Jullo scherer ibarra



Descargar 322.06 Kb.
Página7/11
Fecha de conversión09.05.2019
Tamaño322.06 Kb.
Vistas78
Descargas0
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

BANDA DE LOS MONTANTE



Apoyado por sus cinco hijos, José Samuel García Montante, un ex custodio de camionetas de valores, formó una banda integrada por treinta sujetos. A su muerte, el hermano mayor, Juan Carlos, alias el Gordo, junto con el Pachas y el Carlos, comandó el grupo criminal. Operaba sobre todo en el estado de México y el Distrito Federal.
La madre de Juan Carlos fue la pista que llevaría a los judiciales a la detención del plagiario. Enferma de cáncer, la señora buscaba alivio en tres consultorios, ubicados en las colonias Congreso de la Unión, Chapultepec y Gertrudis Sánchez. Los policías supieron de su binerarioy obtuvieron información acerca de sus relaciones personales.
Una mañana avistaron un automóvil blanco, placas 396 PMS, que suavemente se estacionaba frente a la clínica de la Gertrudis Sánchez. Su conductor respondía a las señas de Juan Carlos. Convencido de que no tendría mejor coartada que su madre al lado, se tragó su desmayada confianza como un veneno dulce y se entregó sin resistencia.
Juan Carlos planeaba los secuestros, los negociaba, cobraba los rescates y a veces hasta mataba. El azar apuntaba a las víctimas, personas a bordo de un auto lujoso o transeúntes de ropa fina. La mayoría resultaban comerciantes de ingresos altos de la Central de Abastos, estudiantes ostentosos, amas de casa, señoras que iban al mercado en carros del año, empresarios. Presos en la casa de seguridad, solía encerrarlos en lo que llamaba jaulas, espacios diminutos sin manera de acomodar en su inte rio el cuerpo. Contrahechos, el martirio los recorría. Además, les cubría los ojos hasta la punta de la nariz con cinta adhesiva que restiraba con saña. la banda contaba con mujeres que levantaban a sus • víctimas y las trasladaban a las cárceles para iniciar la negociación con sus familiares. Los bandoleros se habían adiestrado en el manejo de las ametralladoras autoináti cas los AK47 y las pistolas escuadras de 9 milímetros. Por ahora, la vida ha dado cuenta de cada uno de los jefes: José Samuel García Montante murió en el Reclu sori Oriente; el cadáver de Hugo apareció acuchillado, como para matarlo diez veces, cerca del metro Oceanía; Julio César permanece en el Reclusorio Oriente, y los ojos de Fernando, Alan y Cristian García Montante no
pueden ir más allá de las alambradas del Reclusorio Norte.
Miguel Ángel Moreno Lepe vivía casado con Salomé, de veinticinco años. Ufano de Miguel Ángel Moreno Rom& ro, de cinco meses, vivía tranquilo en la calle Toltecas, manzana 10, lote 1, colonia Ampliación Santa Catanna, Tláhuac. Trabajaba en una empresa llamada “Profesionales en Sistemas de Cableados”. Para engrosar sus ingresos, criaba perros de raza xoloizcuincle.
El 8 de octubre de 2001, le llamó un sujeto que parecía interesado en los perros. Se citaron a las siete y media de la noche en el local dedicado al cuidado de los animales. El supuesto cliente no llegó y Miguel Ángel se retiró a su casa. Ahí recibiría otro telefonema del mismo sujeto. Se le había hecho tarde a causa del tráfico. ¿Podría ir a su casa para mirar fotos de los perros y hablar de precios? Miguel no tuvo inconveniente. Lo aguardó en casa, acompañado de su mujer, su niño, y Fernando y Salomón, sus cuñados.
A las ocho y media de la noche, Miguel Ángel abrió la puerta a tres hombres y una mujer. Uno de ellos se presentó como Víctor Arriaga. Era Juan Carlos García Montante. Miguel les pidió que se acomodaran en la sala, en tanto iba por el álbum con las fotos de los perros.
De vuelta con el libro, observó a uno de los sujetos y a la mujer apostados delante de la puerta de la casa. Súbitamente, lo sobresaltaron unos brazos apretándole el cuello. El malhechor mostró el cinto y el arma. Forcejearon. Escapó un tiro que traspasó una pierna y un pie del agresor.

