La acedia en la historia de la espiritualidad cristiana



Descargar 17.14 Kb.
Fecha de conversión13.05.2019
Tamaño17.14 Kb.
Vistas25
Descargas0


La acedia


  1. La acedia en la historia de la espiritualidad cristiana

La palabra acedia proviene del griego y significa sin cuidado. En su campo semántico entran términos como descuido, desidia, negligencia, indolencia. Para algunos autores (Empédocles, Hipócrates, Cicerón) significa tristeza y tedio.

La acedia es un fenómeno espiritual que se encuentra presente a lo largo de toda la literatura cristiana, desde la época patrística hasta la actualidad. En efecto, ya los Padres del Desierto hablan de ella en el siglo III, y en el siglo XXI encontramos aún varios tratados sobre el tema escritos desde perspectivas contemporáneas como el psicoanálisis.

En la patrística oriental es una de las siete u ocho tentaciones principales de los monjes de las que luego se derivan los siete vicios capitales. El primer autor que habla de ella es Evagrio Póntico, monje heredero del neoplatonismo en los desiertos de Nitria y Kellia durante la segunda mitad del siglo IV, implica un complejo proceso espiritual que interfiere en la totalidad de la vida del monje1.

Entre los escritores monásticos occidentales, Casiano (S. VI) define la acedia como una ansiedad o tedio del corazón que convierte a la persona en sedentaria o inhábil para cualquier obra dentro del monasterio. Se hace ociosa y termina vacía para cualquier ejercicio espiritual. El monje con acedia no está satisfecho ni con sus ocupaciones, ni con el monasterio; sus trabajos y deberes le cansan y aburren, por eso quiere cambiar de lugar y de oficio2.

San Gregorio Magno (Roma, c. 540 a 12 de marzo de 604) considera la acedia como un vicio tentador que lleva a la falta de alegría y de gozo interior, en definitiva, a la tristeza.

En la Edad Media hay un corrimiento moral del concepto; la acedia es solamente un modo de nombrar a la pereza y una nueva manera de referirse a la curiositas –que en el fondo significa una huida de verdad-, vicio al que se opone la studiositas –virtud moral que tiende a hacer virtuoso el deseo de conocer-. La asociación es inmediata con un pecado capital3 –la pereza- hace que sea tratada desde una perspectiva exclusivamente moral en la mayoría de los casos. Además, en el transcurso de Medioevo observamos una clara secularización de la acedia, que deja de ser un fenómeno espiritual propio y exclusivo de la vida monástica para afectar, también, a los laicos. Este cambio de perspectiva abrirá el paso para la aparición, algunos siglos más tarde, de la melancolía y, en épocas contemporáneas, de los desórdenes depresivos. Sin que puedan identificarse sin más estos tres fenómenos, resulta claro que poseen un fondo común, tal como ha sido demostrado en algunos estudios contemporáneos

A modo de conclusión, podemos decir que la acedia en los consagrados implica dejación de compromisos propios de su forma de vida por la repugnancia natural al esfuerzo o la fatiga exigida por ellos. Al mismo tiempo, supone vivir la vida espiritual de tal forma que el consagrado con acedia, en lugar de hallar gusto y alegría en las cosas del Espíritu, encuentra disgusto y tristeza, la cual, a su vez, entorpece y deprime a la persona haciendo su existencia tediosa, indolente y vagabunda.



  1. No a la acedia egoísta” (EG 81). ¡No nos dejemos robar la esperanza! (EG 86)

El papa Francisco sugiere algunos signos de acedia en la vida de la Iglesia y entre los religiosos:




  • El cuidado obsesivo del tiempo personal que, entre otras cosas, lleva a no asumir o huida de compromisos comunitarios, apostólicos o caritativos porque pueden quitar tiempo libre.

  • La necesidad imperiosa de preservar los espacios de autonomía, como si una tarea apostólica, una responsabilidad comunitaria, una misión caritativa… fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos.

  • Las resistencias a probar hasta el fondo el gusto de la misión hacen que los consagrados se queden sumidos en una acedia paralizante (cf. EG 81).




  • Las tareas apostólicas, educativas, caritativas, comunitarias… cansan más de lo razonable, y a veces enferman. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado. Esto no se da siempre por el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable.

  • La obstinación de sostener proyectos no viables o irrealizables y no vivir con ganas lo que buenamente se puede hacer.

  • No aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo.

  • Apegarse a algunos proyectos o a sueños de éxitos imaginados por su vanidad.

  • No saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida

  • El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes de pastoral y caridad no toleren fácilmente algunas contradicciones, un aparente fracaso, una crítica, una cruz… (EG 82).




  • La mayor amenaza «es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad»

  • El desarrollo de la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia, con la propia congregación o consigo mismo, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio».

  • Dejarse cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo espiritual y apostólico (cf. EG 8·).




  • Ver en los tiempos modernos prevaricación, negatividad y ruina […] y convertirse en profetas de calamidades, avezados en anunciar infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente (EG 84)




  • La conciencia de derrota ahoga el fervor y la audacia y nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre.

  • El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica (EG 86).




  • Dejarnos llevar por la fuerza de la costumbre: “La costumbre nos seduce y nos dice que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a esta situación, que siempre ha sido así y que, sin embargo, sobrevivimos. A causa de ese acostumbrarnos ya no nos enfrentamos al mal y permitimos que las cosas `sean lo que son´, o lo que algunos han decidido que sean. (GE 137).

1 Evagrio Póntico define la acedia del siguiente modo: “El demonio de la acedia, que es llamado también «demonio de mediodía», es el más agotador de todos. Ataca al monje hacia la cuarta hora y asalta su alma hasta la octava hora [...] El demonio fuerza al monje a tener los ojos continuamente fijos en las ventanas y saltar fuera de su celda [...] Además, le inspira aversión por los lugares en los que se encuentra y por su estado de vida [...] El demonio, entonces, le aconseja desear otros lugares porque, como dice la Escritura, «Dios puede ser adorado en cualquier parte» (Jn. 4, 21) [...] El demonio apunta todas sus armas para que el monje abandone la celda y huya del lugar. Este demonio no es seguido inmediatamente por ningún otro, y un estado apacible y un gozo inefable le sobrevienen al alma después de la lucha” (Traité Practique, Cerf, París, 1971, nº 12, p. 521-527).

2 Cf. PL. 49; 203.611.365.367)

3 Siguiendo a san Juan Casiano (S.IV) y a san Gregorio Magno, se llaman pecados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.




Compartir con tus amigos:


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos