La alquimia



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LA ALQUIMIA
SUPREMA VOL. 1

(Primera Parte)

OSHO
COMPÁRTELO
MA GYAN DARSHANA
Osho_library@gruposyahoo.com

Treinta y seis discursos sobre el Atma Puya Upanishad

Recogidos en dos volúmenes, impartidos por
Osho
INDICE
Discurso 1° La Tradición de los Upanishads y los Secretos de la Meditación.
Discurso 2° La Disolución en lo Cósmico.
Discurso 3° Ausencia de Deseos: Una Puerta a lo Desconocido.
Discurso 4° El Deseo: El Enlace con la Vida.
Discurso 5° Una Mente Quieta: La Puerta hacia lo Divino.
Discurso 6° Encontrándose con el Inconsciente.
Discurso 7° El Flujo Ascendente de la Mente.
Discurso 8° La Complementariedad de los Opuestos.

Discurso 9° ¿Qué puede ofrecer el Hombre?


Discurso 10° El Secreto de Ser Total.
Discurso 11° Luz, Vida y Amor.
Discurso 12° Tú eres el Responsable.
Discurso 13° Trascender A Través del “Ser”.
Discurso 14° Encarando la Realidad.
Discurso 15° El “Ser Testigo”: la Base de Todas las Técnicas.
Discurso 17° Hacia el Pleno Florecimiento de la Consciencia.
Discurso 18° La luz de la Consciencia.

PRIMER DISCURSO
15 de Febrero de 1972
LA TRADICIÓN DE LOS UPANISHADS

Y LOS SECRETOS DE LA MEDITACIÓN

-AUM-


Meditación

Es la constante contemplación

de Eso.
Hay algunos aspectos que considerar antes de que nos adentremos en lo desconocido. Lo desconocido es el mensaje de los Upanishads. Lo básico, lo fundamental, siempre permanece desconocido; aquello que se conoce es siempre superficial. Por eso hay algunos puntos que debemos de comprender antes de profundizar en los dominios de lo desconocido. Esas tres palabras, lo conocido, lo desconocido y lo incognoscible, deben ser entendidas antes, porque los Upanishads se ocupan de lo desconocido sólo como comienzo. Desembocan en lo incognoscible. Lo conocido pertenece a los dominios de la ciencia, lo desconocido es filosofía y lo incognoscible pertenece a la religión.

La filosofía es el nexo entre lo conocido y lo desconocido, entre la ciencia y la religión. La filosofía se ocupa exclusivamente de lo desconocido. En el momento en que algo se vuelve conocido, pasa a formar parte de la ciencia; deja de pertenecer al ámbito de la filosofía. Por eso cuanto más avanza la ciencia, más es arrinconada la filosofía. El campo que pasa a ser conocido se torna ciencia, y la filosofía es el puente entre ciencia y religión. A medida que la ciencia progresa, la filosofía es desplazada, porque sólo puede ocuparse de lo desconocido. Pero cuanto más avanza la filosofía, tanto más es desplazada la religión, porque la religión se ocupa fundamentalmente de lo incognoscible.

Los Upanishads comienzan con lo desconocido; desembocan en lo incognoscible. De ahí nace toda mal interpretación. El profesor Ranade ha escrito un profundo tratado sobre la filosofía de los Upanishads, pero es sólo un principio. No puede penetrar los hondos valles de los misterios de los Upanishads porque permanece en el ámbito filosófico. Los Upanishads comienzan con filosofía, pero es tan sólo un comienzo. Acaban en la religión, en lo incognoscible. Y cuando digo “incognoscible”, quiero referirme a lo que no puede ser conocido.

Sea cual sea el esfuerzo que hagamos, de cualquier forma que lo intentemos, en el instante en que conocemos algo, se vuelve parte de la ciencia. En el momento en que lo sentimos como desconocido, es parte de la filosofía. En el momento en que nos encontramos con lo incognoscible, sólo entonces es religión. Cuando digo incognoscible me refiero a aquello que no puede ser conocido, pero que sí puede ser “encontrado”, que puede ser vivido, que puede ser sentido. Puedes hallarte frente a frente con ello. Puede ser “encontrado” pero aún así permanece incognoscible. Sólo podemos percibir esto: que nos hallamos sumidos en un profundo misterio que no puede ser resuelto. Por esto, antes de penetrar en este misterio, debemos de comprender algunas cosas; si no, no habrá cómo penetrarlo.

La primera: ¿cómo escuchar? Porque hay distintas dimensiones del oír. Puedes escuchar desde tu intelecto, con tu razón. ¿Mmm? Este es el modo más corriente de escuchar algo, el más común, el más ordinario y el más superficial. Porque con la razón siempre estás en posición de defensa o en posición de ataque. Desde la razón siempre estás luchando, así que cuando alguien comprende algo desde la razón, está peleando con ello. Cómo máximo, se puede dar una muy rudimentaria comprensión, es posible una ligera percepción. El significado más profundo está condenado a pasar desapercibido porque el significado más profundo requiere escuchar desde el sentimiento.

La razón nunca puede escuchar con compasión. Escucha desde un fondo argumentativo. No puede nunca escuchar con amor; eso es imposible. Por eso escuchar mediante la razón es adecuado si intentas entender matemáticas, si tratas de comprender lógica, si tratas de entender cualquier sistema que sea totalmente racional.

Si escuchas poesía desde la razón, no verás nada. Es como si uno intenta oír con los ojos o ver con los oídos. No puedes comprender la poesía utilizando la razón. Hay una comprensión más profunda, un segundo tipo de comprensión, que funciona, no a través de la razón, sino del amor, mediante el sufrimiento, mediante la emoción, a través del corazón.

La razón siempre está en conflicto; la razón no permite que nada entre fácilmente. La razón debe ser vencida, sólo entonces algo puede penetrar. Es una armadura alrededor de la mente, es un método de defensa, una media defensiva. Se mantiene alerta en todo instante para que nada pueda pasar sin que se de cuenta. Y nada puede pasar, a menos de que la razón sea vencida. E incluso cuando la razón es vencida, el asunto no va directamente al corazón, porque en la derrota no puedes situarte en el sentir.

La segunda dimensión del escuchar es a través del corazón, mediante el sentimiento. Uno escucha música; no se requiere entonces de análisis alguno. Desde luego, si eres un crítico, no serás capaz de comprender la música. Puede que entiendas las matemáticas, la métrica, el lenguaje, todo sobre música, pero no la música en sí, porque la música no puede ser analizada. Es un todo. Es una totalidad. Si te demoras un solo instante analizándola, ya has perdido mucho. Es una totalidad que fluye. Desde luego, la música sobre el papel puede ser analizada, pero nunca la música real cuando está ahí, sonando. No puedes permanecer distante, no puedes ser un observador. Tienes que ser partícipe. Si participas, sólo entonces comprendes.

Y así ocurre con el sentir. El modo de entender es mediante la participación. No puedes ser un observador, no puedes permanecer afuera. No puedes hacer de la música un objeto. Tienes que fluir con ella, tienes que estar profundamente enamorado de ella. Habrá momentos en que no estés allí y sólo la música esté. Esos serán los picos; esos instantes serán los instantes de música. Entonces algo penetra tu ser más profundo. Es un modo de escuchar más profundo, pero aún así no es el más profundo.

El primer modo utiliza la razón, es racional. El segundo es a través del sentimiento, es emocional. El tercero es a través del ser, es existencia. Cuando escuchas con la razón, escuchas a través de una parte de tu ser. Y de nuevo, cuando escuchas a través del sentimiento, lo estás haciendo a través de una parte de tu ser. El tercero, el más profundo, la dimensión de escuchar más profunda, es a través de tu totalidad –cuerpo, mente y espíritu – como un todo, como una unidad. Si entiendes este tercer modo de escuchar, sólo entonces serás capaz de penetrar los misterios de los Upanishads.

El nombre tradicional de este tercer modo de escuchar es “fe”. Así que podemos hacer esta clasificación: mediante la razón el método es la duda; mediante el sentimiento el método es el amor; mediante el ser el método es la fe, la confianza, porque si vamos a penetrar en lo desconocido, ¿cómo puedes dudar? Puedes dudar sobre lo conocido, pero de aquello que es absolutamente desconocido, ¿cómo puedes dudar?

