“Jóvenes inmigrantes: una identidad en construcción”



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ADOLESCENCIA, INMIGRACIÓN E IDENTIDAD
Eduardo Terrén

(Universidad de Salamanca)




Próxima publicación en Cachón, L. y López, A. (coords.), Juventud inmigrante, Consejería de Inmigración del Gobierno Canario.


Discutir el problema de la identidad (...)

significa intervenir en la historia de la cultura

E. Erikson (1992: 23)

La identidad es uno de los fenómenos psicosociales que más se ve afectado por los procesos migratorios. No en vano, hoy día constituye ya una dimensión básica que complementa la integración económica, social y cultural con los inmigrados1. La forma en que los individuos se piensan a sí mismos se ve sometida a tensiones específicas cuando ese pensamiento se pone en marcha en contextos en los que los grupos, los valores o las costumbres divergen de los que constituyen las referencias habituales (cercanas o íntimas). El conflicto de adaptación cultural que se vive entonces se conoce como aculturación, y una de las formas de estudiarlo es a través de las transformaciones que experimenta la identidad de los individuos implicados en el movimiento migratorio (Schwartz, Montgomery y Briones, 2006).

Esta exposición tiene por objeto presentar las principales preocupaciones, motivaciones y exploraciones que alimentan una agenda de investigación sobre la identidad de los adolescentes procedentes de familias inmigradas2. Ha sido pensada para ser debatida junto a otras propuestas de investigación que, tomadas en su conjunto, dibujan un paisaje de preguntas, un escenario de búsquedas. De ahí el tono y la estructura de la presentación. Expondré en primer lugar la corriente de investigación más amplia en la que se enmarca esta línea, una corriente relativamente joven cuyas preguntas reflejan todavía una búsqueda por definir y conocer mejor su objeto. Y mostraré, después, la relevancia que en esa búsqueda tiene una pregunta concreta, o, más bien, una forma de plantearla. Intentaré explicar, en definitiva, porqué a la hora de mejorar nuestro conocimiento de los entresijos de la adaptación cultural que lleva aparejada la instalación de las familias inmigrantes es especialmente relevante el estudio de los procesos de construcción de identidad que se registran en sus adolescentes.

1.

Con cierto retraso en relación a otros países europeos, la investigación sobre las denominadas “segundas generaciones” en nuestro país emerge en el contexto de un cambio en el ciclo migratorio. En este contexto hay 3 razones que explican la emergencia de este campo de trabajo: la novedad histórica del fenómeno, la sensibilidad social que rodea al objeto y las exigencias de una política social que ha de ser encauzada con realismo. Las tres hacen de la juventud emergida de la reciente inmigración a España un objeto urgente de investigación científica y deben ser consideradas con algo más de detalle.



La primera razón se reduce a una correspondencia sujeto-objeto (que, ciertamente, no es simple ni automática ni transparente): un sujeto emergente en la realidad social se convierte en objeto incipiente de la ciencia que la estudia. En efecto, el panorama migratorio español del último lustro no sólo se ha caracterizado por la aceleración de los flujos de entrada (como es sabido, a razón de una media de unos 500.000 anuales entre 2000 y 2005 hasta llegar a los más de 4 millones de empadronados actuales). Sin dejar de ser esto sobresaliente, existe otra dimensión novedosa del fenómeno que tiene que ver ya no con el volumen, sino con su estructura interna.

Esta otra característica saliente del fenómeno ha sido la que está comenzando a hacer de España no ya sólo ese “nuevo” país de inmigración que viene siendo desde el inicio de los 90, sino la que la ha comenzando a perfilar como país de asentamiento. En el ciclo que caracteriza esta nueva fase de “constitución de la España inmigrante” (Cachón, 2002), España se ha consolidado ya como un país de inmigración y comienza a configurarse como un país de instalación duradera. Si hace veinte años la inmigración fue el verdadero fenómeno “inesperado” –como acertadamente lo describió Antonio Izquierdo (1999)-, hoy día son los/las descendientes de los que han ido llegando o naciendo desde entonces los verdaderos protagonistas de una nueva etapa de la reciente historia de España como país receptor y de acogida.

Además del coste social y la reorientación de las estrategias de visibilidad y convivencia que esto conlleva, el cambio referido supone también una mayor diversidad interna entre las múltiples dimensiones que integran el calado en tierra de los flujos migratorios. Junto con la irrupción de nuevas tipologías de migrantes y de nuevas formas de movilidad y existencia transnacional, la emergencia de jóvenes criados o recriados en familias inmigradas debe considerarse, pues, como una muestra más del carácter cada vez más complejo de los procesos migratorios contemporáneos en comparación con los de ciclos anteriores (Timur, 2000). Hora es, pues, de pensar de forma más diversa y menos cerril en la inmigración, pues son ya muchas de sus dimensiones relevantes las que no se ajustan al perfil tópico de varón, joven-adulto y trabajador, que ha sido dominante hasta ahora en la representación popular y mediática del fenómeno migratorio.

