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Los Madoff que vienen (Alma, corazón y vida)



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Los Madoff que vienen (Alma, corazón y vida)

- Detectan en EEUU tres nuevos casos de estafa y detienen a cuatro financieros (La Vanguardia - 26/2/09)



La acusación más grave recayó sobre los inversores neoyorquinos Paul Greenwood y Stephen Walsh, de WG Trading, que fueron arrestados bajo la acusación de estafar más de 550 millones de dólares

Las autoridades estadounidenses han detectado tres nuevos casos de estafa a través de transacciones de valores y transferencias bancarias ilegales, por los que hoy fueron detenidos cuatro financieros, acusados de defraudar más de 560 millones de dólares.

La acusación más grave recayó sobre los inversores neoyorquinos Paul Greenwood y Stephen Walsh, de la compañía WG Trading, que fueron arrestados bajo la acusación de estafar más de 550 millones de dólares a diversas universidades y organizaciones benéficas.

La Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York informó en un comunicado de que Greenwood, de 61 años, y Walsh, de 64, supuestamente han desviado a sus cuentas personales el capital de varios planes de pensiones e instituciones, cuya inversión a través de WG Trading superaba los 668 millones.

Entre los centros estafados se encuentran las universidades de Pittsburgh y Carnegie Mellon, detalló la Fiscalía. La estafa, que habría comenzado en 1996, se alargó hasta que este mes ambas instituciones denunciaron a la compañía por pérdidas de 114 millones de dólares que atribuían a una mala gestión en las inversiones de su capital.

Las autoridades estadounidenses añadieron que, de las operaciones ilegales que los dos empresarios realizaron, Greenwood se apropió de cerca de 293 millones de dólares y Walsh, de unos 261 millones, que ingresó en la cuenta de su actual ex mujer.

Por su parte, Greenwood destinó el dinero a la compra de bienes privados como caballos y artículos de colección. También fue detenido James Nicholson, fundador de la firma de inversiones Westgate Capital Management, al que se le acusa de delitos similares.

Según la Fiscalía y el FBI, Nicholson, de 42 años, informaba a sus clientes de que Westgate Capital Management, con sede en la población neoyorquina de Pearl River, contaba con activos que oscilaban entre los 600 y los 900 millones de dólares, cuando el valor real era inferior.

Los inversores le habrían confiado al menos 100 millones de dólares desde 2004, con la promesa además de que sus cuentas estaban siendo auditadas por una entidad independiente, algo que según las autoridades era falso.

Asimismo el financiero neoyorquino Mark Bloom, de 57 años, fue aprehendido por estafar unos diez millones de dólares a diversos inversores en transacciones de valores y de realizar transferencias bancarias ilegales.

En otro comunicado, la Fiscalía y el FBI detallaron que desde julio de 2001 y hasta la actualidad Bloom presuntamente ha engañado a clientes del fondo de inversión North Hills, que él gestionaba.

El financiero anunciaba que la cantidad invertida se destinaría a varios fondos de inversión para reducir el riesgo de las operaciones y conseguir rendimientos cercanos al 12 por ciento.

Sin embargo, a partir de febrero de 2004, y sin consultarlo con los inversores, Bloom habría destinado al menos el 50 por ciento del capital del fondo North Hills a otro, el Philadephia Alternative Asset Fund (PAAF).

Según las autoridades estadounidenses, Bloom no comunicó a sus clientes que había alcanzado un acuerdo con los gestores de ese fondo para invertir en él parte del capital.



Además, por ese desvío el acusado habría cobrado comisiones que ascienden a 1,6 millones de dólares en 2005, año en que el informó a sus clientes de estas transacciones.

La Fiscalía de Nueva York y el FBI añaden que el detenido también se habría apropiado de diez millones de dólares del fondo que gestionaba, con los que compró un piso en Manhattan y otros bienes personales.

Los cuatro detenidos se enfrenta a penas de hasta 20 años de cárcel cada uno por delitos relacionados con transacciones de valores fraudulentas, mientras que Greenwood, Walsh y Bloom también podrían ser condenados a otros 20 años por transferencia bancarias ilegales.

Además, Nicholson se arriesga a otra pena de 30 años por un delito de fraude bancario. La alarma sobre este tipo de fraudes saltó el pasado diciembre cuando el FBI y la Policía de Nueva York detuvieron en Manhattan al financiero estadounidense Bernard Madoff, acusado de estafar 50.000 millones de dólares a través de una pirámide financiera, que podría convertirse en una de las mayores estafas de la historia.

Los Ponzi-adictos - ¿Avaricia, ignorancia o estupidez? (Anatomía de la credulidad)

- Una casucha, una enorme hipoteca y un final muy infeliz (The Wall Street Journal -8/1/09)

La historia de una mujer en Arizona y su préstamo de US$ 103.000 ayudan a explicar la burbuja inmobiliaria de EEUU.

(Por Michael M. Phillips - Avondale, Arizona)

La pequeña casa azul se sostiene sobre un bloque de concreto y unas tablas de madera. Las paredes externas están frágiles y carcomidas. En la puerta, una notificación de la municipalidad advierte: “No apto para ocupación humana”.

La historia de esta casucha de dos habitaciones y un baño en la pequeña Avondale, en Arizona, es la historia del pánico financiero que invadió el mercado en 2008, contada en 53 metros cuadrados. Ayuda a explicar cómo una serie de malas decisiones se ha sumado hasta convertirse en la peor crisis financiera desde la Gran Depresión.

Hace menos de dos años, Integrity Funding LLC, un prestamista local, otorgó una hipoteca de US$ 103.000 a la propietaria del inmueble, Marvene Halterman, una desempleada con una vasta lista de acreedores y, según ella misma, un largo historial de alcoholismo y drogas. Para agosto, cuando la casa fue embargada, Integrity había vendido la hipoteca al Banco Wells Fargo & Co., que a su vez la vendió a una filial estadounidense de HSBC Holdings PLC, que la agregó a un paquete con miles de otras hipotecas de alto riesgo el cual vendió en varias partes a una serie de inversionistas.

Actualmente, estos inversionistas tendrán suerte si logran recuperar unos US$ 15.000. Y eso sólo porque algunos vecinos compraron el inmueble para demolerlo.

Al centro de la saga está Halterman, una señora de 61 años con pelo rubio canoso, una voz ronca y gestos a la vez dulces y ásperos. Ella creció en Avondale, haciendo todo tipo de trabajos, de ayudante de granjas a secretaria, auxiliar de enfermería y chofer de camión. Pero su gusto por los licores fuertes se llevó lo mejor de ella. “El alcohol fue mi ruina”, dice.

Halterman asegura que tomó su último trago en enero de 1996. Hoy, su bebida preferida es Pepsi. Ella colecciona basura. El patio de su casa estaba cubierto de ropa, neumáticos, canastos y muebles rotos. En junio, la municipalidad la multó por tener en su propiedad “una cantidad exorbitante de basura y desechos”.

Halterman también llegó a coleccionar gente. En una época, dice, 23 personas vivían en la pequeña casa o en varios cobertizos. Su círculo de allegados incluye nietos, una vieja amiga que perdió su casa, un chihuahua y un niño de 1 año de una mujer que la hija adoptiva de Halterman conoció en la cárcel.

Halterman lleva 13 años sin empleo, dice. Recibe unos US$ 3.000 al mes de programas de asistencia pública, cupones de alimentos y pagos por discapacidad relacionados con un problema de la espalda. “Puede que no tenga todo lo que quiero, pero tengo todo lo que necesito”.

Hace cuatro décadas, cuando compró la casa por US$ 3.500, Avondale era un pequeño pueblo rodeado de campos de algodón. Entre 2000 y 2005, durante el auge inmobiliario, el pueblo duplicó su tamaño a 70.000 residentes.

Hoy, una de cada nueve casas en Avondale está en ejecución hipotecaria o a punto de ser embargada.

El acreedor de Halterman, Integrity, era una de las pequeñas firma s hipotecarias que surgieron en todo el país durante el boom, usando préstamos de grandes bancos para generar hipotecas y luego revenderlas a grandes instituciones financieras. Mientras los prestamistas hipotecarios tradicionales generan sus ganancias a través de los pagos mensuales de los prestatarios, Integrity hacía su dinero en tarifas y comisiones.

La empresa era propiedad de Barry Rybicki, de 37 años, que la abrió en 2003. “Si te latía el corazón, entones podías obtener un préstamo”, dice el empresario sobre los años del auge.

Cuando un representante de Integrity llamó a Halterman en 2006, esta necesitaba dinero para pagar un préstamo de US$ 36.605 que había tomado usando el valor de la casa como garantía. La firma la ayudó a obtener una línea de crédito de US$ 75.500 de otro prestamista.

Halterman usó los fondos para pagar su todoterreno, entre otras cosas. Pero pronto se vio en dificultades de nuevo.

A principios de 2007, volvió a pedir ayuda a Integrity, según los archivos de Rybicki. Esta vez, Integrity le otorgó una hipoteca de US$ 103.000 a 30 años. Tenía una tasa variable que iba de 9,25% a 15,25%, según documentos del préstamo. Era uno de 197 préstamos extendidos por Integrity el año pasado, por un valor total de US$ 47 millones.

Por una tarifa de US$ 350, un perito contratado por Integrity, Michael T. Asher, valoró la casa en US$ 132.000. Ahser dice que aunque no creía que la casa valía tanto, siguió el método usual y encontró casas del mismo tamaño en los alrededores que se habían vendido por ese precio en 2006. T.J. Heagy, un agente inmobiliario contratado más tarde para vender la propiedad, dice que sólo encontró una casa parecida cercana que se vendió en 2007 por US$ 63.000

El día del cierre, el 26 de febrero de 2007, Integrity recolectó US$ 6.153 en tarifas, según los documentos de la hipoteca. Días después, Integrity transfirió la hipoteca a Wells Fargo, lo que le rindió US$ 3.090 más, dice Rybicki.

Ni Rybicki ni su encargado de hipotecas llegó a ver la casa azul. Cuando le mostraron una foto el mes pasado dijo: “¡Caramba!”.

“Cuando tienes 50 empleados, aunque eres responsable de ellos, no puedes andar agarrado de su mano”, señala Rybicki.

Una vez pagadas las tarifas y su deuda restante, a Halterman le quedó al cierre del acuerdo US$ 11.090,33 que, según dice, gastó con un piso nuevo, una cerca, reparaciones pequeñas y comida.

Pronto el dinero se había desvanecido.

En unos meses, empezó a preocuparse de que la envejecida casa no era segura para los niños y se mudó a una casa de alquiler cercana. Su hijo, Leslie Merritt, se mudó a la casucha y se hizo cargo de los pagos mensuales de US$ 881.

Cuando Wells Fargo vendió la hipoteca de Halterman al británico HSBC, ésta se sumó a una pila de 4.050 hipotecas y fue usada como colateral para valores emitidos en julio de 2007. Más de 85% de las hipotecas era “de alto riesgo”, como la de Halterman, de prestatarios sin historial de crédito, según Tom Atteberry, de First Pacific Advisors LLC, una firma de gestión de fondos de Los Ángeles.

Las firmas calificadoras de crédito Standard & Poor's y Moody's Investors Service dieron a los activos su nota máxima, sugiriendo que los inversionistas recuperarían con certeza sus inversiones, más el interés. Ninguna de las firmas quiso explicar su decisión.

Así fue cómo la minúscula casa azul de Halterman fue lanzada al centro del océano de valores respaldados por hipotecas que pusieron en peligro al sistema financiero estadounidense. Unos US$ 4,1 billones (millones de millón) en hipotecas estadounidenses fueron asociados a valores como estos entre 2005 y 2006, incluyendo US$ 1,6 billones en hipotecas de alto riesgo, según Inside Mortgage Finances, una publicación del sector.

