¡Santa María!". El gato pasa por debajo de la puerta, estirando todo el cuerpo como una hoja de bacalao. Mira siniestramente, como un verdugo. Se sube a la mesa de noche y fija sus ojos sobre la señorita Elvira con un gesto sanguinario. La señorita Elvira no se atreve ni a respirar. El gato baja a la almohada y le lame la boca y los párpados con suavidad, como un baboso. Tiene la lengua tibia como las ingles y suave, igual que el terciopelo. Le suelta con los dientes las cintas del camisón. El gato muestra su vientre abierto, que late acompasadamente, como una vena. La flor que le sale por detrás está cada vez más lozana, más hermosa. El gato tiene una piel suavísima. Una luz cegadora empieza a inundar la alcoba. El gato crece hasta hacerse como un tigre delgado. Los enanos siguen moviéndose desesperadamente. A la señorita Elvira le tiembla todo el cuerpo con violencia. Respira con fuerza mientras siente la lengua del gato lamiéndole los labios. El gato sigue estirándose cada vez más. La señorita Elvira se va quedando sin respiración, con la boca seca. Sus muslos se entreabren, un instante cautelosos, descarados después...

La señorita Elvira se despierta de súbito y enciende la luz. Tiene el camisón empapado en sudor. Siente frío, se levanta y se hecha el abrigo sobre los pies. Los oídos le zumban un poco y los pezones, como en los buenos tiempos, se le muestran rebeldes, casi altivos.

Se duerme con la luz encendida, la señorita Elvira.

—¡Pues, sí! ¡Qué pasa! Le di tres duros a cuenta, mañana es el cumpleaños de su señora.

El señor Ramón no consigue ponerse lo bastante enérgico; por más esfuerzos que hace, no consigue ponerse lo bastante enérgico.

—¿Que qué pasa? ¡Tú bien lo sabes! ¿No te andas con ojo? ¡Allá tú! Yo siempre te lo tengo dicho, asi no salimos de pobres. ¡Mira tú que andar ahorrando para esto!

—Pero, mujer, si se los descuento después. ¿A mí qué más me da? ¡Si se los hubiera regalado!

—Sí, sí, se los descuentas. ¡Menos cuando te olvidas!

—¡Nunca me he olvidado!

—¿No? ¿Y aquellas siete pesetas de la señora Josefa? ¿Dónde están aquellas siete pesetas?

—Mujer, necesitaba una medicina. Aun así, ya ves cómo ha quedado.

—¿Y a nosotros, qué se nos da que los demás anden malos? ¿Me quieres decir?

El señor Ramón apagó la colilla con el pie.

—Mira, Paulina, ¿sabes lo que te digo?

—Qué.


—Pues que en mis cuartos mando yo, ¿te das cuenta? Yo bien sé lo que me hago y tengamos la fiesta en paz.

La señora Paulina rezongó en voz baja sus últimas razones.

Victorita no consigue dormirse; le asalta el recuerdo de su madre, que es una bestia.

—¿Cuándo dejas a ese tísico, niña?

—Nunca lo dejaré; los tísicos dan más gusto que los borrachos.

Victorita nunca se hubiera atrevido a decirle a su madre nada semejante. Sólo si el novio se pudiera curar... Si el novio se pudiera curar, Victorita hubiera sido capaz de hacer cualquier cosa, todo lo que le hubieran pedido.

A vueltas en la cama, Victorita sigue llorando. Lo de su novio se arreglaba con unos duros. Ya es sabido: los tísicos pobres, pringan; los tísicos ricos, si no se curan del todo, por lo menos se van bandeando, se van defendiendo. El dinero no es fácil de encontrar, Victorita lo sabe muy bien. Hace falta suerte. Todo lo demás lo puede poner uno, pero la suerte no; la suerte viene si le da la gana, y lo cierto es que no le da la gana casi nunca.

Las treinta mil pesetas que le había ofrecido aquel señor, se perdieron porque el novio de Victorita estaba lleno de escrúpulos.

—No, no, a ese precio no quiero nada, ni treinta mil pesetas, ni treinta mil duros.

—¿Y a nosotros qué más nos da? —le decía la muchacha—. No deja rastro y no se entera nadie.

—¿Tú te atreverías?

—Por ti, sí. Lo sabes de sobra.

El señor de las treinta mil pesetas era un usurero de quien le habían hablado a Victorita.

—Tres mil pesetas te las presta fácil. Las vas a estar pagando toda la vida, pero te las presta fácil.

Victorita fue a verlo; con tres mil pesetas se hubieran podido casar. El novio aún no estaba malo; cogía sus catarros, tosía, se cansaba, pero aún no estaba malo, aún no había tenido que meterse en la cama.

—¿De modo, hija, que quieres tres mil pesetas?

—Sí, señor.

—¿Y para qué las quieres?

—Pues ya ve usted, para casarme.

—¡Ah, conque enamorada! ¿Eh?

—Pues, sí...