Este nuevo y más complejo panorama migratorio español ya no queda bien descrito si se recurre sólo a la frecuencia de los movimientos en entrada (y salida), o a la distribución de los extranjeros por sectores de actividad. Por importantes que éstos sean –y lo son-, los indicadores relevantes de esta nueva realidad son ahora distintos a los que nos interesaban cuando mirábamos a la inmigración sólo con los ojos de quien la ve como mera fuerza de trabajo. Son indicadores relacionados con las agrupaciones familiares, los matrimonios, los nacimientos de madre y/o padres extranjeros o el porcentaje de alumnado extranjero. Son los denominados indicadores de instalación duradera. Por ellos sabemos, por ejemplo, que el 14% de los matrimonios que se celebraron en España en 2005 tienen al menos un cónyuge extranjero y que aproximadamente la misma proporción de los nacimientos lo son de una madre extranjera. Pero quizá el dato más expresivo de esta nueva fase de constitución de la “España inmigrante” sea el volumen de alumnado extranjero escolarizado en el conjunto del país, que en 2005 rebasó el medio millón (alcanzando el 6,5% del alumnado).

Aunque tanto la política de inmigración como la investigación sobre las implicaciones sociales del fenómeno migratorio han estado muy volcadas en el mercado de trabajo y la regulación laboral, la creciente instalación de familias y el crecimiento entre nosotros de la generación formada por sus descendientes (las denominadas “segundas generaciones”) obligan a prestar atención a flujos y horizontes de integración radicalmente novedosos (Funes, 2000). Como ha señalado Prada (2005), después de haber aprendido a contemplar las migraciones también en función del género, hay que disponerse a contemplarlas en función de la edad. Hoy, por lo que estamos viendo, les toca el turno a los más jóvenes; pero sin duda, pronto les tocará el suyo también a los se queden a envejecer entre nosotros.

Lo que pasa es que hoy día, en tanto afinamos el instrumental científico que nos permita calibrar ajustadamente las nuevas dimensiones del asunto, la vida del fenómeno –que no espera ni permanece inmóvil- va evolucionando por derroteros que no obedecen sólo a su dinámica interna, sino que –como le ocurre a todo asunto que cobra visibilidad social- obedece igualmente a la dinámica de la opinión pública. Después de todo, “ser” es “ser visto en televisión”, como decía Bourdieu. Y esto no significa sólo que gran parte de la población tiene en mente una representación de los jóvenes procedentes de familias inmigradas que es muy dependiente de la imagen mediática que se produce y reproduce con una cierta independencia. Significa también algo que hemos encontrado en muchas de las narraciones biográficas que hemos reconstruido: que estos mismos jóvenes son tremendamente sensibles al efecto de estas imágenes hasta el punto de incorporarlas en la negociación de su propia identidad. Es la imagen que consideran que los otros tienen de ellos, y es, en consecuencia la imagen respecto a la que adoptan posición.

Aunque de una u otra manera casi todos los aspectos relacionados con la inmigración suelen estar rodeados de ansiedad e incertidumbre, lo cierto es que tanto por la precipitación con que los medios etiquetan el fenómeno como por el escaso tiempo de preparación con que han contado las administraciones e instituciones implicadas en la atención a sus necesidades y derechos, la llamada “juventud inmigrante” se ha convertido también en un objeto no sólo novedoso, sino también “caliente”. La representación con que cobra visibilidad en la opinión pública no siempre se corresponde con su realidad empírica.

Los sucesos de las banlieues de París y otras ciudades francesas (octubre de 2005) han generado una plantilla interpretativa o “marco de referencia” a través del cual han sido filtrados a la opinión pública otros sucesos como los de la Villaverde o Alcorcón. Allí, un tercio de jóvenes ente 20 y 29 años son de origen inmigrante sobre dos generaciones. Aquí, sin embargo, el hecho de ser un país de inmigración tardía recorta la historia del fenómeno y propicia que el contacto con él sea muy dependiente de las imágenes e informaciones provenientes de otros contextos como el francés, con mayor historia receptora. En cualquier caso, un análisis meramente superficial del corpus de noticias referidas a “los jóvenes inmigrantes” nos revela claramente que existen dos sombras que se proyectan de forma más o menos manifiesta sobre la mayoría de las situaciones visibles (noticiables) en que intervienen: el pandillismo y el yihadismo. Esto hace que muchos de los todavía incipientes estudios sobre las segundas generaciones en España estén presididos por una cierta inquietud: ¿van a pasar estas mismas cosas en España? (Aparicio y Tornos, 2006: 17).

Lo expuesto equivale a decir que la juventud surgida de la inmigración es percibida como un objeto inquietante. Esta observación es importante porque supone imponer como objetivo del campo de investigación el trabajar en una representación científicamente ajustada de este sector de población y, consiguientemente, contribuir a adecuar la visibilidad social de esta juventud a su verdadera realidad empírica. Conviene observar, no obstante, que no es algo específico de nuestro país el que la juventud crecida en familias inmigradas sea un “objeto marcado”. Hace ya una década, en Francia, Patrick Simon (1997) calificaba a la juventud procedente de la inmigración como un “terreno sensible”; y en Holanda, todavía una década antes, Bovenkerk (1973, cit. por Barbaglia, 2002) la había descrito como “una bomba cargada con una espoleta de efecto retardado”. Los temores que subyacen a estas descripciones (en este caso de científicos, no de periodistas) son temores a no poder controlar o predecir aquello que no se conoce bien. Y esa es precisamente la motivación básica que hoy por hoy guía en nuestro país la investigación sobre los jóvenes procedentes de familias inmigradas .

