Jullo scherer ibarra



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JOSE DE LIMA



Ese mismo año, ya en los finales, a José de• Lima se lo tragó el secuestro. La imagen viene a cuento: desapareció como un solitario en el mar. Su esposa, Odette, y sus ocho hijos se armaron de valor. Susana me exigía, tenaz como era: “Tienes que hacer algo”.

José de Lima nació excepcionalmente dotado. Generoso, sabía decir y sabía escuchar; solidario, hacía suyos los dolores ajenos; Mozart lo estremecía y cantaba con los mariachis; bailarín de todos los ritmos, terminaba como centro de atracdónenlasfiestassindemponifatigafimdonario de la Nestlé, no había quien pudiera alcanzarlo como vendedor de la transnacional suiza en Centroamérica. Sin freno en el amor que dio y recibió, murió como no podía imaginarquemorirízsuvidarotaenpedazos.
El 8 de julio de 1976, día del
golpe a Excélsior, llamó a la casa desde Guatemala. Habló con Susana, habló conmigo y nos dijo que mes a mes nos haría llegar mil dólares.
—Sé que no tiene
ahorro —me dijo, de usted, que así nos tratábamos.
Después de un tiempo
breve, los dos matrimonios festejamos el inicio de una vida cualitativamente distinta. Los cuatro éramos cuatro, tres, dos, uno. Había recuperado el trabajo. Proceso empezaba.
Pasaron los años y sobrevino el secuestro de José de Lima. No podía caemos desdicha mayor. Resuelto a hacer lo que estuviera en mi mano, pedí audiencia en Los Pinos. Dos días después de la solicitud, me recibió el presidente José López Portillo. Me escuchó con esa atención entre dispersa y concentrada que bien le conocía.
Le llegó al alma el plagio, del que aún no tenía noticia. Él y José de Lima se frecuentaron en los años de la
infancia y aun de la juventud. Fuertes y flexibles, orgullosos de sí mismos, jugaban en una selva sólo conocida por ellos y enfrentaban a leones, tigres, víboras. López Portillo diría que yo los miraba con amargura, fuente, quizá, de rencores que no había sabido dominar. Creo que se equivocaba. Los miraba con admiración.
—Haré lo que pueda, Julio —me despidió ese hombre de mirada normalmente
levantada y, en sus últimos años, arrastrada por el suelo.
José de Lima
permanecería cincuenta días en una casa de seguridad, caja de zapatos, como él la llamaba.
Un día de este 2009, me llamó por teléfono el licenciado Gustavo Carvajal. Nos habíamos conocido de tiempo atrás, él, diputado, presidente del ni, secretario particular del presidente José López Portillo, funcionario de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América latina y el Caribe (Coppal), y yo, persona de un solo oficio: el periodismo.
Carvajal escribía un libro sobre secuestros y el de José de Lima tendría un lugar en su trabajo. Me pidió datos.
Sabría entonces, sorprendido, de las estrechas relaciones que Gustavo Carvajal mantenía con el submundo oscuro de la guerrilla centroamericana.

Hombre de gobierno, nada menos que secretario par ticula del Presidente de la República, le pregunté cómo podía darse una relación fluida con los guerrilleros.
—El gobierno no los
perseguía y llegó a proteger-
• los. Se dio el
caso de hombres en la clandestinidad hos pitalizados en el Seguro Social, y en ocasiones algunos de nuestros consulados expidieron pasaportes falsos a
perseguidos
políticos a punto de ser capturados por el Ejército guatemalteco. Además, grupos guerrilleros que se habían internado en Chiapas y, aquí, salvado la vida.
• En otra perspectiva, Fidel Castro había empeñado su
• palabra de que no
habría subversión en nuestro país y así
• :‘ había sido, tranquila la República.
—En el tiempo que corre,
¿actúa la Coppal en México?
• —El gobierno panista nos mira con desconfianza. Yo
• soy priísta ylo seré siempre. Hoy se sabe con
certeza que
en la
lucha contra la inseguridad existen cotos de poder y
nosotros
estorbaríamos a esas ínsulas.
—A qué atribuye la
existencia de estos cotos?
—Pesan brutalmente los intereses creados y una
corrupción que, aun conociéndola, no deja de asom
brarnos.
—En sus relaciones con la guerrilla, ¿recibía usted
• instrucciones del presidente López Portillo?
• —El Presidente estaba informado y nunca tuvo tratos
con los guerrilleros.

—En la forzada ambigüedad que usted plantea, ¿no quedaba implícita la presencia de López Portillo en tan complicada política?


