Ken Wilber



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Figura 2.1. Visiones del inundo e identidades.

prejuicios etnocéntricos que casi siempre impregnan los estadios preconvencionales y convencionales.

Resumiendo, pues, en la medida en que el proceso de desa­rrollo avanza desde lo preconvencional a lo convencional y, pos­teriormente, hasta lo postconvencional (o, lo que es lo mismo, desde lo egocéntrico a lo etnocéntrico y, posteriormente, hasta lo mundicéntrico), el peso del narcisismo y del egocentrismo va disminuyendo de forma lenta pero segura. En lugar de tratar al mundo (y a los demás) como una mera extensión del propio yo, el adulto maduro de la conciencia postconvencional trata al mun­do en sus propios términos, como un yo individualizado en una comunidad de otros yoes individualizados entre los cuales existe un respeto y un reconocimiento mutuo. La espiral del desarrollo es, dicho en otras palabras, una espiral de compasión que se ex­pande desde el "yo" al "nosotros" y, posteriormente, hasta el "to­dos nosotros", abriéndose cada vez más a un abrazo realmente integral.

Debo advertir, no obstante, que con ello no estoy afirmando que el desarrollo suponga un progreso lineal cada vez más posi­tivo y luminoso, porque lo cierto es que cada nuevo estadio no sólo nos proporciona nuevas potencialidades, nuevas capacida­des y nuevas fortalezas, sino que también abre la puerta a nuevos desastres, nuevas patologías y nuevas enfermedades. Hablando en términos generales, podríamos decir que los nuevos sistemas emergentes deberán enfrentarse a problemas nuevos que no aquejaban a sus predecesores (los perros pueden padecer cáncer, cosa que no ocurre con los átomos, por ejemplo). Lamentable­mente, pues, el proceso de desarrollo de la conciencia se atiene a una "dialéctica del progreso", según la cual hay un precio que pa­gar por cada nuevo paso hacia adelante que, en consecuencia, trae consigo buenas y malas noticias. En cualquiera de los casos, el hecho es que cada una de las olas del desarrollo de la concien­cia aporta la posibilidad de una ampliación del respeto, la com­pasión, la justicia y la misericordia, en el camino hacia un abrazo más integral.



¡Luchemos contra el sistema!
Una de las causas del narcisismo, pues, se asienta sencilla­mente en el fracaso del proceso de crecimiento y evolución, es­pecialmente en la difícil transición que conduce desde la fase egocéntrica hasta la sociocéntrica, una transición a la que ciertos aspectos de la conciencia pueden resistirse y quedar así "atrapa­dos" en los dominios egocéntricos, con la consiguiente dificultad en adaptarse a las reglas y roles de la sociedad. Es evidente que algunas de esas reglas y roles pueden ser indignas de respeto y deben ser cuestionadas y rechazadas. Pero la actitud postconven­cional -que observa, analiza y critica las normas de la sociedad­sólo puede ser alcanzada después de los estadios convencionales, porque las competencias logradas en esos estadios constituyen precisamente los prerrequisitos necesarios para el desarrollo de la conciencia postconvencional. Dicho en otras palabras, quien no haya alcanzado los estadios convencionales difícilmente esta­rá en condiciones de llevar a cabo una crítica postconvencional a la sociedad y tenderá, por tanto, a caer presa de la mera rebelión preconvencional. Recordemos que el lema del narcisismo es « ¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer! », un tópico que nunca está lejos de las olas preconvencionales de la existencia.

Los críticos están de acuerdo en que los boomer han sido una generación notoriamente rebelde. Qué duda cabe de que parte de esa rebeldía ha sido protagonizada por individuos postconven­cionales sinceramente interesados en reformar las facetas injus­tas, abusivas o amorales de la sociedad pero, del mismo modo -y, en este sentido, existe una clara evidencia experimental- un por­centaje alarmantemente elevado de esa actitud rebelde se ha ori­ginado en impulsos preconvencionales que tienen grandes difi­cultades para adaptarse a la realidad convencional. Los lemas tan habituales de los años sesenta -«¡Luchemos contra el sistema!» o «¡ Cuestionemos toda autoridad! »- puede proceder, pues, tanto de las filas preconvencionales como de las postconvencionales... y la evidencia sugiere que aquello ocurre con bastante más fre­cuencia que esto.

Existe un estudio ya clásico a este respecto que tuvo como ob­jeto a los participantes de la protesta estudiantil de Berkeley de finales de los años sesenta, fundamentalmente en contra de la guerra del Vietnam), aunque, según los estudiantes, estaba moti­vada por una perspectiva moral más elevada. La investigación, sin embargo, concluyó que la inmensa mayoría no se hallaba tan­to en los estadios postconvencionales del desarrollo como en los preconvencionales (es innecesario decir que había muy pocos convencionales/conformistas porque, por definición, la conven­cionalidad no es muy rebelde que digamos). Obviamente, la mo­ral postconvencional y mundicéntrica de la minoría de activistas resulta muy encomiable (y con ello no me refiero tanto al conte­nido concreto de sus creencias como al hecho de que llegaron a ellas a través de un razonamiento moral muy elaborado). En cualquiera de los casos, lo que quiero recalcar es el egocentrismo preconvencional de la mayoría.

El ítem más fascinante de este tipo de investigaciones empíri­cas gira en tomo a la gran diferencia existente entre lo que podría­mos denominar "pre" y "post", una diferencia que, lamentable­mente, suele soslayarse por la aparente semejanza superficial existente entre pre-X y post-X (puesto que ambas son no-X). Con ello quiero decir, por ejemplo, que la no convencionalidad de las posturas preconvencional y postconvencional (ya que ambas se hallan fuera de las normas y reglas convencionales) suele llevar erróneamente a confundirlas. En consecuencia, aunque "pre" y "post" suelan utilizar la misma retórica y la misma ideología, se hallan, de hecho, separados por un abismo en términos de creci­miento y desarrollo. Así pues, aunque casi todos los estudiantes de las protestas de Berkeley afirmaban actuar movidos por prin­cipios morales universales (como, por ejemplo, que «la guerra de Vietnam viola los derechos humanos universales y, en tanto que ser moral, me niego a participar en ella»), la investigación de­mostró inequívocamente que sólo una pequeña minoría se hallaba realmente motivada por principios morales postconvencionales y que la inmensa mayoría, por el contrario, estaba simplemente de­jándose arrastrar por impulsos egocéntricos preconvencionales del tipo: «¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer! De modo que haz con tu guerra lo que quieras».

Pareciera pues que, en este caso, se utilizaron nobles ideales morales para justificar lo que, de hecho, no eran más que impulsos bastante menos elevados. Es la extraña similitud superficial exis­tente entre los estadios "pre" y "post" del desarrollo la que permi­te este tipo de coartada o, dicho en otros términos, la que permite que el narcisismo preconvencional aceche detrás de lo que ruido­samente se presenta como idealismo postconvencional. Habría, pues, que reinterpretar el supuesto idealismo de los boomer a la luz de estos hallazgos y diferenciar claramente entre lo preconvencio­nal y lo postconvencional para no incurrir en lo que yo denomino "falacia pre/post".

Y éste es un punto realmente crucial, porque llama la atención sobre el hecho de que, sin importar cuán noble, idealista o al­truista pueda afirmar ser una determinada causa -desde la ecolo­gía hasta la diversidad cultural y la paz mundial-, no basta sim­plemente con ahuecar la voz. Son demasiados los críticos sociales que simplemente asumen que, si los boomer hablan de "armonía, amor, respeto mutuo y multiculturalismo", deben estar haciéndolo desde una perspectiva idealista y no egocéntrica por­que, como luego veremos, son muchos los casos en los que sim­plemente se proclaman a voz en grito eslóganes no egocéntricos como una cortina de humo que sólo cumple con la función de ocultar el propio egocentrismo.

Y con ello no estoy diciendo que todos los boomer sean cul­pables de incurrir en ese engaño, sino tan sólo que existe una ac­titud que amalgama, con demasiada frecuencia, la comprensión postconvencional y la motivación preconvencional a la que de­nomino "boomeritis".

Jerarquías de desarrollo versus jerarquías de dominio
En el mejor de los casos, el pluralismo, el multiculturalismo y el igualitarismo emergen de la evolucionada perspectiva propor­cionada por el meme verde, una perspectiva que trata muy no­blemente a todos los memes anteriores con el mismo respeto y compasión.' Pero su apasionado igualitarismo le impide ver que su propia postura -la primera, a fin de cuentas, realmente iguali­taria- es más bien escasa (puesto que, como ya hemos visto, sólo afecta al 10% de la población mundial). Pero lo cierto es que, en una extrapolación del igualitarismo -que le lleva a no emitir nin­gún juicio jerárquico-, el meme verde no se queda ahí y acaba negando activamente los mismos estadios que propiciaron su emergencia. Como ya hemos visto, el igualitarismo verde es el producto de no menos de seis estadios del desarrollo que, curio­samente, llega a un punto, da media vuelta y niega violentamen­te su pasado.

Gran parte de esta confusión pluralista se origina en una erró­nea comprensión del término jerarquía y del papel que desempe­ña en el proceso de desarrollo natural. Veamos ahora, para acla­rar este punto, cómo contempla cada uno de los memes la noción de jerarquía. El meme púrpura (mágico) reconoce la existencia de muy pocas jerarquías porque, como veremos, es preformal y preconvencional. El meme rojo (poder egocéntrico) reconoce las jerarquías que dependen de la fuerza bruta (fundamento de los imperios feudales). El meme azul (orden mítico) reconoce nume­rosas y muy rígidas jerarquías sociales, como el sistema de cas­tas hereditarias, las jerarquías de la Iglesia medieval y la marca­da estratificación social de los imperios feudales y las naciones tempranas. El meme naranja (logro individual) erosiona decisi­vamente las jerarquías azules en nombre de la libertad individual y de la igualdad de oportunidades (las jerarquías naranja difieren de las azules en que sustituyen la herencia y el privilegio por la meritocracia y la excelencia).

Al llegar al meme verde, sin embargo, el yo sensible empieza a condenar y atacar casi todo tipo de jerarquía -muy a menudo, por otra parte, aliada a la opresión social-, hasta el punto de que su rasgo distintivo es la antijerarquía.

Con la emergencia del pensamiento de segundo grado, sin embargo, las jerarquías resurgen de nuevo, pero esta vez de un modo más amable y anidado. Se trata de jerarquías anidadas -que también se denominan jerarquías del desarrollo- como la que va desde los átomos hasta las moléculas, las células, los or­ganismos, los ecosistemas, la biosfera y el universo.' Cada una de esas unidades, no importa lo "humilde" que sea, es absolutamen­te crucial para la secuencia entera: destruya los átomos y acaba­rá simultáneamente con las moléculas, las células, los ecosiste­mas, etc. Al mismo tiempo, cada ola superior envuelve y engloba a sus predecesoras -los ecosistemas contienen organismos que, a su vez, contienen células que, a su vez, contienen molécula-, en un proceso de desarrollo que es, al mismo tiempo, envolvente. Por ello cada ola es cada vez más inclusiva, más abarcadora y más integral y, simultáneamente, menos marginadora, menos ex­clusivista y menos opresiva. (Cada ola sucesiva "trasciende a la vez que incluye", es decir, trasciende su propia estrechez para in­cluir a las demás.) Como ocurre con los procesos de crecimiento naturales, la misma espiral del desarrollo constituye una jerar­quía anidada, una jerarquía del desarrollo.

Riane Eisler, autora de El cáliz y la espada, llama la atención sobre la importante diferencia existente entre "las jerarquías de dominio" y "las jerarquías de actualización". Aquéllas son rígi­das jerarquías sociales que constituyen instrumentos de opresión, mientras que éstas son jerarquías de desarrollo absolutamente ne­cesarias para la autorrealización de los individuos y de las cultu­ras (y también de casi todos los sistemas biológicos). Y es que las jerarquías de dominio son instrumentos de opresión, mientras que las jerarquías de actualización son herramientas de creci­miento, porque unifican los elementos anteriormente separados y fragmentados. Así es como los átomos aislados se unifican en moléculas; las moléculas aisladas se unifican en células; las cé­lulas aisladas se unifican en organismos; los organismos aislados se unifican en ecosistemas; los ecosistemas aislados se unifican en la biosfera, etc. Resumiendo, las jerarquías de desarrollo inte­gran los fragmentos, convierten los montones en totalidades y transforman la alienación en cooperación.

Todo esto, según la Spiral Dynamics, es lo que se torna cada vez más consciente en la conciencia de segundo grado, una mo­dalidad de conciencia integral que engloba las jerarquías anida­das del desarrollo. Por ello, si reaccionamos negativamente contra todas las jerarquías, no sólo emprenderemos una lucha muy noble y necesaria contra las injusticias de las jerarquías de domi­nio sino que, muy probablemente, obstaculizaremos nuestro pro­pio desarrollo hasta la conciencia integral de segundo grado. Como luego veremos, el meme verde cuestionó adecuadamente los absolutismos y universales de las jerarquías de dominio pro­pias de azul y naranja, pero terminó equiparando y negando toda jerarquía, con lo cual cerró las puertas a su propio desarrollo y quedó estancado en el pensamiento del primer grado.

(Y lo mismo ocurre con los universales y "metanarrativas", que están ausentes en las olas preconvencionales, existen de un modo rígido y opresivo en el meme azul, se ven atacadas y de­construidas en el verde y terminan reapareciendo de un modo más amable y anidado en las olas integrales propias del pensa­miento de segundo grado. Así pues, ahí donde advierta un ataque a todo tipo de metanarrativas y universales, es muy probable que se halle en presencia de un meme verde.)

Boomeritis
El hecho es que la elevada postura evolutiva propia del pluralis­mo -resultado de no menos de seis grandes estadios de transforma­ción jerárquica- da media vuelta y niega todas las jerarquías, niega el mismo camino que dio origen a su noble posición y extiende su abrazo igualitario a toda posición, sin importar cuán superficial o narcisista sea, hasta el punto de que cuanto más igualitaria, más alienta la cultura del narcisismo. ¡Y no olvidemos que la cultura del narcisismo constituye la antítesis misma de la cultura integral!

(Ya hemos visto que la esencia del narcisismo se resume en el lema «¡A mí nadie me dice lo que tengo que hacer!». En conse­cuencia, pues, no reconoce la existencia de ningún universal y lu­cha denodadamente por sacudirse de encima todo tipo de obliga­ciones y su marcado egocentrismo puede ser evidenciado por los principios del relativismo pluralista.)

Así es como la evolucionada ola del pluralismo se convierte en un superimán para el narcisismo emocional, lo cual nos lleva de nuevo a boomeritis.