—¿Y quieres mucho a tu novio?

—Sí, señor.

—¿Mucho, mucho?

—Sí, señor, mucho.

—¿Más que a nadie?

—Sí, señor, más que a nadie.

El usurero dio dos vueltas a su gorrito de terciopelo verde. Tenía la cabeza picuda, como una pera, y el pelo descolorido, lacio, pringoso.

—Y tú, hija, ¿estás virgo? Victorita se puso de mala uva.

—¿Y a usted qué leche le importa?

—Nada, hijita, nada. Ya ves, curiosidad... ¡Caray con las formas! Oye, ¿sabes que eres bastante mal educada?

—¡Hombre, usted dirá! El usurero sonrió.

—No, hija, no hay que ponerse así. Después de todo, si tienes o no tienes el virgo en su sitio, eso es cosa tuya y de tu novio.

—Eso pienso yo.

—Pues por eso.

Al usurero le brillaban los ojitos como a una lechuza.

—Oye.

—Qué.


—Y si yo te diera, en vez de tres mil pesetas, treinta mil, ¿tú que harías?

Victorita se puso sofocada.

—Lo que usted me mandase.

—¿Todo lo que yo te mandase?

—Sí, señor, todo.

—¿Todo?


—Todo, sí, señor.

—¿Y tu novio, qué me haría?

—No sé; si quiere, se lo pregunto. Al usurero le brotaron en las pálidas mejillas unas rosetitas de arrebol.

—Y tú, rica, ¿sabes lo que yo quiero?

—No, señor; usted dirá.

El usurero tenía un ligero temblorcillo en la voz.

—Oye, sácate las tetitas.

La muchacha se sacó las tetitas por el escote.

—¿Tú sabes lo que son treinta mil pesetas?

—Sí, señor.

—¿Las has visto alguna vez juntas?

—No, señor, nunca.

—Pues yo te las voy a enseñar. Es cuestión de que tú quieras; tú y tu novio.

Un aire abyecto voló, torpemente, por la habitación, rebotando de mueble en mueble, como una mariposa moribunda.

—¿Hace?

Victorita sintió que un chorro de desvergüenza le subía a la cara.



—Por mi, sí. Por seis mil duros soy capaz de pasarme toda la vida obedeciéndole a usted. ¡Y más vidas que tuviera!

—¿Y tu novio?

—Ya se lo preguntaré, a ver si quiere.

El portal de doña María se abre y de él sale una muchachita, casi una niña, que cruza la calle.

—¡Oye, oye! ¡Si parece que ha salido de esta casa! El guardia Julio García se aparta del sereno, Gumersindo Vega.

—¡Suerte!

—Es lo que hace falta.

El sereno, al quedarse solo, se pone a pensar en el guardia. Después se acuerda de la señorita Pirula. Después, del chuzazo que le arreó en los riñones, el verano pasado, a un lila que andaba propasándose. Al sereno le da la risa.

—¡Cómo galopaba el condenado!

Doña María bajó la persiana.

—¡Ay, qué tiempos! ¡Cómo está todo el mundo! Después se calló unos instantes.

—¿Qué hora es ya?

—Son ya cerca de las doce. Anda, vamonos a dormir, será lo mejor.

—¿Nos vamos a acostar?

—Sí, será lo mejor.

Filo recorre las camas de los hijos, dándoles la bendición. Es, ¿cómo diríamos?, es una precaución que no deja de tomarse todas las noches.

Don Roberto lava su dentadura postiza y la guarda en un vaso de agua, que cubre con un papel de retrete, al que da unas vueltecitas rizadas por el borde, como las de los cartuchos de almendras. Después se fuma el último pitillo. A don Roberto le gusta fumarse todas las noches un pitillo, ya en la cama y sin los dientes puestos.

—No me quemes las sábanas.

—No, mujer.

El guardia se acerca a la chica y la coge de un brazo.

—Pensé que no bajabas.

—¡Ya ves!

—¿Por qué has tardado tanto?

—¡Pues mira! Los niños no se querían dormir. Y después el señorito: "¡Petrita, tráeme agua!, ¡Petrita, tráeme el tabaco del bolsillo de la chaqueta!, ¡Petrita, tráeme el periódico que está en el recibidor!" ¡Creí que iba a estar toda la noche pidiéndome cosas!

Petrita y el guardia desaparecen en una bocacalle, camino de los solares de la Plaza de Toros.

Un vientecillo frío le sube a la muchacha por las piernas tibias.

Javier y Pirula fuman los dos un solo cigarrillo. Es ya el tercero de la noche.

Están en silencio y se besan, de cuando en cuando, con voluptuosidad, con parsimonia.

Echados sobre el diván, con las caras muy juntas, tienen los ojos entornados mientras se complacen en pensar, vagarosamente, en nada o en casi nada.

Llega el instante en que se dan un beso más largo, más profundo, más desbordado. La muchacha respira hondamente, como quejándose. Javier la coge del brazo, como a una niña, y la lleva hasta la alcoba.