El problema es que, al efecto estigmatizante del etiquetaje periodístico se suma la imprecisión de las categorías con las que la ciencia social debería contribuir a corregir los efectos de la simplificación mediática. Categorías-guía de la investigación como la que encabeza estas jornadas (juventud multicultural), pero también otras como “juventud inmigrante” o “segunda generación” son etiquetas confusas porque hacen referencia a una población muy heterogénea que comprende situaciones muy diversas. Dentro de una misma clase de edad, abarca, por supuesto, a la población extranjera joven residente en España (incluyendo tanto a los que tienen familia inmigrada a España como a los menores que han emigrado solos), pero también a la que cuenta con la nacionalidad española o la doble nacionalidad siendo de padres extranjeros (y que escapa a la interpretación estadística basada en la nacionalidad). Bajo esa denominación suelen amalgamarse, además, situaciones vitales muy diversas, desde la del que dejando a sus abuela y su padre llega solo desde Ecuador a los 15 años e ingresa en un hogar monoparental hasta la del que nace aquí de padres ecuatorianos; desde la del menor marroquí que entra por su cuenta de forma irregular a la del que viene con 2 años acompañando a su madre para reencontrarse con su padre; etc. Estudiosos del fenómeno dentro y fuera de nuestro país, han señalado los efectos estigmatizantes que puede conllevar este etiquetaje de los descendientes de progenitores migrantes como “jóvenes inmigrantes” -cuando en realidad no han sido ellos los protagonistas de la migración (García Borrego, 2003; 2004; Massot, 2003). Quizá si hubiéramos reparado más en la experiencia de los hijos de los emigrados españoles seríamos más concientes de estos efectos estigmatizantes. Bolzman, Fibbi y Vial (2003), por ejemplo, en su estudio comparativo de jóvenes de origen italiano y español en Suiza, han mostrado cómo se trata de una designación que, además de ser técnicamente incorrecta, tiene efectos políticos, pues, al designarse así a los hijos de los trabajadores inmigrantes se les impone una categorización o marcaje social (y étnico) que no se aplica ni siquiera a todos los hijos de los extranjeros, sino solamente a los nacidos de trabajadores manuales que ocupan posiciones sociales subordinadas en las sociedades de acogida. Es como si al cargarles con la etiqueta de la inmigración se mostrara su probabilidad de heredar el estatus de sus padres.

Precisamente por entenderse que el fracaso de su movilidad social puede considerarse como un indicador de la existencia de déficits en la integración de la población de inmigrantes, es por lo que la llamada “juventud inmigrante” se ha convertido también en objeto de la política social. El Plan de Acción Global en materia de juventud 2000/2003 (INJUVE) señalaba que “entre los retos para el nuevo siglo” estaban los desafíos que derivan de la “creciente presencia en España de jóvenes inmigrantes”. Casi paralelamente, el denominado plan GRECO (Programa Global de Regulación y Coordinación de la Extranjería y la Inmigración en España, 2001-2004) habló por primera vez de los “jóvenes inmigrantes” como sujetos en situación de riesgo o vulnerabilidad debido a su propensión a acercarse a determinados fenómenos anómicos: la exclusión social, el desarraigo cultural y el desarraigo social. Y el recientemente aprobado el Plan Estratégico de Ciudadanía e Integración (2007-2010) sigue en esa línea al hacer de la juventud una de sus áreas de actuación, centrada en la participación y la atención a situaciones de especial vulnerabilidad. Y es que, efectivamente, el análisis retrospectivo de disturbios protagonizados por jóvenes procedentes de la inmigración en Europa a lo largo de los últimos 15 años (desde los protagonizados por los marroquíes de Bruselas en 1991 hasta los de las banlieues francesas en el otoño de 2005) ha puesto de manifiesto la interconexión de diferentes ámbitos de exclusión (educación, mercado de trabajo, ocio) y la necesidad de acompañar los grandes programas con políticas activas de inclusión y con investigación aplicada. Sólo así pude lograrse la expansión de una verdadera estructura de oportunidades (Rea, 2001; Manço y Amoranitis, 2001).

Así es que tenemos un nuevo terreno de intervención social que es también un campo de investigación emergente, protagonizado por un objeto históricamente novedoso, políticamente sensible y metológicamente escurridizo. En una palabra: un objeto verdaderamente “difícil”.

Las mencionadas son –creo- razones suficientes para afirmar que necesitamos un conocimiento más riguroso de las opiniones, expectativas y aspiraciones de esa juventud que de una u otra forma emerge ahora del movimiento migratorio. Y, puesto que nuevos son, necesitamos saber antes de nada quiénes son. Necesitamos conocer su identidad. Y... ¿quiénes son realmente? Existen dos formas de responder a esta pregunta. Los respectivos enfoques de las dos opciones pueden comprenderse rápidamente haciendo uso de la vieja polaridad epistemológica que contrapone la perspectiva de lo emic frente a la de lo etic3.

La primera opción consiste en describir “objetivamente” a la población objeto de estudio en términos de las variables sociodemográficas tradicionales y tomando la variable relativa a la nacionalidad como indicadora de etnicidad. Esta opción es irremplazable y ya ha sido abordada en la senda abierta por Lorenzo Cachón (2005) en su pionera explotación de la submuestra de extranjeros incluida en la encuesta del informe cuatrienal de la juventud y otros datos de carácter secundario procedentes del Padrón de habitantes, la Encuesta de Población Activa, los datos sobre residentes extranjeros elaborados por el Ministerio del Interior, el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales y el Ministerio de Educación. Es una opción que arrastra buena parte de las limitaciones ya referidas al comentar críticamente la categoría de las “segundas generaciones”. Es una opción irrenunciable a la hora de obtener un mapa general, y es, por tanto, necesaria, pero no suficiente para dar cuenta del fenómeno en un nivel adecuado a su complejidad.