Como han señalado tantos críticos sociales, boomeritis es una extraña mezcolanza entre una elevada capacidad cognitiva (el meme verde y el noble pluralismo) y un bajo narcisismo emocio­nal. Dicho en otros términos, el evolucionado meme pluralista se convierte en un refugio que posibilita la reactivación de alguno de los memes más bajos e intensamente egocéntricos (como, por ejemplo, púrpura y rojo). En su noble intento por ir más allá de las reglas conformistas (muchas de las cuales son, de hecho, in­justas y marginadoras) y en su deseo genuino de deconstruir una racionalidad demasiado rígida (que suele alentar la represión y la estupidez), en su admirable intento, en suma, de avanzar hasta una postura postconvencional, el meme verde termina abrazando inadvertidamente todo lo no convencional... lo cual incluye mu­chas facetas abiertamente preconvencionales, regresivas y narci­sistas.



Boomeritis es una extraña amalgama entre memes postcon­vencionales muy elevados y memes narcisistas preconvenciona­les muy poco elevados. Y uno de los resultados típicos de esta si­tuación es que el yo sensible exagera su importancia y acaba afirmando que posee el nuevo paradigma que anuncia la mayor transformación de la historia del mundo, una transformación que revolucionará completamente la sociedad tal y como la conoce­mos, revolucionará todo lo que le precedió, salvará al planeta, salvará a Gaia, salvará a la Diosa...

Tenemos, pues, que desembarazamos de algunas de las face­tas negativas de las últimas tres décadas de dominio boomer de los estudios culturales. Éste es precisamente el motivo por el cual tantos observadores han señalado, como ya hemos visto con Len­tricchia, que «resulta manifiestamente imposible exagerar la in­flación heroica del ego que aqueja a la crítica literaria y cultural académica». Señalemos una vez más que, si bien ésa no es la his­toria completa de los boomer; ni siquiera la más importante, sí que transmite su aroma más característico. Boomeritis ha sesga­do de un modo significativo los estudios académicos, se halla de­trás de la mayor parte de las guerras culturales, se oculta en cada rincón de la Nueva Era, impulsa la mayor parte de la actividad deconstructiva de la política de identidad y a diario crea nuevos paradigmas. No existe ningún ámbito, sin importar cuán inocen­te parezca, que haya escapado -como documento extensamente en Boomeritis 'de su reformulación.

Si a lo largo del proceso normal del desarrollo el pluralismo verde deja paso a la conciencia de segundo grado y a un posterior abrazo integral, ¿por qué mi generación quedó atrapada en el meme verde, en el relativismo pluralista, en el igualitarismo ex­tremo, en la oposición a cualquier forma de jerarquía, en el post­modernismo deconstructivo y en el pluralismo fragmentador del «Yo hago lo tengo que hacer, tú haces lo que tienes que hacer y al infierno con cualquier cosa que suene a integral»? Una de las principales razones parece ser que el intenso subjetivismo del meme verde fue un imán y un refugio para el narcisismo que, por las razones que fuere, muchos críticos sociales han encontrado tan presente en la generación del yo. Parece que boomeritis in­tensifica la fijación al meme verde hasta el punto de que el narci­sismo se encuentra tan a gusto en el pluralismo que le resulta casi imposible abandonarlo. Así pues, boomeritis, la combinación en­tre un elevado pluralismo y un narcisismo francamente inferior, constituye uno de los principales obstáculos para llegar a un abrazo auténticamente integral.

Los muchos dones proporcionados por el meme verde
A mi juicio, boomeritis representa uno de los principales obs­táculos que dificultan el desarrollo integral. Pero el punto verda­deramente importante no es tanto lo que ha funcionado mal con el meme verde, sino lo que puede funcionar bien, porque es pre­

cisamente desde el meme verde desde donde emerge la conciencia de segundo grado,' es desde las perspectivas pluralistas alenta­das por verde como se construyen las redes integradoras y holís­ticas.

Este hecho merece ser subrayado. El desarrollo procede a tra­vés de un proceso de diferenciación e integración (un monocigo­to, por ejemplo, se diferencia en dos células, luego en cuatro, más tarde en dieciséis, después en treinta y dos... al tiempo que las células diferenciadas van integrándose en tejidos, sistemas y ór­ganos coherentes). El meme verde consigue diferenciar heroica­mente el formalismo frecuentemente rígido, abstracto y universal de la ola racional anterior (el meme naranja, operacional formal y egoico-racional). Verde, por tanto, no nos revela un uniformis­mo racional que tiende a ignorar y marginarr todo lo ajeno, sino una inmensa variedad de contextos múltiples, culturas diferentes, percepciones pluralistas y diferencias individuales y es percepti­vo (por algo se le conoce como el yo sensible) hacia todas aque­llas voces habitualmente no escuchadas. Ya hemos visto que cada meme realiza una valiosa contribución a la salud de la espiral global y, en este sentido, la sensibilidad plural es uno de los gran­des dones aportados por verde.

Una vez realizada esta extraordinaria diferenciación, pueden unificarse en contextos cada vez más amplios y profundos que descubren un mundo auténticamente holístico e integral -el salto a la conciencia de segundo grado-, pero sólo después de que el meme verde haya concluido previamente su labor. Primero, pues, existe diferenciación y luego integración. La conciencia de se­gundo grado consuma la tarea emprendida por el meme verde y permite dar el salto desde el relativismo pluralista hasta el inte­gralismo universal (es decir, el paso que conduce a la visión-ló­gica madura, el aperspectivismo-integral de Gebser, el estado in­tegrado de Loevinger, etc.). Esto es lo que quiero decir cuando afirmo que el meme verde libera las múltiples perspectivas que se verán posteriormente integradas por la conciencia de segundo grado.

Resumamos diciendo que el meme verde representa la culminación de pensamiento de primer grado y constituye el trampolín que permite el salto al pensamiento de segundo grado. Pero para pasar a las construcciones del segundo grado, debe relajarse pre­viamente la fijación al relativismo pluralista del meme verde, único modo de que sus logros se vean incorporados y pasen a los estadios posteriores. Pero antes es preciso relajar su propia posi­ción y es precisamente boomeritis (la identificación narcisista con el marcado subjetivismo de la postura relativista) lo que se lo impide. Al resaltar la fijación al meme verde, creo que podemos acelerar el proceso que nos permita trascender e incluir sus ex­traordinarios logros en un abrazo todavía más generoso.



Más allá del pluralismo
Pero ¿por qué afirmo que boomeritis representa uno de los principales obstáculos que dificultan la emergencia de una visión auténticamente integral? ¿Acaso no ocurre lo mismo con la rígi­da conformidad del estadio mítico-pertenencia (azul), y también con el materialismo de la racionalidad-egoica (naranja)? ¿Y qué diríamos acerca de las terribles condiciones económicas de tan­tos países del Tercer Mundo?...

Sí, todo eso es muy cierto pero, como estábamos diciendo, el integralismo universal (holismo de segundo grado) únicamente puede emerger desde el estadio del pluralismo (verde). Obvia­mente, todos los "memes" pre-verde también "impiden" la emer­gencia de una visión integral, el único motivo por el cual centro mi atención en los boomer es que esta generación (como confir­ma la investigación realizada por Graves) es la primera en haber experimentado una evolución generalizada hasta la ola verde y, en este sentido, se trata de la primera generación que tiene la oportunidad de dar el paso que la conduzca hasta la visión-lógica madura, la conciencia de segundo grado y usar esa conciencia para organizar las instituciones sociales de un modo realmente integral.

Pero eso todavía no ha llegado a consumarse plenamente, porque no ha tenido lugar una transformación significativa a nin­gún estadio post-verde (como ya hemos visto, menos del 2% de la población mundial es post-verde). Pero eso todavía podría ocurrir y, puesto que sólo puede hacerlo desde verde, los boomer todavía están en condiciones de realizar un salto al hiperespacio de la conciencia de segundo grado. Y ésa podría ser una gran transformación histórica que tendría un efecto muy poderoso so­bre la sociedad, tal y como la conocemos, una transformación que iría más allá de las meras palabras, ya que se apoya en la evi­dencia proporcionada por los estudios evolutivos psicológicos y sociales.

