Ken Wilber


Espiritualidad y liberalismo



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Espiritualidad y liberalismo
El último punto que me gustaría discutir brevemente en este capítulo es muy sencillo: la religión y la ciencia nunca se lleva­rán bien hasta que la religión y el liberalismo se reconcilien.

La Ilustración clásica occidental -y su vástago, el liberalis­mo- nacieron como un movimiento fundamentalmente antirreli­gioso. Los filósofos liberales y los teóricos políticos de la Ilus­tración buscaban, entre otras muchas cosas, liberar a los individuos de los dictados de la religión del Estado y de la men­talidad del rebaño, ya que, hasta ese momento, si alguien se atre­vía a discrepar en voz alta de lo que decía el Papa, tenía que vér­selas con la Inquisición. El liberalismo, por el contrario, sostenía

que el estado no debe alentar ninguna versión particular de la buena vida, sino que debe permitir que los individuos decidan por sí mismos (separación entre la Iglesia y el Estado). En la ac­tualidad, el liberalismo tiende a contemplar con mucha suspica­cia a la religión, por el simple hecho de que muchos creyentes son muy proclives a tratar de imponer su sistema de valores so­bre los demás. Además, el liberalismo también se alió estrecha­mente con las ciencias naturales recién emergentes -como la fí­sica, la biología y la química-, que no encontraron evidencia experimental alguna de las creencias sustentadas por la religión mítica (como que el mundo fuera creado en seis días, por ejem­plo). Por su parte, la religión mítica acabó concluyendo que el li­beralismo no era mucho más que un "horrible ateísmo" que aca­baría arruinando a la sociedad. Resumiendo, el liberalismo y la religión se hallan enfrentadas casi desde el mismo momento de partida.

Pero ahora que hemos visto que al menos existen dos tipos di­ferentes de religión (estrecha y profunda), permítasenos revisar esa antigua animosidad. La religión tradicional cuestionada por la Ilustración era la religión azul, con sus mitos y absolutismos et­nocéntricos (crea en su Dios mítico y será salvado, no lo haga y se condenará eternamente). En este sentido, la Ilustración represen­taba la nueva ola emergente naranja de la existencia, con su fuer­te creencia en el materialismo científico, el progreso lineal, el co­mercio y el empirismo. El resultado de todo ello fue un conflicto titánico de memes que acabó originando, al menos, dos grandes revoluciones (la americana y la francesa).

Como ya hemos visto, la ola naranja es, de hecho, la primera de las olas de la conciencia postconvencional y mundicéntrica. Por ello los filósofos fueron los primeros abanderados de esa ex­traordinaria ola que enfatizaba los derechos universales del hom­bre (derechos que, siguiendo su misma lógica, no tardaron en ex­tenderse a las mujeres, los esclavos, los niños y hasta los animales). Se trataba del gran avance que va desde lo etnocéntri­co hasta lo mundicéntrico, desde las jerarquías de dominio social hasta las meritocracias, desde el deber hasta la dignidad. Y los fi­lósofos también estaban en lo cierto al afirmar que la mayor par­te de los dogmas de las religiones propias del estadio mítico-per­tenencia no eran más que supersticiones despojadas de toda evidencia, pero también estaban profundamente errados al extra­polar que la religión tradicional no era otra cosa más que un mito como el de Santa Claus. Porque lo cierto es que la esencia de cada una de las grandes tradiciones de sabiduría también nos pro­porciona una serie de prácticas contemplativas que, en el mejor de los casos, permiten acceder de un modo estable a las olas transracionales y transpersonales de la conciencia.` Estas cien­cias contemplativas no nos revelan los mitos pre-racionales, sino las realidades trans-racionales y la Ilustración racional, al reac­cionar en contra de todo tipo de afirmaciones no-racionales, arro­jó también descuidadamente por la ventana lo transracional con lo prerracional, y el hermoso bebé del espíritu se fue por el mis­mo desagüe que el agua de la bañera.

Así pues, con la Ilustración, el materialismo científico estre­cho (naranja) asumió una postura abiertamente hostil hacia casi todas las formas de religión (tanto pre como trans)." Hasta el mo­mento, la religión tiende a identificarse con las creencias azules mítico-pertenencia (la creencia en la verdad literal de la Biblia, la Torah, el Corán, etc.), y la ciencia, por su parte, tiende a identifi­carse con una posición francamente antirreligiosa. En mi opi­nión, ambas precisan liberarse de su fanatismo estrecho y poco profundo y abrirse a la buena ciencia y a la espiritualidad pro­funda propias de las olas más elevadas de la existencia, donde pueden acabar reconciliándose.

Esta sería una espiritualidad postconservadora y postliberal que tendría en cuenta los logros de la Ilustración mundicéntrica sin atrincherarse en las afirmaciones de la religión mítico-perte­nencia y de la moral prescriptiva, una espiritualidad que no fuera preliberal y reaccionaria, sino progresiva y evolutiva,20 una espiri­tualidad que no aspiraría a imponer sus dogmas sobre los demás, sino que alentaría a todo el mundo a desarrollar sus potencialida­des y, de ese modo, a descubrir su propia espiritualidad profunda, infinitamente radiante, resplandeciente en medio de la oscuridad, eternamente feliz, el asombroso descubrimiento de su propio Ros­tro Original, su alma y su espíritu divino, que nunca ha dejado de resplandecer.
5. EL MUNDO REAL

O pendemos unos de otros o terminaremos colgando cada cual por su cuenta.

BENJAMIN FRANKLIN


A menudo me pregunto cuáles son las aplicaciones prácticas de mi trabajo, es decir, cuáles son las aplicaciones del modelo ho­lónico o integral en el "mundo real". Veamos ahora una breve muestra de lo que está ocurriendo en este sentido.

La política integral
He colaborado con Drexel Sprecher, Lawrence Chickering, Don Beck, Michael Lerner, Jack Crittenden y algunos otros en la elaboración de un enfoque político omninivel y omnicuadrante (que tiene en cuenta la obra de tantos teóricos políticos que resulta imposible enumerarlos a todos). También he colaborado con con­sejeros de Bill Clinton, Al Gore, Bill Bradley, Tony Blair, George W Bush y Jeb Bush, entre otros. Porque lo cierto es que todo el mundo parece estar buscando una "tercera vía" que integre lo me­jor de las visiones liberal y conservadora -el vital center del presi­dente Clinton, el compassionate conservatism de George W Bush, el neue mitte de Alemania, la third way de Tony Blair y el African renaissance de Thabo Mbeki, por nombrar sólo unos pocos- y son muchos los teóricos que tratan de establecer los cimientos sóli­dos de una nueva visión omninivel y omnicuadrante.

Veremos ahora mi propia visión teórica concreta, una visión que he desarrollado fundamentalmente por mi propia cuenta y que se ha convertido en un fértil marco de referencia para el debate con las ideas aportadas por otros teóricos. Para ello, comenzaré esbozando mis propias ideas al respecto y luego señalaré las áreas en las que las ideas de otros teóricos me han resultado de suma utilidad.

En el último capítulo de Después del Edén («Republicanos, demócratas y místicos») dije que, en lo que respecta al sufrimien­to humano, los liberales tienden a creer en la causación objetiva, mientras que los conservadores creen en la causación subjetiva. Con ello quiero decir que, desde la perspectiva liberal, la respon­sabilidad del sufrimiento individual recae en las instituciones so­ciales objetivas (si usted es pobre es porque la sociedad le opri­me), mientras que la perspectiva conservadora culpa a los factores subjetivos (si usted es pobre es porque es perezoso). Consecuentemente, el liberal aborda ese problema recomendan­do algún tipo de intervención social objetiva, como una reforma de las instituciones sociales y una redistribución de la riqueza que aliente la igualdad entre todos los seres humanos. El aborda­je conservador, por su parte, recomienda inculcar los valores de la familia, exige que los individuos asuman la responsabilidad de sus acciones, propone el endurecimiento de las normas morales (lo cual supone, en muchos casos, la aceptación de los valores re­ligiosos tradicionales), alienta la ética del trabajo, el uso de in­centivos que recompensen el logro, etc.

