La ciudad griega



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LA CIUDAD GRIEGA

“La epopeya griega contiene ya en germen a la filosofía griega”.

Werner Jaeger

“No podemos conocernos bien a nosotros mismos si desconocemos en absoluto a los griegos”.

Crane Brinton

I.-


Para empezar este curso, un comentario a los capiteles. El primero, es del incansable investigador Werner Jaeger, una especie de escribano Hernán de Pablo germánico, y figura en su obra titulada Paideia, en la cual afirma que sólo Dante es comparable a la epopeya griega “en su dimensión fundamental”1.

Pero ¿qué significa el término “epopeya”? Es un poema narrativo, un conjunto de hechos públicos dignos de ser contados, en los cuales aparecen personajes importantes, a veces héroes, y en el cual interviene lo sobrenatural o lo maravilloso.

En esos poemas narrativos de los tiempos homéricos, la Ilíada, pero en especial la Odisea, encontramos no sólo el germen de la filosofía griega, sino también algo que hoy nos interesa de modo especial: el germen de la ciudad griega, porque es en ellos donde “los más antiguos pensadores griegos toman su primer contacto con la terminología y la historia políticas… Así el término polis, Homero lo toma en el sentido de Ciudad y no de Estado… En él, el griego adquirió su pasión por la independencia, su odio a la tiranía, su fe en la libertad ordenada”2.

Esta polis no es un amontonamiento de individuos aislados sino, como sostiene Roland Maspétiol, es la comunidad de “las sociedades preexistentes… las unidades familiares que viven sobre el terreno común, agrupadas en fratrías y en tribus… Las decisiones del rey, tomadas después de consultar con los gerontes, son llevadas a la reunión del ágora, asamblea plenaria de los ciudadanos. Su papel, la mayoría de las veces, se expresa por una asistencia muda e inerte, aunque su opinión se expresa por signos de aprobación, murmullos, hasta por un silencio hostil. Esta reticencia, a veces tiene sus efectos: la Iliada relata un caso en el cual el silencio glacial de la asamblea obliga a Agamenón a modificar sus proyectos”3.

Las unidades familiares eran muy estables, sus miembros se congregaban alrededor de un altar y de ellas, jamás se pensó en excluir a los muertos, porque como expresa Foustel de Coulanges “lo que une a los miembros de la familia antigua, es algo más poderoso que el nacimiento, que los sentimientos, que la fuerza física; es la religión del hogar y de los ancestros. Eso hace que la familia forme un cuerpo en esta vida y en la otra. La familia antigua es una asociación religiosa, más todavía que una asociación natural4.

II.-


El segundo capitel es del norteamericano Brinton, quien en su obra “Las ideas y los hombres”, sostiene que “no podemos conocernos bien a nosotros mismos si desconocemos en absoluto a los griegos5.

Los griegos son considerados clásicos. En el año 2006, la revista de la empresa Peugeot, nos hizo un reportaje acerca del tema, por presidir el Instituto de Filosofía Práctica, que algunos de ustedes conocen, porque a uno de sus modelos de autos, lo consideraban un “clásico”.

A la primera pregunta ¿qué es un clásico? Respondíamos, después de analizar la etimología del término, que los clásicos son arquetipos, paradigmas, que resistieron la erosión del tiempo. Cada clásico, en lo suyo, que pueden ser las artes, la filosofía, la teología, nos lega una herencia, no para dilapidar, sino para conservar y acrecentar.

A la segunda pregunta ¿qué características posee una persona o una obra para alcanzar esa categoría? Contestábamos: haber resistido a las tempestades de la moda; quienes vivieron antes de Gutemberg, haber sido copiadas a mano sus obras durante siglos; haber derrotado las sirenas del olvido, haber adquirido cierto sabor a eternidad; no en vano escribe Gustave Thibon, un clásico del siglo XX, que “los esclavos de la moda son los desertores de la eternidad”.

Los diarios de ayer, hoy son obsoletos y, salvo algún recorte, su destino es la basura; Aristóteles es hoy, en buena parte de su obra y a pesar de sus errores, actual, y lo será mañana, mientras sigamos siendo hombres.

Como bien señala un pensador italiano contemporáneo, Massimo Caciari, “el odio escolar por los clásicos a menudo deriva de la impostación historicista de nuestra pedagogía, que contradice filosóficamente la esencia de los cásicos; los clásicos no se distinguen por cronología, sino por topología; no son épocas, sino lugares del pensamiento… Si un psicólogo trabaja sobre el complejo de Edipo, quiere decir que Sófocles no ha sido insignificante”.

Ahora bien, y esto lo saben los colegas participantes de nuestro Curso de Argumentación, ¿qué es un lugar desde la perspectiva de esa parte de la lógica que Aristóteles denomina tópica o dialéctica? Es un punto de partida para un argumento. Los clásicos son puntos de partida, son como las bases de nuestro orden mental.

A la tercera pregunta, ¿por qué un clásico tiene una valoración positiva en la sociedad? Aducíamos, porque nos da seguridad. Con referencia a nuestro tiempo, signado por la crisis del libro, y a veces, por la desaparición de los lectores, Umberto Ecco señala el éxito de la venta de los clásicos; una de las razones, es porque “en un período de crisis se corre el riesgo de no saber más quienes somos. Un clásico no sólo nos dice cómo se pensaba en los lejanos tiempos, sino que nos hace descubrir qué y por qué seguimos pensando de ese modo… ¡Ah! exclamamos, ahora entiendo por qué soy así… la historia comienza a partir de esta página que ahora estoy leyendo. Y con gran asombro nos encontramos todavía siendo aristotélicos o platónicos o agustinianos”.

Además, los clásicos nos curan del llamado, por el gran sociólogo ruso Pitirim Sorokin, del complejo de descubridor, del complejo de Colón6, de considerarnos muchas veces descubridores por ignorarlos y por ignorantes; además nos muestran, que en muchas cosas, eran más adelantados que nosotros; estudiarlos, asimilarlos, nos ahorra búsquedas inútiles y pérdida de tiempo precioso. Además, nos permiten encontrarnos con nuestro origen, saber de dónde venimos.

La última pregunta fue ¿pueden surgir clásicos en la actualidad? Claro que sí. Llevamos muchos años estudiando y aprendiendo de un clásico del siglo XX, Antoine de Saint-Exupéry, lo cual llevó a un amigo, molesto en Santiago de Chile, en la presentación de una obra colectiva, en la cual su texto sobre Ortega no fue citado y sí el nuestro acerca de Saint-Exupéry7, al agravio: “Vos, vos, sos el parásito de Saint-Exupéry”.

Por su vida, por su obra y por su muerte, este conocido escritor francés del siglo XX, es un arquetipo, un modelo que atrae por su ejemplo. Es un héroe de nuestra época exponente de una nueva caballería: la aérea; por eso acariciaba al avión, precioso instrumento que le permitía ponerse en contacto con la tierra, con el mar, con la montaña, como si fuera un pura sangre.

Es un pensador que combina el rigor y la disciplina de “Ciudadela”, con la ternura de “El Principito”, donde dialoga con ese niño que lleva en el corazón, y nos suministra las claves para construir un mundo mejor, en el cual la comunidad, la jerarquía, la autoridad, la justicia, la concordia, la caridad y la amistad, no sean meras palabras.

III.-

Ahora un poco de geografía, mientras preparamos nuestro viaje a la Grecia insular para comprobar algunas cosas8.



Grecia es la parte más mediterránea del mundo mediterráneo; es intermediaria entre tres continentes: Europa, Asia y África. Es un país marítimo, con sus playas, golfos, cabos y promontorios, sembrado de penínsulas y de islas; el estrechamiento del Mediterráneo oriental entre Europa y Asia, es el mar Egeo.

Pero además, Grecia es un país montañoso; las montañas ocupan el 80% de su territorio. En ruta hacia el sur empiezan a escasear las llanuras. Como destaca el pensador suizo Gonzague de Reynold, aumentan “los valles y hondonadas. Cada uno de estos forma un medio cerrado y naturalmente autárquico: el medio en el que nació la polis”. Pero sería erróneo disociar y oponer el mar y la montaña: “gracias al mar, la civilización helénica… recibe sin cesar nuevas aportaciones, y se hace conquistadora y universal; se lanza hasta el interior de la vecina Asia y se propaga en toda la cuenca mediterránea. Al mismo tiempo, gracias a la montaña, el particularismo de las polis sigue siendo tan fuerte que se salva a Grecia de ser anegada por las influencias exteriores9.

La tercera ventaja de Grecia es el clima: veranos secos, inviernos dulces y atmósfera luminosa, pues como dice Eurípides, “dulce y clemente es nuestra atmósfera; el frío del invierno carece de rigor, y los rayos de Febo no nos hieren”. Y hasta la tierra, como en Provenza, es perfumada; sin embargo, es, en su conjunto pobre. Carece, por lo general de humus y cuando lo tiene, es muy superficial. Le falta el agua, y como señala Gonzague de Reynold, “tras la abundancia de las higueras, de los olivares y de los viñedos, se oculta la indigencia de los campesinos”10.

Afirma Herodoto: “Grecia ha sido en todos los tiempos un país pobre. Pero en ello funda su areté. Llega a ella mediante el ingenio y la sumisión a una severa ley. Mediante ella se defiende la Hélade de la pobreza y de la servidumbre”.

En realidad, existen tres Grecias: la europea, la insular y la asiática.

La primera, la europea, es continental, en la extremidad marítima de la península se encuentra el Epiro, de mesetas estériles y valles fértiles, cuyo nombre, según Homero, significa “tierra firme”; al Este, Tesalia, rica en granos y en caballos, factor importante en las guerras helénicas. Tesalia linda al Norte con Macedonia, tierra enteramente continental sin salida al mar Egeo.

La Grecia central se encuentra flanqueada por las islas; al Oeste por las islas Jonias, Leucadia y Cefalonia. La última tiene a su abrigo la isla de Itaca, el pequeño reino de Ulises; al Este, la alargada isla de Eubea. La región es rica en montañas; la más alta de ellas, es el Parnaso, pero la tierra es avara. En la región sudoccidental se encuentra Beocia, con algunas fértiles llanuras. Finalmente, el Atica, es de suelo también pobre a pesar de sus olivos.

La extremidad meridional de la península es el Peloponeso. En el centro se encuentra la Arcadia, nombre de resonancia de rebaños y pastores; en el Norte, sobre el golfo de Corinto, la Acaya; al Oeste, la Élida; al Este, la Argólida y al Sud, Laconia y Mesenia. Por el centro de Laconia corre el río Eurotas, en cuyo valle se encuentra Esparta.

Frente al extremo meridional del Peloponeso aparece la isla de Citera y por ella nos introducimos en la segunda Grecia: la insular.

El primer grupo de islas es el de las Cicladas, montañosas, secas y azotadas por los vientos, importantes por su minas y canteras. En el fondo del Egeo se encuentra un segundo grupo de islas, de las cuales la mayor y más importante es la de Creta.

Por último, la Grecia asiática: “la emigración griega acabará por fundar una serie de colonias… entre las cuales descuella por su importancia la ciudad de Mileto”11; también se destacan Éfeso y Samos.

¿Cómo era la comida en la Grecia de aquéllos tiempo? Señala Rubén Calderón Bouchet, egregio pensador argentino, muerto el año pasado, que era “ruda y principalmente sobre la base de carnes y cereales íntegros: centeno y trigo. El vino es espeso y sumamente alcohólico, de manera que se toma rebajado con agua. Hacen tres colaciones diarias: ariston, deipsion, doripon. La gente pobre come también pescado”12. Esta mezcolanza de agua y vino no le gusta a Saint-Exupéry quien afirma: me gusta el vino puro; me gusta el agua limpia, fresca y transparente: pero hago de la mezcla un brebaje para castrados.

¿Cómo era el vestido? Sencillo, porque “el lujo no ha entrado aun en las costumbres. El atuendo es simple, y aunque los reyes usan ropa de buen paño, las joyas son escasas y casi siempre ligadas a satisfacer una necesidad de la vestimenta. Ulises llevaba una fíbula de oro, según recuerda Penélope en la Odisea, mientras pasa revista a las galas que lucía su perdido esposo, y ésta era su único ornamento”13. Una fíbula es una hebilla. Uds. no lo sabían, nosotros tampoco.

IV.-

Jaeger, en su obra Paideia, término muy rico y abarcador, pues incluye palabras como “civilización, cultura, tradición, literatura, educación”, tiene un capítulo titulado “Homero, el educador”.



Así como el año pasado para tratar el tema del Islam, aprovechando un obligado reposo, leímos todo el Corán, en la espléndida versión francesa de D. Masson; para preparar este tema, hemos leído y trabajado los poemas homéricos íntegros.

Homero, en verdad, es el gran educador, y en esos tiempos primitivos “cuando no existe un código de leyes, ni un pensamiento ético sistematizado, aparte de unos pocos preceptos religiosos y la sabiduría proverbial, transmitida oralmente de generación en generación, nada tan eficaz para la guía de la propia acción como el ejemplo y el modelo14.



Los helenos recurrieron a la leyenda para explicar su origen. Heleno, el padre de la raza “tuvo dos hijos: Doro y Eolo; y dos nietos: Ion y Aqueo. De aquí toman su origen las cuatro grandes tribus griegas: los dorios, los eolios, los jonios y los aqueos15.