En poco tiempo, el hijo de Halterman, Merritt, dice que dejó de pagar la hipoteca, sucumbiendo a su adicción a las metanfetaminas. Merritt está actualmente en la cárcel por traficar tuberías de cobre robadas.

En enero de 2008, Halterman hizo el último pago de la hipoteca. La ejecución empezó en mayo. El desalojo fue en septiembre. Halterman dice que desearía nunca haber pedido el primer préstamo contra el valor de la casa. “Creía que lo necesitaba”, dice. “Pero bien pensado, lo que necesitaba era una buena patada en el trasero”.

Otras hipotecas utilizadas como colateral en los valores de HSBC también se estropearon. En noviembre, un 25% estaba en ejecución hipotecaria, dice Atteberry.

HSBC rechazó los pedidos para comentarios.

Rybicki abandonó su licencia de banquero hipotecario en septiembre y ahora trabaja para una firma de capital de riesgo.

“Los bancos tienen parte de la culpa”, dice de la burbuja inmobiliaria. “Creo que nosotros tenemos parte de la culpa. Fuimos parte del sistema. Y el consumidor también la tiene”.

Wells Fargo, encargada de cobrar la hipoteca, cerró la casa y se llevó la basura que había en el jardín. En diciembre, los vecinos Daniel y Delia Arc la compraron por US$ 18.000 para demolerla. Tras los gastos, los inversionistas en los valores ligados a la hipoteca probablemente compartirán un máximo de US$ 15.000 en ganancias.

- Anatomía de la credulidad (The Wall Street Journal - 9/1/09)

¿Por qué seguimos cayendo víctimas de los fraudes financieros?

(Por Stephen Greenspan)

Hay pocas áreas en las que el escepticismo es más importante que en la decisión de cómo invertir los ahorros de toda la vida. Sin embargo, personas inteligentes y educadas, algunas ingenuas en el campo de las finanzas y otras bastante entendidas, se han arruinado por culpa de confabulaciones que resultaron ser muy sospechosas y a menudo fraudulentas. El ejemplo más dramático en la historia estadounidense es el reciente anuncio de que Bernard Madoff, un gestor de dinero muy bien considerado y ex presidente de la junta directiva de Nasdaq, estuvo durante años al frente de una pirámide financiera muy sofisticada, también conocida como esquema Ponzi, que -según él mismo admitió- ha estafado a inversionistas acaudalados, entidades de caridad y otros fondos por al menos US$ 50.000 millones.

Las estafas financieras son sólo una de las muchas formas de ingenuidad humana, junto con la guerra (el Caballo de Troya), la política (las armas de destrucción masiva en Irak), las relaciones sentimentales (seducción sexual), la ciencia patológica (fusión fría) y las modas médicas pasajeras. Aunque desde hace mucho tiempo, la credulidad ha despertado interés en las obras de ficción (Otelo, Pinocho), los documentos religiosos (Adán y Eva, Sansón) y en los relatos populares (El traje nuevo del emperador, Caperucita Roja), ha sido prácticamente ignorada por los científicos sociales. Un puñado de libros se ha concentrado en ciertos aspectos de la credulidad, incluido el clásico de Charles Mackay del siglo XIX Espejismos populares extraordinarios y la locura de las multitudes, y de forma más notable en disparates de inversión como la Tulipomanía, en el cual holandeses ricos intercambiaban sus casas por uno o dos bulbos de tulipán.

En mi nuevo libro Annals of Gullibility (Anales de la credulidad), basado en mi trabajo académico en el campo de la psicología, propongo una teoría multidimensional que explicaría por qué tanta gente se comporta de forma tal que los expone a riesgos graves y predecibles. Esto me incluye a mí mismo: tras escribir mi libro, perdí una buena parte de mis ahorros de jubilación a manos de Madoff, así que sé de lo que escribo a un nivel bien personal.

Un esquema Ponzi es un fraude en el que el dinero invertido queda en poder del estafador y los inversionistas que quieren recuperar su dinero reciben su pago de lo recaudado entre los nuevos inversionistas. Mientras las inversiones se expanden a un ritmo saludable, el estafador logra proseguir con el fraude. Pero una vez que las inversiones comienzan a mermar, como por ejemplo por una corrida en la empresa, la casa de naipes colapsa rápidamente. Eso es lo que aparentemente ocurrió con la estafa de Madoff, en la cual demasiados inversionistas (que necesitaban efectivo debido a la crisis financiera general que se desató en EEUU a fines de 2008) intentaron recuperar sus fondos. Parece que Madoff no pudo hacer frente a estos retiros y la estafa quedó al descubierto.

El esquema o pirámide financiera obtuvo su nombre de Charles Ponzi, un inmigrante italiano de Boston, que alrededor de 1920 tuvo la idea de prometer grandes rendimientos (50% en 45 días) supuestamente basándose en un plan de arbitraje (comprar en un mercado y vender en otro) y utilizando cupones de respuesta postal internacionales. Las ganancias supuestamente se obtenían a través de las diferencias en las tasas de cambio entre el país que vendía y el que recibía, donde podían ser convertidas en efectivo. A continuación se desató un frenesí, y Ponzi se embolsó millones de dólares, principalmente de inmigrantes italianos pobres y poco sofisticados en Nueva Inglaterra y Nueva Jersey. El esquema se vino abajo cuando los periódicos comenzaron a hacer preguntas sobre su funcionamiento (señalando, por ejemplo, que no había suficiente cantidad de esos cupones en circulación) y se produjo una corrida.

Otro escándalo de gran escala que algunos llegaron a calificar como un esquema Ponzi involucró al prestigioso mercado asegurador Lloyd's de Londres. En los años 80, la compañía atrajo con rapidez a nuevos inversionistas, muchos de EEUU, a su otrora exclusivo mercado. Además del aliciente de obtener buenos rendimientos, para estos nuevos inversionistas la atracción pasaba por la posibilidad de convertirse en un “nombre”: un estatus prestigioso que había estado reservado principalmente a los aristócratas británicos. A menudo, estos inversionistas eran atraídos a las agrupaciones más riesgosas y menos productivas, lo que los exponía a enormes pérdidas y, en muchos casos, a la ruina.