La segunda opción se construye a partir de la propia representación que los sujetos producen de sí mismos. Ésta es la vía elegida por la investigación que se propone explorar cómo se produce "una identidad en construcción" trasladando la pregunta por el quiénes son a la pregunta por el quiénes dicen que son. Es lo que en la terminología del interaccionismo simbólico supone partir de su propia “definición de la situación”. Esta opción comporta una exigencia que es teórica y metodológica al mismo tiempo: la de trabajar con conceptos ajustados a la experiencia de los sujetos investigados y hacerlo a través de una metodología transparente a su biografía4. Esta opción evita la cosificación del objeto y la derivación determinista de comportamientos y actitudes a partir de categorías étnicas construidas sobre la primera generación. Se busca, así, una forma de trabajo acorde con un marco teórico poscolonial y orientado en el sentido de lo que se conoce como “grounded theory” (ya aplicada a esta ámbito por investigaciones como la de Phelan, Davidson y Yu, 1998). Investigar sobre identidades es investigar sobre fronteras, limites, demarcaciones y clasificaciones; y hacerlo desde el discurso biográfico de los investigados es describirlas en el marco de la red narrativa que urden con sus recuerdos y sus sueños, sus ilusiones y sus frustraciones, pues de todo ello está compuesto el bricolaje de la identidad.

La opción es especialmente relevante para el estudio de dimensiones de la identidad como la etnicidad, que aquí nos interesa especialmente, dado que la etnicidad-emic es algo muy distinto que la etnicidad-etic. De la misma manera que Rotheran & Phinney (1987: 13), se entiende aquí la identidad étnica como la conciencia de pertenencia a un grupo étnico y los sentimientos, pensamientos, percepciones y comportamientos vinculados a dicha pertenencia. Entendemos que la etnicidad-emic es una parte fundamental de la autoidentidad, más relacionada con la imagen que uno expresa de sí mismo que con los estereotipos esencialistas que circulan en la opinión pública. No es impuesta, sino autoproducida (aunque eche mano de imágenes y recetas preestablecidas: las máscaras de Goffman) –y la práctica de la investigación aspira a poner de manifiesto esta autoproducción siendo lo menos intrusiva posible, esto es, lo más transparente y abierta posible a la iniciativa narrativa del individuo.

2.

¿Y por qué la adolescencia? Primeramente, porque es un tramo de edad especialmente interesante en sí mismo si lo que interesa indagar es la formación de la identidad. Al decir de los especialistas, la adolescencia es una fase tan importante en la formación de la persona como sus 15 primeros días de existencia (Dolto, 1990). Para los sociólogos, además, es un escenario extraordinario en el que observar la dinámica de tensiones y complementariedades que resulta de la acción combinada de los diversos factores de socialización que en estos años actúan con fuerza tan marcada (a veces como influencias novedosas que irrumpen con una capacidad de impacto desconocida en la biografía del individuo, como en el caso de los amigos o los medios de comunicación, y a veces, como influencias ya conocidas pero que pasan a actuar bajo unas nuevas condiciones, como es el caso de la familia y la escuela). A lo que se asiste en el estudio de esta dinámica es a una auténtica negociación (Phelan, Davidson y Yu, 1998) de la influencia que ejercen los diversos factores de socialización5. La adolescencia es un episodio decisivo en la intersección del cambio social y el cambio individual.



La adolescencia interesa porque en ella la formación de una identidad coherente es la tarea evolutiva central (Erikson, 1992). Para Erikson la formación de la identidad es un proceso de exploración de alternativas y elección de roles o de formas de desempeñarlos. Es, pues, un proceso de constante redefinición. En la misma línea abierta por Erikson, Marcia ha señalado dos mecanismos claves de este proceso de formación: la crisis y el compromiso. La primera se nutre de dudas y exploraciones entre alenativas; el segundo, de la implicación que se consigue con la opción elegida.

Aunque en el estudio de los adolescentes procedentes de familias inmigradas la dimensión étnica tiene una relevancia especial, debe tenerse presente que el yo global (Marcia, 1980) está compuesto también por otras diversas dimensiones que interactúan entre sí, y que van desde los rasgos físicos hasta los religiosos, pasando por los sexuales, los laborales, los morales o los ideológicos. La autoidentidad de una persona es la síntesis de las exploraciones, elecciones y compromisos afrontados en cada una de estas dimensiones, síntesis que se expresa en un repertorio variable de autoimágenes y autodefiniciones. Es algo personal (pues, se refiera a uno), pero también social en dos sentidos: por un lado, el autoconcepto del yo o de lo “mío” está indisolublemente unido al del nosotros –lo nuestro o los míos, es decir, a una cierta imagen de un yo colectivo; por otro, esa imagen que uno tiene de si mismo (autoconcepto) y, sobre todo, la intensidad y cualidad de la valoración con que es autopercibida (autoestima) está notablemente influida por la imagen que uno cree que los demás tienen de él, es decir, por la imagen percibida de la actitud hacia uno por parte de la sociedad de acogida. Dicho de otra manera, la actitud que uno tiene hacia sí mismo (la autoestima vinculada al autoconcepto) está muy influida por las actitudes que uno cree que los demás tienen sobre él. Esto, en nuestro caso, es especialmente relevante a la hora de entender el influjo de las percepciones de discriminación o racismo sobre la percepción de la propia etnicidad o la autoadscripción de la pertenencia nacional6.