El lecho tiene la colcha de moaré, sobre la que se refleja la silueta de una araña de porcelana, de color violeta clarito, que cuelga del techo. Al lado de la cama arde una estufita eléctrica.

Un airecillo templado le sube a la muchacha por las piernas tibias.

—¿Está eso en la mesa de noche?

Sí... No hables...

Desde los solares de la Plaza de Toros, incómodo refugio de las parejas pobres y llenas de conformidad, como los feroces, los honestísimos amantes del Antiguo Testamento, se oyen —viejos, renqueantes, desvencijados, con la carrocería destornillada y los frenos ásperos y violentos— los tranvías que pasan, no muy lejanos, camino de las cocheras.

El solar mañanero de los niños alborotadores, camorristas, que andan a pedrada limpia todo el santo día, es, desde la hora de cerrar los portales, un edén algo sucio donde no se puede bailar, con suavidad, a los acordes de algún recóndito, casi ignorado, aparatito de radio; donde no se puede fumar el aromático deleitoso cigarrillo del preludio, donde no se pueden decir, al oído, fáciles ingeniosidades seguras, absolutamente seguras. El solar de los viejos y las viejas de después de comer, que vienen a alimentarse al sol, como los lagartos, es, desde la hora en que los niños y los matrimonios cincuentones se acuestan y se ponen a soñar, un paraíso directo donde no caben evasiones ni subterfugios, donde todo el mundo sabe a lo que va, donde se ama noblemente, casi con dureza, sobre el suelo tierno, en el que quedan, ¡todavía!, las rayitas que dibujó la niña que se pasó la mañana saltando a la pata coja, los redondos, los perfectos agujeros que cavó el niño que gastó avaramente sus horas muertas jugando a las bolas.

—¿Tienes frío, Petrita?

—No, Julio; ¡estoy tan bien a tu lado!

—¿Me quieres mucho?

—Mucho, no lo sabes tú bien.

Martín Marco vaga por la ciudad sin querer irse a la cama. No lleva encima ni una perra gorda y prefiere esperar a que acabe el Metro, a que se escondan los últimos amarillos y enfermos tranvías de la noche. La ciudad parece más suya, más de los hombres que, como él, marchan sin rumbo fijo con las manos en los vacíos bolsillos —en los bolsillos que, a veces, no están ni calientes—, con la cabeza vacía, con los ojos vacíos, y en el corazón, sin que nadie se lo explique, un vacío profundo e implacable.

Martín Marco sube por Torrijos hasta Diego de León, lentamente, casi olvidadamente, y baja por Príncipe de Vergara, por General Mola, hasta la plaza de Salamanca, con el Marqués de Salamanca en medio, vestido de levita y rodeado de un jardinillo verde y cuidado con mimo. A Martín Marco le gustan los paseos solitarios, las largas, cansadas caminatas por las calles anchas de la ciudad, por las mismas calles que de día, como por un milagro, se llenan —rebosantes como las tazas de los desayunos honestos— con las voces de los vendedores, los ingenuos y descocados cuplés de las criadas de servir, las bocinas de los automóviles, los llantos de los niños pequeños: tiernos, violentos, urbanos lobeznos amaestrados.

Martin Marco se sienta en un banco de madera y enciende una colilla que lleva envuelta, con otras varias, en un sobre que tiene un membrete que dice: "Diputación Provincial de Madrid. Negociado de Cédulas Personales".

Los bancos callejeros son corno una antología de todos los sinsabores y de casi todas las dichas: el viejo que descansa su asma, el cura que lee su breviario, el mendigo que se despioja, el albañil que almuerza mano a mano con su mujer, el tísico que se fatiga, el loco de enormes ojos soñadores, el músico callejero que apoya su cornetín sobre las rodillas, cada uno con su pequeñito o su grande afán, van dejando sobre las tablas del banco ese aroma cansado de las carnes que no llegan a entender del todo el misterio de la circulación de la sangre. Y la muchacha que reposa las consecuencias de aquel hondo quejido, y la señora que lee un largo novelón de amor, y la pequeña mecanógrafa que devora su bocadillo de butifarra y pan de tercera, y la cancerosa que aguanta su dolor, y la tonta de la boca entreabierta y dulce babita colgando, y la vendedora de baratijas que apoya la bandeja sobre el regazo, y la niña que lo que más le gusta es ver cómo mean los hombres...

El sobre de las colillas de Martín Marco salió de casa de su hermana. El pobre, bien mirado, es un sobre que ya no sirve para nada más que para llevar colillas, o clavos, o bicarbonato. Hace ya varios meses que quitaron las cédulas personales. Ahora hablan de dar unos carnets de identidad, con fotografía y hasta con huellas dactilares, pero eso lo más probable es que todavía yaya para largo. Las cosas del Estado marchan con lentitud.