La cultura integral
El sociólogo Paul Ray ha descubierto recientemente un nuevo segmento cultural que, según él, constituye hoy en día un asom­broso 24% de la población adulta de nuestro país (cerca de cua­renta y cuatro millones de personas), y al que, para distinguirlo de los movimientos culturales anteriores del tradicionalismo y del modernismo, califica con el nombre de cultura integral. Todavía queda por ver cuán "integral" es este grupo, pero yo creo que sus categorías representan corrientes muy reales. Los tradicionalistas están arraigados en los valores míticos premodernos (azul), los modernistas en los valores racional-industriales (naranja) y los creativos culturales en los valores postformales-postmodernos (verde). Esos tres movimientos representan exactamente lo que podríamos esperar de la investigación realizada acerca del desa­rrollo y evolución de la conciencia (de lo mítico-preformal a lo formal racional y el comienzo de lo postformal).

Convendría, no obstante, subrayar varios puntos. Lo que Ray denomina cultura integral no es integral en la acepción que yo le doy al término, puesto que no está arraigado en el integralismo universal, la visión-lógica madura o la conciencia del segundo grado. Lo que sugieren los resultados del estudio de Ray, por el contrario, es que la mayor parte de los creativos culturales están simplemente activando el meme verde, como indican claramente los valores que evidencian: fuertemente antijerárquicos; compro­metidos con el diálogo; abrazando el holismo del mundo chato (como dice Ray, "todo es holístico", sólo que el verdadero holis­mo implica una holoarquía o una jerarquía anidada y los creati­vos culturales evitan toda holoarquía, de modo que su holismo suele ser una mera amalgama de afirmaciones monológuicas de totalidad como las que suele brindamos la física o la teoría sisté­mica); recelosos de las modalidades convencionales de la mayo­ría; admirablemente sensibles a la marginación de las minorías; comprometidos con los valores pluralistas y el subjetivismo y en­tusiastas, por último, de una espiritualidad fundamentalmente traslativa (es decir, no transformadora).' Como señala el mismo Don Beck, resumiendo las conclusiones de su investigación, «la "cultura integral" de la que habla Ray es, esencialmente, el meme verde. Existe muy poca evidencia de que los "creativos cultura­les" se hallen en el meme amarillo o en el meme turquesa o, di­cho en otras palabras, de que apenas hay constancia de los me­mes propios de la conciencia de segundo grado».'

Y son muchas las investigaciones empíricas adicionales que parecen apoyar esta interpretación. Yo creo que la opinión de Ray de que el 24% de los estadounidenses son "creativos cultu­rales" en una cultura integral se deriva del hecho de que la ma­yor parte de los creativos culturales se hallan, por utilizar los tér­minos de Jane Loevinger y Susanne Cook-Greuter, en el estadio individualista (verde), no en los estadios autónomo o integrado (amarillo y turquesa). La investigación evidencia que, en reali­dad, menos del 2% de los norteamericanos se hallan en el esta­dio autónomo o integrado (lo cual también se ajusta perfecta­mente a las conclusiones de la investigación realizada por Beck y la mayor parte de los desarrollistas, según los cuales menos del 2% han alcanzado el pensamiento de segundo grado). Resu­miendo, pues, los creativos culturales -la mayor parte de los cuales son boomer- no son realmente integrales, sino que funda­mentalmente están activando el meme verde.' 0

Pero es precisamente el meme verde el que, si no termina siendo abandonado, impide la emergencia de la integración pro­pia del pensamiento de segundo grado, de modo que lo que Paul Ray denomina "cultura integral" es lo que realmente está impi­diendo la emergencia de una cultura realmente integral.

Porque, a menos que sesguemos los datos, la "cultura inte­gralao es realmente integral.

Pero el hecho es que puede serlo. Y ése es un punto absoluta­mente crucial porque, cuando los creativos culturales alcanzan la segunda mitad de la vida, se hallan precisamente en el punto en que puede tener lugar un gran salto en su conciencia que conduz­ca desde el meme verde hasta la visión-lógica madura y, en con­secuencia, hasta la conciencia de segundo grado. Como sugeriré más adelante, este salto hasta la conciencia integral de segundo grado (y hasta las olas superiores auténticamente transpersona­les) puede tener lugar mediante una práctica transformadora in­tegral. La única razón por la que insisto en hablar de boomeritis es con la esperanza de que el hecho de hablar de algunos de los obstáculos que impiden esta transformación podría ayudar a eli­minarlos.

Estas dificultades no se encuentran exclusivamente en los boo­mer ni en los norteamericanos. El relativismo pluralista es una ola del desarrollo de la conciencia de la que disponemos universal­mente y tiene sus propios peligros y puntos de anclaje, entre los cuales debemos destacar un subjetivismo que parece constituir un verdadero imán para el narcisismo. Boonieritis, pues, no está, en modo alguno, confinado a los boomer, sino que puede afectar a cualquiera que se encuentre a punto de dar el salto a la conciencia de segundo grado, la única puerta de entrada a una conciencia es­piritual y transpersonal permanente.

Prestemos ahora atención a esa visión más integral.

3. UNA VISION INTEGRAL



Simplifica las cosas todo lo que puedas, pero no por ello las tririalices.

ALBERT EINSTEIN



La transformación integral
Parece, pues, que entre el 1 y el 2% de la población mundial se halla en un estadio integral propio del pensamiento de segundo grado, pero que cerca del 20% está en el meme verde, a punto de experimentar la transformación integral a la que Clare Graves ha calificado de auténtico "salto cuántico".

¿Cuáles son las condiciones que pueden fomentar esa trans­formación? Los teóricos del desarrollo han aislado decenas de factores que contribuyen a la transformación vertical (en tanto que algo opuesto a la traslación horizontal). Desde mi punto de vista, no obstante, para que realmente se produzca la transforma­ción deben hallarse presentes varios factores procedentes de di­ferentes dimensiones.'

Digamos, para comenzar, que el individuo debe poseer una estructura orgánica (lo cual incluye una estructura cerebral) que pueda soportar esa transformación, un requisito que no suele su­poner ningún tipo de problema porque, a esta altura de la evolu­ción, la mayor parte de los individuos poseen las condiciones biológicas necesarias para soportar una conciencia integral.

Pero el sustrato cultural también debe estar en condiciones de sustentar tal transformación o, en el peor de los casos, de no opo­nerse a ella. Tal vez, hace treinta años, este requisito hubiera su­puesto un auténtico problema, pero son muchos los indicadores que parecen señalar que, en la actualidad, existe una predisposi­ción cultural hacia un abrazo más integral. Digamos, en este sen­tido, que las últimas tres décadas de meme verde han preparado el camino para que un elevado porcentaje de la población (los inte­grantes del meme verde que, como sugiere la investigación reali­zada a este respecto -véase figura 6.2- incluye a unos cuarenta millones de norteamericanos y aproximadamente el mismo por­centaje de la población europea) esté preparada para experimen­tar esa transformación. A fin de cuentas, ésa es, según Clare Gra­ves, la principal función del meme verde, sensibilizar a la espiral del desarrollo (por algo se le denomina el estadio del yo sensible) y, de ese modo, prepararlo para dar el paso que conduce hasta el pensamiento de segundo grado.