Las personas apostadas en la puerta desenfundaron sus armas y sometieron a Miguel en el piso. Al oír la detonación, Salomé, que reposaba en su recámara, bajó con uno de sus hermanos, se adentró en la trifulca y de pronto se vio en el piso al lado de Fernando, ambos atados de pies y manos. Salomón bajó las escaleras con el bebé en brazos, aterrorizado.


Margarita, la vecina, había escuchado el balazo y quiso saber de qué se trataba. La mujer delincuente le abrió la puerta de la casa y la tranquilizó. Margarita se marchó. Los maleantes optaron por llevarse a Salomé y al bebé, todos a bordo de la camioneta del dueño de la casa.
Margarita pidió la asistencia urgente de la policía, que llegó de inmediato con tres patrullas de Seguridad Pública y una de la Judicial. Las fotos de Salomé y su bebé circularon entre los agentes.
A las diez de la noche se comunicó García Montante con Miguel Ángel. Le reclamó el retiro inmediato de la policía y amenazó de muerte a su esposa y al crío, si no cumplían sus exigencias. Habló de rescate. Sería alto.
Antes de llegar a la casa de seguridad, Salomé se dio cuenta de que sus captores acudían a una farmacia por analgésicos, gasas, desinfectante, para curar al asaltante herido en el pleito. Sabría que se trataba de Fernando Caudillo Rodríguez, sujeto que dividía el tiempo entre los secuestros y la venta de zapatos en los tianguis.

Ya en la casa de seguridad, Salomé ascendió entre empellones por una escalen de caracol, la cabeza cubierta por trapos que la cegaban. Fue arrojada a una colchoneta en un cuarto estridente, la música de rock a un tono insufrible. Pronto fue encadenada de un pie a la pata de un mueble. Y luego, encarada por el jefe de la banda. “Sabía todo”, le dijo. El interrogatorio estaría de más pero si mentía, pues no pararía la golpiza. Quería confirmar si su esposo trabajaba en medios de la prensa. Al escuchar su negativa le dijo que le tomaba el pelo y la azotó contra la pared. Enseguida la encerraría en la jaula.
Más tarde le llevaron al bebé para que lo amamantara y le cambian el pañal, que le dio Gualberto Iván Berdejo. A la custodia de la señora se había agregado Aarón Álvarez Moreno, compañero en el levantamiento de Gustavo, hijo de un peletero de la calle Ferrocarril, en la colonia Casas Alemán. De la intentona del plagio no habían obtenido un quinto. Un testigo había anotado las placas del vehículo y habrían de darse por fracasados. Para compensar a Berdejo y Álvarez Moreno, los Montante los habían invitado a secuestrar a José Felipe Alberto Farra, en el estacionamiento de Bellas Artes. Por el trabajo, emergentes, habían cobrado 150 mil pesos.
Los captores-cuidadores de Salomé pasaban el tiempo jugando Nintendo, fumando mariguana y divirtiéndose con bromas infames. También veían televisión. Salomé pudo mirarlos una noche. Se bajó la venda de los ojos, despacito, precavida. Ellos le daban la espalda, pero la pantalla quedaba al frente y ahí vio reflejados los rostros de sus captores. Más tarde, habría de identificarlos.
Como las negociaciones no caminaban en el sentido que la banda quería, Salomé fue liberada sin el bebé. Cautiva la criatura, los delincuentes no corrían el riesgo de una delación. Así, soltaron a la madre y le entregaron 400 pesos, una chamarra negra, una cachucha, unos lentes y un celular. “Junte”, fue la expresión que escuchó al salir de la casa de seguridad.
La primen vez que le hablaron los plagiarios pudo informar que ya llevaban 96 mil pesos reunidos. Que siguiera juntando, le gritaron, si quería conservar la vida del bebé. La madre pidió una prueba de vida. Días después, los secuestradores le indicaron que fuera a una caseta telefónica en Calle Norte 88, esquina Talismán. Ahí hallaría una ficha de paquetería del Carrefour Penitenciaría y recogería una caja envuelta para regalo. Se trataba de un video del bebé, la prueba de vida que demandaba.
La familia sólo reuniría 159 mil pesos, que habrían de ser acomodados en fajos de 10 mil, envueltos en papel aluminio y ocultos en una mochila escolar negra. Llevarían el dinero en un Chevy azul. Tomarían Jndios Verdes por Santa Isabel Tola, doblarían hasta llegar a la casa de sus papás y darían diez vueltas a la manzana. Regresarían por la ruta de Indios Verdes, derecho por la carretera México-Pachuca. Ahí divisarían una gasolinera. Siempre a la derecha, llegarían al retorno de San Juan Ixhuatepec. Circularían por la calle Girasol, que se prolonga en un descenso, al que sigue un ascenso. Ahí se puede observar un fantasma (reflejante) triangular. En ese punto preciso dejarían la mochila y el celular. La entrega del niño quedaría pendiente.
Cuarenta y ocho horas después, le indicaron al esposo de Salomé el paradero del menor: calle Francisco Coss, colonia Martín Carrera. Observaría un Volkswagen rojo, levantados los seguros de las portezuelas. El padre se aproximó a su hijo, temblando. Lo vería maltrecho, sucio. Quizá durmiera.
Fernando Martínez Juárez cuenta que su hija, Angélica, lo llamó una madrugada de noviembre del 2001. Descompuesta la voz, anegada en llanto, le informó de su secuestro y ie pasó el celular a uno de sus captores. Éste con firmó el plagio. “Nos hicimos de palabras —refiere el padre—. Le dije que si tocaba a mi hija era hombre muerto. Me insultó y dejó muy claro que era él quien daba las órdenes.