Entonces Celestino, volviéndose hacia la fuerza, les dice:

—¡Ánimo, muchachos! ¡Adelante por la victoria! ¡El que tenga miedo que se quede! ¡Conmigo no quiero más que hombres enteros, hombres capaces de dejarse matar por defender una idea!

La fuerza está en silencio, emocionada, pendiente de sus palabras. En los ojos de los soldados se ve el furioso brillo de las ganas de pelear.

—¡Luchamos por una humanidad mejor! ¿Qué importa nuestro sacrificio si sabemos que no ha de ser estéril, si sabemos que nuestros hijos recogerán la cosecha de lo que hoy sembramos?

Sobre las cabezas de la tropa vuela la aviación contraria.

Ni uno solo se mueve.

—¡Y a los tanques de nuestros enemigos, opondremos el temple de nuestros corazones! La fuerza rompe el silencio.

—¡Muy bien!

—¡Y los débiles, y los pusilánimes, y los enfermos, deberán desaparecer!

—¡Muy bien!

—¡Y los explotadores, y los especuladores, y los ricos!

—¡Muy bien!

—¡Y los que juegan con el hambre de la población trabajadora!

—¡Muy bien!

—¡Repartiremos el oro del Banco de España!

—¡Muy bien!

—¡Pero para alcanzar la ansiada meta de la victoria final, es preciso nuestro sacrificio en aras de la libertad!

—¡Muy bien!

Celestino estaba más locuaz que nunca.

—¡Adelante, pues, sin desfallecimientos y sin una sola claudicación!

—¡Adelante!

—¡...Luchamos por el pan y la libertad!

—¡Muy bien!

—¡Y nada más! ¡Que cada cual cumpla con su deber! ¡Adelante!

Celestino, de repente, sintió ganas de hacer una necesidad.

—¡Un momento!

La fuerza se quedó un poco extrañada. Celestino dio una vuelta, tenía la boca seca. La fuerza empezó a desdibujarse, a hacerse un poco confusa... Celestino Ortiz se levantó de su jergón, encendió la luz del bar, tomó un traguito de sifón y se metió en el retrete.

Laurita ya se tomó su pippermint. Pablo ya se tomó un whisky. El violinista melenudo, probablemente, aún sigue rascando, con gesto dramático, su violín lleno de czardas sentimentales y de valses vieneses.

Pablo y Laurita están ya solos.

—¿No me dejarás nunca, Pablo?

—Nunca, Laurita.

La muchacha es feliz, incluso muy feliz. Allá en el fondo de su corazón, sin embargo, se levanta como una inconcreta, como una ligera sombra de duda.

La muchacha se desnuda, lentamente, mientras mira al hombre con los ojos tristes, como una colegiala interna.

—¿Nunca, de verdad?

—Nunca, ya lo verás.

La muchacha lleva una combinación blanca, bordada con florecitas de color de rosa.

—¿Me quieres mucho?

—Un horror.

La pareja se besa de pie, ante el espejo del armario. Los pechos de Laurita se aplastan un poco contra la chaqueta del hombre.

—Me da vergüenza, Pablo. Pablo se ríe.

—¡Pobrecita!

La muchacha lleva un sostén minúsculo.

—Suéltame aquí.

Pablo le besa la espalda, de arriba abajo.

—¡Ay!


—¿Qué te pasa?

Laurita sonríe, agachando un poco la cabeza.

—¡Qué malo eres!

El hombre le vuelve a besar en la boca.

—Pero ¿no te gusta?

La muchacha siente hacia Pablo un agradecimiento profundo.

—Sí, Pablo, mucho. Me gusta mucho, muchísimo...

Martín siente frio y piensa ir a darse una vuelta por los hotelitos de la calle de Alcántara, de la calle de Montesa, de la calle de Las Naciones, que es una callejuela corta, llena de misterio, con árboles en las rotas aceras y paseantes pobres y pensativos, que se divierten viendo entrar y salir a la gente de las casas de citas, imaginándose lo que pasa dentro, detrás de los muros de sombrío ladrillo rojo.

El espectáculo, incluso para Martín, que lo ve desde dentro, no resulta demasiado divertido, pero se mata el tiempo. Además, de casa en casa, siempre se va cogiendo algo de calor.

Y algo de cariño también. Hay algunas chicas muy simpáticas, las de tres duros; no son muy guapas, ésa es la verdad, pero son muy buenas y amables, y tienen un hijo en los agustinos o en los jesuítas, un hijo por el que hacen unos esfuerzos sin límite para que no salga un hijo de puta, un hijo al que van a ver, de vez en cuando, algún domingo por la tarde, con un velito a la cabeza y sin pintar. Las otras, las de postín, son insoportables con sus pretensiones y con su empaque de duquesas; son guapas, bien es cierto, pero también son atravesadas y despóticas, y no tienen ningún hijo en ningún lado. Las putas de lujo abortan, y si no pueden, ahogan a la criatura en cuanto nace, tapándole la cabeza con una almohada y sentándose encima.

Martín va pensando, a veces habla en voz baja.