Una dificultad es la ubicación temporal de la época de Homero. Herodoto la hace remontar a la primera mitad del siglo IX a. J.C. En su obra citada, Calderón Bouchet alude a las precisiones de la crítica histórica moderna, según la cual, “los límites que actualmente se conceden a dicha época varían entre fines del siglo VI como fecha más cercana, y comienzos del siglo VIII, como la más remota en el tiempo”16. El año 700 a. J.C. sería el eje cronológico de la época.

También, y esto es más importante, Calderón se refiere a “las discusiones en torno a la existencia y personalidad de Homero, que han puesto de relieve el ingenio y la paciencia de los filólogos, así como la fragilidad de los fundamentos de su ciencia. Pocas son las conclusiones que no abran la perspectiva de una vasta controversia en la que no faltan razones para sostener con inteligencia y erudición las hipótesis menos compatibles”17. O sea si Homero existió o no, si hubo uno o dos Homeros, etcétera.

En otra de sus obras, “Alabanza de la ley”, Jaeger destaca la trascendencia de esta época, en temas que mucho nos interesan en el Curso, cuando afirma: “La importancia primordial del período primitivo y sus ideas acerca del derecho, estriba en el hecho de que en aquel tiempo los hombres veían al derecho y a la ley en su conexión orgánica con la totalidad de la humana civilización. Aquellos poetas y pensadores trataban de perfilar un esquema ideal de vida y determinar cual fuera el lugar del hombre en el universo. Este heroico esfuerzo espiritual es el que les confiere su peculiar dignidad, haciendo que sobresalgan como humanistas de todos los tiempos. Sus afirmaciones acerca de la ley y al derecho fueron parte de aquel gran esfuerzo… vieron en la ley y en la justicia el centro de la cultura humana y la clave para dar cuenta del lugar del hombre en el cosmos18.

V.-


Y ahora vamos a examinar los poemas homéricos, leídos y meditados en la paz de la estancia “San Joaquín”19. La Ilíada y la Odisea son obras muy distintas y, como señala Calderón, “el arcaísmo es mucho más notable en la Ilíada que en la Odisea20; tal vez sea por eso que nos sentimos más próximos a la segunda. Aparece en ellas un concepto clave que es el de areté, que equivale “en su noción originaria y tradicional a destreza guerrera y que no halló obstáculo para transformarse en el concepto de nobleza, tal como ocurrió en la ulterior evolución de su significado”21.

En ellas aparecen mezclados en las virtudes y en los vicios, en las guerras y en las alianzas, los dioses y los hombres; porque “los dioses llevan en el Olimpo o en las profundidades del mar una vida exenta de los viles cuidados de la tierra, pero, de ningún modo ajena a los odios y pasiones de los hombres. A sus rencillas y amores divinos suman aquellos de sus favoritos, de sus hijos y protegidos entre los mortales por los que toman partido con absoluto desprecio de las más elementales normas de justicia”22. Y con permiso de la escribana Ignatiuk, a la cual amansaremos con hongos, miel y más higos, debemos meternos en temas religiosos, indisolublemente confundidos, aquí, con los políticos.

La Ilíada, “cuya base legendaria proviene de la ‘edad oscura’ de Grecia, está adaptada al espíritu de la gran civilización helénica. Su religión y su moral son las de Grecia de los siglos VII a V a. C.; pero su moral es superior a su religión, con sus dos grandes principios, aidós y némesis, el respeto y la sanción”23, aunque con más precisión, la última, hija del Océano y la Noche, es la diosa de la venganza.

En el Canto II encontramos algo interesante que entusiasmará a la escribana Sinelli, un voto a favor de la monarquía: “No todos los aqueos podemos ser reyes; no es un bien la soberanía de muchos; uno solo sea príncipe, uno solo rey; aquél a quien el hijo de Cronos ha dado cetro y leyes para que reine sobre nosotros” (200)24. Este gobierno no es absoluto, pues ha recibido criterios divinos para reinar justamente.

Un caso interesante, que aparece en el mismo Canto, es el de Tersites, un antecesor de los Tinelli, el hombre más feo que llegó a la guerra de Troya, una especie de provocador grosero, precursor de muchos que abundan en nuestro tiempo, que ocupan la televisión, la radio, los diarios, las revistas, los promotores y usufructuarios de la pornografía, verdaderas cloacas que vomitan la basura que habita sus almas. Es en el ágora Ulises quien lo increpa: “¡Tersites parlero! No creo que haya hombre peor que tú entre los que hay venido a Troya con los Atrides. Lo que voy a decirte se cumplirá. Si vuelvo a encontrarte delirando como ahora, no conserve Ulises la cabeza sobre los hombros… si no te echo mano, te despojo del vestido y te envío lloroso del ágora a las veleras naves después de castigarte con afrentosos azotes”.

Como un anticipo con el cetro le dio un golpe en la espalda y los hombros… Tersites se sentó turbado y dolorido. Los participantes en la asamblea rieron con gusto y hubo quien dijera a su vecino: “¡Oh dioses! Muchas cosas buenas hizo Ulises, ya dando consejos saludables, ya preparando la guerra; mas esto es lo mejor que ha ejecutado entre los argivos: hacer callar al insolente charlatán” (246, 265, 272)25.

En el Canto III, encontramos una comparación entre las etapas de la vida, que luego, como lo hemos visto en el Curso de Argumentación, desarrolló Aristóteles en su Retórica: “el alma de los jóvenes es siempre voluble, y el viejo, cuando interviene en algo, tiene en cuenta lo pasado y lo futuro a fin de que se haga lo más conveniente” (97)26. Tener en cuenta el pasado es memoria y el futuro es providencia. Pero existen excepciones, como el caso del joven Hemón, quien arguye ante su padre, el tirano Creón, que se niega a ser instruido por su hijo, en la Antígona de Sófocles: “no es a la edad que debe atenderse, sino a la recta manera de pensar27.

Ya que estamos con las edades, una referencia al veterano Néstor: “Te abruma la vejez, que a nadie respeta” (313); pero así es la vida, pues “jamás las deidades lo dieron todo y al mismo tiempo a los hombres” (318)28. De acuerdo con Homero, afirma Santo Tomás Moro en su Utopía: “La vejez es una enfermedad”.

En el Canto IV, encontramos un buen consejo para los humanos que pretenden ignorar su condición: “no quieras combatir con los inmortales” (124), pues “jamás fueron semejantes la raza de los inmortales dioses y la de los hombres que andan por la tierra” (440)29.

Existían diosas guerreras y otras dedicadas a menesteres más femeninos; esto lo reafirma el Padre Zeus, sonriente, en sus palabras para Afrodita: “A ti, hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas; dedícate a los dulces trabajos del himeneo, y el impetuoso Ares y Atenea cuidarán de aquellas” (428)30. El himeneo son las bodas o casamientos pues Afrodita es la diosa del amor, en cambio el gineceo es el lugar al cual se retiran las mujeres para pasar la noche.

En el Canto VI, aparece Moira, el destino, que establece el momento de la muerte de cada uno: “nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el destino” (486)31, pues como decía Menem, en un intervalo lúcido, “nadie se muere a la víspera”. Hades es el dios de los muertos, quien junto a su esposa Perséfone ejerce su dominio en su reino de ultratumba, llamado Hades como él. Es un innombrable y odioso, incluso para el resto de los dioses.

En el Canto VIII, encontramos un discurso de Zeus en la asamblea del Olimpo, que comienza así: “Oídme todos, dioses y diosas” (5), lo cual se repite en el Canto XIX, “Oídme todos, dioses y diosas” (78)32. Es la prueba que el “todos y todas” de nuestra presidente no es demasiado original.

En el Canto IX encontramos las sabias palabras del caballero Néstor contra las discordias: “Sin familia, sin ley y sin hogar debe de vivir quien apetece las horrendas luchas intestinas” (53), porque es la luctuosa Discordia, la única diosa que se goza en los enfrentamientos (Canto XI, (67)33. Esta diosa se identifica con Eris, la pendencia, el ánimo de contradecir, de contristar, una de las enemigas de Diké, como veremos en Hesíodo.

En el Canto XVIII, el poeta pone en boca de Aquiles, el deseo de toda persona razonable: “Ojalá pereciera la discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que encruelece hasta al hombre sensato cuanto más dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo” (98)34.

Esto es muy importante porque la concordia otorga cohesión a la vida social; es lo primero que debe promover y conservar la autoridad política junto con la seguridad interior y exterior.

Los dioses intervenían en forma directa en las guerras entre los hombres, y así Posidón, dios de los mares, fue hacia las tiendas y las naves de los aqueos para reanimarlos y “causarles males a los troyanos” (Canto XIII, (206)35. Posidón, famoso por su tridente, fue identificado por los romanos con Neptuno.

Los dones divinos están repartidos entre los hombres: “a uno le concede que sobresalga en las acciones bélicas, a otro en la danza, al de más allá en la cítara y el canto; y Zeus pone en el pecho de algunos el espíritu prudente que aprovecha a gran número de hombres y salva a las ciudades” (Canto XIII, 726)36. Evidentemente aquí por la mención a la multitud y a las polis, no se refiere el texto a la prudencia individual ni familiar, sino a esa especie de prudencia política que más adelante se llamará gubernativa o arquitectónica.

En el Canto XIV se encuentra una hermosa referencia al Sueño, “rey de todos los dioses y de todos los hombres”, y así la diosa Hera engaña a un Zeus dormido, una vez “que logró que se acostara para gozar del amor” (233 y 357). En el Canto siguiente se relata la reacción del Padre de los dioses: “Tu engaño, Hera maléfica e incorregible ha hecho que Héctor dejara de combatir y que sus tropas se dieran a la fuga. No sé si castigarte con azotes, para que seas la primera en gozar de tu funesta astucia” (14)37; y le recuerda un terrible castigo que le infligiera otra vez. ¿Conocería tal vez este dios machista el clásico refrán, acerca de la forma de tratar al sexo débil: “A la mujer y a la mula, freno dulce y varas duras”?

En el mismo capítulo aparece la diosa Temis, a quien una afligida Hera le pide que “presida en el palacio el festín de los dioses”, una especie de asamblea en la cual hablaría Zeus (Canto XV, 93)38.

Temis, esposa y consejera jurídica de Zeus, estaba asociada al gobierno del mundo y presidía las asambleas, los tribunales, los mercados, los juegos. Tiene que ver con lo jurídico, con la observancia de las leyes, con el derecho de asilo, con la fidelidad a los juramentos, con la fe conyugal, pero excede ese marco, pues su campo se extiende a los deberes de hospitalidad, a la piedad con los desdichados.

Además, “las instrucciones que da Zeus a los reyes reciben el nombre de temistes, la conducta que coincide con el derecho se expresa en la fórmula ‘es temis’. Así ‘es temis’ participar en la asamblea del ejército, y honrar a los muertos. Estas son conductas que corresponden, en una circunstancia determinada, a la esencia de lo humano”39.

En el Canto XX, aparece la diosa otra vez, cuando Zeus “ordenó a Temis que, partiendo de las cumbres del Olimpo, en valles abundantes, convocara al ágora a los dioses” (4)40.

En el Canto XIX aparecen las Erinias, “que debajo de la tierra castigan a los muertos que fueron perjuros” (258)41. Las feroces Erinias son la Furias que aparecen en el infierno dantesco, lentas en vengar, pero seguras en la venganza. Estaban encargadas de castigar los crímenes de los hombres. Se las representaba con los pelos entrelazados de serpientes, con una tea encendida en una mano y en la otra un puñal. Eran tres: Tisifone, Alecto y Megera42.

VI.-

Ahora, toca el turno a la Odisea, la segunda gran epopeya griega. Odiseo o Ulises (versión latina de su nombre), ya aparece en la Ilíada como uno de los grandes guerreros aqueos que luchan en la guerra de Troya.



Ulises es el héroe griego más próximo al hombre contemporáneo. Tomada Troya “por los aqueos con su enorme caballo de madera, invención de Ulises”43, alcanzado el objetivo, la tarea consiste en regresar, pues en Itaca, su mujer y su hijo, lo esperan. Pero esa vuelta se encuentra erizada por dificultades que ponen a prueba su inteligencia y su heroísmo. Este es el tema de la Odisea.

Ya en el Canto I comienzan los problemas, porque “sólo a él, que añoraba en dolor su mujer y sus lares, le retenía la augusta Calipso, divina entre diosas, en sus cóncavas grutas, ansiosa de hacerle su esposo”44.

Calipso es una ninfa, genio femenino de la naturaleza que habita en la imaginaria isla de Ogigia y que le ofrece a Ulises, a cambio de su amor, la inmortalidad que éste rechaza. Las ninfas eran divinidades menores que moraban en los bosques, en las grutas, en las fuentes, en los ríos.

En el Canto II, es Telémaco, el hijo de Ulises, quien discute con los pretendientes que acosan a su madre Penélope, e invoca a Zeus, señor del Olimpo y a Temis, “deidad que reúne y disuelve las juntas que suelen tener los humanos”. Los acusa por sus hechos intolerables y por el deshonor en que muere su hogar. Pero recibe una dura reconvención de los galanes: “¡Ay, Telémaco altivo en discursos, sin freno en la ira! ¿Qué has osado decir y que afrenta has querido infligirnos? No somos los causantes de tales dolores, es tu madre más bien, la mujer sin igual en astucias: han pasado tres años y pronto dará fin el cuarto en que engaña el leal corazón de los hombres aqueos”45.

A todo esto, Ulises continuaba prisionero de la ninfa Calipso, quien recibió la visita del dios Hermes, quien le dijo: “Vine aquí por mandato de Zeus… Dice que tienes contigo a un varón desdichado entre todos los que hicieron la guerra… A ese tal manda Zeus que dejes partir sin demora”. A lo cual contestó la ninfa: “a mí me envidiáis el amor de ese hombre que yo misma salvé cuando erraba sobre un leño. A él arrastrado a estas playas trajeron las olas y el viento”. Ya estaba el título de la canción vernácula de Donald: “Las olas y el viento del río y del mar, el frío de tu alma me hacen tiritar”.

Escuchado el claro mensaje de Zeus, la ninfa fue a buscar a Ulises y lo encontró sentado en el mismo cantil, sitio que forma escalón en la costa; “no acababa de secarse en sus ojos el llanto, se le iba la vida en gemir por su hogar”, y le apostrofó: “¡Infeliz! Estoy pronta a dejarte partir… no he de tramar una nueva desgracia en tu daño”, y aquí invoca el principio de reciprocidad, que estudiamos en el Curso de Argumentación: “para ti pienso y quiero lo mismo que habría de querer para mí si en tu propia aflicción me encontrara. Mi sentir es conforme a justicia46.

En el Canto V, Ulises errante, castigado por Posidón con terribles olas y fuertes vientos, es ayudado por la diosa Ino y puede alcanzar a nado la costa. Mientras que en el Canto siguiente se relata que, rendido por la fatiga, se entregó a un sueño profundo, y al despertar “habló de este modo en su alma: ¡Ay de mí! ¿Qué mortales tendrán esta tierra a que llego? ¿Insolentes serán y crueles e injustos o al huésped tratarán con amor y habrá en ellos temor a los dioses? Aquí en torno sentí como un fresco gritar de doncellas: ¿por ventura son ninfas? ¿O es cierto que me hallo entre hombres dotados de voz y de habla?”47.

El texto es muy importante, porque la moderación, la justicia, el respeto al peregrino, el temor a los dioses, aparecen como una frontera que separa a la barbarie de la civilización.

Las voces que escucha el náufrago son de unas muchachas, entre las cuales, se encuentra la hija de Alcínoo, que tiene el poder entre los feacios. Ella lo guiará a la ciudad, mientras recibe al viajero considerando que había que acogerlo, pues “es Zeus quien nos manda a los pobres y extranjeros errantes que el don más pequeño agradecen”48. Buen antecedente para la Regla de San Benito del siglo VI, cuya vigencia experimentamos, en muy diversos lugares de Francia, el año pasado.

En el Canto VII aparece la mujer de Alcinoo, la reina Areta, “que gobierna su hogar en la tierra, sumisa a su esposo”. Las gentes del pueblo vuelven sus ojos a ella igual que a una diosa y “con palabras de amor la saludan al paso en las calles. Nada escapa a su insigne prudencia y así en sus amigas pone paz y concordia aplacando a los propios maridos49.

Aquí tenemos un arquetipo femenino y es nada menos que una reina, colmada de virtudes morales e intelectuales: obediente, prudente, constructora de la paz y de la concordia, pilares de la felicidad de su pueblo.

En el Canto IX, se manifiesta la virtud de la piedad en sus dos dimensiones: la patriótica y la filial: “Nada es más dulce que el propio país y los padres aunque alguien habite una rica, opulenta morada en extraña región, sin estar con los suyos”.

Allí también aparecen “los hombres lotófagos, gente que sólo de flores se alimenta; hombres que comen loto, fruto peligroso, porque quien “probara su meloso dulzor, al instante perdía todo gusto de volver y llegar con noticias al suelo paterno”; Ulises inquieto, tuvo que atar a sus hombres en las naves “no fuese que comieran algunos la flor y olvidasen la patria50.

En el mismo Canto se relata la aventura con el cíclope Polifemo, monstruo infame, impío y devorador de hombres; representativo de seres incivilizados. Como señala Sinclair, “ellos no saben trabajar la tierra, no tienen consideración por los dioses. Mientras los humanos civilizados se reúnen en asambleas los cíclopes las evitan. Ellos no tienen ninguna ley, ninguna regla de conducta51 Pero el sagaz Ulises lo emborracha, para después poder clavarle en el único ojo la punta encendida de una estaca de olivo.

Ya embarcados, Ulises se dirige al gigante ciego: “¡Oh cíclope! En verdad no era un débil aquel cuyos hombres, devoraste en la cóncava gruta con fiera violencia; sin remedio tenías a tu vez sufrir un mal trato, pues osaste, maldito, comerte a tus huéspedes dentro de tu casa. Ya Zeus se ha vengado”. Y luego, volvió a apostrofarlo: “¡Oh cíclope! Si alguno tal vez de los hombres mortales te pregunta quién fue el que causó tu horrorosa ceguera, le contestas que Ulises, que en Itaca tiene sus casas”52.

El Canto X cuenta la llegada a Eolia, la isla de Eolo, el dios de los vientos; allí estuvieron un mes hospedados por el Hipótada Eolo, “varón de los dioses queridos”, quien los ayudó para volver a la patria.

Pero ya con Itaca a la vista, “los vientos y su furia nos llevaron de nuevo a Eolia”. Pero esta vez fueron expulsados por quien allí gobernaba con duras palabras: “No es mi ley acoger ni ayudar en su ruta hombre alguno que aborrezcan los dioses… Sal luego, que en verdad has llegado hasta aquí de los dioses maldito”53.

En el Canto XI, se relata la visita de Ulises al Hades, el país de los muertos para consultar a Tiresias, el adivino de Tebas, acerca del camino más conveniente para regresar a Itaca.

Allí encuentra a su madre difunta: tres veces quiso abrazarla, “y las tres, a manera de ensueño o de sombra, se escapó de mis brazos”54. También encontró a Tántalo, con sus arduos tormentos, castigado eternamente por revelar los secretos de los dioses o por haberles ofrecido a su hijo Pélope cocinado: “estaba hasta el mismo mentón sumergido en las aguas de un lago y penaba de sed, pero en vano saciarla quería: cada vez que a beber se agachaba con ansia ardorosa, absorbida se escapaba el agua… corpulentos frutales sus ramas le tendían a la frente, con espléndidos frutos, perales, granados, manzanos, bien cuajados olivos, higueras con higos sabrosos; mas apenas el viejo alargaba sus manos a ellos cuando un viento veloz los alzaba a las nubes sombrías”.