La respuesta a la pregunta “¿Quién soy yo?” está, pues, íntimamente unida a la percepción que se tenga de lo que los demás piensen de uno. Y más en la adolescencia, cuando el pequeño mundo de vida de la infancia estalla e irrumpen nuevos otros significativos. Ya lo planteó Erikson (1992:19) al señalar que la formación de la identidad era básicamente un proceso de observación y reflexión simultáneas, un proceso “por medio del cual el individuo se juzga a sí mismo a la luz de lo que advierte como el modo en que otros le juzgan a él”.

Como se ve fácilmente, muchos de los mecanismos de observación, comparación y reflexión que intervienen en la fase de formación de la personalidad que característicamente se atribuyen a la adolescencia forman parte también de las descripciones habituales de los procesos de aculturación7. Pero no podemos relacionar la experiencia de la diversidad cultural y la de la adolescencia sin tener en cuenta las peculiaridad histórica de esta categoría de edad que otras culturas desconocen o valoran de diferente forma. En el fondo, como ha llegado a decir Nsamenang (2002: 61), lo que consideramos la psicología propia de la adolescencia es una aventura eurocéntrica, la que habitualmente hemos construido sobre la imagen de los teen-agers occidentales, y esto ha de tenerse muy en cuenta en los diseños de investigación comparativa que abundan en este campo. Estos diseños “race-comparative suelen tomar como base la experiencia de la juventud de clase media europeo-norteamericana McLoyd (1991) y favorecen una interpretación de las diferencias en términos de déficits y estereotipos negativos, algo fácil cuando gran parte de esta investigación se centra en temas de drogas, criminalidad, delincuencia, etc.

Es verdad que se ha llegado a hablar de una “cultura global de la juventud” (Schlegel, 2001) que hace pensar que los jóvenes de todo el mundo comparten unos mismos intereses, aficiones y gustos. Sin embargo, la inmensa mayoría de los adolescentes de las zonas origen de inmigración (es decir, la inmensa mayoría de los adolescentes del mundo) aprueban, comparten o simplemente cumplen visiones muy diferentes de la autonomía personal, del contacto con personas de otro sexo o de las señales que marcan la transición a la edad adulta. Esto significa que los adolescentes que crecen en lugares tan distintos como Pakistán, China, Ecuador o Marruecos, pueden ciertamente beber los mismos refrescos y llevar las mismas zapatillas o las camisetas de los mismos futbolistas, pero pueden igualmente contar con instituciones sociales o espacios de socialización y personas relevantes diferentes; con pautas de negociación y entramados de orden, jerarquía, respeto y autoridad también distintas; y con modelos y plazos de independencia no menos diferentes a los que se consideran normales en los países desarrollados occidentales (Brown, Larson y Saraswathi, 2002). De hecho, algunas lenguas ni siquiera tienen un término para designar esa tramo de edad o lo tienen con connotaciones diferentes, como ocurre con las palabras árabes murahaqa (la más parecida, pero de uso sólo academico), fata/fatat o shabb/shabba (que aluden a aspectos maritales o de responsabilidad social) (Botth, 2002).

Esta observación es relevante para muchas familias procedentes de países en desarrollo y para buena parte de los menores no acompañados. Para muchas de las primeras, la adolescencia en la que encuadramos a sus descendientes, y en la que se embarcan con ellos, es algo inesperado respecto a sus proyectos iniciales y supone un desequilibrio añadido (Funes, 2000: 128). Para los segundos, en su mayoría chicos marroquíes que emigran solos (aunque “comisionados” por familias generalmente estables aunque económicamente desfavorecidas) a una edad media de 16 años y con una madurez psicológica mayor de la que se considera habitual para su edad cronológica (Jiménez Alvarez, 2005), es un salto hacia atrás en el reconocimiento de sus responsabilidades.

Más allá de lo que esta referencia transcultural apunta, lo cierto es que, al menos una vez en la sociedad de destino, los individuos pertenecientes a la clase de edad que habitualmente se cataloga como “adolescencia” se encuentran sumidos en un periodo más o menos continuado de reflexión y exploración de “su” identidad. Pero, ¿qué hay de específico en la construcción de la identidad que producen los adolescentes procedentes de familias inmigrantes? ¿Qué características hemos podido observar en sus narraciones? ¿Y qué implicaciones teóricas plantean?
3.

El movimiento migratorio familiar (y, por supuesto, individual, si es el caso) tiene profundas consecuencias en el proceso de construcción de la identidad cultural del adolescente. Exploraremos estas consecuencias estructurando nuestras observaciones en dos planos fundamentales.