Pero, para que tal cosa ocurra, la conciencia debe ir más allá de verde. Parafraseando a Graves, podríamos decir que «El meme ver­de debe fracasar y liberar la energía necesaria para realizar el salto al pensamiento de segundo grado. Y es ahí, precisamente, donde se halla hoy en día la vanguardia de la evolución».' Y, puesto que la principal causa de fijación al meme verde radica en boomeritis, hay que remediar prontamente esa perturbación, al menos hasta cierto punto. (El lector interesado puede encontrar en Boomeritis varias sugerencias a este respecto.) En cualquier caso, si uno cobra con­ciencia del problema que supone boomeritis y reconoce sus peli­gros, ya ha dado un importante paso hacia adelante.

En lo que respecta a las instituciones sociales y al fundamen­to tecno-económico concretos, se requieren profundos avances tecnológicos en una o más áreas que acicateen a la conciencia in­dividual. (Se trata, obviamente, del viejo argumento marxista -una verdad parcial pero todavía válida- según el cual el cambio de las fuerzas de producción provoca profundas transformacio­nes culturales.)

Recientemente hemos experimentado varios de estos avances en la estructura tecnoeconómica, entre los cuales cabe destacar la revolución digital/microchip. Nadie duda hoy de que la nuestra es la "era de la información", una de las grandes revoluciones sociales que -junto a la recolectora, la hortícola, la agraria y la industrial­han estimulado la marcha de la historia, y también suele aceptarse que no necesitamos seguir morando en ella. Debemos damos cuen­ta de que la globalización de las comunicaciones han abierto la puerta a la posibilidad de una conciencia global e integral. Pero esta red tecnológica global, este nuevo sistema nervioso de la concien­cia colectiva, no garantiza, en modo alguno, el desarrollo del indi­viduo hasta el estadio integral. Es cierto que lo facilita, pero en modo alguno lo garantiza. Además, global o planetario no significa necesariamente integral. Después de todo, el meme rojo, el meme azul y el meme naranja también pueden utilizar Internet, pongamos por caso. Así pues, por más planetarios o globales que puedan ser los condicionantes externos, el nivel o estadio de conciencia no está exclusivamente determinado por ellos sino -como luego veremos más detenidamente- por factores interiores.

Así es como llegamos a la última dimensión, la de la concien­cia individual, y a los factores que posibilitan la transformación personal (puesto que los otros requisitos ya se hallan más o me­nos a punto). Y es en este ámbito donde creo que debemos resal­tar cuatro factores que, en mi opinión, son especialmente impor­tantes: el logro, la disonancia, la visión y la apertura.

Con el término logro me refiero al hecho de que el individuo tiene que haber satisfecho las exigencias básicas de un determi­nado estadio u ola, que haya consolidado ya una competencia bá­sica en cualquiera de las líneas del desarrollo propias de ese ni­vel. Y con ello no quiero decir que la persona tenga que dominar a la perfección un determinado nivel o estadio, sino simplemen­te que debe funcionar de un modo lo suficientemente adecuado como para poder dar un paso hacia adelante. En el caso de que la persona no dé ese paso, experimenta un estancamiento evolutivo que torna improbable el salto. Desde una perspectiva más subje­tiva, podríamos decir que, para que el individuo esté en condi­ciones de dar un paso hacia adelante, debe haber degustado antes lo suficientemente el estadio en que se halla como para haberse hartado de él o, lo que es lo mismo, que quien todavía tenga ham­bre del alimento propio de un determinado, estadio estará en con­diciones de buscarlo en otra parte.

Quien, por el contrario, haya degustado lo suficiente un deter­minado estadio como para haberse hartado de él, estará en condi­ciones de aventurarse a sufrir una transformación. Pero, para que ello ocurra, debe experimentar algún tipo de disonancia. Es como si la nueva ola estuviera luchando por emerger al tiempo que la vieja se esforzase en permanecer y el individuo experi­mentara, en consecuencia, la tensión de esos dos impulsos como una disonancia que lo empujase en direcciones diferentes. Así pues, la insatisfacción profunda, la desazón o incluso el hartazgo con el nivel presente genera una insidiosa y conflictiva disonan­cia. (Digamos de paso en este sentido que una de las razones por las que escribí Boomeritis fue la de generar algún tipo de diso­nancia en el meme verde que, por cierto, ha acabado indispo­niéndome con ellos.)

En cualquier caso, uno debe estar en condiciones de renunciar -o de morir- al nivel presente. Tal vez uno haya tropezado con sus limitaciones y contradicciones intrínsecas (como diría Hegel), haya comenzado a desidentificarse de él (como diría Assagioli) o quizás simplemente se haya cansado de permanecer en la misma situación. Llegados a este punto, para que el individuo pueda dar un paso ha­cia delante es necesaria algún tipo de visión de la situación como, por ejemplo, la comprensión de lo que uno quiere y de lo que la re­alidad realmente ofrece. Así pues, la afirmación, la volición y la in­tención de cambiar pueden ser elementos fundamentales de la vi­sión de la situación que alienten el proceso de desarrollo de la conciencia. Esta visión, además, puede verse estimulada por la in­trospección, por las conversaciones con los amigos, por la terapia, por la meditación -o incluso, más frecuentemente de lo que cree­mos-, por el simple hecho de vivir.

Cuando todos esos factores, finalmente, están a punto, se toma posible la apertura a la siguiente ola más profunda, más elevada, más amplia y más abarcadora del desarrollo de la conciencia.

Los factores, pues, que favorecen el "salto cuántico" a la si­guiente ola integral -que el individuo se haya hartado del meme verde hasta el punto de estar dispuesto a abandonarlo, que expe­rimente algún tipo de disonancia con el estado presente, que esté buscando algo más profundo, más amplio y más significativo­pueden resumirse en dos puntos fundamentales: una visión inte­gral y una práctica integral.

La primera de ellas nos proporciona una cierta comprensión y, en este sentido, nos ayuda a superar la disonancia y a aventurar­nos a experimentar una apertura más amplia y más profunda. La práctica integral, por su parte, consolida más concretamente to­dos esos factores para que no terminen convirtiéndose en meras ideas abstractas y nociones vagas.

Debo señalar aquí que, en la medida en que la conciencia co­mienza a asentarse en el pensamiento de segundo grado, aparece la posibilidad de una auténtica TOE o, en el peor de los casos, se convierte en algo sumamente interesante porque suele expresar­se en los términos holísticos propios de la conciencia de segundo grado.

En los próximos capítulos esbozaré mi propia versión de una visión integral (de una TOE) y también exploraré su utilidad en una serie de ámbitos que van desde la medicina integral hasta los negocios integrales, la política integral y la espiritualidad inte­gral. (Con ello no pretendo decir que se trate de la única visión integral posible ni tampoco de que sea la mejor. Lo único que afirmo, por el contrario, es que es la mejor que yo conozco.) Co­menzaremos, pues, considerando esta visión integral y luego echaremos un vistazo al aspecto que podría asumir una práctica integral para que, quien lo desee, pueda actualizar esta visión in­tegral en su propio caso y aportar un enfoque más comprehensi­vo a los muchos modos en que podemos tratar de ayudar a los de­más.


Sexo, ecología, espiritualidad
Ésta fue la TOE que traté de esbozar en Sexo, ecología, espi­ritualidad (SEE). Y puesto que, muy a menudo, se me pregunta por la génesis de ese libro, por los motivos que me llevaron a es­cribirlo y por las críticas que recibió, permítaseme ahora inte­rrumpir la narrativa teórica y entrar en un relato personal acerca de este punto.

Sexo, ecología, espiritualidad fue el primer libro teórico que escribí durante los casi diez años posteriores a los hechos descri­tos en Gracia y coraje: Espiritualidad y curación en la vida y en la muerte de Treya Killam Wilber. (Diez días después de que Tre­ya y yo nos casáramos, en 1983, ella fue diagnosticada de cáncer del pecho y, a partir de ese momento, pasamos los cinco años si­guientes luchando contra la enfermedad. Finalmente Treya murió en 1989, a la edad de cuarenta y un años. Ella fue quien me pidió que escribiera el relato de nuestra ordalía y Gracia y coraje fue el resultado.)