—Ni siquiera el secretario particular del Presidente tenía trato con la guerrilla. La relación era con la Coppal, un organismo internacional.
—Me parece que usted plantea un sofisma: no puede haber dos, tres, funciones independientes entre sí tratándose de una sola persona.
—Era una realidad impuesta por la política.
—Cómo explicaría usted esa política?
—El Presidente estaba decidido a conservar ei país como un territorio para los perseguidos políticos, sin excepción para los que vieran aquí un espacio de salvación. En ci ánimo dci licenciado López Portillo, el imperativo fue absoluto. Había conciencia, las inmensas regiones de América Latina entonces en manos genocidas, como Pinochet, y sádicas, como Leónidas Trujillo. En esta perspectiva, Fidel Castro jugaría un papel trascendente. Dijo que México quedaría libre de la subversión y cumplió su palabra. Así se explica que López Portillo hubiera dicho, en 1980, durante una visita a la isla, que “nada soportaremos que se le haga a Cuba porque sentiríamos que se flOS hace a nosotros mismos”. Entre ellos, su compromiso fue radical.

Inquiero por José de Lima.


—Los secuestradores se fueron muy alto: 20 millones de dólares por la libertad del señor José de Lima. Impensable considerar una suma de semejante tamaño.
— Qué hizo usted, licenciado?
—Recurrí a un hombre excepcional que pudiera establecer un rápido contacto con la guerrilla: Luis Cardoza y Aragón.
“Don Luis averiguaría cuál de las cinco guerrillas que se habían extendido por Guatemala tenía al señor De Lima en su poder. Obtuvo el dato. Negociaríamos con Rolando Morán, comandante del grupo. Discutiríamos con sus representantes. No hablaríamos con él directamente.
“Fue áspero el principio de las conversaciones. Los guerrilleros querían los 20 millones de dólares, ni un billete menos. Sabían que por salvar a José de Lima, alto funcionario de la Nestlé, la transnacional empeñaría su prestigio. Ante la resistencia de los guerrilleros para entregarlo al costo que exigían, hice valer el peso incontrovertible del Presidente de México. El jefe de la Nación había planteado una operación sin un dólar de res cate.

“Quedaba por darle forma al operativo. Si los guerrilleros sorprendían al señor De Lima en e1 intento de fuga, ahí caería. Y no sólo él.