En primer lugar, las narraciones biográficas analizadas hasta el momento nos permiten constatar que el proceso de construcción de la identidad cultural de los adolescentes procedentes de familias inmigradas es un proceso específico de exploración y autodescubrimiento. Su especificidad viene dada por el papel importante que desempeñan las percepciones de las diferencias culturales y la tensión “aquí-allí” que se visualiza muy frecuentemente a través de la familia, lo que genera consiguientemente en el seno de ésta una forma igualmente peculiar de conflicto generacional. Los adolescentes estudiados parecen tener, pues, ante sí la tarea de una más complicada autoidentificación. Esto se ve especialmente en el tipo de descripciones de las que trataremos en segundo lugar, las relativas a su etnicidad o pertenencia, frecuentemente llenas de ambigüedades, ambivalencias y contradicciones. Veamos con algo más de detenimiento cada una de estas observaciones. Por lo que respecta a la especificidad del proceso registrado por estos adolescentes, en el estado actual de la investigación es difícil todavía trazar perfiles característicos de las diferentes cursos de exploración de identidad. No obstante, sí parece claro que, como se ha mostrado en otras investigaciones (Rosenthal & Feldman, 1992; Beale Spencer & Markstrom-Adams, 1990) los adolescentes de minorías o familias inmigradas deben realizar un esfuerzo extra por integrar dimensiones étnicas o raciales en sus compromisos y equilibrios identitarios (derivados todos ellos de una extremadamente diversa gama de situaciones de crisis, como pueden ser las que resultan de la percepción del color de la piel, el acento, las tradiciones familiares, los viajes del verano, las limitaciones familiares a la vida con los iguales, etc.).

Esta “carga” específica se expresa en lo que podríamos considerar como el mínimo denominador común de las narraciones recogidas: y es que, aunque con una tremenda diversidad de registros (más o menos intensos), casi siempre hay en ellas un escenario básico de crisis entre un “aquí” y un “allí”, que se añade al resto de los escenarios en que deben explorarse las alternativas y adoptar los compromisos y las autodefiniciones8. Todo escenario de crisis en que ha de dirimirse una dimensión de la identidad añade tensión al proceso de autodefinición. En consecuencia, la tensión entre “aquí” y “allí” añade al proceso de construcción de la identidad del adolescente procedente de una familia inmigrada un rasgo peculiar que, obviamente, no forma parte del repertorio de situaciones de crisis a que se enfrenta un adolescente autóctono.

Si trasponemos el “allí” y el “aquí” en la secuencia temporal biográfica, nos encontramos con que no se corresponden exactamente con el pasado y el futuro, sino que forman parte de un mismo presente. En ese presente, y aunque existen muchos casos de familias marcadamente asimilacionistas9, la familia suele ser el reclamo habitual del “allí”. Suele ser una simplificación por parte de los adolescentes, porque, en el fondo, tampoco los padres mantienen pasiva e incólume su identidad y, de hecho, la adolescencia de los primeros suele servir de renegociación de los valores de los segundos (Mann, 2004). Pero el caso es que es habitual en nuestras narraciones encontrar expresiones que se pueden resumir en sólo una: “cuando llego a casa”. Una joven de 17 años, nacida en Cuba y con 5 años de residencia en España nos lo contaba así: “me doy cuenta de que existe esa diferencia porque voy por la calle y me siento una española más; pero cuando llego a casa y oigo a mi madre hablar, y veo lo que... las cosas que hacemos en casa todos los días, pues, ... a quien quieres engañar”.

La tensión “aquí/allí” que explica que exista un matiz diferencial en su percepción del conflicto generacional intrafamiliar parece explicar también las ambivalencias, indefiniciones o, en ocasiones, simples contradicciones que producen en sus descripciones de los sentimientos de pertenencia o de identificación étnica y territorial. Ubicarse es, en cierta manera, definirse; y, así, el sentido del lugar físico en el que uno está y su vinculación con él se convierte en una dimensión de lo que uno se siente y de cómo se define. “De dónde se es” forma parte de la respuesta a la pregunta acerca de “quién se es”. Es una dimensión de poca trascendencia en los jóvenes autóctonos (excepto que alberguen una ideología nacionalista), pero central en la negociación de la identidad cultural de los adolescentes inmigrantes o que proceden de familias inmigradas, sobre todo si pertenecen a la llamada “generación 1,5”, cuyos miembros suelen mostrar un mayor rechazo a la identificación con el lugar de destino y, en casi todos los casos, una absoluta identificación con el lugar en que nacieron y crecieron los primeros años.

Lo normal, sobre todo en los traídos a España tras los 9 ó 10 años es encontrar expresiones que se articulan sobre la fórmula “soy... pero me siento...”. No es tampoco infrecuente, encontrar casos como el de una hija de retornados gallegos que se sentía “mitad y mitad”... “depende de con quién me tenga que definir”, o el de un chico marroquí de 19 años y 6 de residencia en España que cuenta con regocijo como le llaman “dos sangres”... casos en los que el desdoblamiento o conjunción bicultural es vivido de forma nada dramática e incluso enriquecedora, como bien atestigua una chica nacida en España de padres vietnamitas que veía en su situación “una ventaja” porque le permite “conocer más culturas”. Pero tampoco faltan narraciones en que se describe esa tensión de forma menos favorable, como, por ejemplo, la de una chica marroquí de 19 años venida a España hace 5: [vivir entre dos mundos] es una de las cosas que más me molesta. O sea, tener la sensación de estar acá, por momentos con la cabeza aquí y pensando en lo que pasa aquí y esas cosas, y por momentos... a lo mejor en Internet mirando diarios de allá y lo que pasa allá... Y eso es lo que más me revienta: no poder tener una vida en un solo lugar”

La casuística es tan variada que es difícil generalizar, por el momento al menos. Algo que sí parece claro, no obstante, es que esa generalización no parece que pueda establecerse a partir de categorías étnicas o nacionales, pues no parece que a cada una de ellas corresponda una misma experiencia de aculturación. Pero no es ésta la única enseñanza antiesencialista que puede extraerse.