Dicho en otras palabras, el liberal suele creer en la causación de la Mano Derecha, mientras que el conservador cree en la cau­sación de la Mano Izquierda (aunque hay que advertir en este punto que cuando elaboré los cuatro cuadrantes no tuve en cuen­ta la posible confusión terminológica que podría ocasionar. Rei­teremos, pues, que la llamada izquierda política cree en la causa­ción de la Mano Derecha, mientras que la derecha política, por su parte, cree en la causación de la Mano Izquierda).

El hecho, en cualquier caso, es que el primer paso hacia una "tercera vía" -que integre lo mejor de la visión liberal y de la vi­sión conservadora y que subraye en consecuencia, tanto el desa­rrollo interior como el desarrollo exterior- consiste en reconocer la realidad e importancia tanto de los cuadrantes interiores como de los cuadrantes exteriores y en orientar nuestros esfuerzos tanto hacia los factores internos (los valores, los significados, la moral y el desarrollo de la conciencia) como hacia los factores externos (las condiciones económicas, el bienestar material, los avances tecnológicos, la seguridad social, el medio ambiente).

Centremos ahora nuestra atención en el área del desarrollo de conciencia, ya que ésta es, después de todo, la parte más difícil para los liberales, que suelen oponerse a todo tipo de "estadios" o de "niveles" (incluyendo los niveles de conciencia), convencidos de que tales "juicios" son racistas, sexistas, marginadores, etc. Re­cordemos que, en este sentido, el liberal no suele creer en la causa­lidad interior y que incluso llega, en ocasiones, a cuestionar la exis­tencia misma de cualquier tipo de interioridad. La epistemología liberal típica (como la sostenida, por ejemplo, por John Locke) considera que la mente es como una tabula rasa, una pizarra en blanco que va llenándose con imágenes procedentes del mundo externo. Así pues, si existe algún problema interior (si usted está sufriendo, en suma), es porque algo funciona mal en el exterior (en las instituciones sociales), ya que, desde esa perspectiva, toda inte­rioridad constituye, de un modo u otro, un reflejo del exterior.

Pero ¿qué ocurriría si lo interior no dependiera exclusivamen­te del mundo externo y tuviera sus propios estadios de crecimien­to y desarrollo? Si el logro de una auténtica "tercera vía" exigiera tener en cuenta tanto el desarrollo interior como el desarrollo ex­terior, deberíamos prestar también una atención cuidadosa a los estadios interiores del desarrollo de la conciencia. En libros tales como Una visión integral de la psicología he establecido las co­rrelaciones existentes entre unos cien modelos diferentes del de­sarrollo de la conciencia, tanto orientales como occidentales, tan­to antiguos como modernos, que pueden proporcionarnos una imagen muy clara de los estadios del desarrollo del reino subjeti­vo, pero no a modo de una secuencia fija e inalterable de niveles, sino como una guía general de las posibles olas del desarrollo de la conciencia.

Así pues, el primer paso hacia una "tercera vía" auténtica­mente integral nos obliga a combinar adecuadamente lo interior y el exterior (la Mano Izquierda y la Mano Derecha, lo subjetivo y lo objetivo), mientras que el segundo consiste en reconocer que lo subjetivo -es decir, la conciencia- se despliega a través de una serie de estadios. Quien quiera dilucidar más detalladamente es­tos estadios puede recurrir a cualquiera de los mapas de los in­vestigadores más reputados del desarrollo interior, como Jane Loevinger, Robert Kegan, Clare Graves, William Torbert, Susan­ne Cook-Greuter o la Spiral Dynamics de Beck y Cowan. Basta­rá, para ilustrar esta visión global y simplificada, con utilizar una versión de tres grandes estadios: el preconvencional (o egocén­trico), el convencional (o sociocéntrico) y el postconvencional (o mundicéntrico).

La ideología tradicional conservadora se halla asentada en una ola convencional y sociocéntrica del desarrollo propia del es­tadio mítico-pertenencia cuyos valores hunden sus raíces en la orientación mítico-religiosa (como la Biblia, por ejemplo), suele subrayar la importancia de los valores de la familia y de la patria, es fuertemente sociocéntrica (y, en consecuencia, también suele ser muy etnocéntrica), afirma los valores sociales aristocráticos y jerárquicos (meme azul) y tiende hacia el patriarcado y el milita­rismo. Ésta fue la modalidad mítico-pertenencia que subrayó las virtudes cívicas y que dominó la conciencia cultural desde apro­ximadamente el año -1000 hasta la Ilustración occidental, des­pués de la cual apareció una modalidad de conciencia radical­mente nueva -la conciencia racional-egoica (el meme naranja postconvencional)- que trajo consigo la nueva ideología política liberal.

La Ilustración liberal nace, pues, como una reacción en contra del fundamentalismo propio de la estructura mítico-pertenencia.

Estoy hablando, claro está, de la opresión social generada por los mitos y sus prejuicios etnocéntricos (que afirma que los cristia­nos se salvarán, mientras que los paganos irán al infierno, por ejemplo) y de la naturaleza no científica del conocimiento pro­porcionado por los mitos (como que el universo fue creado en seis días, pongamos por caso). Así pues, uno de los principales objetivos de la Ilustración fue aliviar el sufrimiento impuesto por la opresión de la religión mítico/etnocéntrica y su carácter no científico. No olvidemos que el grito de batalla de Voltaire -el verdadero lema de la Ilustración- fue el de « ¡Recordad las cruel­dades! », recordad el sufrimiento infligido por la Iglesia sobre mi­llones de seres humanos en nombre de su Dios mítico.

Así pues, en lugar del etnocentrismo mítico-pertenencia basa­do en una identidad de rol inserta en una jerarquía de identidades de rol, la Ilustración anhelaba una identidad egoica libre de los prejuicios etnocéntricos (los derechos universales del hombre) y basada en la investigación racional y científica. Desde la pers­pectiva de la Ilustración -una perspectiva, por otra parte, muy acertada-, los derechos universales acabarían con la esclavitud, la democracia nos libraría de la monarquía, el ego autónomo ven­cería a la mentalidad del rebaño y la ciencia se impondría sobre el mito. Dicho en otros términos, en el mejor de los casos, la Ilus­tración liberal representó -a la vez que fue un producto- la evo­lución de la conciencia desde la ola convencional y sociocéntrica hasta la postconvencional y mundicéntrica.

Ahora bien, si el liberalismo se hubiera limitado a ser el pro­ducto de un avance evolutivo desde lo etnocéntrico hasta lo mun­dicéntrico, hubiera terminado, pura y simplemente, ganando la batalla. Pero lo cierto es que el liberalismo emergió en un clima al que he denominado mundo chato -o materialismo científico-, según el cual lo único real es la materia (o, en el mejor de los ca­sos, la materia/energía) y, en consecuencia, la posesión de la ver­dad sólo pertenece a la ciencia más estricta.' (Recordemos que la ciencia estrecha -ya se trate de la ciencia atomística propia del cuadrante superior-derecho como de la ciencia sistémica, característica del cuadrante inferior-derecho- es la ciencia de los do­minios de la Mano Derecha.) El mundo chato, dicho en otras pa­labras, es la creencia de que lo único real son los cuadrantes de la Mano Derecha.