La duda solamente es válida si se ocupa de lo conocido. Con lo desconocido la duda es imposible. ¿Cómo puedes amar lo desconocido? Puedes amar lo conocido. No puedes amar lo desconocido, no puedes crear una relación con lo que no conoces. La relación es imposible. No puedes relacionarte con ello. Puedes disolverte en ello, esto es algo distinto, pero no puedes relacionarte con ello. Y el entregarse no es una relación. No es en absoluto una relación. Es simplemente disolver la dualidad.

Con la razón la dualidad permanece: estás en conflicto con el otro. Con el amor la dualidad permanece: estás en una relación de afecto con el otro. Con el ser, la dualidad se disuelve: no estás ni en conflicto ni enamorado, no estás relacionado de ninguna forma. Este tercer modo es conocido tradicionalmente como fe, confianza, shraddha. En todo lo concerniente a lo desconocido, la fe es la llave.

Si alguien dice, “¿Cómo puedo creer?”, se confunda, se equivoca radicalmente. Puedes creer, puedes no creer. Puedes creer si tienes argumentos para creer; puedes no creer si tienes argumentos para no creer. El creer nunca es más profundo que la razón. Por eso los ateos, los creyentes, los no creyentes, todos pertenecen a la dimensión más superficial. La fe no es creer, porque para lo desconocido no hay razón ni a favor ni en contra. No puedes ni creer ni dejar de creer.

Por lo tanto, ¿qué hay que hacer? O bien puedes estar abierto o bien puedes estar cerrado a ello. No es una cuestión de creer o de dejar de creer. Es una cuestión de estar abierto o estar cerrado. Si confías, estás abierto. Si desconfías, estás cerrado. Esto es sólo una llave. Si deseas abrirte a lo desconocido, tienes que confiar profundamente, tener fe. Si no deseas estar abierto, puedes permanecer cerrado, pero en este caso nadie se lo pierde excepto tú, nadie está perdido excepto tú. Permaneces cerrado como una semilla. Y lo digo con conocimiento.

Una semilla tiene que abrirse, tiene que morir, sólo entonces nace el árbol. Pero la semilla nunca ha conocido el árbol. La muerte de la semilla puede ocurrir únicamente con fe. El árbol es desconocido y la semilla nunca encontrará el árbol. La semilla puede permanecer cerrada por el miedo, el miedo a la muerte. De esta forma la semilla permanecerá como semilla y finalmente perecerá, pero sin renacer. Pero si la semilla puede morir teniendo fe en que lo desconocido puede surgir de su muerte, sólo entonces se abrirá. En cierto modo muere, en cierto modo renace, renace para sumirse en mayores misterios, renace para sumirse en mayores misterios, renace a una vida más rica. Lo mismo ocurre con la fe. Por eso no es una creencia; nunca lo confundas con una creencia. No es sentimiento. Es más profundo que ambos: es tu totalidad.

¿Cómo escuchar pues con la totalidad? Ni con la razón funcionando argumentativamente, ni con el sentimiento funcionando compasivamente, sino con la totalidad del ser. ¿Cómo puede funcionar la totalidad? Debido a que conocemos tan sólo el funcionamiento de las partes, desconocemos como funciona la totalidad. Conocemos tan sólo las partes: esta parte funciona, esa otra funciona, el intelecto que trabaja, el corazón funcionando, las piernas que se mueven, los ojos que ven. Sabemos sólo de las partes cuando funcionan. ¿Cómo funciona la totalidad? La totalidad funciona únicamente en una profunda pasividad. Nada es activo, todo permanece silencioso. No haces nada. Estás tan sólo ahí, sólo una presencia. Y la puerta se abre. Sólo entonces podrás entender el mensaje de los Upanishads. Se requiere exclusivamente tu presencia; sin que hagas nada de tu parte, sin que funciones. Esto es lo que significa que la totalidad funcione: sólo tu presencia.