El mecanismo básico que explica el éxito de los esquemas Ponzi es la tendencia de los humanos es modelar sus acciones (especialmente cuando involucran temas que no comprenden por completo) siguiendo el comportamiento de otros humanos. Este mecanismo ha sido llamado “exuberancia irracional”, una frase a menudo atribuida al ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan (no tiene parentesco con el autor), pero que de hecho fue acuñada por otro economista, Robert J. Shiller, quien más adelante escribió un libro con ese título. Shiller emplea una explicación psicológica social que denomina la “teoría del ciclo de retroalimentación de las burbujas de inversión”. Dicho de forma simple, el hecho de que parezca que tanta gente está obteniendo grandes ganancias sobre la inversión, y compartiendo con otros relatos sobre su fortuna, hace que la inversión parezca segura y demasiado buena para dejarla pasar.

En la opinión de Shiller, todas las modas de inversión, incluso aquellas que no son fraudulentas, pueden explicarse por esta teoría. Dos ejemplos modernos de este fenómeno son la burbuja inmobiliaria japonesa de los años 80 y la burbuja estadounidense de las empresas de Internet de los años 90. Dos precedentes del siglo XVIII fueron la Manía Mississippi en Francia y la Burbuja del Mar del Sur en Inglaterra.

Una forma de fraude de inversión que tiene similitudes estructurales a un esquema Ponzi es una estafa de herencia, en la cual un supuesto heredero de una enorme fortuna pide una inversión a corto plazo para solucionar algunas dificultades relacionadas con la herencia. A cambio de esta inversión a corto plazo, al inversionista se le prometen enormes rendimientos. La versión actual más conocida de este fraude implica el uso de la Internet, y se conoce como la “estafa 419”, llamada así porque ese es el número del código penal que cubre esa estafa en Nigeria, el país en el cual se originan muchos de estos mensajes de Internet. La estafa 419 difiere del esquema Ponzi en que carece de la presión proveniente de amigos que se están haciendo ricos. En cambio, la única presión social es creada por un corresponsal desconocido, quien sin dudas usa un nombre falso. De esta forma, en una estafa 419, otros factores, como la psicopatología o la ingenuidad extrema, pueden explicar el comportamiento crédulo.

Dos versiones históricas del fraude de la herencia que equivalen al escándalo de Madoff en su extendido éxito público, y que también dependían de procesos de feedback social, ocurrieron en Francia, en las décadas de 1880 y 1890, y en el norte-centro de Estados Unidos en las décadas de 1920 y 1930. La estafa francesa fue perpetrada por una talentosa estafadora francesa llamada Thérèse Humbert, que aseguraba ser la heredera de la fortuna de un acaudalado estadounidense, Robert Henry Crawford, cuyo legado reflejaba su gratitud hacia la mujer por haberlo atendido hasta recuperarse tras sufrir un ataque cardíaco en un tren. El testamento debía quedar bajo llave en una caja fuerte por unos años hasta que la hermana más joven de Humbert tuviera la edad suficiente para poder casarse con uno de los sobrinos de Crawford. En tanto, líderes de la sociedad francesa estaban ansiosos por participar en este negocio, y sus inversiones (incluyendo la de una condesa, que donó su castillo) hicieron posible que Humbert (quien le sacó provecho al cuento durante 20 años) viviera una vida lujosa. El éxito de este fraude, que en Francia se describió como “el mayor escándalo del siglo”, se mantuvo debido a que el padrastro de Humbert, un respetado jurista y político de la Tercera República de Francia, hizo varias apariciones públicas para tranquilizar a los inversionistas.

La versión estadounidense de este fraude fue perpetrado por un ex agricultor del estado Illinois llamado Oscar Hartzell. Mientras que las víctimas de Thérèse Humbert fueron unas cuantas decenas de aristócratas franceses extremadamente ricos y cosmopolitas, Hartzell engañó a más de 100.000 agricultores y dueños de tiendas con poca formación a lo largo y ancho del centro del país. La premisa básica era que el explorador inglés Sir Francis Drake había muerto sin tener hijos, pero que recientemente se había localizado un testamento. El heredero, del que se decía que su fortuna ahora ascendía a los miles de millones de dólares, era un tal Coronel Drexel Drake, en Londres. Ya que el coronel estaba a punto de casarse con su sobrina sobradamente rica, no estaba especialmente interesado en la herencia, la cual necesitaba cierta adjudicación. Por eso, entregó su poder a Hartzell, quien ahora se refería a sí mismo como “El Barón Buckland”.

La estafa Drake se convirtió en un movimiento social, conocido como “los Drakers” (que luego fue cambiado a “Los Donantes”). Iglesias enteras y grupos de amigos, algunos de los cuales planeaban fundar una comuna utópica con las esperadas ganancias, se reunían para leer las cartas más recientes de Hartzell desde Londres. Finalmente, Hartzell fue acusado de fraude y llevado a juicio en el estado de Iowa, bajo grandes protestas de miles de leales inversionistas. En un artículo sobre Hartzell en la revista New Yorker en 2002, Richard Rayner señalaba que “lo que comenzó como especulación se había convertido en una causa santa”.

Aunque las redes de retroalimentación social son un contribuyente obvio al entendimiento del éxito de fraudes como el esquema Ponzi, también hay que fijarse en los factores localizados en los propios engañados. En mi modelo hay cuatro factores, que pueden utilizarse para entender los actos de credulidad y también otras formas de lo que llamo “acciones tontas”. Un acto tonto (o estúpido) es uno en el que alguien continúa con un comportamiento social o físico que presenta riesgo, pese a las señales de peligro o las preguntas sin resolver. La credulidad es una subcategoría de la acción tonta, que podría considerarse “inducida socialmente”. Es inducida debido a que siempre ocurre en presencia de presión o decepción por parte de otras personas.