El libro anterior, Transformations of Consciousness (escrito en colaboración con Jack Engler y Daniel P. Brown) [un libro en el que Wilber participa con tres artículos que fueron recopilados por Editorial Kairós en 1992 con el título de Psicología integral], se publicó en 1984; en 1991 escribí Gracia y coraje y luego me dis­puse a escribir un libro de texto de psicología transpersonal que llevaba varios años planeando con el título tentativo de System, Self, and Structure, pero que, por un motivo u otro, nunca termina­ba de abordar. Decidido, pues, a terminarlo, me senté y comencé a escribir un libro en dos volúmenes y fue entonces cuando no tardé en darme cuenta de que cuatro de las palabras utilizadas en el pri­mer párrafo (desarrollo, jerarquía, trascendente y universal) no es­taban permitidas en el discurso académico. Es innecesario decir que este hecho paralizó mi decisión de escribir System, Self, and Structure, que, de nuevo, se vio desterrado al fondo del cajón de los proyectos. (Recientemente ha salido una versión resumida de ese libro con el título Integral Psycology [que, en castellano, verá la luz en Editorial Alamah, Ciudad de México, 2000 con el título de Una visión integral de la psicología]).

Durante el período de diez años que pasé sin escribir ocurrió un hecho al que no le presté la debida atención y es que el mun­do académico, en general, y los estudios culturales, en particular, se vieron invadidos por el postmodernismo radical y por el meme verde, hasta el punto de que las universidades y las instituciones alternativas se hallaban tan infectadas de postmodernismo que el único discurso aceptable era el de lo políticamente correcto. Des­de esa perspectiva, la única visión aceptable del mundo era el re­lativismo pluralista, una visión según la cual toda verdad está culturalmente determinada (excepto la suya propia, que curiosa­mente es universalmente aplicable a todas las culturas), no hay verdades trascendentales (excepto las suyas, claro está, que tras­cienden todo contexto concreto), se desdeña como opresiva y marginadora a toda jerarquía o clasificación jerárquica de valor (excepto, obviamente, la suya, que es superior a todas las alter­nativas) y no hay verdades universales (excepto su propio plura­lismo que resulta universalmente aplicable a todos los seres hu­manos).

Los inconvenientes del ala radical del postmodemismo y del relativismo pluralista son hoy en día muy conocidos, pero en la época en que estaba tratando de escribir System, Self, and Struc­ture eran tan religiosamente abrazados como si se tratara de la Bi­blia y, consecuentemente, se anatematizaban los estudios evoluti­vos y trascendentales. Por ello me sentía como un salmón que tiene que esforzarse en nadar contracorriente río arriba para poder desovar, de modo que no tardé en dejar de lado System, Self, and Structure y comencé a buscar horizontes menos espinosos.

Pero mientras estaba buscando el mejor modo de proceder en un entorno intelectual que parecía disfrutar con deconstruir todo aquello que se cruzaba en su camino, una cosa me quedó clara: debía dar un paso atrás y comenzar desde el principio, tratando de elaborar un vocabulario más adaptado a una filosofía cons­tructivista. Más allá del relativismo pluralista se halla el integra­lismo universal y, en consecuencia, me apresté a esbozar una fi­losofía del integralismo universal.

O, dicho de otro modo, busqué un filosofía global o integral que sirviera para interrelacionar de un modo plausible los múlti­ples contextos pluralistas de la ciencia, la moral y la estética, de la filosofía (tanto oriental como occidental) y de las grandes tra­diciones de sabiduría del mundo entero. Pero no al nivel de los detalles, lo cual es imposible, sino en tanto que generalizaciones orientadoras y que sirviera para evidenciar que el mundo no se halla realmente dividido, sino que es uno, una especie de filoso­fía holística (una TOE) para un Kosmos holístico.

Tres años después había escrito Sexo, ecología, espirituali­dad. Durante ese período viví como un ermitaño hasta el punto de que no me habré relacionado con más de cuatro personas (mi amigo Roger Walsh venía una vez al año para asegurarse de que todavía seguía vivo). Era como si hubiera emprendido un retiro típico en silencio de tres años (un período descrito en la entrada del 12 de junio de Diario).

La parte más dura de ese libro tenía que ver con las jerarquías. Es evidente que las jerarquías de dominio son deplorables y que los ordenamientos jerárquicos sociales opresivos resultan dañi­nos. Afortunadamente, el postmodernismo nos ha tornado más sensibles a todas esas injusticias. Pero hay que decir que, hasta los críticos antijerárquicos tienen sus propias jerarquías (ordena­mientos jerárquicos de valor), que, por ejemplo, valoran más el pluralismo que el absolutismo. Hasta los ecofilósofos -que abo­rrecen de toda jerarquía que ubique al ser humano en la cúspide de la escala evolutiva- disponen de su propia jerarquía, una je­rarquía según la cual los elementos subatómicos forman parte de los átomos, que a su vez forman parte de las moléculas, que a su vez forman parte de las células, que a su vez forman parte de los organismos, que a su vez forma parte de los ecosistemas, que a su vez forman parte de la biosfera. Así pues, ellos valoran la biosfe­ra por encima de los organismos particulares (como el ser huma­no, por ejemplo) y se quejan de que el hombre esté esquilmando la biosfera en aras de sus propios intereses egoístas. Esto es lo que afirma su peculiar sistema de valores.

Y lo mismo ocurre con las feministas, que también sostienen sus propias jerarquías (según las cuales, por ejemplo, las socieda­des participativas son mejores que las sociedades de poder; la vin­culación [linking] es mejor que el ordenamiento [ranking] y la li­beración es mejor que la opresión); los teóricos sistémicos tienen centenares de jerarquías (ya que la mayoría de los sistemas natu­rales se hallan dispuestos jerárquicamente), los biólogos, los lin­güistas y los psicólogos evolutivos tienen sus propias jerarquías (y hasta los memes que no reconocen jerarquías como el beige o el púrpura también tienen sus propias estructuras jerárquicas). De este modo, y aunque explícitamente afirmen lo contrario, todo el mundo parece tener algún tipo de jerarquía. El problema es que ninguna de esas jerarquías parece cuadrar con las demás, ninguna de ellas parece estar de acuerdo con las otras. Ése fue el problema básico que me mantuvo encerrado en casa durante tres años.

Llegó un momento en que tenía el suelo empapelado de folios tratando de ver el mejor modo de encajar casi doscientas jerar­quías diferentes. Por una parte estaban las jerarquías de las "cien­cias naturales", que son las más sencillas, puesto que todo el mundo parece estar de acuerdo al respecto: desde los átomos has­ta las moléculas, las células y los organismos, por ejemplo. Se trata de jerarquías muy fáciles de entender, porque son muy grá­ficas y hasta pueden verse directamente utilizando un microsco­pio: los organismos contienen células, que a su vez contienen moléculas, que a su vez contienen átomos. Además, ésa es una jerarquía inclusiva en la que las células abrazan o envuelven lite­ralmente a las moléculas.