Y el liberalismo, al emerger en el seno del materialismo cien­tífico, no sólo se tragó el cebo, sino también el anzuelo, el sedal y hasta el pescador ideológico y acabó convirtiéndose en el ada­lid político de mundo chato, abanderando la realidad exclusiva del mundo material y sensoriomotor propio de la Mano Derecha. Desde esa perspectiva, la mente no es más que una tabula rasa, una pizarra vacía que va llenándose con representaciones del mundo de la Mano Derecha. En consecuencia, si el reino subjeti­vo está enfermo es porque también lo están las instituciones so­ciales objetivas y, por tanto, el mejor modo de liberar al ser hu­mano y de acabar con el sufrimiento consiste en proporcionarle la libertad material y económica, para lo cual hay que apelar al materialismo científico y a la igualdad económica. Pero, de ese modo, acaban soslayándose -o, en el peor de los casos, hasta ne­gándose de un plumazo- los dominios interiores de la Mano Iz­quierda. Así es como se zanja toda posible discusión con la con­clusión de que todas las interioridades son iguales.' No existen, pues, olas, estadios ni niveles de conciencia, porque eso sería es­tablecer un juicio de valor y los juicios de valor son malos, muy malos... un sentimiento muy noble, ciertamente, pero que acaba jurando fidelidad al mundo chato y negando al Kosmos toda in­terioridad.

Así pues, el deseo liberal de aliviar el sufrimiento humano de forma universal -ya que todas las personas son merecedoras de la misma justicia, con independencia de raza, color, sexo o cre­do- evidenció un cambio de actitud (de lo etnocéntrico a lo mun­dicéntrico), que terminó, no obstante, atrapado en la visión pato­lógica del mundo chato o, dicho en dos palabras, convirtiéndose en una versión enferma de un nivel superior.

Ésta es la gran paradoja del liberalismo. Hace mucho que los teóricos están de acuerdo en que el liberalismo es intrínsecamen­te contradictorio, porque abandera la igualdad y la libertad... y sólo es posible tener una o la otra, pero no ambas al mismo tiem­po. Yo formularía esta contradicción del siguiente modo: el libe­ralismo es el resultado de una secuencia de estadios interiores del desarrollo de la conciencia -que va desde lo egocéntrico hasta lo etnocéntrico y, finalmente, a lo mundicéntrico-, después de lo cual da media vuelta y niega el valor -y, en ocasiones, hasta la misma existencia- de los niveles interiores del desarrollo que le dieron origen. Es como si el liberalismo, al creer exclusivamente en la causación objetiva (es decir, en el mundo chato), acabase también negando el camino interno recorrido hasta llegar ahí.; La



postura liberal es el producto de una serie de estadios que termi­nan siendo negados, ésa es la contradicción intrínseca del libera­lismo.

Así fue como el liberalismo se negó a emitir cualquier tipo de "juicio' en torno a las interioridades y los individuos -¡ninguna posición es mejor que otra!- y centró exclusivamente su atención en la reforma de las instituciones exteriores, económicas y socia­les, abandonando, de ese modo, toda interioridad (los valores, los significados y el desarrollo interno, por ejemplo) a los conserva­dores.

Los conservadores, por su parte, abrazaron el desarrollo inte­rior, pero únicamente hasta el estadio mítico-pertenencia, un es­tadio sano en su propio nivel, una versión saludable de un nivel inferior que defendía el estadio mítico-pertenencia, la ola con­vencional/conformista, la virtud cívica, el meme azul, un estadio, por otra parte, completamente sano, natural y necesario del desa­rrollo humano.

Ésta es la curiosa encrucijada política en la que hoy en día nos encontramos y que nos obliga a elegir entre una versión enferma de un nivel superior (liberalismo) o una versión sana de un nivel inferior (conservadurismo).

Cualquier auténtica "tercera vía" integral debería abrazar una versión sana del nivel superior -es decir, un nivel arraigado en las olas postconvencionales y mundicéntricas del desarrollo- que alentase por igual el desarrollo interior (el crecimiento y el desa­rrollo de la conciencia y del bienestar subjetivo) y el desarrollo exterior (el crecimiento y el desarrollo del bienestar económico y material). Se trataría, dicho en otros términos, de bosquejar una teoría y una práctica política omninivel y omnicuadrante.5

Además, desde este ventajoso punto de vista, la directriz pri­mordial de una auténtica "tercera vía" no debería centrarse tanto en que todo el mundo alcanzara un determinado estadio de desa­rrollo de la conciencia (ya fuera integral, pluralista o liberal), como en asegurar la salud de la espiral completa del desarrollo

en cada uno de sus niveles y olas. Así pues, los dos pasos que de­ben conducirnos a una "tercera vía" realmente integral serían los siguientes: 1) incluir tanto lo subjetivo como lo objetivo y 2) dis­cernir los diferentes estadios del desarrollo de lo subjetivo y res­petar la directriz primordial.'