Los cuatro factores son: situación, cognición, personalidad y emoción. Obviamente, los individuos difieren en el peso de los factores que afectan a cualquier acto crédulo. Aunque creo que los cuatro factores contribuyeron a la mayor parte de las decisiones para invertir en la pirámide de Madoff, en algunos casos se le debería otorgar más peso a la personalidad, mientras que en otros, la emoción debería prevalecer, y así sucesivamente. Como mencioné, yo fui un participante, y víctima, de la estafa de Madoff y tengo un buen entendimiento de los factores que hicieron que me comportara tontamente. Por eso, me usaré a mí mismo como ejemplo para ilustrar cómo incluso una persona bien educada (soy un profesor universitario) y relativamente inteligente, además de experto en credulidad y fraudes financieros, puede caer presa de un estafador como Madoff.

Situaciones. Todo acto de credulidad ocurre cuando a un individuo se le presenta un reto social que debe resolver. En el caso de una decisión financiera, el reto típicamente es determinar si conviene tomar una decisión de inversión que se le presenta a uno como benigna pero con riesgos severos o que podría no corresponder a sus expectativas. Asumiendo (como en el caso de la estafa de Madoff) que la decisión de proceder sería un acto muy riesgoso y por lo tanto tonto, es más posible que se dé un comportamiento crédulo si las presiones sociales y situacionales son fuertes.

La estafa de Madoff tenía presiones sociales retroalimentarias que eran muy fuertes, casi alcanzando el nivel del culto de “Donadores” en torno al fraude de herencia de Drake. Los diarios describían cómo jubilados ricos en Florida se unían al club campestre de Madoff con el único objetivo de tener la oportunidad de conocerlo en una situación social y ser invitados a invertir directamente con él. Muchos de estos inversionistas, así como los representantes de ventas de Madoff, eran judíos. El hecho de que Madoff fuera un prominente filántropo judío era sin duda otro factor situacional.

Un factor no social que contribuyó a una decisión de inversión crédula fue, paradójicamente, que Madoff prometiera ganancias modestas en vez de espectaculares. Los inversionistas sofisticados habrían sospechado de una promesa de ganancias tan espectacular como la que prometió, décadas atrás, Charles Ponzi. Una gran parte del éxito de Madoff provino de su aparente reconocimiento de que los inversionistas acaudalados estaban en busca de retornos pequeños pero constantes, suficientemente altos como para ser atractivos, pero no tan altos como para causar sospechas. Esto fue ciertamente una de las cosas que me atrajo a la pirámide de Madoff, ya que estaba buscando una inversión que no fuera volátil, que me permitiera preservar y gradualmente forjar unos ahorros en los mercados tanto al alza como a la baja.

Otro factor situacional que me atrapó fue el hecho de que yo, al igual que la mayoría de los inversionistas de Madoff (exceptuando los más ricos), no invertimos directamente con Madoff, sino que lo hicimos a través de uno de los 15 fondos de cobertura “alimentadores” que a su vez entregaron todos sus activos para ser manejados por Madoff. De hecho, ni siquiera estoy seguro de que el nombre de Madoff fuera mencionado (y con certeza, no lo habría reconocido) cuando estaba considerando invertir en el fondo “Rye Prime Bond” de US$ 3.000 millones. Éste era parte de la respetada familia de fondos Tremont, la cual a su vez es una subsidiaria del gigante de los seguros Mass Mutual Life. Yo estaba lidiando con algunas firmas financieras de gran reputación, un hecho que creó la fuerte impresión de que esta inversión había sido bien investigada y presentaba riesgos manejables.

Tomé la decisión de invertir en el fondo Rye cuando visité a mi hermana y mi cuñado en Boca Raton, Florida, y conocí a uno de sus amigos cercanos que se desempeña como asesor financiero y estaba autorizado a inscribir a gente para participar en el fondo Rye (gestionado por Madoff). Este hombre me cayó bien y confié genuinamente en él. Fui persuadido por el hecho de que había puesto sus propios (muy sustanciales) activos en el fondo e incluso había refinanciado su casa, colocando todo lo recaudado en el fondo. Después conocí a varios amigos de mi hermana que también estaban participando en el fondo. La experiencia altamente exitosa que tuvieron a lo largo de varios años me convenció de que sería tonto no aprovechar esta oportunidad. Mi creencia en la sabiduría de este curso de acción era tan fuerte que cuando un amigo escéptico (y que también sabe de finanzas) me advirtió sobre esta inversión, la desestimé debido a su ocasional tendencia hacia el cinismo.

Cognición. La credulidad puede ser considerada una forma de estupidez, así que se puede asumir que las deficiencias en el conocimiento y/o en el pensar claro a menudo están implicadas en un acto crédulo. Al denominar este factor como “cognición”, en vez de “inteligencia”, pretendo indicar que cualquiera puede tener un alto coeficiente intelectual y todavía ser crédulo, en cualquier situación. Hay mucha literatura de académicos como Michael Shermer y Massimo Piattelli-Palmarini, que muestran cuán frecuentemente gente con inteligencia promedio o por encima del promedio no usan su inteligencia a pleno o eficientemente cuando toman decisiones diarias. En su libro, ¿Quién es racional? Estudios de diferencias individuales en el razonamiento, Keith Stanovich hace una distinción entre la inteligencia (la posesión de esquemas cognitivos) y la racionalidad (la aplicación de esos esquemas). El “motor” que impulsa las decisiones irracionales (muchas de ellas crédulas), según Stanovich, es el uso de estilos cognitivos intuitivos, impulsivos y no reflexivos, que a menudo son impulsados por las emociones.

En mi caso, la decisión de invertir en el fondo Rye reflejaba tanto mi profunda ignorancia de las finanzas y mi cierta pereza y poca disposición a remediar esa ignorancia. Para salirle al paso a mi falta de conocimientos financieros y mi perezoso estilo cognitivo frente al tema, se me ocurrió la heurística (o atajo mental) de identificar asesores que supieran más de finanzas y confiar en su juicio y recomendaciones. Esta heurística me había funcionado en el pasado y no tenía razones para dudar que funcionara en este caso.

El verdadero misterio en la historia de Madoff no es cómo los ingenuos inversionistas individuales como yo pensaban que la inversión era segura, sino cómo los riesgos y las señales de alarma pudieron haber sido ignoradas por tanta gente que sabía de finanzas, incluyendo los ejecutivos altamente compensados que dirigían los diferentes fondos “alimentadores” que mantenían el barco de Madoff a flote. La respuesta parcial es que el algoritmo de inversión de Madoff (junto a otros aspectos de su organización) era un secreto celosamente guardado que era difícil de penetrar. También es probable, (como en todos los casos de credulidad) que hubiera en juego fuertes procesos afectivos y de autodecepción. En otras palabras, las cosas iban demasiado bien como para pensar que todo podía estar a punto de colapsar.

Personalidad. La credulidad a veces es equiparada con la confianza, pero el ya fallecido psicólogo Julian Rotter mostró que no todas las personas confiadas son crédulas. La clave para sobrevivir en un mundo lleno de gente falsa (como Madoff) y gente que sin mala intención (y a menudo también crédula) nos lleva por el camino equivocado (mi consejero y los directores del fondo Rye), es saber cuándo ser confiado y cuándo no. Yo soy una persona muy confiada y además no me gusta decir que no (por ejemplo a un vendedor que me ha dedicado una o dos horas de su tiempo).

La necesidad de ser una persona amable que siempre dice sí no suele ser, por desgracia, una buena base para tomar una decisión que podría poner en riesgo su seguridad financiera. En mi caso, la confianza y la amabilidad también estuvieron acompañadas por una tendencia ocasional hacia la toma de riesgos y de decisiones impulsivas, características de la personalidad que también nos pueden meter en problemas.

Emoción. La emoción es parte de virtualmente toda acción crédula. En el caso de la inversión en un esquema Ponzi, esa emoción que motiva el comportamiento crédulo es el entusiasmo ante la perspectiva de acrecentar y proteger el patrimonio propio. En algunos individuos esto, sin duda, asume la forma de la codicia, pero creo que las personas verdaderamente codiciosas probablemente no se hubieran interesado en los retornos lentos pero constantes que arrojaban los fondos administrados por Madoff.

En mi caso, estaba entusiasmado no por la posibilidad de volverme rico sino por la posibilidad de haber encontrado una inversión que me prometía la oportunidad de construir y mantener la riqueza suficiente para tener una jubilación segura y feliz. Mi hermana, una gran víctima de la estafa, lo expresó bien cuando escribió en un e-mail: “Supongo que hubo algún nivel de codicia. Podría haber comprado certificados de depósito o bonos municipales y haber sido más cautelosa aunque con retornos inferiores. El problema hoy es que no parece haber mucho en lo que se pueda confiar, así que uno tiende a inclinarse por lo que en su propia experiencia ha sido lo más seguro. Conozco a alguien que puso todo su dinero en Freddie Mac y Fannie Mae. Luego de lo que ocurrió dijo que él sabía que el gobierno los rescataría si pasaba algo. ¿Afortunado o inteligente? Es un abogado de valores jubilado. Debería haber seguido su consejo. ¿Pero yo qué sabía?”.

Sospecho que un motivo por el que psicólogos y otros científicos sociales han eludido el estudio de la credulidad es que es un ámbito afectado por tantos factores y tan dependiente del contexto que es imposible predecir si y bajo qué circunstancias una persona se comportará de forma crédula. Un problema relacionado es que los ejemplos más catastróficos de la credulidad (como perder los ahorros de toda una vida en una estafa) son comportamientos que ocurren con poca frecuencia. Mientras como regla suelo ser un escéptico sobre afirmaciones que parecen demasiado buenas para ser verdaderas, la posibilidad de invertir en un fondo administrado por Madoff era un caso donde muchos factores -situacional, cognitivo, personalidad y emocional- se combinaron para motivarme a suspender mis facultades críticas.

El escepticismo suele ser tratado como protección contra creencias (como los OVNI) o prácticas (feng shui) que son irracionales aunque no necesariamente dañinas. Ocasionalmente, uno se topa con una situación en la que el escepticismo lo puede ayudar a evitar un desastre tan grande como perder la vida (ser inducido a un crimen) o los ahorros de toda la vida (ser engañado para hacer una inversión riesgosa). La supervivencia en el mundo requiere que uno sea capaz de reconocer, analizar y escaparse de esas situaciones altamente peligrosas.

Entonces, ¿se debería sentir pena o culpar a quienes no fueron lo suficientemente escépticos sobre Madoff y su fraude piramidal? Un problema en este caso es que la mentira perpetrada por Madoff no era tan obvia ni fácil de detectar. Virtualmente el 100% de las personas que le entregó a Madoff el dinero que ganó con esfuerzo (o las dotaciones de instituciones de caridad) se habría reído mucho si hubieran sido contactados por alguien que les ofrecía una inversión en una herencia nigeriana o la oportunidad de comprar pantanos en el estado de Florida. En última instancia, no ser crédulo significa tener la capacidad de reconocer riesgos sociales (o en este caso económicos) ocultos, pero algunos riesgos están más ocultos que otros, y, de esta forma, es más complicado reconocerlos. Muy pocas personas poseen el conocimiento o tienen las ganas de hacer un análisis en profundidad de cada oportunidad de inversión que consideran. Es por este motivo que confían en otros para que los ayuden a tomar ese tipo de decisiones, ya sea un asesor que consideramos competente o los gestores de fondos que deberían supervisar la inversión.