Allí estaba asimismo Sísifo, matado por Zeus por haber encadenado a la muerte, “presa de recias torturas. Iba a fuerza de brazos moviendo un peñón monstruoso y, apoyándose en manos y pies, empujaba su carga hasta el pico de un monte; mas luego, llegado ya a punto de dejarla en la cumbre, la echaba hacia atrás su gran peso; dando vueltas la impúdica piedra, llegaba hasta el llano y él tornaba a empujarla con todas sus fuerzas. Caía el sudor de sus miembros y el polvo envolvía su cabeza”55.

En el canto XII aparece Circe, diosa entre diosas, quien lo aconseja respecto al viaje de regreso: “lo primero que encuentres en ruta será a las Sirenas, que a los hombres hechizan… Quien incauto se les llega y escucha su voz, nunca más de regreso el país de sus padres verá ni a la esposa querida ni a los tiernos hijuelos que en torno le alegren el alma. Con su aguda canción las Sirenas le atraen y le dejan por siempre en sus prados”56.

Después viene la difícil travesía entre las diosas Escila y Caribdis; la primera arrancó de la nave a seis hombres, los mejores en fuerza y en brazos: “los devoró Escila en las bocas del antro y chillando me alargaban sus brazos aún en su horrible agonía”57.

En el Canto XIII, al fin llega Ulises a Itaca, pero no la pudo reconocer, pues Palas Atenea, “le echó en derredor densa nube, para hacerle cambiar de figura, y no lo viesen su esposa o paisanos y amigos sin haber castigado él aún las infamias de los pretendientes”58.

Y es la diosa quien lo aconseja: “¡Piensa bien como echar tus dos manos sobre esos galanes insolentes que hace años tu hogar señorean pretendiendo a tu esposa sin par con oferta de dotes! Te voy a cambiar de tal modo que no te conozca ningún hombre: tu piel ajaré sobre el cuerpo flexible; perderá tu cabeza los rubios cabellos, de harapos vestiré tu persona que a todos repugne”59.

En el Canto XVI se relata que en casa del fiel porquero Eumeo, se encuentran el harapiento con su hijo y la diosa le ordena: “Hora es que ya hables al hijo sin más ocultarte y los dos caminéis a la noble ciudad a infligirles la ruina y la muerte a esos hombres, y no habré yo misma de tardar en unirme a vosotros ansiosa de lucha”. Ulises le obedece y se da a conocer: “Soy tu padre, aquel padre qué lloras a tiempo sufriendo pesadumbres sin fin, soportando violencias ajenas”60.

En el Canto XVII, Telémaco quien vuelve a Itaca, encarga al porquero, que ignora la identidad oculta de Ulises: “lleva allá a la ciudad tú también a ese pobre extranjero, que mendigue el sustento por ella… yo no puedo atender a quienquiera que llegue”.

Una vez en el palacio, Penélope lo abraza, besa y recrimina: “Has llegado, Telémaco, al fin, dulce luz. No creía volver a verte más tras tu ida secreta en el barco rumbo a Pilo a despecho de mí, por saber de tu padre”.

Pero Telémaco le responde: “No más quejas, ¡oh madre! No apenes de nuevo mi alma en el pecho después que he escapado a la abrupta ruina. Ve a bañarte primero y, ciñéndote ropas sin mancha, sube allá con tus siervas e invoca en tu estancia a los dioses. Por mi parte hacia el ágora voy, pues he de traerme para acá un extranjero que vino conmigo de Pilo”61.

Luego, por orden de Telémaco, el porquero introduce al mendigo en la sala donde, los pretendientes de Penélope, comían sus ovejas y tomaban su vino. Y recibe el reto insolente de uno de los galanes: “Te conozco, piariego: ¿por qué a la ciudad te has traído semejante varón? ¿No hay aquí vagabundos bastantes y angustiosos mendigos que vengan a aguar los banquetes? ¿O pensando tal vez que son pocos aún los reunidos a comerse la hacienda del rey invitaste a este otro?

Eumeo, servidor fiel, le contesta: “Eres duro cual ningún pretendiente en tu odio a los siervos de Ulises y conmigo ante todo, mas no me preocupo por ello mientras viva en la casa la cuerda Penélope y siga junto a ella Telémaco”.

Pero insiste Antínoo, el galán: “¿Qué deidad esta peste nos trajo a amargar el banquete? Apartadlo en mitad de la sala y que deje mi mesa… Pordiosero no vi tan osado e impúdico: a todos se presenta y les pide uno a uno y le ofrecen todos locamente y sin duelo ni empacho regalan lo ajeno, pues lo tienen a mano abundante y en gran abundancia”.

“Y apartándose le dijo Ulises, el rico en ingenios: Me engañé, con tu buena figura te faltaba el seso; no darías de lo tuyo ni sal que a pedirte vinieran, pues metido en lo ajeno no fuiste capaz de privarte de un pedazo de pan para dármelo, en tanta abundancia”.

El pretendiente le tiró el escabel en el cual sus pies descansan y le alcanzó en la espalda junto al hombro derecho. Se mantuvo inmóvil Ulises y habló de este modo: “Escuchad, los que aquí pretendéis a la más noble reina. No produce bien de cierto en entrañas de nadie dolor ni amargura que apedreen a un varón cuando está peleando por su propia heredad, sus vacadas o blancos rebaños; mas Antínoo me ha herido por causa del vientre funesto, el maldito, que trae a los hombres innúmeros males. Si es que existen deidades o furias que venguen al pobre, agarre a Antínoo la muerte sin dar cumplimiento a sus bodas”62.

Los galanes eran parásitos, vividores cotidianos a costa del patrimonio de Ulises; así los describe la fiel Penélope: “ellos, viniendo una y otra vez nos degüellan en la casa los bueyes, ovejas y cabras rollizas; el banquete se dan y beben el vino espumoso sin mesura y sin cuenta. Consúmese todo, pues falta en palacio un varón como Ulises capaz de echar fuera maldición semejante. Si Ulises llegara a la patria, pronto habría de vengar con su hijo tamaños desmanes”63.

En el Canto XIX aparece la imagen del buen gobierno, de la gestión de “un rey intachable, que teme a los dioses y, rigiendo una gran multitud de esforzados vasallos, la justicia mantiene, y el negro terruño le rinde sus cebadas y trigos, los árboles ríndense al fruto y le nace sin tregua el ganado y el mar le da peces, gracias todo a su recto gobierno; y sus gentes prosperan64.

Es interesante destacar aquí la aparición de la diosa Diké, la justicia, hija de Zeus y de Temis, como clave del buen gobierno.

En el Canto XXI, es Atenea quien inspira a la cuerda Penélope, “el ponerles por delante a los mozos en casa de Ulises el arco con los hierros de guerra brillantes, señal de matanza… y la aljaba bien capaz con su gran multitud de gimientes saetas”. La aljaba era la caja portátil pendiente de una correa que el arquero se colgaba del hombro izquierdo a la cadera derecha y que contenía las flechas.

Con todo esto, se ajustó el velo, cubrió sus mejillas y rodeada de fieles servidoras, les habló a los galanes: “Escuchad pretendientes altivos que un día tras de otro a comer y beber a esta casa venís, cuyo dueño falta de ella desde hace ya tantos años, y no habéis podido discurrir más razón para hacerlo que el solo deseo de casaros conmigo y llevarme de esposa. Pues éste se mostró como el premio en disputa, ¡oh donceles!, yo os voy a poner por delante el gran arco de Ulises divino: quien de todos tomando en sus manos el arco de Ulises más de prisa lo curve y traspase las doce señales, a ése habré de seguir alejándome de esta morada65.

Ninguno de los pretendientes pudo tensar el arco de Ulises, con sus hierros de guerra brillantes. El fiel siervo Filetio echó cerrojo a la puerta del patio y Eumeo entregó el arco a Ulises mendigo. Telémaco mandó a su madre a sus quehaceres domésticos: “vuelve a tus salas y atiende a tus propias labores, a la rueca, al telar… lo del arco compete a los hombres”66.

Ulises al primer intento el arco tensó y no erró ningún blanco para gran pesar de los galanes.

El Canto XXII describe la revancha del sagaz guerrero, quien dio el juego por terminado y comenzó a buscar otros blancos, esta vez humanos: los pretendientes.

El primero en caer, traspasada su garganta por una flecha, fue Antínoo, el peor de todos y Ulises sagaz “miró torvamente a los sobrevivientes y les dijo: “¡Perros viles!, que ya os figurabais que yo nunca habría de volver de la tierra de Troya y estabais por eso devorando mi casa, os llevabais al lecho mis siervas y a mi esposa asediabais estando yo en vida, sin miedo de los dioses… Ya ahora prisioneros a todos os tiene la muerte en sus lazos”.

No nos interesa la descripción de la matanza de la cual sólo se salvaron el heraldo y el cantor. Al primero le dijo Ulises: “sepas por ti y a los otros enseñes que en mucho se aventaja obrar bien a obrar mal67.

Luego viene la observancia de los deberes de piedad filial: la visita a Laertes. Y nos dice: “ahora he de ir a la finca de espesa arboleda: quiero ver a mi padre”. Una vez a su lado, ese hijo glorioso utiliza el argumento de comparación: “No hay en ti, buen anciano, ignorancia de cómo se cuida tal plantío, mas bien la labranza conoces de todo, del arbusto, la higuera, la vid, el peral, el olivo, las legumbres, y así nada está descuidado en tu huerto; quien no está bien cuidado eres tú; pues a un tiempo te agobia la vejez, te ves sucio y te ciñes de malos vestidos”. Sin embargo, “en tu aspecto no hay nada servil… pareces un rey. A hombre tal le conviene, después de bañado y comido, descansar blandamente, que es esa la ley de los viejos68. Y aquí concluye nuestro estudio de la Odisea.

VII.-


Para terminar, veamos, a través de lo expuesto, el germen de algunas notas de la ciudad griega:

  1. Son ciudades medianas o pequeñas. El mundo bárbaro estaba compuesto por monarquías monstruosas, por masas inorgánicas. Sólo el mundo griego responde a la definición del hombre como ser político.

  2. Son como grandes familias ampliadas y completadas por los otros grupos infrapolíticos; algo próximo que nada que ver con el anonimato del Estado de nuestra época.

  3. Tienen murallas, santuario, ágora, mercado. Ferias en las solemnidades.

  4. Son lugares de refugio. El pueblo se identifica a veces con el ejército. Los guerreros se reúnen en asambleas.

  5. Tienen, en especial las marítimas, fuerza expansiva y colonizadora. El puerto es una ventana abierta al mundo.

  6. Tienen una naturaleza religiosa y en ella conviven los vivos, los muertos y los dioses. La piedad abarca a la religión. El excluido del culto perdía a su familia y a su patria. Era un “muerto civil”.

  7. Eran focos de cultura y centros de civilización. Todo se refería a la polis y a los dioses: el arte, los espectáculos, las fiestas, el teatro, la poesía, la música, la educación física e intelectual, el derecho.

Y ahora sí, para concluir esta larga exposición y no espantar a quienes recién han llegado, y a quienes damos la bienvenida, vayan unos versos que un poeta, amigo nuestro, Antonio Caponnetto, dedicara a Homero:

Los doctos helenistas que presumen

(ni siquiera retenerlos la memoria)

han negado tu paso por la historia

en el folio fugaz de algún volumen.

No era anónimo el brillo de aquel lumen

que encendía en exámetros la gloria

con la piedad de una jaculatoria

y el heroísmo de un antiguo numen.

Sólo tú conocías la epopeya,

los escudos, las ninfas, los corceles,

la belleza de Helena con su enigma.

Sólo tu personal prosopopeya

convirtió las palabras en laureles

y el canto en un eterno paradigma.

Esc. Bernardino Montejano. Inauguración del Curso 2013. Buenos Aires, marzo 14 de 2013. Instituto de Filosofía del Colegio de Escribanos de la Ciudad de Buenos Aires.



1 Fondo de Cultura Económica, México, 1963, p. 63.

2 T. A. Siclair, Histoire de la pensé politique grecque, Payot, París, 1953, ps. 20 y 24.

3 La société politique et le droit, Montchrestien, París, 1957, ps.47/48. Coincide con esta visión orgánica de la organización social Foustel de Coulanges: “La ciudad no es una agrupación de individuos; es una confederación de grupos que estaban constituidos antes que ella y que ella deja subsistir” La cité antique, Durand, París, 1864, p. 158.

4Ob. cit., p. 43. Es muy interesante en esta obra la comparación entre el derecho griego, el derecho romano y el derecho indio, llamado en ella “hindú”, recomendable para quienes quieran completar la exposición acerca del último, efectuada en el 2012 por el escribano Marcelo Zorrilla en este Curso.

5 Aguilar, Madrid, 1966, p. 29.

6 Achaques y manías de la sociología moderna y ciencias afines, Aguilar, Madrid, 1967, obra muy recomendable. El capítulo primero se titula “Amnesia y nuevos colones”, y al concluir el mismo Sorokin señala que “la amnesia y la ilusión de nuevos descubrimientos representa una disolución del desarrollo histórico de la sociología y ciencias afines… en vez de permitir el fácil aprendizaje de una verdad ya descubierta, estas dolencias obligan a muchos investigadores a redescubrirla, mediante una larga, cuidadosa y costosa búsqueda. Se pierde así una considerable energía creadora y cognoscitiva”.