Esa es, precisamente, la orientación general que he seguido en las discusiones políticas que he mantenido con los teóricos ante­riormente mencionados. De Chickering (Beyond Left and Right) y Sprecher he adoptado la importante distinción que realizan en­tre las vertientes "ordenada" (que subraya la importancia de la colectividad) y "libre" (que subraya la importancia del indivi­duo) tanto del conservadurismo como del liberalismo .7 Además, ellos también consideran que la izquierda y la derecha creen, res­pectivamente, en la causación objetiva y en la causación subjeti­va. Desde esta perspectiva, las vertientes "ordenada" y "libre" -tanto de la derecha como de la izquierda- se caracterizan por tratar de imponer sus creencias sobre los demás (habitualmente a través del gobierno) o por colocar en primer lugar los derechos del individuo, respectivamente. En este sentido, la vertiente "or­denada" de la derecha recurre a la autoridad del Estado para for­talecer los roles y valores convencionales, mientras que la ver­tiente "ordenada" de la izquierda está ejemplificada por el movimiento políticamente correcto y el feminismo ortodoxo, que pretenden apelar al Estado para imponer su propia versión de la igualdad. Por su parte, la vertiente "libre" de la derecha está constituida por los defensores del libre mercado, mientras que la vertiente "libre" de la izquierda se ejemplifica con los libertarios civiles.

Esta visión de la política se ajusta perfectamente a mis cuatro cuadrantes, porque los cuadrantes superiores son individuales o "libres" y los inferiores son colectivos u "ordenados", mientras que los interiores son derecha/conservadores y los exteriores son izquierda/liberales.' De este modo disponemos de un marco de re­ferencia que nos sirve para determinar el cuadrante que un deter­minado teórico considera más importante (y, por consiguiente, que debe ser manipulado, dirigido o protegido para tratar de obtener los resultados deseados). Desde mi punto de vista, los cuatro cua­drantes son igualmente importantes y, en consecuencia, un aborda­je auténticamente omninivel y omnicuadrante puede servir de base teórica para una orientación política realmente integral.

En Beyond Individualism, Jack Crittenden ha aplicado la no­ción de individualidad compuesta desarrollada en Después del Edén a los ámbitos de la teoría política y de la educación y la ha complementado con sus propias conclusiones al respecto. Por mi parte, también me he beneficiado mucho de las aportaciones pro­porcionadas por la Spiral Dynamics de Don Beck (desarrollada conjuntamente con Christopher Cowan), heredera de la obra pio­nera de Clare Graves. Se trata de un enfoque que ha tenido mu­chas aplicaciones en el "mundo real", desde el ámbito de la polí­tica y la educación hasta el mundo empresarial. He de resaltar, en este sentido, que Beck tiene una idea muy clara de la necesidad de respetar la directriz primordial. Jim Garrison, presidente del State of the World Forum, tiene muy claro el papel que puede de­sempeñar una visión integral en el mundo actual. La politics of meaning, de Michael Lerner, aunque muy ligada a la vertiente "ordenada" de la izquierda -y, en consecuencia, muy poco inte­gral- insiste en que los liberales tengan también en cuenta los cuadrantes interiores (significados, valores y espiritualidad) que hasta el momento han eludido como si se tratara de una plaga, una actitud que ha tenido consecuencias muy lamentables (por-que ha dejado en manos de los conservadores y de su actitud fre­cuentemente reaccionaria los valores mítico-pertenencia tan ne­cesarios para fundamentar la sociedad y tan desastrosos cuando se les deja abandonados a su cuenta y riesgo).






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