Otro tipo de jerarquías fueron las descubiertas por los psicó­logos evolutivos, versiones diferentes todas ellas de la jerarquía cognitiva, que va desde lo preconvencional a lo convencional y lo postconvencional o, visto más detenidamente, de la jerarquía que va desde la sensación hasta la percepción, el impulso, la ima­gen, el símbolo, el concepto, la regla, etc. Los nombres variaban y los esquemas eran levemente diferentes, pero la sucesión jerár­quica era siempre la misma, puesto que cada estadio sucesivo in­corporaba a sus predecesores y le agregaba alguna capacidad nueva. Se trataba de algo muy similar a las jerarquías de las cien­cias naturales, exceptuando tal vez el hecho de que todavía no se acomodaban de un modo evidente. Además, uno puede ver orga­nismos y células en el mundo empírico, pero no puede ver del mismo modo los estados interiores de la conciencia y, en conse­cuencia, no resultaba evidente el modo en que podían acoplarse todas esas jerarquías.

Y ésas eran las más fáciles. Había jerarquías lingüísticas, je­rarquías contextuales y jerarquías espirituales; había estadios del desarrollo de la fonética, de los sistemas estelares, de las visiones culturales del mundo, de los sistemas autopoyéticos, de las mo­dalidades tecnológicas, de las estructuras económicas, del desa­rrollo filogenético, de las realizaciones supraconscientes... Y to­das ellas parecían reacias a reconciliarse.

En su reputado Laws of Form, G. Spencer Brown, dijo que los nuevos conocimientos aparecen simplemente cuando uno no ol­vida lo que necesita saber, como si bastara con mantener presen­te el problema y esperar. La historia de los seres humanos consti­tuye el claro testimonio de este hecho. Un individuo tropieza con un problema y se obsesiona con él hasta que acaba resolviéndo­lo. Y lo más curioso de todo es que, más pronto o más tarde, el problema siempre se resuelve. Tal vez requiera una semana, un mes, un año, una década, un siglo o un milenio, pero el Kosmos siempre acaba proporcionando soluciones. Durante un millón de años, los seres humanos han estado contemplando la Luna con la esperanza de hollarla...

En mi opinión, cualquier persona competente es capaz de te­ner presentes los problemas que le aquejan hasta encontrar una solución, lo que no todos poseemos es la determinación, la pa­sión o el grado de obsesión requerido para mantener el problema durante el tiempo necesario o con la suficiente intensidad. Todo ese tiempo estuve obsesionado con este problema concreto y, al finalizar ese período de tres años, las cosas empezaron a aclarar­se. Entonces me di cuenta de que las distintas jerarquías se refe­rían a cuatro grandes grupos (a los que, como veremos más ade­lante, terminé llamando los cuatro cuadrantes). Porque las cosas comenzaron a cobrar sentido cuando advertí que algunas de ellas se refieren a individuos, otras a colectividades, otras a realidades exteriores y otras, por último, a realidades interiores.

Los elementos constitutivos de estas jerarquías son los holo­nes, totalidades que, al mismo tiempo, forman parte de otras tota­lidades. La totalidad átomo, por ejemplo, forma parte de la totali­dad molécula; la totalidad molécula forma parte de la totalidad célula; la totalidad célula forma parte de la totalidad organismo. Del mismo modo, la totalidad letra forma parte de la totalidad pa­labra, que a su vez forma parte de la totalidad frase, que a su vez forma parte de la totalidad párrafo, etc. Así pues, la realidad no está compuesta de totalidades ni de partes, sino de totalidades/par­te u holones. En cualquier dominio que la consideremos, la reali­dad está básicamente compuesta de holones.

Ése es también el motivo por el cual, como señaló Arthur Koes­tler, una jerarquía de desarrollo es, en realidad, una holoarquía, puesto que está compuesta de holones (como la que va de los áto­mos a las moléculas, las células y los organismos y a las que tam­bién me refiero con los nombres de jerarquía anidada o jerarquía de actualización. Y debo decir que las holoarquías constituyen el espi­nazo central del holismo, puesto que convierten a los montones en totalidades, que forman parte de otras totalidades, y así hasta el in­finito). El Kosmos, pues, está compuesto por una serie de nidos que se hallan dentro de nidos, que a su vez se hallan dentro de otros ni­dos, expresando así un abrazo cada vez más holístico. Miremos donde miremos no veremos más que holoarquías de holones, por ello todas tienen su propio valor holoárquico y todas, en última instancia, se hallan interrelacionadas y ajustan perfectamente.

El universo está compuesto de holones, todo el camino de as­censo y todo el camino de descenso. Ésos son los tópicos sobre los que comencé a escribir en Sexo, ecología, espiritualidad, un libro dividido en dos partes (tres, en realidad, si contamos las notas finales, que constituyen un libro separado en sí mismo). La primera parte describe al Kosmos holónico de nidos que se hallan indefinidamente dentro de otros nidos, y la visión del mundo propia del integralismo universal. La segunda parte trata de explicar por qué este Kosmos holístico se ignora o niega con tanta frecuencia. ¿Por qué, si el universo constituye, en realidad, una pauta de pautas y procesos mutuamente interrelacionados -holoarquías de holones- tan pocas disciplinas lo reconocen? Si el Kosmos no es holístico, integral y holónico, sino un asunto fragmentado y confuso, sin contextos, vinculaciones, uniones o comuniones entre las distintas partes, el mundo se nos presenta­rá como el amasijo confuso del que nos hablan las distintas dis­ciplinas. Pero si el mundo es holístico y holónico, ¿por qué no hay más personas que lo vean así? ¿Y por qué tantas disciplinas académicas lo niegan activamente? Si el mundo es total, ¿por qué tantas personas lo consideran fragmentado? Y ¿por qué, en última instancia, el mundo está roto, fragmentado, alienado y di­vidido?

La segunda parte del libro, pues, se ocupa de investigar lo que nos impide ver este Kosmos holístico y se centra en lo que yo de­nomino mundo chato, el fracaso en advertir la espiral completa del desarrollo, la totalidad del espectro de la conciencia, una en­fermedad cuyo antídoto es precisamente la visión integral que Sexo, ecología, espiritualidad trata de proporcionar.

Una vez que el libro fue concebido, el proceso de escritura discurrió bastante rápidamente y acabó publicándose en 1995. Las críticas fueron desde muy positivas («Junto a La vida divina, de Aurobindo, Ser y tiempo, de Heidegger y Process and Reality, de Whitehead, Sexo, ecología, espiritualidad, de Wilber, es uno de los cuatro grandes libros de este siglo»)' hasta el desconcier­to, la confusión y el enojo («Éste es uno de los libros más irri­tantes del año, un libro pomposo y engreído»). En cualquier caso, la reacción más común que provocó la lectura Sexo, ecolo­gía, espiritualidad fue la alegría. Después de su publicación me vi literalmente inundado de cartas escritas por lectores que ha­blaban acerca de la influencia liberadora que había tenido Sexo, ecología, espiritualidad en su visión del mundo, en su visión de la realidad y hasta en su misma conciencia. Sexo, ecología, espi­ritualidad es, después de todo, una historia de las hazañas de nuestro Yo esencial y muchos lectores se alegraron de que se lo recordara. Las mujeres me perdonaron cualquier aroma de pa­triarcado y no faltaron los hombres que me dijeron que habían llorado al leer el último capítulo. Con excepción de Gracia y co­raje, nunca he recibido cartas tan cordiales y conmovedoras como las que recibí a propósito de Sexo, ecología, espiritualidad, cartas que me hicieron concluir que los tres difíciles años inver­tidos en él habían merecido la pena.

Cierto crítico dijo que Sexo, ecología, espiritualidad «honra e incorpora más verdad que cualquier otro abordaje de la historia». Obviamente, me gustaría creer que eso es cierto, pero también sé que cada nuevo día nos trae nuevas verdades, nos abre a nuevos horizontes y requiere de visiones todavía más abarcadoras. Sexo, ecología, espiritualidad es simplemente el último de una larga serie de abordajes holísticos y, con toda seguridad, se verá reem­plazado por un mañana todavía más inclusivo en el que no será más que una nota a pie de página de abordajes mucho más glo­bales.