—No me explico —dice— cómo sigue habiendo criaditas de veinte años ganando doce duros.

Martín se acuerda de Petrita, con sus carnes prietas y su cara lavada, con sus piernas derechas y sus senos levantándole la blusita o el jersey.

—Es un encanto de criatura, haría carrera y hasta podría ahorrar algunos duros. En fin, mientras siga decente, mejor hace. Lo malo será cuando la tumbe cualquier pescadero o cualquier guardia de Seguridad. Entonces será cuando se dé cuenta de que ha estado perdiendo el tiempo. ¡Allá ella!

Martin sale por Lista y al llegar a la esquina del General Pardiñas le dan el alto, le cachean y le piden la documentación.

Martín iba arrastrando los pies, iba haciendo ¡clas! ¡clas! sobre las losas de la acera. Es una cosa que le entretiene mucho...

Don Mario de la Vega fue pronto a la cama, el hombre quería estar descansado al día siguiente, por si salía bien la maniobra que llevaba doña Ramona.

El hombre que iba a entrar cobrando dieciséis pesetas, no era cuñado de una muchacha que trabajaba de empaquetadora en la tipografía "El Porvenir", de la calle de la Madera, porque a su hermano Paco le había agarrado la tisis con saña.

—Bueno, muchacho, hasta mañana, ¿eh?

—Adiós, siga usted bien. Hasta mañana y que Dios le dé mucha suerte, le estoy a usted muy agradecido.

—De nada, hombre, de nada. El caso es que sepas trabajar.

—Procuraré, sí, señor.

Al aire de la noche, Petrita se queja, gozosa, toda la sangre del cuerpo en la cara.

Petrita quiere mucho al guardia, es su primer novio, el hombre que se llevó las primicias por delante. Allí en el pueblo, poco antes de venirse, la chica tuvo un pretendiente, pero la cosa no pasó a mayores.

—¡Ay, Julio, ay, ay! ¡Ay, qué daño me haces! ¡Bestia! ¡Cachondo! ¡Ay, ay!

El hombre le muerde en la sonrosada garganta, donde se nota el tibio golpecito de la vida.

Los novios esperan unos momentos en silencio, sin moverse. Petrita parece como pensativa.

—Julio.


—Qué.

—¿Me quieres?

El sereno de la calle de Ibiza se guarece bajo un portal que deja entornado por si alguien llama.

El sereno de la calle de Ibiza enciende la luz de la escalera; después se da aliento en los dedos, que le dejan al aire los mitones de lana, para desentumecerlos. La luz de la escalera se acaba pronto. El hombre se frota las manos y vuelve a dar la luz. Después saca la petaca y lía un pitillo.

Martín habla suplicante, acobardado, con precipitación. Martín está tembloroso como una vara verde.

—No llevo documentos, me los he dejado en casa. Yo soy escritor, yo me llamo Martín Marco. A Martín le da la tos. Después se ríe.

—¡Je, je! Usted perdone, es que estoy algo acatarrado, eso es, algo acatarrado, ¡je, je!

A Martín le extraña que el policía no lo reconozca.

—Colaboro en la prensa del Movimiento, pueden ustedes preguntar en la Vicesecretaria, ahí en Genova. Mi último artículo salió hace unos días en varios periódicos de pro vincias: en Odiel, de Huelva; en Proa, de León; en Ofensiva, de Cuenca. Se llamaba Razones de la permanencia espiritual de Isabel la Católica,

El policía chupa su cigarrillo.

—Ande, siga. Vayase a dormir, que hace frío.

—Gracias, gracias.

—No hay de qué. Oiga. Martín creyó morir.

—Qué.


—Y que no se le quite la inspiración.

—Gracias, gracias. Adiós.

Martin aprieta el paso y no vuelve la cabeza, no se atreve. Lleva dentro del cuerpo un miedo espantoso que no se explica.

Don Roberto, mientras acaba de leer el periódico, acaricia, un poco por cumplido, a su mujer, que apoya la cabeza sobre su hombro. A los pies, en este tiempo, siempre se echan un viejo abrigo.

—Mañana qué es, Roberto, ¿un día muy triste o un día muy feliz?

—¡Un día muy feliz, mujer!

Filo sonríe. En uno de los dientes de delante tiene una caries honda, negruzca, redondita.

—Sí, ¡bien mirado!

La mujer, cuando sonríe honestamente, emocionadamente, se olvida de su caries y enseña la dentadura.

—Sí, Roberto, es verdad. ¡Qué día más feliz mañana!

—¡Pues claro, Filo! Y, además, ya sabes lo que yo digo, ¡mientras todos tengamos salud!

—Y la tenemos, Roberto, gracias a Dios.

—Sí, no podemos quejarnos. ¡Cuántos están peor! Nosotros, mal o bien, vamos saliendo. Yo no pido más.

—Ni yo, Roberto. Verdaderamente, muchas gracias tenemos que dar a Dios, ¿no te parece?

Filo está mimosa con su marido. La mujer es muy agradecida; el que le hagan un poco de caso le llena de alegría.

Filo cambia algo la voz,

—Oye, Roberto.

—Qué.


—Deja el periódico, hombre.

—Si tú quieres...

Filo coge a don Roberto de un brazo.

—Oye.


—Qué.

La mujer habla como una novia.

—¿Me quieres mucho?

—¡Pues claro, hijita, naturalmente que mucho! ¡A quién se le ocurre!

—¿Mucho, mucho?

—Don Roberto deja caer las palabras como en un sermón; cuando ahueca la voz, para decir algo solemne, parece un orador sagrado.

—¡Mucho más de lo que te imaginas!

Martín va desbocado, el pecho jadeante, las sienes con fuego, la lengua pegada al paladar, la garganta agarrotada, las piernas flaccidas, el vientre como una caja de música con la cuerda rota, los oídos zumbadores, los ojos más miopes que nunca.

Martin trata de pensar, mientras corre. Las ideas se empujan, se golpean, se atropellan, se caen y se levantan dentro de su cabeza, que ahora es grande como un tren, que no se explica por qué no tropieza en las dos filas de casas de la calle.

Martín, en medio del frío, siente en sus carnes un calor sofocante, un calor que casi no le deja respirar, un calor húmedo e incluso quizás amable, un calor unido por mil hilitos invisibles a otros calores llenos de ternura, rebosantes de dulces recuerdos.

Mi madre, mi madre, son los vahos de eucaliptus, los vahos de eucaliptus, haz más vahos de eucaliptus, no seas asi...

A Martín le duele la frente, le da unos latidos rigurosamente acompasados, secos, fatales.

¡Ay!

Dos pasos.



¡Ay!

Dos pasos.

¡Ay!

Dos pasos.



Martin se lleva la mano a la frente. Está sudando como un becerro, como un gladiador en el circo, como un cerdo en la matanza.

¡Ay!


Dos pasos más.

Martín empieza a pensar muy de prisa.

¿De qué tengo yo miedo? ¡Je, je! ¿De qué tengo yo miedo? ¿De qué, de qué? Tenía un diente de oro. ¡Je, je! ¿De qué, de qué? A mí me haría bien un diente de oro. ¡Qué lucido! ¡Je, je! ¡Yo no me meto en nada! ¡En nada! ¿Qué me pueden hacer a mí si yo no me meto en nada? ¡Je, je! ¡Qué tío! ¡Vaya un diente de oro! ¿Por qué tengo yo miedo? ¡No gana uno para sustos! ¡Je, je! De repente, ¡zas!, ¡un diente de oro! "¡Alto! ¡Los papeles!" Yo no tengo papeles. ¡Je, je! Tampoco tengo un diente de oro. ¡Je, je! En este país, a los escritores no nos conoce ni Dios. Paco, ¡ay, si Paco tuviera un diente de oro! ¡Je, je! "Sí, colabora, colabora, no seas bobo, ya darás cuenta, ya..." ¡Qué risa! ¡Je, je! ¡Esto es para volverse uno loco! ¡Éste es un mundo de locos! ¡De locos de atar! ¡De locos peligrosos! ¡Je, je! A mi hermana le hacía falta un diente de oro. Si tuviera dinero, mañana le regalaba un diente de oro a mi hermana. ¡Je, je! Ni Isabel la Católica, ni la Vicesecretaría, ni la permanencia espiritual de nadie. ¿Está claro? ¡Lo que yo quiero es comer! ¡Comer! ¿Es que hablo en latín? ¡Je, je! ¿O en chino? Oiga, póngame aquí un diente de oro. Todo el mundo lo entiende. ¡Je, je! Todo el mundo. ¡Comer! ¿Eh? ¡Comer! ¡Y quiero comprarme una cajetilla entera y no fumarme las colillas del bestia! ¿Eh? ¡Este mundo es una mierda! ¡Aquí todo Dios anda a lo suyo! ¿Eh? ¡Todos! ¡Los que más gritan, se callan en cuanto les dan mil pesetas al mes! O un diente de oro. ¡Je, je! ¡Y los que andamos por ahí tirados y malcomidos, a dar la cara y a pringar la marrana! ¡Muy bien! ¡Pero que muy bien! Lo que dan ganas es de mandar todo al cuerno, ¡qué coño!

Martín escupe con fuerza y se para, el cuerpo apoyado contra la gris pared de una casa. Nada ve claro y hay momentos en los que no sabe si está vivo o muerto.

Martín está rendido.

La alcoba del matrimonio González tiene los muebles de chapa, un día agresiva y brilladora, hoy ajada y deslucida: la cama, las dos mesillas de noche, una consolita y el armario. Al armario nunca pudieron ponerle la luna y, en su sitio, la chapa se presenta cruda, desnuda, pálida y delatora.

La lámpara de globos verdes del techo aparece apagada. La lámpara de globos verdes no tiene bombilla, está de adorno. La habitación se alumbra con una lamparita sin tulipa que descansa sobre la mesa de noche de don Roberto.