“Los guerrilleros habían llevado a su rehén a lo alto de una montaña para proteger su vida y asegurarse el dinero. De la montaña habría que descender hasta una casa en la ciudad de Guatemala que no despertara sospecha alguna. En los ojos que miran y se saben mirados suele encontrarse el incierto temor de una delación. Vivíamos en la zozobra.
“En el diseño de la estrategia participaba el general Rafael Macedo, embajador de México en Guatemala y padre del procurador de la República en la época de Vicente Fox. También opinaban el mayor del Ejército Mario del Valle y Rafael Rodríguez Barrera, miembro del 1R1 y funcionario de la Coppal, como yo.
“El general decidió que iría solo por José de Lima y rechazó terminante la ostentosa limusina con placas oficiales de la embajada. Suhrayó que la diplomacia mexicana quedaría al margen de un problema grave, en el supuesto de un fracaso durante el riesgoso operativo.
“—Que lo acompañe un hombre de su escolta, embajador —sugirió alguien.
“—Dije que oy solo.
“—Su chofer.
“Ya caída la tarde, a José de Lima se le ocultó en una casa de la clase media. Entre hombres de confianza, el embajador dispuso que se le “desapareciera” cuanto antes en la cajuela de su vehículo. “Al día siguiente, a baja velocidad, el general Macedo llegó a la sede de la representación diplomática que presidía y horas después, en la limusina negra con la bandera tricolor en la parte delantera del automóvil, fue directo al aeropuerto. José de Lima viajaría en un avión de la Fuerza Aérea Mexicana, protegido hasta el final.”
El primer día libre, José de Lima lo dedicó al descanso con su familia, el segundo, visito al presidente Lopez Portillo en la simple condición de viejos amigos; el tercero, Odette y Pepe, Susana y yo, acompañados de cuatro de nuestras hijas —dos y dos—, festejaríamos el acontecimiento. Era sábado y sólo encontramos una mesa larga en el Mauna Loa, de sofisticadas bailarinas hawaianas.
Pepe nos contaría de su cautiverio; un velorio sin cadáver, llegó a decirnos.
Insólito nos pareció que los plagiarios ie hubieran preguntado si necesitaba alguna medicina y él les hubiera pedido una pasta especial para los dientes.
—Qué vanidad —le dije.
—No hable de lo que no sabe —me respondió, serio...—. Mi dentadura es postiza y si no le ajusto la pasta, dientes y muelas caerían completos. Así, de golpe, pude imaginarme convertido en un pobre sujeto obligado a las gelatinas y a los líquidos. Pienso en mi rostro, de mejillas hundidas, tan propias de ancianas y ancianos que acaban por igualarse en la decrepitud.
—Cumplieron con los medicamentos?
—No sólo con la pasta. También con algunas
medicinas y aspirinas.
—(Y los días?
—Yo me tenía presente, pero en un
vacío desolador. Escuchaba mi respiración, el ritmo del corazón. Resuelto a vivir, apelaba a la muerte.
“Me
veo en ustedes —seguía— y de ustedes me apartaron. No sabía del tiempo del secuestro, si serían muchos los días o si la muerte se cruzaría con la vida. Me aseguraban los secuestradores que no me iban a matar. No podía creerles. Su palabra era la palabra de los facinerosos.»
Yo había retenido muchos pormenores de su relato y le
fui diciendo que los guerrilleros le habían proporcionado las iñedicinas que necesitaba, que en momento alguno le habían negado la comida que su organismo requería, que no le habían caído a golpes y se habían abstenido de hablar con su familia en el lenguaje del terror. Le decía también que a los sátrapas se debían cementerios extensos, como países y millones estrangulados por la miseria, que les negaba la vida, que vivir es ser y saberse, amar y crear. Los nombres de Batista, Stroessner, Somoza, Leónidas Trujillo, Videla, Pinochet, me salían de las entrañas.
Nuestro lenguaje subía de tono y Pepe volvió a la carga. No aceptaría que yo pasara por alto sus días en un cuartucho desnudo, sin manera de reposar en un camastro más pequeño que su propio cuerpo, de más de
uno ochenta, persistentes
la penumbra y el aire viciado
:• que acababa por volverse tóxico, sin un libro, una can ció remota, una mirada al exterior, alguna conversación
La casual con alguno de sus carceleros.
Yo argüía que sólo en un estado de locura podía admitir el secuestro, pero que no podría desconocer que los plagios de la guerrilla y los rescates que exigía por sus rehenes tenían su origen en los sátrapas que se enrique- cían como dinastías y mataban sin saber siquiera a quién apuntaban.
• De pronto, José de Lima y yo empezamos a levantar la voz, al punto de que llamamos la atención de los comensales de las mesas vecinas.
—Perdonaría a mis secuestradores? —me preguntó,
áspero y desconcertante.
—Trataría de entenderlos.
—Los perdonaría?
—Por supuesto que no, pero a sabiendas de que no son los peores.
Saltó a la conversación el nombre de Fidel Castro. Pepe lo llamó asesino, bien ganado su lugar en la lista de los sátrapas que yo había mencionado.


—Castro secuestré a su país —me dijo.
—Cubano él, no lo entregó.
—Hizo del poder su propia eternidad.
—Hereda la Revolución cubana.
—O lo que de ella quede.
—Sí, Pepe, que algo queda.
—Qué?
—Para empezar, la resistencia indómita.
No supe si esa noche bebimos whisky o agua, y la cena la probaron sólo las cuatro
niñas. Odette y Susana asistieron a una disputa que las traspasaba ya las criaturas se les salían las lágrimas. Nunca me perdonaría la escena en la que participé de manera tan desmedida y torpe. Me pesaba el llanto que había reventado.
Gabriel García
Márquez había tenido noticia del secuestro de José de Lima. A él acudí en los días de zozobrayle hablé con palabras desnudas. Él me miraba con una fijeza que me desbordaba de gratitud. Lo vi concentrado, como si escribiera.
Sin dudas ni inhibiciones, le dije:
—Gabriel, habla con Fidel.
Respondió, suave y terminante:
—Hemos conversado como amigos, entre nosotros.
La advertencia en clan: el encuentro quedaría encenado en la biblioteca.