Entretanto, sin embargo, creo que Sexo, ecología, espirituali­dad (y los libros posteriores que han ido encarnándolo)' puede servir como una útil visión integral. Breve historia de todas las cosas es una versión popular de Sexo, ecología, espiritualidad y los lectores interesados podrían comenzar por él. Obviamente, no es necesario que el lector esté de acuerdo con todo lo que ahí se dice y es muy probable, además, que cada cual pueda mejorarlo en aquellas regiones en que se halle más especializado, lo cual me parecería muy bien. Esta es simplemente una versión de una visión integral -un esbozo de una TOE- que sólo resulta útil en la medida en que ayude a que cada cual cobre conciencia de sus propias posibilidades integrales. ¿Echamos un vistazo?

Un enfoque espectral global
Comenzaremos esbozando un mapa integral de las posibilida­des humanas. En las siguientes tres secciones ofreceremos una visión global de este modelo integral tal y como aparece en los seres humanos. Se trata de una visión un tanto abstracta, pero el lector al que no le agrade este tipo de exposición no debe preo­cuparse, porque en los capítulos 5 y 6 veremos muchos ejemplos concretos en el campo de la medicina, la educación, los negocios, la política, etc. Entretanto, sin embargo, familiaricémonos con las ideas generales que resumiremos de un modo simple en una serie de diagramas.

Puesto que ya hemos usado la Spiral Dynamics como un ejem­plo de algunos de los niveles u olas del desarrollo de la conciencia, podemos seguir utilizando ese modelo y luego conectarlo, como muestra la figura 3.1, con una concepción omninivel y omnicuadrante.5

Convendría señalar ahora varios puntos con respecto a la fi­gura 3.1. Los cuatro cuadrantes -que explicaremos más deteni­damente en los siguientes capítulos- simplemente se refieren a las cuatro dimensiones más importantes del Kosmos, es decir, el interior y el exterior del individuo y de la colectividad. Si obser­vamos la figura 4.4 advertiremos algunos ejemplos concretos de algunos de los holones propios de cada uno de los cuadrantes. La figura 3.1 se refiere específicamente al holón humano. En esta sección nos centraremos en el cuadrante superior-izquierdo tal y como aparece en los seres humanos (en la conciencia indi­vidual) y en la próxima prestaremos atención a los otros tres cuadrantes.

El cuadrante superior-izquierdo (que representa el interior del individuo y que, en la figura 3.1, sólo incluye una línea y ocho niveles) se refiere, en realidad, a un espectro completo de los ni­veles u olas del desarrollo (que van desde la materia hasta el cuerpo, la mente, el alma y el espíritu o, dicho de otro modo, des­de lo arcaico a la magia, el mito, lo racional, lo integral y lo transpersonal, pero no a modo de escalones dispuestos de un modo rígido, sino de olas que se solapan unas a otras); muchas corrientes diferentes o líneas del desarrollo (los distintos módu­los, dimensiones o áreas del desarrollo, entre los que cabe desta­car el desarrollo cognitivo, el desarrollo moral, el desarrollo afectivo, el desarrollo lingüístico, el desarrollo kinestésico, el desarrollo somático, el desarrollo interpersonal, etc.); diferentes estados de conciencia (que incluyen la vigilia, el sueño, el sueño sin sueños y los estados alterados, no-ordinarios y meditativos), y diferentes tipos de conciencia o posibles orientaciones dentro de cada nivel (lo que incluye, entre otras cosas, los diferentes ti­pos de personalidad y estilos de género), todo lo cual se explica­rá en la siguiente sección proporcionando una visión integral ho­lodinámica y ricamente texturada de la conciencia.

Centrémonos, por el momento, en las olas, corrientes y tipos. Las olas son los "niveles" del desarrollo concebidos de un modo fluido e interrelacionado, que es como lo consideran hoy en día la mayor parte de los evolucionistas. La figura 3.1 nos habla de ocho niveles del desarrollo, pero como luego veremos creo que existen, al menos, cuatro olas superiores transpersonales o espi­rituales (psíquica, sutil, causal y no-dual). Obviamente, ninguna de ellas constituye una plataforma rígida o lineal, a modo de la­drillos apilados uno sobre otro, sino más bien modalidades pro­medio y fluidas de la conciencia.

Centrémonos ahora, por un momento, en las olas, corrientes y tipos. Las olas son los "niveles" del desarrollo concebidos de un modo fluido e interrelacionado, que es el modo en que hoy en día lo consideran la mayor parte de los psicólogos evolutivos. La fi­gura 3.1 nos habla de ocho niveles del desarrollo, pero como ve­remos creo que existen, al menos, cuatro olas superiores, trans­personales o espirituales (psíquica, sutil, causal y no-dual). Obviamente, no hay que considerar ninguna de estas olas como escalones rígidos o lineales a modo de ladrillos colocados uno sobre otro, sino más bien como modalidades promedio de la con­ciencia.



Figura 3.1. Algunos ejemplos de los cuatro cuadrantes en los seres humanos.

A través de estos niveles u olas del desarrollo discurren mu­chas líneas o corrientes diferentes del desarrollo. Disponemos de la suficiente evidencia para afirmar que estas líneas, corrientes o módulos diferentes incluyen la cognición, la moral, la identidad, la psicosexualidad, las ideas acerca de lo bueno, la asunción de roles, la capacidad socioemocional, la creatividad, el altruismo,

varias líneas que pueden denominarse "espirituales" (como el respeto, la apertura, la preocupación, la fe religiosa o los estadios meditativos, por ejemplo), la competencia comunicativa, las mo­dalidades espaciales y temporales, el afecto/emoción, las amena­zas de muerte, las necesidades, las visiones del mundo, la com­petencia matemática, las habilidades musicales, la kinestesia, la identidad de género, los mecanismos de defensa, la capacidad in­terpersonal y la empatía.'

Uno de los ítems más reveladores acerca de estos módulos o corrientes múltiples es que la mayor parte de ellos se desarrollan de un modo relativamente independiente. La investigación toda­vía no dispone de los detalles suficientes acerca de estas relacio­nes; algunas líneas son necesarias pero no suficientes para el de­sarrollo de otras, mientras que otras, por el contrario, discurren estrechamente unidas. Hablando en términos generales, no obs­tante, muchas de las corrientes se desarrollan a su propio ritmo y siguiendo su propia dinámica. En este sentido, por ejemplo, una persona puede hallarse en un nivel relativamente elevado del de­sarrollo de algunas corrientes, en un nivel intermedio en otras y en un nivel francamente bajo en unas terceras. Dicho de otro modo, el desarrollo global puede ser completamente desigual.

Esto es lo que he indicado de un modo muy simplificado en la figura 3.2, en la que los niveles de desarrollo (o los niveles de con­ciencia) se hallan representados en el eje vertical con los memes de la Spiral Dynamics de Graves.' He añadido tres de las que consi­dero que son las olas transpersonales más elevadas (psíquica, sutil y causal), que veremos más adelante.' También he ubicado en la iz­quierda los términos cristianos habituales propios del espectro completo de la izquierda (materia, cuerpo, mente, alma y espíritu), mostrando de este modo sus correlaciones generales.

A través de esos niveles generales u olas discurren varias líneas o corrientes diferentes del desarrollo, de las que, a modo de ejemplo, he seleccionado sólo cinco (kinestésica, cognitiva, moral, emocional y espiritual), pero queda ya patente la posibilidad de un desarrollo desigual (como suele corroborar la investigación empírica).





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