A la cabecera de la cama, en la pared, un cromo de la Virgen del Perpetuo Socorro, regalo de boda de los compañeros de don Roberto en la Diputación, ha presidido ya cinco felices alumbramientos.

Don Roberto deja el periódico.

El matrimonio se besa con cierta pericia. Al cabo de los años, don Roberto y Filo han descubierto un mundo casi ilimitado.

—Oye, Filo, pero ¿has mirado el calendario?

—¡Qué nos importa a nosotros el calendario, Roberto! ¡Si vieras como te quiero! ¡Cada día más!

—Bueno, pero ¿vamos a hacerlo... así?

—Sí, Roberto, así.

Filo tiene las mejillas sonrosadas, casi arrebatadas.

Don Roberto razona como un filósofo.

—Bueno, después de todo, donde comen cinco cachorros, bien pueden comer seis, ¿no te parece?

—Pues claro que sí, hijo, pues claro que sí. Que Dios nos dé salud, y lo demás..., pues mira. ¡Si no estamos un poco más anchos, estamos un poco más estrechos y en paz!

Don Roberto se quita las gafas, las mete en el estuche y las pone sobre la mesa de noche, al lado del vaso de agua, que tiene dentro, como un misterioso pez, la dentadura postiza.

—No te quites el camisón, te puedes enfriar.

—No me importa, lo que quiero es gustarte. Filo sonríe, casi con picardía.

—Lo que quiero es gustar mucho a mi maridito... Filo, en cueros, tiene todavía cierta hermosura.

—¿Te gusto aún?

—Mucho, cada día me gustas más.

—¿Qué te pasa?

—Me parecía que lloraba un niño.

—No, hija, están dormiditos. Sigue...

Martín saca el pañuelo y se lo pasa por los labios. En una boca de riego, Martín se agacha y bebe. Creyó que iba a estar bebiendo una hora, pero la sed pronto se le acaba.

El agua estaba fría, casi helada, con un poco de escarcha por los bordes.

Un sereno se le acerca, toda la cabeza envuelta en una bufanda.

—Conque bebiendo, ¿eh?

—¡Pues, sí! Eso es... Bebiendo un poco...

—¡Vaya nochecita! ¿Eh?

—¡Ya lo creo, una noche de perros! El sereno se aleja y Martín, a la luz de un farol, busca en su sobre otra colilla en buen uso.

—El policía era un hombre bien amable. Ésa es la verdad. Me pidió la documentación debajo de un farol, se conoce que para que no me asustase. Además me dejó marchar en seguida. Seguramente habrá visto que yo no tengo aire de meterme en nada, que yo soy un hombre poco amigo de meterme en donde no me llaman; esta gente está muy acostumbrada a distinguir. Tenía un diente de oro y llevaba un abrigo magnifico. Sí, no hay duda que debía ser un gran muchacho, un hombre bien amable...

Martín siente un temblor por todo el cuerpo y nota que el corazón le late, otra vez con más fuerza, dentro del pecho.

—Esto se me quitaba a mí con tres duros.

El panadero llama a su mujer.

—¡Paulina!

—¡Qué quieres!

—¡Trae la palangana!

—¿Ya estamos?

—Ya. Anda, estáte callada y vente.

—¡Voy, voy! Pues, hijo, ¡ni que tuvieras veinte años!

La alcoba de los panaderos es de recia carpintería de saludable nogal macizo, vigoroso y honesto como los amos. En la pared lucen, en sus tres marcos dorados iguales, una reproducción en alpaca de la Sagrada Cena, una litografía representando una Purísima de Murillo, y un retrato de boda con la Paulina de velo blanco, sonrisa y traje negro, y el señor Ramón de sombrero flexible, enhiesto mostacho y leontina de oro.

Martín baja por Alcántara hasta los chalets, tuerce por Ayala y llama al sereno.

—Buenas noches, señorito.

—Hola. No, ésa no.

A la luz de una bombilla se lee "Villa Filo". Martín tiene aún vagos, imprecisos, difuminados respetos familiares. Lo que pasó con su hermana... ¡Bien! A lo hecho, pecho, y agua pasada no corre molino. Su hermana no es ningún pendón. El cariño es algo que no se sabe dónde termina. Ni dónde empieza tampoco. A un perro se le puede querer más que a una madre. Lo de su hermana... ¡Bah! Después de todo, cuando un hombre se calienta no distingue. Los hombres en esto seguimos siendo como los animales.

Las letras donde se lee "Villa Filo" son negras, toscas, frías, demasiado derechas, sin gracia ninguna.

—Usted perdone, voy a dar la vuelta a Montesa.

—Como usted guste, señorito. Martin piensa:

—Este sereno es un miserable, los serenos son todos muy miserables, ni sonríen ni se enfurecen jamás sin antes calcularlo. Si supiera que voy sin blanca me hubiera echado a patadas, me hubiera deslomado de un palo.