El 8 de junio de 2009, en el restaurante San Ángel Inn, nos reunimos Gabriel García Márquez, Juan Ramón de la Fuente y yo. Fue exultante nuestro encuentro, como los muchos que tuvimos en el piso once de la rectoría de Ciudad Universitaria, cuando en gobernada por Juan Ramón.
Gabriel habló de
Proceso en un lenguaje peculiar, sorprendente. Expresó que en una revista del subsuelo. Allá adentro quién sabe cuántas cosas no se tramarían, pero al final el producto era claro y eminentemente periodístico. Juan Ramón conversaba acerca de su futuro. A fm de año decidiría si se entregaba a la política o a la academia. Yo relaté la historia de José de Lima y me detuve, en los detalles, al hablar del encuentro atroz en el Mauna Loa.
Platicaba:
“Las horas que siguieron a la cena me
persiguió el insomnio. Me sentía mal, abrumado. Pesado el ánimo, al día siguiente fui a tu casa, Gabriel. Me recuerdo como arrastrado por un derrumbe. Te conté hasta de las bailarinas hawaianas, el anticlímax de nuestra mesa frenética. Buscaba tu opinión acerca de lo ocurrido”.
—Fuiste imprudente, descomedido —veo de nuevo a Gabriel, sentencioso—,
pero la verdad, hay que decirla cuando duele.
Ya para
abandonar el restaurante, le pregunté a Gabo si era tiempo de abrir su biblioteca y contar lo que ahí habíamos platicado.
—Haz lo que quieras —repuso.
MIGUEL BONAS8O
En los días de este trabajo, me llegó a la memoria
una historia personal que ahora cuento.
Cuando Jorge
Rafael Videla inauguró el campeonato mundial de futbol en el nombre de Dios Miguel Bonasso y Silvia se movían en el laberinto oscuro de la clandestinidad.
En Méxicó,
durante su largo exilio, Susana y yo nos hicimos sus amigos. Silvia y Susana se fueron queriendo como hermanas. Ambas morirían de cáncer.
A Susana, inmovilizado su
brazo derecho por una hinchazón que le duplicaba el peso y el volumen, Silvia le tejió una hermosísima capa negra para pie pudiera cubrirse en los días de frío o dolor extremo. A la muerte de Susana, la capa calentó el cuerpo de Silvia. Y a la muerte de Silvia, Ana, una de mis hijas, heredó la prenda como un legado que da cuenta de la vida.
Triunfante el crimen en
Argentina, liquidada la controversia en el país, Miguel y Silvia optaron por la clandestinidad. Llegaron a tan dramática apuesta en momentos desesperados. Sabían del asesinato de personas distantes y cercanas, de la tortura en las instalaciones navales y militares; constataban el exilio para muchos millones de compatriotas; sentían el dolor quemante de la humillación, gobernada la República por miserables que disponían de su destino.
Miguel y Silvia nos contaban de
sus días en la guerrilla. Sus hijos, Federico y Flavia, de ocho y diez años, enfrentaban problemas de adultos. Debían vivir la vida de los niños, ir a la escuela, asistir a los recreos, jugar. Pero Federico no podía ser Federico ni Flavia podía ser Flavia.
La
directora de la escuela y los profesores conocían su identidad, hijos de clandestinos. El personal era consciente del riesgo que enfrentaba, pero sólo aceptando a los niños sería posible que avanzaran en los estudios y se fueran levantando en su propia existencia.
Silvia, la madre, se arreglaba cada mañana como no se había arreglado la víspera, acentuado un negro leve en los ojos, un rojo más rojo o menos rojo en los labios. Ante el espejo, se inventaba peinados y cambiaba de lentes, los transparentes, los ahumados, los de armazón azul o verde.
En la calle, en confiterías y en la oficina habría de ser naturalmente distinta, nunca la misma, a fin de evadir la atención de los espías y delatores, pendientes de todo.
La casa de la familia era hogar y trinchera. Al exterior, la barcia era como todas las del barrio, igual que el jardín frontaL No llamaban la atención la fachada ni el portón ni las ventanas propios de la clase media.
Atrás de la casa había una zona terrosa y, al fondo, una barda de dos metros. Al pie de ella, Miguel y Silvia habían colocado dos pequeñas escaleras para que los cuatro pudieran saltarla y escapar a la muerte.
En el contrapunto que pugna por la claridad, la certeza de que la guerrilla es efecto y no causa, volví a la lectura de La fiesta del Chivo. Ardorosamente, pude adentrarme por las venas podridas de Leónidas Trujillo y la cloaca que creó eh Santo Domingo. Describe Mario Vargas ¡Josa al déspota entre sus ministros, relatándoles las noches de amor con sus esposas. Nana el escritor que, entre los cornudos, se dibujaba una sonrisa de satisfacción por los detalles y la pornografía animal que desmenuzaba el miserable. Acompañado por la impunidad, me parece que no existe personaje más bajo.



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