Creo que sería demasiado fácil decir que una persona escéptica hubiera y debería haber evitado invertir en un fondo de Madoff. El gran error en este caso fue haber dejado de lado toda precaución, como en las historias de muchas personas (algunas de edad bastante avanzada) que invirtieron hasta el último dólar con Madoff o uno de los fondos que le entregaban dinero. Una fe así de ciega en una persona, o esquema de inversión, tiene un sesgo un tanto religioso, que no es distinto a la fe continua que muchos de los Drakers seguían teniendo en Oscar Hartzell incluso después de que la naturaleza fraudulenta de su esquema comenzara a volverse muy evidente. Así que el curso de acción escéptico no hubiera sido declinar invertir con Madoff por completo, sino asegurarse de tener una red de seguridad suficiente en el caso (por más baja que haya parecido la probabilidad) de que Madoff no resultara ser el Mesías sino Satán. Puesto que no me tragué todo el cuento de Madoff -había invertido 30% de mis ahorros de jubilación en el fondo- quizás no estoy tan privado de sabiduría como pensé.

(Stephen Greenspan es profesor emérito de psicología educacional en la Universidad de Connecticut y es el autor de “Anales de la Credibilidad”. Una versión más larga de este ensayo apareció en skeptic.com y será publicado en la revista Skeptic de comienzos de 2009)



- Tribuna: Laboratorio de ideas Paul Krugman - Una década con Bernie (El País - 22/2/09)

A estas alturas, todo el mundo conoce la triste historia de los inversores a los que engañó Bernard Madoff. Miraban sus extractos de cuenta y pensaban que eran muy ricos. Pero entonces, un día, descubrieron con horror que su supuesta riqueza era un producto de la imaginación de otra persona. Desgraciadamente, ésa es una metáfora bastante buena de lo que le ha sucedido a Estados Unidos en su conjunto durante la primera década del siglo XXI.

La semana pasada, la Reserva Federal publicaba los resultados del último Sondeo sobre Finanzas de los Consumidores, un informe trienal sobre los activos y las deudas de las familias estadounidenses. La conclusión es que básicamente no se ha creado ninguna riqueza desde el comienzo del nuevo milenio: el valor neto de la familia estadounidense media, ajustado a la inflación, es ahora menor que en 2001.

En cierta forma, esto no debería sorprendernos. Durante la mayor parte de la última década, Estados Unidos ha sido un país de personas con préstamos y gastos, no de ahorradores. La tasa de ahorro por persona ha caído desde el 9% de finales de los años ochenta hasta el 5% en los noventa y hasta sólo el 0,6% entre 2005 y 2007, y la deuda familiar ha crecido mucho más deprisa que los ingresos por persona. ¿Por qué íbamos a esperar que nuestro valor neto hubiese aumentado?

Aun así, hasta hace muy poco, los estadounidenses creían que se estaban haciendo más ricos porque recibían extractos bancarios que decían que sus casas y carteras de acciones estaban revalorizándose más deprisa de lo que aumentaban sus deudas. Y si la creencia de muchos estadounidenses de que podían contar con las plusvalías para siempre parece ingenua, vale la pena recordar la cantidad de voces influyentes -especialmente en publicaciones de derechas como The Wall Street Journal, Forbes y National Review- que fomentaban esa creencia y ridiculizaban a aquellos que se preocupaban por el escaso ahorro y el exceso de deudas.

Entonces la realidad se impuso y resultó que quienes se preocupaban habían estado en lo cierto todo el tiempo. El aumento del valor de los activos había sido una ilusión, pero el aumento de la deuda había sido muy real.

Así que ahora tenemos problemas; problemas más profundos, pienso yo, de lo que la mayoría de la gente cree incluso ahora. Y no me estoy refiriendo únicamente al menguante grupo de pronosticadores que siguen insistiendo en que la economía se va a recuperar cualquier día de éstos.

Porque éste es un lío que tiene unas bases muy amplias. Todo el mundo habla de los problemas de los bancos, que sin duda están en una situación aún peor que la del resto del sistema. Pero los bancos no son los únicos que tienen demasiadas deudas y demasiados pocos activos; la misma descripción es válida para el sector privado en su conjunto.

Y como señalaba en los años treinta el gran economista estadounidense Irving Fisher, las cosas que la gente y las empresas hacen cuando se dan cuenta de que tienen demasiadas deudas tienden a ser contraproducentes si todo el mundo las hace al mismo tiempo. Los intentos de vender activos y liquidar deudas hacen que la caída de los precios sea todavía más pronunciada, lo cual reduce todavía más el valor neto. Los intentos de ahorrar más se traducen en un parón de la demanda del consumidor, lo que a su vez intensifica el desplome económico.

¿Están los políticos preparados para hacer lo que haga falta para salir de este círculo vicioso? En principio, sí. Los representantes gubernamentales comprenden el problema: necesitamos “frenar lo que constituye una espiral muy perjudicial y posiblemente deflacionaria”, ha dicho Lawrence Summers, asesor económico principal de Obama.

En la práctica, sin embargo, las medidas que se proponen actualmente no parecen estar a la altura del reto. El plan de estímulo fiscal, aunque sin duda será de ayuda, probablemente no hará más que mitigar los efectos económicos colaterales del fenómeno deflación-deuda. Y el tan esperado anuncio del plan de rescate de los bancos ha dejado a todo el mundo más confuso que tranquilo.

Existe la esperanza de que el rescate de los bancos termine por convertirse en algo más potente. Ha sido interesante contemplar cómo la posibilidad de una nacionalización temporal de los bancos pasaba de tener una aceptación marginal a otra mayoritaria, hasta el punto de que republicanos como el senador Lindsey Graham han admitido que podría ser necesaria. Pero, incluso si finalmente hacemos lo que sea necesario en el frente bancario, eso sólo resolvería una parte del problema.

Si quieren ver lo que realmente cuesta sacar a la economía de la trampa de la deuda, fíjense en el enorme proyecto de obras públicas, también conocido como II Guerra Mundial, que puso fin a la Gran Depresión. La guerra no sólo condujo al pleno empleo, también produjo un rápido aumento de los ingresos y una inflación considerable, todo ello sin que el sector privado solicitara prácticamente ningún crédito. Hacia 1945, la deuda del Gobierno se había disparado, pero el porcentaje de la deuda del sector privado respecto al PIB era sólo la mitad de lo que había sido en 1940. Y este bajo nivel de deuda privada contribuyó a que se dieran las condiciones propicias para la gran expansión de la posguerra.