Lo variopinto de las exploraciones entorno al origen o el sentimiento de pertenencia sólo puede conceptualizarse adecuadamente en un marco teórico postcolonial que evite el sesgo con que a menudo suelen concebirse estas situaciones ambivalentes o indefinidas, en las que no parece existir un compromiso que solvente la crisis y fije una identidad territorializada10. La mayoría de los fenómenos que encontramos al analizar los procesos de adaptación cultural de los adolescentes procedentes de familias inmigradas son fenómenos que pueden englobarse en lo que en otro sitio he llamado la “familia de la hibridación” (Terrén, en prensa). Y, efectivamente, en las teorías evolutivas que subyacen a la concepción clásica de la identidad11, se propone siempre una transición de los estados de confusión e indeterminación a los de fijación. Así, todo lo que se asocie con indefinición, moratoria, confusión, etc. tiene el mismo sentido peyorativo que se oculta bajo la pervertida etimología de la palabra “adolescencia” y participa del mismo juego de oposiciones que pares como (acabado/inacabado, definido/indefinido, puro/impuro). Por eso es fácil interpretar los fenómenos culturales de hibridación como asociados a confusión, negatividad o patologización, algo que es preciso evitar si se quiere atender con objetividad al fenómeno (Minces, 1997:207).

Podríamos preguntarnos, además, si, dado que la globalización produce cambios sobre la identidad en general que recuerdan enormemente a estos fenómenos que tan manifiestamente aparecen en el desarrollo cultural de estos adolescentes (Arnett 2002), acaso, más bien, no pudieran estos rasgos observados constituir un nuevo perfil identitario más flexible, más acorde con las exigencias de adaptación cultural que entraña la globalización. En fin, cabría pensar si –en la misma línea en que Robert Park habló de los “marginal man”- no sería preferible considerar la identidad de estos adolescentes más como el perfil de una vanguardia que como el lastre de un déficit. Las identidades observadas son muy ambivalentes y confusas, cambiantes, y pueden seguir siéndolo durante años. Pero nos resistimos a ver en ello el resultado de un simple estadio evolutivo transitorio o un déficit (algo que ocurre también con algunas visiones de la diversidad cultural propias de algunos educadores). Parece, más bien, el resultado de una adaptación cultural a influencias diversas que operan al alimón, como ocurre de forma muy significativa en aquellos adolescentes que combinan a un mismo tiempo cadenas sentimentales y de amistad locales y transnacionales.

Por conflictiva que sea la aculturación hay que evitar en su estudio el sesgo paternalista de asociarla con una “perdida de identidad” (como ocurre en trabajos como el de Moreras, 2002). Más que un conflicto inevitable entre lealtades o fidelidades contrapuestas (como sugiere Funes, 2000: 129), y aunque e´sta pueda darse en ocasiones, parece tratarse más bien de un encaje inacabado de flujos que se encuentran y desencuentran constantemente. Las exploraciones a través de las que los adolescentes procedentes de la inmigración van construyendo su identidad muestran una complejidad mucho mayor que la que sugiere un conflicto entendido meramente como bicultural.

Las identidades inciertas o incompletas que observamos pueden vivirse con mayor o menor desazón, eso es cierto. Y el lograr hacerlo con menor ansiedad es precisamente uno de los logros de la adolescencia; pero los estadios estables y definitivos son difícilmente esperables en un contexto social sometido a una dosis de cambio tan acelerado como es el nuestro. La velocidad del cambio social actual, tal y como lo perciben especialmente estos jóvenes, hace que la realidad se perciba como algo muy complejo y, por tanto, difícilmente previsible, lo que no favorece la constitución de marcos de referencia estables (que, por otro lado, se tornarían seguramente ineficaces o anacrónicos con tremenda facilidad). En la medida, además en que su proyecto de vida debe ajustar cuentas con un proyecto migratorio que (sea el propio o el de los padres) no termina con la llegada, los compromisos excluyentes en términos de “o esto o lo otro” no son satisfactorios Para no dejarse llevar por enfoques miserabilistas que se debaten entre el paternalismo, el adultocratismo y la patologización de la psicología inmigrante, la investigación sobre los adolescentes procedentes de familias inmigradas debe apostar en este sentido por un marco teórico claramente postcolonialista en el que pueda operarse con una noción desterritorializada de la cultura.

La globalización nos ha abierto a una nueva diversidad cultural, y los hijos de inmigrantes son su mejor exponente. Todo parece apuntar a que la inestabilidad, el perfil inacabado, desterritorializado y flexible de sus identidades, y el continuado proceso de observación, exploración y reflexión que exhiben puede considerarse como un caleidoscopio de los procesos de adaptación cultural a que da lugar la inmigración. Teniendo en cuenta, además, que este periodo de búsqueda plantea preguntas que suelen afectar no sólo los adolescentes, sino también a sus familias, parece claro que la socialización cultural de los adolescentes procedentes de familias inmigrantes constituye un laboratorio excepcional en el que analizar procesos de aculturación e integración simbólica más amplios que se producen en las sociedades receptoras de inmigración. Lo que ocurre en el proceso de construcción de su identidad arroja luz sobre cómo transcurren los procesos de aculturación de los inmigrantes. Por eso constituyen lo que Merton denominaba un campo de investigación estratégico en el que merece la pena seguir trabajando.

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1 La dimensión identitaria es reconocida ya como complementaria de otros niveles de integración en estudios de referencia como el de F. Heckman y D. Schnapper (2003) que atribuyen al nivel identitario de la integración la autocomprensión positiva de los individuos en cuanto a su lugar en la vida social. También el Informe EFFNATIS (http: //www.uni-bamberg.de/projekte/effnatis) habla de integración identificacional (que hace referencia tanto a la autoidentificación como a la identificación asignada por la sociedad anfitriona. En un sentido más amplio, Castiñeira (2004) habla así mismo de la búsqueda de “una integración identificacional” en una cultura común que sirva de “horizonte cívico compartido”.

2 Las observaciones y reflexiones aquí expresadas se enmarcan en el proyecto “Identidades en construccion: estudio de los procesos de adaptación cultural de los adolescentes procedentes de familias inmigrantes” (Plan Nacional I+D, SEJ 2004-02006/SOCI).


3 La distinción de Kenneth Pike ha sido aplicada a múltiples estudios de la identidad cultural. El enfoque emic se pliega a la perspectiva y explicaciones producidas por los individuos estudiados, mientras que el enfoque etic impone sobre éstas las categorías propias de la ciencia, en principio, ajenas a (o, al menos, independentes de) el discurso de los individuos estudiados. Así, la identidad “etic” es la etiqueta y su definición, esto es, lo que atribuye al grupo sobre el que se aplica “desde afuera”; la identidad “emic”, en cambio, es la identidad “desde adentro”, el proceso por el que los individuos se definen a sí mismos.

4 Precedentes de enfoques propios que subrayan una visión instrumental y adaptativa de la identidad pueden verse en Terrén (2002) y Veredas (1999). En cuanto a la metodología de referencia, sirve de guía el modelo del Biographical Research Method descrito en Wengraf (2001) e inscrito en la tendencia general analizada en Chamberlayn, Bornat y Wengraf (2000). Otros enfoques paralelos basados en los modelos no unidimensioanles de la identidad étnica y su explotación a través de entrevistas o tests son Massot (2003) y Bartolomé et al. (2000).



5 Como apunta Arnett (2002: 772), los adolescentes, a diferencia de los niños, tienen madurez y autonomía suficientes para buscar información y experiencias más allá de sus familias; y, a diferencia de los adultos, aún no están comprometidos con un modo de vida definitivo ni han desarrollado hábitos duraderos de pensamiento y comportamiento, lo que los hace mucho más abiertos a lo nuevo e infrecuente.


6 Una hija de polacos nacida en España nos comentaba, por ejemplo, cómo ella misma se consideraba “más española”, pero cómo “la gente de aquí” no hacía que recordarle que no lo era a través de lo que considera un insulto: “me insultan y todo eso, (...) me dicen que soy una mora, que me vaya a mi país, que no sé qué.... Empiezan así. El otro día pasé por un bar y un chico como de unos 19 años me tiró un papel diciendo “mora” “.

7 Por aculturación entendemos la adaptación cultural de los individuos pertenecientes a grupos minoritarios a la cultura dominante. El planteamiento tradicional del problema parte de la idea de que muchos inmigrantes encuentran que sus valores no son apreciados en las sociedades de destino y deben aculturarse: es cuando “el oriente bascula hacia occidente” (Feldman et al., 1992). Pero, en realidad, el conflicto es más complejo, pues los implicados basculan también hacia sí mismos y modifican su relación con la cultura del endogrupo o la de origen.

8 Contra lo que sugieren otras investigaciones como Carrasquilla et al. (2004), para quienes los que entraron por reagrupación familiar tienen prácticamente resuelta esa tensión entre el aquí y el allí por su pertenencia a familias que han consolidado un determinado tiempo de estancia (de tres o cinco años), han logrado una estabilidad jurídica y una cierta seguridad laboral en la sociedad de llegada, lo que unido a su percepción de la falta de oportunidades en Marruecos, hace que en su discurso la idea de transitoriedad en España o de retorno a Marruecos no aparezca. Sin embargo, aunque la idea de partir esté en ese momento fuera del discurso, la tensión aquí /allí sigue presente en la autoidentificación.

9 Es el caso de las historias en las que se produce una inversión del patrón de socialización típico, como ocurre con una joven marroquí que nos contaba cómo deseaba ponerse el hiyab contra la opinión de su madre, que le decía “que había venido aquí para ser libre”.

10 El enfoque de los “múltiples mundos” de Phelan, Davidson, and Yu (1991) entraría en esta misma línea al entender como tales mundos parcelas de comportamientos y creencias que contienen valores, creencias, expectativas, patrones de acción y emociones que resultan familiares a quienes los comparten. Lo realmente relevante en este modelo son los límites que bordean esos mundos, su mejor o peor acople, permeabilidad e intensidad y, en consecuencia, la mayor o menor facilidad con la que traspasan. A mayor posibilidad y/o habilidad para cruzarlos, mayor horizonte de oportunidades.

11 Phinney (1990), por ejemplo, entiende el desarrollo de la identidad étnica como una progresión desde los difuso hasta la identidad lograda y comprometida pasando por otras fases de identidad prestada y moratoria.



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