“Llamó veintinueve horas después. Exigió 2 millones y medio de pesos. ‘Júntale, hijo de tu...’, y cortó la comunicación.


“Al día siguiente, entre injurias, me preguntó cuánto dinero había reunido. ‘Setecientos mil’, le dije. La respuesta fue obscena y me advirtió que no aceptaría intermediarios entre nosotros. Sólo hablaría con Roque y, de no escuchar ese nombre, debería colgar.
“Puse en venta cuanto tenía, contraje deudas hasta el límite de mi capacidad, millón y medio. Roque se animó:
‘Júntale, júntale aunque te tardes, no importa’. Le rogué que concluyéramos la negociación cuanto antes. Mi hija padecía claustrofobia y yo temía reacciones que pudieran desquiciarla para siempre.
“Recuerdo un jueves. El negociador me advirtió que, de no contar con más dinero el viernes, tendríamos que esperar a la siguiente semana. Ni él ni su grupo trabajaban sábados ni domingos. Respondí que remataría mi casa por lo que fuera y que podríamos comunicarnos el viernes al mediodía. Me dijo que ya no había tiempo.
“A las once de la noche del viernes reuní milagrosamente los 2 millones y medio que me devolverían a mi hija. Siguieron trámites. Debería viajar en un Volkswagen sedán blanco. Los billetes los apretaría en fajillas de 10 mil, envueltas por separado en papel de estaño. Conduciría solo.

“Respondí que no podía manejar, recién operado como me encontraba. Autorizó la compañía de mi yerno, Daniel Gudiño. Ya rebasábamos la una de la madrugada del sábado. Siendo tan tarde, le hablé a Roque del peligro que significaba viajar con tantísimo dinero. Al amparo de la soledad, las calles vacías, cualquiera podría asaltarnos. ‘No te preocupes —respondió tranquilo—. Las patrullas de Seguridad Pública trabajan para nosotros. Tendremos escoltas.’


“Iniciamos nuestro recorrido en Río Churubusco, a la altura de Tezontle, de ahí a Río Frío. Luego fuimos por Bulevar Aeropuerto y todo Circuito Interior hasta Insurgentes, por Indios Verdes. Al llegar a una gasolinera se nos emparejaron dos vehículos del estado de México.
“Arrancamos, ahora escoltados también por un Ford Falcon rojo, de los viejos, y dos sujetos a bordo. Al Volkswagen viejo en el que viajaba con mi yerno no le prendía una de las calaveras. El resguardo criminal que nos amparaba pasaría por alto esa infracción y lo que fuera.
“Durante el trayecto conocí al verdadero Roque. Se trataba de Juan Carlos García Montante. Ordenaba:
“Tomen la carretera México-Pachuca hasta un letrero de cerveza Sol y luego por un retorno a la izquierda y enseguida a la derecha hasta la parte más alta del cerro de San Juan Ixhuatepec”. Al llegar a la calle Gaviotas veríamos

un fantasma en forma de triángulo. Era la señal, la última. Ahí, la voz definitiva: ‘Dejas el dinero y te pelas’.