7 R. P. Osvaldo Lira, Discursos en homenaje con motivo de sus 90 años, Gonzalo Ibáñez, Ricardo Krebs, Juan Antonio Widow, Universidad Adolfo Ibáñez, Santiago de Chile, 1995, ps. 39/41. Allí el segundo de los nombrados decía: “Mediante un cuidadoso examen de la obra literaria, Bernardino Montejano reconstruye la vida espiritual de Antoine de Saint-Exupéry”.

8 No queremos ser como el aburrido geógrafo que aparece en “El Principito”, sentado detrás de su escritorio, engreído de su importancia, acumulador de lípidos, por no ser explorador.

9 La formación de Europa, Pegaso, Madrid, 1948, p. 9.

10 Ob. cit., T. II, p. 12.

11 De Reynold, ob. cit., T. II, p. 23.

12 La Ciudad Griega, Ciudad Argentina, Buenos Aires, 1998, p. 25. Una semblanza de Calderón Bouchet, puede verse en el trabajo de su discípulo Juan Fernando Segovia, publicado en Ethos, Revista del Instituto de Filosofía Práctica, Buenos Aires, n°27, año 20l2, ps. 73/88.

13 Calderón Bouchet, ob. cit., p.23.

14 Jaeger, ob. cit., p. 45.

15 De Reynold, ob. cit., T. II, p. 27.

16 P. 92.

17 Ob. cit., ps. 90/91.

18 Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1982, p. 6.

19 Estábamos próximos a Francisco de Quevedo: “Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos,/ y escucho con mis ojos a los muertos./ Si no siempre entendidos siempre abiertos,/ o enmiendan o secundan mis asuntos;/ y en músicos, callados contrapuntos,/ al sueño de la vida hablan despiertos”.

20 Ob. cit., p. 97.

21 Jaeger, Paideia, ed. cit. p. 24.

22 Calderón Bouchet, ob. cit., p. 113.

23 Henríquez Ureña, Pedro, “Introducción a la Ilíada”, Losada, Buenos Aires, 1939, p.15.

24 Centro Editor de Cultura, Buenos Aires, 2008, ps. 27/28.

25 Ob. cit., ed. cit., p. 30.

26 Ed. cit., p. 47.

27 Antígona, en Las siete tragedias, Porrúa, México, 1976, p. 199.

28 Ob. cit,, ed. cit., p. 63.

29 Ob. cit., ed. cit., p. 73 y p. 80..

30 Ob. cit., ed. cit. p. 80.

31 Ob. cit., ed. cit. p. 103.

32 Ob. cit., ed. cit. ps. 117 y 306 respectivamente.

33 Ob. cit., ed. cit., p. 132 y p. 162.

34 Ob. cit., ed. cit., p. 291. Es evidente que se refiere a la mala ira, pues en sentido estricto, la ira a secas “es una pasión del apetito sensitivo que da el nombre a la facultad irascible y toda pasión es buena si está dirigida por la razón, mala en caso contrario” Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 2-2, q. 58, a. 1 y 2, ed. BAC, Madrid, 1955, T. X, ps. 283 y 286

35 Ob. cit., ed. cit., p. 199.

36 Ob. cit., ed. cit., p. 212.

37 Ob. cit., ed. cit, ps. 220, 223, 228,

38 Ob. cit., ed. cit., p. 230.

39 Verdross, Alfred, La filosofía del derecho en el mundo occidental, Universidad Nacional Autónoma de México, 1962, p. 10,

40 Ob. Cit., ed. cit., p.314.

41 Ob. cit., ed. cit., p. 310.

42 Rubio Egusquiza, Manuel, Diccionario de la mitología clásica, Librería del Colegio, Buenos Aires, 1944, p. 89.

43 García Gual, Carlos, Prólogo a Homero, Odisea, Del Nuevo Extremo, Barcelona, 2008, p. 11.

44 Odisea, ed. cit., p. 23.

45 Ob. cit., ed. cit., ps. 40/41.

46 Ob. cit., ed. cit., ps. 101/104.,

47 Ob. cit., ed. cit., ps. 118/119. El tema es tan importante que se repite en el Canto IX, ed. cit., p. 163 y en el Canto XIII, ed. cit., po. 238.

48 Ob. cit., ed. cit., p. 121.

49 Ob. cit., ed. cit., p. 128.

50 Ob. cit., ps. 160/161.

51 T. A. Siclair, ob. cit., p. 20.

52 Ob. cit., ed. cit. ps. 173/174.

53 Ob. cit., ed- cit., p. 179.

54 El texto es precioso: En el confín del Hades Ulises reconoce a su madre, quien le cuenta las causas de su muerte: “no me hirió una saeta ni me acometió enfermedad alguna. Antes bien la soledad que de ti sentía y el recuerdo de tus cuidados y de tu ternura, preclaro Ulises, me privaron de la dulce vida”. Por tres veces intentó abrazar la psique de su madre, pero se le fue volando como una sombra o como un sueño. “¡Madre mía! ¿Por qué huyes cuando a ti me acerco ansioso de asirte? ¿Me envió esta imagen umbrátil Perséfona?”; “¡Hijo mío! No te engañó, sino que esta es la condición de los mortales. Los nervios ya no mantienen unidos la carne y los huesos, pues los consume la viva fuerza de las ardientes llamas tan pronto como el thymos desampara la blanca osamenta y la psique se va volando como un sueño”.

55 Ob. cit., ed. cit., p. 215.

56 Ob. cit., ed. cit., p.218. Las sirenas son ninfas marinas con busto de mujer y cuerpo de ave, no como generalmente se las presenta con cuerpo de pez. Habitaban las rocas escarpadas y extraviaban a los navegantes.

57 Ob. cit., ed. cit., p.225. Escila era una hermosa ninfa amada por Posidón; pero Anfitrite la transformó en horrible monstruo marino. Según Homero tenía doce pies deformes y seis cuellos larguísimos cada cual con una horrible cabeza. Por su parte Caribdis era otra ninfa fulminada por Zeus, y también transformada en monstruo marino, por haber robado los bueyes de Gerión que conducía Hércules.

58 Ob. cit., ed. cit., p. 238.

59 Ob. cit,, ed. cit., ps. 244/245.

60 Ob. cit., ed. cit., ps. 288/289.

61 Ob. cit., ed. cit., ps. 299/301.

62 Ob. cit., ed. cit., ps. 311, 313, 314.

63 Ob. cit., ed. cit., p. 316.

64 Ob. cit., ed. cit., p. 338.

65 Ob. cit., ed. cit., ps. 368 y 370.

66 Ob. cit., ed. cit., p. 379.

67 Ob. cit., ed. cit., ps. 384 y 395.

68 Ob. cit., ed. cit., ps. 420/421.




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