Voy a aclararlo un poco, voy a aclarar lo que quiero decir con “sólo estar presente”. Si estás enamorado de alguien, hay momentos en los que no estás haciendo nada. Estás sólo junto a tu amor o a tu amante: tan sólo allí, en silencio absoluto; no os estáis ni amando; tan sólo estáis presentes. Y un fenómeno muy extraño ocurre. Comúnmente, nuestra existencia es lineal. Existimos en una línea, en una secuencia: mi pasado, mi presente y mi futuro. Esta es la línea. Yo voy por mi camino, tú por el tuyo. Cada uno tiene caminos, pistas. Yo voy por la mía, tú por la tuya. En realidad nunca nos encontramos. Somos líneas paralelas, sin puntos de encuentro. Aunque estemos apretujados no nos encontramos porque tú vas por tu camino y yo por el mío; tú perteneces a tu pasado, yo pertenezco a mi pasado; mi presente nace de mi pasado, tu presente nace de tu pasado. Tu futuro será una consecuencia de tu pasado y de tu presente, y el mío de los míos.

Así que nos movemos por pistas, caminos lineales, pistas de un solo carril. No hay encuentro. Sólo los amantes se encuentran porque, de repente, cuando estás simplemente presente ante alguien, surge una clase de tiempo diferente. Ambos os encontráis en un solo instante, y ese instante no pertenece ni a ti ni a tu amado. Es algo nuevo. Ni proviene de tu pasado ni del pasado de tu amante. El tiempo se mueve en una dimensión diferente. No es lineal, no va del pasado al futuro, sino de un presente a otro presente. Hay un encuentro entre dos instantes presentes, una dimensión distinta. Esta dimensión es conocida como la dimensión de la eternidad, por eso los amantes dicen que un instante de amor es la eternidad en sí misma. Nunca acaba. No tiene futuro, no tiene pasado. Es sólo presente, aquí y ahora.

Esto es lo que quiero decir cuando sigo que si puedes escudarme, no desde tu pasado, ni desde tu futuro, sino con una totalidad tal que en el momento presente sólo tu presencia permanezca, si puedes escuchar en silencio, pasivamente; si puedes estar presente; entonces se abre una nueva dimensión. Y el mensaje de los Upanishads puede penetrar sólo en esta dimensión.

Esto es lo que quiero expresar cuando digo que el mensaje de los Upanishads es eterno. No quiere decir permanente. Sólo indica una dimensión de tiempo distinta en la cual no hay ni futuro: en tu tiempo interior. Y con este cambio interior, las palabras comienzan a tomar una forma distinta y un nuevo significado nace de ellas.

Usamos expresiones similares. Todos usamos las mismas palabras, pero con una mente distinta las palabras tienen distinto significado. Por ejemplo, un doctor le pide a un paciente, “¿Cómo se encuentra?”, y un amante le pide a su amado, “¿Cómo te encuentras?”, y en un encuentro ocasional en la calle, le pides a alguien, “¿Cómo se encuentra?”. Las palabras son las mismas, pero, ¿es el mismo su significado? Cuando un doctor le pide a un paciente, “¿Cómo se encuentra?” ¿Quiere expresar lo mismo que un amante al preguntarle a su amado, “¿Cómo te encuentras?”. Tienen un significado distinto.

Los Upanishads no pueden sen entendidos de un modo corriente. Por eso es por lo que los eruditos no los captan, los lingüistas no los captan, los pundits no los captan. Ellos trabajan desde el lenguaje, con la gramática, con lo que consideran adecuado, pero aún así no los captan. ¿Por que no los captan? No los captan porque su tiempo interior es lineal. Trabajan con su intelecto, no con su ser. En verdad, están trabajando sobre el Upanishads, no están permitiendo al Upanishads que trabaje sobre ellos. Esto es lo que quiero expresar cuando digo “sólo estar presente”: entonces el Upanishad puede trabajar sobre ti, y en ese trabajo puede surgir la transformación. Eso puede transportarte a diferentes planos de existencia.

Por eso lo primero que debes recordar es escuchar solamente con tu presencia. Absorbe a través de tu fe y de tu confianza ¡bébelo! No luches con la razón, no sientas con el sentimiento. Sé simplemente uno con tu ser. Esta es la llave, lo primero.