“Luego: ‘Ya cumpliste. Sólo queda contar el dinero y soltamos a tu hija’.
“Al amanecer, en un taxi, llegó mi hija a la casa. Lloré al escucharla. Gualberto Iván Berdejo Flon, uno de sus captores, la golpeaba con los puños y animaba a los demás para que también le pegaran. Un día le quemó la cadera izquierda con un objeto ardiente. Por la cicatriz que le dejó el fuego, sabría que le había plantado una plancha al rojo vivo. El propio Berdejo Flon la obligó a desnudarse para humillarla. Por horas y horas no la tocaba y luego se lanzaba contra ella. Se burlaba de su víctima y la obligaba a inflar los cachetes. Hinchados, le tronaba las mejillas.”
Bulmaro Mendoza López, el Rocky, le “ponía” a Juan Carlos García Montante los sujetos a modo para secuestrarlos. “Consígueme datos de gente de La Viga o la Central que tenga mucho dinero”, lo orientaba el jefe.
Gualberto Iván Berdejo Flon, alias el Terrible Iván, declaró que un día un Cirrus blanco arribó a su centro de operaciones. Sus cuatro tripulantes descendieron rápido del vehículo y se identificaron ante los Montante con credenciales metálicas y un tarjetón. Se trataba de agentes de la Judicial Federal. Estaban enterados de su negocio y sabían, de buena fuente, que “iba a haber nuevo desafane”. Detenidos, irían a la procu.
Juan Carlos les pidió un tiempecito, una oportunidad. Fue por su Ford Focus negro, reluciente, y entregó las llaves a los judiciales. Además, acomodó, ostensibles, 200 mil pesos debajo del tapete. La factura, endosada, la metió al fondo de la guantera. Fue un mes de terror para María Areli Rivera López. Cinco sujetos y una mujer vigilaban el restaurante “El Naranjo”, propiedad de su marido, Uriel Martínez Toledo. Ella recuerda que se orinaban en la entrada del local y la amenazaban, mas turbándose. Cuenta: “Al llegar a un tope, me sacaron de mi coche y me aventaron en la parte trasera de la camioneta que yo manejaba, propiedad de mi marido. Eran más de diez. Me ensordecían sus gritos y la amenaza de que me meterían un plomazo a cuenta de lo que fuere. Fui a una casa de seguridad en Tláhuac. Llamaron a Uriel exigiéndole 3 millones de pesos por mi libertad”.
“Un sujeto me quemaba los pies con un encendedor o un cerillo. Se fascinaba con mis piernas sobre sus muslos y un día me violó. Me daba cachazos en la cabeza y patadas en la espalda, a la vez que me ordenaba no decirle nada al jefe porque, de hacerlo, me mataría. Se drogaba con mariguana. El cuarto apestaba. “Así me amenazaban: ‘Si tu esposo no paga, te vamos a matar o, mejor, te vamos a cortar por cachos’. Enseguida escuchaba que me iban a cortar una pierna o un brazo hasta que le mandaran la cabeza y luego irían por los cachos de mis hijos.” Este sujeto, de apodo el Tacón, les decía a sus compañeros que la asesinaran de una vez, ya que el cabrón no quería pagar. “Algunas veces me bañaban y me invitaban al horror. Había segundos de calma, voces que parecían de personas: ‘Nosotros te tenemos que pegar porque es nuestro trabajo, comprende’.
“Me liberaron en un lote baldío luego que mi esposo pagara al Ray 815 mil pesos y entregáramos todas nuestras alhajas.”
Fernando Caudillo Rodríguez, preso siete años por los delitos de robo con violencia y portación de arma prohibida, conoció a Julio César García Montante en el Reclusorio Oriente. Su amistad se trabó, sólida. Serían cómplices.
Fernando saldría pronto de la cárcel y tuvieron tiempo para planear acciones en la calle.

El Caudillo, nombre de guerra de Fernando, entró en contacto con Martín Eduardo García Montante un cuarto de hora después de haber quedado en libertad. Con las cartas de presentación que llevaba, la banda lo acogió con entusiasmo.