Puesto que no hay nada parecido a eso sobre el tapete, ni parece probable que vaya a haberlo en un futuro próximo, las familias y empresas tardarán años en liquidar las deudas que tan alegremente contrajeron. Lo más probable es que el legado de nuestra época de ilusión -nuestra década con Bernie- sea una larga y dolorosa depresión.

(Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y Premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service)



Y al final… nada es cierto (The Hall of Fame: Caras y Caretas)

- Historias del “banquero más listo del mundo” - El que “mea” más lejos - ¿Un coito interruptus? - ¿El fin de los paradigmas?

Los antiguos griegos oponían a los asuntos de todos los ciudadanos o del Estado, los asuntos personales e intereses privados de los ciudadanos llamados idiotikós o privados. Algo más adelante, se llamó idiotes (hombre privado o particular) a quienes no se ocupasen de los temas de la polis (la ciudad, por aquel entonces “ciudad-estado”). Fue mucho después cuando se identificó a los idiotes con los hombres incultos o no conocedores de las artes y de ahí, siglos más tarde, con lo que hoy entendemos por idiotas.

El político (del griego politikós) sería para aquellos griegos quien se ocupase de los asuntos de la ciudad, de su ordenamiento. Aristóteles, que entre otros haberes tiene el de ser uno de los padres de la teoría política, al afirmar la superioridad del Estado sobre los individuos, subraya el mérito de quien se dedica a la política. El Estado estaría al servicio del hombre, creando las condiciones para que los ciudadanos lograsen la felicidad. La palabra política está también ligada a la paideia o educación. De ahí proviene el término pedagogía, que significa conducir al niño de la mano por el camino de la vida.

Para el filósofo griego, la aristocracia (de aristokratía, término que significaría algo así como la fuerza de los mejores) es la forma más adecuada de gobierno al ser los ciudadanos gobernados como hombres libres por los más excelentes o capacitados. Nada que ver por tanto con esa otra aristocracia, símbolo de otro tiempo, cuyo único mérito es ser hijo de y a la que se pertenece sin haber demostrado capacidad alguna.

Para poder ser politikós, uno debía haber demostrado unas capacidades en el manejo de sus asuntos propios. Además, el político, en la que sería una “segunda parte de su vida” evidenciaba su adhesión a unos nuevos valores, sobre el papel “más elevados”. En este ejercicio, se volcaba en la consecución de un mayor nivel de felicidad para todos, politikós e idiotes.

Hoy el compromiso con unos valores es algo que brilla por su ausencia, y no sólo en la clase política. Pero es a esta a la que quiero referirme, ya que su liderazgo es importante en todo momento, máxime si este es de gran cambio como es el caso.

Los valores son ideales abstractos que llevan, más que a un comportamiento, a un estilo de vida. Son innumerables y no entraré a juzgar unos u otros. Incluyen la amistad, la humildad, el dinero, el poder, la flexibilidad, la firmeza, el dolor, el placer, etc...A nadie se le puede exigir que firme por estos o aquellos. Sin embargo, sí podemos juzgar a nuestros gobernantes (en los ámbitos ejecutivo, legislativo y judicial) por no vivir y ejercer su acción de gobierno de acuerdo a los valores que propugnan. Así, un modus vivendi socialista exige por lo menos ciertas conductas de fondo y de forma. Y uno conservador otras. Y, repito, nadie está obligado a tomar un camino u otro.

En este totum revolutum que vivimos, parece que todo vale y no se guardan ni siquiera las formas. Y siempre apelando al pasado. Nuestro Congreso parece un patio de colegio donde la frase más mentada es “y tú más” (a veces hasta “y tu padre más”), tratando de demostrar quién la ha liado más parda. La escopeta nacional no es cosa del pasado. No tengo nada contra la caza (actividad que el hombre ejerce desde sus orígenes) pero no creo que sean muy socialistas en la forma los ojeos y monterías (tradicional deporte donde se levantan y atraen las piezas hacia los señoritos). Ni nada conservador ir contra el mercado y adjudicar contratos oficiales y otros de bodas y banquetes, a dedo.

Pero claro, ya antes de las formas se había perdido el fondo, al transgredirse valores fundamentales de las distintas ideologías gobernantes. Así, asistimos los idiotes a políticos conservadores involucrándonos en guerras sin sentido (si es que alguna lo tiene) y a otros socialistas (e incluso comunistas) encamándose con los más rancios y exclusivistas nacionalismos.

Será por todo esto que el mundo va poniéndose del revés y los idiotes no queremos ser politikós mientras que, sin ningún pudor, los politikós se convierten en idiotes. Eso sí, con los bolsillos bien llenos y aprovechando su anterior gestión de los asuntos de la polis. Tomándonos por auténticos idiotas, que no idiotes. El resultado está a la vista.

- Las claves del mayor fraude de la historia (Expansión - 16/12/08)

(Por D. Badía / S. Pérez)

Bernard Madoff, de 70 años de edad, ha sido el artífice de uno de los mayores fraudes de la historia, que supone una nueva traba para que el inversor recupere la confianza en medio de una de las peores crisis de todos los tiempos…



Santander, por ejemplo, que es el banco más afectado en España, ha declarado una exposición de 2.330 millones de euros, de los que 2.010 millones corresponden a inversores institucionales y clientes de banca privada internacional, mientras que los 320 millones restantes forman parte de las carteras de inversión de clientes de banca privada del grupo en España. Ayer, el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, quiso calmar los ánimos al confesar que ve ridículo el impacto que pueda tener el caso Madoff sobre el sistema.

- Con acciones del banco - Los clientes del Santander afectados por Madoff recuperarán el 100% de su inversión inicial (El Mundo -


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