En segundo lugar los Upanishads usan palabras, tienen que usarlas, pero representan el silencio. Hablan sin parar, pero hablan desde el silencio. El esfuerzo es absurdo, paradójico, contradictorio, inconsciente, pero así es como es posible, es el único sistema. Incluso si yo quiero dirigirte hacia el silencio, debo utilizar palabras. Ellos usan palabras, pero están absolutamente en contra de las palabras y del lenguaje; no los apoyan. Esto debe ser recordado en todo momento, pues en caso contrario es muy fácil perderse entre las palabras.

Las palabras tienen su propia magia, su propio magnetismo. Y cada palabra crea una secuencia propia. Los novelistas lo saben, los poetas lo saben. Dicen que a veces tan sólo comienzan su novela. Cuando la acaban, no pueden afirmar que la han acabado. En realidad, las palabras poseen su propia secuencia. Empiezan a estar vivas por sí mismas, y así siguen solas.

Tolstoi ha dicho en alguna parte. “Yo empiezo, pero nunca acabo, y a veces mis propios personajes dicen cosas que nunca hubiera querido que dijeran”. Empiezan a tener vida propia y a seguir sus propios caminos. Se liberan del autor, del novelista, del poeta. Se liberan como un niño se libera de sus padres. Tienen su propia vida.

Por eso las palabras tienen su propia lógica. Emplea una palabra, y ya has comenzado. Y la palabra creará muchas otras cosas. La misma palabra creará muchas otras cosas, y uno puede perderse. Pero los Upanishads no están a favor de las palabras. Por eso las usan tan poco como les es posible. Su mensaje es tan telegráfico que ni una sola palabra es usada innecesariamente. Los Upanishads son los tratados más cortos; ni una sola palabra es utilizada innecesariamente porque las palabras pueden crear secuencias hipnóticas. Pero las palabras han de usarse; por eso ten cuidado de no perderte en ellas.

El significado es un asunto distinto. Y más que significado sería adecuado utilizar la expresión “lo que indican”. Los Upanishads usan las palabras como signos, como símbolos, como indicaciones. Usan las palabras para “mostrar” algo, no para decir algo. Puedes decir algo con tus palabras, puedes señalar algo con tus palabras. Cuando señalas algo, cuando indicas algo, la palabra ha de ser trascendida, se ha de olvidar. Si no, las palabras quedan y distorsionan la percepción global.

Utilizaremos palabras, pero con cautela: recuerda que no sólo expresan algo, sino que son indicaciones. Las palabras se han usado simbólicamente: como un dedo señalando la luna. El dedo no es la luna, pero uno puede colgarse del dedo y decir: “Mi profesor me lo enseñó. ¡Esta es la luna!”. El dedo no es la luna, pero puede ser empleado para señalar. La palabra no es nunca la Verdad, pero las palabras pueden ser empleadas para indicar. Recuerda siempre que el dedo debe ser olvidado. Si el dedo se vuelve más importante y significativo que la luna, todo se pervertirá.

Recuerda este segundo punto: las palabras son sólo indicadores de algo que no puede ser expresado con palabras, de algo silencioso, de algo más allá, de algo que las trasciende.

Este olvidar que las palabras no son realidades ha causado mucha confusión. Existen miles y miles de comentarios, pero todos se ocupan de las palabras, no de la realidad sin palabras. Siguen discutiendo. Durante siglos, milenios, los pundits han estado discutiendo lo que significa esta u esta otra palabra y han creado una extensa literatura. ¡Demasiado buscar el significado, y lo que se obtiene no tiene sentido! Se han equivocado por completo. Las palabras nunca fueron realidades, sólo indicadores de algo totalmente distinto de las palabras.

Tercero: No voy a comentar los Upanishads, porque un comentario sólo puede ser hecho desde el intelecto. Más bien voy a responder, no a comentar. Responder es algo distinto, enteramente distinto. Silbas en un valle o cantas una canción o tocas la flauta de bambú, y el valle se hace eco, eco, eco. El valle no comenta, el valle responde.