Ya en la cama, doña María, la señora del entresuelo, habla con su marido. Doña María es una mujer de cuarenta o cuarenta y dos años. Su marido representa tener unos seis más.

—Oye, Pepe.

Qué.


—Pues que estás un poco despegado conmigo.

—¡No, mujer!

—Sí, a mí me parece que sí.

—¡Qué cosas tienes!

Don José Sierra no trata a su mujer ni bien ni mal, la trata como si fuera un mueble al que a veces, por esas manías que uno tiene, se le hablase como a una persona.

—Oye, Pepe.

—Qué.

—¿Quién ganará la guerra?



—¿A ti qué más te da? Anda, déjate ahora de esas cosas y duérmete.

Doña María se pone a mirar para el techo. Al cabo de un rato vuelve a hablar con su marido.

—Oye, Pepe.

—Qué.


—¿Quieres que coja el pañito?

—Bueno, coge lo que quieras.

En la calle de Montesa no hay más que empujar la verja del jardín y tocar dentro, con los nudillos, sobre la puerta. Al timbre le falta el botón y el hierrito que queda suelto, a veces, corriente. Martín ya lo sabía de otras ocasiones.

—¡Hola, doña Jesusa! ¿Cómo está usted?

—Bien, ¿y tú, hijo?

—¡Pues ya ve! Oiga, ¿está la Marujita?

—No, hijo. Esta noche no ha venido, ya me extraña. A lo mejor viene todavía. ¿Quieres esperarla?

—Bueno, la esperaré. ¡Para lo que tengo que hacer!

Doña Jesusa es una mujer gruesa, amable, obsequiosa, con aire de haber sido guapetona, teñida de rubio, muy dispuesta y emprendedora.

—Anda, pasa con nosotras a la cocina, tú eres como de la familia.

—Si...

Alrededor del hogar donde cuecen varios pucheros de agua, cinco o seis chicas dormitan aburridas y con cara de no estar ni tristes ni contentas.



—¡Qué frío hace!

—Ya, ya. Aqui se está bien, ¿verdad?

—Sí, ¡ya lo creo!, aquí se está muy bien. Doña Jesusa se acerca a Martín.

—Oye, arrímate al fogón, vienes helado. ¿No tienes abrigo?

—No.

—¡Vaya por Dios!



A Martín no le divierte la caridad. En el fondo, Martín es también un nietzscheano.

—Oiga, doña Jesusa, ¿y la Uruguaya, tampoco está?

—Si, está ocupada; vino con un señor y con él se encerró, van de dormida.

—¡Vaya!


—Oye, si no es indiscreción, ¿para que querías a la Marujita, para estar un rato con ella?

—No... Quería darle un recado.

—Anda, no seas bobo. ¿Es que... estás mal de fondos?

Martín Marco sonrió, ya estaba empezando a entrar en calor.

—Mal no, doña Jesusa, ¡peor!

—Tú eres tonto, hijo. ¡A estas alturas no vas a tener confianza conmigo, con !o que yo quería a tu pobre madre, que en Gloria esté!

Doña Jesusa dio en el hombro a una de las chicas que se calentaban al fuego, a una muchachita flacucha que estaba leyendo una novela.

—Oye, Pura, vete con éste, ¿no andabas medio mala? Anda, acostaros y no bajes ya. No te preocupes por nada, mañana ya te sacaré yo las castañas del fuego.

Pura, la chica que está medio mala, mira para Martín y sonríe. Pura es una mujer joven, muy mona, delgadita, un poco pálida, ojerosa, con cierto porte de virgen viciosilla.

—Doña Jesusa, muchas gracias, usted siempre tan buena conmigo.

—Calla, mimoso, ya sabes que se te trata como a un hijo. Tres pisos escaleras arriba y una habitación abuhardillada.

Una cama, un aguamanil, un espejito con marco blanco, un perchero y una silla.

Un hombre y una mujer.

Cuando falta el cariño, hay que buscar el calor. Pura y Martín echaron sobre la cama toda la ropa, para estar más abrigados. Apagaron la luz (—No, no. Estáte quieta, muy quieta...) se durmieron en un abrazo, como dos recién casados.

Fuera se oía, de vez en vez, el "¡Va!" de los serenos.

A través del tabique de panderete se distinguía el crujir de un somier, disparatado y honesto como el canto de la cigarra.

La noche se cierra, al filo de la una y media o las dos de la madrugada, sobre el extraño corazón de la ciudad.

Miles de hombres se duermen abrazados a sus mujeres sin pensar en el duro, en el cruel día que quizá les espere, agazapado como un gato montes, dentro de tan pocas horas.

Cientos y cientos de bachilleres caen en el íntimo, en el sublime y delicadísimo vicio solitario.

Y algunas docenas de muchachas esperan —¿qué esperan, Dios mío?, ¿por qué las tienen tan engañadas?— con la mente llena de dorados sueños.





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