Jullo scherer ibarra



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SECUESTRADOS

Autor Julio Scherer García;



Ilustración 1

JULlO SCHERER IBARRA



JULlO SCHERER IBARRA 1

3

JULIO SCHERER GARCÍA 13

JOSE DE LIMA 17

JUAN GELMAN 23

II PRECURSORES DEL SECUESTRO 25

BANDA DEL MOHAOREJAS 26

ANDRES CALETRI 29

BANDA DE LOS MONTANTE 34

BANDA DE LOS COLINES 41

BANDA DE CARLOS 42

BANDA CHAMAPA 43



BANDAS JUVENILES 50

MIGRANTES 56

Julio Scherer García, uno de los grandes periodistas mexicanos, realizó estudios de filosofía y derecho. Ingresó al periódico Excélsior en 1946, donde fue reportero de la fuente política, jefe de información, auxiliar de la dirección y director general (1968-1976).
Fue fundador de Plural (1971), revista que dirigió Octavio Paz. En 1976, a consecuencia de un golpe orquestado por el entonces presidente Luis Echeverría, fue obligado a dejar la dirección de Excélsior. Al frente de muchos reporteros y colaboradores que abandonaron con él ese periódico, el 6 de noviembre del mismo año fundó la revista Proceso, de la que fue director general hasta el 6 de noviembre de 1996.
Ganó el premio Maria Moors Cabot en 1971. Fue designado periodista del año por la Atlas World Press Review de Estados Unidos en 1977. Recibió el premio Manuel Buendía en 1986 y rechazó el Premio Nacional de Periodismo en 1998. En 2002 le fue otorgado el Premio Nuevo Periodismo, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. En 2006 fue nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Guadalajara.
Entre otros libros, es autor de La piel y la entraña (1965), Los presidentes (1986) El poder: historias de familias (1990), Salinas ysu imperio (1997), El perdón imposible (2005) y La pareja (2006). En 2007 y bajo el sello Grijalbo publicó La terca memoria, donde despliega certeramente esa rara virtud literaria que Borges describió como “la santa cólera de la inteligencia”. En 2008 también en Grijalbo, publicó otro de sus grandes libros La reina del Pacífico, un extraordinario reportaje que presenta a la mujer- mito del narco mexicano; en esas páginas Scherer es el periodista que ya conocemos pero también el escritor que sabe observar la condición humana desde todos los ángulos posibles.






JUKIO SCHERER IBARRA

—Papá, papá.


Desde la oscuridad me llegaba una voz muy dulce.
—Hijo?
—Tranquilo, papá.
Sobre el rostro sentí la mano temblorosa de Pedro.
—Tranquilo, papá.
—Qué pasa?
—Secuestraron a Julio. Hablé con él, segundos. Lo escuché jadeante.
Vila tragedia, inmensa.
—Quieren hablar contigo.
Tomé el teléfono, trémulo.
—Diga, señor —articulé señor y me sentí blando, indefenso.
—Tenemos a su hijo y sabemos quién es usted, del Proceso. Si no nos entrega 300 mil pesos, al amanecer, lo matamos. Ya nos comunicaremos.
Transcurrían las nacientes horas de un día de julio de 1998.En sábado, un tiempo horrendo, cerradísimos los bancos hasta el lunes. Pedro y yo contamos lo que teníamos: 4 mil pesos.
Sereno, me alertó:
—Habrá que reunir el dinero, cuanto antes.
Luego, en mi perplejidad:
—Tus amigos, papá.
Pensé en Vicente Leñero, Enrique Maza, una lista de personas en la raíz de mi vida.
Ese día sentí la ausencia de Susana como una calamidad que me desollaba, sin lágrimas en los ojos, húmeda el alma.
Fue luminoso y terrible el día en que aceptó la quimioterapia, última batalla contra el mal incurable. La escuché frente al doctor Femando Platas:
“Voy a caer en el dolor de mi propio cuerpo y de mi propia cara. Perderé el cabello, lo sé, y no quiero imaginar las desdichas que habrán de atacarme hasta la deformación última. Está bien, doctor”.

Tomada la decisión, sonreía y miraba no sé qué lejanía.


Ya apartados de la pesantez del consultorio y la bata blanca, Susana me propuso que nos alegráramos con una fiesta, absolutamente íntima, la que reúne a los padres con los hijos. Ella cocinaría y yo me ocuparía de los vinos. “Piensa, vendrán días buenos”, me confortó.
Era la época de gran funcionario de Francisco Rojas. Nos reuníamos en la torre de Pemex y algunas veces exploramos su cava. Nos hacíamos conducir por quien sí sabía de licores y nos enterábamos de la paciencia del tiempo, la gloria del sol, el vientre enorme de la tierra propicia, la modesta sabiduría de los campesinos y el rigor de los catadores. Asistíamos, en suma, al milagro de la naturaleza y su renovación perpetua.
Le hablé al director de Pemex de nuestra fiesta, los motivos que la harían posible, y le pedí tres botellas de aquellas que habíamos visto, sangre púrpura de los dioses. El tono de su respuesta me llegó a través de su secretario particular. Se presentó en mi casa con seis botellas, por si algunas se hubieran echado a perder, y una nota conmovedora.
Esa madrugada del secuestro de Julio, le llamé en la impertinencia de las dos de la madrugada. “Tengo algún dinero, el efectivo que se guarda en casa”, me dijo. Poco después se presentaba en la mía con 20 mil pesos. Seguirían horas en que se mantuvo sin palabras, de pie, la sonrisa apenas insinuada cuando advertía mis ojos que lo buscaban para darle las gracias. Entonces se acercaba:
“ESe le ofrece algo, don Julio?”
Juan Sánchez Navarro me envió algunos centenarios y el reloj de oro que sus hijos le habían regalado en ci cincuentenario de su matrimonio con doña Tere. Siempre lo traía consigo y lo presumía como la pieza excepcional de que se trataba.
Nos reconocíamos en la amistad, pero yo no me adaptaba a su mundo: ci golf, la champaña a la menor provocación, su rancho colonial de flores y colores, los invernaderos de rosas, una capilla inspirada en el arte, no en Dios, sus mexicanísimos óleos del siglo XVIII, la aristocracia internacional que se daba cita en ese portento de belleza perfecta, reyes y princesas bailando bajo el sol y las estrellas, su donjuanismo en lo alto de caballos purasangre, calado el sombrero charro hasta las cejas color cobre.
Fue ésa la razón por la que me fui apartando de personaje tan singular. Dejé de concurrir a las reuniones de los viernes que presidía en el Club de Industriales, encuentros que llamaban la atención por las celebridades que congregaba y las discusiones de alta tensión, que consumían horas irrepetibles.
ME dijo Juan, por teléfono:
“Vende el reloj, si de algo te sirve, o entrégalo. Es tuyo”.

Sentí el abrazo fraterno de Castillo Peraza y observé el azoro en la cara de Carlos, su hijo mayor. Me llegó queda la voz de un hombre acostumbrado a la grandilocuencia:


“Te traigo todo lo que tengo: 10 mil pesos”.
En nuestra relación de muchos años, sobrevivimos a una discusión iracunda. En los extremos, Castillo Pera- za tenía al aborto como un asesinato vil y yo como una legítima liberación. Integrado su pensamiento al del papa Wojtyla, quien condenó el aborto en un juicio sin escapatoria posible, me llamó soberbio y yo le eché en cara la palabra fanático.
—No eres hombre de fe, pobre de ti. Te pierdes lo mejor de la vida.
—Mi fe está aquí, no en las nubes algodonosas.
—Te falta Dios.
—A mí me falta, pero a ti te estorba.
—No hables así.
—Hablo como se me hinchan.
Espíritu atormentado, se sabía vulnerable y vivía bajo el temor de Dios. Para entenderlo, había que buscar su cercanía. En los malos días, los que cuentan, pocos del PAN lo procuraron.
Durante un viaje a España. supe de su terror a la muerte. El capitán de la nave había advertido a los pasajeros que entraríamos en una zona de turbulencia y a todos nos pedía serenidad. Noté que las sobrecargos se apresuraban a ocupar sus asientos, cerca de la cabina de mando, y miré de reojo a Carlos, terrosa la piel.
Al iniciarse el baile frenético ylos ascensos y descensos enloquecidos del avión, Castillo Peraza empezó a temblar de arriba abajo, arrítmicos los movimientos descoyuntados de los pies y la cabeza. Sudaba hasta empaparse, los ojos cerrados y los labios apretados, todo él metido en su propio misterio. Como si fueran independientes del cuerpo, había enroscado las manos en el ciii- turón de seguridad.
Poco a poco volvió la normalidad al interior de la aeronave, el capitán reiteró que en adelante el viaje sería placentero y las sobrecargos regresaron a su tarea, sonrientes y bien maquilladas. Carlos, sin embargo, aún temblaba y en intérvalos suspiraba dilatadamente.
Me dijo, la voz cansada:
—Podrías olvidar todo esto?
Debí decirle que sí, pero le dije:
—Yo creo que no, Carlos.
A su propia torpeza y a Calderón Hinojósa, aines crupuloso, mezquino, desleal a principios y personas”, atribuyó Castillo Peraza una de las decisiones drásticas de su vida: la renuncia al PAN. Ese día, 25 de febrero de 1998, le fue claro que había perdido la pertenencia a una institución que llegó a serle entrañable, que se iba y lo echaban de Acción Nacional. Conocería la orfandad, me decía. “!Cómo, de qué manera vivir sin el impulso de saberse útil en el mundo de tu pasión, la política?” Habría de iniciarse en otra vida, la del columnista y escritor, como la primen y absorbente prioridad de su energía.
El tiempo y un trato cuidadoso entre Castillo Pera- za y yo habían hecho posible una amistad irrenunciable entre nosotros. Recuerdo una pequeña historia que, supe siempre, en algún momento habría de contar:
A punto la publicación de uno de mis libros, me perdía en la búsqueda del título. Daba vueltas a palabras sin sentido y frases inocuas que no conectarían al lector con la obra. Recurrí a Vicente Leñero, quien me dijo, rápido:
—!Y por qué no Los de Salinas?, que de ellos te ocupas.
En el restaurante de su predilección, Chateau de la Palma, hice partícipe a Castillo Perna del hallazgo de Vicente.
—Uos de Salinas, me dices? —y me vio con ojos de furia.
—Sí, Los de Salinas.
—Yo aparezco en tu libro y habrá lectores prendidos del título. En la insidiosa ambigüedad que encierra, que- darían enterados de que yo fui uno de “los Salinas”, del clan. La frase me agrede.
Corrí al teléfono, localicé a Rogelio Carvajal, editor de Océano —impecable, generoso— y le pedí el cambio de título.
—El libro está en la imprenta. No hay tiempo.
—Te ruego, Rogelio.
—Está bien. Pero necesito el nuevo título ahora, por teléfono.
—Salinas y su imperio, solté.
Fue una expresión irreflexiva. la obra giraba en tomo de Raúl Salinas de Gortari, mil veces millonario en complicidad con los altos poderes de la Nación. Salinas y su imperio era apenas el boceto de una obra grande. Ciertamente, cabía la depredación de los Salinas en mi pequeño volumen de poco más de cien páginas.
El título fue fallido y cargué con las consecuencias. Leí, en la pesadumbre, que había escrito un libro oportunista para ganar dinero y que era yo algo así como un mercader de la literatura política.
Castillo Peraza cuidó el porvenir político de Calderón Hinojosa y Calderón Hinojosa se desentendió de Castillo Peraza cuando éste más lo necesitaba. Se dio así una radical diferencia entre ambos. Las consecuencias tardarían en sobrevenir, pero finalmente llegaron, dramáticas:
estalló una amistad que muchos tenían por definitiva.
Castillo Peraza me llevó a su propia biografía, de manera inexorable unida a Calderón Hinojosa:
El 5 de febrero de 1993, Acción Nacional viviría una jornada crucial para el propio partido y también para la República, según se sabría paso del tiempo. Se trataba de la elección interna para suceder al presidente de la institución, Luis H. Álvarez.
Después de horas sudorosas, los consejeros del partido, privilegiados con el voto, habían llegado a una encrucijada. La lucha entre dos de los contendientes, Alfredo Ling Altamirano y Carlos Castillo Peraza, hacía imposible definir al vencedor. El número de adherentes para uno y otro eran insuficientes para levantar el brazo del ganador. Se llegaba así al último episodio de la ardorosa batalla: sendos discursos de los finalistas, o de sus representantes, sellarían una página histórica en los anales del partido.
Calderón Hinojosa se aproximó a Castillo Peraza y, baja la voz, le propuso hablar en su nombre. Campeón juvenil de oratoria, tenía confianza en sí mismo. Frente al rechazo de Castillo Peraza, insistió una y otra vez.
—No, Felipe.
Felipe buscó una explicación y la obtuvo: Si Castillo Peraza hablaba por él mismo y salía airoso de la prueba, él sería el ganador, pero también Calderón Hinojosa. Amigos en el entramado de una relación intensa, maestro y discípulo ascenderían juntos a la cumbre panista. Pero si hablaba Calderón Hinojosa en nombre de Castillo Peraza y perdía, perderían los dos el inmenso futuro de sus sueños.
En buena medida pragmático —la real politik vigente—, fue vertiginoso el ascenso de Carlos en el PAN. Líder consolidado, renunció a la presidencia del partido en busca de la jefatura de gobierno del Distrito Federal. El prestigio que había alcanzado dio como resultado que muchos lo tuvieran como seguro ganador. Sin embargo, no respondió a las expectativas que había levantado. Desenfadado en su manera de vestir, la camisa abierta y los pantalones de mezclilla, un día se presentaba bien rasurado anta los electores y el otro no. Bohemio, cantador del Mayab, hacía pensar más en su natal Yucatán que en la ciudad de México. No fue suficiente la excelencia de su talento para imponerse a las calamidades que lo derrumbaban. Tampoco dieron fruto maduro los cambios de última hora en su campaña ni la áeriedad de los actos públicos en los que participó. El rnl lo dio por perdido y fue retirándole el apoyo. Hubo voces que plantearon su remoción como candidato.

Vencido, conoció la antesala, calentando una silla y perdiéndose en la lectura de periódicos y revistas para apartarse de los desaires que lo acosaban. Calderón Hinojosa se mostró distante, frío como un grillete que corta. Castillo Peraza optó por su renuncia al partido. No hubo en ella melindres ni reclamos.


Renunció al PAN, pero no renunció a sí mismo. Poco a poco se fue rehaciendo, personaje de otra manera en la vida pública. Sus colaboraciones en Proceso continuaron sin alteración posible, asistió a mesas redondas, pronunció conferencias, incursionó en Vuelta. Octavio Paz le dijo que dedicara su tiempo a la literatura, “noble señora que no traiciona a los escritores que le son fieles”.
El ascenso de Castillo Peraza fue persistente y en Acción Nacional empezó a extrañársele. No había en el partido un intelectual de su altura. El paso de Calderón Hinojosa por la Escuela Libre de Derecho fue anodino y su maestría en la Universidad de Harvard tampoco dejó marca, estudiante mediocre en la carrera de Economía. Hombre de pocos libros, sus discursos y artículos carecían del tono superior que sólo da la cultura.
A la renuncia de Castillo Peraza, Calderón Hinojosa respondió, el 28 de abril de 1998, con un texto que publicó La Nación. Quedó escrito cinco días después:
“La elección de 1997 dejó lecciones para todos. En lo que a la dirigencia respecta, hemos aprendido la nuestra y estoy seguro que Carlos ha aprendido la suya. Lo
medular es que vio completa y satisfecha su vocación y trayectoria política”.
No habría expresiones en el lenguaje de Calderón Hinojosa más
ajenas al credo y sangre de Castillo Pera- za. Una vocación de esa naturaleza no se termina con un acto de la voluntad, un “cambio de tercio”, para hablar de la fiesta de los toros que tanto le gusta a Calderón Hinojosa. Una vocación así se goza y sufre hasta la muerte.
También escribió el presidente del
flfij que “al amigo, al compañero, al presidente, a ese gran mexicano seguramente la historia lo reivindicaría”.
O
sea, no privó en el ánimo de Calderón Hinojosa despedir a su mentor con honores. Más aún, estaría por verse el final de una biografía tan dramática.
En ese tiempo de mayo escuché a Castillo Peraza
hablar de la pertenencia, razón para vivir. La pérdida de la casa, decía, nubla el alma y cierra el horizonte.
Ahora, en el trabajo de este libro, retengo una frase de Tomás Eloy Martínez de la que bien pudo apropiarse un
panista fiel a su origen:
“Ya sólo soy yo”.

Castillo Perna murió en Alemania el 19 de noviembre de 2000. La noticia me llegó a través de Julio —entre ellos la amistad había trabajado a fondo—, informado del suceso por el licenciado Alfonso Durazo, secretario particular de Vicente Fox.


Después de los trámites para
repatriar el cadáver, entré como un familiar en la sala de Gayosso donde se velaría a Castillo Peraza. Muchos, centenares, habrían de esperar a que se abriera la puerta, justo al arribo del féretro a la agencia funeraria. En el interior del recinto, semivacío, apenas crucé palabra con algunos jerarcas del panismo. El duelo se expresaba en los murmullos apenas audibles de los presentes.
Tuve la
certeza de que una señora, íntegra de negro, acompañada de una viejecita también de negro total, era la viuda de Castillo Peraza, Julieta López Morales.
Me presenté. Me dijo:
—Sé quién es usted, don Julio.
Me conmovió su modestia, el ánimo
recogido en sí misma.
En lo que ahora rememoro, días de tristeza por la ausencia de un amigo muy querido, recibí en la casa de Juan Antonio Pérez Simón, en Acapulco, una llamada insólita. Se trataba de Felipe Calderón Hinojosa.
Muy lejos el uno del
otro, sin más comunicacin que la circunstancial, me transmitió su preocupación en una frase reveladora. Qué pensaba Castillo Peraza de él, de Calderón Hinojosa. Respondí con la verdad. Por un tiempo la reconciliación sería imposible. Castillo Peraza le había perdido la estima por el trato que había recibido de quien fue su secretario general en el edificio azul y por el abandono de los principios de Acción Nacional que había jurado cumplir.
“Me dijo, don Felipe, que acaso en un distante futuro podrían reiniciar una amistad que a ambos les hiciera bien.»
Llegó mi secretaria, Elena Guerra, una fortaleza de fidelidad y de carácter. Sus lentes oscuros seguramente ocultaban los estraos causados por el secuestro de Julio. Podía adivinar su rostro alterado y la mirada húmeda por el llanto a solas.
Sólo una vez, en las jornadas que trabajamos juntos, supe de sus lágrimas. En aquella ocasión, que sé remota, la vi largamente y advertí que no podía más cón la desdicha que la doblaba. Los ojos de su padre ya no verían los colores que alegran el mundo. En poco tiempo quedaría irremisiblemente ciego, reducida su visión a un gris uniforme.