Una respuesta es algo con vida; un comentario es algo vinculado a lo muerto. Una respuesta significa que los Upanishads podrán ser leídos ahí. No los voy a comentar, me volveré un valle y lanzaré su eco. Será difícil de comprender, porque aunque el eco sea auténtico puede que no percibas el mismo sonido original. Puede que no seas capaz de descubrir la relevancia, porque cuando un valle responde, cuando se hace eco, el eco no es sólo algo pasivo, es creativo. El valle añade mucho. La naturaleza del valle añade mucho. Un valle distinto resonará de forma distinta. Así es como deberían ser las cosas. Por eso cuando digo algo, no significa que todo el mundo lo interprete del mismo modo. Así es como mi valle devuelve el eco.

Me acuerdo de unas líneas de Stevens. Parecen un poema zen: “Veinte hombres cruzando un puente hacia un pueblo, son veinte hombres cruzando veinte puentes hacia veinte pueblos”. Cuando leo algo, mi valle devuelve el eco de cierta forma; no es pasivo. En ese eco yo estoy también presente. Cuando tu valle devuelva el eco, lo hará de modo distinto. Cuando digo “una respuesta viva”, me refiero a esto.

A veces puedo parecer del todo irrelevante, porque el valle le dará una forma, un color propio. Es natural. Por eso mantengo que los comentarios son criminales; sólo las respuestas deberían de figurar, no los comentarios, porque el comentador empieza a sentir que, diga lo que diga, está en lo cierto. Un comentador comienza a sentir que los demás comentaristas se equivocan, y empieza con un deber autoimpuesto de criticar a los demás comentaristas, porque siente que su comentario puede ser adecuado sólo en caso que los comentarios de los demás sean erróneos. Pero este no es el caso con una respuesta. Son posibles múltiples respuestas, y toda respuesta es correcta si es auténtica. Si proviene de tus adentros, es correcta. No hay un criterio externo de lo que está bien o está mal. Si algo surge del interior de uno, si te vuelves uno con ello, si vibra con todo tu ser, entonces es correcto. En caso contrario, por muy lógico y filosófico que pueda parecer, es erróneo.

Esto va a ser una respuesta. Y cuando digo “respuesta” me refiero a que será más parecido a la poesía que a la filosofía. No será un sistema. No puedes crear un sistema basado en respuestas. Las respuestas son atómicas, fragmentarias. Poseen una unidad interna, pero encontrar esa unidad interna no es tan fácil. La unidad es como un continente y una isla: entre ambos existe una unidad, pero en las profundidades; en lo más profundo del mar, la tierra es una. Si se comprende esto, ningún hombre es una isla. En lo más hondo, las cosas son una; cuanto más profundo te sumerges, más alcanzas la unidad. Por eso si una respuesta es auténtica, cualquier respuesta, incluso la respuesta opuesta que aparenta ser absolutamente contradictoria, no puede ser diferente. En lo más hondo existe una unidad.

Pero uno debe de profundizar, y los comentarios son algo superficial. Por eso no voy a proporcionarte comentario alguno: no diré que es lo que expresan los Upanishads. Diré únicamente lo que este Upanishads significa en mí. No puedo reclamar ninguna autoridad, y los que la reclaman son auténticamente inmorales. Nadie puede asegurar lo que este Upanishad significa. Lo único que puede decirse es lo que este Upanishad significa en mí: como devuelvo su eco.

Esta respuesta puede crear una posibilidad de respuesta en ti si tú permaneces simplemente presente. En este caso, todo lo que diga hallará eco en ti. Y entonces, sólo tú serás capaz de entenderlo. Sé como un valle, déjate ir, de modo que seas capaz de reverberar el eco libremente. Preocúpate de ser tú mismo un valle en vez de preocuparte por los textos del Upanishad, o de lo que estoy diciendo. Ocúpate de ser tú mismo un valle, y todo lo demás vendrá por sí mismo. No se requiere tensión alguna, no se requiere ningún esfuerzo sostenido para entenderme. Eso puede convertirse en una barrera. Tan sólo relájate, vuélvete silencioso, pasivo, y deja que, suceda lo que suceda, halle eco en ti. Esas vibraciones te transportarán a una perspectiva diferente, a una visión distinta.

Por último, yo no soy un hindú, ni soy un musulmán, ni un cristiano; soy un vagabundo sin hogar. Aparentemente no pertenezco a la tradición de los Upanishads, por tanto no tengo porqué defenderlos. Cuando un hindú los comenta, o cuando reflexiona sobre los Upanishads, tiene intereses particulares; cuando un musulmán escribe sobre los Upanishads, tiene anti-intereses; en ambos casos no pueden ser veraces y auténticos. Si uno es hindú, no puede ser veras con respecto a los Upanishads; si uno es musulmán no puede ser veraz con respecto a los Upanishads. Ambos están condenados a mentir. Pero el engaño es tan sutil que uno puede que ni se dé cuenta.

El hombre es el único animal que puede mentirse a sí mismo y vivir en el engaño. Si eres un hindú y reflexionas sobre los Upanishads, o si eres un musulmán y reflexionas sobre el Corán, o eres un cristiano que reflexiona sobre el Nuevo Testamento, nunca serás consciente de que no puedes ser veraz. El que seas cristiano es la barrera. ¡No puedes ser veraz! Uno no debe pertenecer a nada: sólo entonces la respuesta es auténtica. El ser miembro de algo distorsiona, pervierte la mente, distrae y proyecta cosas que no son, o niega cosas que sí son.

De modo que para mí, eso no constituye un problema, y para ti también te sugeriría que cuando leas el Corán, escuches los Upanishads o la Biblia, no seas hindú, cristiano o musulmán. El estar es suficiente. Serás capaz de penetrar más hondo. Con conceptos, con dogmas, nunca estás abierto. Una mente cerrada puede crear falsas interpretaciones, pero nunca puede entender.

Por eso yo no pertenezco a nada, y si respondo a este Upanishad es simplemente porque me he enamorado de él. Este, uno de los más breves Upanishads, el “Atma Puya”, es un fenómeno poco común. Así que diré algo sobre este raro Upanishads ya que he elegido hablar de él.

En primer lugar, es el más breve; es como una semilla, potente, preñada, conteniendo mucho. Cada palabra es una semilla con infinitas posibilidades. Por eso puedes hacerte eco de ella una y otra vez, infinitamente. Y cuanto más medites sobre ellas, cuánto más les permitas que te penetren, te serán revelados nuevos significados. Estas palabras-semilla prueban que fueron halladas en profundo silencio. En realidad parece extraño, pero es un hecho. Si tienes menos que decir, dirás más. Si en verdad tienes algo que decir, puedes decirlo en unas pocas líneas, unas pocas palabras; incluso una sola palabra será suficiente. Cuanto menos tengas que decir, más palabras tendrás que usar. Cuanto más tienes que decir, menos palabras usas.

En la actualidad los psicólogos saben que, de hecho, las palabras no son utilizadas para decir algo, sino para esconderlo. Hablamos porque queremos esconder algo. Si quieres esconder algo no puedes permanecer en silencio, porque tu cara puede que lo revele, tu silencio puede que lo indique. El otro puede sospechar que estás ocultando algo. Por eso una persona que tiene algo que ocultar habla y habla sin parar. Mediante las palabras puedes engañar; con el silencio no puedes engañar.

Los Upanishads verdaderamente tienen algo que decir, por eso lo expresan en forma de semilla, en sutras, en aforismo. Este Upanishad tiene sólo diecisiete sutras. Pueden ser escritos en media página. El Upanishad al completo puede ser escrito en una postal. ¡En una sola cara! Pero contiene un mensaje muy poderoso, por eso consideraremos cada palabra-semilla y trataremos de penetrar en ella, trataremos de ser una respuesta viva a ella. Puede que algo comience a vibrar en ti. Y puede empezar porque esas palabras albergan un alto potencial, contienen mucho. Si sus átomos pudieran ser destruidos, se liberaría gran cantidad de energía. Mantente pues abierto, receptivo, con profunda confianza, y deja que el Upanishad trabaje.

Entremos ahora en el “Atma Puya” –Veneración del Yo- Upanishad”:


-AUM-

Meditación

es la constante contemplación de Eso




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