Su primera víctima fue Miguel Angel Enríquez, atrapado cuando circulaba en su auto Mystique por las calles de Manuel Acuña y Turitzio, en la colonia Palmitas, Iztapalapa. Apostados afuera de la panadería ‘Lecaroz’, Gualberto Iván Berdejo, vestido con una gabardina negra bajo la que ocultaba un rifle R-15, de uso exclusivo para el Ejército, Martín Eduardo García Montante, armado con una subametralladora 9 mm, Omar García Montante y Fernando Caudillo Rodríguez, provistos también con armas de grueso calibre, esperaban a su víctima. Cuando el Mys tique estuvo a la distancia conveniente, cerraron el paso al vehículo y amagaron a su conductor.
Miguel Ángel Enríquez desapareció para siempre. No hubo negociación, no se desató el terror telefónico. Los plagiarios medirían sus fuerzas, unidos por vez primera. Se probaban.
A Juan Carlos García Montante le costó 2 millones de pesos liberar del Reclusorio Oriente a su hermano

Omar. Fue el precio que cuatro funcionarios del Gobierno del Distrito Federal: Salvador Enríquez Hernández, José Arturo Xicoténcatl Esparragoza, Jesús Demetrio Gutiérrez Rojas y Noemí Andrade Hernández, adscritos al penal capitalino, le pusieran a una firma falsificada en la boleta de libertad. Tras la fuga, Omar y Juan Carlos perpetraron otros cinco plagios.


Los cuatro fueron detenidos en julio del 2001 por la fuga de Omar. El juez cincuenta de lo penal les impuso una fianza y quedaron libres en el 2003, según el expediente 119/01. El problema consiste en que un reo de alta peligrosidad cruza la puerta del penal como Pedro por su casa y desaparece. Libre, se reencuentra con su grupo y organiza plagios que dejan en veintiocho el historial delictivo de la banda, además de seis asesinatos. “Actualmente no hay nadie que esté pagando la fuga de Omar García Montante”, consta en la declaración emitida por un funcionario de Readaptación Social del Gobierno del Distrito Federal.
Desde entonces no ha habido autoridad que trate el asunto. Su estrategia ha sido la del avestruz.
El que sí habló fue Juan Carlos. “La maniobra para liberar a mi carnal la hicimos en la cárcel. A Omar le consiguieron la boleta falsa. A mí sólo me dijeron que llegaría un sujeto afuera del reclusorio y a él había que entregarle el dinero. Llegando le marqué por teléfono al tipo. Todo fue así, sencillo, los 2 millones en una bolsa grande. Me dijo: ‘Ahorita sale’. Omar salió como si se hubiera tratado del director del penal.”
Juan Carlos obtuvo el dinero para sobornar a las autoridades penitenciarias de uno de sus secuestros, el mejor, perpetrado a un empresario árabe. Lo aterró directamente, sin negociación de por medio. El empresario le firmó un cheque por 5 millones y medio de pesos. Temblando, suplicaba y lloraba para que no le hiciera daño.
Declaró Juan Carlos:
“A ese güey yo lo agarré al azar, una vez caminando por Interlomas. Yo lo vi y lo seguí hasta los linderos de una casa, quizá la suya. Yo buscaba un lugar para capturarlo sin necesidad de agarrarme a balazos. Así me lo llevé. Era una hoja, tiemble y tiemble. Me dijo que tenía en su chequera 5 millones de pesos, le dije que pusiera medio millón más, me dijo que sí y yo los acepté. Fue una negociación súper tranquila. Hice el cobro al otro día”.
Además de las declaraciones de Juan Carlos a la Agencia Federal de Investigación (AFI), informes de la PGJDF señalan que, tras ser recapturado, Omar rdató que “el 5 o 6 de enero de 2001” un interno llamado Ernesto Pérez de la Cruz, el Pelotas, le dijo que “tenía a una persona muy efectiva que podía sacarlo del penal”. El “contacto” fue un abogado manco. Era un enlace seguro del área jurídica del penal. Fue él quien ofreció a Montante entregarle su carta de libertad a cambio de 2
millones en efectivo.
En sus declaraciones, el plagiario contó que, ante la oferta, buscó rápidamente a su hermano Juan Carlos para decirle que urgía entregarle el dinero al abogado. “Mi hermano 1e pasó el dinero en un lugar, acerca del cual se habían puesto de acuerdo. Luego el abogado me mandó la boleta con mensajero y me mandó decir que no me pusiera nervioso cuando saliera. Que pasara como si nada por los puntos de revisión.”
Y así lo hizo: cuando le entregaron su boleta de libertad, ei plagiario, que en aquel entonces tenía veintiún años, salió caminando por la puerta principal de visita del Reclusorio Oriente.
Al primer taxi que vio pasar le hizo la parada.
“Lléveme al metro Constitución de 1917”, le dijo al chofer. Ahí reiniciaría su vida criminal.
Antes de su aprehensión definitiva, Juan Carlos y Omar García Montante entregaron a agentes de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal 5 millones de pesos en efectivo, 10 automóviles, oro y alhajas como precio por su libertad.