Supe entonces que el señor Guerra amaba la música y que desde muy joven cargaba con la guitarra a donde fuera que fuese. la guitarra y la familia eran su vida. Hombre bueno, le bastaba la tranquilidad para pensarse feliz. De su padre había aprendido Elena Guerra la virtud que la poseía, una paz silenciosa, ese ánimo inalterable que llamamos serenidad.


—Por qué nunca me habló de su padre?
—Soy su secretaria. No soy quien para causarle problemas.
—Somos amigos.
—Por eso, don Julio.
Se presentó en mi casa con 10 mil pesos, dinero emergente de una secretaria ejecutiva que se preciaba de serlo.
Junto con Pedro se concentró de inmediato en la búsqueda de las personas que pudieran auxiliamos. Ambos marcaban el pertinente número del teléfono y yo tomaba el auricular. En la espera, el corazón en vilo, contaba hasta veinte timbrazos antes de colgar el aparato. Entendít la madrugada era para el sueño y también para la fiesta y las reuniones en una larga sobremesa.
Yo pasaba de un estado físico a otro, del calor que suda al frío que tiembla. En la zozobra veía mi muerte por mi propia mano, si Julio moría. Ni Susana en el recuerdo ni la luminosa presencia de mis otros hijos contaban en ese momento. Hoy no sabría si pensaba en Dios. En la lógica de los recuerdos, creo que no.
Hacia las dos y media entró en la casa José Luis Montoya, el chofer de Julio. Aún sangraba de la cabeza, víctima de un culatazo que le abrió el alma. No lloraba, pero había llorado al ver a Julio brutalmente golpeado y apuntadas a él, José Luis, dos pistolas de muerte. Entre improperios, había sido largado en el automóvil de mi hijo y traía consigo su celular con órdenes de hacérnoslo llegar. Sería el instrumento de comunicación entre los secuestradores y sus víctimas.
No pasarían ni diez minutos, y el celular se hizo escuchar en ese tono de neurótica urgencia que ie es propio. Una voz aborrecible preguntaba por Pedro. La llamada inquiría por el dinero. ¿Cómo íbamos?, amenazaba. Y luego, el recordatorio: el amanecer, límite del tiempo y límite de la vida.
A esa primera llamada seguirían otras cada veinte, treinta minutos. Supe entonces de las dimensiones del odio e imaginé que sería capaz de matar.
—Ya tenemos más de 100 mil pesos y está el reloj de don Juan y los centenarios —me alentó mi secretaria.
—De nada sirven el reloj y los centenarios. Quieren dinero en efectivo. Ni dólares ni nada que se les parezca. Pesos, Elenita.
El amanecer y el dinero se cruzaban en una extravagante y siniestra ruleta rusa.

Hacia las cuatro hablé con Carlos Slim. No me detuvo la salud endeble de Sumi, el ángel de la familia, ni el esmero con que todos velaban por su descanso. A partir de un buen dominio sobre mí mismo y sin una palabra de más, le hablé de la angustia de mi cuerpo entero.


Se dice que los ojos y el alma nacen de una misma luz. Es cierto, pero sólo en parte. El alma entera se expresa sólo en las palabras en el tono que las emite.
Escuché a Carlos:
—En este momento reúno todo lo que tengo en la caja fuerte. Además, Sumi y yo nos comunicaremos con algunos amigos por si algo más te hiciera falta. Lo siento, lo siente Sumi, ya sabes, te quiere mucho.
De Sumi conservo una imagen memorable:
Conversaba en casa de Juan Antonio Pérez Simón y ahí llegó una llamada de su amigo íntimo. Lo invitaba a una cena familiar a la que acudiría María Félix.
—Estoy con Julio.
—Que se venga contigo.
Carlos ocupó la silla a la izquierda de María y a mí me reservó el lado derecho. Las copas y ¡as botellas ya estaban sobre la mesa de un comedor envuelto en una milagrosa penumbra. No sé qué tanto) nos decíamos los comensales, pero en cada uno brillaba la expresión

expectante de una fiesta que no tardaría en llegar. Yo miraba a María y me decía: si sólo tuviera los ojos que tiene, no necesitaría de todo lo demás para ser María.


De pronto, un grito único saludó la aparición de los mariachis, de un negro lujoso, y a todo volumen la canción de Agustín Lara “María Bonita”.
Cantamos todos con la boca abierta a todo lo que daba. La excepción fue Sumi: apenas movía los labios y su mirada quién sabe a dónde la habría llevado. Cantaba pan sí y para sus secretos. La vi muy bella y distinta.
—Cántate —le dije a María.
—Cómo que me cante?
Y empezó a cantar y la seguimos todos. Y volvió a cantar “María Bonita” y todos la acompañamos.
—Cántate en francés.
—En francés, con mariachis?
—“La vida en rosa”, María.
Y cantó “La vida en rosa” con esa voz ronca que no le va a la melodía francesa.
Bebíamos porque había que beber, comíamos porque había que comer, pero ni los vinos ni las viandas hacían falta en una mesa de júbilo estruendoso.
Empecé a jugar con María, porque nuestra relación daba para eso. Así, tiraba la servilleta al suelo y hacía demorada búsqueda sobre la alfombra.

—Qué te pasa? —me dijo María, sonriente, encantada con todos, encantada con ella misma, encantada devivir.


—Tiro la servilleta para mirarte las piernas.
Escuché su risa, fuerte como su voz, y observé una vez más esos ojos que fulguran a una distancia mínima, y en una corta lejanía abruman por sus muchas incógnitas.
A Sumi la tenía enfrente. Seguía a los mariachis en todas sus canciones, la letra de los cantos sabida por ella misma como si hubiera estudiado a Los Panchos y a los mejores conjuntos. Así se tratan de “Sin ti”o de “Usted”, en cada nota era ella misma. La miraba y ella no miraba. Ella estaba en su propio cielo.
Llegó el enviado de Carlos Slim y me entregó una pequeña caja de plástico.
—Cuánto es? —lo asaltó Elena Guerra.
—No sé. El señor me entregó esto y me ordenó que me quedara para ayudarlos en lo que hiciera falta.
Sin mayor explicación lo. acompañé por su coche, estacionado en la explanada del condoininio horizontal que habitaba en Contreras. Deseaba, sobre todo, atreyerme con el cielo, escudriñarlo. Observé que cedía la negrura de la noche cerrada. El amanecer se aproximaba, inexorable.
Regresé a la biblioteca al tiempo que sonaba el celular. Escuché a Pedro, seco:
—Le digo que sí, que ya tenemos el dinero. Junto con Elena Guerra había contado los pesos, los dólares, centenarios y aztecas que Carlos Slim nos había hecho llegar. El precio deJ rescate había sido cubierto por todos.
A costa de la vida de Julio, yo estaba advenido por los malhechores de que sólo hablarían con Pedro. Ineludible, temía por el quinto de mis hijos y el penúltimo en la escala del uno al nueve. Me sabía desplazado, inútil, y vi claro que la impotencia quiebra el carácter y lesiona a la persona. Sin culpa, me sabía pequeño y la náusea me invadía.
El sadismo es el mal, había aprendido en los libros. Ahora lo padecía en mí mismo. Los secuestradores gobernaban el juego del poder, absoluto en su circunstancia. “Me escuchas cuando te lo ordene y te callas cuando me dé la gana. Eres nada.”
Elena había acomodado los billetes en uná bolsa de cartón color naranja. Nada quedaba por hacer.
Hacia las seis, otra vez el inapelable celular. El secuestrador le preguntó a Pedro la marca y el color del coche en el que viajaría al encuentro definitivo. “Un Tsuru blanco”, respondió. También quiso saber el plagiario los números de la placa y si el dinero lo llevaría en una bolsa o algún maletín. “Lo llevo en una bolsa color naranja, de cartón.” “La pones bajo el asiento del pasajero.” Pedro ya no respondió.
El tiempo que siguió lo cuenta Pedro, sucinto:
“A través del celular el sujeto me iría indicando la ruta que habría de seguir hasta nuestro encuentro. Me llamaba cada tres minutos y me iba conduciendo como si llevan el volante. Tomé el Periférico y luego San Antonio, rumbo a Observatorio. Después me adentré en calles para mí desconocidas. Eran estrechas. Ya había tráfico y claridad en el cielo. El lugar era polvoso, pobre.
“En algún momento la voz, horrenda, me indicó que miran por el retrovisor un taxi ecológico. Me previno:
‘Son ellos’. Después me orientó hacia una calle de dos carriles. El taxi no me siguió, pero yo sabía que estaba por ahí. Recibo una indicación más: el sitio preciso en que deberé estacionar el Tsuru. Pero habría otras reglas por cumplin los seguros del coche deberían permanecer abiertos y yo cerraría los ojos y mantendría la cabeza sobre las piernas. Me observarían y advirtieron: ‘Y no se te ocurra moverte’.
“Pasa el tiempo y de pronto siento una mano sobre mi cabeza. No es agresiva. La voz de siempre, sólo que ahora, directamente, me vuelve a decir que no abra los ojos y permanezca quieto. Inquiere por el dinero. Le digo que lo traigo y está donde él me indicó. Me doy cuenta de que ya tiene la bolsa consigo y le pregunto por mi hermano. No me contesta. Está contando.
“Después de un tiempo ciego, al fin me dice que volverá con mi hermano, que aguarde, pero que una vez con él permanezca inmóvil cinco minutos. Me solivianta saber que lo arrojaron al interior del vehículo como un bulto del que más valía deshacerse. Con mi hermano al lado, le pregunté ‘&ómo estás?’, y me dijo, la respiración lenta: ‘Bien’.
“Sin abrir los ojos y a una máxima tensión, le tomo la mano. No resisto ni un minuto de los cinco preventivos que me fueron exigidos. Ya con mi hermano me siento distinto, dueño de mi cuerpo, que es tanto como decir de mis decisiones, y me apresto a lo que sea, instintivamente confiado. Observo a mi hermano, afilado, lívido. Busco, en el miedo, huellas de sangre. No las encuentro.
“Me urge estar lejos, salir de ahí, borrar ese lugar sucio, de aire enfermo, y arranco a una velocidad límite hasta desembocar en una avenida. Le hablo a mi papá, lo conforto. Le digo por dónde ando más o menos y me dice que lleve a Julio al Hospital Inglés, cercano. Él saldrá de inmediato para allá con José Luis, cuya herida nos preocupa. Julio rechaza el hospital. ‘Quiero estar con todos’, insiste sin fuerza. “Detengo un taxi y lo sigo a toda prisa hasta el hospital. Sin pérdida de tiempo lo reciben en urgencias. Mi papá llegaría unos minutos después. Nos diría:
‘Lo vi acostado boca abajo y me dolió su espalda, un brochazo morado, casi negro. La espalda me pareció hinchada, con puntos rojizos y líneas quebradas, también rojizas’.
“A José Luis, los secuestradores estuvieron a punto de convertirlo en un ser inútil. Su cerebro había quedado intacto.”
Faltaba el relato de Julio. “De principio a fin”, nos diría en una reunión familiar, la sonrisa ancha y el humor sombrío. Empezó:
“Esa noche, David Gómez, mi compañero de trabajo y amigo cercano, irrumpió sorpresivamente en mi oficina. Su padre había sido detenido y se encontraba en la Procuraduría del Distrito Federal, en Coyoacán. De inmediato fuimos para allá.
“Mientras el señor Gómez rendía su declaración ante el ministerio público por supuesto robo de vehículo, a sus hijos los ensombrecía el temor. Los cargos se desvanecieron y abandonamos el edificio con un espíritu contrariado. Había sido evidente el propósito de la extorsión en el turbio asunto, pero, en fin, todo había quedado resuelto. José Luis y yo, sin tarea pendiente, nos encaminamos a nuestro coche. “Tomarnos la avenida Insurgentes Sur hasta el entronque de Río Magdalena con Luis Cabrera; en San Jerónimo dimos vuCita a la izquierda hasta llegar a la avenida San Francisco, próximos a mi casa. Cerca de un tope y de las nostálgicas vías de un ferrocarril que sobreviven al tiempo, un automóvil rojo, Stratus, nos cerró el paso. Vi el reloj, a punto la una.
“Asombrosos en su agilidad, seis individuos descendieron de su vehículo. Armados, nos exigieron que saliéramos del nuestro para ‘una revisión’. Nos apuntaban al rostro con sus piStolas de las que hacían alarde. Bajé del carro con los brazos en alto, igual que José Luis. En un lenguaje soez, agudos y roncos los gritos, selváticos, me ordenaron que subiera a mi automóvil, ahora a la parte trasera. De reojo observé a José Luis, lanzado al asiento delantero. Entre alaridos e incoherencias se abrían paso palabras inadmisibles. ‘Mátalo, porque ya no nos sirve para nada.’ Escuché dos detonaciones y descendí al terror.
“Ya en e1 interior de mi carro, dedos viles me envolvieron la cara con un trapo sucio. Luego, los mismos dedos empezaron a hurgar en mi ropa y me despojaron del reloj, una cadena con una cruz que siempre había llevado conmigo, la cartera. Un sujeto me preguntó mi nombre. ‘Julio Scherer.’ Su compañero, instalado en el asiento delantero, al parecer el jefe, preguntó: ‘Del Proceso? No, por supuesto no eres tú. ¿Es tu papá, verdad?’ Y enseguida: ‘Dame el número de su teléfono. Quiero que le digas que todo está bien’.
“Escuché a mi papá increíblemente próximo e infinitamente lejano. ‘Hijo, ¿estás bien?’ ¿Qué podría decirme y qué podría responderle?: ‘Sí, pa’.
“Uno de los secuestradores enciende la radio del coche y nos impone boleros y canciones rancheras a un volumen escandaloso. La locura llega por todos lados. A la música se han unido las estridencias de los maleantes.
“Sin explicación alguna, el jefe ordena que el auto sea puesto en movimiento. En el mundo inaudito que me cerca, temo que rodará sin fin y sin destino. Sorpresivamente, el vehículo detiene su marcha. La voz de mando, que llega siempre desde el asiento delantero, ha ordenado a su conductor: ‘Párate’. Luego suelta las palabras del crimen: ‘Tu vida depende de que éste no salga de aquí’.
“El miserable que llevo al lado me amaga de nuevo con su pistola. ‘Qué curioso que tengas familia’, expresa. Luego me dice que le gusta mucho mi cinturón y hace intentos para jalarlo y quitármelo. Veo sus ojos lascivos, sus labios salivosos. Me sé indefenso y mi angustia crece, hay vejámenes que no podría resistir. Veo la muerte, la muerte se ve, la he ido viendo en este tiempo, la veo porque la quiero para mí. De nuevo la pistola recorre mi cara y llego a sentida en los pómulos. Transcurre un tiempo sin horas ni minutos.
“Ahora se trata de un violento abrir y cerrar de las portezuelas del cano. En un respiro pude estirar las piernas entumecidas. Anhelo un descanso, pero no hay manera de tenerlo. Sin idea del sitio en que me encuentro, me devuelven a la calle. Tratado como un reo, me encaminan a la parte trasera del Stratus. Veo la cajuela abierta, la cueva que me espera.
“Cerrada la cajuela con un estrépito carcelario, siento mi cadena con la cruz: había quedado entre los pliegues demiropa, ylaacañcio.Lacadenaysucruzmealegran y asustan. Temo que los miserables pudieran pensar que selasquitéparaevitarquemelarobarany,así,desatar sobre mí más golpes y nuevas ofensas. Volví a los ojos y a los labios del homosexual. Imaginé, sin embargo, que permanecería en la cueva por mucho tiempo y guardé el pequeño tesoro en la bolsa del pantalón como prueba de que no había dejado de ser quien soy.
“El autom6vil
reinicia la marcha. Procuro acomodarme como sea, nomás un ovillo, pero no acierto con la postura adecuada para reconocerme en un reposo mínimo. Los saltos y enfrenones del Stratus provocan golpes que no puedo evitar.
“Transcurre un tiempo ausente, como si la vida se me hubiera escapado sin saber de qué manera se había consumado semejante despojo. Súbitamente, se ha detenido el vehículo. Yo he perdido el sosiego y no me atrevo a pensar lo peor, tampoco lo mejor. Escucho, pegado a la cajuela, una voz que ya me es familiar. ‘Te vamos a sacar, pero si haces cualquier movimiento, juro que te mueres.’
“En segundos, un par de sujetos me
levantan en vilo y me asientan en el pavimento. No hay empellones, maltrato alguno. Me informan: iré a otro cano.
“La
distancia entre un automóvil y otro es breve. Camino apenas y como un costal soy echado al carro que me fue asignado. Incrédulo, escucho la voz de Pedro. julio’, me dice, y busca mis manos con sus manos. Habla con mi papá, quien le pide que vaya a un hospital. Yo quiero ir a la casa. Insisto, sin fuerza.
“En el hospital me acuestan en una camilla, boca abajo, sin ropa y con una sábana que me cubre la espalda. Llega mi papá y me dice, quedo: Ya nos vamos a ir’.”






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