No se resistieron a la extorsión. Pensaron que les quedaba abierta la carrera criminal y ya se repondrían con nuevos raptos y asaltos.
De acuerdo con los datos que aportaron ios expedientes PGR/UEDO/099/2003 y PGR/sIEDo/uEIs/069/2003, el soborno de los agentes fue revelado por Fernando García Montante. Declaró que Juan Carlos fue apresado por agentes de la Policía Judicial del Distrito Federal en enero del 2002. La detención ocurrió en la zona de restaurantes de mariscos de La Viga. “Me torcieron”, le dijo a Fernando entonces y le aclaró, sin fuerza para la ira: “No hubo bronca porque hubo baile”.
“Mi hermano —contó Fernando— había entregado a los judiciales 5 millones de pesos en efectivo, cinco vehículos, entre ellos un Focus ZX3, un Spirit, un Shadow, y joyas. Lo soltaron y él se fue a Sinaloa.”
Atrapado Juan Carlos, agregó su hermano, los agentes le dijeron: “Sabemos quién eres, cabroncito”. Y sin más, ejercieron el chantaje. La entrega de los vehículos y los bienes tuvo lugar en el estacionamiento de “Gigante”, cerca del metro Oceanía.
Juan Carlos García Montante viajaba a Sinaloa y regresaba a la ciudad de México para cometer un nuevo secuestro. Él negociaba y asignaba las tareas. Su autoridad no se discutía ni estaba en juego, por su trayectoria criminal: al menos ocho asesinatos y múltiples robos, uno de los cuales ya lo había llevado a prisión en 1998.

Prófugo hasta el 23 de octubre de 2005, fue capturado por judiciales de la AFI. Un descuido trazó su destino. En el Juzgado Dieciocho de Distrito de Procesos Penales Federales escuchó su sentencia: sesenta y seis años de reclusión.


Otro fue el caso de Omar García Montante. Sin negociación alguna, entregó cinco automóviles y parte del dinero. Policías tan corruptos como él lo engañaron. Y se puso a disposición.
Los cinco coches eran modelos del 2001 al 2004 y pasaron de mano en un centro comercial de la calzada de los Misterios. Así también fueron entregados dinero y joyas.
Omar abandonó el centro comercial y, una hora después, otros judiciales llegaron y lo arrestaron. Hoy está preso.
Juan Carlos García Montante solventaba los gastos de seis casas de seguridad en el estado de México y el Distrito Federal. Para él eran refugios; para sus víctimas, cárceles.
Contaba: —Puedo pasar, por decir, no sé, por una calle y si veo un carro lujoso me quedo a checar al dueño, lo estudio, veo sus movimientos, veo su casa o lo sigo hasta donde vive, veo a qué hora sale y veo el momento preciso para agarrarlo. Pero a algunos los hemos agarrado nada más al azar: vemos un carro bonito, nos le cerramos, nos bajamos y vas pa’ arriba.
—Cuánto pedías por ellos?
—Mis cifras andaban entre 1 millón, millón y medio... hasta 5 millones y medio, que fue lo que más cobré, con el árabe.
—En qué te gastas el dinero?
—Me ha gustado darme la buena vida: andar en las playas, comprarme coches, buenos relojes: Rolex, Longiness, Rado, Cartier, así como buena ropa, le meto buen equipo a mis carros, hasta 50 mil pesos en equipo le he metido a un carro. Eso y las borracheras: me gusta irme a los pinches table dance, llegar y derrochar. En una peda me llegaba a gastar 30 mil, 40 mil pesos.




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos